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miércoles, 20 de enero de 2021

El libertinaje sexual tras la pandemia


Pronto llevaremos un año bajo el impacto del Sars-CoV-2 que ha cambiado nuestras vidas en todo el mundo. Todos los países han tomado medidas de contención para frenar la expansión del virus: distanciamiento social, confinamientos, restricciones en los viajes y los desplazamientos, cierre de bares y restaurantes, higiene de manos, toques de queda, uso masivo de mascarillas… Estamos en eso y la sociedad se contrae en un hondo pesimismo y se critica a los gobiernos por su ineficacia. Estamos ante una pandemia, es la primera vez para nosotros, pero no es la primera vez en la historia que ha ido unida a ellas. Las pandemias han acompañado a la humanidad durante milenios… Y cuando estas dominan, la sociedad se atemoriza, vuelve la religiosidad, disminuye el gasto y las inversiones, nos encerramos, se practica menos sexo y todos nos volvemos prudentes, cautos y miedosos. Todo se contrae y se congela la alegría de vivir porque es peligrosa. Pero las pandemias igual que empiezan, acaban. Esta vez no será de forma solo natural sino que vacunas van a intentar frenar los contagios de un modo que no ha habido parangón en la historia. Estos próximos años serán los de vacunación masiva de los ciudadanos para alcanzar el 75% necesario de inmunes para poder dar por superada la pandemia. Hasta ahora ha habido millón y medio de muertes en todo el mundo. Estamos en una fase álgida que nos lleva a encerrarnos y asumir medidas restrictivas que nunca habríamos aceptado en otras circunstancias. Nos hemos hecho obedientes por nuestro bien. 

 

Nicholas Christakis, epidemiólogo de prestigio, ha publicado su libro Apollo’s Arrow: The profound and Enduring Impact of Coronavirus on the Way We live, en el que predice que estos van a ser años duros por las dificultades de extensión de la vacuna para llegar a una inmunización colectiva, que habría llegado de todas formas, aun sin vacunas. Habrá graves dificultades y rebrotes en los años siguientes, es lo que estamos viviendo, pero augura que en 2024 habrá acabado todo y viviremos una época pospandémica en que la sociedad se desatará eufórica de las restricciones de cuatro o cinco terribles años y se expandirá socialmente. Volverán las multitudes a juntarse como si fuera la primera vez, estallará la economía, se desatará un libertinaje sexual inaudito, gastaremos más y abandonaremos la religiosidad. Serán de nuevo unos felices años veinte como los del siglo pasado tras la Gran Guerra y la espantosa epidemia de gripe de 1918-1919. Todos liberaremos nuestra alegría y ganas de vivir tras las restricciones y miedos pasados. Esta reacción no es anómala y sí muy lógica, lo vemos en cuanto hay ocasión de que la gente se junte y vemos las ganas que tienen de estar otra vez próximos. 

 

Todo se acaba, el Sars-CoV-2 también se superará y entonces, ah, entonces, será como si nos soltaran enloquecidos de alegría y beberemos, cantaremos, nos tocaremos, besaremos, volverán las multitudes y follaremos como locos y gastaremos e invertiremos como si fuera la primera vez en nuestra vida. 

 

jueves, 9 de abril de 2020

Los límites de nuestro mundo (fragmentos de mi diario)


Un sindicato de actores y música arremete contra el ministro de cultura por manifestar este que no habría medidas concretas en el sector para apoyarlo. Le dicen que no merece ser ministro de cultura. Esta sarta de imbéciles del gremio de la cultura no quiere enterarse de la recesión terrorífica que se nos viene encima y que arrojará a siete millones de españoles por lo menos al paro. Me parece muy bien la cultura pero por lo que entiendo no puede priorizarse en estos momentos.

Hablo veinte minutos con un amigo. Las expresiones más repetidas en él son “poco a poco”, “un poco” referidos a lo que va a venir, poco a poco recuperaremos el ritmo, las empresas empezarán a trabajar, los bares a tener clientes… Santa inocencia, me digo. Le explico que la OIT vaticina 230 millones de parados nuevos en el orden mundial, pero él, como es pensionista, se cree al margen y en territorio seguro… Me asombro de la inconsciencia de la gente, de que no perciban los signos de lo que va a venir en breve cuando salgamos del shock. El crack del 29 arrasó el mundo llevando a millones y millones de trabajadores a la desesperación y el hambre. Creemos que estamos muy seguros porque el estado ahora es firme y seguro. Pero ¿y si no lo fuera y solo fuera una impresión de seguridad la que tenemos? Lo que va a venir va a ser devastador, peor que una crisis de guerra mundial, porque entonces teníamos una potencia que era capaz de arrastrarnos en nuestra recuperación tras la destrucción. Eran los Estados Unidos, pero ahora es un gigante muy frágil y tembloroso. Todo son signos que nos llevan al temor. La crisis de los años treinta nos llevaron a los fascismos y ahora no es descartable que vuelva a suceder lo mismo aunque con formas nuevas y distintas. No habrá Hitler o Mussolini, pero surgirán nuevas formas adaptadas al mundo de ahora.

No estamos acostumbrados a sufrir. Creemos que la ciencia y el estado nos protegen de cualquier inclemencia de la historia. Vivimos enojados, iracundos, rabiosos contra los poderes reales o imaginarios y ello se expresa en centenares de millones de perfiles en las redes sociales que permiten que individuos irrelevantes tengan protagonismo y puedan expresar “sus ideas, sus fobias, sus estados de ánimo” de modo destructivo. La psicología del ser humano manifestada en las redes sociales es banal. Todos somos clones y en nosotros abundan esencialmente emociones de seres saciados que quieren todavía más y no entienden por qué el destino les va a “recortar” su legítimo bienestar incontrovertible y necesario.

La hipocresía abunda. Querríamos un mundo mejor pero en el que nuestro nivel de vida no sufriera un ápice. Querríamos que no hubiera recortes en sanidad ni en educación, que los refugiados llegaran a nuestros países sin problema para mejorar su nivel de vida, querríamos que la sociedad fuera justa, que se revirtiera el cambio climático cuyo origen son poderes ajenos a nosotros, querríamos que todo fuera multicolor y justo sin pagar apenas nada.

Ja.

martes, 7 de abril de 2020

Miedo y confusión



He eliminado mi post de ayer. Lo que me parecía impecable y radical –clarividente- hoy lo he visto encuadrado en las teorías negacionistas de la derecha, incluso de pastores americanos que siguen celebrando oficios con bastantes asistentes puesto que niegan la realidad de la pandemia.

Lo he borrado en 62 visitas, poca cosa. Me siento abochornado, a pesar de haberme inspirado en medios de izquierda alternativa en la idea de que el confinamiento es la excusa para instaurar la tiranía. Y de que ha habido otras pandemias que pasaron desapercibidas y no se reaccionó ante ellas con histerismo como en este caso, pues estamos siendo condicionados por los medios y las redes sociales.

La verdad es que no sé qué opinar, no sé bien dónde estoy, cada día viro a un sitio o a otro. Me sentí poseedor de una visión más clara sobre lo que está pasando en cuyo meollo se intuía la tiranía, la manipulación social, en el contexto de un hundimiento de la economía peor que el de la peor crisis del siglo XX. Uno intenta dotarse de una visión congruente y llega a callejones sin salida. El virus nos desborda intelectualmente y da pábulo a cualquier tipo de interpretación y temor. Puede que reaccionar frente a la crisis sanitaria mediante bloqueos, confinamientos, cierre de fronteras nos lleve a la ruina económica, parece que será así. 

En otras épocas se temía menos a la muerte porque era un espectáculo habitual y cotidiano. Esto es cierto. Hay una gran distancia en cómo reaccionamos ante una pandemia ahora a cómo se hizo en 1957-58 ante la gripe asiática, o la de Hong Kong de 1968. El mundo no es el mismo. Ahora estamos hiperconectados, miles de millones de usuarios trasiegan por las redes y buscan información e interpretaciones, y estas las hay para todos los gustos. La información es instantánea y global. Los gobiernos han reaccionado con los mismos criterios, aunque haya habido dudas como en el Reino Unido o USA. 

¿Sería mejor dejar la evolución de la pandemia a su aire, protegiendo a los sectores más frágiles como la tercera edad, sin parar las economías? Pero la angustia universal nos lleva a querernos proteger, a encerrarnos –el confinamiento ha sido asumido universalmente sin apenas reacciones contrarias-. El miedo es ubicuo, puede que esté sobredimensionado –no lo sabemos-. Tampoco sabemos si estamos pasándonos en las medidas de protección, puede que sí o puede que no. No sabemos de la evolución de esta pandemia. Otras han tenido varias fases, empezando por una benigna para llegar a una mucho más letal como la de la gripe de 1918-1919… 

Todo son incógnitas, nadie sabe demasiado acerca del comportamiento de la pandemia. Al parecer todos hemos reaccionado del mismo modo de un lado a otro del mundo, con el confinamiento generalizado del que será difícil salir y volver a la normalidad, siempre que no haya otras fases críticas más dañinas.

Este es mi último post sobre la pandemia. Ayer leí a Julio Llamazares que decía que cada español tenía una teoría al respecto. He de reconocer que, tras seguir múltiples medios de todo el mundo, los oficiales y los off, no puedo ofrecer más que lo que ofrece cualquiera, confusión. A partir de ahora me callaré o hablaré de otros temas.  

sábado, 4 de abril de 2020

¿No hay otra forma de luchar contra el virus?

                                       Escena en Suecia esta semana

Ayer fui testigo de algo que no me gustó nada y que me hizo pensar. Eran las ocho de la tarde y habíamos salido a aplaudir en una ceremonia ya cansina y no sé si muy significativa. Mientras estábamos aplaudiendo vi en un portal de enfrente de mi casa a tres vecinos que me sonaban –dos jóvenes y uno de unos sesenta años con barba- que estaban reunidos y tomándose unas cervezas durante el aplauso al que no se unieron. La escena me resultó divertida, pero no pareció que todo el mundo pensara lo mismo porque pocos minutos después llegó una patrulla de la policía municipal en motos y de modo impositivo y coercitivo les pidieron la documentación –ahí llegué yo a ver la escena- y verificaron, como si fueran delincuentes, sus antecedentes hablando con centralita y mencionando códigos y demás vocabulario de la policía. Aquello me pareció una escena propia de 1984 de Orwell y lo que más me hizo pensar fue que en un cien por cien de posibilidades habían sido algunos de los vecinos que aplaudían los que les hubieran denunciado y llamado a las fuerzas del orden.

También leí una noticia de que un hombre en Calafell había sido detenido por bañarse en el mar en una playa totalmente desierta. Creo que era la quinta infracción que acumulaba aquel bañista y esta tendría un carácter penal.

Luego leo un artículo de The Spectator sobre el modo que están aplicando en Suecia para enfrentarse a la pandemia sin lesionar las libertades individuales y aplicando lo que ellos entienden el sentido común de mantener cierta distancia con las personas –algo que en la sociedad sueca es ya connatural-. En Suecia no han cerrado los bares y restaurantes, pero ahora no hay demasiada afluencia. El gobierno de izquierda ha querido conciliar lo que es una sociedad liberal con la lucha contra la pandemia y han querido ver que es una cuestión de libertades también y no solo de epidemiología. No han querido encerrar a la sociedad por decreto como hemos hecho el resto de países de Europa convirtiendo a los ciudadanos en delatores frente al que se salte alguna de las normas.

Hay epidemiólogos que no ven claro que la estrategia del confinamiento sea tan efectiva como se quiere hacer ver, tienen sus dudas. Pero a la vez vemos que esta versión nos convierte en un estado totalitario como nunca habíamos tenido ocasión de comprobar en nuestras propias carnes.

Ayer leí las últimas cifras de la pandemia en las que nos aproximábamos a once mil víctimas en pleno y férreo confinamiento. Pero, ello me horrorizó, un treinta por ciento de las mismas, 3600 muertos exactamente, habían sucedido en lugares en que había un confinamiento total, en las residencias de ancianos de toda España donde los residentes están totalmente inermes. Son lugares de muerte y muchas veces los internos viven situaciones escalofriantes. ¿Sería extraño que algunos de ellos se fugaran para huir de dichas condiciones que los condenan a la muerte en un estado tan preocupado por la salud pública? Por otro lado no se están haciendo PCR a la población para determinar la extensión real del virus, no hay mascarillas, no hay adecuados trajes de protección para los sanitarios que son expuestos gravísimamente al contagio. 

El virus afecta esencialmente a personas mayores de sesenta años (95 %) y especialmente varones –mueren el doble de hombres que de mujeres-, no afectando apenas a niños –que pueden ser portadores pasivos-, a jóvenes y a personas de mediana edad, y menos a mujeres –todas las noticias que trae la prensa de víctimas famosas del coronavirus son hombres.

Me inquieta que hayamos renunciado de una forma tan natural a las libertades como tomarte una cerveza con dos amigos en la calle, y que los que aplauden solidariamente sean a la vez delatores de sus vecinos.

Hemos aplicado normas estrictas de confinamiento en una especie de dogma aparentemente irrefutable –todo el mundo la ha hecho- pero a la vez tiene un precio, detener toda la producción y actividad económica de un país. Nos vamos a la ruina. El número de parados ha crecido en novecientos mil en el mes de marzo. ¿Acaso, siendo víctimas de ese dogma, habremos de hundir sin que nadie trabaje en no sé cuántos meses, la economía de un país generando una recesión que durará muchos años, mucho dolor, mucho paro, y un país totalmente desolado por la pobreza que se extenderá especialmente en las capas más populares y alcanzará de lleno a la clase media que se verá hundida?

Habría mucho más que hablar de ello. Hemos renunciado a las libertades y estamos llevando al estado a la bancarrota, pero los casos de coronavirus siguen aumentando. ¿Es esta la solución? Si no, que se lo expliquen a los ancianos ingresados en residencias…

viernes, 3 de abril de 2020

Por qué preocupa tanto la pandemia de COVID-19 en África


             
Mohsen Nabil / Shutterstock

Elena Gómez Díaz, Instituto de Parasitología y Biomedicina López-Neyra (IPBLN-CSIC) y Israel Cruz Mata, Instituto de Salud Carlos III

La pandemia de SARS-CoV-2 avanza implacable y pone en jaque a los sistemas de salud de muchos países en el hemisferio norte. Como ocurrió con el coronavirus del SARS (2002-2003) y la gripe H1N1 (2009), la COVID-19 llega a África más tarde. Este continente acumula ya casi 6 000 casos notificados en 49 países. La Oficina Regional de la OMS para África advierte de que este podría ser el mayor reto de salud pública al que se ha enfrentado la región en los últimos tiempos.

África subsahariana es la región que presenta el mayor riesgo de mortalidad por gripe estacional, seguida muy de cerca por el Mediterráneo oriental y Asia sudoriental. Si tenemos en cuenta que la infección por SARS-CoV-2 está mostrando tasas de contagio y de letalidad mayores que la gripe y que hay una posible asociación entre mortalidad por COVID-19 y la dificultad de acceso a los recursos sanitarios, podemos plantearnos que el continente africano no estaría en la mejor situación para recibir la pandemia.

Frente a la incertidumbre del impacto que tendrá el coronavirus en este continente, sabemos que se suma a otras emergencias. En África, los brotes de sarampión y crisis humanitarias conviven con las tres grandes endemias (malaria, sida y tuberculosis), enfermedades tropicales desatendidas y una plaga de langostas que pone en jaque la seguridad alimentaria en el cuerno de África. Durante la semana pasada se comunicaron 91 brotes de enfermedades distintas en esta parte del planeta, incluida la COVID-19.

Con uno de los sistemas de salud más frágiles del mundo, África soporta una cuarta parte de la carga global de enfermedad y cuenta tan solo con el 3 % de los trabajadores en salud. En cuanto a inversiones tangibles, la mayor parte del presupuesto de salud en los países africanos es destinado a productos médicos, el gasto en personal es del 14 % y en infraestructura, del 7 %. Estas cifras están lejos de las de regiones con sistemas de salud con mejor desempeño, donde la inversión es mayor tanto en la fuerza laboral (40 %) como en infraestructura (33 %).

Aunque existe variabilidad entre los países africanos, en términos globales apenas la mitad de la población tiene acceso a servicios de salud y bienestar satisfactorios. Sus sistemas de salud funcionan al 49 % de sus posibilidades, lejos de alcanzar su máximo potencial, y con un nivel de resiliencia bajo. Estos son pocos recursos, humanos y materiales, para hacer frente a un aumento explosivo de pacientes con necesidad de cuidado intensivo.

Ante este escenario, la mayoría de los países africanos se está esforzando en la detección temprana, el cierre o limitación del tráfico aéreo y en las fronteras, así como en medidas de aislamiento, cuarentena y distanciamiento social. Es un esfuerzo titánico tanto para el área rural, donde vive un 60 % de la población y es frecuente la economía de subsistencia, como para las ciudades, donde abunda el urbanismo mal planificado en la periferia, con infraestructuras deficientes y acceso inadecuado al suministro de agua, saneamiento y manejo de residuos.

Hemos oído hasta la saciedad que lavarse las manos es una de las medidas principales para frenar la transmisión de COVID-19. Afortunadamente, en el norte de África el 90 % de la población tiene acceso a agua limpia, pero esto va a ser un problema en África subsahariana, donde el 40 % de la población (aproximadamente 300 millones de personas) no lo tiene. Allí conocen bien la importancia de la higiene y el saneamiento: después de las enfermedades respiratorias y el sida, las enfermedades diarreicas son la tercera causa de morbimortalidad en África.


                


Annie Spratt/Unsplash, CC BY

Consecuencias de la COVID-19 en un continente castigado

La pirámide demográfica en países africanos es muy diferente a la nuestra, con una población mucho menos envejecida. Esto nos llevaría a pensar en una mortalidad inferior por COVID-19, pero la proporción de individuos que tienen el sistema inmune comprometido es muy superior.
El Director General de la OMS, Tedros Adhanom, resaltaba cómo esta pandemia muestra lo vulnerables que son las personas afectadas de enfermedad pulmonar o con un sistema inmune debilitado.

Esto no hace presagiar nada bueno para una región donde las infecciones del tracto respiratorio inferior y el sida son las principales causas de morbilidad y mortalidad. África es la región con mayor carga de sida, casi dos terceras partes de las nuevas infecciones por VIH ocurren en este continente. También encabeza el ranking para otras epidemias como malaria, tuberculosis y neumonía infantil, y sufre la mayor parte de la carga global de enfermedades tropicales desatendidas. Sin olvidar que el continente africano se lleva también la peor parte en cuanto a desnutrición e inseguridad alimentaria.
Además del impacto directo en las personas, hay también una gran preocupación sobre el efecto de la COVID-19 en los programas de salud y en el acceso a los cuidados médicos. Un ejemplo es la anterior epidemia de ébola y las consecuencias negativas que tuvo en las campañas de vacunación infantil (sarampión y pentavalente) en Sierra Leona.

El impacto de COVID-19 sobre la tuberculosis es especialmente preocupante, ya que en el continente se da una elevada prevalencia de VIH y en esta condición la coinfección con tuberculosis es la principal causa de mortalidad. Es por ello que, recientemente, la OMS ha alentado a los países a mantener la continuidad de los programas de tuberculosis y proporcionado guías para minimizar los efectos negativos de la pandemia de COVID-19.

La OMS envía directrices similares en el caso de la malaria, otra de “las tres grandes”, y que concentra en África el 90 % de los casos y las muertes (sobre todo en niños menores de cinco años). Si no se mantienen los esfuerzos para el control de esta enfermedad (fumigación con insecticidas, distribución de mosquiteras, diagnóstico y tratamiento temprano), se observará un repunte de la malaria después de los esfuerzos colosales realizados en los últimos años. Un mal momento, cuando el programa de implementación de la vacuna contra la malaria ya tiene lugar en tres países africanos.

Lecciones y buenas noticias

El continente africano es ya un veterano en la lucha contra epidemias de gran impacto y en la respuesta rápida en situaciones de crisis. El brote de ébola en África occidental puso de relieve la forma en que una epidemia puede proliferar rápidamente y plantear enormes problemas en ausencia de un sistema de salud sólido. Pero el enorme esfuerzo que supuso esa crisis, de integración y cooperación de organismos internacionales, entidades gubernamentales y, sobre todo la sociedad civil, es ahora un aprendizaje y una respuesta adquirida; su vacuna más eficaz.

Junto con esto, la llegada tardía de COVID-19 a África ha dado una oportunidad de preparación que no se ha perdido. Así se ha creado el Africa Joint Continental Strategy for COVID-19 OUTBREAK, una acción multilateral que coordina esfuerzos de agencias de la Unión Africana y los países miembros, la OMS y otros socios, y que pone el foco en 6 pilares: Capacidad de laboratorio, vigilancia, prevención y control en centros médicos, manejo de casos, comunicación y logística.

Desde febrero de este año, África se ha preparado y ha mejorado su capacidad para el diagnóstico de COVID-19. El Africa CDC y el Instituto Pasteur de Dakar han trabajado en coordinación para implementar las técnicas de detección del ARN de SARS-CoV-2 en más de cuarenta países del continente. Al mismo tiempo, la Oficina Regional de OMS en África, junto con Africa CDC han iniciado una campaña de orientación técnica, comunicación y concienciación.

Existe un Plan de Respuesta Humanitaria Global COVID-19 de Naciones Unidas que cuenta con dos mil millones de dólares y considera África como una región prioritaria, mientras que en las contribuciones que distintos países, organizaciones multilaterales, fundaciones y corporaciones hacen a la lucha global contra COVID-19, no se olvida el apoyo a países de media y baja renta.

Una de las cosas que nos enseña esta pandemia es que vivimos en mundo globalizado, con un flujo de personas, mercancías, y patógenos a escala mundial. Los agentes infecciosos, entre ellos este virus, no conocen fronteras. COVID-19 comenzó en China y llega ahora a África. El continente ha superado graves epidemias, cuenta con las coaliciones y planes de respuesta que hereda de pasadas emergencias sanitarias y con apoyo internacional.

Lo más importante es que cuenta con una población que conoce el poder que tiene la comunidad en la lucha contra epidemias. Una característica del pueblo africano es su resiliencia y su vivir en el presente. En su novela Ébano, Kapuscinski lo definía así: “En África, se vive al día, al momento, cada día es un obstáculo difícil de superar, la imaginación no sobrepasa las veinticuatro horas, no se hacen planes ni se acarician sueños”. Mucho nos queda aprender de ella. A la espera de ver cómo evoluciona la pandemia, nuestras esperanzas están con África.The Conversation

Elena Gómez Díaz, Investigadora Ramon y Cajal. Líder de un grupo de investigación de epigenómica en malaria, Instituto de Parasitología y Biomedicina López-Neyra (IPBLN-CSIC) y Israel Cruz Mata, , Instituto de Salud Carlos III

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

miércoles, 1 de abril de 2020

¿Volver a la normalidad?


Si yo fuera un observador fuera del sistema, no implicado en la situación que vivimos, miraría la emergencia mundial por el coronavirus como un extraordinario observatorio sobre la especie humana. Plagas las ha habido a lo largo de la historia, muchas, y han determinado hechos y la historia de la humanidad. Pero la del coronavirus es la primera a escala global que vivimos en una era tecnológica en que nos creíamos a salvo de todas las historias del pasado que pensábamos que no podían pasarnos a nosotros con toda nuestra ciencia, con todos nuestros sistemas sanitarios, con todos nuestros recursos de sociedades avanzadas, con nuestros extraordinarios laboratorios, con la Inteligencia Artificial que analiza cualquier amenaza que surja en el planeta. Pero ha llegado el batacazo, el Covid-19 nos muestra que estamos tan inermes ante la amenaza vírica como lo estaban hace un siglo ante la pandemia de 1918-1919. No tenemos nada que cure la infección y estamos a año y medio para que surja una vacuna que pudiera inmunizarnos frente al agente patógeno. Y no tenemos en cuenta las muy probables mutaciones del virus..

El mundo ha optado por la solución radical que no pudo realizarse hace un siglo, un confinamiento global de toda la humanidad. Miles de millones de seres humanos viven una situación como la nuestra.

¿Qué ha fallado? ¿Qué ha pasado si esto era inconcebible en un mundo tecnológico con modernísimos laboratorios biomédicos? Lo fascinante es que surgen reflexiones y análisis multifacéticos; ideas filosóficas renovadas; vaticinios económicos sobre la recesión que va a venir; retornamos a las plagas del pasado, a los libros que hablan de ellas; se plantean meditaciones sobre el destino humano; repensamos hipótesis –cada vez más confirmadas- sobre Gaia como organismo vivo que reacciona frente a la acción humana; reconsideramos la ideología liberal  devastadora del entorno natural como causante de la infección zoogénica; nos estremecemos por la destrucción de la biosfera y el cambio climático inexorable…

¿Está todo relacionado –nos preguntamos-? ¿Cuáles son nuestros límites? ¿El crecimiento tiene límites? ¿No es acaso esta pandemia una reacción de la vida frente a la depredación de la especie humana?

Esto sucede en las mentes pensantes que ven en esta situación una oportunidad de pensarnos como especie en relación con el entorno natural.

Pero los políticos y gobernantes improvisan, atienden a lo más urgente, a intentar controlar los picos de la pandemia, a que todo vuelva a como era antes, a retornar a la normalidad, a que de nuevo la economía vuelva a funcionar, a recuperarnos de la crisis, a que los turistas y los viajes sean tan normales como antes, a seguir produciendo y emitiendo gases de efecto invernadero… A buscar soluciones populistas y nacionales frente a las instituciones internacionales sin escuchar a los científicos, a los filósofos, a los que están pensando la estructura profunda de lo que está pasando…

Pero ¿todo ha de seguir siendo igual que antes? La humanidad se enfrenta a un reto singular porque nuestro modo de vida es extremo, devastador, y nos conduce al abismo, esto es un aviso. Pero ¿cómo hacer ver a miles de millones de personas que nuestro modo de vida es insostenible, que hemos de retroceder y pensar, que hemos de perder muchos puntos en nuestro bienestar. ¿Qué político estaría dispuesto a hacerlo habida cuenta de las desigualdades sociales y económicas en el mundo, en nuestras sociedades?

El noventa y muchos por ciento solo anhelan volver a la normalidad, pero un uno por ciento nos avisa de que no es posible… solo hay que leer mucho de lo que se publica en laboratorios de pensamiento internacionales. Hay que pensar la pandemia.

martes, 31 de marzo de 2020

La bolsa o la vida


Una entrevista que me ha hecho pensar es la realizada a Philip Thomas, profesor de gestión de riesgos en la universidad de Bristol. En ella advierte del grave riesgo de paralizar drásticamente la economía mediante la asunción de políticas radicales de confinamiento que pueden terminar llevando a los países a una caída del Producto Interior Bruto de más de 15 puntos como se prevé ahora. La detención de la economía para fomentar el confinamiento puede ser no plan para quince días, o un mes, sino que puede ser de varios meses. De hecho, hasta que exista la vacuna eficaz y pueda ser comercializada no habrá una solución. El encierro puede ser de seis meses por lo menos. El desarrollo de una pandemia es errático e imprevisible. La de 1918-1919 tuvo no una sino tres fases a lo largo de dos años. A un brote, el de primavera de 1918, siguieron meses de contención y de aparente remisión, para volver en el otoño con un brote mucho más peligroso y mortífero. Se fue y volvió de nuevo en 1919. Por cierto, dicha pandemia afectaba a personas de entre veinte y cuarenta años en plena capacidad productiva, además de mujeres embarazadas o puerperales. Más a hombres que a mujeres pero esto varió según los sitios. El efecto sobre la economía fue en tal caso más medular porque afectaba a la fuerza de trabajo.


Nos enfrentamos a una clara incertidumbre. El gobierno decreta diez o quince días de confinamiento total para intentar aplanar la curva. Para ello, paralizamos la economía salvo sectores imprescindibles. ¿Se está seguro de que en diez días podremos salir del confinamiento o este se prolongará un tiempo indefinido sin visos de finalización con toda la economía detenida? Philip Thomas en su entrevista que he enlazado arriba vaticina que el coste social en términos de PIB será más letal que la propia epidemia puesto que significará un descenso generalizado en las prestaciones sociales y sanitarias por falta de presupuesto. Para España, el coste de detener toda la maquinaria industrial y de servicios será gravísimamente peligrosa. En realidad, hacemos lo que hace todo el mundo, lo que en China ha dado resultado por lo que parece, siempre que no se reintroduzca el virus en otra fase o, por reinfección externa, de ahí la xenofobia que se ha desarrollado frente a los extranjeros que podrían reintroducir el virus.

Philip Thomas sostiene que él no puede dar una solución sobre qué hacer, que comprende lo que se está haciendo pero también piensa que puede ser peor el remedio que la enfermedad. En todo caso, opina que no es bueno paralizar completamente un país porque traerá costes inasumibles e igualmente letales. 

Tras los tres brotes pandémicos de 1918-1919, la economía se resintió gravemente por la muerte de millones de jóvenes en la guerra y en la posterior pandemia, pero Estados Unidos reaccionó como motor de la economía mundial arrastrando a Europa, no así a España, a los llamados felices años veinte, hasta que el calentamiento de la bolsa llevó al crash del 29.

¿Puede ser Estados Unidos ahora motor de la reacción tras el virus? ¿O lo será China?

Al terrible dilema de si conviene paralizar la economía para detener el virus, alguien ha calificado como el viejo juego de la bolsa o la vida.

lunes, 30 de marzo de 2020

Los efectos del coronavirus serán equivalentes a los de una guerra mundial


No alcanzo a atisbar cómo será el mundo cuando dentro de un tiempo indeterminado, se pueda dar por superada la crisis del Coronavirus. Ni yo ni nadie, pero todos los analistas que he leído estiman que el mundo no volverá a ser igual. El modo de vida que manteníamos y que la crisis de 2009 pareció alterar, pero no modificar esencialmente, se transformará por completo en base a una devastadora crisis económica y a unos gastos extraordinarios que no sabremos cómo pagar o no podremos pagar. Pienso en España especialmente. Se modificarán nuestra forma de trabajar, incrementándose sustancialmente el teletrabajo; disminuirán los eventos masivos y las convocatorias multitudinarias: es posible que las plataformas digitales sustituyan al placer de ir al cine o a los conciertos de antes; cerrarán infinidad de negocios cara al público que no podrán superar la crisis: bares, restaurantes, librerías,  multitud de pequeños negocios y empresas socializadoras…; habremos de acostumbrarnos a un mundo más pequeño porque los viajes tan extendidos por Europa y el mundo por parte de los españoles se vuelvan cosa del pasado lo que hará que muchas compañías aéreas de bajo coste tengan que reducir sus ofertas; habremos de habituarnos a vivir con mucho menos presupuesto que actualmente porque nuestra economía será durísimamente afectada: es muy posible que los pensionistas vean reducidos sus ingresos, y los funcionarios rebajados sus sueldos; es posible que tengamos que volver a formas de ocio mucho más sencillas y asequibles de modo que recuerden épocas pasadas… La austeridad a todos los niveles se impondrá, viviremos con mucho menos… Desafortunadamente, en la política internacional, Europa es muy probable que no pueda sobrellevar unida esta crisis y que cada país se vaya por su lado cuando el sentido común llevaría a que lo afrontáramos juntos –triunfarán los nacionalismos sociales y económicos-, lo que significará que Europa pase a ser todavía más irrelevante en el conjunto del mundo; es muy posible que China y los países asiáticos sean los grandes vencedores de esta crisis y que Estados Unidos sea sobrepasado por el gigante comunista-capitalista… La emergencia climática se verá en parte aliviada por la reducción de gases de efecto invernadero y la lógica sería que el nuevo mundo resultante -más inestable- abordara la situación, espero que sea así, pero pienso que habremos de madurar mucho como especie para que aprendamos. En España, muy probablemente, la corona entre en crisis definitiva y sea sustituida por una república muy frágil que implicaría la disolución de la unidad de modo que los nacionalismos catalán y vasco alcancen la ansiada independencia. España, la idea de España, se volverá un anacronismo: ¿qué es lo que surgirá? Nadie lo puede saber.

Las ondas sísmicas de esta deflagración mundial durarán muchos años y harán, como, en las dos guerras mundiales, que el mundo mute profundamente tras unos años de depresión que arrumbará lo que quedara del viejo mundo. La tecnología será el lenguaje definitivo del futuro, y los que hayan invertido en Inteligencia Artificial –China y Estados Unidos- serán los que se lleven el gato al agua.

Lo fascinante es que probablemente todo empezó porque un chino comió carne de pangolín dando lugar a un proceso que derrotaría a un mundo que creíamos firme y sólido. La famosa metáfora de que cuando una mariposa bate las alas en China, termina produciendo un huracán en la otra parte del mundo, se ha hecho dolorosamente real.

domingo, 29 de marzo de 2020

¿Vendrán de nuevo los felices años veinte?

   
                                                  Pandemia de 1918-1919

No soy epidemiólogo ni científico especialista en infecciones, pero me surgen dudas sobre lo que estamos viviendo. Entiendo la necesidad de aislamiento y confinamiento para impedir la expansión masiva del virus. Personas que no tienen síntomas pueden ser portadoras y contagiarlo a otros más frágiles y propensos por sus patologías anteriores –las personas mayores, especialmente hombres-. Los infectores pueden no desarrollar más que una forma leve del virus pero su poder de infección puede ser letal. Lo entiendo. Pero también me digo que el confinamiento evita la extensión de la enfermedad, cierto, pero no hace que la sociedad se haga inmune a él como en la gripe de 1918-1919 en que murieron más de cincuenta millones de personas hasta que se superó. Aclaro que luego vinieron los felices años veinte en que la sociedad salía de una guerra terrorífica y una pandemia todavía más mortífera que la guerra.

Pienso que si no nos autoinmunizamos, que es lo que está sucediendo ahora, estaremos expuestos, hasta que se comercialice la vacuna, a nuevas reinfecciones del virus. En China parece haberse superado la fase interna de la infección, pero la población china ha desarrollado una intensa xenofobia hacia los extranjeros que son los que creen que pueden reintroducir el virus si se abren las fronteras de nuevo. Esto me da qué pensar que este proceso que estamos viviendo no durará un mes o mes y medio, no, será mucho más largo porque estaremos propensos a nuevas reinfecciones si la llegada de visitantes –turistas, viajeros, inmigrantes- sigue como antes. En China, actualmente, la xenofobia hacia los extranjeros es fortísima. ¿Estaremos condenados, hasta que se comercialice la vacuna lo que puede ser aproximadamente año y medio, a estar cerrados al exterior, si es que eso pudiera ser?

El confinamiento es un arma de doble filo, todos los países del mundo lo han adoptado para evitar la expansión del virus, incluso Boris Johnson en Reino Unido –contagiado él por el coronavirus- pero no nos inmuniza naturalmente frente a la pandemia. El problema es que en nuestras políticas preventivas –lógicas si queremos impedir una mortandad terrorífica- estamos exponiéndonos a unas situaciones en que, si queremos volver a la situación anterior de aglomeraciones humanas en fiestas, conciertos, eventos deportivos, manifestaciones políticas, bares y restaurantes, cines, teatros, etc, etc, va a ser muy difícil hacerlo si no imposible, porque elementos foráneos pueden reintroducir el virus de nuevo ante el que no estamos autoinmunizados.

¿Vendrán de nuevo los felices años veinte?

sábado, 28 de marzo de 2020

El Coronavirus amenaza con romper Europa


La crisis del COVID-19 está afectando de forma diversa a los distintos países de Europa en cuanto a afectados y a su nivel de letalidad. Los países del norte tienen menos contagios y víctimas, así como sus sistemas sanitarios parecen más eficaces que los del sur de Europa. Pero no solo es el nivel de afección lo que aquí está en juego sino cómo dar respuesta conjunta a esta crisis, la más grave de la historia de la Unión Europea, aún más que la de 2009. Hasta ahora ha habido solo enfoques nacionales al margen de las instituciones de la Unión. Cada país se ha enfrentado como ha podido a la crisis, lo que ha hecho emerger más las diferencias entre los distintos países. Puede que esto genere enfrentamientos –ya los está generando- entre países como Alemania, Holanda o Austria que rechazan solidarizarse y pagar el hundimiento de los países del sur y otros como España, Francia, Italia, Bélgica, Portugal, Irlanda, Grecia, Eslovenia y Luxemburgo que piden una acción conjunta y comunitaria frente a la crisis emitiendo Eurobonos –coronabonos- para compartir los costes.

Es la misma idea de Europa, ya gravemente resquebrajada en los últimos años, la que está en juego. Los estados del norte son los tradicionalmente partidarios de la austeridad frente a los del sur cuyas cuentas están menos saneadas. Puede que la pandemia sea el detonante final para la disolución de alguna manera de la Europa compartida.

Las recientes palabras de un ministro holandés, Wopke Hoekstra, sosteniendo que se debía investigar a España por no tener margen presupuestario para luchar contra el coronavirus, no fueron replicadas por representantes españoles sino por el ministro portugués Costa que las calificó de “repugnantes”, de absoluta inconsciencia y que “minan completamente el espíritu de la UE, siendo una amenaza para el futuro de la Unión”. Apeló a respetarnos unos a otros ante un desafío que debería ser común. Añadió que los miembros de la Unión deberían “comprender que no fue España la que creó o importó el virus”.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Nuestro estilo de vida


Una entrevista a Pedro Jordano en El Cultural me ha confirmado lo que en cierta manera ya intuía. La aparición del Covid-19 está íntimamente relacionada con la acción humana sobre la naturaleza. Recomiendo la lectura de esta entrevista que he enlazado, no hay más que añadir si se lee. Pedro Jordano (Córdoba, 1957) es ecólogo e investigador del CSIC y premio BBVA de Fronteras del conocimiento de Ecología y conservación de la naturaleza. 

Estas son mis reflexiones a propósito de esta entrevista: 

No es desconocida la advertencia de que el ser humano está transformando el mundo y produciendo alteraciones profundas en los ecosistemas climáticos y naturales. Somos casi ocho mil millones de personas en el planeta y la acción humana está devastando, para satisfacer las demandas de consumo del primer mundo, los recursos naturales. Los países emergentes quieren también su parte en el pastel planetario y eso hace que la naturaleza sufra nuestros embates de infinidad de formas empezando por el cambio climático, la deforestación, la alteración de hábitats naturales, sobrepoblación de áreas silvestres, avance de zonas urbanas en zonas salvajes... Ello favorece los saltos de especies silvestres a humanos. Se cree que el Covid-19 procede de una zoonosis o lo que es lo mismo, el salto de patógenos de especies animales a los seres humanos, como ha sido en otros procesos semejantes pero que no han tenido la misma virulencia como el SIDA, Ébola, SARS, West Nile, la enfermedad de Lyne, Hendra, Nipah, etc... 

Nuestro bienestar y riqueza no es gratis y lo vemos ahora con esta infección patógena que puede ser comparable a otros efectos como las migraciones humanas del sur al norte, efectos ciclónicos, grandes incendios devastadores, fusión de los polos, devastación de las selvas tropicales para plantar productos que ansiamos en el primer mundo como los aguacates o los biocombustibles, la destrucción de los océanos... Estamos alterando nuestra relación con la naturaleza de un modo destructivo y no comprendemos dicha interacción. Hay miles de virus que desconocemos. Cuando salta uno tan contagioso como el que estamos a los seres humanos, unido a la velocidad de propagación en un mundo hiperconectado por infinidad de conexiones aéreas... estamos ante una situación de emergencia planetaria. 

Estamos alterando la biodiversidad de ecosistemas naturales y se derrumban barreras para la expansión de patógenos. 

Es nuestro estilo de vida lo que está transformando el planeta. Si algo bueno tiene esta catástrofe zoogénica es que supondrá en buena medida un parón ecológico durante un tiempo. Es una advertencia que hemos de tener en cuenta. Vamos a sufrir como consecuencia de un colapso económico, pero es hora de hablar de nuestro estilo de vida depredador. Sé que es un tema muy complejo pero ahora tenemos una muestra de sus efectos. 

Sería un error irreparable ansiar que simplemente todo volviera a lo mismo que era antes del Covid-19. Aprendamos. 

lunes, 23 de marzo de 2020

Desde Cataluña un mensaje de afecto a los madrileños


Mi mujer y yo teníamos con frecuencia la costumbre de bajar sobre las ocho de la noche a tomarnos un vino turbio con las almendras como tapa que nos daban. En el bar gallego pasábamos tres cuartos de hora charlando. Nos contábamos cómo nos había ido el día. Era un rito que nos encantaba y el camarero cuando nos veía entrar, rápidamente sacaba la botella de vino turbio y lo echaba en nuestras copas con alegría.

¡Qué lejos queda esto! –pienso-. Lo que era normal y hasta repetitivo en nuestra vida social ha dejado de existir. ¡Cuándo volveremos a salir con los amigos a cenar, a tomar unos pinchos, unas copas…? Esas rutinas que ahora nos parecen inimaginables cuando vemos todos los bares cerrados, todos los comercios cerrados, salvo las tiendas de alimentación en horario restringido y a las que entramos de uno en uno, o a lo máximo de dos en dos.

Mis sueños también se contagian de inquietud y esta madrugada me he despertado muy agitado con lúgubres pensamientos. Para alejarlos he leído unas páginas de la novela La habitación de los susurros de Dean Koontz, algo ligero para sobrellevar días de fuerte carga emocional.

En casa, el encierro continúa. Nos juntamos en las comidas que procuramos que sean apetitosas y variadas para paliar la inquietud. Luego mis hijas colorean láminas que descargan de internet o hacen puzles o ven series actuales o antiguas o hacen gimnasia con algún vídeo de Youtube. 

Alguna vez me conecto por Skype con algún amigo o amiga, leo, reviso las publicaciones de los blogs o periódicos internacionales americanos, ingleses o italianos. El mundo entero gira en torno a una palabra maldita. Es el título de mi diario estacional, el de primavera al que he llamado Diario del Coronavirus. Sueño con que pase el tiempo y de pronto estemos ya en junio y yo comience el diario de verano, espero que en otras circunstancias.

Una buena noticia es que en Italia por primera vez ha descendido el número de fallecidos. Quizás hayan llegado ya al pico del que estamos lejos todavía en España.

Desde Cataluña, un inmenso calor y afecto a los madrileños que están en el epicentro de la pandemia. Pensaré en vosotros cuando aplauda esta noche. 

sábado, 21 de marzo de 2020

Ahora va en serio, muy en serio


Ayer escribí que el virus nos estaba transformando, solo lo expresé y escribí que era bueno. Le he dado muchas vueltas a esta idea durante las horas que han pasado desde ayer. ¿Realmente es buena esta transformación? Desde luego, nos hace sentir frágiles y en pocos días nos hemos hecho más humildes, y consiguientemente, más generosos. Va a hacer falta mucha generosidad para salir de aquí porque todo es una cadena en la que todos somos interdependientes. No hay nadie que esté arriba y quien esté abajo. Mueren de todas las clases sociales, mueren obreros y aristócratas, intelectuales y futboleros, hombres y mujeres, niños, adultos y ancianos, estúpidos e inteligentes, simples y complejos… Todos sentimos en nuestro cogote el aliento de la amenaza, nadie está a salvo. Hemos aprendido en pocos días a mantener distancias de seguridad, a permanecer en casa a pesar de nuestra claustrofobia… Hace quince días íbamos a los bares, nos juntábamos la familia, los amigos, íbamos a los estadios y a los conciertos, a la playa, hacíamos excursiones a la montaña… Ahora nuestro horizonte es concreto y exacto: las cuatro paredes de nuestra casa. Nadie hubiera imaginado nada así cuando comenzó con cierta distancia la crisis del coronavirus en China. Parecía muy lejano. Ahora está aquí. Hay miles de muertos en nuestro país, en Madrid y Barcelona, y en todas partes. ¿Dónde quedan las narcisistas pulsiones del nacionalismo fuera de las necedades de un president Torra que sigue como si nada hubiera pasado? Cada uno está solo y siente el miedo a su medida. No hay arriba y abajo, no hay naciones, no hay oprimidos nacionales… Esto nos ha unido a todos, y lo vamos a pasar mal. Tres millones y medio de personas dependen del turismo en España, y eso se ha hundido. El tejido productivo está detenido, la economía está en estado de shock, los alquileres no se van a poder pagar, no sé si las pensiones y los ERTES. El estado es débil, no somos Alemania. Va a hacer falta mucha generosidad y resiliencia para salir de aquí. Pienso en las gilipolleces que resuenan en los parlamentos nacionales y autónomicos, ahora todo ha quedado desfasado, el lenguaje del pasado ya no sirve, las horteradas políticas y las poses no serán aceptadas. Ahora va en serio, muy en serio.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Esta crisis nos transformará totalmente


¿Y si la crisis del coronavirus, cuyo periodo de emergencia algunos medios norteamericanos como Time cifran entre 12 y 18 meses hasta que se consiga una vacuna, terminara representando una lucha por el poder mundial? Nada será igual cuando esto acabe, nos habremos transformado, todo el mundo será diferente. No se imaginen que esto va a acabar en dos o tres semanas, no es así. Nos esperan tiempos aciagos. Lamento fastidiar el positivismo imperante en las redes pero esto va para largo y cuando salgamos apenas nos acordaremos de cómo éramos. 

¿Acaso Gaia no iba a reaccionar?



La crisis actual –inesperada, como un hachazo (hace diez días era todavía impensable)- es un buen gabinete de observación de nosotros mismos y del género humano. Hay muchos blogs que reflexionan sobre lo que está pasando. Los que más me repelen son los que miran con desdén a la gente y desde su altivez miran a la humanidad con espíritu de superioridad. Pienso que cada uno hace lo que puede, unos son listos y otros lo son menos, unos leen y otros no leen, unos aplauden por las noches y otros lo miran como signo del gregarismo. En todo caso, todos estamos enfrentados a una situación desconocida y de perspectivas inciertas pues no sabemos cuándo acabará la cuarentena. No parece que sea dentro de dos semanas. El virus es planetario y no nos hemos inmunizado. Aunque nosotros superáramos el tiempo de aislamiento y disminuyeran los contagios, siempre estaremos expuestos a que vengan turistas, visitantes o inmigrantes, que puedan reavivar la crisis. Pensemos que en el hemisferio sur es todavía verano, se piensa que el pico será cuando allí sea invierno.

Estamos en una balsa la humanidad, todos estamos relacionados y conectados. ¿Cuánto tiempo habremos de vivir con fronteras cerradas? ¿Acaso el virus no ha conseguido lo que los populistas propugnaron como defensa de nuestras sociedades? España recibe cada año a decenas y decenas de millones de turistas, y eso se ha venido abajo. Asimismo, desdichados africanos intentan cruzar el Mediterráneo en busca del Dorado europeo. ¿Qué pasará? Nuestras fronteras están cerradas como la de todos los países de Europa y de la mayoría del mundo. Y nosotros vivimos confinados en nuestros hogares –los que pueden, claro-.

Hoy he salido a comprar y las calles están vacías, varios de los que me he encontrado llevan mascarilla, en las tiendas hay que hacer cola para entrar, todo se ha detenido, empezando por la economía. Tememos que a mi hija pequeña le echen de dependienta de Inditex, las empresas harán regulación de empleo y sueldo y muchos irán al paro que no sé si se podrá pagar.

Es el problema más complejo a los que nos hemos enfrentado desde el final de la Segunda Guerra Mundial porque es una catástrofe planetaria de la que no saldremos indemnes. Nadie lo saldrá. Pienso que todo cambiará a partir de ahora.

Hay quien relaciona esta crisis vírica –lo he leído en The Guardian- con la depredación que realizamos con la naturaleza, la destrucción de ecosistemas donde se esconden virus que salen de la profundidad de la jungla arrasada en organismos de animales que expanden virus letales para los humanos, sean monos, murciélagos u otras especies. ¿Acaso no está en la destrucción de la naturaleza la causa de esto? Nadie dijo que Gaia no fuera a reaccionar. ¿La destrucción ecológica no está en la base de esto? Tendremos que pensar en ello. Me miro y observo a los vecinos, a los seres humanos y los veo estupefactos, atónitos. Todavía no acabamos de creernos esto.

miércoles, 11 de marzo de 2020

La nueva edad oscura y el Coronavirus



JOSELU: Es difícil hablar de algo sin que salga el tema del Coronavirus de por medio, eso sin que hayamos alcanzado la gravedad del norte de Italia donde es terrible lo que está pasando. Estamos en el momento en que las autoridades están tomando medidas de contención pero sin alcanzar el punto de emergencia absoluta, salvo en Madrid, La Rioja y Álava donde se han suspendido las clases en todos los centros educativos.

Pienso si el Coronavirus no es una amenaza en consonancia con nuestra sociedad tecnológica, postmoderna y virtual. Ha habido pandemias a lo largo de la historia, sin duda mucho más graves y devastadoras, pero nunca había habido tanta información instantánea de todos los puntos del globo, en tiempo real, de modo que somos conscientes de la situación en nuestro país y en el mundo. La capacidad de reacción, sin duda, es mucho más precisa e inmediata por parte de las autoridades, aunque no tenemos la capacidad de países como China que es una dictadura y puede dejar en casa a decenas de millones de personas en cuarentena, y escanear a todos los ciudadanos con códigos QR para determinar su situación.

La sociedad se ha conmocionado y ya todos pensamos en relación a la expansión del virus, modificando nuestros códigos de conducta puesto que adoptamos precauciones y hábitos distintos.

Pienso que la humanidad nunca ha estado tan preparada para enfrentarse a una pandemia como ahora, pero las consecuencias de la misma afectan no solo a los hábitos sociales sino a la dinámica económica mundial en que las bolsas están cayendo en picado, lo que muestra sin lugar a dudas el carácter de interrelación de todos los factores en ecuaciones con numerosas incógnitas. Nuestro mundo parece sólido, pero ahora está mostrando fragilidad y una sensibilidad inesperada porque no sabemos hasta dónde se extenderán las ramificaciones y consecuencias del virus. ¿Podremos atajarlo y pasará a ser una alerta seria pero que quedará como una anécdota del año 2020? Es lo que queremos pensar. Hasta ahora hemos sido afectados solo tangencialmente y es de esperar que siga siendo así, pero dada la complejidad del sistema y la interrelación del mundo entero en que cada vez se evidencia más la idea de “aldea global” y de que vivimos esencialmente en la nube, una metáfora que revela nuestra realidad, podría ser que la situación se escapara de nuestras manos. La tentación del apocalipsis lleva muchas décadas siendo ensayada en el cine y en la Ciencia Ficción. Alimenta nuestros miedos y nos excita porque nos sentimos frágiles y sensibles ante lo desconocido. La idea de un virus letal hace tiempo que ha sido explorado como hipótesis, un virus que muta y que no puede ser frenado a pesar del desarrollo tecnológico.

De momento estamos sorprendidos y en estado expectante, no hemos pasado al momento siguiente, de miedo extremo. Esperemos que siga así y que podamos evocar este 2020 como una historieta, como fue la Gripe A o la amenaza del Ébola o la crisis de las Vacas locas o la Gripe aviar, importantes pero no letales para la mayoría de la población.

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