Escribí un post en febrero de 2010 que tenía este mismo título tomado de un libro de Gustavo Martín Garzo y que yo convertí en una creación personal. Hoy, diez años y medio después siento el deseo de volver a elogiar la fragilidad como parte esencial de nuestra vida. Lo frágil es algo que puede romperse fácilmente. Nuestra vida es devenir incierto. Nadie está vacunado contra el infortunio que puede llegar en cualquier momento. No nos debemos enorgullecer de nuestro bien, si es que así lo sentimos, cuando hay tantas vidas que pueden no tener la suerte de la nuestra. En estos días he recibido una carta, un correo, que me ha hecho pensar mucho y que me ha mostrado la inestabilidad del bien, el dolor de existir, los avatares de la suerte que puede girarse en cualquier momento hacia mares de pesadumbre.
En aquel post de 2010 reflexionaba sobre la delicadeza de la vida, sobre las raíces que nunca tuve, sobre las islas que había recorrido para intentar encontrar una patria en la que poder ser parte de ella. Reconocía que mi única patria visible era la literatura y diez años después, cientos de libros después, reincido en ello. Y eso precisamente me une al remitente de la hermosa carta que recibí ayer que me mostró un lado desconocido para mí en el que se podía ver el infortunio y a la vez la resistencia frente a la adversidad forjada en mil y una pruebas deportivas donde el sufrimiento extremo formaba parte de ello.
El hombre –incluyo en ello a la mujer- es ese ser que resiste frente a los elementos. Nuestra tarea fundamental en la vida es resistir –ello no niega las inmensas posibilidades de gozar- y enfrentarse al destino, a los mares turbulentos de la vida. Es indiferente que la vida nos guste o no. He conocido a grandes vitalistas que no se han encontrado a gusto en la vida, pero han aprendido a estar erguidos frente a los vientos contrarios. Y ese estar erguidos determina esencialmente la actitud cenital de los hombres que navegan en busca de una isla personal. Da igual si las cosas tienen sentido o no. A las alturas de la historia en que estamos, pienso que la cuestión del sentido no es tan esencial pues intuimos que las cosas pueden no tenerlo y que probablemente no lo tengan. No sabemos si vivimos en un parauniverso entre miríadas de universos, no sabemos si estamos solos en la magnitud de los mundos, no sabemos –a veces- si tendremos siempre ese cuerpo amado que nos calienta el alma. Solo sabemos que nuestra nave partió un día definido en busca del sol poniente, y que tarde o temprano, solos, llegaremos a algún sitio –ese instante mágico de la transición- a la nada o al bardo donde esperaremos retornar a vivir y recuperar de nuevo nuestra condición frágil y ligera de eternos viajeros.









