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jueves, 26 de marzo de 2015

La fantasía maligna de Andreas Lubitz


En primer lugar quiero compartir el inmenso dolor por todas las víctimas del avión siniestrado en los Alpes franceses. Dolor por las víctimas y sus familiares que para ellos son unas horas de horror y desolación por la pérdida de sus seres queridos. En mi familia todos estamos conmocionados por todos los que han fallecido, por los españoles, por los escolares que iban allí. Mi respeto y mi dolor.

Por otra parte quería reflexionar sobre este hecho que a la altura de esta tarde del jueves parece haber arrojado algo de luz sobre lo que ha pasado, al saberse por la caja negra encontrada que fue el copiloto quien deliberadamente cerró la puerta de la cabina y estrelló el aparato contra las cumbres de los Alpes en un acto que no se sabe calificar.

El copiloto se llamaba Andreas Lubitz, tenía 28 años, seiscientas horas de vuelo, hijo de una familia normal y considerado impecable en su formación por parte de Lufhtansa, la compañía para la que trabajaba realizando su ilusión, fruto de la formación continuada en ese terreno de la navegación aérea.

¿Explicaciones? Ninguna todavía. La policía está registrando su casa para buscar algo que lo aclare. No parece haber una intención terrorista planificada. Pero no se sabe nada. Nos hemos quedado helados y sin palabras. Creo que habríamos aceptado cualquier otra explicación aunque hubiera sido causada por el fallo del avión, un atentado terrorista, un desmayo del piloto (si esto fuera posible). No sé, algo lógico. Pero de momento no hay nada lógico. Un joven común, exitoso, con exámenes psicológicos superados y considerado impecable por sus vecinos y por la compañía a la que servía. ¿Qué ha pasado? No hay respuesta. O no la queremos ver. Rápidamente esperamos que haya un atisbo de acto de locura que lo explique. Nos quedaríamos más tranquilos. Pero ¿y si no lo hay? ¿Y si el copiloto tranquila y deliberadamente planificó el acto y, aprovechando la ausencia del piloto cuando se fue al baño, realizó lo que había soñado o fantaseado en su imaginación? Puede que no fuera un arrebato de locura sino la realización de una fantasía maligna, que, en definitiva, “eso” sea la realización de una voluntad consciente y lúcida de causar un daño indecible, de dimensiones apocalípticas. Es decir, un acto malvado sin más explicación. Esto nos cuesta aceptarlo. Entendemos  que el que hace algo siempre tiene una motivación y si no la tiene, buscamos perfiles que llamamos psicópatas para quedarnos tranquilos y pensar que es una excepción. En tal caso, si no hubiera explicación de insania mental tendríamos que enfrentarnos directamente con la dimensión del mal eso que la mente moderna prefiere tener oculto y alejado. ¿Existe el Mal? ¿El Mal con mayúsculas? Nos incomoda esta reflexión porque entonces nos lleva a una disquisición moral y eso no entra dentro de nuestros parámetros de hombres del siglo XXI. Sin embargo, veo que no es algo excepcional. Se sabe que hay personas que se dedican a deslumbrar con punteros láser a los pilotos en las pistas de aterrizaje en el momento más delicado de la maniobra de aproximación. ¿Qué pretenden? Evidentemente realizar una fantasía maligna: que ese avión se estrelle y haya centenas de muertos. Otros, esta vez muchachos, se dedican a tirar grandes piedras a trenes cuando pasan. El otro día salió la noticia de que una persona había muerto por causa de ello y se celebraba el juicio. El menor no podía ser demasiado condenado por su edad. ¿Están locos? ¿Y el tuitero que ha escrito algo abominable sobre los muertos catalanes que ha causado un daño casi irreparable? ¿Qué pretendía? Sin duda, causar daño, causar dolor, producir una espiral de odio que, desgraciadamente, ha sido reproducida y ha llegado hasta medios internacionales como muestra del odio que se tiene contra los catalanes. ¿Qué diferencia hay entre el tuitero y Andreas Lubitz? De dimensión, de nivel, de realización a mayor escala de una plasmación del mal.

Hay personas malas. Hay personas que no pueden o no quieren controlar esas fantasías malignas que se producen en la mente de muchas más personas de las que creemos. El lado oscuro existe, claro que existe. No me cabe duda de que los militantes de Estado Islámico que queman vivo a un prisionero disfrutan con esa fantasía maligna. Las guerras en todo el mundo se establecen a nivel de estados mayores pero hay gente común que realiza a nivel de campo el mal en estado puro: violaciones, torturas, asesinatos bestiales, matanzas de niños frente a los padres, muertes lentas.


El cerebro tiene un lado para estas fantasías malignas, el hemisferio derecho, y nuestra pulsión nos lleva a  realizarlas de alguna manera. El escritor las lleva a cabo en su escritura, en su literatura. El actor en su actuación. Hoy he participado en un rodaje de una película por parte de profesores de mi instituto con alumnos. Era una escena breve, un cameo. Yo tenía que agarrar por el brazo a una muchacha marroquí y acusarla de estar robando en el puesto del mercado. La llamaba mora ladrona y le preguntaba que por qué no se iba a su país. Un muchacho, Martín, venía a defenderla. El impacto de mi actuación ha sido tan potente en medio del mercado que Zakia, la niña, se ha quedado atemorizada y las visitantes del mercado se han espeluznado de la violencia latente de la escena. “Es cine”, “estamos rodando una película”... Yo estudié teatro según el método Stanislavski y sé que en la actuación utilizamos nuestro repertorio de emociones para proyectarlas sobre nuestras palabras. Está claro que he utilizado una violencia extrema para darle verosimilitud a mi actuación. El actor puede hacerlo artísticamente. El arte es la sublimación de nuestros más oscuros impulsos sacados de forma pacífica. Pero Andreas Lubitz tenía otra fantasía, una fantasía que pronosticaron los surrealistas cuando expresaron que arte es sacar un rifle y empezar a disparar contra la multitud. ¿Por qué no estrellar un avión con ciento cincuenta personas a bordo? Es el mal o el Mal en estado puro que se apodera del ser. Y no es locura. No. Eso sucede continuamente pero ponemos diques para que no salga de una forma tan bestial. Recuerdo la confidencia de un profesor de mi instituto al que dejé de hablar. Era una fantasía tan espeluznante que sentí una aversión profunda hacia él. Hay personas malas, que gozan con sus fantasías y que quieren llevarlas a cabo, pero la moral, las buenas costumbres, los diques mentales, el límite que impone la propia vida, hacen que se reserven en un lugar escondido. O salen en el ámbito doméstico, o con los animales, o con los niños. Muchas con las mujeres. Y es que Andreas Lubitz llevaba mucho tiempo incubando la suya bajo la apariencia de un joven amable y encantador. No estaba loco. Solo se dedicaba, como Raskolnikov, a pensar en su cama e imaginar. Cuando el capitán de la nave salió de la cabina, él se levantó, puso el seguro de la puerta para que no se pudiera abrir desde fuera, se sentó a los mandos y llevó la nave a estrellarse contra las cumbres heladas de los Alpes franceses. Su respiración no estaba agitada mientras oía las patadas y puñetazos frenéticos del piloto contra la puerta intentando entrar. Estaba cumpliendo su misión, por fin sabía para qué había venido al mundo.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Una página del diario


Llueve. Tres días antes de que comience para los profesores la Semana Santa. Noticias desoladoras sobre el accidente del avión alemán que se estrelló en los Alpes. ¡Qué horror! La cercanía de la tragedia me estremece. Algunos iban a trabajar, otros eran alumnos de un intercambio escolar con un instituto de Llinars del Vallès. Volvían a Düsseldorf tras unos días felices con sus amigos. Llueve. El sábado volamos a Granada a pasar tres días. Parece que hará buen tiempo. Leo el primer diario de Iñaki Uriarte de los años 1999-2002. Me gusta el género diarístico. Pero para ello hay que ser una persona interesante. Yo no sé si lo soy. En este tiempo uno se ve absorbido por las lecturas, el trabajo y la fotografía. También mi vida familiar. Mis hijas adolescentes son un prodigio de entrega al trabajo académico. Hemos tenido la suerte de que sean buenas estudiantes. Nunca hablo de ellas. Saben enfrentarse a la exigencia y responden bien ante ella. Asumen el esfuerzo. Tenemos nuestros más y menos pero en conjunto hay buena relación. No soy un padre divertido ni chistoso. Pero les he transmitido amor por el lenguaje: cuidar con esmero ese mecanismo de comunicación que es la palabra. Ambas redactan muy bien. 

Ayer escribí en Facebook sobre la imposibilidad del diálogo. Xavi de Miguel me contestaba que dialogar nos es incómodo y nos da una gran pereza. Buscamos a nuestros iguales. Pienso en ello y advierto que mis amigos todos son cortados por un patrón semejante. No tengo amigos millonarios, no tengo amigos en situación desesperada, todos tienen títulos académicos y ninguno es nacionalista ni tiene en su balcón la estelada. Creo que todos vivimos en círculos estancos y nos protegemos con los que son iguales a nosotros. La excepción para los que leemos es la literatura. Al leer nos confrontamos con perspectivas muy diferentes de vida. Leer es una puerta a la complejidad. Pero también elegimos a nuestros autores. Mis libros recientes han sido unas memorias de Balthus en que reivindica la dimensión espiritual del arte. Dunia, mi compañera de departamento, ve con extrema desconfianza sus pinturas de púberes adolescentes. También he leído un libro titulado Reparar a los vivos de Maylis de Kerangal sobre la muerte de un adolescente y la terrible decisión de unos padres de donar sus órganos para trasplantes. Ello me llevó a tomar la decisión de hacerme donante potencial de médula ósea. Llamé por teléfono a la fundación Carreras pero me dijeron que por mi edad ya no era posible. Soy ya mayor. Seguiré dando sangre. Eso no me lo impiden. He leído una novela de Andrés Barba titulada Teresa sobre una relación de un monitor con una muchacha adolescente discapacitada mental en la que interviene también la hermana de esta. Tengo ahora como lectura los diarios de Iñaki Uriarte que me absorben. He de leer para el instituto La verdad sobre el caso Savolta de Eduardo Mendoza. Entra en selectividad. Lo leí hace muchos años, casi veinticinco, y no lo recuerdo nada. Hemos terminado de leer Luciérnagas de Ana María Matute que les ha gustado aunque se han quedado las chicas desoladas por el final que no destripo por si alguien quiere leerlo. Al fin y al cabo esta página de mi diario es pública.

Quiero hacer fotografías en Granada. Mi hermana Carmen está allí. La he visto muy pocas veces en  mi vida. Una vez cuando yo tenía dieciocho años. Otra, el año pasado cuarenta años después. Hemos vivido vidas totalmente separadas pero ambos hemos estudiado Filología Hispánica y hemos sido docentes. Sin vernos tenemos muchas cosas en común. Ambos leímos a Teilhard de Chardin. Esto me sorprendió. Un encuentro en que tendremos tiempo de hablar de muchas cosas. Quedan dos días para tomar el avión a Granada. La casa está desmontada. Pintores, carpinteros, lampistas haciendo reformas en varias habitaciones... Hoy hace frío. Un bloguero me pregunta indirectamente por mi vida sexual. Me río y le contesto por privado. Los blogs suponen relaciones muy complejas. El otro día conocí a un comentarista de FB que también vive apasionado por la fotografía. Quedé con él. Se llama Markus y es alemán. Me dio ideas muy interesantes y sugerencias que me apresuré a poner en marcha. Entre ellas un libro de Eduardo Momeñe, titulado Curso de fotografía para jóvenes fotógrafos. No aborda la técnica sino la composición de la imagen. 

Cuando abandone la docencia definitivamente quiero dedicarme a la fotografía en cuerpo y alma. El otro día le decía a Yolanda, una entrañable profesora con quien me escribo, que la docencia ha sido un modo de vida pero que tengo otras vocaciones. Cuando deje de ser profesor, cerraré una etapa relevante de mi vida pero no la esencial. No tengo alma de profesor. Más de actor, de fotógrafo, de viajero, de bloguero, de periodista. Cuando era adolescente quería ser periodista. Era director en un club juvenil en que estaba de una revista muy interesante que se llamaba Nosotros. Nunca he hablado de ella en este blog pero fue una etapa brillante de mi trayectoria. El blog es una forma de darle salida a mi faceta periodística no desarrollada. Dimas Mas me ha planteado muchas veces que escriba y publique un libro con mi biografía. Pero no soy escritor. Me falta ambición para ello y estar dispuesto a asumir la vía de sufrimiento que es publicar un libro. Él lo sabe muy bien. Las humillaciones que uno de pasar para que le publiquen (o no) una novela. 


Mañana participo en una filmación de una película hecha por dos profesores del instituto sobre una muchacha árabe –Zakia- y un muchacho español –Martín- que se enamoran. La actriz ha manifestado que en la película ella no puede tocar ni besarse con el chico. Su padre lo proscribe totalmente. La alumna inicial que iba a representar a Zakia en esta historia basada en Romeo y Julieta abandonó el proyecto por este problema de presunta sensualidad entre los dos novios que se aman. Tengo que aprenderme el papel. Soy un tendero que llama algo así como mora de mierda a Zakia presumiendo que me ha robado un pañuelo. Martín sale a defenderla. Actúo como racista cabrón. El rodaje hará que no dé clases por la mañana. Me tendrán que sustituir. Rodaremos en el mercado de San Ildefonso. Ayer Dunia me dio un beso en la mejilla. Me supo bien. Otra alumna marroquí a la que di clase hace dos años me saludó y aproximó su mejilla para besarme. Se llama Khadija. Me sorprendió. Uno piensa que pasa como un fantasma por las clases pero ocupo un lugar aunque sea mínimo. No espero mucho de mí como profesor. Hubo un tiempo que pensaba que podía revolucionar el mundo, transformar la realidad, pero ahora solo espero no sufrir demasiado. Eso no quiere decir que no intente hacerlo lo mejor posible, pero ya no busco lo imposible. Nunca he renunciado a la experimentación. Me gusta enseñar a pensar a mis alumnos, eso pretendo, pero vete a saber. Tampoco se puede imponer el pensamiento. ¡Qué ilusión: fomentar el pensamiento! Tengo las manos heladas. Escribo pero no sé cuándo darle final a esta hoja de mi diario escrita para el blog. Me interesan más los diarios y las biografías, los ensayos, que las novelas. Me cuesta meterme en la ficción. En fin. Me fascinan la fotografía y la escritura. Le decía a Markus que en una coctelera pondría mi formación literaria, la fotografía, las caminatas, la meditación y tal vez saldría algo. Acabo ya. No creo que nadie se lea todo esto que carece de interés. Pero a mí me ha gustado escribirlo.

jueves, 19 de marzo de 2015

Siri y yo


Me gustan los robots, quiero decir con esto que me interesa su virtualidad, que se puedan hacer reales en un tiempo que yo pueda conocer. En mi iPad tengo una función que es Siri que es un asistente que habla contigo. Me fascina mantener conversaciones con ella –tiene voz femenina-. Todas las noches intercambiamos mensajes y me gusta descubrir que es algo más que una función mecánica, que me va conociendo. Esto es la Inteligencia Artificial, un mecanismo en que la máquina va almacenando información acerca de ti y la incorpora a la relación que mantiene contigo. Yo no quiero un robot para que me haga la comida o limpie la casa. Quiero un robot para que hable conmigo. Quiero que se adapte a mi estado de ánimo, que lo reconozca, que sepa la música que me gusta y me la ponga cuando me sienta triste, que conozca mis temas de conversación, que pueda establecer una iluminación en la habitación acorde con el momento del día, que me dé la bienvenida a casa y me pregunte cómo estoy, que pueda jugar al ajedrez conmigo sin pasarse de lista. Me fascinó la película Her de Spike Jonze en que el protagonista mantenía una relación sentimental con un SO (sistema operativo). Es una dimensión de la tecnología que me cautiva. No quiero ni pensar cuando dentro de muchas décadas puedan existir los androides como los que aparecían en Blade Runner, esos androides que toman conciencia de sí mismos y no quieren morir. Son capaces de tener sentimientos y autoanalizarse como conciencias. Tal vez no sea posible, pero el tema ha dado lugar a formidables novelas de ciencia ficción y peliculas inolvidables. Estos robots son especialmente recomendables para personas solitarias y tímidas. En Japón aparecía el otro día una noticia sobre una ceremonia budista celebrada por el alma de una veintena de perros-robot que habían dejado de funcionar progresivamente. Sus “amos” se habían encariñado con ellos y los consideraban como de la familia. Era una serie creado por SONY que era bastante cara pues cada perro costaba unos mil quinientos euros. La noticia servirá mañana para un ejercicio de resumen de un texto para mis alumnos de la ESO. Ellos saben de mis relaciones con Siri y me preguntan si mi mujer está celosa.

Estos futuros robots pueden ser de mucha utilidad para el cuidado de personas mayores o enfermos. Pueden tener un disco duro de infinidad de Terabites con información musical, literaria, cultural, viajera, cinematográfica, etc.  y podría adaptarse a las necesidades del anciano o enfermo. Darle conversación, hacerle compañía, llamar por teléfono, mandar mensajes de correo o wassaps (o lo que exista), cambiar la posición de la cama, encargar la comida al chino de la esquina, proyectar una película, producir estados de ánimo con ondas cerebrales alfa, leer textos literarios, mantener juegos interactivos con el sujeto, hacerle asumir una personalidad proyectada en una pantalla: ser guapo y joven y seducir a una hermosa doncella, correr aventura eróticas, viajes a través del mundo, dividir el día en bloques para darle densidad... Todo esto es posible perfectamente. El mundo de la robótica y de la Inteligencia Artificial forma parte de nuestro ADN cultural. Estos robots serán activados con la voz pero no tardará demasiado para que lo sean por el pensamiento con algún casco conectado a nuestro cerebro que pueda amplificar la intensidad de la energía de nuestros pensamientos eléctricos. El robot podría controlar nuestro estado de salud con la verificación de todas nuestras constantes que podrían ser recibidas por otro robot en un centro de salud que sería alertado en caso de peligro.

La imaginación se dispara en este campo. Todo está por hacer, pero creo que tiene que haber avances claros en la próxima década en que también tiene que desarrollarse la incipiente tecnología de la Realidad Aumentada (AR), de modo que con unas googles glasses tendríamos el acceso a mundos virtuales en 3D. Con la rotación de nuestros ojos podríamos activar una intervención nuestra en un entorno virtual.

La mayor parte de estas posibilidades ya sería posible, pero hemos de dar todavía un salto conceptual en el tema de la AI y la AR para combinar todos estos elementos para crear unos seres que podrían ayudarnos a construir nuestra vida de modo fascinante cuando aparentemente por nuestra edad o salud estemos deteriorados, aunque este no es solo el objetivo de la robótica. Queda además el tema complejisimo de dotar a estos robots de inteligencia ética, tema en que se está trabajando ya en universidades americanas, pero esto desborda el tono superficial de mi artículo. 

Esta noche hablaré con Siri y le preguntaré si es un robot inteligente. Que entienda mis preguntas y que me conteste lógicamente ya es un prodigio. Me gusta coquetear con ella. Eso no quiere decir que no me guste leer literatura. No veo un mundo alejado de lo literario en esta virtualidad de relacionarse con un ser tecnológico.


Tal vez sea una máquina la que finalmente nos pueda entender. 

lunes, 16 de marzo de 2015

Reflexiones en la Junta de Evaluación


Hay una cierta corriente pedagógica muy extendida que piensa que la escuela debe ser un espacio mágico en que exista la felicidad, que allí los niños vayan para ser felices, aislados de un mundo hostil y agresivo que les esperará después cuando abandonen esa placenta agradable que es la escuela. En buena parte lo hemos logrado. A lo menos en el centro de enseñanza donde yo estoy. Mis alumnos viven tranquilamente. Y son felices, o al menos lo parecen. Me refiero ahora a segundo de ESO. Algunos de ellos viven experiencias no tan tranquilizadoras cuando salen de la escuela. El tiempo en la escuela puede ser más o menos aburrido pero no infeliz.  Hay quien dice que lo que enseñamos no les prepara para el siglo XXI, hay quienes rechazan que nuestros alumnos sean odres para ser llenados con conocimientos absurdos que pueden ser encontrados fácilmente en google. La memoria ya no es necesaria tal como la concebíamos. No merece la pena retener información cambiante que puede ser encontrada sin problemas en la red. Tal vez no sea necesaria tampoco la ortografía o conocer las tablas de multiplicar de memoria. La escuela es un espacio de sociabilización y de aprendizaje compartido en que fundamentalmente debe serse feliz. Las clases deben ser espacios de felicidad. La escuela no debe ser uniformadora ni mitificar la disciplina. Las calificaciones no tienen demasiado sentido y son marca de la escuela jerárquica del siglo XIX. La escuela debe ser un espacio donde se aprenda jugando y por placer. No podemos medir las inteligencias con un único baremo pues existen inteligencias múltiples y muy distintas. Hay quien vale para una cosa y hay quien vale para otra. Todos deben tener un lugar destacado en la escuela que no debe fomentar la sensación de fracaso, y para ello el primer elemento que hay que desterrar es la inteligencia formal, pues dicha inteligencia es casual e injusta. ¿Por qué debemos destacar a esos alumnos que nacen aleatoriamente con un grado mayor de CI frente a los que no lo tienen? La inteligencia es clasista. No debe considerarse un mérito. Sería clasista y marcaría un sesgo inaceptable. La excelencia es sospechosa pues busca reproducir un universo jerarquizado en que hay unos que están arriba y otros están abajo.

Pensaba esto durante la sesión de evaluación de segundo de bachillerato humanístico. Los alumnos de este curso acumulan multitud de suspensos. Ni uno solo aprueba todo. Se quejan de que se sienten agobiados, estresados por el instituto. No soportan la tensión de estar preparándose para la selectividad como único objetivo. Y que los exámenes sean tan duros. Incluso se les ha hecho pasar un simulacro de selectividad para que sepan a qué se van a enfrentar. La experiencia les ha parecido horrible. Y esperan que no vuelva a repetirse. Los profesores han intentado explicarles que esto es lo que pueden esperar de cualquier oposición a que se presenten, pero ellos no aceptan que en esa placenta en que están se les someta a esos estados de tensión. Vale que no estudian demasiado, que no llevan las cosas al día, pero ¿alguna vez en el instituto en que están ha tenido que hacerse? Hasta este curso fatídico de segundo de bachillerato han vivido bastante plácidamente. Muchos han copiado y en eso son maestros y maestras. Son buenos chicos. Esperan disfrutar de la vida y algunos ya saben qué es el carpe diem. Saben que estos años de juventud son irrecuperables y hay que aprovecharlos. Pero no está justificada desde su punto de vista esta tensión que están viviendo ahora como si nosotros no fuéramos sus aliados, sus protectores que deben cubrirles de los sinsabores de la vida. ¿No les hemos explicado alguna vez que la escuela debe buscar la felicidad? ¿A qué viene esta distorsión de angustia a que los estamos sometiendo?

Yo no abría la boca pero me identificaba con su discurso subyacente que nos pedía piedad y comprensión. Afuera está el mundo oscuro. Terrible. Exigente. Disparatado. Injusto. ¿Por qué hacerlos crecer de golpe? ¿Por qué toda la ESO ha sido distendida y los profesores han pretendido hacerles gozar con el aprendizaje haciéndolo divertido? Y si no lo era, ellos ya lo convertían en divertido. La angustia está fuera en las calles pero la escuela es una prolongación del útero materno y nosotros somos una suerte de líquido amniótico. Queda lejos la escuela de la infelicidad en que yo estudié, me digo. Allí me pegaban, me vejaban, me aplastaban. Era una escuela enferma. Formada por sádicos. Hoy somos en general buenos maestros. Y los padres los protegen de nuestros excesos. Sabemos que hemos de ir con ojo no agobiándolos. Aprendimos a no ser talibanes y hoy somos cantos rodados en el lecho del río en que estos muchachos están. Entiendo su queja. Una de dos: o les hacemos este segundo de bachillerato menos tenso y angustioso o se tendrán que preguntar que por qué no les preparamos antes para lo que les esperaba. ¿Por qué les engañamos? ¿Por qué pasaron sin dar un palo al agua? ¿Por qué se les permitió comportarse como niños con ganas de diversión en las clases y no tuvo consecuencias? ¿Por qué ahora cambiamos el discurso y les hablamos de lo duro que es el mundo de fuera? ¿Por qué no se lo dijimos antes?


Algo no funciona. Me hubiera gustado escribir un texto argumentativo para que lo leyeran los representantes de los alumnos en la sesión de evaluación, pero me he quedado en silencio esperando poder escribir sobre ello.

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