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viernes, 4 de noviembre de 2022

Vivir con modestia, pensar con grandeza


Un amigo bloguero me ha prestado un valioso libro inencontrable por estar descatalogado. Se titula La felicidad de la pobreza noble. Está escrito por Koji Nakano y leerlo supone un prodigio de sensibilidad y refinamiento, más que nada contrastado con el tipo de vida epidérmica y consumista que llevamos la mayoría.

 

Su idea central es vivir con modestia, pensar con grandeza, y es una apelación a la moderación y a cuidar nuestra vida como si una obra de arte se tratara, vivida con intensidad y espiritualidad. 

 

Recojo un fragmento que me ha conmovido, os lo ofrezco a vosotros…

 

“En la actualidad parece que no descansamos hasta que todo sea expresado númericamente, como si ya no pudiéramos hallar satisfacción en valores imprecisos, intangibles. Todo, desde la evaluación de las aptitudes escolares de los niños al valor de los cuadros o al montante de la fortuna de alguien, todo es convertido en cifras, y cuanto más alto sea el número, mejor. Pero por muy alta que sea la media de nuestra esperanza de vida, si eso sólo supone una prolongación física de la vida, ¿qué valor puede tener? Que una vida sea auténticamente plena o no, es algo que sólo puedo entenderse en términos de plenitud interior, y esto no puede expresarse por medio de números. 

 

Aferrándome

A la preciosa vida

Miro al cielo en lo alto,

El sol brilla

Y mi cuerpo está pálido. 

 

¡Hagamos tiempo

Para el ocio!

¡Y vivamos

Un día

Como si fueran dos!

 

Ueda compuso estos poemas en los días que siguieron a su última operación, cuando estaba totalmente incapacitado para participar en sociedad. Pero, incluso entonces, vivió plenamente los días que le quedaban. Esta clase de plenitud es inimaginable para quienen llenan todos los huecos de su agenda y están siempre ocupados. El tiempo que una persona gasta en vivir auténticamente no puede medirse con números. Existe pura y simplemente en una dimensión distinta”. 

 

Y para concluir, mi agradecimiento a Unsui, bloguero singular, por el préstamo del libro con un poema de Canciones de la felicidad solitaria cuyos versos comienzan con la frase “Felicidad es cuando…”

 

Felicidad es cuando

Pides que alguien

Te preste un libro raro

Y lo abres 

Por la primera página. 

martes, 1 de noviembre de 2022

La polarización neuronal


Son recientes las elecciones en Brasil, sometido a una fortísima polarización política, entre la candidatura del actual presidente Jair Bolsonaro y el expresidente Lula da Silva, y que ha acabado con la victoria de este último por poco más de un punto de diferencia. Deja un país totalmente dividido, y ello es equivalente a la división que supuso en Estados Unidos las últimas elecciones entre Donald Trump y Joe Biden. Quedan sociedades violentamente tensionadas entre opciones radicales. Pero es un fenómeno que se está dando en muchos países democráticos, la exposición a la polarización de un modo que no conocíamos en etapas anteriores. 

 

José Luis Carrasco Perera, catedrático de Psiquiatría y Psicología Médica de la universidad Complutense de Madrid y jefe de la unidad de Trastornos de la personalidad del Hospital clínico San Carlos en una entrevista en El Confidencial, señala que hay zonas del cerebro que parecían silentes donde se asientan las ideas y se unen con las emociones. Es la zona prefrontal del cerebro donde se sitúa la capacidad de tener ideas y creencias propias y de aceptar los argumentos ajenos sin  sentirse destruidos. Sin embargo, determinados discursos polarizados hacen que las ideas y opiniones se conviertan en identidad, de modo que si alguien va contra mi idea, supone ir contra mi identidad. Criticar algo se convierte en un ejercicio de supervivencia personal porque se entiende que criticar supone un peligro letal para la identidad. Así ya no se puede hablar ni debatir, y lo que queda es “o te destruyo o me destruyes”.

 

Esta zona del cerebro se puede activar con discursos que estimulan esa polarización neuronal. El sujeto ya no razona y se expone a un ejercicio de radicalismo en que es víctima de ideas que lo cuestionan totalmente, que pretenden aniquilarlo. Todos los demagogos políticos utilizan el pensamiento polarizado, así ha funcionado con los discursos racistas -odio a los negros, a los judíos-. Se crea un enemigo de modo intelectual que se incorpora al mundo emocional frente al que solo hay una reacción bipolar de vida o muerte. Comunistas, nazis, populistas de todo tipo, han utilizado y utilizan el pensamiento polarizado que estimula esa zona prefrontal del cerebro. Lo vemos continuamente en la vida política más cercana en nuestro país. Las opciones políticas se tensionan en blanco o negro, fascista o comunista, separatista o españolista, explotadores y explotados, víctimas y verdugos, mujeres y hombres… Se crea un enemigo caracterizado por rasgos ominosos e inaceptables que ponen en gravísimo peligro la propia identidad y la misma sociedad. Y todo se resuelve en una dualidad confrontada a muerte. Los políticos saben que el cerebro funciona así y lo estimulan. En las últimas elecciones en Madrid se enfrentaron dos opciones que eran prácticamente comunismo o fascismo, sin tener ninguna relación con la realidad. La política de nuestro actual presidente contra el jefe de la oposición es la de intentar destruirle totalmente, sin respetar el derecho a la disidencia. La política catalana tensionó terriblemente la confrontación política creando un mundo imaginario ideal que solo era dificultado por la maligna España. Paralelamente se genera por el lado opuesto el anticatalanismo visceral. Y así se crean conceptos antitéticos, excluyentes y sin ninguna viabilidad de colaboración posible porque representan a Dios o el diablo. Lo vemos en el independentismo catalán escindido a muerte entre Junts y ERC, entre patriotas y botiflers. Es un fenómeno que se da en todos los sitios de confrontación máxima y sin lugar a la negociación porque esta sería una traición. 

 

Lo peligroso es que esa tendencia se excita y se activa en el cerebro dualista del ser humano y es útil para la manipulación política extrema y que deja sociedades rotas y escindidas. Y, claro, no podemos olvidar el papel crucial que juegan las redes sociales verdaderos altavoces de ideas extremas que buscan la aniquilación del contrario que a su vez busca nuestro exterminio. Así los usuarios de redes sociales escuchan solamente un tipo de discursos y se ocultan totalmente las razones del otro que es descalificado y ridiculizado por un lenguaje de odio manifiesto. Y no hay medias tintas en las palabras que acaban siempre girando, obviando cualquier debate o intercambio de ideas, entre nazis, calificativo que utilizan todos para concluir cualquier tipo de conversación. 

viernes, 28 de octubre de 2022

Elogio de la finitud


Hasta donde sabemos, todo lo existente tiene un comienzo y tiene un final. Así es la vida en los seres orgánicos e inorgánicos. Nosotros como seres humanos hemos tenido un comienzo que no recordamos y tendremos un final que no podremos contemplar y seremos simplemente pacientes que se extinguirán tal vez en una paz profunda sedados en un hospital o en un accidente violento. Ese final puede que sea precedido de sufrimiento o no. Hay algo que me sirve para comprender ese instante de desconexión y es cuando me voy a hacer una endoscopia o colonoscopia y me sedan superficialmente pero lo suficiente para que mi conciencia desaparezca totalmente. Me dijeron una vez que pensara algo agradable, algo que me hiciera feliz, y pensé en una escena maravillosa de un viaje que hice a los mares del sur. Me situé en una playa paradisiaca que recuerdo. Iba desnudo y me tumbé con mis pies en la orilla. El sol era potente y tropical. Mi cuerpo era sostenido por la arena y la brisa me daba suavemente en la piel. Pensé en aquel entonces que estaban los cuatro elementos: agua, tierra, fuego y aire. No me dio tiempo para pensar tanto cuando me iban a sedar, pero la imagen ya la tenía comprimida en mi conciencia y simplemente me deje acariciar por ese cuerpo mío bajo el sol. Y ya no recuerdo más. Me apagué, mi conciencia dejó de funcionar y todo desapareció en una paz formidable. Algo así debe de ser morir. Una desconexión del sistema en la nada. Hay una pequeña gran diferencia. En mi sedación yo sabía que me iba a despertar y no sufría angustia por la desconexión. En la muerte, sencillamente no sabemos si hay un otro lado de la conciencia, nadie ha vuelto para contárnoslo. Sin duda es un viaje de ida, pero no de vuelta. Es un momento misterioso, tal vez sea el instante liminar de nuestra existencia. Es un instante de umbral, de entrada, tal como fue nuestro nacimiento. A partir de este momento, las filosofías y las religiones elucubran en el vacío. Toda suposición es un acto de fe sea uno ateo materialista o espiritualista que piensa que hay otro lado en que no sabremos qué seremos, despojados de nuestro cuerpo físico. No hay ninguna evidencia de nada. No se ha demostrado para nada la existencia del alma ni de que una supuesta dimensión espiritual tenga existencia de alguna manera. Aunque el hecho de que no tengamos pruebas no significa que el misterio deje de existir. La vida humana -y la animal- es tan potente y significativa que el pensador o el intuitivo no deja de sentir que puede que haya otra forma de existencia sea en forma de energía o de conciencia pura. En todo caso, es un momento grande, poético, sinérgico. Es el instante en que los seres se enfrentan a su finitud y uno piensa que dicho instante tendría que ser respetado profundamente dada su dimensión profunda. El momento de morir, sin embargo, es temido por los que lo van a vivir, por los que lo rodean y se llena de angustia cuando no se quiere hablar de ello. No hay una cultura de la muerte, se la tiene como el gran escándalo, no se quiere hablar de ella ni siquiera a los que están a punto de experimentarla. Los pueblos primitivos vivían la muerte mediante los rituales de umbral o de paso, y en algunos casos se celebraba una gran fiesta tras producirse la transición. Hemos conquistado la tecnología. Llevamos en nuestros bolsillos aparatos prodigiosos que nos conectan con todo lo existente, pero no estamos preparados para comprender el momento cenital de nuestra existencia sobre el que hemos proyectado la idea de horror y de absurdo, de vacío, de ausencia de sentido. Los filósofos materialistas han despojado de toda trascendencia a ese momento único en que para ellos lo único que pasa es que se desconecta el cerebro y el cuerpo se apaga sin mayor dimensión. Tendría que celebrarse, por el contrario, un rito y una fiesta porque el misterio sigue subsistiendo. La muerte se ha convertido simplemente en burocracia, en estadística, y los que asisten a ella como testigos o como partícipes no son conscientes del gran salto que supone, sea hacia el cero o hacia el infinito.

 

Estuve una vez en un viaje a Sumatra en una aldea batak por la noche en que el muerto estaba colocado sobre una mesa, y el resto de la aldea se pasó la noche cantando y bailando, con instrumentos de metal sonando, y tomando licor de rosas que producía una intenso estado visionario con las hogueras que ardían acompañando al muerto en su viaje. Yo había tomado una tortilla de hongos mágicos, lisérgicos y vi toda aquella noche como en un estado onírico, bailé, canté, bebí y mi conciencia se diluyó hasta el amanecer en que todavía continuaba la fiesta con la luna todavía en el cielo y los primeros rayos del sol llegando al túmulo. 

 

Así me gustaría que fuera el rito de mi muerte. 

martes, 25 de octubre de 2022

La universidad como guardería


Quien piense que la universidad es un lugar de debate contrastado de todas las ideas y en la que domina el ansia de saber sin ningún tipo de restricción intelectual, está profundamente equivocado. Hay una ola potentísima que viene del mundo anglosajón y que ya está afectando a la universidad española que podría ser calificada como la universidad de la posverdad en la que no dominan los argumentos y la dialéctica de ideas sino el mundo de las emociones lo que quiere decir que los razonamientos son inútiles ante estas. 

 

Importantes profesores de todos los ámbitos han sufrido en los campus universitarios procesos públicos tras los cuales han sido cancelados por campañas terribles en las redes sociales o en los muros mediante pintadas. Si estos profesores discrepan de algunas de las ideas del mundo emocional en que todo puede ser verdad y que se concretan en cuestiones como el racismo, el género o la identidad, sin duda serán machacados por su discrepancia y la universidad terminará expulsándolos para no crear inseguridad en sus alumnos que se sienten ofendidos.

 

Se pretende que la universidad se convierta en una guardería en que no se planteen ideas o razonamientos que pongan en peligro la seguridad de los alumnos. Así ponentes o profesores o importantes intelectuales son cancelados por medio de actos virulentos de boicot de una intensidad creciente y que terminan por ser eliminados de la universidad por las mismas instituciones de gobierno de esta contagiadas por el ambiente de censura y macartismo que domina en las mismas. 

 

Si alguien pone algún reparo a las cuestiones de género, o la ideología woke o la de los trans está acabado, especialmente si es blanco y hetero pues será acusado de representar la ideología patriarcal. Cualquier debate al respecto es inmediatamente aplastado y cancelado. 

 

El libro La transformación de la mente moderna cuyos autores Jonathan Haidt y Greg Lukianoff ponían de manifiesto que las universidades americanas, especialmente las de más prestigio, se habían convertido en nidos ideológicos de la posverdad, en las que se desatan campañas virulentas y violentas contra cualquier disidente de la moral correcta que no se puede poner en cuestión de ninguna manera, y las autoridades académicas, ya aterrorizadas por el clima de coacción y censura, participan de las cancelaciones contra sus propios profesores que terminan por ser despedidos por ofender a sus alumnos. Cualquier comentario “inmoral” que sea calificado de racista transfóbico o patriarcal es bastante para que el profesor sufra una campaña brutal en redes sociales, manifestaciones y pintadas contra él, y no hay defensa posible. El clima de debate de ideas es totalmente inexistente en aras de mantener la universidad en un clima de seguridad que no atente contra las emociones de sus alumnos. 

 

Es inútil reivindicar la libertad de expresión o de cátedra, antes consustanciales a la universidad. Hay entidades que rechazan totalmente dicha libertad de expresión y asesoran contra los profesores que pretenden acogerse a ella poniendo a los alumnos en contacto con asociaciones de todos los grupos raciales y géneros para que pueda boicoteárselos y cancelarlos. De ahí al despido queda muy poco. 

 

Esto supone que en la universidad domina totalmente la autocensura, no se plantean ideas peligrosas y los propios alumnos se callan y reprimen para no ser a su vez cancelados.

 

Frank Furedi en su libro Qué le está pasando a la Universidad. Un análisis sociológico de su infantilización expresa que en el Reino Unido varias facultades de teología advierten a sus alumnos que a lo largo del curso puede mostrárseles a un hombre crucificado que podría herir su sensibilidad. Otro dato significativo fue las inscripciones a la universidad de Bristol donde se añadía el género felino para los que se identificaran con los gatos o el emojiself para los que hicieran con los emojis. 

 

Esta ola ha llegado a España y políticos de todas las tendencias son boicoteados o sufren escraches en las universidades. Ya no digamos en la universidad catalana si pretende hablar alguien contrario al procés o  poner un puesto de planteamientos no nacionalistas. La foto del blog es el acto de boicot contra el grupo constitucionalista S'ha acabat que quiso exponer pacíficamente su punto de vista. 

 

El interesante libro Nadie nace en un cuerpo equivocado de José Errasti y Marino Pérez Álvarez que cuestiona los fundamentos de la ideología queer y trans, ha sido proscrito de las universidades españolas por tránsfobo y se han cancelado actos de debate sobre el libro por razones de seguridad. 

 

Los alumnos han dejado de serlo y se han convertido en clientes que deciden, en un proceso creciente de infantilización, qué les hace sentir seguros y anulan o cancelan cualquier idea que les resulte peligrosa o amenazadora. 

sábado, 22 de octubre de 2022

El imperio de la depresión


Estos días se ha publicado un importante estudio sobre la depresión a cargo de Jonathan Sadowsky, profesor de Historia de la Medicina en Case Western University en Cleveland (Ohio). El libro es El imperio de la depresión, publicado en Alianza Editorial. 

 

El tema me interesa especialmente y quiero aproximarme a él sintetizando algunas ideas que vertebran el libro y objetándolas en la medida que puedo. Una de ellas es la pregunta si la depresión es una enfermedad moderna de sociedades occidentales ricas. ¿Es la depresión una enfermedad moderna y occidental? La respuesta de Sadowsky es radicalmente negativa. La depresión ha acompañado a lo largo del tiempo a la humanidad aunque antes recibía otros nombres como acedia, distimia, melancolía, neurastenia… Esa tristeza excesiva y profunda propia de los estados que llamamos depresivos ha sido una constante aunque no es fácil determinar si cuando se habla de melancolía se refiere exactamente a lo que entendemos por depresión. En los monasterios medievales había monjes poseídos por una intensa tristeza a la que no se encontraba explicación. La melancolía era una forma de calificar, ya desde Hipócrates, a una tendencia hacia los pensamientos tristes y pesimistas, una permanente sensación de minusvalía y una fijación constante en las carencias propias. En el siglo XIX se hablaba de neurastenia para calificar una especie de cansancio existencial y flojera mental.

 

Otro tema conectado en este libro con la idea de pensar que la depresión es solamente occidental y que tiene su eje en mentes sensibles como las nuestras mientras que los africanos, que carecerían de sentimientos introspectivos, no la experimentarían. Este argumento sirvió para justificar el esclavismo al pretender que los negros africanos no sufrían psicológicamente como nosotros al ser arrastrados de sus tierras en condiciones terribles porque sus mentes no eran tan sensibles y sofisticadas como las blancas. Pretender hacerlos inmunes al sufrimiento psicológico era una forma de deshumanizarlos como si fueran poco más que animales incapaces de experimentar tristeza profunda. 

 

Sin embargo, admitiendo esto, pienso que las sociedades occidentales han experimentado mucho más el síndrome depresivo y que otras sociedades más precarias del llamado Tercer Mundo, basadas en la supervivencia más elemental, no tienen la ocasión de centrarse en los sentimientos tristes porque lo que determina su vida es el hecho de comer cada día, sobrevivir cada instante frente a fuerzas temibles que pueden poner su vida en peligro. E implica algo que es saberse sobreponer frente a los sentimientos debilitadores. En una balsa rodeada de tiburones no cabe sentirse triste y los mecanismos de resistencia psicológica se imponen frente al decaimiento psicológico que está fuera de lugar. Cuando uno pasa por una prueba a vida o muerte, en el límite o fuertemente arriesgada, uno ha de echarle coraje de modo obligado. Dejarse morir es una posibilidad pero la adrenalina generada impulsa la entereza. 

 

Por otra parte, admito que la depresión, tenga el nombre que tenga, ha sido algo que ha acompañado a la humanidad, pero no en la dimensión que ahora lo hace. Se calcula que hay en el mundo actualmente, trescientos millones de personas que podrían calificarse dentro de un cuadro depresivo, y un número creciente de personas necesitan tomar antidepresivos, ansiolíticos o antipsicóticos. Ayer La Vanguardia daba en primera página la noticia de que había aumentado en un cuarenta por ciento las dolencias psicológicas entre los niños y jóvenes, y otra noticia es que en España hay seis millones de personas aquejadas de ansiedad o depresión. Pienso que el tipo de vida que llevamos, aparentemente segura y basada en el consumismo y la satisfacción inmediata de nuestros deseos nos lleva a ser especialmente frágiles en una sociedad inestable, líquida y competitiva. Nada nos acaba de satisfacer ni ofrecer seguridad íntima.

 

La depresión y la ansiedad se han convertido en plagas de las sociedades modernas y afectan crecientemente a niños, jóvenes, adultos y personas mayores. He visto a lo largo de mis años como profesor cómo los alumnos se convertían progresivamente en más lábiles y quebradizos y ahora buena parte del programa educativo se dedica a atender a alumnos con problemas psíquicos de un modo que no conocí cuando comenzó mi profesión, no sé si porque no afloraban o porque había más resistencia psicológica. 

 

Sin quitarle valor al ensayo de Sadowsky, creo que nuestras sociedades modernas son más propensas a las depresiones. Las razones son complejas y no caben en un artículo ligero como un post. La química ha entrado en nuestras vidas y muchísimas personas necesitan su aporte para mantenerse en pie, tal vez antes se hacía a pelo o simplemente no había opción de hundirse. 

martes, 18 de octubre de 2022

La lotería genética



En unos días se publica el libro La lotería genética de Kathryn Paige Harden, directora del laboratorio de Genética Conductual del Desarrollo de la universidad de Austin (Texas). En él se desarrolla la convicción de la enorme importancia que tienen los genes en el transcurso de nuestra vida. Es un debate tan antiguo como peligroso. La izquierda siempre ha pretendido rechazar la naturaleza humana en el desarrollo de la personalidad y la constitución de las sociedades puesto que achaca las diferencias entre personas y sociedades a factores esencialmente sociales y culturales.

 

¿Qué pasaría si en nuestra lotería genética tuviéramos inscritos ya los factores que nos van a hacer triunfar o fracasar en la vida, al margen del esfuerzo o circunstancias sociales? Se ha hecho mucho hincapié en el factor esfuerzo para explicar la meritocracia que permite ascender y conseguir logros personales. Los profesores antiguos no hacemos sino hablar del esfuerzo como factor necesario para conseguir objetivos educativos y personales. Pero ¿y si la capacidad de esfuerzo también viene dada por el código genético igual que la pereza o la adicción al alcohol o las drogas?


Cuando pedimos a nuestros alumnos que se esfuercen y vemos que muchos no lo hacen, puede que eso esté inscrito en el código genético. Y que dicho código explique los resultados educativos. No es lo mismo nacer con un CI de 60 que con un CI de 130, eso determina esencialmente la vida y puede condicionar tanto o mucho más que nacer en una familia pobre o una familia rica. 

 

Este es el terrible dilema que implica la lotería genética pues puede determinar la salud -la predisposición a determinadas enfermedades- y la personalidad, pues pueden heredarse determinados rasgos como la creatividad, la simpatía, el don de gentes, la inteligencia, la curiosidad, el humor o rasgos negativos que no ayudan a triunfar en la vida en algún sentido. 

 

Se puede decir que la genética es tan importante como la clase social en la que se nace. O puede que más. Ha habido numerosos ejemplos de personas nacidas en circunstancias sociales terribles que han conquistado puestos importantísimos en el terreno económico, social, político o humano. Y a la inversa, personas nacidas en entornos privilegiados que han fracasado totalmente. 

 

No olvidemos el libro maldito que fue The Bell Curve del que hablamos en otro post en que se relacionaba inteligencia con grupos étnicos de modo que los negroafricanos tenían una inteligencia sensiblemente inferior que otros grupos étnicos. Y se sabe que los judíos askenazis son uno de los grupos sociales más inteligentes del planeta, solo hay que ver la lista de premios Nobel que han recibido las personas de etnia judía y la importancia que han tenido para la cultura y la ciencia mundial. 

 

Pero relacionar la naturaleza humana con la desigualdad social nos lleva a terribles problemas que de alguna manera se quieren soslayar por nuestra historia que dividió a los seres humanos en superiores e inferiores con consecuencias terribles como podemos recordar todos. 

 

¿Y si pudiéramos diseñar el código genético de los hijos para evitar la lotería de los genes? Es la idea que desarrollaba la película Gattaca (1997) de Ethan Hawke. Y da idea de la tentación médica de los bebés de diseño cambiando el azar por la elección.

 

¿Qué partes de nosotros responden a nuestros méritos personales o a nuestro azar de la naturaleza. Es un debate envenenado y en el que surgen chispas inmediatamente. La investigadora Harden, que se considera de izquierda, ha sido atacada y rechazada por sectores progresistas que consideran sus tesis equivocadas y peligrosas. Ella sostiene que hay que contar con el factor herencia para entender la realidad y para darnos cuenta de la parte de suerte que se tiene o no en la vida de entrada, y que desde un punto de vista progresista ayuda a entender la desigualdad social. 

sábado, 15 de octubre de 2022

El dolor de vivir


Suelo hojear la prensa en busca de noticias o entrevistas que me seduzcan. Ayer en El Mundo vi un titular que me llamó poderosamente la atención: 

 

La vida es una mierda y cuanto antes te des cuenta, mejor vida tendrás. 

 

El autor del libro La vida es dura es Kieran Setiya, profesor del Mit, que parte de su sufrimiento personal -padece dolor crónico- para animarnos a convivir con el dolor de cada uno, en un mundo en crisis. 

 

Las redes sociales ofrecen imágenes de vidas aparentemente felices o dichosas. Vemos a la gente bailando, comiendo en restaurantes guays, viajando por ciudades llenas de luz y de sugerencia, celebrando cumpleaños, riendo, saltando… pero sabemos que eso no es todo. A cada vida, a todas sin excepción, les toca su dosis considerable de dolor antes o después. El dolor es una constante en todas las vidas. Kieran Setiya, como profesor de filosofía en su materia Moral Problems and Good Life, plantea centrarnos en cómo convivir con el dolor más que una hipotética e insegura búsqueda de la felicidad y el placer. Ciertamente, todos conocemos y hemos vivido algunos de estas situaciones: la desilusión, el dolor, el desamor, los conflictos sin fin, el deseo que hace sufrir, la soledad, la depresión, el desempleo, la tristeza por seres queridos, el miedo a lo que puede venir, el duelo, la injusticia ,el fracaso, la enfermedad… En todas las vidas se termina conociendo la injusticia o el absurdo. 

 

La idea me interesó y leí la entrevista en El Mundo. Setiya cuestiona que la vida deba vivirse mediante proyectos, retos o desafíos, él habla más de “procesos”. Proceso mejor que proyecto. Los proyectos cuando se cumplen son muy estimulantes pero no es fácil que muchos de los proyectos en nuestra vida se cumplan. Por eso, él habla más de procesos, en una vida que encaje con las exigencias de la justicia y la moral. En los procesos podemos proponernos algo sencillo y accesible: intentar ser amable con la gente que te rodea o que te encuentras, disfrutar de las relaciones humanas, en la familia… El objetivo no es ser santos o exitosos, sino personas que encaran la vida con esperanza, a pesar del dolor de existir, sin intentar soslayarlo o mostrando una imagen de felicidad que muchas veces es irreal. 

 

En general la gente es más buena que mala, y los malos no son más interesantes que los buenos, aunque la literatura y el cine así lo proyecten. 

 

No hay duda de que la filosofía de Setiya en La vida es dura no es pesimista. Para él, una buena vida es tratarte bien y tratar bien a los demás, a pesar del dolor de vivir que es inevitable y en muchos casos, iluminador. Cuando leía esto, me venía a la mente las fotos de una mujer, familiar de un familiar, que padece cáncer de páncreas, de muy oscuro pronóstico. Ha perdido dieciocho kilos pero su rostro, con un turbante para ocultar su calvicie, a sus setenta años, parece sereno y feliz. Me han impresionado estas fotografías con sus hijos en un momento tan doloroso para ellos y para ella, que tal vez esté viviendo en la quimio, momentos de terror y sufrimiento, pero también está conociendo la solidaridad y el amor. 

 

No podemos hacer mucho en la vida, no somos la mayoría grandes hombres, y hacemos en realidad lo que podemos. Pero en esa humildad que implica el vivir, podemos prestar atención a lo que nos rodea, a todo lo que pasa a nuestro alrededor, e intentar ser amables con las personas que están cerca de nosotros. 

 

La vida no es fácil para nadie pero podemos convivir con el dolor, nuestro amado compañero. El príncipe Gautama nació en un palacio lleno de riquezas y gente joven a su servicio. Tenía todo pero quiso saber qué había más allá de los muros de su palacio en que parecía estar todo al servicio de su felicidad y su placer. Salió disfrazado del palacio y conoció pronto el dolor de vivir, la enfermedad, la vejez, la muerte, el infortunio… Reflexionó sobre ello, reflexionó sobre las causas del dolor, y en ello se basa su filosofía porque el dolor es nuestro amante más fiel. Kieran Setiya vuelve a ello en un libro que tiene como subtítulo: Para encontrar nuestro camino. 

martes, 11 de octubre de 2022

Canto a la libertad


Mañana haré una caminata en solitario. Será el día de la virgen del Pilar, la patrona de mi tierra, cuyo himno más extendido es el Canto a la Libertad de José Antonio Labordeta. No estoy en Aragón así que no habrá festividad celebrada, pero sí una excursión considerable de casi cuarenta kilómetros a través de la sierra del Garraf. Esta vez iré con bordón, a modo de peregrino e iré pensando en mi adentramiento en el territorio de los haikus como modo de observación estética y vital del mundo. Caminar es sencillo, solo hay que poner un pie detrás de otro y mantenerte así en las subidas y bajadas. Cuando uno camina, solo hay que pensar en caminar, cuando uno compone haikus solo hay que estar en ello, aunque tal vez con una libreta uno pueda realizar ambas cosas a la vez. Para escribir un haiku, principalmente hace falta inocencia y descartar la idea de sentido, de objetivos, de finalidades, de metafísica. Una flor es una flor, una montaña es una montaña, el cansancio es el cansancio, las botas son las botas. No hay un mundo simbólico más allá de nuestras sensaciones o visiones. Iré caminando, componiendo haikus verbales y fotográficos pues iré con mi cámara Sony. 

 

Caminar solo es una experiencia netamente distinta que caminar acompañado. Uno tiene tiempo para observarse con relación al esfuerzo realizado y sentir más profundamente el espacio recorrido. La conversación es más amena pero distrae de sí mismo y del paisaje. Siempre he definido la sierra del Garraf como territorio metafísico, pero mañana quiero retirarle esta etiqueta. La sierra no es metafísica, no me lleva a un sentido trascendente, más allá de aquí. No. La sierra es real, física, concreta, corpórea. Y caminar por ella me produce una sensación de realidad, de inmersión en la tierra, en las rocas, en el camino, en las nubes, en el mar en la lejanía… 

 

El haiku y el caminar como métodos de conocimiento para expresar una vida sencilla pero plena. Plena para un caminante avezado que pone un pie detrás de otro sin otro intento de explicación que el real, el de este instante y aquí. Más allá de la metafísica y la mística occidental, que me atraen igualmente, está la llamada del misterio de lo real. No hay nada más enigmático que lo que tenemos delante de nuestros ojos o de nuestros sentidos. Yo estoy aquí. Y esa es la constatación más clarificadora de nuestra existencia. Mañana caminaré en solitario y miraré los palmitos, el cielo, las nubes, y el mar en la lejanía. Me henchiré de gozo de estar allí, cansado y pleno. Apoyaré mis pies en la tierra, en el terreno agreste y escarpado, e iré equilibrando mi cuerpo paso a paso en el día de la fiesta de Aragón, lejos de la plaza del Pilar. Lejos la política, lejos la guerra de Ucrania, lejos la injusticia del mundo, su oscuridad y sus tinieblas… Uno vive lo que le toca, no hay que hacer nada especial sino andar, seguir caminando, respirando, siendo. 

viernes, 7 de octubre de 2022

Elogio de la superficie


Reconozco que cuando escribo o cuando hablo soy una persona que subraya el sentido, el significado, la densidad de mi discurso como si quisiera expresar algo profundo y casi trascendente. Un amigo con el que hago caminatas, se ve víctima de mi supuesta profundidad que le abruma cuando a él le gusta ser más bien intrascendente. 

 

Leo estos días un libro admirable de Roland Barthes, titulado El imperio de los signos que es un largo comentario a base de fragmentos sobre la cultura japonesa que él vivió e intentó comprender, si es que “comprender” es la palabra más adecuada para ello. 

 

En la cultura japonesa importa más la forma que el fondo. El saludo ritual es obligado, cuando en occidente lo consideramos formal y eludible. Nos gusta, especialmente, en España la mala educación. Pocas son las fórmulas que subrayan nuestro código formal educado. Cuando llego a un sitio doy los buenos días pero veo que es algo que resulta rebuscado y evitable cuando puedo ir directamente a lo que quiero. Las fórmulas educadas, fruto de la cortesía, son orilladas y consideradas innecesarias. En la cultura japonesa la cortesía ocupa un lugar fundamental en las relaciones humanas, se emplea un tiempo que nosotros pensamos que es inútil en manifestar el respeto por la otra persona. 

 

Queremos ir a lo esencial, al sentido, y no nos estamos por las ramas. Cuando hacemos un regalo deseamos que sea importante para la persona que lo recibe, que tenga sentido. En la cultura japonesa esto no es deseable. Un regalo producto de su cosmovisión es envolver una caja de forma primorosa y dentro de ella, hay otra caja cuyo envoltorio es fruto de un arte cuidadoso y preciso, y en su interior hay otra caja y dentro otra caja envueltas, hasta llegar al final donde, si se abre, hay una fruslería de ningún valor. Esto es incomprensible para nosotros que anhelamos el valor sentimental o material de lo que regalamos. Importa más el fondo que la forma a diferencia de la cultura japonesa que es al revés. 

 

El fondo en la cultura japonesa es el vacío. No hay sentido, no hay regalo, no hay interpretación conceptual que justifique algo. 

 

Un poema clásico japonés es el haiku, es una combinación breve de cinco, siete y cinco sílabas que no quiere decir nada más allá de lo que dice, es una observación que podría pasar por banal y carente de núcleo mientras que nuestra poesía es densa y profunda, conceptual. Intentamos aplicar al haiku interpretaciones rebuscadas y artificiosas, pero no las tiene, y esa es su razón de ser. No expresa siquiera la transitoriedad de la vida o su carácter efímero. No es simbólico pero sí misterioso.

 

Las ciudades japonesas carecen de centro, el centro es una zona vacía, a diferencia de las ciudades occidentales en que el centro es la parte más importante de la ciudad y, de hecho, siempre cuando llegamos a una ciudad, preguntamos por el centro. 

 

Me doy cuenta de la paciencia que tiene mi amigo de caminatas en hablar con un hombre que pretende dotar a todo de núcleo, de sentido, de significación, cuando podría hablarse de lo frívolo, de lo banal, de lo superficial sin que la vida sufriera lo más mínimo. 

 

Me he propuesto escribir algún haiku alejado de la idea de sentido o de significación, todo en nuestra cultura apela al sentido, a la emoción, al yo, y en el fondo somos personas bastante faltas de ligereza. 

 

Si pudiéramos prescindir de esa obsesión por el sentido tan esencial en nuestra historia, en nuestra literatura, en nuestro modo de vivir, tal vez se abrirían nuevos campos de observación. 

 

Este escrito mismo es propio de una persona que anhela el sentido y no acepta lo frívolo o superficial. Pero ¿si acaso, la verdad estuviera en ello? Pero ¿acaso hay verdad o profundidad?

 

Un hombre escribe

Mientras la lluvia cae. 

Es el otoño. 

lunes, 3 de octubre de 2022

La sociedad transparente


Estoy leyendo La sociedad de la transparencia de Byung-Chul Han, autor del que he leído otros títulos de carácter filosófico y que siempre me hacen pensar. 

 

En estas líneas que siguen, intento interpretar y aplicar las ideas del libro a la sociedad en que vivimos, pero a mi manera, lo que puede distanciarme, tal vez, del desarrollo argumentativo del filósofo coreano, afincado en Alemania y cuya tesis doctoral fue sobre el pensamiento de Heidegger. 

 

La transparencia, se ha hablado mucho de ella. Se apuesta por una política transparente, por una economía transparente, por una sociedad transparente, es decir, que no sea opaca a la luz. Y este concepto es tenido por algo deseable por la mayoría de la gente. 

 

Paralelamente, en nuestra sociedad que aspira a ser transparente, se exhibe la intimidad personal, que se difunde por las redes sociales y medios de comunicación. Estos días circulan profusamente algunos asuntos personales de una relación de pareja en que ella se ha visto engañada. Parece que es una pasión nacional la que se ha extendido a favor de la novia burlada. Todo se enseña, la tendencia es a desnudarse en público como muestra de que no hay nada que esconder, y todo tiene que ser objeto de evaluación popular… Abunda la literatura testimonial del yo, la autoficción como expresión contraria al ocultamiento íntimo que se ha vivido en tiempos anteriores. 

 

Byung-Chul Han utiliza el término de pornográfica para calificar esta tendencia a exhibir todo sin lugares para el ocultamiento, los velos, la ambigüedad, el doble sentido, el misterio y a esto lo llama “positividad”. “La negatividad” es un concepto paradójicamente positivo, estimulante y válido a diferencia de la “positividad” que es un concepto opuesto y negativo. Nuestra sociedad apuesta por la “positividad” en un afán de transparencia y autenticidad desvelando cualquier atisbo de misterio o enigma, de oscuridad (es a lo que llama “negatividad”). Se rechazan y abandonan los mitos, lo rituales, la teatralidad como expresión de la objetividad para defender la autenticidad sin tapaderas, sin fingimientos. Queremos hombres y mujeres auténticos, que se muestren puros y tal como son sin disimulos u oscuridades. 

 

Sexualmente se quiere la claridad, no la seducción, el juego, el artificio amoroso. Se pide prácticamente un contrato jurídico para establecer una relación amorosa que explicite el consentimiento legal para pasar al juego del coito. Se excluye la ambigüedad, el doble juego (el no pero sí). Parecería que debiera haber un notario para legalizar una salida nocturna con apéndice. Me pregunto dónde quedaría el ritual amoroso sofisticado y complejo del amor cortés de la edad media. 

 

Se defiende la positividad, mostrar siempre y en todo momento las cartas bocarriba y se condena la negatividad que es dar lugar al juego, al rito, a la conquista, a los motivos ocultos, a la complejidad humana, en definitiva. 

 

Las redes sociales son un observatorio general para atisbar en profundidad en todo. Son un ojo infinito que escruta la más mínima materia oscura para hacerla transparente. Todo se debate, todo se muestra, se ilumina, se juzga, se evalúa y se condena o cancela si rompe nuevos códigos de limpieza ideológica. Millones de personas desde sus móviles observan y ponderan la realidad que deja de tener huecos sin iluminación. 

 

Por otra parte, la llamada positividad está presente en nuestra manera de considerar el mundo, las cosas y todas nuestras acciones y pensamientos que han de ser positivos, es decir, de acuerdo con un molde que excluye lo oscuro, lo doloroso, lo ambiguo, lo crítico, lo real diríamos nosotros. Las acciones políticas, las declaraciones públicas han de ser siempre positivas, e incluso se exige que nuestros pensamientos más íntimos deben responder a un esquema positivo. Fuera queda buena parte de la literatura y el arte universal que fueron en buena parte exposición de la negatividad. 


Los metadatos controlan nuestra vida, nuestro modo de entender las cosas, nuestros pensamientos, nuestras ideas, nuestro entretenimiento. Somos transparentes para el sistema. Es el reino de la positividad. 

 

Me costó entender el juego del filósofo coreano-alemán para entender que la negatividad es buena y la positividad problemática para él. 

 

Vivimos en el imperio de la positividad cuando mucho que subyace en nuestro interior es expresión de la negatividad, es decir, de lo complejo, de lo oscuro, somos seres de luz, pero también de sombra. Ahora se quiere que millones de focos estén siempre iluminando todo lo que pasa incluso en nuestro interior. Todo ha de ser transparente. No debe haber nada oculto. Todo se debe mostrar. 

 

¡Viva la negatividad!

 

viernes, 30 de septiembre de 2022

Acción-reacción

Hubo un tiempo en que a los niños se los educaba para ser buenos, obedientes, sumisos, responsables, educados… y eso dio lugar, a veces, a adultos obedientes, sumisos, responsables y educados que son manipulados y sienten un agudo sentimiento de culpa y miedo si no responden a los valores en que fueron condicionados cuando eran niños. Eso repercute en sus relaciones de pareja e incluso en la que tienen con sus hijos cuando son orillados y desdeñados precisamente por sus buenos sentimientos de sumisión. No todos los niños asumieron esta serie de valores y hubo algunos que se rebelaron. No hay peor cosa que ser un “buen niño” que reprime todo su magma interno para satisfacer a los demás. Tal vez sea un síndrome pasado, pero muchos adultos viven de acuerdo con una infancia en que se los enseñó a sentirse aplastados por los demás o por la fuerza de las cosas. 

 

Jordan B. Peterson, un psicólogo clínico canadiense, ha tenido diversos pacientes que vivían atemorizados por la realización de cierto tipo de libertad que les estaba vedada por su formación represiva. Él les enseñaba el poder de la maldad, que pudieran sentirse por primera vez capaces de hacer el mal, ese mal que tanto habían reprimido. Cuando por primera vez los “buenos niños” se encontraban con la posibilidad de sentir y actuar como “malos niños”, algo extraordinario se abría en ellos que los llevaba a ampliar su campo mental y sentir un placer inmenso de poder. 

 

La represión de los instintos, tan complejos y diversos, trae malas consecuencias. Uno necesita alguna vez sentirse un malvado, un desalmado, un maleducado, un perversor no sometido a la moral establecida. 


Nuestra época actual es aparentemente mucho más libre que aquella en que se formaron aquellos niños buenos, pero no es menos represiva en muchos sentidos. En mi experiencia de vida no he vivido un tiempo más puritano, más moralista, más reprimido que el actual en que todos moderamos y escondemos nuestra naturaleza rebelde para convertirnos en sumisos dependientes de los valores políticos correctos que nos son impuestos por los medios, por la ideología de época, por mil y un conductos oficiales que quieren de nuevo individuos sumisos, aunque debajo surja un submundo de malos sentimientos en las redes sociales que destilan odio, revancha y resentimiento. Malestar profundo que revela el estado latente del otro lado de nuestra personalidad obediente. Y lo terrible es que la izquierda es la potencia más represora de la libertad cuya fuerza motriz es el rencor. Uno que se ha sentido de izquierda la mayor parte de la vida, hoy se avergüenza de la deriva de sus convicciones a una ideología que amputa el sentimiento libre y pretende “reeducarnos” de acuerdo con valores políticamente correctos. Pero, como es natural, no hay acción sin reacción, esto es lo que no se dan cuenta. Podemos enterrar lo que odiamos pero, sin duda, resurgirá todavía con más fuerza. 

martes, 27 de septiembre de 2022

Gatos y libertad

Me siento frente a la ventana. Abro un libro: Memorias de un niño de derechas. Francisco Umbral. Me hago un café bien cargado. Los gatos corretean por el salón y salen dando saltos a la terraza. Uno es blanco, otro es negro y el último color dulce de leche. Pasa la mañana indolentemente. Hay un principio taoísta que es el Wu Wei, no hacer nada, renunciar a la acción, desasirse de la actividad. No buscar objetivos, no tener propósitos. Abro el libro que recrea, en una prosa espléndida, la España de los años treinta y cuarenta, la época del hambre y el frío, del estraperlo, la España de Cara al sol. Bebo lentamente el café. 

 

No hacer nada. Los gatos son especialistas filosóficos en el Wu Wei, la vida es para ellos un parque de atracciones y no tienen ningún propósito. Duermen mucho, juegan, comen, beben, se acurrucan junto a nosotros y nos hacen compañía, corretean, luchan entre ellos, hacen travesuras. Me pregunto si el ser humano con su capacidad para pensar y articular el lenguaje, con su autoconciencia, sus pulsiones hacia el bien y el mal es un ser más simple o complejo que los gatos. Mi hija dice que en la próxima vida quiere ser gato. Los observo cuando me distraigo de la lectura del libro que me gusta mucho. Umbral era un provocador adorable que perdía el oremus por las ninfas de diecisiete años con pantalones rojos ajustados. Cuando veía a una, la seguía por la calle hasta donde fuera. Y lo escribía, por ejemplo en Mortal y rosa. En este tiempo lo hubieran crucificado por pederasta. Un gatito viene y me mira. Le acaricio el lomo, y él se pone para que le rasque la barriga. Tienen una capacidad para el placer maravillosa, sin angustia, sin remordimiento, sin deseo de nada que no sea real. No anhelan nada salvo comer, dormir, cagar, que los acompañen, no necesitan el dinero ni una limusina para celebrar su cumpleaños. John Gray en su ensayo Filosofía felina. Los gatos y el sentido de la vida dice: “Los gatos pueden querer a los seres humanos, pero eso no significa que los necesiten o que sientan obligación alguna hacia ellos”. Doy fe.

 

Guerra en Ucrania. Miles de rusos huyen despavoridos por las pocas fronteras abiertas para escapar del reclutamiento forzoso de los reservistas. Es una guerra imperialista que no tiene sentido para ellos, pero sí para los ucranianos cuyo país ha sido invadido. Es muy diferente defenderse de una invasión que ser tú el invasor. Elecciones en Italia. Temores en una Europa que se mantiene con alfileres, pero nada de esto preocupa a mis gatitos que viven alegremente al margen de la geopolítica internacional. 

 

Bajo a la calle y me voy con el libro a tomar una cerveza. En el bar es donde mejor leo a pesar del barullo de los parroquianos que pegan la hebra. Manel, el camarero, en cuanto entro me escancia una cerveza tostada, una 1906. Me estoy tres cuartos de hora leyendo intensamente sentado a la barra. Hoy hace la comida mi hija. Normalmente soy yo quien la hace. 

 

Me pregunto, comiendo una tapa de ensaladilla que me han dado, si existe el libre albedrío, si esta mañana de Wu Wei es fruto de mi elección o lo es, como pensaba Spinoza, consecuencia no de mi libre elección sino de causas complejas que operan en mi organismo. El libre albedrío “consiste en la sensación de no saber qué vamos a hacer”. Me serena profundamente pensar que no existe el libre albedrío ese con el que la iglesia y el humanismo - y el existencialismo- nos carga con la elección de nuestras acciones, las elecciones y sus consecuencias. Yo no elijo, es mi naturaleza -misteriosa e incompresible para mí- quien elige por mí. Esto pensaba Spinoza y el taoísmo. La idea de libertad individual es un mito. También la neurociencia lo confirma. Solo existe el instinto de supervivencia. Y la concentración en el instante presente, ese que viven mis gatos de un modo tan absoluto. 

 

La vida es fruto del azar que no podemos controlar. Creemos elegir y no es así. Son las cosas las que nos eligen a nosotros. De ahí esa necesaria actitud atenta y concentrada ante el presente, único hogar posible, porque todo lo demás es fantasía. 

 

Vuelvo a casa. Pancho cuando abro la puerta, sale por un resquicio a la escalera, le sigue Sirius y no puedo evitar que Niebla salga también. Me miran con rostro enigmático, no me necesitan, si yo desapareciera no me echarían en falta. Ellos sí que no hacen nada salvo ser, estar presentes y ser ellos mismos, mientras que nosotros estamos fragmentados como fantasmas y deambulamos por la vida con la carga de la libertad y la necesidad de justificarla mediante nuestras acciones que deben ser productivas para llenar un vacío que entendemos erróneamente como aciago, cuando es luminoso. 

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