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domingo, 30 de mayo de 2021

Vino barato y conversación abundante

Leo lentamente El infinito viajar de Claudio Magris y me sorprenden los primeros capítulos centrados en España, concretamente en La Mancha, con sus reflexiones sobre El Quijote, fruto de una España concreta y también filosófica, y en Madrid en los albores del siglo XXI. Me siento como español tan olvidado por las corrientes modernas de pensamiento que me asombra que alguien hable bien de nuestro país y estime su riqueza literaria, vital y artística. Me gustaría ser ducho en la ironía cervantina para expresar mi profunda desazón sin excesiva amargura ni recurrir al sarcasmo hiriente. Claudio Magris realiza hacia principios de siglo un recorrido por la España cervantina en un tiempo equivalente al que lo realicé yo, en la primavera de 1999. Tal vez coincidimos en nuestras estancias en las localidades manchegas y en las reflexiones cuando yo iba releyendo El Quijote en una edición de Francisco Rico y  a Unamuno y Azorín en sus reflexiones sobre el camino del héroe.  

Dostoievski pensaba que este libro podía bastar por sí solo para justificar ante los ojos de Dios la odisea de la humanidad. Y tenía razón, porque el requesón maloliente que se desliza por la cara de don Quijote, heroico, ridículo y escarnecido, se parece al sudor de sangre de Cristo (Magris).

Soy aficionado a los diarios, en los viajes siempre escribo unas cuantas páginas que expresan mis impresiones del viaje en las que pongo pasión y sentimiento de cercanía al país o región visitada. En mi visita a La Mancha de 1999, tuve ocasión de encontrarme con un trocito de España que es esencialmente literario. Visité todas las localidades cervantinas además de Almagro, Valdepeñas, Villanueva de los Infantes y Tembleque, pueblo que tiene una de las plazas porticadas más hermosas de España.

El viaje me infundió una inmensa melancolía, coincidiendo con la guerra de los Balcanes y la intervención de la OTAN contra el ejército serbio.

Ser español es una de las peores condenas que existen en el mundo mundial. Especialmente si uno ama, a pesar suyo, la distopía de este país que nunca está reconciliado consigo mismo. Suerte que tenemos los bares, la principal institución cultural de nuestra forma de ser. No es casual que Don Quijote se pasara buena parte de su periplo en ventas del camino, con vino barato y conversación abundante.

viernes, 28 de mayo de 2021

Mirad los pájaros del campo...


Hay últimamente una constante en mis percepciones de la que antes no era muy consciente: el canto de los pájaros. Ahora lo siento omnipresente, bien sea que esté en el interior de la manzana de mi casa donde gorjean numerosos gorrioncillos que planean por los alrededores y a los que echamos miguitas de pan en la terraza y que ellos vienen a buscar. Si voy por la montaña, atiendo al canto de los vencejos, de los verdecillos o los petirrojos. En el interior del bosque me quedo embobado escuchando arias por parte de algún pajarillo solitario que parece expresar un éxtasis total ante la existencia. Me quedo quieto y escucho durante un rato en el silencio del bosque. A veces grabo sus cantos y con una aplicación intento que sean identificados, pero en el interior del bosque no hay conexión a internet y me quedo sin saber bien qué especie es la cantora. 

 

Recuerdo el poema de Juan Ramón Jiménez, maravilloso poema titulado … Y los pájaros se quedarán cantando en que él poeta, maravillado por su canto, es consciente de que, tras su muerte, el mundo continuará igual, que las campanas de la iglesia seguirán sonando, y él desde su huerto florido y encalado, ya espíritu, contemplará el mundo desde el otro lado. Y los pájaros se quedarán cantando. Esto nos da medida de nuestra insignificancia y marginalidad en el transcurso de la vida que continúa a pesar de nuestra creencia de que somos realmente importantes. Somos el centro de una conciencia muchas veces aflictiva y dolorida porque luchamos contra el flujo de las cosas. A veces me despierto a mitad de la noche angustiado y me vienen recuerdos torturantes que me afligen y dominan mi mente. Me rebullo en la cama, me abrazo al cuerpo amado pero mi cerebro ha elegido fijar un recuerdo del que no puedo desprenderme. Me hago una manzanilla en la cocina, respiro hondo y cuando vuelvo a la cama, me pongo a leer algo que me distraiga, así hasta que el cansancio de fijar la atención en las palabras, me lleva lejos de ese recuerdo punzante y mi cuerpo se relaja aceptando la deriva del universo sin mi presencia. 

 

Es inevitable considerarse importante, somos lo único que tenemos. Nuestro ego es un mecanismo muy complejo que no deja de ser bombardeado por miles y miles de estímulos cada día, sean las noticias, las imágenes que recibimos, el flujo de la vida cotidiana, la, a veces, tristeza de vivir y constatar el paso del tiempo o en otras ocasiones el gozo de estar vivo. La idea de que a cada momento de éxtasis corresponde uno de dolor es algo adherido a mí. Pienso que es el equilibrio vital. Uno no puede someterse sin más a la corriente de la vida porque hay continuamente decisiones que tomar en una sociedad crecientemente complicada y amenazada de muchas formas diferentes. No hay reflexión que resulte demasiado tranquilizadora en un mundo que se aproxima a la oscuridad en muchos sentidos. Ayer veía un reportaje sobre el aniversario de la distopía de Blade Runner, la obra maestra de Ridley Scott y película de culto, y era consciente de que las peores amenazas que aparecían en el filme como la creciente pobreza, la diferencia creciente entre ricos y desposeídos, la amenaza climática, la deshumanización de la ciudad futurista, la lluvia permanente, las preguntas que no dejan de ser planteadas sobre quiénes somos y qué estamos haciendo aquí, y cuál es el sentido de nuestra vida… Aquellos replicantes tienen los mismos conflictos que nosotros, quieren seguir viviendo un poco más y se interrogan sobre quiénes son… 

 

Por eso, cuando oigo a los pajarillos y percibo sus gorjeos alegres y deliciosos me doy cuenta de que son ciertas las palabras del evangelio en que los pájaros no hacen proyectos, ni declaración de renta, ni tienen que dejar herencia a sus hijos, ni se afligen por el devenir de las cosas, ni temen a la muerte, solo son, sin preocupaciones en un éxtasis divino cuyos cantos son cada vez más presentes en mi vida. Ahora los oigo, junto al ladrido de algún perro, el rumor incesante de la ronda y pienso en la próxima vez que saldré al bosque para adentrarme en el corazón de la espesura para así profundizar en el cansancio –bendición del ser humano que le releva de sus ganas de luchar- y llegar a un instante de felicidad plena que surge imprevisto como en un descuido de la mente. 

martes, 25 de mayo de 2021

El dilema maldito


Arthur Schopenhauer escribió que el sentimiento de la vida oscilaba entre la desesperación y el aburrimiento, o lo que es lo mismo, entre el dolor y el tedio. Creo que leí esta reflexión en mi primera lectura de El árbol de la ciencia de Baroja, lectura antes cenital para los adolescentes del anterior sistema educativo. Así bien, o estamos jodidos o estamos aburridos. Si estamos jodidos, no nos aburrimos –es la parte positiva de ese estado-, pero cuando abandonamos el sufrimiento por algún albur del destino, el estado que nos viene es el de aburrimiento a la espera de que algo pase y que nunca acaba de pasar. Es lo que les sucede a Vladimiro y Estragón en torno a un árbol esquelético en un paisaje incierto en la obra Esperando a Godot.

 

Para evitar el aburrimiento urdimos mil y una estratagemas: la comida es una de ellas –vemos en todas las redes sociales miles y miles de páginas con los más refinados platos de todos los tipos: comer libera de la angustia y del aburrimiento-; otra forma de afrontar el aburrimiento es la pasión política o deportiva y no cabe duda de que hoy día las redes sociales están imbuidas de unas dosis enormes de política. Las más preclaras mentes pensantes se zambullen en el análisis de la realidad, bien sea desde la óptica del resentimiento de la izquierda radical o de la extrema derecha. Ambas lindes del espacio político comparten igualmente dicho resentimiento como motor ideológico, y de ahí, de su necesidad de abordar el aburrimiento que no cesa, sus apelaciones complementarias a la justicia, a la ira, al grito, a las consignas, a las fabulaciones, a los complots… 

 

Otra forma de abordar el aburrimiento es el consumismo. El hecho de comprar libera momentáneamente de la tensión vital y el aburrimiento. Una tarjeta con crédito ilimitado es el mejor desestresante y desangustiante, con mucha mayor eficacia que el Prozac. No digo que sea así en todos los casos, pero sí en un elevado número. Cuando estamos a punto de comprar algo se intuye la liberación de un elevado número de hormonas de la felicidad sea dopaminas o endorfinas… No en vano el capitalismo ha vencido al comunismo solo por este sencillo mecanismo. Nos gusta comprar, aleja tanto el sufrimiento como el aburrimiento provocando una tensión vital refrescante. 

 

Hacer deporte, cansarse, forzar el físico es asimismo una fuente de placer extraordinario ante el horror vacui, ante la amenaza de sinsentido de la vida. Si uno está corriendo o levantando pesas, o haciendo una larga caminata extenuante, uno deja de hacerse preguntas y supera igualmente la sensación de aburrimiento a pesar de que el esfuerzo físico constituya una suerte de padecimiento luminoso. Subir un ocho mil o correr la maratón conlleva padecimiento pero recompensa, lleva implícito un desgaste liberatorio igualmente de hormonas que evitan el aburrimiento. 

 

El arte, sea en su faceta creadora o en la de observador o lector, produce también estados bienhechores para el espíritu, haciéndonos salir de nosotros mismos y de nuestra angustia constitutiva puesto que supone una especie de experiencia iluminadora de la conciencia y de nuestro placer estético. 

 

Hay otras formas de enfrentarse al dilema schopenhauariano como el sexo y la violencia, ambas formas devoradoras del ego sufriente o aburrido. De ahí las numerosas guerras a lo largo de la historia, los terribles conflictos interterritoriales, religiosos o étnicos que tienen su eje en el ansia de dominación y de poder, siendo este, el poder, un mecanismo sumamente excitante y atractivo. 

 

Sin embargo, el mecanismo más barato para contrapesar el sufrimiento o el aburrimiento es la risa, la conversión en caricatura de toda forma de jerarquía o esquema dominante, la inversión de todo. 

 

Y cagar, en último pero no en el más irrelevante lugar, también es algo que nos libera como bien sabían en la Edad Media con todas sus fantasías coprofílicas. 

 

Así pues, cagar, comer, reír, hacer política, consumir, extenuarse, crear, leer, combatir, asesinar, follar… son nuestras liberaciones más habituales para enfrentarnos al dilema maldito. 

 

¿Cuál es la tuya?

miércoles, 19 de mayo de 2021

El racismo que no cesa

                                                Taiye Selasi


Leo una novela de 1929 de Thomas Wolfe, un autor muy desconocido en España, pero que formó parte de la llamada generación perdida norteamericana en que figuraban Scott Fitgerald, Faulkner, Dos Passos, Hemingway… Wolfe murió a los treinta y siete años pero antes había escrito torrencialmente relatos de enorme calidad como el que estoy leyendo, El ángel que nos mira,  que sin pretenderlo es el más potente alegato antirracista que he leído porque en él los negros que aparecen en segundo plano no son nada, son parte inerte de un decorado en sus barrios de chozas, sin nombre, sin dimensión, sin tener ninguna parte en esta historia porque parecen subhumanos. No hay ni un negro que se singularice y pase del estereotipo en medio de caracteres sutilmente descritos de la famila Gant. Es increíble la falta de sensibilidad de Thomas Wolfe al no fijar su mirada en otros seres que él debía ver como casi simiescos –en alguno de sus párrafos los califica de gorilas de amplia sonrisa-, y parte de una tramolla en que solo servían como criados innominados y sin ninguna pincelada de color sobre sus personalidades o sus vidas. 


Lo malo es que los que leían libros como este no consideraban que aquello fuera anómalo sino que lo veían como la cosa más normal del mundo. Los negros eran definitivamente inferiores incapaces de alumbrar ninguna página de una novela, por otra parte, excelente. El lector se siente desolado y con mal cuerpo porque es un retrato exacto de América y del largo trecho que se tenía que recorrer en pos de los derechos humanos que concedieran dignidad a estos seres aplastados en la nada y la insignificancia. 


El racismo es una realidad mucho más profunda de lo que parece. El otro día leí una  entrevista a Taiye Selasi –escritora afropolita a caballo entre el Reino Unido, Estados Unidos y Ghana- en que era profundamente pesimista en cuanto a la superación del racismo incluso por parte de los progresistas que se manifiestan con consignas como Black Lives Matter pero no llevarían a sus hijos a colegios donde los niños negros fueran algo más que un detalle numérico, ni vivirían en los barrios de mayoría negra. Hay muchos blancos que aplauden cuando un grupo de policías reducen a un ser de piel marrón porque los consideran peligrosos y nadie sabe de qué son capaces. Los derechos humanos se consiguieron en teoría pero el racismo sigue profundamente vivo. Taiye Selasi apunta en una entrevista a los progresistas que leen libros escritos por africanos o afroamericanos, y afirma que estos no son una medicina. Pienso en mí, que tengo una biblioteca muy extensa africana y que me pasé años leyendo solo libros escritos por personas de piel marrón, como los llama ella, y me doy cuenta de que a la hora de la verdad, yo si viviera en Estados Unidos o en un contexto de fuertes minorías negras, yo sería tan racista como quise evitar ser, a pesar de conocer a fondo la tragedia del continente africano y los terribles padecimientos de estas personas. Pienso en si el racismo es de origen genético porque culturalmente he leído prácticamente todo, lo sé casi todo, pero… me descubro racista y ello me avergüenza seriamente. 

domingo, 16 de mayo de 2021

Paranoia colectiva


El trastorno de personalidad paranoica (PPD, por sus siglas en inglés) es una afección mental en la cual una persona tiene un patrón de desconfianza y recelos de los demás en forma prolongada. La persona no tiene un trastorno psicótico completo como la esquizofrenia.

El trastorno paranoide de la personalidad se caracteriza por un patrón generalizado de desconfianza injustificada y sospecha de los demás que implica la interpretación de sus motivos como maliciosos.

Para que una persona reciba un diagnóstico de trastorno de personalidad paranoide, debe mostrarse persistentemente desconfiada y recelosa de los demás, como lo demuestran al menos cuatro de los elementos siguientes: Sospecha, sin una razón suficiente, que otras personas le explotan, lesionan o engañan.

¿Vivimos en un estado de paranoia colectiva como expresa el graffiti? 

jueves, 13 de mayo de 2021

Fragmentos en carne viva de una caminata en solitario


Vuelvo a hacer la caminata del jueves pasado o, por lo menos, parte de ella pues he salido de Santa Coloma y no de Vallvidrera lo que es sustancialmente la mitad. He visto en el plano del metro que la estación a que yo quería ir, Esglèsia Major, no estaba en la línea 1 sino en la L9 que va de La Sagrera a Cam Zam. He bajado en Sagrera y he tenido que descender cinco tramos de escaleras mecánicas para llegar al nivel donde está en metro. Ha sido inútil porque en vez de bajar en la estación de Esglèsia Major, bajo en Fondo que es común con la L1. No hubiera hecho falta el trasbordo pero he querido ver el ambiente de Santa Coloma para hacer alguna foto. Solo he hecho una del centro, solo había reatas de niños de colegios que iban a alguna parte, era la hora escolar por lo que veo. Luego hago una foto del poema de Maria Mercé Marçal, tan de lo que hoy llamaríamos postureo aludiendo a su triple rebeldía por ser mujer, por ser de clase baja y por ser de una nación oprimida. Me gustaría saber qué entendía esta poeta por eso de ser de clase baja. Tal vez escribió cuando miles y miles de inmigrantes se hacinaban en las barracas de Montjuich o el Somorrostro. Probablemente habría que explicarle lo que era ser de clase baja. Y en cuanto a ser de una nación oprimida, habría mucho que hablar cuando la dictadura nos oprimía a todos pero ella, sin duda, debería sentirse especialmente oprimida por ser catalana cuando la burguesía de este campante país estaba encantadísima con el Régimen porque todas las inversiones venían para aquí en lugar de ir hacia Andalucía, Murcia, Extremadura o Aragón. Pero uno puede identificarse con el mito que quiera y si lo expresa poéticamente, por demagógico que sea, puede ser incluso pintado en los muros como ejemplo de triple rebeldía. Bah. 

 

Sigo el trayecto del otro día pero hoy con agua abundante y con el cuerpo fresco y no castigado además de ser más temprano y el sol ser menos inclemente. He pasado por el monasterio de Sant Jeroni de la Murtra del que he hecho fotos. Me hubiera gustado visitar el claustro. Varias instituciones tienen su sede en el monasterio. He dejado Can Ruti, también la he fotografiado desde la distancia con la perspectiva del mar, y he seguido hacia arriba con menos cansancio. He llegado junto a unos ciclistas que subían asfixiados a lo más alto y he comenzado el descenso hasta Sant Fost donde una panda de perros me ha empezado a ladrar. He entrado en la fundación Pere Tarrés para ver desde arriba el monasterio de Montalegre pero las ramas y los alambres no me han permitido una buena perspectiva. Me gustaría pasear también por el claustro y ver a los monjes cartujos en su vida sombría pensando solo en la muerte por lo que yo creo. Luego investigo someramente en el estilo de vida de los cartujos y me sorprende que vistan de blanco y que en las festividades hacen vida comunitaria y charlan entre ellos. El resto del tiempo están en su celda trabajando y tienen un huerto. Participan comunitariamente en los oficios.  

 

Durante el trayecto, la mente se me iba a Oriente Medio que estos días está ardiendo por los choques entre israelíes y palestinos. Creo que ha comenzado en Jerusalem por el rigor israelí en el Ramadán con los palestinos lo que ha provocado graves disturbios. Desde Gaza se han lanzado cientos de cohetes contra ciudades israelíes e Israel ha respondido bombardeando objetivos militares en Gaza lo que ha provocado decenas de muertos incluidos algunos niños. Mis simpatías están con Israel y veo que rápidamente hay una marea de solidaridad con los palestinos en contra de la brutalidad judía. Pero no se dice que los palestinos están bombardeando ciudades israelíes. Es la misma historia de siempre, esa pulsión del suicidio heroico contra el poderoso. Las almas sensibles del mundo se posicionan siempre en contra de Israel con una virulencia extraordinaria cuando en otros muchos conflictos mantienen algo parecido a la indiferencia y es que no hay algo tan jugoso como un protagonista judío. Eso tiene morbo y ya se sabe que los judíos son siempre culpables hagan lo que hagan. En la historia se los acusaba de envenenar pozos, beberse la sangre de los niños que raptaban y eso era suficiente para que la multitud ebria de venganza saliera a asesinarlos a sus barrios. 

 

Luego hay casi diez kilómetros hasta la estación de Montgat Nord dando un gran rodeo por la serralada de la Marina. Yo esperaba que comenzara la bajada pero el camino se alargaba en solitario hasta que he llegado a una especie de mirador donde se ve Alella a la izquierda. He pensado en la casa de Toni y me hubiera gustado saber dónde se ubica. Y allí empieza un largo descenso pues estamos a más de trescientos y pico metros y hemos de bajar al nivel del mar. Se hace largo, ciertamente acompañado es más suave porque te vas distrayendo con la conversación maliciosa. He dado vueltas bajando por cuestas pedregosas hasta llegar a la entrada de Tiana entre la iglesia y un recoleto cementerio que el otro día no vi siendo muy atractivos sus muros y su interior con pisos de nichos. Vueltas y vueltas por Tiana, largas avenidas por las que voy ya con mascarilla, callejuelas del pueblo antiguo, tiendecitas, más avenidas, hasta que llego a Montgat, no sé exactamente dónde empieza el pueblo. Sigo hasta llegar y pasar por debajo de la autopista o carretera. 

 

Allí cerca de la playa me he tomado una cerveza Estrella Galicia. En la mesa del al lado había dos mujeres. Una morena de ojos negros, muy hermosa, que tendría veintitantos años, cerca de los treinta, y una mujer de unos sesenta que no paraba de hablar comiendo a la vez boquerones en vinagre. La mujer mayor se llamaba Lola y se tenía por muy joven, moderna y próxima a la juventud por sus relaciones y carácter. Era pesada e ininteresante pero tenía un ego descomunal. La joven solo podía hacer comentarios admirativos de lo que la vieja le decía. Es un caso típico de persona avasalladora imbuida de una ficción, la de ser juvenil y divertida, que resultaba realmente cargante. Es un tipo de personas que piensan que lo que dicen es muy interesante y no paran nunca de hablar de sí mismas. 

 

He llegado a la estación y he tomado el primer tren que ha pasado a Molins de Rey que para en Hospitalet como he podido comprobar. Enfrente de mí dos mujeres musulmanas, una con chilaba fucsia con flores y encajes, gordísima, y otra joven que pudiera ser la hija, también gorda, pero sin pañuelo y más encajada en esta sociedad y que no hacía ni caso a la supuesta madre. 

 

martes, 11 de mayo de 2021

Setenta y cinco aniversario en la Plaza Roja de Moscú


Veo una retransmisión en Youtube del acto conmemorativo del 75 aniversario de la victoria soviética contra Hitler en la Plaza Roja de Moscú. Mas de doce mil soldados, con uniformes de gala, y dispuestos en formaciones compactas en un ambiente solemne y triunfal evocando la Gran Guerra Patria y la victoria frente al nazismo a costa de un precio terrible –se habla de veintisiete millones de muertos-. Un pelotón de soldados marcando algo parecido al paso de la oca llevan dos banderas, una rusa y otra roja con la hoz y el martillo. Dos generales en sendos coches lanzan arengas a los soldados que en formación impecable y con gestos viriles y marciales dan gritos de hurra a lo que dicen sus mandos. Al final habla Putin en su arenga más significativa. He sabido que Putin es un excelente orador algo que no percibimos los no rusos, pero su discurso debe de ser muy seductor y varonil de acuerdo a la fortaleza que siempre han de demostrar los rusos. La catedral de San Basilio está como telón de fondo en la Plaza Roja. 

 

Dos observaciones: no hay mujeres entre las tropas aguerridas y belicosas, cuando las mujeres fueron parte importantísima entre los soldados y oficiales en la Gran Guerra Patria. Lo sé por el libro de Svetlana Alexievich, La guerra no tiene nombre de mujer. Otra observación interesante es que esta parada en ningún momento se nombra a Stalin, el considerado arquitecto de la victoria, solo al pueblo ruso, a la patria rusa. Un detalle significativo es la enseña comunista que lleva el pelotón que he mencionado. No suena mientras lo veo, el himno ruso, sí otras marchas igualmente reveladoras. Esta gran parada dejó de celebrarse durante casi veinte años entre la caída del comunismo hasta 2008 cuando Putin la recuperó de nuevo. Al final del acto, una escuadra lleva –marcando el paso marcialmente- un lecho de flores a la llama que arde en una estrella roja de cinco puntas. Putin y miembros destacados de su gobierno llevan ramilletes de claveles rojos que depositan ante la llama sobre el lecho de flores que han llevado los soldados. Minuto y medio de recogimiento en silencio y luego suena el himno ruso –soviético- brevemente pero sin la fuerza que tiene cantado por coros rusos. Putin es el más bajo entre los presentes pero se advierte que es el que manda por sus gestos imperativos. Acaba el acto en la plaza vacía, una compañía solemne desfila ante esta decena de mandos rusos y luego, dirigiendo la operación Putin, salen hacia un autocar en el que entra primero Vladimir como debe ser. 


(El vídeo es muy largo, aconsejo ir avanzando porque no tiene desperdicio como acto litúrgico, su estética es muy poderosa)

 

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