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lunes, 2 de noviembre de 2015

Deconstrucción del dictado


 ¿Hay algo más aburrido que un dictado? ¿Más antipático y anodino? Y, sin embargo, los profesores de lengua lo utilizamos con alguna frecuencia. No sabemos de su utilidad real y si debe prepararse de antemano. Ni siquiera tenemos clara la penalización por faltas según su gravedad pues depende de la virtualidad de nuestros alumnos. Yo tengo muchos alumnos marroquíes cuya dificultad con el lenguaje es evidentemente mayor. ¿Sirve para algo un dictado al uso? Sin duda, selecciona a alumnos con una ortografía mejor, mediana o deficiente. Luego se acostumbra a hacer copiar las palabras erróneas con corrección diez veces tal vez. Pero es un ejercicio tan gris que desconocemos si centra la atención imprescindible para retener la correcta prosodia y ortografía. Desconocemos si es realmente útil o es una herramienta tradicional cuyo uso parece avalado por la práctica inveterada aunque sin verificación empírica.

Hoy he hecho un experimento con el dictado con mis alumnos de tercero de ESO. Les había dicho que hoy trajeran auriculares a la clase. Tenía el grupo clase dividido en dos partes en horas sucesivas. Tienen portátil lo que es un gozo inenarrable.

Hay una plataforma que acabo de descubrir que ofrece interesantes recursos. Se llama Educaplay. Una de sus funciones es el dictado. Los chavales no tienen que registrarse. El profesor genera unos tickets con una clave que se les da. Entran en Educaplay con esa clave y el profesor –pillín él- ha grabado un texto compuesto por él de unas 100 palabras con dificultades habituales de los alumnos. El texto se compone de nueve unidades sonoras correspondientes a las oraciones que hay en el texto. El texto se puntúa sobre cien puntos y cualquier tipo de error, incluidos los espaciados erróneos, se penaliza con cuatro puntos. Tienen –les he dado- once minutos para escribir el texto, más que suficiente. He grabado el texto con toda  mi gracia y salero. Ellos tiene que darle al play para escuchar la primera unidad sonora y que deben copiar. Pueden oírla todas las veces que quieran. Cuando acaban, le dan a “siguiente” y escuchan la segunda y así sucesivamente hasta que completan el texto. Y es entonces cuando le dan a comprobar que emite una puntuación. Pueden hacerlo todas las veces que quieran. En la pizarra digital iban apareciendo sus puntuaciones. La reacción espontánea era no conformarse con la puntuación y hacerlo otra vez. Pueden ver sus errores pues aparece la corrección y la forma correcta del dictado. Así que lo hacían de nuevo. Se han enterado que después de punto y de coma se pone un espacio. Es algo que no suelen hacer. Han sudado tinta china para mejorar sus puntuaciones. El clima de la clase era de intensísima concentración durante más de cuarenta minutos. La exposición pública de sus nombres con la puntuación era motivadora para ellos. Recuérdese que este dictado contenía errores clásicos suyos.

Mi reflexión sobre la actividad es muy positiva. Lógicamente pueden hacerlo en casa. No hay ningún problema. Hemos trabajado varios niveles:

* La ortografía y la prosodia con un nivel de atención insólito.
* El espaciado correcto en los textos.
* La delimitación de un texto en oraciones. Cada unidad sonora era una oración, algo que me servirá para hacer comprensible el próximo tema de sintaxis que versa sobre el concepto de oración.
* Y, por último, y no menos importante, el contenido del texto era un resumen sobre el último tema de literatura estudiado, El Lazarillo de Tormes. En él sintetizaba lo esencial de la unidad de literatura que vieron en vídeo. Lo han escuchado tres y cuatro veces cada uno. Ello supone un refuerzo importante sobre el contenido del tema anterior.

Esta actividad me ha recordado la deconstrucción culinaria de Ferrán Adrià. Convertir un plato tradicional en nuevo y sorprendente. No es que yo sea entusiasta del cocinero estrella catalán, pero sí que su concepto deconstructivo me es valioso porque expresa la posibilidad de utilizar un recurso tradicional que ha perdido buena parte de su eficacia en un potente combinado de estímulos que exigen una atención plena. Y es que el desafío para un profesor en el aula es conseguir y centrar la atención dispersa de los alumnos en temas que no les suelen interesar de entrada. Si se logra la atención es más fácil activar el mecanismo de recuerdo a corto y medio plazo. La repetición sistemática de contenidos en forma de espiral recurrente puede dar lugar a la memoria a largo plazo. En ningún caso planteo que mis alumnos estudien algo para un examen. Sé que no lo van a hacer, al menos mis alumnos, pero puedo conseguir que el tiempo en el aula sea productivo, intenso y de profunda concentración. Ello unido al proyecto de clase invertida mediante la cual los temas son expuestos en casa por el profesor mediante vídeos grabados por él y luego pasar dos test sucesivos sobre ellos. A continuación han de realizar en parejas un mapa mental –muy complejo- sobre el contenido expuesto.  Cada unidad enlaza con la anterior y las  anteriores a ella, reiterando conceptos. Todo se hace en un periodo corto y no dilatado para reforzar la conexión de conceptos. Es como el boxeador que golpea reiteradamente el hígado del contrario. Así concibo mi tarea como profesor: como un estratega de la atención y de la memoria a corto, medio y largo plazo.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Frikis del lenguaje


Utilizo con frecuencia una aplicación llamada Kubbu que es formidable para el ámbito lingüístico. Se pueden hacer todo tipo de ejercicios lingüísticos relacionando pares de palabras (sinonimia, antonimia, frases hechas, refranes, relacionar una palabra con su significado ... ) y se pueden crear crucigramas con las palabras utilizadas. Es el profesor el que construye los ejercicios creando asociaciones, algo que no lleva mucho tiempo. Es un tipo de ejercicios que encantan a los chicos y les retan. El nivel de exigencia es modulable, por supuesto, pero he observado desde que lo utilizo –es una aplicación gratuita parcialmente, pero hay un pago de unos treinta y cinco euros anualmente  para extenderlo a doscientos alumnos y cien ejercicios- , he observado –digo- que hay un perfil de chaval aparentemente desmotivado por la lengua al que le fascinan los juegos de asociaciones lingüísticas. Lo he detectado en todos los niveles a que doy clase. Y cuanto más difícil es el reto, más le motiva. Es una aplicación que es muy motivadora, aunque austera en diseño,  y que permite un seguimiento de los alumnos exhaustivo. Sabemos su nivel de aciertos, el tiempo que ha tardado en resolverlo, las veces que lo ha hecho, sus errores principales... Los ejercicios se pueden imprimir en papel y se pueden hacer diversos ejercicios con las mismas asociaciones de palabras.

Es un mecanismo para desatar la pasión por la lengua, por el aprendizaje de nuevos términos o expresiones o para resolver crucigramas, y se puede jugar con el tiempo para meter más presión. Es un sistema diabólico para promover el interés intenso por la lengua. Ya digo que chavales aparentemente desmotivados por la misma se entusiasman y concentran en la búsqueda de palabras usuales, raras o insólitas.

Como profesor de lengua me doy cuenta de que hay herramientas extraordinarias que hacen avanzar prodigiosamente a los alumnos, pero es imprescindible que tengan un portátil en el aula. Los libros de texto son auténtica roña ante el poder generador de lenguaje que existe en internet. No entiendo que pueda existir una polémica sobre si tener o no portátiles en el aula. Un portátil es un instrumento prodigioso si se le sabe dar uso. El problema es que los portátiles están siendo utilizados nefastamente como libros de texto digitales sustituyendo a los libros de papel a los que anhelan volver algunos profesores porque no entienden qué es internet, sus posibilidades ni qué es un portátil. Esta es la polémica que existe actualmente en mi centro. Posiblemente recordarán que hace unos seis o siete años hubo un programa de implementación de la tecnología que en Cataluña con el gobierno tripartito (¡qué tiempos aquellos! –y sin crisis económica-) supuso que la administración ponía la mitad del importe de un portátil para la adquisición por el alumnado. Aquel programa se llamó 1x1. Ya pasó a la historia. Mi centro ha quedado aislado porque en él todavía se utilizan los portátiles cuando la mayoría de centros han vuelto al libro de papel canónico, esas roñas mal diseñadas, mal resueltas y llenas de errores, pero que facilitan al profesor el hecho de dar clase cuando no quiere estrujarse demasiado la cabeza. Y así se llega a clase se lee el libro de texto por parte de los alumnos siguiendo indicaciones del profesor, se subrayan algunos conceptos, el profesor explica algo en la pizarra y luego se hacen ejercicios que vienen en el libro de texto. Un panorama realmente espeluznante, según mi punto de vista porque, como he dicho, los libros de textos están hechos con apresuramiento y están repletos de errores y tienen en común la falta de imaginación, en mi caso, en el ámbito de la lengua.

Hay tantas cosas que se pueden hacer en clase de lengua, tantas que me doy cuenta de que no me llegan los días para desarrollarlas, y ninguna pasa porque yo me ponga con un libro de texto a leerlo y luego examinarlos de los elementos que intervienen en la comunicación año tras año. La lengua es el mecanismo de comunicación. Bien utilizada como instrumento de enseñanza fascina a los alumnos. Y crea verdaderos frikis del lenguaje. Alumnos de bajo nivel –aparente-, con una letra horrorosa, son verdaderos cracks del lenguaje si se aplican otros baremos de análisis y consideración de su competencia lingüística. Esta es la conclusión que saco de aplicar métodos de asociación de A y B en sus múltiples posibilidades. Me gusta descubrir fanáticos del lenguaje, y hay muchos. Aunque parezca lo contrario. Solo hay que utilizar Kubbu en las clases. El otro día se lo mostré a una profesora del área lingüística –que ansía volver al libro de texto- y me comentó ante la maravilla que le estaba enseñando que qué trabajazo ser el profesor el que tiene que relacionar A y B. Con lo cómodos - añado yo-  que son los ejercicios que vienen en los libros con el correspondiente libro de respuestas para el profesor. Hoy estoy ácido. Lo reconozco. Me di cuenta en seguida que no lo iba a utilizar. ¡Vaya trabajazo echarle imaginación a la lengua!

Es una pena que los centros de enseñanza se hayan retraído en la utilización de tecnología en el aula. Es una catástrofe, pienso yo. La única explicación es que, como decía, no se comprende qué es internet, qué hay en internet, ni qué es un ordenador, que como la misma palabra indica sirve para ordenar el pensamiento. Y lanzarse hacia el infinito.


Kubbu.

viernes, 23 de octubre de 2015

Se aprende con alegría


El desarrollo ideal de una clase de tercero de ESO en un centro de máxima complejidad social y con un alto nivel de inmigración es el siguiente: el profesor entra en el aula y los alumnos van poco a poco sentándose tras unos momentos de dispersión por el cambio de materia. El profesor se sienta a su mesa con aire cansado y espera que sus alumnos vayan sacando los materiales. Hace treinta años que explica lo mismo y sabe que lo hace bien. Los alumnos le tienen temor y se van callando. La clase se desarrolla en silencio y el profesor explica la mayor parte del tiempo. Luego les deja veinte minutos para hacer ejercicios. La clase ha acabado sin demasiado desgaste personal. El profesor les hará un par de exámenes en la evaluación y les pondrá nota. No invierte tiempo personal en sus alumnos ni en investigación. Sabe dar clases y la combinación de respeto y dominio del aula hacen lo suficiente para que nada le cueste especialmente demasiado. Tiene muy claro que la administración no recibirá nada de él que vaya más allá de lo estrictamente necesario. No le importa si sus alumnos piensan o no. El caso es que contesten al examen y hagan los deberes. No quiere corregir mucho ni preparar clases ¿para qué si ya se lo sabe todo desde hace treinta años y lo hace bien? Sus alumnos harán un buen dossier que él no se mirará. Espera jubilarse lo antes posible y si todo sigue igual, le faltan ya pocos años.

Pues mis clases no son así.

El profesor entra en el aula y poco a poco se va organizando un barullo bastante considerable. El profesor recibe en poco tiempo un montón de mensajes de sus alumnos que quieren comentar algunos aspectos sobre la materia. Llega con dificultad a su mesa y procede a conectar el ordenador al cañón digital de la clase. Cuando lo logra escribe en la pizarra las tareas y actividades para hoy y los próximos días. Es una Flipped Classroom. Los alumnos en su inmensa mayoría ven los vídeos en casa y contestan al cuestionario incorporado. Realizan un resumen del vídeo que entregan al profesor. Uno de ellos los recoge. Los alumnos saben qué va a venir a continuación. El profesor no habla mucho. Se desarrolla un Kahoot. Cada alumno con su terminal va contestando en medio de una expectación máxima las preguntas sobre el Renacimiento y el Humanismo. Pueden utilizar los móviles. Compiten entre ellos y la clasificación va variando. Tienen que ser rápidos y conocer el tema. Gana uno de ellos y eso les produce satisfacción personal y alegría.  

El resto de la clase es para elaborar mapas mentales por parejas con Mindomo. Hacen mapas conceptuales sobre cada tema, mapas muy complejos que amplían cada unidad didáctica. Algunos trabajan sobre las diferencias y semejanzas entre el mester de juglaría y clerecía y otros sobre el Petrarquismo. El sistema permite que los alumnos que avanzan más rápido puedan hacerlo y hay verdaderos especialistas en realización de mapas mentales. Hacer un mapa mental supone comprender en profundidad el tema.

El profesor no para durante la hora resolviendo dudas técnicas y metodológicas. Los alumnos no están en sepulcral silencio. Algunas muchachas se sientan sobre la mesa. Hay animación en la clase. Están pensando y resolviendo problemas. Hay risas y distensión, pero la mayoría están absorbidos por la tarea que están haciendo. Cada semana se desarrollan dos unidades y el avance es mucho mayor que mediante cualquier otro sistema. Además se desarrolla una especie de complicidad muy destacable entre el profesor y los alumnos. Les gusta trabajar así. No les gusta estar pasivos. Quieren participar y pensar. Estar activos toda la hora.

Los alumnos piden más y más. No quieren quedarse retrasados. Se implican personalmente en lo que están haciendo. El profesor tendrá más de cien notas de cada uno a lo largo de la evaluación. Semanalmente publica un Flippity (una hoja de cálculo de Excel) con los puntos acumulados de cada uno. Raramente se desentienden de la tarea. Se ven involucrados y quieren sacar buenas notas.

El profesor dedica buena parte de su tiempo de ocio a preparar clases, a grabar vídeos, a elaborar cuestionarios, a corregir, a investigar nuevos proyectos. No da nada por cerrado. La enseñanza es algo que es muy exigente y quiere que sus alumnos tengan un buen nivel y que no sean máquinas de repetir y de memorizar. Aprenden sin darse cuenta. No hay exámenes pero hay pruebas todos los días. No hay el sacrosanto dossier  que piden todos los profesores ni hay ninguna copia en su materia. Piensa que utilizar el tiempo para copiar es indignante. Pero es lo que hacen muchos de sus colegas. Entiende que sus alumnos deben estar en el aula pensando y resolviendo problemas. Tiene una opinión positiva de ellos pues se da cuenta de que les gusta pensar y que tiran mucho más de lo que se espera de ellos. Y además le gusta que haya alegría en clase, que la clase no sea una misa con un único oficiante.

Sabe que sus alumnos con esta estrategia aprenderán veinte veces más. Y de eso se trata. Ha dedicado mucho tiempo a investigar y sabe que no sabe nada. Pero esto lo gusta. Piensa en retrasar su jubilación para continuar más con estos chavales a los que no quiere abandonar.

No tiene gesto cansado sino desafiante. A él igual que a sus alumnos le gustan los retos. Y este es espectacular. No quiere que nadie se quede atrás. Las notas presumiblemente serán muy buenas. No le dolerán prendas. Alegría. Se aprende con alegría.



martes, 20 de octubre de 2015

Mover objetos con el pensamiento ya es posible


Ayer hice algo que me produjo una íntima satisfacción y una honda emoción. Hice un encargo a través de internet a Estados Unidos de un artefacto que tendrá una fuerte influencia en mi vida. Lo presiento. Desde que hace un par de años vi un vídeo de una mujer tetrapléjica moviendo un brazo mecánico con el pensamiento, no había dejado de pensar en ello. Cuando ella logra articular el brazo para que le dé de beber siente una felicidad difícil de imaginar. Mover algo con el pensamiento. ¿No estremece la idea? 

Es como una barrera que consideramos infranqueable y la consideramos solo propia de la SF o de los fenómenos paranormales. Pero no es así. Ya  hay tecnología comercializada que permite experimentar esta realidad. Es lo que ayer compré: un EPOC+  EEG (Electroencefalograma) de la empresa EMOTIV. Es una especie de diadema que se desliza por la cabeza con sensores a modos de terminales que son un Electroencefalograma que se conecta por bluetooth con el ordenador que uno tiene delante donde aparece una imagen tridimensional de nuestro cerebro con las zonas que uno activa en las distintas emociones o actividades en que uno se implica. El dispositivo reconoce las emociones que uno siente y las proyecta sobre la pantalla del ordenador. La tristeza, la risa, el llanto, la rabia y la ira, la frustración, la afinidad ... Además hay aplicaciones en que uno puede interactuar con las imágenes en 3D y moverlas y desplazarlas por la pantalla mediante los impulsos eléctricos del pensamiento. Nuestros pensamientos mueven objetos virtuales o un personaje se mueve por un espacio de videojuego impulsado y dirigido por nuestra fuerza mental. Todavía no sé muy bien el alcance de este dispositivo. Por supuesto esto se podría aplicar a objetos físicos reales y mover con el pensamiento coches eléctricos u objetos con receptor a través del bluetooth. El alcance de esta tecnología es difícil de evaluar porque supone una revolución copernicana en nuestra concepción de la relación con la realidad. Y ofrece unas posibilidades inmensas para personas discapacitadas. Y no solo para personas con problemas de movilidad. Pronto podremos escribir con teclado solo pensándolo y cambiar canales de televisión o manejar un ordenador o teléfono móvil. Es una puerta al futuro que se está abriendo tímidamente pero que pronto, en pocos años, será comercializada y se popularizará. La idea es alucinante. Pienso que cuando logre desplazar alguna figura con mi mente sentiré una emoción tan fuerte o tan profunda como cuando navegué por primera vez por internet. Algo que parece imposible se está haciendo real.


Llueve.

sábado, 17 de octubre de 2015

El viaje exige riesgo


Ser profesor tiene algo que ver con la aventura. Me gusta la imagen del profesor como un aventurero, como un marino, un capitán, y el aula como nave imaginaria. Los alumnos son los tripulantes ansiosos de aventura y novedad. El curso, el océano abierto, el mar lleno de tritones, animales fantásticos marinos, torbellinos, Escila y Caribdis a un lado y a otro, islas de flores narcóticas, ninfas, gigantes de un solo ojo, triquiñuelas, artimañas, estrategias ... Todo vale. Pero un viaje puede ser todo menos aburrido. El capitán debe convertir el conocimiento en apasionante para entusiasmar a sus tripulantes que son, pese a todo, el alma de la aventura. Y, como sabemos, lo que importa es el viaje. No Itaca. El viaje debe ser fecundo y lleno de emoción. El capitán que no renueve sus cartas marinas, que siga pensando que el conocimiento con sangre entra, que un aula es un espacio donde debe reinar el silencio absoluto de la devoción ante sus palabras, ese capitán sin duda deberá o debería buscar otro barco con tripulantes de la tercera edad. Que tampoco lo seguirían porque preferirían tal vez otros juegos.

Un aula está llena de adolescentes y estos son una tribu peculiar. Son agotadores por su intensidad y su pasión, sus conflictos, sus procesos complejos tan diferentes de los hipócritas de los adultos. La adolescencia tiene todavía algo de puro. Como creía Salinger. Y el profesor ha de dirigirse a esos muchachos con algo de también pureza. Ha de entender el juego planteado en el aula. Un juego invisible y delicado, sutil. Vale casi cualquier cosa, pero queriéndolos. Un profesor debe estar enamorado de la adolescencia, ver en esos rostros el ansia de saber. Si piensa que sus alumnos no tienen curiosidad, está equivocado. La adolescencia es la etapa con más curiosidad de la vida tras la niñez. Pero este juego tiene unas reglas. El profesor puede y debe experimentar. No puede entrar en el aula acongojado, triste, escéptico. Conozco esa sensación ominosa y en tal caso, el profesor debe abstenerse de entrar en el aula. El aula es para disfrutarla, para sentirse feliz dentro de ella. Solo así se podrá concitar el milagro del aprendizaje. Los alumnos se dan cuenta cuando el profesor está disfrutando y cuando no. Cuando este siente miedo, cuando está aburrido. Cuando está pensando en jubilarse para alejarse de ese maremágnum caótico que es un aula poblada con treinta adolescentes. El aula es dinamita, vena de oro salvaje, en que todo es posible. Y el profesor ha de convertir ese explosivo emocional en juego apasionado. Es un baile de máscaras y el profesor es un prestidigitador de sombras que ha de emocionar.  Y para emocionar debe sentir primero la emoción dentro de sí. El conocimiento tal como yo lo entiendo no es aburrido. Solo he aprendido en mi vida divirtiéndome. Lo árido y pesado tal vez sea apropiado para los juristas que aprenden leyes y leyes en cadena para sus oposiciones a juez. El conocimiento ha de tener picante dentro, picante que estimule, que despierte el apetito para que sus alumnos pidan más y más. Y que aprendan sin darse cuenta. El conocimiento en espiral. Metódico y mágico. El profesor inicia un juego y lo mantiene hasta el final. Es una apuesta. Arriesgada, firme, sólida. Absorbente. Hasta que consigue implicar a todos sus alumnos. Y estos necesitan avanzar, piden avanzar, exigen más. Y en esto no hay límites. Los adolescentes pueden asimilar conceptos complejos. No deben ser tratados como incapaces. No debe dárseles alimentos bajos en calorías. No. El aula exige también rigor, altura intelectual, debate incesante. Alegría intelectiva. Mi experiencia me dice que los adolescentes pueden asimilar cuestiones difíciles y complejas. Y de hecho les divierten más que las simplonas. Hay que creer en ellos, en su capacidad de autosuperación. Tal vez no sea el cien por cien, pero hay un amplio porcentaje que sigue el juego y goza pidiendo más. Hay que respetarlos y no tratarlos como imbéciles. Este es un peligro serio. La degradación de una enseñanza que toma a los adolescentes como pueriles. Al menos mi impresión con ellos en un centro de máxima complejidad social, con buena parte de alumnos inmigrantes, me dice que “el nivel” es posible. Nuestros alumnos se hacen indigentes a fuerza de despreciarlos y no creer en ellos. Pero para apreciar su potencial, el aula debe ser otra cosa que lo que es. Un profesor patético que explica y treinta alumnos que aguantan la explicación que no les dice nada ni les aporta nada. En supuesto silencio. El aula es ese territorio todavía encantado en que debe subsistir el hechizo. Y el profesor que lo consiga verá maravillas que parecen insospechadas.

Así la aventura continúa. La aventura prosigue en otros vértices y otros parámetros. Aprender es divertido. Y aprender lo complejo es más divertido que aprender lo simple. A nuestros alumnos les agrada pensar, pero hay que enseñarles a hacerlo de una forma eficaz. Es un mito el pasotismo de los adolescentes. Pero hay que saberlos ver. Reconocer. Disfrutar.

Y es cierto que el que no entienda estas palabras, es posible que no esté en el lugar adecuado. La enseñanza es pura especulación y experimentación. Hay quien dice que todo está inventado. Tal vez, pero no está adaptado a este tiempo. Un tiempo distinto, radicalmente nuevo. Que no tiene que ver con el que era hace veinte o treinta años. Son otras luces las que refulgen. Otras sombras las que acechan, y las menores de ellas no son las de los que creen que ya lo saben todo, que no hay nadie que les pueda enseñar. Un profesor que esté triste o que crea que ya lo sabe todo, o que juzgue sin saber, es un profesor poco afortunado.


El viaje exige riesgo.

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