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viernes, 19 de diciembre de 2014

Ejercicio deplorable de narcisismo


¿Su nombre?
Ya lo sabes.

¿Edad?
La que tenía Cervantes cuando publicó la primera parte de El Quijote.

¿Qué libro le gustaría haber escrito?
Vuelo nocturno de Antoine de Saint-Exupery.

¿Su vicio inconfesable?
Tengo muchos. Y no se puede escribir sobre ellos.

¿Su mayor virtud?
Mi capacidad de darme la vuelta en la cama, poniendo la cabeza donde los pies y viceversa. Eso se aplica también a la vida.

¿Qué líder político sería?
Charlie Chaplin en El gran dictador.

¿Todavía tiene sueños?
Eróticos, de vez en cuando, pero son eso sueños.

¿Qué le aporta el blog? Lleva ya nueve años en esto.
Fluidez de escritura, capacidad de expresar un texto a partir de algo mínimo.

¿Ha hecho amigos con esto de los blogs?
Creo que sí, pero también enemigos. Ha habido conflictos muy intensos. Es como la vida.

¿Su pasión?
Escribir y sobre todo la fotografía.

¿Cómo fue su niñez?
Una niñez ideal para curtirme en la desdicha y prepararme para una adultez equilibrada.

¿Es la infancia un paraíso?
Los cinco o seis primeros años te conforman. Ya eres. El resto es desarrollo de esa semilla inicial.

¿País que le gustaría visitar?
Creo que ninguno en especial. Lo que existe en mi habitación no dista demasiado de lo que ocurre en el país más exótico del mundo. Mi padre me decía que él conocía todo el mundo sin moverse de la butaca del cine. Al final he sabido que él era menos dañino que tanto turista que pervierte con su presencia la belleza de tantos y tantos lugares.

¿Le gusta Sebastiao Salgado?
Me abruma. Lo veo mesiánico, grandilocuente, ajeno a mí.

¿Le gustaría que le dieran un premio? Habla tanto contra ellos que da la impresión de que está necesitando que le den uno.
Puede ser. Nunca lo rechazaría. Hay más vanidad en rechazar el premio que en callarse y aceptarlo. Pero ¿quién me va a dar un premio a mí?

¿Qué personaje literario le hubiera gustado ser?
Aliosha, uno de Los hermanos Karamazov.

¿Su fiesta preferida?
Ninguna. La navidad más feliz que he pasado últimamente fue una Nochevieja en que mi mujer estaba internada en el hospital por neumonía. La pasamos los dos solos, ella con cuarenta de fiebre. Me libré de la cena familiar. Me comí un bocadillo de jamón.

¿Es asocial?
Esencialmente sí.

¿Su deporte preferido?
Caminar hasta quedar extenuado. Luego comer croquetas requemadas.

¿La sensación más poderosa que recuerda?
Subirme a un escenario y representar una obra sin acción entre dos personajes a lo largo de dos horas delante de cuatrocientos chavales de Formación Profesional dispuestos a machacarnos. Se llevaron un chasco.

¿Es narcisista?
Mucho, pero un narcisista que tiene sentido de la medida, creo.

¿Qué le gustaría hacer a los ochenta y cinco años?
Poder tirarme en paracaídas.

¿Su posición preferida?
Cualquiera que ayude a la mente a pensar.

¿Es divertido?
El otro día mi hija me proponía que escribiera un libro con mi sentido del humor. Yo le dije que no lo entendería nadie. Dudo que sea realmente sentido del humor. Pero a mí me hace reír.

¿Una película inolvidable?
Breve encuentro de David Lean.

¿Un momento del día?
El amanecer.

¿Se cree atractivo?
Tanto como un boniato en sazón.

¿Qué cambiaría de su vida?
Creo que nada. Es perfecta en su terrible imperfección.

¿Se siente culpable de algo?
De casi todo. No entiendo a esas personas que repiten que viven muy tranquilos y que no se arrepienten de nada. Yo me arrepiento de muchas cosas, que tal vez fueron inevitables.

¿Cree en el destino?
En cierta manera sí. La alternativa al destino es el azar absoluto. Y yo percibo que hay algún tipo de sentido oculto, que hay que descubrir.

¿Es rencoroso?
No lo sé. He sido más bien incauto en mi vida y algunos lo han aprovechado, pero no les guardo rencor. Tal vez era necesario.

¿Le gusta el mar?
Pasear por una playa desierta en invierno me cautiva. Los colores del invierno son fabulosos.

¿En qué época le ha gustado vivir de las que ha vivido?
Me atrajo la euforia vitalista de los años sesenta que percibí siendo niño. A la vez me sentí en la línea del existencialismo que sobrevoló el siglo XX. Hoy los gurús del pensamiento son Bill Gates, Steve Jobs, Mark Zuckenberg, google. Agradezco haber vivido un tiempo anterior a la tecnología. Es algo que mis hijas no podrán comprender.

¿Pasearía desnudo por una playa desierta?
Tal vez, en soledad.

¿Le agrada estar solo?
Mucho. Necesito una vida equilibrada para disfrutar de la soledad. La soledad es el más excitante de los paraísos. Una soledad buscada, eso sí.

¿Le gusta ser profesor?
Al cabo de más de treinta años de serlo, he de reconocer que he vivido momentos cumbre en la enseñanza y momentos de hundimiento anímico inconmensurable.

¿Ha tenido alguna vez una depresión?
Yo soy una depresión andante.

¿Cree ser inteligente?
No. En absoluto. He dado vueltas y vueltas a las cosas, eso sí.

¿Su funeral anhelado?
Que enterraran mis cenizas en la isla Graciosa, frente a Lanzarote. En la playa, en invierno.

¿Le atrae la muerte?
Mucho. La muerte es lo más interesante que nos sucede en la vida. Es un momento sin el cual nada de lo anterior tiene sentido. Todo encuentra su sentido a posteriori en la muerte.

 ¿Cree que hay vida después de la muerte?
Nadie ha vuelto para contárnoslo. Me mantengo en un escepticismo que no afirma ni niega nada.

¿La persona más importante en su vida?
Mi madre. Me enseñó con su ejemplo cómo no debía ser mi vida.

¿Qué recuerda de su padre?
Que me regaló una radio de galena a los doce años. Nunca me han hecho un regalo mejor.

¿Qué anhela? ¿Qué le falta por vivir?
Una vida plena como fotógrafo. Todo está por hacer.

¿Qué les dice a sus alumnos?
Nada. Sobre todo les enseño a dudar, especialmente de las verdades más evidentes. Son las peores.

¿Es importante perdonar?
Sin el perdón no existe la reconciliación, uno de los momentos más maravillosos de la vida.

¿Se siente importante haciéndose a sí mismo una entrevista?
Ya le dije que era bastante narcisista. Me gusta el desdoblamiento dialógico. En el diálogo está la esencia de El Quijote. Todo artista vive enamorado de sí mismo. No lo puede evitar. Tal vez no lo quiere evitar.

¿Es todo inútil?
No. La lucha tiene sentido. Hay que buscar hacer un mundo mejor. Aunque no se crea en ello.

¿Qué piensa de Podemos?
Se ha escrito tanto sobre ellos y tan mal que empiezan a resultarme simpáticos. Al último que he leído ha sido a Fernando Savater que encuentra hilarante una entrevista a Pablo Iglesias. Desafortunadamente, Savater no ha sido un pensador de talla. Se entregó a lo dado en seguida. Creo que le hubiera venido bien sentir dentro de sí el poder de una tremenda depresión. Lo admiré mucho pero al final se me ha convertido en un articulista menor. Sin interés.

¿Cree que es posible una revolución social?
No.

Pero ha criticado a Savater por rendirse a lo dado. ¿Y usted no hace lo mismo?
Tal vez, pero lo disimulo. No creo en eso taumatúrgico de crear una utopía, de levantarla, de derribar el orden para crear algo nuevo y radicalmente distinto. Siento rabia por pensar esto. Es como el deseo sexual. Se tiene o no se tiene. La vida es distinta con ello o sin ello. La revolución es como el deseo. Me gustaría que hubiera pastillas que excitaran el deseo revolucionario. Las tomaría.

 ¿Se siente fracasado?
No, especialmente. Pienso que he vivido una vida bastante plena y compleja. Nunca he buscado medrar. Se me podría tachar de poco ambicioso. Lo soy. No soy demasiado ambicioso.

¿Qué detesta?
Que alguien tire la piedra y esconda la mano. Que alguien te apuñale y luego diga oh no pretendía hacerte daño.

¿Se siente proyectado en sus hijas?
Creo que no he buscado influirlas. Son demasiado ellas para dejarse influenciar. No lo permitirían. Eso me satisface.

¿Qué piensa del nacionalismo catalán?
Que es una especie de narcisismo imposible de reprimir. No lo entiendo pero muchos se distraen con ello. Les gustan las banderitas, los himnos, la idea de destino, patria, efemérides gloriosas, épica... Todo bastante risible, pero existente. Una vez leí u oí que Josep Carreras llevaba un trozo de senyera en su bolsillo a cualquier parte del mundo que fuera. Nunca la abandonaba. Me imaginé llevando un trozo de bandera de España en mi bolsillo y me sentí ridículo, pero ¿qué se le va a hacer? Es así.

¿Vendería su alma al diablo?
No creo que estuviera interesado en comprarla. No pediría demasiado por ella. Algo más de inteligencia, eso me gustaría. La inteligencia es el más injusto de los dones. ¿Por qué unos la tienen y otros no? Es azar, no es un mérito. No es algo digno de elogio ser listo.

¿Qué añora?
Haber tenido sentido musical y sacar a mi mujer a bailar? Le gustaba.

¿Se considera un muermo?
Bastante.

Despídase con una frase ingeniosa.
Adiós.






domingo, 14 de diciembre de 2014

Carta a los Reyes Magos


Querría que Podemos ganara las elecciones y que se pararan los desahucios, y que los bancos quedaran bajo poder público, y que la Sanidad y la Educación tuvieran mayores presupuestos. Eliminaría el ejército o lo reduciría drásticamente en cuanto a su presupuesto. Enviaría a la familia real al paro y votaría por una república federal. Aumentaría el presupuesto de cultura y bajaría el IVA al mundo de la cultura y los libros. Rebajaría la edad de jubilación a los cincuenta y cinco años y disminuiría la jornada de trabajo para que hubiera más trabajo para todos. Aumentaría las pensiones y pondría una renta básica de inserción para todos los parados. Disminuiría las listas de espera en las operaciones en los centros públicos. Dejaría de subvencionar la enseñanza privada y haría que toda la educación fuera pública, y el que quisiera una privada que se la pagara en su totalidad. Subiría el salario mínimo interprofesional. Derribaría la valla de Ceuta y Melilla y abriría España a los inmigrantes que quisieran venir que serían adscritos a las seguridad social. Sus familias podrían venir con ellos y sus hijos serían acogidos en los centros públicos en una enseñanza integradora sin diferencias entre nativos y llegados. Aboliría la prostitución y legalizaría las drogas, cuya prohibición solo es la fuente de creación de una economía criminal y sumergida. Prohibiría las corridas de toros y dejaría de subvencionar las procesiones en Semana Santa. Rompería los acuerdos con el Vaticano y declararía a España estado completamente laico. El aborto sería libre y gratuito. Controlaría las energéticas que pondría bajo poder público. Los grandes empresarios tendrían que pagar más impuestos, y los ricos estarían en una lista en donde serían controlados. Eliminaría emisiones de CO2 a la atmósfera. Cerraría las centrales nucleares e impediría las prospecciones petrolíferas en Canarias. Aumentaría las plazas de guarderías.

Querría que en el mundo no hubiera guerras, suprimiría los presupuestos de defensa y el tráfico de armas. Expulsaría de las Naciones Unidas al estado racista de Israel. Prohibiría acciones militares en países soberanos. Protegería el Medio Ambiente y daría dinero para la solidaridad en el mundo. El presupuesto español debería subvencionar la deuda histórica que tenemos con África, continente al que explotamos. 

Mis compromisos para todo esto son:

Que se aumenten los impuestos directos para poder pagar todo lo anterior.

No comprar productos baratos que proceden de la explotación de la mano de obra en países de Asia.

Dejaría de querer tener el producto tecnológico de última generación, pues sé que están fabricados en condiciones de esclavitud y suponen una brutal agresión a los países africanos que producen el coltan.

Disminuiría mi consumo energético de un cuarenta a un sesenta por ciento para dejar de emitir CO2.

Renunciaría al coche en la mayor parte de mis desplazamientos y evitaría viajar a países exóticos para evitar la emisión de gases y para disminuir mi gasto.

Pagaría una tasa para acoger a los inmigrantes que llegaran a España y no me importaría que se integraran en grandes cantidades en mi barrio.

Leería más, hablaría más con mis hijos... y les convencería de que menos es más, que no deben estar seducidos por las novedades tecnológicas, que una disminución del nivel de vida del cincuenta por ciento es necesaria e inevitable.

Disminuiría mi adicción a las redes sociales y procuraría conocer más a la gente real de mi entorno. Intentaría hacerme amigo de inmigrantes.

Saldría menos a cenar y haría cenas sociales en mi casa para vecinos con dificultades económicas.

Dejaría de visitar centros comerciales que no son sino La caverna de la que habló José Saramago en donde se nos proyecta un modo de vida que solo hace que estimular el deseo de poseer y de aparentar.

Aceptaría una reducción sustancial de mi sueldo y la de mi ritmo de vida para repartir el trabajo entre todos.

Participaría en acciones solidarias para favorecer la integración de los inmigrantes que llegarían de todo el mundo.

Hablaría menos y haría más.

Prescindiría del aire acondicionado y bajaría sustancialmente la calefacción en invierno.

Compraría lo menos posible y todo a precio real, y mejor a productores que estén en mi entorno aunque sus precios sean más caros.

Llevaría a mi hijo a centros públicos para que esté en contacto con la realidad de su sociedad.

Participaría en la Asociación de Padres como muestra de mi compromiso real con la escuela.

Me preocuparía menos del fútbol y de sus astros que dejarían de cobrar cantidades disparatadas.

Dedicaría más tiempo a la cultura: la lectura, el teatro, la música.

Gastaría menos en moda y una misma ropa serviría para varias temporadas.

No pagaría en negro en ninguna circunstancia.

No votaría a políticos implicados en corrupción aunque fueran de mi partido.

Entre la Nación y la solidaridad escogería siempre lo segundo.


Estos son mis deseos, queridos reyes magos. Espero que los hagáis realidad.




jueves, 11 de diciembre de 2014

El caramelo


El otro día comenzaba el segundo trimestre con un grupo de doce chavales de primero de ESO en una materia que lleva por título Lectura. Proceden de los grupo de más bajo nivel en cuanto al dominio de la lengua y en general. Los tengo solo una hora a la semana, pero quiero que sea importante para ellos y para mí. Quiero que esperen esa hora con expectación, del mismo modo que la esperaré yo en esa biblioteca de techos altos donde nos encontraremos.

La primera clase es el encuentro. Son poquitos y eso predispone a un buen ambiente si el profesor toma las riendas de la situación. Los senté a una mesa estando todos formando una especie de círculo. Tomé nota de sus nombres y les hice leer en voz alta un relato perteneciente a un libro que les llevé: Relatos de fantasmas. Rápidamente me di cuenta por su velocidad y sus dificultades muy elevadas que no podríamos leer el cuento entero –tenía cinco hojas- y que deberíamos limitarnos a la lectura de cinco o seis líneas cada uno por su lenta articulación, la falta de conciencia de los puntos que implican una pausa, y su imposible comprensión de lo que estaban leyendo tanto por las palabras que aparecían (no especialmente raras) como por la fragmentación de las palabra y oraciones. Tomé nota de la lectura advirtiendo que uno de ellos especialmente no entendía apenas el castellano (ni el catalán aunque más). Les había hecho preguntas sobre algunas palabras que aparecían. Quería que me explicaran con sus propias palabras, harto limitadas, qué era un fantasma. Algunos eran marroquíes. Les pregunté si conocían a Aicha Kandicha, un personaje muy popular en el folklore marroquí. Me contaron como pudieron quién era y si creían que existía o si les daba miedo. Una alumna latinoamericana me habló de la Gritona, una mujer que lloraba por la muerte de su hija y que es muy conocida en algunos países de Iberoamérica, quizás Ecuador o Colombia. Otra chica me habló de la niña de la curva que aparecía a los conductores haciéndoles parar. Cuando la montaban, desaparecía porque había muerto en una curva.


Quería hacer actividades que no los cansaran y los tuvieran en tensión. Les había llevado una sopa de letras para buscar treinta palabras en cualquier dirección. La había fotocopiado de un Quiz semanal y era para adultos. Tenían que buscar palabras relacionadas con el agua y con los ríos. Pero quería hacer interesante aquel ejercicio. Y nada mejor que algo simple, muy simple. Les dije que al que llegara a las diez primeras palabras –no era demasiado fácil- tendría un caramelo. Aquello tan elemental supuso un aliciente extraordinario para ellos. Se pusieron a buscar palabras con una intensidad que me sorprendió. Cada vez que localizaban una, la tachaban de la lista y su autoestima subía. Es como eso tan conocido por todos de los likes de Facebook. Hubo varios, sobre todo una chica que parecía despierta, que llegaron a los diez minutos a las diez palabras y recibieron con orgullo el caramelo. A las veinte recibirían otro, y se lo podrían comer en clase. A lo largo de veinte minutos de clase, especialmente intensos, se concentraron en un ejercicio que requería fuerte atención, agudeza visual y rapidez mental. En general no eran esos alumnos  tan lentos como se presuponía y cabía convertir la clase más que en un muermo aburrido en algo experimental, dividida en dos o tres unidades de tiempo que los mantuvieran en tensión y exigiera de ellos total dedicación. Tengo la intención de hacer de la clase un juego continuo, con caramelo si es necesario, pero que los lleve a implicarse en el descubrimiento de algo o en la resolución de algún problema. Tienen ordenador portátil. Utilizaré Edmodo para plantearles ejercicios y para dejarles enlaces. La tecnología puede ser un aliado importante en mantener esa tensión creativa. En cursos más numerosos es más difícil tenerlos atentos en algo más de veinte minutos. La tentación es siempre buscar la distracción, no estar en la clase, escaparse por donde sea... La clase es ese lugar interesante para estar y buscar ventanitas o puertas para evadirse, charlando con el compañero, mirando por la ventana, peleándose con el de delante o de detrás. El profesor raramente consigue que ellos estén aquí pues se pasan el tiempo desconectados. Una explicación es demasiado abstrusa para ellos. Necesitan acción, juegos rápidos y entretenidos, cambios de ritmo. Un profesor es demasiado conocido y no les sorprende ya. El profesor debe jugar con los tiempos, plantearles resoluciones de problemas accesibles y que no supongan demasiada abstracción. Todo tiene que ser concreto. La inteligencia formal es rara todavía. Más en estos chavales de ritmo lento. He de acercarme a su mundo y entender su idiosincrasia. No me digan que no es una tarea que plantea un desafío intelectual. Jugar aprendiendo. Aprender jugando. Y si es necesario un caramelo, lo tendrán. No me arruinaré. Los venden en el súper de la esquina y son baratos. Pero habrá que variar si sigue esto adelante algún tipo de estímulo: tal vez un libro, una fotografía... Hay que hacer magia y si es necesario nos convertiremos en magos. Hay una íntima satisfacción en ello. Dar las clases sin rutina, jugando también, de modo que sean un descubrimiento también para mí. No sigo ninguna tendencia pedagógica. Ningún método establecido. Ninguna teoría constructivista. Siempre me ha aburrido la teoría pedagógica y la verborrea esa totalmente inútil que la acompaña. Soy partidario de la acción directa. Una clase es un encuentro, a ser posible amistoso, en que el profesor debe animar a sus alumnos a querer saber. Para que esto resulte válido el profesor debe tener la moral muy alta. Un día el quiosquero que me guarda el periódico se enteró de que era profesor. Se asombró porque no lo sabía y el primer comentario que se le ocurrió cuando le dije la edad de mis alumnos fue algo con mucho sentido: ¡Tendrá que tener una salud de hierro! Y dio en el clavo. Ser profesor requiere de tal intensidad que es necesario tenerla en todos los sentido: físico y mental. Un profesor débil camina al desastre, un profesor triste entristece, un profesor enfermo no puede mantener el ritmo, pero no somos máquinas y enfermamos del cuerpo y del espíritu. Una vida de profesor es larga y está expuesta a todo tipo de contingencias. No es un trabajo exacto. No hay nada que implique tanto el alma y el cuerpo como ser profesor. Exige un trabajo de creación y necesita de enorme fuerza intelectual y de ánimo en la cúspide de los chakras, si es que estos existen.

Y si hacen falta caramelos... 

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