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sábado, 9 de noviembre de 2019

Charly en las duchas de Auschwitz-Birkenau


Charly, se llamaba así, ¿por qué esforzarnos en buscar un nombre más original para un hombre tan del montón? Charly, digo, era un hombre común, un hombre vulgar, sin atributos aunque no había leído a Robert Musil. Charly era un ser al que una antigua novia había enjuiciado como un hombre-veleta, que giraba y daba vueltas según le diera el viento. Un día, Charly leyó que los hombres que se hacían preguntas eran más fuertes que los que no se las hacían, y esto le hizo pensar porque él se hacía preguntas constantemente, pero no concordaba con la imagen de supuesta fortaleza que se atribuía a los hombres dubitativos. Ya le hubiera gustado a él tener algo de consistencia para resistir la vida. Era un milagro que Charly sobreviviera y la explicación plausible es que se vive a pesar de todo, no en función de los valores o aciertos del sujeto. La vida para Charly era confusa y oscura, turbia y dolorosa, pero ni siquiera en esto era original. Ya Pío Baroja había retratado a un antihéroe existencial en su novela El árbol de la ciencia. Andrés Hurtado era un antecedente suyo, mucho más sofisticado e inteligente, pero también él consideraba la vida como esencialmente dolorosa.

Charly se levantaba cada mañana con el temor de iniciar un nuevo día. Hasta que no hacía la cama parecía no quedarse tranquilo. Luego escribía en el ordenador sus preguntas e incertezas en forma de diario, aunque no sabía para qué. Su vida era afortunada en el aspecto económico pero en el lado vivencial era un fantasma, un ser insano y maligno. Así se veía él. No solo era frágil y evanescente sino que se veía como un personaje dañino para la vida y tantas veces había anhelado la muerte… Y no era un problema de ir a un psiquiatra para que lo medicara, Ya había ido y no había obtenido ningún resultado. Él era oscuro y siniestro de raíz, en su propia conformación original. Estaba mal hecho.

Alguna vez se soñó en un campo de exterminio nazi en un barracón de Auschwitz-Birkenau, durmiendo sobre el suelo, devorado por las ratas. Y llegaba el día en que se hacía una selección y él era destinado a las duchas. Como esto lo imaginaba, no le sorprendía e incluso lo veía como algo producto de la justicia poética. No lo lamentaba y además sería algo breve. Solo tendría que quitarse sus harapos a rayas, quedarse desnudo, y pasar a una sala con supuestas duchas. Él sabía que no eran duchas, pero sus compañeros no. Creían que era una medida de higiene. Pero él no, sabía. Dejó su último libro en las perchas en una bolsa de papel  y entró en la sala. Sabía que luego lo incinerarían en un horno crematorio. No lo consideraba impropio sino muy adecuado. Era una forma rápida de morir. Charly entraba hasta con un gesto de orgullo y de altivez, esa que no se permitía en su vida cotidiana. Asumía su destino libremente, eso era algo mucho más de lo que podían hacer los pobres desdichados que habían sido conducidos a Auschwitz sin saber adónde iban… Así que entraba desnudo y contento. Solo serían unos minutos hasta que el Ziklon B hiciera efecto. Sufriría ahogándose pero ¿acaso no era su sino de cada uno de los días? Entró y se cerraron las puertas, todos estaban desnudos. Charlie pensó que había llegado al final de su recorrido absurdo como langosta humana… Entonces sintió por primera vez la idea de aquí y ahora. Este era el momento presente, no tenía ya ninguna pregunta, solo aceptación de su destino, un amor fati,  pese a todo.

Pero Charly despertó un nuevo día, se vio en su cama, miró la hora y se dio cuenta de que era un día más… Se levantó a escribir este sueño… No recordaba el libro que había dejado antes de entrar en las duchas…

lunes, 4 de noviembre de 2019

Madre no hay más que una (Cuento de horror)




El niño iba de la mano de mamá un día de verano de hace mucho tiempo. Atravesaban el puente de Piedra de su ciudad que cruzaba por encima de un río caudaloso y turbulento.

La mamá retiró la mano de la manita del niño y, mirándolo, le dijo seriamente:

-   Tú también me abandonarás.

El niño, roto por dentro, contestó:

-   Yo nunca te abandonaré, mamá.

-   Sí,  me abandonarás, pero yo te maldigo, hijo mío. Yo te parí, saliste de dentro de mí, pero yo te condeno a que toda tu vida te la pases vagando y sufriendo por no poder querer a nadie; te condeno a que el alimento tuyo para siempre sea la angustia y el miedo; te condeno a que tu carácter sea maligno como el mío y que todos tus pensamientos sean oscuros y terribles; te condeno a que nunca tengas un instante de paz y que el sufrimiento y la culpa aniden permanentemente en ti; te condeno a ir errante, perdido en la existencia; te condeno a no conocerte a ti mismo y a recordar este momento cuyas palabras ahora no entenderás, pero lo harás con el tiempo… Mira el río que pasa por debajo de nosotros. Algún día me arrojaré a él, o tal vez no, pero tú tendrás siempre el sentimiento de que has sido tú quien me ha empujado… Las noches serán tu tortura, nunca sabrás qué es cierto y que no. Nunca sabrás si este momento a tus cinco años es real o es fantasía, pero yo te lo he inyectado en el alma para siempre.

-    No te entiendo, mamá –dijo el niño confundido-.

-    Da igual, ya lo entenderás.

-    Mamá, ¿por qué la vida es así de fea?

-  Algún día escribirás cuentos de miedo y me lo agradecerás… Entretanto vamos a comer un flan, de esos que te gustan.
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