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domingo, 19 de octubre de 2014

¿Qué piensan los adolescentes de la escuela?



Suelo hacer con frecuencia ejercicios de Comprensión Lectora a mis alumnos de segundo de ESO. Los textos, a veces muy largos, son entregados sin ninguna información previa de lo que se van a encontrar. Tras el texto hay una veintena de cuestiones que inquieren sobre el sentido de lo leído y posteriores reflexiones que se les pide sobre el texto. Culmino el cuestionario con un recuadro en que les pido un dibujo coloreado que represente lo que han leído, en el que recalco que no me importa que esté bien dibujado o no, sino que exprese, a su modo, la lectura.

Los profesores raramente plantean a sus alumnos cuestiones abiertas. Normalmente se les pide pregunta sobre temas sobre los que se presupone una “respuesta correcta” o que se infiere fácilmente si son sobre valores humanos o aspectos de sus relaciones mutuas. Ellos saben qué es lo políticamente correcto y se adaptan sin problema a la demanda ideológica que plantean los profesores: hay que ser solidarios, portarse bien, respetar las normas, aceptar a los compañeros, respetar al profesor, mantener la clase limpia, leer mucho, negociar las diferencias... Somos transparentes y nuestro estilo hace fácilmente deducible qué esperamos o que queremos que nos contesten. Y ellos lo saben.

Otra cosa es plantearles en un texto un verdadero dilema diabólico en que no hay una respuesta correcta a  priori. Depende de cómo se mire, depende de la pedagogía que se utilice. Debates que incluso para los adultos serían complejos. Y no habría una respuesta simple. Eso sí, una condición importante es que dicho debate les implique emocionalmente, que les interese vitalmente.

Esto es lo que les planteé en mi texto de esta semana. Es una reflexión de Helen Buckley, autora de literatura infantil. El relato se titula “El niño”. El niño –nos cuenta- va a la escuela por primera vez con ilusión. Un día la maestra les dice que van a dibujar. El niño se alegra porque le gusta mucho dibujar. Van a dibujar una flor. El niño está contento porque sabe hacer muchos tipos de flores. Pero la maestra les hace esperar y les muestra cómo deben dibujarla: roja y con el tallo verde. Al niño le gustan más sus flores pero es obediente y lo hace como quiere la maestra. Otro día también pasa lo mismo cuando la maestra les pide que hagan un plato de barro, no sin antes mostrarles cómo lo deben hacer exactamente aunque al niño le gustan más otros diseños. Un día el niño cambia de barrio y de escuela. Y la nueva maestra también les pide que dibujen una flor. El niño espera que le digan cómo debe dibujarla pero la nueva maestra no se lo dice y les pide que la dibujen como ellos quieran, y les dice que ¿cómo sabría de quién es cada una si todos dibujaran y pintaran igual? El niño duda pero al final pinta la flor como le había enseñado la primera maestra: roja y con el tallo verde.

Les planteo preguntas objetivas y subjetivas sobre el texto. Sé que no hay una respuesta fácil a lo que les pregunto y depende de la lógica que apliquemos. ¿Es importante dotar de modelos a los niños (en el dibujo, en las redacciones, en el acceso al conocimiento, en los contenidos, en la propia letra...) para que luego evolucionen hacia su propio estilo, tras haber asimilado el arquetipo, o es mejor basarse en su propia creatividad innata y potenciarla como nos mostrarían pedagogías abiertas o antiautoritarias estilo Summerhill u otras que ponen en cuestión el modelo autoritario de la escuela tradicional? ¿En definitiva, la escuela busca crear individuos adaptados a un sistema en que deben ser sumisos o individuos libres?

Y ahí les meto a niños de trece años. Y luego les planteo que dibujen algo a propósito de lo leído. Rápidamente, sin yo mencionarlo, la mayoría se han dado cuenta de que el asunto iba sobre el valor de la creatividad. ¿Es buena? ¿Hay que dirigirla? ¿Hay que asimilar modelos previamente? 

Katherine da al cuento el título de “Estilo propio” y entiende que el texto plantea que los niños deben ser creativos y cree que la escuela que ella conoce permite que los niños sean así. 

Karelys le da el título de “Hay que ser pacientes” y entiende que el texto quiere decir que hay que saber esperar y mirar. Cree que nadie pinta igual a otro niño, tiene una aguda percepción de su individualidad y se siente rara a los ojos de los demás. La escuela puede que busque que todos sean iguales pero es imposible porque todos son diferentes. 

Mohamed en su representación gráfica dibuja dieciséis flores con el tallo verde y la flor roja y lo titula “Todos iguales”. La escuela no siempre pretende que todos sean iguales. 

David (un excelente alumno en sus resultados) cree que el texto dice que en la escuela no puedes hacer lo que quieres y que hay normas y modelos que asimilar, que hay que hacer lo que digan los maestros. 

Imane (una niña marroquí de resultados excelentes) cree que el texto nos anima a utilizar nuestro propio talento. Cree que la escuela a veces intenta que seamos todos iguales, pero no es la norma, puesto que ayuda, según cree ella, a que los alumnos confíen en sí mismos. 

Mireia cree que el texto sostiene que las cosas tienen que salir de tu imaginación y no como te diga la gente. Y piensa que la escuela busca hacer a todos iguales pero en solo en cuestión de derechos sin importar cómo sea cada uno. Dibujaría una flor roja con el tallo verde porque es más bonita. 

Allyson piensa que la escuela solo enseña cosas pero no quiere que todos sean iguales. Ella dibujaría una flor morada con tallo verde. Cree que el texto defiende la idea de que tienes que ser tú mismo.

Pili piensa que la escuela que ella conoce es como la segunda, que hay libertad. Y ella dibujaría un clavel rojo porque es como ella sabe. Odia ser como los demás. Ella tiene su propio estilo. 

Joselyn piensa que la escuela sí busca que todos sean iguales. Haría una rosa roja porque así aprendió a hacerlas en el colegio. 

Jose piensa que la escuela sí que quiere que sean todos iguales pero en el sentido del respeto y el compañerismo. Cree que el texto expresa que cada uno debe liberar su propia creatividad. 

Jennifer cree que la escuela hace dibujar a todos igual, vestir igual y a veces pensar igual. Ella dibujaría una flor con cuatro pétalos y un tallo verde con dos hojas verdes porque de pequeña le enseñaron así. Su dibujo, en cambio, es terrible y muestra a una niña llorando por ser diferente y atacada por sus compañeros que, no obstante, se muestra orgullosa de ser como es. 

Ismael cree que la escuela acepta a cada uno como es y aclara en mayúscula ASÍ DEBERÍA SER. En la escuela primera del cuento la maestra es manipuladora y quiere controlarlo todo; en la segunda, la maestra deja a los niños hacer lo que quieran pero controlados. 

Alonso cree que los niños muchas veces acaban sin personalidad porque les implantan una que no es suya. Su escuela era como la primera maestra y nunca dejaban desarrollar sus ideas. Sostiene que a muchos humanos les da miedo lo nuevo. Dibujaría una flor con el tallo verde y pétalos rojos porque es como le gusta a él. 

Cristal cree que hay que dejar volar la creatividad porque si no, se puede apagar. Las escuelas que ha conocido eran una mezcla de las dos. Para ella los profesores quieren que sean ellos mismos porque en el futuro serán todos diferentes. A ella le gusta ser diferente, destacar entre la multitud. Su dibujo expresa el pensamiento del niño del cuento de que su flor es mejor que la de la maestra. 

Elena cree que el niño aprendió a esperar y mirar. Y que si a un niño le cortas la imaginación tan rápido, luego no hará nada por sí mismo. La escuela para ella es solo un método para enseñar pero corre el peligro de ir matando la imaginación de los niños.  Ella dibujaría una flor azul con el tallo verde. 

Andrea (la alumna más aventajada de la clase) no cree que la escuela pretenda que todos sean iguales porque cada uno es como es, y entiende que la segunda escuela es más libre. Dibuja una flor con el tallo verde y los pétalos rojos rodeada de nueve margaritas. 

Ibtihal cree que la escuela no permite hacer algo hasta que el maestro dice qué hacer. Para ella la escuela responde más bien al primer modelo. 

Marina cree que la escuela pretende que todos sean iguales. Pero no lo consiguen –aclara-.Sin embargo, ella dibujaría una flor con buen trazo, sin salirse porque eso cuenta como buena presentación. 

Yassin (un excelente alumno marroquí) hace las cosas como le enseñaron desde pequeño y no quiere que le digan que esto lo haces mal o que no es así. Dibuja una flor roja con el tallo verde. 

Nassira piensa que en la escuela hay que saber esperar, escuchar y mirar hasta que el maestro te diga qué tienes que  hacer y cómo. Dibuja a una niña obediente en su mesa. 

Luka dibujaría una flor de color negro con el tallo amarillo. Cree que a los profesores les gusta más que los alumnos sean diferentes. Hay que aprender a hacer flores de colores diferentes. 

Isaías cree que la escuela sí que pretende hacer a todos iguales para convertirlos en niños y personas sin creatividad. Dibujaría una flor de color negro con el tallo rojo...

El post es un poco largo, pero creo que merecía la pena. La muestra no es muy extensa pero da idea de las distintas percepciones de la escuela que tienen muchachos de trece años. La respuesta a las preguntas no era simple y yo no sabría tal vez qué contestación dar a estos interrogantes. Eso sí, por el tipo de respuestas que han dado y cómo las han dado, la cuestión les ha implicado profundamente. Han tenido que pensar y no les ha desagradado.

Tal vez podéis añadir algo al debate. 

miércoles, 15 de octubre de 2014

Elogio de las sombras



Otoño es una estación del año magnífica para las sombras. Lo saben los fotógrafos que hacen fotos reflejando esta dimensión de las personas. El ángulo del sol es más bajo y produce sombras más alargadas y densas. Esta percepción y aprovechamiento fotográfico, unido a la lectura reposada durante dos semanas del breve ensayo Elogio de la sombra del escritor japonés Junichiro Tanizaki (1886-1965), me ha llevado a intentar condensar estas reflexiones para mi blog, espacio cada vez menos visitado por la intensa decadencia de este modelo comunicativo respecto a cinco años atrás.

Nunca me había planteado la dimensión de las sombras. Vivimos en un mundo que, visto desde el espacio, es una brillante profusión lumínica por las noches. Los países son multipolares focos de luz que perfilan las ciudades. Apenas quedan espacios en sombra. Tal vez África siga siendo el continente oscuro en ese sentido. Nuestra civilización ha amado la luz desde que a comienzos del siglo XX empezó a extenderse la luz eléctrica. Tanto que identificamos en cierta manera felicidad con iluminación. Así los centros comerciales están hiperiluminados, nuestras casas tienen muchas fuentes de luz que mantenemos encendidas fuera de su lógica. Si vamos al teatro, las funciones están muy iluminadas con potentes focos que se cuentan por docenas. ¿Cómo era el mundo anterior a la luz eléctrica? Probablemente si nos desplazáramos al pasado, esto sería junto a los olores el cambio más significativo que notaríamos. El mundo era, hasta la aparición de la luz eléctrica un mundo de sombras profundas en cuanto se ponía el sol. Las funciones de teatro se hacían iluminadas por lámparas de petróleo o candelas lo que producía innumerables zonas de sombra. Las calles estaban en penumbra total solo alumbradas en algunos sitios por llamas de petróleo. Probablemente, nuestra civilización se distingue de otras anteriores por la presencia de la luz nocturna y la iluminación ostentosa de cualquier edificio comercial sea la hora que sea del día.

Pero ¿cómo es el mundo de las sombras? ¿Nos podemos hacer una idea? Alguna vez, rara, que se ha ido el fluido eléctrico nos hemos alumbrado con velas lo que crea un espacio fantástico, lleno de sombras que nos fascina pero que soportamos mal. Recuerdo que una visita al MACBA me llevó a ver una exposición del artista brasileño Cildo Mereildes. En ella había entre otros varios montajes, una amplia habitación en ele llena de talco hasta las rodillas e iluminada tan solo por una vela encendida en el medio. Había que descalzarse para entrar. Luego era la penumbra y la luz mágica de la vela que creaba un fulgor fantasmal en que deambulaban nuestras sombras, las de mi hija y yo que entramos en la cámara. Fueron unos minutos sorprendentes, alejados de la dimensión lumínica.

Una experiencia en línea con la oscuridad es la que nos lleva a contemplar el firmamento desde algún punto no contaminado lumínicamente. Son puntos raros pues nuestra cultura ha querido llenar el cosmos de luz, aunque pueda llegar a ser avasalladora. Y así vislumbrar el cielo sin ese exceso es un portento, más si es en el silencio, otra de las experiencias que la modernidad ha proscrito.

Este verano tuve ocasión durante unos minutos de entrar en un espacio que me maravilló. Era en el cementerio de Pere Lachaise concretamente en el columbario donde estaba, según sabía, la urna de Isadora Duncan. Dejé a mi familia arriba y bajé dos pisos bajo tierra para encontrarme con las salas más acogedoras que podría imaginar. Un espacio extenso lleno de paredes con pequeñas urnas funerarias estaba iluminado tenuemente por lámparas indirectas que no producían brillo alguno. Era una escena en casi penumbra y en total silencio la que me llevó a sentirme cálidamente rodeado por miles de muertos. Esos minutos que pasé en el interior del columbario fueron magnéticos y algún día volveré a aquel lugar poseído por una energía prodigiosa de las sombras.

Hemos expulsado a las sombras de nuestro modo de ver el mundo. Queremos luz potente, directa, a todas horas. Entendemos que la oscuridad es reflejo de un mundo peligroso y amenazador que no queremos ver. La civilización ha hecho encenderse la luz pero ha apagado la dimensión de las sombras que eran otra forma de ver el mundo. La Odisea, El Quijote, Fausto, Otelo, Crimen y castigo, entre una porción de obras maestras, fueron concebidas en un mundo de sombras. Puede ser que nos imaginemos el mundo de Raskolnikov iluminado por potentes focos de luz, pero no era así. Ni Don Quijote corrió sus aventuras iluminado por lámparas halógenas, ni leyó sus libros de caballería por la noche con luz salvo una vela de sebo que alumbraba las páginas impresas de Tirant Lo Blanc o el Palmerín de Inglaterra. Este año leía con mis alumnos Tormento de Galdós y veía imágenes de los encuentros de los personajes totalmente entre sombras, algo que Galdós explicaba apenas pues todos los que le leyeran en aquel momento lo conocerían.

La dimensión de las sombras aporta una energía diferente. Es el otro lado, es el reverso negativo de la luz, y entre las tinieblas late todo un universo imaginativo que hemos desechado. ¿Quién va a querer estar a oscuras si es posible la luz? ¿Quién va a querer el silencio si es posible acompañar esa sensación ominosa con música, a ser posible atronadora? Así las tiendas de moda juvenil poseen esta conjunción poderosa: una música estruendosa en la que es difícil hablar y una iluminación abrumadora. Ese es el espacio en que ahora se desarrolla buena parte de los ratos de la juventud que duramente soporta el silencio o la oscuridad.


Yo me he propuesto al menos una vez a la semana pasarme una velada alumbrado por las velas. Al fin y al cabo el mito más grandioso de la historia del pensamiento humano, el mito de la caverna de Platón, reflejaba el mundo de las sombras como opuesto al mundo exterior en que reinaba la luz del día. ¿Hay algo que todavía nos puedan ofrecer las sombras? Tras leer el opúsculo de Junichiro Tanizaki, uno tiende a pensar que hemos olvidado esta dimensión y el espesor profundo de esta materia oscura que es la sombra.

domingo, 12 de octubre de 2014

El amor cortés explicado a los jóvenes



Las filosofías sobre el amor en el Renacimiento se basan fundamentalmente en dos corrientes anteriores: el amor cortés y el neoplatonismo. Sobre el amor cortés se ha escrito muchísimo. Se trata de la primera teorización sobre la naturaleza del amor refinado frente a la tosquedad de la realidad cotidiana. El amor cortés es un amor de naturaleza irrealizable. Un trovador corteja a una dama casada. Debía ser casada porque solo una mujer casada podía tener vasallos, porque esto es lo que es el enamorado, un vasallo, un servidor, un esclavo amoroso que dedica su vida a un amor imposible. Escribe sus poemas encubriendo a la dama con un seudónimo y se recitan en una corte en donde la mayoría no saben leer. La dama sabe de ese amor oculto, una mujer siempre termina sabiéndolo, y ello le halaga, pero el juego amoroso implica que ella debe distanciar al amante, debe tener mucho cuidado para que su marido y los celosos no descubran la situación. Ella se siente atraída por el amante, pero sabe que debe rechazarlo, por prudencia y por honestidad. Sin embargo, su vida es tan radicalmente árida y aburrida que ese amor absoluto que la pone a ella en un nivel elevadísimo le atrae y ha de buscar medios para hacer llegar sus mensajes al trovador, mensajes y prendas de amor...

¿Pero, entonces, es un amor imposible? –me preguntan mis alumnos-. Sí, todo nos lleva a pensar que el amor es irrealizable físicamente, pero eso no le quita intensidad. Un amor de naturaleza fantástica y que no puede cumplirse es de una intensidad todavía más alta que uno que se realiza. Porque la pulsión sexual entre los dos sujetos del amor cortés es muy elevada. Se desean pero es imposible. El trovador sufre intensamente, pero este sufrimiento lo ennoblece. Amar hace al hombre más refinado, más noble, más luminoso, lo perfecciona. Aunque sea imposible el objeto de su amor. El amor cortés no tiene que ver con la naturaleza sino con la cultura. Uno de los primeros en teorizarlo fue Andreas Capellanus, clérigo en una de las cortes del sur de Francia. Esa ansia de lo imposible hacía incrementar el deseo. Los dos amantes sueñan el uno con el otro. Están juntos en la imaginación, probablemente se masturban imaginando desnudo el cuerpo del otro. Es posible que el trovador tenga relaciones sexuales y en ellas sustituya el cuerpo de la mujer permitida por la otra, la oculta, y cuando introduzca el pene dentro de ella, sueñe que lo hace dentro de la mujer soñada. Ella, la mujer casada a través de alguna dama que la ayuda y que sabe el secreto, le hace llegar alguna prenda íntima que esté en contacto con su cuerpo, que huela a ella, que tenga algo de sus flujos más recónditos. Ella, tal vez, le hace llegar en un camafeo un vellón de pelos de su pubis.

¡Qué asco! –dicen mis alumnos. Eso es una relación... ¿morbosa? –les sugiero yo-. Sí, muy morbosa. Nada hay tan intenso sexualmente como algo que no se puede realizar y que sucede en el terreno de la imaginación. Ellos cada noche están juntos y nadie lo puede impedir porque es un amor soñado, imaginado, y la imaginación es la facultad más potente que existe. Un cuerpo real no es nunca tan intenso como un cuerpo recorrido milímetro a milímetro por las manos de los amantes en su imaginación.

Nada es tan real como un cuerpo real, me dicen mis alumnos que escuchan asombrados. Yo les contesto que en la sociedad que vivimos domina la satisfacción inmediata del deseo y se concibe difícilmente la demora o el retraso en la posesión del cuerpo deseado que deja de interesar si no es accesible, pero en el tiempo en que estamos, los seres humanos debían recurrir a la imaginación para dar rienda suelta a lo que no podía ser posible en el mundo real. La relación entre Lanzarote del Lago, el mejor caballero del rey Arturo, con la reina Ginebra es representativa de este modo de ver las cosas, en el mundo cortés. Ella cuando es penetrada por el rey Arturo imagina que quien lo hace es Lanzarote y su deseo es infinitamente mayor y el rey lo desconoce totalmente. Nadie puede penetrar en el mundo oculto de la imaginación.

En el plano real, la dama casada rechazaba al amante y le ponía obstáculos para comprobar la fuerza de su amor, pero a ella le subyugaban su constancia, sus versos llenos de conceptismo medieval en imágenes enfermizas y retorcidas que revelaban la intensidad de lo sexual, escritos en clave para que solo ella pudiera entenderlas. Las palabras se cargan, en la retórica de versos alambicados, de una fuerte tensión sexual, pues son escritos en noches de intenso deseo cuando él se masturba pensando en ella y acariciando los pelos de su pubis que mete en su boca para recorrerlos con su lengua sabiendo que son de ella. Ella lo imagina y eso la excita hasta límites difícilmente concebibles. Sus damas la bañan y dan ungüentos y ella sueña que es él el que es una de esas damas que la acaricia desnuda y la ve por la mañana cuando se levanta. La vida en la corte, una corte grosera, una corte sin apenas refinamiento, se convierte en un paraíso sensual en la imaginación de los dos enamorados que saben que su amor es imposible, tanto que ni siquiera esperan una oportunidad, pues nada será tan alto como lo que sucede en el terreno de su imaginación. No, no es un amor pueril, el amor cortés, no es un amor masoquista. No, supone el triunfo de los sueños frente al mundo de la realidad de cortos alcances en una corte plana y sin estímulos. Y ella frota su prenda más íntima con su fluido para hacérsela llegar de alguna manera al amante que la olerá y la morderá en un éxtasis de deseo brutal.

El silencio se hace en la clase. Mis alumnas musulmanas son las menos sorprendidas. 


Pues vaya. 

jueves, 9 de octubre de 2014

Ébola




Ébola. Escuchad la palabra. Ébola. A mis alumnos les explico que las palabras son signos y que, por tanto, se componen de significante (las letras, los sonidos) y significado que es la imagen mental que nos formamos cuando se oye o se lee el significante. De la parte del significado se ocupa la Semántica y ésta nos dice que en cuanto al significado de las palabras hay que tener en cuenta la denotación, que es el significado objetivo que dan los diccionarios o las enciclopedias, y la connotación que es el contenido emotivo que impregna a la palabra. Cualquier palabra puede cargarse de fuerte contenido emotivo. Pensemos en alguien a quien se le acaba de morir su padre o un hijo, quien sea. Esas palabras “padre”, “hijo” se llenan de dolor más o menos atenuado por las circunstancias. Muchas palabras llevan asociado en nuestra vida psíquica factores emotivos. El sexo, prohibida su manifestación en otro tiempo, llevaba asociada un fuerte contenido de tabú. Hoy día se ha desdramatizado y convivimos con la palabra sexo, aunque sigue siendo el vocablo más buscada en internet.

La palabra “ébola” en pocos meses ha ido cargándose de connotaciones emotivas. En un principio este término se asociaba con tranquilidad a países lejanos, pobres o míseros, países de negros y ya se sabe: falta de higiene, ausencia de medios, promiscuidad, pobreza... Leíamos ébola en las marquesinas de los autobuses y no nos conmocionaba. Pensábamos que había una distancia que la ciencia y la civilización ponía entre esa amenaza y nuestro mundo, nuestra realidad. Las organizaciones sanitarias hablaban de una situación de emergencia mundial pero no nos lo creíamos. Ahora sí. Los acontecimientos se han acelerado y la palabra ébola está en todas las conversaciones. En el colegio de mi hija hablan de tener ébola en cuanto alguien se siente mal en tono de broma. Pero es un indicio. Tenemos el ébola en Madrid y su realidad ha eclipsado totalmente la realidad política, lo que hasta hace pocos días nos parecía muy importante. Unos misioneros fueron traídos humanitariamente para ser tratados en España, lo que despertó una controversia considerable. El problema es que no estábamos preparados para la dimensión de la enfermedad y han fallado todos los protocolos en una secuencia alucinante. No voy a repetir todo lo que ha fallado pues es de todos sabido. Ni había trajes de nivel cuatro, ni se ha reaccionado con la celeridad y claridad de ideas necesaria. No se ha formado a los técnicos sanitarios en el manejo de los trajes lo que atribuye una improvisación y sensación de chapuza indescriptible a todo el asunto. Una técnica sanitaria está grave con los pulmones encharcados. Se sugiere que pudo contagiarse al tocarse la cara en el momento de quitarse el traje. No quiero disculpar ni dejar de disculpar, pero todo esto revelaba que todavía no nos tomábamos muy en serio este virus hemorrágico y su connotación era todavía de lejanía y no de pensar que nos estaba afectando a nosotros, el primer mundo. No hay remedio para él. No se ha invertido en su investigación lo suficiente. El sida solo empezó a tomarse en serio cuando afectó al mundo occidental. Ya estamos en ello. Desconocemos la dimensión de lo que está pasando en Madrid. Puede que las cosas estén controladas o puede que estén fuera de control. La ministro Ana Mato tenía el otro día un rostro totalmente desencajado. El nivel de desastre era total. Se han hecho mal tantas cosas que solo queda rezar para que haya suerte. Pensemos que la enferma de ébola, Teresa Romero, que está muy grave, en los días en que estuvo en casa fue incluso a depilarse, estuvo en el ambulatorio, se le recetó paracetamol y se la envió a casa donde tuvo relaciones extensas como es lógico. La ambulancia donde se la trasladó no fue tratada y sirvió para trasladar a siete pacientes más. Un desastre colectivo que ahora estamos evaluando. Decimos que ha sido una chapuza marca España pero hay muchos niveles implicados desde los más altos a los medianos y los más de base. No estábamos preparados para lo que significa el ébola. Ahora está aquí, y la palabra se carga de significados dramáticos, amenazadores, incomprensibles. 

Las epidemias que han asolado en el  pasado Europa como la peste, el cólera, o la gripe (que mató a decenas de millones de personas) sucedían en mundos antiguos cuando no existían antibióticos y los fabulosos medios de que disponemos ahora. Sin embargo, la realidad del ébola cuyo origen se deriva de los monos o los murciélagos tal vez, nos es incomprensible y tiene asociada una emoción maligna y enigmática. Se han escrito novelas de anticipación con el ébola como protagonista y su extensión por occidente. Hoy es improbable una dispersión del ébola por Europa, pero improbable es una expresión de deseo porque estamos ante algo que nos supera como hemos visto. Era cuestión de tiempo que se rompieran las barreras que establecían la pobreza y la lejanía. El ébola nos aterroriza y nos fascina igualmente, una cosa es consecuencia de la otra. Hay sanitarios que renuncian a sus plazas para no entrar en las habitaciones de los infectados. Y es comprensible. Teresa Romero, que ha sido miserablemente culpabilizada, hace tres semanas vivía una vida normal junto a su marido y su perro Excálibur. Nada le hacía pensar que su vida y su mundo iban a venirse abajo. La vieja tragedia española ha convertido todo en un esperpento de errores incomprensibles revelando nuestra vena valleinclanesca a nivel de dirigentes indignos, políticos ominosos, ministras deplorables. Y unos profesionales de una sanidad pública en nivel de derribo que han intentado reaccionar sin formación, sin medios y sin superiores capacitados de entender la dimensión del ébola. Todo unido a una sociedad excitada que reacciona puerilmente por el tema del perro Excalibur y su imprescindible sacrificio, y la incredulidad de que esto nos esté pasando a nosotros, cuando no llenándonos de pesimismo sobre la realidad y consistencia de la realidad institucional que vivimos. Más vale que nos lo tomemos en serio, porque esto no ha hecho sino empezar. Y ya importa poco si debió traerse o no a los misioneros a morir a España. Da igual lo que pasó, era inevitable que el virus encontrara el camino para colarse en occidente. Ahora ébola forma parte de nuestras pesadillas más siniestras. 

domingo, 5 de octubre de 2014

El misticismo y el abandono del yo en Bachillerato.



 El pasado viernes tenía que presentar a mis alumnos de bachillerato el tema de la poesía religiosa del siglo XVI, concretamente en su dimensión mística en la que destacan autores como San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de Granada. Entre los alumnos que tengo hay un grupo destacado de muchachas marroquíes que han llegado a segundo de bachillerato pero a las que no se puede suponer un conocimiento de fundamentos de la religión cristiana católica ni de sus diferencias con el protestantismo en un siglo de fuertes conflictos bélicos y políticos entre ambas corrientes. Por lo demás los muchachos hispanos tampoco conocen demasiado la religión mayoritaria del país. Explicar el misticismo no es fácil. Es complejo describir estados que por su naturaleza son inefables en la pretensión de unir el alma con Dios en un éxtasis absoluto. Como los autores de aquel tiempo, he de acudir a la necesidad de los símbolos para expresar algo que no se puede describir con palabras. El lenguaje amoroso, la unión sexual de los amantes, en poemas de distintas y sucesivas interpretaciones. Les hablo de las vías místicas, de sus diferencias. Del camino común con la ascética en su fase de despojamiento de lo accesorio, de su búsqueda de la perfección moral, hasta que llega un momento en que el alma se ve invadida por la luz. Es lo que describen los poemas místicos. El alma atraída por una luz cegadora renuncia a su ego y se va fundiendo por la Gracia de Dios en un pozo de oscuridad y de mil soles resplandecientes.

Me doy cuenta de que es muy difícil acceder a esto para mentes acostumbradas a lo racional. Pienso en el trance en que se puede entrar en distintas experiencias. El ascender una montaña difícil, el deporte en grado intenso, el dejarse llevar por la música, el efecto de distintas drogas psicodélicas. Pero a mis alumnos hay que darles algo más plástico y evidente. Pienso en los danzantes turcos, los derviches, de la vertiente sufí del Islam. Entran en trance en sus giros llenos de magnetismo, acompañados de una música hipnótica y tras la lectura de textos sagrados del Corán. Mis alumnas marroquíes agradecen que intente acercar la perspectiva de las clases a su mundo islámico. Esto era impensable hace unos años. Ahora he de entender que muchos de mis alumnos provienen de otro universo cultural y religioso, que no comparten necesariamente las evidencias de nuestro mundo occidental.

Les pongo un vídeo de los derviches leyendo el Corán, al ritmo de la música, y el momento en que empiezan a girar sobre sí mismos en un abandono progresivo del yo, ese abandono que Cioran no compartía porque estimaba que nuestro altivo yo es lo único y más valioso que tenemos, lo que nos hace singulares. Sin embargo, las distintas religiones han valorado como esencial ese abandono del ego en aras de uniones más hondas. Los danzantes sorprenden a mis alumnos. No los conocían. Van girando con las manos primero cruzadas sobre el pecho y luego con los brazos abiertos o alzados. La música produce un efecto magnético sobre la clase. Pienso entonces que cómo hacerles partícipes de aquello. Les propongo que los que quieran pueden salir adelante y girar como los derviches. Yo hago el amago de girar dos o tres vueltas. No se deciden. Pero la idea les atrae. Están fascinados. Luego un par de chicos y una muchacha musulmana aceptan la propuesta y salen a danzar. Vuelvo el vídeo atrás para que comiencen esos ochos minutos de giros y éxtasis. Empiezan a girar mis alumnos. Al principio pierden el equilibrio tras treinta o cuarenta segundos de giros. La música invita a la experiencia. La chica musulmana se marea y dice que tiene ganas de vomitar, se retira, no sin una sonrisa. Los dos chicos que quedan danzan durante cinco o seis minutos con una gran seguridad en sí mismos. Siguen sus giros. Los demás le dicen que vayan más rápido al ritmo de los derviches. Ellos tienen los ojos cerrados. No sé si esto coincide con los danzantes turcos. Giran y giran hasta el final del vídeo. Son alumnos poco escolares, pero hoy han participado. Les pregunto qué han sentido en sus giros.  ¿Han visto la realidad de otro modo? Contestan que sí, que han percibido un mundo que subía y bajaba, que se alejaban de la clase, que se han visto dominados por estados de conciencia no habituales (esta terminología se la añado yo a sus palabras). En alguna manera, este trance, este abandono, es propio de todas las corrientes místicas en el cristianismo, el judaísmo, el islam, el hinduismo y el budismo en un ansia de alejamiento del yo, de superación, de hundimiento de la propia conciencia en una realidad inmensa, sea la Gloria de Dios o el Nirvana.

La lectura de Cioran este verano mientras hacía el camino de Santiago me hace reflexionar sobre ello. Las religiones han propuesto el abandono del yo como vía para calmar el sufrimiento. Dice Cioran: “El yo es una obra de arte que se nutre del sufrimiento que la religión tiene como misión calmar” y “Por este motivo quieren liberarnos del yo, de la más extraña florescencia que hay bajo el sol”.


No he planteado ello en clase. Sería un debate demasiado hondo para esta situación que debía más bien acercar la experiencia mística a adolescentes de diecisiete o dieciocho años. Lo hemos intentado. Creo que será algo que no olvidarán, especialmente los que han danzado, pero los que los han visto, tampoco.

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