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viernes, 15 de marzo de 2019

Mi padre y yo


Mi padre a veces me llevaba en coche. Él prefería los Renault y tuvo primero un 4-4 y posteriormente un gordini. Yo me subía pacientemente con él y me sometía a su monólogo que versaba muchas veces sobre el funcionamiento del motor de explosión de dos o cuatro cilindros. Él era un enamorado de la técnica, de la aeronáutica y de la historia de la segunda guerra mundial, libros que leía en largas noches de soledad con la luz encendida. Desde entonces yo detesto dormir con luz de un modo casi patológico. El caso es que el discurso de mi padre me aburría profundamente. Su delectación en el motor de explosión recibía mi más absoluta indiferencia. Nunca me interesó lo más mínimo. Él opinaba además que la literatura era anacrónica. 

Yo estudié literatura. He dedicado mi vida a la literatura, no como creador porque no he tenido la capacidad necesaria pero sí a su enseñanza y a mi experiencia como lector. Puedo decir que la literatura que mi padre entendía como anacrónica ha dado sentido a mi vida. Yo soy esencialmente literatura, a pesar de que mi padre cuando me veía leer, intentaba disuadirme y me decía que lo que tenía que hacer era irme a la discoteca. 

Ahora muchos años después recuerdo que llevaba a mi hija en el coche a los entrenamientos de básquet y le hablaba con pasión de libros como los que habían escrito Kafka o J.D. Salinger pensando que podrían ser relevantes en su experiencia. Mi hija me aguantaba y parecía seguirme la corriente, pero hacía como yo como cuando mi padre me hablaba de los motores de explosión. No le interesaba para nada. No es lectora en absoluto. En casa hay miles y miles de libros que ella desconoce. Nada de lo que soy yo le interesa lo más mínimo. 

Puedo entender la desolación de mi padre en su monólogo sobre el motor de explosión y mi indiferencia. Siempre fui refractario a todo aquello que él me dijera.

Muchos años después sigo enfermo de literatura, pero cada vez me encuentro más similar a mi padre en muchos aspectos. No me interesa el tema de la técnica o el terrible motor de explosión pero sí la historia cuyos libros de los que nunca él me habló, ocupan un lugar muy importante en mis intereses. 

Sé que tener hijos es asumir un conflicto decisivo. No envidio a los que deciden no tenerlos. Su vida es menos arriesgada, más cómoda. 

¿Habrá algo que quede en mi hija con el paso del tiempo?

domingo, 10 de marzo de 2019

El eterno retorno


Estos días estoy embebido en la lectura de una biografía de Nietzsche que se titula Soy Dinamita de Sue Prideaux. Tengo la intuición de que uno llega a los lugares y a los libros no solo por azar sino por alguna lógica enigmática pero necesaria. En Nietzsche hay muchas ideas de una potencia abrasadora, pero hoy quiero traer una que me ha cautivado y que me ha hecho pensar mucho en estos días. Esto que voy a escribir son unas torpes notas al respecto. La noción sobre la que voy a reflexionar es la del eterno retorno nietzscheano que no es la misma que plantea Mircea Eliade en su El mito del eterno retorno que aborda el pensamiento primitivo y su vuelta continua a los arquetipos fundacionales en el origen. No. El eterno retorno en la concepción de Nietzsche me lleva a considerar cada instante vivido como eterno, en una cadena ininterrumpida de instantes que van del pasado al futuro o del futuro al pasado, anudándose y no siendo contradictorios. El instante es la vía de entrada a la eternidad, es un punto dinámico y no estático, es puro devenir, es ser. No hay una concepción del tiempo cíclico como planteó el pensamiento del Antiguo Egipto, los pitagóricos, en parte Platón o el pensamiento oriental. El retorno que propone Nietzsche no es eterno porque se repita cíclicamente, es eterno porque siempre es el mismo. Cada instante está configurado por acontecimientos dinámicos y en ellos están implícitos el resto de acontecimientos del mundo, los pasados y los venideros. 

Esta es una visión antimística y antimetafísica. El ser humano no necesita enajenarse. Es una filosofía que otorga al cotidiano devenir lo que se ha vinculado con lo divino: la eternidad, y da origen a un hombre nuevo (Übermensch) que no requiere el consuelo de religión alguna ni supedita la vida a una realidad suprasensible, pero tampoco aboca hacia el nihilismo, en una especie de camino hacia la nada. Es una suerte de mística laica expresada en un lenguaje simbólico y poético en el libro Así habló Zaratustra en su sección “De la visión y el enigma”

Fijémonos en un instante cualquier del tiempo, sea el del presente o en un punto del pasado. Pensemos en un instante terriblemente doloroso en nuestra historia vital. Un punto abismal de nuestra infancia donde tuvo lugar el juego entre el ser y el no ser. No hay acontecimiento que nos haya hecho sufrir más. Está ahí, anudado por la cadena del tiempo al pasado y al futuro que es ahora. No se ha ido, nada se va. Es presente continuamente, como es presente todo lo que existe. Volvemos a él y nos sentimos dentro de su dinamismo que sigue existiendo anudado a la cadena del tiempo, en un fluir incesante. Aquel momento, aquellos sentimientos tuvieron una dimensión cenital, tanto que sus vibraciones siguen estando presentes en el ahora. Pero nosotros ahora lo vemos, lo revivimos, porque es un instante eterno, y lo amamos porque está anudado a nosotros, forma parte de nosotros, era necesario, es nuestro eterno retorno que nos hace concebir la vida desde una perspectiva divina, es la mirada de un dios que participa de la eternidad. Cuando tomamos conciencia de esto, es como el pastor al que se le metió una serpiente en la boca que lo devoraba por dentro, y Zaratustra le gritó que mordiera, y el pastor mordió y arrancó la cabeza a la serpiente y se liberó. Nos vamos y dejamos de ser el hombre moribundo y nos sobreponemos al miedo. Nada perece, no hay ni paraísos ni infiernos de futuro. Cada instante es perenne y retorna constantemente. El ser humano se libera del miedo y ama su vida que tiene la misma textura que la de los dioses, ama cada instante de su vida y está preparado para morir igual que para vivir. 

Creo que hay muchas personas que intuyen esto y viven con dimensión profunda el devenir de los días en los que no existe la banalidad o el sinsentido. Todo ocupa su lugar en la cadena del tiempo. Es cierto el poder del ahora como defiende Eckhart Tolle: el ahora es la clave en la arquitectura del ser, pero no necesitamos liberarnos del pasado o distanciarnos de la angustia del futuro. Todo está anudado. Cada instante que sucedió desencadenó el conjunto de acontecimientos venideros. Cada instante encierra todo el pasado y todo el futuro. El instante es eterno, debe haber existido ya, y para siempre. Ha ocurrido y ocurrirá, será eternamente. Solo nos queda amar profundamente nuestra vida en todo su devenir. Asumirla heroicamente como una cadena de instantes necesarios y luminosos –u oscuros- que perviven y a los que el eterno retorno nos lleva a percibir su coherencia íntima.

No hay camino hacia la nada. El Übermensch participa de la dimensión divina y nada es casual, todo es necesario. Probablemente no habrá salvación metafísica, pero habremos ascendido la montaña que nos lleva al conocimiento y ahí tenemos nuestra salvación y nuestra asunción del ser, el nuestro, tal vez no muy alejado de los otros seres que nos observan desde la distancia. Tal vez con desconfianza, con hastío o con profunda simpatía. 

(Para el que quiera profundizar en el concepto del eterno retorno le propongo un enlace a la página de filosofía de Begoña Gil Gómez, El eterno retorno, en la que en buena parte me he basado para introducirme en esta idea fascinante que he hecho mía). 

viernes, 1 de marzo de 2019

El hermoso espectáculo de morir


La muerte, el proceso de morir, en estos tiempos es inaceptable, no para el moribundo que está haciendo su trabajo sino para los familiares y el cuerpo médico en los hospitales. Morir es un espectáculo desagradable y feo, y nos distrae de nuestra vida cotidiana, así que lo más adecuado es acelerar el proceso, igual que se aceleran los partos para ajustarlos a las jornadas laborales de los ginecólogos, comadronas y enfermeras. 

Estas reflexiones me han venido por la conversación con una amiga y la muerte de su suegro. Cuando me envió un guasap diciéndome que el hombre estaba agónico, y tratado con morfina, yo pensé que qué momento más cenital en la vida de un ser humano. Un momento hermoso, a pesar del dolor que pueda haber y que es controlado por la morfina. Tiene que ser un tiempo de excepción y luminoso prepararse para lo que nos hemos debido de estar preparando toda nuestra vida. El camino al no ser, pasar al misterioso otro lado del que nadie ha vuelto. 

He leído recientemente el libro Cuando el final se acerca, escrito por la doctora Kathryn Mannix, acompañante vocacional de moribundos en una unidad del dolor, que ha cambiado mi perspectiva acerca de la muerte. Kathryn Mannix reflexiona que ha acompañado a miles de personas en el proceso de morir a lo largo de más de treinta años y que considera que tiene la profesión más hermosa del mundo. Morir es un proceso en que el organismo y la mente se están preparando, y los seres humanos, según la doctora, se hacen más bellos. Morir no es traumático, es el final de un proceso en que la respiración va evolucionando y cambiando hasta que se extingue y deja de existir. Entonces, es lo normal, se ha producido la muerte. Acompañar a moribundos, enfermos de cáncer u otras enfermedades irremisibles le ha hecho tener un punto de vista filosófico acerca de la muerte como un proceso bello y necesario al que el ser humano se va acercando progresivamente. Probablemente hay muchos estados de ensoñación en que la conciencia se va diluyendo y va viajando. Puede que haya abundantes sueños eróticos, de viajes, de evocación de la propia vida en que el moribundo va preparándose. 

Pero esta es la perspectiva de los que van a morir. La de los familiares es la de querer que acabe lo antes posible para no ver sufrir más al enfermo, algo que les parece inadmisible: por un lado, hay un encarnizamiento terapéutico en situaciones ya irreversibles provocando la sobrevivencia del enfermo cuando tal vez ya debería haber muerto por un proceso natural, pero por otro lado, se quiere que todo acabe rápidamente… El estado previo a la muerte resulta desagradable y feo, cuando debería ser abordado con naturalidad y paciencia, no tener ni prisa ni querer que viva a costa de lo que sea. Contemplar la muerte del modo más natural posible, viéndola como algo profundamente humano y filosófico, como algo tan normal como el nacimiento, como la vida misma, como la primavera. No tener prisa. Dejar los tiempos al enfermo, no acelerar su proceso ni ralentizarlo. Dejarlo estar. Quizás una música agradable, y tranquilidad en la habitación. Pero si todos están tensos, no soportando el espectáculo por su crueldad, inaguantable para una visión burguesa que niega la muerte como algo escandaloso, se produce una tensión que necesariamente llega al moribundo. Haría falta mucha inteligencia emocional y una preparación existencial para la muerte –y sentido del humor incluido-. Pero prepararnos para la muerte es algo que no nos gusta. Nos creemos eternos y no pensamos en eso que nos llegará, que llegará a nuestros seres queridos… Preferimos pensar en otras cosas que nos hagan eludir la realidad de esa cita ineludible que tendremos y cuando llega no estamos preparados. 

Habría que hacer cursillos sobre la muerte como se hacen de preparación al parto. En otras culturas que consideramos “primitivas” hay un aprendizaje social de la muerte que no se oculta como aquí. Y morir dura el tiempo que haga falta, y se muere en casa y se vela al cadáver el tiempo que sea necesario en medio de enormes fiestas. No se llena la muerte de un componente macabro que expresa un fracaso absoluto, un sinsentido y un hecho casi bochornoso que hay que pasar en poco más de dos días, incluida esa costumbre terrible de los velatorios en los tanatorios. Hay que volver rápidamente a la vida cotidiana desembarazándonos de ese espectáculo que es por completo incomprendido y esquivado. En todo caso quedan ya en el tanatorio veinte minutos de elogios al muerto, una pieza o dos clásicas, y ya nada. Volver a la vida cotidiana tras ese paréntesis odioso que es sentirnos frágiles –pero la muerte es algo que siempre sucede a los otros, no a nosotros.  

Me temo que no entendemos para nada la muerte. Es un proceso triste más que por el fallecido y su proceso por la incultura absoluta de la sociedad contemporánea ante la muerte. 

sábado, 23 de febrero de 2019

El intercambio (Antonio y Manuel)


Soy consciente de la fecha que es hoy –ochenta aniversario de la muerte de Antonio Machado en Collioure en el exilio tras la guerra civil- y soy un admirador rendido de su primera poesía, la que constituyen los libros Soledades, galerías y otros poemas y Campos de Castilla. He visitado Collioure en tres ocasiones y en una de ellas mis hijas recitaron versos de su Retrato ante su tumba, y en otra ocasión mis alumnos leyeron también poemas suyos con una bandera republicana que llevé y puse sobre su lápida. No tendría que justificarme pero comienzo haciéndolo porque lo que voy a decir es, por lo menos, sorprendente. Voy a hablar de dos almas gemelas, Antonio y Manuel Machado, que se llevaban un año aproximadamente. Manuel nació en 1874 y Antonio un año más tarde. Ambos vivieron en el palacio de las Dueñas en Sevilla y se educaron en la progresista Institución Libre de la Enseñanza en Madrid, dirigida por Francisco Giner de lor Ríos. Ambos fueron a París a final de siglo y conocieron a Rubén Darío. Manuel estudió Filosofía y Letras, algo que Antonio haría posteriormente ayudado por Miguel de Unamuno. Ambos escribieron poesía simbolista. Manuel publicó su espléndido Alma en 1907, el mismo año que Antonio Machado publicó Soledades, galerías y otros poemas.  Les dividió en cierta manera la vida al casarse Antonio con Leonor y morir esta en 1912. Antonio fue destinado a Baeza tras la muerte de Leonor para huir de la terrible tristeza que sentía. Allí comenzó a estudiar Filosofía y Letras. Manuel y Antonio colaboraron en varias obras dramáticas como coautores con cierto éxito. Antonio, ya en Madrid, tras su destino en Segovia, se entusiasmó con la República y participó en las Misiones pedagógicas, igual que su hermano Manuel que colaboró con la Asociación de amigos de la Unión Soviética. En la obra, La Lola se va a los puertos (1929), José Antonio Primo de Rivera, futuro fundador de Falange, elogió a ambos poetas el día de su estreno en Madrid. Manuel y Antonio eran uña y carne, íntimamente unidos en el terreno personal y literario.

Sin embargo, hubo algo que, por obra del azar, les separó. El Alzamiento Nacional les sorprendió en ciudades distintas. A Antonio en Madrid y a Manuel en Burgos donde estaba el 18 de julio de 1936. Antonio fue erigido como ejemplo de poeta cívico republicano comprometido con el pueblo y Manuel elogió a José Antonio Primo de Rivera y escribió poemas como El sable del Caudillo dedicado a Franco cuando la toma de Madrid por las tropas nacionales. Antonio Machado vivió en Madrid, y  posteriormente en Valencia en la retaguardia como emblema de la literatura al servicio de la república. Antonio escribió en sus Escritos de guerra (1937) loas entusiastas sobre la URSS, el modelo soviético y el marxismo de puño abierto. 1937 y 1938 son los años que en la URSS tienen lugar los procesos de Moscú en que centenares de miles de comunistas fueron fusilados por ser supuestamente traidores o simpatizantes del troskismo. Antonio no sabía nada de esto ni de la represión en la retaguardia republicana ni de la realidad de las chekas, como centros de tortura generalizada. Antonio era un hombre bueno, melancólico, extraordinariamente ingenuo en la vida y en su relación con las mujeres –véase su relación con aquella mujer a la que llamó Guiomar y que se aprovechó de él y luego lo abandonó-, y muy asustadizo. Sus escritos Juan de Mairena y sus Escritos de guerra muestran a un hombre lúcido y comprometido con la causa republicana. La derrota lo llevó primero a Barcelona y luego a Collioure donde murió hace ochenta años. La leyenda sitúa a su hermano Manuel acudiendo a su improvisada tumba en la ciudad francesa pocos días después de su muerte, aunque este hecho no se ha acreditado.

Ahora piensen por un momento en la posibilidad de que la guerra hubiera encontrado a Antonio en Burgos y a Manuel en Madrid. ¿Envenenada propuesta? Yo le he dado vueltas muchos años desde que en la Universidad Autónoma en un curso sobre Antonio Machado, una de las mejores especialistas sobre su figura y obra me contestó con un espeso silencio ante esta hipótesis. ¿Qué hubiera pasado si Antonio hubiera estado en la capital de la España Nacional en julio de 1936? Antonio no era un héroe y sí un hombre ingenuo y medroso. Su hermano Manuel era mucho más decidido y resolutivo. ¿Acaso hubiera terminado Antonio escribiendo sonetos al Caudillo y Manuel, su alma gemela, escribiendo loas a Stalin y a la URSS? El destino crítico de ambos hubiera sido muy diferente. Mientras Antonio ha recibido el reconocimiento crítico más entusiasta como poeta cívico, al servicio del pueblo, y su obra ha sido ampliamente estudiada en cientos de tesis doctorales y la oposición hizo de él su símbolo contra el franquismo, Manuel, su hermano, casi gemelo, ha recibido el  olvido más clamoroso. No hay biografías de la dimensión que las que tiene su hermano y su obra ha sido prácticamente olvidada. ¿Qué hubiera pasado si hubieran intercambiado su destino por obra de un azar inexplicable?

¿Qué esto es hablar por hablar? Claro, la historia es irrepetible y Antonio no fue a Burgos en esa fecha y sí su hermano, igual que Federico García Lorca fue a Granada en lugar de quedarse en Madrid o viajar a Mexico como le habían propuesto. No obstante, uno no deja de plantearse ciertas preguntas que podían haber tenido respuesta muy diferente si no hubiera sido por el azar. Porque Antonio Machado no era un Unamuno, incapaz de callarse  estuviera donde estuviera. ¿Acaso la historia podría haber llevado a Collioure a Manuel en lugar de a Antonio? ¿Estaríamos recordando ahora a Manuel Machado en vez de a Antonio?

martes, 19 de febrero de 2019

El tedio y la literatura


Hoy estaba totalmente absorbido por un relato de Ficciones de Jorge Luis Borges en la terraza de un bar con una copa de cerveza fresquita. De pronto en el cuento Examen de la obra de Herbert Quain, leo algo que produce mi asombro. Borges lo escribe mucho mejor, pero viene a decir que una obra literaria es un juego, y como tal juego ha de poseer simetría, leyes arbitrarias y tedio. Me he quedado pensando cautivado por esta idea, la de que la obra literaria en alguna medida contiene como ingrediente casi necesario el tedio. Ello concuerda perfectamente con la impresión que tengo de mis lecturas de buena literatura. En la lectura hay momentos tediosos en los que posiblemente hasta bostezo, o dejo la lectura y me voy a mirar el correo o miro la prensa… 

Que Borges reconozca el carácter de juego de la obra literaria revela que es un mecanismo que funciona de acuerdo a unas reglas arbitrarias en las que debe entrar el lector porque cada obra es un mundo particular y único en que existe además la simetría. Y el tedio, que no se nos olvide. Leer tiene algo de tedioso, hablamos de gran literatura, no de libros de entretenimiento en que todo es gaseoso y divertido, dramático, libros pensados para crear grandes pasiones y sentimientos que arrastran al lector y que son leídos como el agua, sin ninguna violencia y la sensación que percibe el lector es la de que son agradables y amenos. 

Cuando fui profesor de literatura recomendaba libros a mis alumnos cuyo argumento les podía interesar pero que también les hiciera ir más allá de lo que se puede acceder en la vida cotidiana. En alguna manera tenían algo de trascendentes por el nivel de experiencias humanas e intelectuales a que daban lugar. Y eso era lo que les interesaba especialmente: la experiencia intelectual que les habían deparado, lo que habían aprendido, todo lo lejos que habían podido llegar gracias a la obra literaria. Todo se vino abajo cuando se impusieron los libros  políticamente correctos y moralistas, pensados para crear valores, como si este fuera el papel de la literatura. La buena literatura no tiene como función la de crear buenos ciudadanos, ni hacer a la gente moderna, tolerante y progresista. No, radicalmente no. La literatura es veneno de primera magnitud en vena, y no es moral ni deja de serlo porque muchas veces su función es ir más allá de la moral para transgredirla, crear universos puramente literarios absolutamente disruptivos. Y en estos necesariamente hay algo de tedio. El tedio fue muy apreciado por los poetas románticos y los simbolistas. Tiene algo de pose ante la vida. El artista dominado por el tedium vitae se refugia en su universo personal ante una sociedad enferma, inmoral o simplemente fea. Que una obra artística sea algo tediosa es signo de que refleja la vida: el lector asiste, como en mi caso, leyendo Ficciones de Borges, a un juego prodigioso –intelectual, literario y metafísico- que cuesta seguir, y que hay que releer porque no se capta fácilmente a la primera –o a veces ni a la tercera-. Hay, como en un paisaje lunar, deslumbramientos, sensación de belleza absoluta, formal y temática, tanto que como a Stendhal le surge de pronto la necesidad de huir de tanta belleza por no ser posible soportarla y el lector se aleja mentalmente de la cadena de ideas o de imágenes y de pronto se ve invadido por el tedio abrumador. Es como un descenso estético. No se puede estar continuamente, como propone Borges, en la altura de un juego intelectual deslumbrante por su inteligencia y su sutileza. Salgo huyendo, necesito distanciarme, para luego volver con más concentración al fragmento que he dejado atrás. Como experiencia estética el tedio es necesario para enfrentarse a la obra literaria. A veces en un museo pictórico me descubro, tras mucha concentración, bostezando repetidamente, puede que sea simplemente signo de cansancio por el esfuerzo invertido… 

Hoy me tomaba una cerveza en una terraza y he tenido la suerte de que nadie se haya puesto a hablar por el móvil. Cuando he ido a pagar a la barra, el camarero ha querido decirme algo amable y me ha dicho algo así como ¿relajándose un rato? Yo me le he quedado mirando de hito en hito y le he dicho que estaba leyendo antes de comer. Y él, ¿pasando un ratito, no? Y yo, tremendamente apasionado –no me he podido reprimir- le he contestado ¿pasando el rato con un libro como este? -Y le enseño Ficciones de Borges-. Pasando el rato no. Es reto, juego, desafío, aventura, no estoy pasando el rato, no. El camarero se ha quedado mirándome y ha puesto gesto de estar pensando, y ha dicho sinceramente: ¡Qué bonito! ¡Qué interesante! Y me ha mirado a los ojos profundamente. No había la más mínima ironía o enojo en él ante mis palabras que le han conmovido. Probablemente sea la conversación menos esperable en un bar en que a los clientes se les dice cosas normales para entablar conversación. No sé si he sido terriblemente pedante, pero lo que sí es cierto es que me ha salido del alma, y me he sentido muy unido al camarero. ¿Cómo expresar lo que es la literatura sin pasión? ¿Entretenimiento? ¿Diversión? Eso dicen para halagarnos, pero la literatura de verdad es peligrosa. Una lástima que nuestros jóvenes hayan perdido ya el contacto con ella, los lectores apasionados, que integran incluso el tedio en sus lecturas, son personas de mediana edad. Hay algún joven inadaptado, pero pocos que prueben el veneno en estado puro. Tienen Instagram. 

viernes, 15 de febrero de 2019

El llanto inconsolable de Fernando Savater



Fernando Savater ha sido uno de mis iconos intelectuales durante muchos años. Luego ya no, pero lo fue desde que en 1978, a sus 31 años, lo escuché en un colegio mayor jesuita de Zaragoza hablando de Nietzsche en casa de Circe. Desde entonces seguí su trayectoria y leí varios de sus libros que me marcaron como La infancia recuperada en que descubrí que Savater y yo habíamos tenido como anarquista preferido a Guillermo Brown, el genial personaje de Richmal Crompton. Yo también hubiera querido ser miembro de la banda de Los proscritos. Si no lo conocieron cuando eran niños, no se molesten ahora en leerlo. Hay que hacerlo a los trece años cuando yo tuve el privilegio inolvidable de haberlo conocido. 

Para Fernando Savater son días de luto. Su compañera, Sara Torres, murió de un tumor cerebral a los 58 años ahora hace cuatro años. Desde entonces Savater no hace sino llorar cada día, se duerme pensando en ella y se despierta pensando en ella. Era el amor de su vida, su aliciente, su inspiradora, su acicate político e intelectual, su primera lectora. De hecho, Savater reconoce que escribía para que Sara lo leyera. La vida ha dejado de tener sabor para Savater y reconoce que si fuera creyente y pensara que tras la muerte se reencontraría con ella, ya no estaría aquí. Su último libro es uno sobre ella, para que los lectores también nos enamoremos de ella, de esta mujer, diez años más joven que Savater, de origen humildísimo pero que adquirió con esfuerzo una gran cultura. 

Ni siquiera escribir mitiga su dolor que siempre está ahí, lacerante, inconsolable. Savater es el guardián del recuerdo de Sara, y solo vive para recordarla. 

Leer la entrevista que publicó recientemente ABC, con un titular oportunista y malintencionado, me sumió en una gran tristeza. No podía concebir esta suerte de enterramiento en vida, esta orfandad absoluta de un escritor, tan profundo, tan humano, como limitado en su capacidad de renovación intelectual. Esto fue una convicción que me fue invadiendo siguiendo su carrera como escritor. De Savater ya no podíamos esperar grandes hallazgos ni giros intelectuales que nos sorprendieran y nos iluminaran. Hace más de treinta años que Savater –el admirable escritor al que he amado- desapareció del panorama de ideas revulsivas y no hizo sino repetirse –con inmenso valor en el caso del País Vasco en su lucha contra el nacionalismo obligatorio y la vesania criminal de ETA-. Savater reiteraba su discurso cívico-ético, las ideas de responsabilidad, de ciudadanía, totalmente admirables, pero dejó de renovarse, había entrado en un bucle decepcionante, algo que no hizo uno de sus maestros, Cioran –filósofo del nihilismo-. Es curioso que Savater fuera un hombre esencialmente optimista, lleno de vida –imagino que feliz por estar al lado de Sara- y que, perdida esta, se haya sumido en un pesimismo radical pero que no le estimula a ir más allá. Hace más de treinta años, quizá más, que Savater, dejó de tener un pensamiento fresco e inspirador. No puedo entender que un miembro honorario de la banda de los proscritos se rindiera a una cierta y segura comodidad intelectual que no le llevó a cuestionar sus cimientos ideológicos y filosóficos. Chocó con sus límites, como hacemos todos, y nos dejó a nosotros huérfanos de un pensador del que habíamos esperado muchísimo cuando era un filósofo radical nietzscheano y anarquista. Recuerdo que Agustín García Calvo (1926-2012) siguió siendo inspirador durante toda su vida, incluso en sus años de vejez. Savater tiene ahora 71 años y está consumido, a pesar de que le quedarían quince años de madurez intelectual. 

La noticia de su último libro sobre su compañera Sara Torres, me ha producido una tristeza enorme, tal vez porque veo que Savater es un muerto viviente arrastrando su duelo y sin capacidad de salir de él a pesar de ser relativamente joven, pero más todavía porque me muestra la condición muy limitada de un hombre del que esperé mucho. Llegó un momento en que se rindió intelectualmente, o no pudo llegar más allá –esto lo temo más todavía-. Su figura me es enormemente querida pero no deja de abrirme un abismo de amargura porque tal vez en su limitación esté la mía también, salvando las distancias, claro, y de muchos otros porque llega un momento en que la mente deja de asumir riesgos, se reorienta por territorios ya transitados y no puede ir más allá. Tal vez para ir más allá, haya que ser algo o muy malvado, tal vez para ser capaz de renovarte, haya que dejar cosas atrás, ser capaz de olvidar, ser algo oportunista, o radicalmente histriónico. Temo que en la humanidad y limitación de Savater haya mucho de bondad y amor recompensado. Para mí es un fracaso que me duele, la decepción que me produce me lleva a pensar en la mía propia. 

lunes, 11 de febrero de 2019

¿Acaso modernidad rima con soledad?



Recientemente, un blog amigo realizó una reflexión sobre algunas figuras significativas en la delimitación de un racismo teórico que planteaba que las razas eran esencialmente desiguales y que había algunas, las arias, superiores a otras, y estas, lo eran respecto a otras para llegar a las razas más inferiores que serían los primitivos, los aborígenes, los africanos que habrían nacido para ser dominados y esclavizados. 

Hoy nadie se atreve a hacer una manifestación de tal calibre y ya intelectualmente no se alude a la raza como un concepto que divida a los seres humanos en superiores o inferiores. Los resultados del racismo científico fueron tan aberrantes y criminales que quedó totalmente desprestigiado, así que no vamos a darle mayor relieve. 

No obstante, actualmente no hablamos de razas pero sí de culturas. El mundo está compuesto de culturas diferentes en sus manifestaciones materiales e inmateriales. El término “cultura” nos parece mucho más aceptable porque no hace alusión a características físicas mensurables (color, forma del cráneo, nariz, estatura, conformación ósea…). La diferenciación cultural es mucho menos agresiva y más acorde con nuestro modo de ver el mundo. Hay culturas distintas con aportaciones distintas todas igualmente valiosas. Esta es la fundamentación oficial. Pero, saliéndome del guion políticamente correcto, comenté a mi amigo que por qué había culturas propias de países ricos y otras propias de países subdesarrollados. ¿Por qué Haití es el país más pobre de América? ¿Por qué la América Latina padece problemas de desarrollo endémico y corrupción que no tienen otros países de América del Norte que son un polo de riqueza hacia el que muchísimos quieren emigrar? ¿Por qué los países africanos están entre los más pobres del mundo? ¿Por qué los países asiáticos como Japón, Corea del Sur, Singapur, China están en las escalas de desarrollo más destacadas de nuestro tiempo? ¿Por qué sus índices educativos son de los más altos del mundo? ¿Por qué los países de Escandinavia figuran entre los más desarrollados, socialmente progresistas –a pesar de ser monarquías, excepto Islandia- y con mayor nivel de satisfacción política colectiva y menor corrupción? ¿Por qué los países mediterráneos tenemos colgado el calificativo de poco confiables respecto a nuestros socios de la Unión Europea? ¿Por qué el mundo islámico se caracteriza por su atraso a nivel general y su falta de aportación a la cultura universal a nivel cultural y científico? ¿Por qué los judíos reúnen en su escaso número, las mayores realizaciones intelectuales, artísticas y científicas del mundo? 

Yo planteé estas dudas razonables pero políticamente incorrectas. Ya veo el pelotón de arqueros dispuestos a ajusticiarme. Mi amigo, sinceramente, intentó contestar con sensatez, porque podría haber llegado a la conclusión inadmisible de que hay culturas superiores y culturas inferiores. En el caso de España, curiosamente, siempre nos emulamos con países del norte de Europa y no con otros más al sur. Esto lo hacemos inconscientemente y espontáneamente. Todas las culturas son equivalentes en su valor pero nosotros nos miramos en unas y no en otras. ¿Por qué? ¿Por qué tomamos a Finlandia como referencia en el terreno educativo y no a Nigeria cuyos logros pueden ser ciertamente interesantes si los conociéramos? ¿Por qué nos comparamos con los salarios de Alemania, Francia, Holanda, Suiza o Dinamarca, por poner un ejemplo? ¿Es una especie de racismo involuntario, es una suerte de creencia subliminal de que hay culturas y países más confiables, mejores y más desarrollados? ¿Por qué son los que marcan los modelos de nuestro país y no los del norte de África por ejemplo? ¿O los del este de Europa por no salirnos del ámbito europeo? ¿Por qué no pensamos en Polonia, Hungría, Bulgaria o Rumanía para compararnos? 

Sé que estoy metiendo la mano en un avispero al que no se puede dar una respuesta sincera y clara, pero quiero alentar una posible interpretación. En el mundo hay culturas –sí, culturas- que se adaptan mejor o peor a la modernidad, modernidad definida históricamente por el desarrollo de los países anglosajones en el siglo XIX y XX y cuyo origen viene determinado por los pensadores ilustrados y el racionalismo que estableció países e ideologías más avanzadas que otras. Así La Enciclopedia francesa censuraba el oscurantismo y la superstición de la cultura española a la que veía como retrógrada y reaccionaria. Francia, Inglaterra, Alemania eran claramente ejemplos de países avanzados y España y otros países lo eran de países reaccionarios, en manos de los curas y de las creencias mágicas. De allí, nuestro intento de modernización con los Borbones en el siglo XVIII. Podíamos haber reivindicado nuestra propia visión de la realidad y de la historia, nuestra y peculiar, pero nos apuntamos al llamado tren del progreso y quisimos ser también modernos. Pues esa modernidad es la que divide esencialmente al mundo. Los países que se adaptan a una mentalidad abierta, emprendedora, dinámica, progresista, económicamente liberal, culturalmente sin tabúes, y que tienen un mayor nivel de moralidad pública (¿protestante?) son los más destacados del mundo en la escala de valores del desarrollo económico. Los que viven en las rémoras de la tradición, del tribalismo político y cultural, los que no piensan en términos de futuro y siguen viviendo en mentalidades del pasado como la religión, las creencias mágicas, los ligámenes familiares, con natalidad desenfrenada, con sistemas que propenden a la corrupción sistémica, o están en terrenos intermedios como los países latinos, europeos pero peculiares culturalmente, no acaban de lanzarse claramente al grupo de cabeza de desarrollo liberal del mundo. 

Sin embargo, vi una película “La teoría sueca del amor” en que se mostraba la sociedad sueca como amputada emocionalmente, solitaria, con vejeces tristes, donde el estado ha sustituido a la familia, en la que muchas veces se muere en el anonimato, y un médico sueco, harto de su modelo individualista de vida, se fue a trabajar a Etiopía que representa un modelo que no tiene nada que ver con el sueco pero cada ser humano está protegido por la familia desde que nace hasta que muere, y en el que nadie está solo nunca. Allí encontró nuestro médico el valor a su profesión y al término solidaridad emocional. Allí se sintió acompañado y querido. 

¿Acaso modernidad rima con soledad?

viernes, 8 de febrero de 2019

El origen del lenguaje




Uno de los libros que he leído más gozosamente en los últimos meses ha sido El reino del lenguaje de Tom Wolfe, recientemente fallecido, y que supone una a modo de historia de las interpretaciones a lo largo de la historia del hecho insólito del lenguaje humano. 

El lenguaje humano es uno de los enigmas más irresolubles en la historia de la humanidad, y sobre él se ha fundamentado la evolución humana, desde las hachas de sílex al modelo del último iPhone. El ser humano, inexplicablemente, crea un instrumento, el lenguaje articulado, a diferencia de cualquier otra especie animal y ello le lleva a convertirse en el protagonista indiscutible del planeta tierra y aun del cosmos. 

Pero ¿qué es el lenguaje? Para muchos es el Rubicón que marca la línea irreversible entre las especies animales y el ser humano. El lenguaje le permite aprehender el mundo y domeñarlo a su imagen y semejanza. Charles Darwin, en El origen del hombre y la selección en relación al sexo (1871), lanzaba la idea de que el lenguaje era fruto de la Evolución y lo explicaba diciendo que los hombres imitaron el sonido de los cantos de los pájaros. Sin embargo, la teoría evolucionista del lenguaje no pudo explicar el hecho de su aparición en el ser humano y que marcaba una capacidad suprema que ningún animal había poseído jamás. El asunto era tan enigmático que durante más de setenta años se dejó porque era imposible abordarlo, el lenguaje seguía siendo un misterio. 

En 1978, un paleontólogo y evolucionista de Harvard, Stephen Jay Gould, calificó la teoría evolucionista de Darwin como Los cuentos de así fue, sosteniendo que Darwin tenía más imaginación literaria que Rudyard Kipling al tratar la desconcertante cuestión del lenguaje. 

Sin embargo, en la década del cincuenta del siglo pasado, de 1953 a 1957, un licenciado de la Universidad de Pensilvania, se apoderó del ámbito de estudio de la Lingüística, transformándola de arriba abajo. Se trataba de Noam Chomksy, el creador de la llamada Gramática generativa que quiso dar una respuesta definitiva al enigma del origen del lenguaje. Chomsky se erigió como uno de los filósofos y científicos más relevantes de la historia en su momento con su teoría del innatismo del lenguaje que viene a decir que la mente humana es esencialmente sintáctica. Poseemos una estructura profunda que hace que cualquier niño pueda aprender cualquier lengua, en base a unas sencillas reglas generativas, y ello le permite crear frases enteras en un plazo muy corto de vida. Existe, desde este punto de vista, un órgano del lenguaje esencialmente humano que se ajusta a una gramática universal, que Chomsky había descubierto. De este modo, Chomsky elevó la categoría de la lingüística a la altura de las eternas y trascendentales categorías de Platón. Ejerció un dominio absoluto de la ciencia lingüística durante más de cincuenta años imponiendo una especie de secta de creyentes que lo seguían solo a él. Recordemos que en los años setenta y ochenta, nuestros libros de lengua de la EGB y el Bachillerato se llenaron de análisis generativos de las oraciones que se enseñaba a niños de diez y doce años en adelante. Los profesores de aquel tiempo recordarán nuestras enseñanzas de las “estructuras profundas” y “estructuras superficiales”, así como los llamados “diagramas arbóreos” que obligábamos a aplicar a nuestros alumnos. Años después todo eso desapareció de las editoriales sin que se explicara muy bien qué había pasado, salvo que no era en absoluto útil, y así se volvió a análisis más tradicionales de raíz estructural. 

Pero Chomsky ejerció una dictadura mundial, sin haber salido de su despacho ni saber ninguna otra lengua salvo el inglés. Él jamás hizo trabajo de campo. Sus seguidores desdeñaban cualquier interpretación que no se ajustara a la ortodoxia generativa. 

No obstante, hubo un lingüista y misionero, Daniel L. Everett, que fue a una de las tribus más primitivas del mundo en el Brasil, y allí, perdido en la selva amazónica, aprendió la lengua de los piraha, una de las más difíciles del mundo y pudo al final llegar a unas conclusiones sorprendentes que lanzó de forma devastadora contra el Titánic chomskiano de la teoría innatista del lenguaje: los piraha tenía la lengua más simple y difícil del mundo. Solo piensan en presente y carecen de recursividad –elemento central en la gramática chomskiana-, y no se ajusta a un modelo innatista. Su lengua procede de su cultura y no de un modelo mental preexistente, el órgano del lenguaje de Chomsky. Everett llegó a la conclusión de que la lengua para los piraha era un artefacto de su cultura y no un producto de una programación sintáctica de la mente. El libro en que se cuenta su vida junto a los piraha, en medio de mil penalidades, jugándose la vida, es “No duermas, hay serpientes”, uno de los libros más amenos jamás escritos sobre lingüística y antropología humana. Everett niega las dos hipótesis: que el lenguaje sea fruto de la evolución (Darwin) y que el lenguaje sea innato (Chomsky). El lenguaje es un producto, un artefacto más de la cultura humana, como el arco y las flechas, una suerte de herramienta cultural, la gran herramienta cultural. Así su nuevo libro fue “The cultural Tool” (2012) en que planteaba que el gran mecanismo del lenguaje es la mnemotecnia (que utilizamos para recordar ingredientes o listas, fórmulas…). Las palabras son una suerte de mnemotecnia, secuencias de sonidos, para recordar todas las cosas del mundo. Y el habla es eso exactamente, un sistema mnemotécnico que le ha permitido al Homo Sapiens dominar el mundo entero. 

Los chomskianos se desesperaron y Chomsky, que había sido el sumo sacerdote de la secta y que también se había erigido en conciencia ética y política de Estados Unidos y aun del mundo, y que se consideraba a la altura de Platón, Darwin, Freud y Marx, quedó, probablemente, en una posición muy cuestionada en el terreno lingüístico. 

El habla ha sido el primer artefacto que ha permitido que una criatura, el hombre, tome elementos de la naturaleza, los sonidos y los transformó en palabras formando códigos. El lenguaje es el artefacto primordial que ha permitido al ser humano conquistar el mundo y en algún momento el universo.   


lunes, 4 de febrero de 2019

El infierno de la muerte blanca


No hay duda de que todo lo relativo al Tercer Reich es universalmente conocido: su historia, su ideología, la figura de Hitler, la persecución contra los judíos y gitanos, así como su eugenesia criminal. De todos es sabido la existencia de los campos de exterminio nazis y el genocidio que tuvo lugar en ellos o fuera de ellos. Probablemente muchos hayan leído El diario de Ana Frank o la obra Si esto es un hombre de Primo Levi. Forma parte de la cultura de nuestro tiempo. 

Sin embargo, la figura de Stalin y la historia de la represión en la URSS o países anexionados (Ucrania, Bielorrusia, los países Bálticos, Polonia… ) es menos conocida, así como sus campos de exterminio no tienen la literatura de Auschwitz o Treblinka o Mauthausen, entre otros. Probablemente, para muchos es desconocido que Stalin condenó a la muerte por hambre a más de seis millones y medio de campesinos durante las campañas de colectivización de 1933 y 1934, especialmente en Ucrania. El hambre, morir de hambre, fue una política aplicada por los totalitarismos, nazismo y comunismo. Igualmente en las grandes purgas de 1937 y 1938, tres cuartos de millón de personas fueron asesinadas por la paranoia de Stalin. 

Hoy vamos a hablar de Kolimá, el escenario donde se desarrolla fundamentalmente la represión de los enemigos políticos del régimen estalinista. Kolimá está en el extremo noreste de Rusia, lindando con el océano Ártico y el mar de Ojotsk al sur. Es un territorio, cuya capital es Magadán, donde eran deportados centenares de miles de prisioneros, millones luego, para morir en condiciones espantosas con temperaturas de hasta -60º para trabajar como esclavos hasta la muerte por congelación, cansancio extremo y desnutrición. Eran programas diseñados para eliminar a supuestos enemigos políticos del régimen estalinista a los que se aplicaba el famoso artículo 58 del código soviético. Allí murieron millones de prisioneros de toda Rusia y de las naciones anexionadas, además de japoneses, polacos y procedentes de los países Bálticos. A veces, llegar tarde al trabajo era suficiente para ser deportado a Kolimá. Con los huesos de los centenares de miles de muertos se construyó la carretera de dos mil kilómetros que va desde Magadán a Yakutsk. Los huesos eran material poroso adecuado para el terreno de permafrost que lo constituía. Es la llamada “carretera de los huesos”, cuyo pasado todavía es difícil de reconstruir por la ocultación y destrucción de archivos de la época soviética. 

Si Primo Levi es el testigo de excepción de Auschwitz, en Kolimá hay un escritor llamado Varlam Shalámov (1907-1982) que soportó durante dieciséis años la deportación al infierno de la muerte blanca y pudo sobrevivir. El producto de su estancia allí son los Relatos de Kolimá en seis tomos. Fue deportado allí en 1937 "por actividades troskistas contrarrevolucionarias" y posteriormente por una opinión literaria. Estuvo condenado en las minas de oro y carbón en condiciones durísimas, contrajo el tifus y fue castigado por crímenes políticos y sus intentos de fuga. Tras la muerte de Stalin en 1953, se le permitió abandonar Magadán pero no volver a Moscú. Trabajó en los Relatos de Kolyma entre 1954 y 1973, su salud era muy frágil por su prolongada estancia en los campos. Trabó relación con intelectuales como Alexander Solzhenitsin, Boris Pasternak y Nadezhda Mandelstam y sus relatos fueron conocidos minoritariamente en la URSS vía samizdat (ediciones clandestinas a multicopista que corrían). Sus Relatos salieron clandestinamente de la URSS y fueron publicados en 1968 en Occidente. Son considerados como una de las grandes colecciones rusas de relatos cortos del siglo XX. Cuando Shalámov pudo volver a Moscú, su mujer, que le había esperado, quería que este olvidara Kolimá, pero él se obstinó en recordar y su relación acabó en la primera noche por proyectos diferentes de vida. Su hija, todavía en época soviética, era miembro de las Juventudes Comunistas y lo rechazó avergonzándose de él. Shalámov murió en un hospital psiquiátrico donde, viejo y enfermo, enfrentó los últimos días de su vida todavía en la época soviética. Tres años antes de morir se le obligó a retractarse de lo que había escrito. Nunca pudo ser testigo del éxito de sus Relatos ni de las numerosas ediciones que se hicieron en muchas lenguas por el mundo. La beneficiaria de sus derechos de autor póstumos fue Irina Sirotínskaya, un amor de Shalámov con el que nunca pudo convivir pues ella estaba casada y tenía hijos a los que no quería renunciar. Shalámov murió solo en un psiquiátrico. Hoy me ha llegado el primer volumen de sus Relatos que quiero leer en su honor aunque sé que cuestionar el estalinismo no es igual de popular ni de fácil que cuestionar el nazismo. Para mi sorpresa, en Moscú, en la plaza Roja, está la tumba de Stalin que está siempre llena de flores. Y en Rusia existe una añoranza muy intensa de los días de la URSS y del padrecito Stalin. Y entre los progresistas españoles hay una tendencia muy extendida que es la de considerar fascista como un apelativo ominoso, pero todavía comunista es considerado prestigioso y políticamente correcto. Yo me identifico con Shalámov y me siento solidario con su vida y compromiso. 

lunes, 28 de enero de 2019

La Inteligencia Artificial y el pan con tomate

                                                     The Last Hope, 2018. 

Soy un apasionado lector de artículos y libros que abordan el tema de la Inteligencia Artificial la que constituye, junto con el cambio climático –y todas sus consecuencias- el mayor desafío que tiene la humanidad del siglo XXI. Sobre ella hay intensos debates acerca del peligro que supone para la especie humana y la necesidad, ahora que podemos, de enfocarla de un modo que no constituya una amenaza letal para la supervivencia de la humanidad. 

Quiero traer aquí algunas reflexiones, necesariamente superficiales, acerca de algunas aplicaciones sorprendentes de la IA que alumbran su prodigiosa virtualidad y que desafían algunos presupuestos que considerábamos exclusivos de la naturaleza humana, por ejemplo, la creatividad en terrenos como la música, la pintura, la literatura y su capacidad de aprendizaje profundo (Deep learning), porque una de las características de la IA es que puede retroalimentarse y aprender por sí misma, más allá de los datos que los seres humanos les faciliten. 

Se han creado algunas aplicaciones que permiten a algunos algoritmos crear música, tomando como patrones las composiciones de Johan Sebastian Bach, de modo que el programa Deep Bach genera música tan semejante a Bach que entusiastas especialistas no pueden distinguir con claridad si la música interpretada es original del compositor o generada por un programa de IA. La música de origen tecnológico tiene lo que parece ser auténtica inspiración y geometría sentimental que causa emociones en los seres humanos. Las redes neuronales de la IA asimilan los patrones de corales de Bach que sirven para entrenar estas redes, que luego producen sus propias melodías con armonías de voces distintas: alto, tenor y bajo. Las composiciones fueron testadas por un público de 1600 personas, 400 de las cuales eran expertos o estudiantes de música. Se mezclaron melodías originales de Bach con otras compuestas por Deep Bach y alrededor del 50% señalaron los compuestos por la computadora como originales de Bach. El proyecto Deep Bach forma parte de un programa mayor, llamado Flow Machines, y posteriormente se quiso hacer lo mismo en base a canciones de Los Beatles, lo que llevó a componer alguna pieza realmente beatlmaniana. La IA puede generar cualquier tipo de música y se ha aplicado, por ejemplo, a música irlandesa, cuyo origen es indistinguible de la compuesta por músicos inspirados por los lagos y colinas de Irlanda y cantadas en un pub de Dublín o de cualquier pueblo irlandés.

Otro proyecto de Deep Learning es AICAN, la máquina que dibuja sola y genera obras plásticas que el 75 por ciento de los encuestados no han sido capaces de distinguir de las obras de artistas humanos. La máquina fue alimentada con una base de ochenta mil obras que representaban el canon occidental en los últimos siglos. El algoritmo creativo de AICAN es llamado “red creativa contradictoria” porque por un lado intenta comprender la estética de las obras de arte existentes, y, por el otro, se aleja de los modelos establecidos, estableciendo una dialéctica innovadora respecto a ellos. Toda evolución del arte en los últimos siglos ha supuesto una oposición o contraposición con modelos anteriores y de tal modo el algoritmo genera obras novedosas pero sin alejarse demasiado del patrón preexistente, tal como ha sido la historia del arte. La máquina ha logrado entender la historia de la evolución del arte, pero habiendo de crear algo nuevo. Algunas de estas obras han alcanzado cotización de varios miles de dólares en ferias internacionales. El creador es el algoritmo y el programador no tiene control sobre lo que la máquina genera que escoge el estilo, el tema, la composición, los colores y la textura, e incluso da nombre a la obra creada. Lo que no puede hacer AICAN es partir de un contexto social para crear una obra, tal como hacen los artistas, pero, paradójicamente, fueron los críticos los que, tras la creación del algoritmo, los que contextualizaron las obras generadas como si formaran parte de un momento de la evolución de la historia del arte. 

Igualmente se han generado poemas creados por algoritmos que son similares a los creados por el alma humana porque es el lector el que dota de estructura profunda a los poemas a través de su lectura. Tengamos en cuenta que buena parte de la poesía del siglo XX ha tenido vertientes formalistas que se pretendían alejar de los sentimientos humanos, tal como se vio a partir de la eclosión de las vanguardias artísticas. Otras veces, uno de los programas, WASP, creador de poesía en español, toma como base miles de sonetos del siglo de Oro para componer uno perfectamente medido en cuanto a sílabas, métrica, acentuación y temática, que semeja haber sido compuesta por un poeta con sangre y huesos. 

Sin embargo, se da una paradoja sorprendente llamada “Paradoja de Moravec” y es que a la IA le resulta fácil crear artísticamente o aprender cualquier dinámica de juego por sí misma para derrotar al campeón del mundo de ajedrez o GO, generando estrategias de juego que suponen auténtica creatividad y que revolucionan el modo de jugar, pero la IA tiene verdaderas dificultades en emular los movimientos de un niño de un año y su modo de percepción del mundo en cuanto a reconocimiento facial o de los objetos que lo rodean, y ahí la IA es auténticamente torpe. La paradoja de Moravec, formulada por Hans Moravec, Rodney Brooks y Marvin Minsky en la década de 1980 establece que La IA es capaz de afrontar cualquier reto en cuanto a procesos de inteligencia en un adulto y sobrepasarlo, pero es incapaz de poseer las facultades perceptivas y motoras de un bebé. Dicho desfase se atribuye a la teoría de la evolución y se cree que el pensamiento abstracto, la inteligencia abstracta, es una aportación al ser humano relativamente reciente en términos evolutivos, a diferencia biológicamente de lo que el ser humano –y animales- llevan practicando mil millones de años de experiencia sobre la naturaleza del mundo. La consecuencia que estableció Steven Pinker en su libro The Language instinct es que los problemas difíciles son fáciles y los problemas fáciles son difíciles. 

Por otro lado, una de las limitaciones de la IA es que, fuera de enfoques pragmáticos y cognitivo-complejos, carece esencialmente de sentido común. Cosas que son evidentes para cualquier ser humano son imposibles de ser captadas por la IA, inepta total para el humor o la ironía, hecho que vemos con sorpresa cualquiera que interaccione con la IA, sea en forma de GPS, asistentes como Google, Amazon, Apple, o hable con una máquina a través de los laberintos telefónicos a que nos someten ciertas empresas. Es posible que estemos al borde de los coches autónomos de inteligencia prodigiosa para enfrentarse a tareas de conducción que supondrán muchos menos accidentes de circulación, pero es probable que cometan errores tontos que ningún ser humano cometería. 

martes, 22 de enero de 2019

La Viena de Sissi, Mozart y Freud.


Una visita a una ciudad como Viena durante cuatro días apresurados no da tiempo de comprender demasiado acerca de la vida de esa ciudad, pero intentaré expresar cuáles han sido mis impresiones al respecto. 

Viena es una ciudad Imperial, como San Petersburgo o Londres, refleja un pasado histórico esplendoroso en el que se miran los habitantes. Recuérdese que Viena era la capital del Imperio Austrohúngaro, hasta 1918, que comprendía los territorios aproximados de Austria, Hungría, Checoslovaquia, buena parte de los Balcanes y se adentraba en Italia, llegando incluso a Venecia en algún momento. Era un mundo de unos sesenta millones de habitantes, que, tras la derrota de Alemania, el Imperio Austrohúngaro y el Imperio Otomano, perdió el noventa por ciento del territorio y pasó a ser una pequeña nación de apenas seis millones de habitantes que tuvo que rehacerse y crear nuevos mitos para sobrevivir. Esos mitos venían del brillo de la época imperial, y en esto juega un papel sobresaliente la figura de la enigmática y sombría emperatriz Sissi que murió asesinada en Ginebra en 1898. Todo en Viena recuerda ese pasado y los guías no se adentran en la etapa más controvertida de Austria como cuando fue anexionada por la Alemania nazi en 1938, el Anchsluss, ante el entusiasmo de la mayoría de los austriacos que se desataron en violencia contra la población judía en la noche de los cristales rotos en 1938. La nueva derrota les llevó a crear la ficción ante sí mismos y ante las demás naciones de que habían sido la primera víctima de Hitler y esta visión les hizo no llevar a cabo un reajuste de conciencia por su papel de cómplices del nazismo. Recordemos que el 9 por ciento de la población de Viena eran judíos que se sentían profundamente vieneses a pesar de que el resto de la población los miraba con resquemor. De los 192000 judíos que vivían en Austria, 65000 fueron asesinados y el resto tuvieron que emigrar a Estados Unidos, Israel o Inglaterra, tal como hizo, muy enfermo, Sigmund Freud en 1938, cuatro de cuyas hermanas fueron deportadas a campos de exterminio donde murieron. 

Solo a partir de 1990, Austria comenzó a aceptar su responsabilidad en este tema. Recordemos que anteriormente el presidente de Austria había sido un antiguo nazi, Kurt Waldheim, que había ocultado su pasado, y había llegado incluso a ser Secretario General de las Naciones Unidas. 

Viena es una ciudad en que la música y la pintura y la literatura tiene y han tenido un peso extraordinario. Solo citemos a Mozart, Johan Strauss –padre e hijo- o más recientemente a Mahler. Como pintores citemos a Gustav Klimt, Egon Schiele y Oskar Kokoschka, que chocaron con el conservadurismo de la sociedad vienesa por su erotismo y radicalismo artístico. Como escritores, recordemos a Robert Musil, a Stefan Sweig y más recientemente el cáustico y corrosivo Thomas Bernhard, debelador de la alianza entre nacional-socialismo y catolicismo. 

Y no podemos olvidar a una de las mentes más privilegiadas del siglo XX, el psicoanalista Sigmund Freud, cuyas teorías transformaron el campo de la psicología profunda y el inconsciente, y que creó la escuela vienesa, en un campo que revolucionó no solo la psicología sino el conjunto de las artes –literatura, pintura, cine-. Se puede decir que el alma del siglo XX ha sido una mezcla de surrealismo, por un lado y existencialismo por el otro. 

Así que a la vida de Viena no le falta aliciente artístico-intelectual, unido a una mentalidad profundamente conservadora con la cual tienen que pugnar los artistas que nacen en su seno, como ha demostrado la historia, pero de esta tensión, entre el autoritarismo y la libertad, nace el arte y la cultura. 

Tuve ocasión de visitar la Viena turística, la que sale en las guías, de pasar horas y horas en cafés vieneses –todo un lujo en que el cliente es tratado como un caballero de otros tiempo-, subir a la noria del Prater donde se filmó una escena de El tercer hombre de Orson Welles, visitar el museo de arte Moderno (Contemporáneo) Mumok poco visitado por el público en general y menos turistas –pero yo soy un adicto a los museos de arte moderno que repelen a la gente: los encuentro sumamente divertidos, me río mucho en ellos por las ocurrencias ácratas de los artistas-, visitar el Belvedere donde me reencontré con Egon Schiele, Oskar Kokoschka y Gustav Klimt, mi visita al edificio biomórfico y multicolor, diseñado por Friedenreich Hundertwasser pero también recuerdo mis trayectos en tranvía y en metro con auténticos vieneses –que fotografié- y mi estancia dos horas en un café de la periferia cuyos dueños eran rumanos en que la atmósfera estaba llena de humo porque en Austria no está prohibido fumar en los cafés, al menos en algunas zonas. Aquello fue una inmersión en los otros vieneses, los que no salen en las postales de Viena. Pasé un buen rato bebiendo cerveza mala y oyendo las risas de la concurrencia, fuera del refinamiento de los cafés del centro, la radio puesta, la tele solo en imagen y la atmósfera turbia de un ambiente que no veía desde hace mucho tiempo en un bar. Luego mis ropas olían a tabaco, algo que no recordaba. 

Viena es una ciudad con fondo psicoanalítico, dividida entre su pasado imperial, su soberbia congénita, su pasado nacionalsocialista, y las tendencias que pugnan por abrirse y salir de ese contexto conservador y supremacista, como cualquier sociedad moderna. Yo me terminé sintiendo a gusto, especialmente leyendo simultáneamente al cáustico y ácido Thomas Bernhard que no creo que sea muy apreciado por los austriacos y sus sueños imperiales. 

lunes, 14 de enero de 2019

¡Mi papá no es mi abuelo!


Hoy he ido a ver una película de animación titulada Mi vecino Totoro dirigida por Hayao Miyazaki, producida por el Estudio Ghibli. Es tal vez una película para niños pero que me ha tenido cautivado durante el tiempo de proyección. Estaba totalmente solo en la sala en horario de tarde. Me he preguntado por mi fascinación por la película siendo como era tan sencilla, sin ninguna historia enrevesada detrás. Era puro humanismo aliado a un universo mágico lleno de ternura y delicadeza. Es la historia de unas niñas, Satsuki y Mei, que tienen a su madre enferma y una de ellas se pierde en el campo yendo al lejano hospital. He sufrido viendo a Mei perdida, hasta que un personaje mágico… 

No era de Mi vecino Totoro de lo que quería hablar, pero me sirve de introducción para el comentario de un cuento juvenil que ha llegado a mis manos de un veterano autor, Dimas Mas, que ha abordado en su relato Mi papá no es mi abuelo, un conflicto sencillo pero profundamente humano y que es desarrollado con extrema habilidad por el autor capaz de trenzar tanto relatos densos y complejos como novelitas juveniles como esta. La protagonista es Guiomar, hija de Rodrigo y Elvira. Está en una etapa en que adora a su padre, que la guía por el territorio de la entomología y así, ambos enamorados de los insectos, comparten dicha pasión que espeluzna a la madre y a los compañeros de Guiomar que solo ven en esos bichos, criaturas horrendas y desagradables. ¿Se imaginan el dúo Guiomar-Rodrigo? ¿No han visto imágenes entrañables de una niñita que se abraza a su padre que para él es el hombre más guapo y más interesante del mundo? Esa es Guiomar y su amor secreto es su padre. Pero en toda historia que se precie hay una bruja malvada y esta es Mencia, compañera envidiosa de Guiomar que en un cumpleaños se refiere al padre de esta como si fuera su abuelo y no su padre. Y en aquel momento el lector siente un agudo dolor como el de Guiomar que por primera vez toma conciencia de que su padre es mayor, tanto como para que lo confundan con su abuelo. Narrativamente, dicho conflicto se abre a aristas muy peliagudas porque a partir de entonces, Guiomar verá a su padre de otra manera y teme que, efectivamente, sea casi un viejo, algo que a Rodrigo no parece inquietarle porque él sí acepta la edad que tiene. Pero para su hija, algo se ha descompuesto porque no quiere que su padre represente la figura de su abuelo. Su padre se ha caído de ese pedestal en que estaba y se hace profundamente humano, pero entendemos el malestar y la zozobra de Guiomar que no puede aceptar la supuesta vejez de su padre y empieza a observarlo como si de un bicho más se tratara, científicamente, y lleva un cuaderno de notas en que hace dibujos para confirmar o no lo que esa bruja de Mencia dejó caer. 

No voy a contar cómo se desarrolla el relato, ni cómo acaba, pero he querido subrayar la densidad del conflicto humano que sucede en la mente pubescente de Guiomar que se abre por primera vez a la incertidumbre y al miedo, sintiendo que el mito de su adorado padre es vulnerable y ahí se ahonda un atisbo de rechazo íntimo que acaece en su conciencia de niña, protagonista de un bildungsroman –o novela de formación- en que un adolescente pasa una dura prueba que le hace madurar para crecer y hacerse, tras una crisis, más entero. Pero no teman, esto no es Las tribulaciones del estudiante Törless de Robert Musil, es una novelita juvenil, con las pretensiones justas para crear la tensión narrativa a partir de verosimilitud humana mediante un conflicto que no había visto abordado por ningún relato juvenil pues ofrece sesgos de no ser muy atractivo: la edad del padre, especialmente si es mayor,  no es muy plástica. Todos los niños quieren tener un padre joven y guapo, pero la vida es la vida y aquí Dimas Mas, autor excéntrico y complejo plantea una vuelta de tuerca muy intensa en un relato de 57 páginas que se puede adquirir en formato digital por 3 euros o en formato papel por 5,93€ en Amazon ya que se imprime a demanda. 

Una amiga y comentarista de este blog ha escrito que este espacio se ha hecho postmoderno, pero hoy quiero traer aquí un texto de interesante hondura como esa película que he visto hoy, Mi vecino Totoro, en un cine en sesión de tarde y completamente solo. Por amistad y con interés traigo aquí este relato francamente apetitoso, ¡Mi papá no es mi abuelo! de Dimas Mas, el autor de otra novela juvenil como El tesoro de Fermín Minar que marcó mi vida. Ser escritor y no rendirse a las imposturas del mundo editorial tiene su precio, tal vez la soledad y el desarraigo, pero a mí me gustan los autores que no siguen las directrices de los mass media ni las modas evanescentes. ¡No os la perdáis!

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