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domingo, 7 de enero de 2007

El diario de Montse


Recuerdo perfectamente las tapas floreadas de aquella libreta encolada que utilizaba Montse para recoger con cierta frecuencia sus reflexiones y vivencias pero desgraciadamente no tuve acceso a ella en aquel viaje de 1981. Aquí he querido ejercer de cronista y no de novelista. Los hechos presentados han sido escasamente romanceados y no han adquirido cualidades novelescas. Este es su valor y estos son los límites que me he marcado desde su comienzo. Sin embargo, admito que nada más excitante e incitante que ponerme a imaginar el contenido de su diario y de lo que sucedió en los últimos días. ¿Qué había pasado en las jornadas anteriores al que hemos venido refiriéndonos como fatal accidente? No lo sé. Sólo sé que Maica recibió la libreta con emoción y que estuvo leyéndola durante toda una mañana soleada en el puerto de Kodiak. Se sumergió en una burbuja fuera del tiempo en una coffee-shop adonde íbamos porque daban un café bastante aceptable y unos donuts buenísimos (aunque ahora los imagino desgraciadamente cargados de colesterol). Maica estuvo toda la mañana embebida en el diario de Montse, pero en aquella ocasión no dejó traslucir nada de su contenido. Ella y Douglass habían establecido una cierta relación afectiva y él esperó conmigo a que ella acabara de leer. Aquel día no había trabajo en la cannery y teníamos tiempo en aquel puerto con fuerte olor a pescado y gasoil de las embarcaciones de pesca.

El diario estaba escrito en catalán, lengua materna de Montse. Los americanos, que hablaban español con cierta soltura, no podían entenderlo. Este diario no formó parte de la investigación de la justicia americana por lo que quedó en la sombra, pero sin ninguna duda hubiera contribuido a iluminar lo que había pasado.

Una trabajadora mejicana que había conocido a Montse en la cannery donde estaban las dos le advirtió que aquel sujeto –Dick- le transmitía malas vibraciones y le aconsejó que no se fuera con él a Afognak porque nada bueno podía sucederle. Rosario -la mujer mejicana- me lo contó durante un descanso en la cannery APS donde estuve trabajando dos años después. Según ella, lo que había pasado era sin duda un asesinato con premeditación. Todo lo que supe posteriormente de este asunto fue dos años después cuando volví de nuevo a Alaska, acompañado en esta ocasión no de una mujer sino de un amigo. Tuve ocasión de conocer a Dick –casado ya con una mujer esquimal y con un hijo- e incluso de tener en mis manos el rifle con que la había matado, pero desgraciadamente el diario de Montse quedó en manos de Maica y ella se quedó en Estados Unidos como su amiga y se perdió en la niebla. Nunca más he vuelto a saber de ella. Y de esto ha pasado ya tanto tiempo…

La única palabra que me llegó de este diario fue la que ponía en la portada escrita con letras violetas: Alaska, 1980.

viernes, 5 de enero de 2007

El hueco

Nos habíamos quedado sin víveres y el agua escaseaba. Teníamos que volver a Kodiak. Seguía lloviznando y la niebla cubría como un espeso manto fúnebre y gris todo el horizonte. No teníamos visibilidad para navegar. Esperamos hasta las once de la mañana para ver si levantaba la niebla pero no fue así. Nuestro bote con nosotros cuatro a bordo partió por entre los canales, flanqueados por grandes abetos, esqueletos de árboles muertos y playas solitarias de piedras. Cuando salimos a mar abierto, vimos que el oleaje era mínimo. Teníamos el combustible justo para retornar al puerto de Kodiak. No podíamos equivocar el rumbo. Peter y Douglass se orientaban por la costa y con la brújula. Íbamos siguiendo la geografía de Afognak y de Kodiak. Sin embargo, en un momento debíamos lanzarnos a alta mar para girar y reorientarnos. Y este era el momento peligroso.

Sin embargo la mañana se cerró y la niebla nos cubrió por completo. No veíamos nada. Todo era una masa nebulosa a pocos metros de distancia. Hubimos de detenernos. No podíamos malgastar combustible. Fue una hora de espera tensa que dedicamos a pescar. Teníamos escasa agua y nada de comida que llevarnos a la boca. Yo no me considero un buen pescador pero en aquellas aguas, echar el sedal con el anzuelo al agua y sacar un salmón era lo más sencillo del mundo. Podíamos comer pescado, pero ¿cómo asarlo en la embarcación? ¡Además estábamos hartos de pescado!



La niebla continuaba y nosotros no podíamos seguir nuestro rumbo. Empezábamos a preocuparnos. Estábamos a unos centenares de metros de la costa y debíamos navegar en dirección suroeste y divisar Spruce Island. Allí debíamos cambiar el rumbo hacia el oeste para dirigirnos a Puerto de Kodiak. Para llega allí debíamos tener visibilidad y ver un farallón monumental que marcaría nuestra singladura. Peter encendió el motor fueraborda en varias ocasiones pero hubo de apagarlo. Teníamos sed y hambre. Apenas habíamos cenado la noche anterior y hoy no habíamos desayunado. Si la niebla no se disipaba, podíamos equivocar nuestro rumbo y perdernos en el océano sin agua y sin comida. ¡Quién sabe si alguien nos encontraría! Peter y Douglass entonaban canciones alaskeñas para tranquilizarnos… No querían que nos diéramos cuenta de que estábamos bastante perdidos.

De pronto, ¡eureka! vimos Monashka mountain despuntando entre la niebla. Sobresalía un poquito, lo suficiente para orientarnos y marcar nuestra rotación. Alegría en la lancha. En un par de horas estaríamos en casa. Eran las cuatro de la tarde. Hacía cinco horas que habíamos partido de Afognak. Nuestros estómagos pedían insistentemente comida, y además la sed apretaba. Pero ya teníamos la dirección correcta. Peter puso el motor en marcha y nos lanzamos hacia rumbo este y luego rotar hacia el suroeste para entrar en el Woody Island Channel y atracar en Kodiak harbour. Uf. Lo hicimos hacia las seis de la tarde. No quedaba ya ni una gota de gasoil. La aventura podía haber concluido mal, pero por suerte habíamos llegado. Los días de Afognak habían terminado. Propuse ir a comernos una pizza al Captain Keg. Era la hora de cenar.

Llegamos sudorosos, oliendo a tigre tras una semana sin ducharnos, con un hambre devoradora. ¿Qué hay amigos? –nos dijo el camarero guasón que nos solía atender. Pedimos un par de botellas de vino rosado de California y encargamos varias pizzas que se podían compartir. Eran pizzas americanas, gruesas y cargadas de mozarella. Creo que en mi vida no ha habido unas pizzas tan sabrosas y que me supieran tan bien. El vino entró suavemente y nos infundió una euforia divertida que nos llevó a recordar nuestros días de Afognak e imaginar los días que nos quedaban allí antes de seguir viaje. Maica había decidido quedarse en Kodiak para continuar estudios en Iowa. Yo continuaría solo el viaje para el que tenía un mes por delante. Había de cruzar Alaska y el Yukón, llegar a Prince Rupert, adentrarme en Canada y cruzarlo de punta a punta para llegar a Nueva York desde donde partiría para volver a España. Sin embargo, nos quedaban todavía algunos días de trabajo en la cannery donde si las cosas iban bien podías ganar unas veinticinco mil pesetas diarias de las de 1981. Eso suponiendo que trabajaras unas veinte horas. Era cuestión de aguantar y pensar que pronto acabaría ese ritmo diabólico.

Sin embargo, en los días que faltaban, todavía quedaban algunas sorpresas. Ron, que se había quedado en Kodiak, guardaba el diario de Montse y tenía la intención de entregárselo a Maica, su amiga. Yo estaba intrigado, ¿qué recogería su diario? ¿Qué había pasado en los últimos días de su vida? ¿Qué sentimientos la poseían? ¿Cómo vivía su historia de amor con Dick? Es impresionante poder leer las últimas páginas escritas antes de morir. Cuando morimos dejamos un hueco. Creo que no hay novela más intensa y profunda que Vuelo nocturno de Antoine de Saint-Exupery. El piloto Fabien se ve arrastrado y desorientado por una fuerte tormenta en los años en que no existían los radares y toma la opción, sin combustible ya, de elevarse por encima de la nubes. Allí el espectáculo es demasiado hermoso bajo las estrellas pero está condenado a caer en espiral en cuanto se acabe el combustible. Él lo sabe y en la base de Buenos Aires también lo saben. Está vivo, pero es como si estuviera ya en el otro lado. Sus minutos están contados. Su mesa de trabajo en la base ya es un hueco, su armario ropero con sus pertenencias ya es un hueco, el que dejaremos cuando nos hayamos ido. Montse dejó un hueco extraño. Yo no la conocí, pero de todo lo que he sabido he visto que era una mujer enérgica y singular –quizás fascinante-. Baste decir que fue enterrada en Alaska y que poco después de su muerte se reunieron en un cónclave sorprendente su marido legal, su novio de Barcelona, y su último amante americano –el que la mató- Dick. Los dos primeros volaron juntos a Alaska para recordarla. Se encontraron los tres hombres que la habían amado en el cementerio de Kodiak donde está enterrada cerca de lápidas con nombres rusos que rememoran el pasado de Alaska.

jueves, 4 de enero de 2007

Helicobacter pylori

Han pasado muchos años desde mis días en Afognak, pero aún mantengo vivísimo el recuerdo de aquellas jornadas en medio del bosque donde estaba establecido nuestro campamento. Hubo dos días soleados y secos, pero al tercer día comenzó a lloviznar y la humedad se enseñoreó de todo y la niebla cubrió el paisaje. Hice fotos preciosas tamizadas por la boira persistente. Nuestra estancia se hizo incómoda y pasábamos muchas horas bajo los plásticos y dentro de las tiendas. Doug y Peter nos enseñaron a hacer fuego con ramas mojadas. Escogíamos las menos húmedas que estaban debajo de los abetos y con el cuchillo o con el hacha las partíamos por la mitad. En el centro estaban secas y podías, amontonándolas, hacer una fogata que nos calentaba. Al menos teníamos la ventaja, con aquel tiempo, de que no te atacaban los gigantescos mosquitos habituales en la isla y que son endémicos en muchas zonas de Alaska.


Douglass, Peter y Maica

Joselu, Maica y Douglass

De aquellos días en el bosque me viene una sensación de dolor agudísimo en el estómago. Yo padecí durante más de veinte años de úlceras en el duodeno que me llevaban a sufrir crisis cíclicas dolorosísimas. No había tratamiento eficaz en aquellos años contra el dolor ulceroso. Por las noches me retorcía en el interior de la tienda; eso y la humedad constante me hacían temer por mi vida en una sucesión de imágenes aprensivas. Me imaginaba desangrándome en el campamento. Estábamos a varias horas de distancia de cualquier punto habitado y no teníamos radio. En aquel bosque había muerto Montse, y allí podía morir yo. Tenía el precedente de mi madre que estuvo a punto de desangrarse también por úlceras de duodeno. Hubieron de transfundirle varios litros de sangre para salvarle la vida. Tenían que pasar todavía muchos años hasta que el descubrimiento de Robin Warren y Barry Marshall, que recibieron el premio Nobel en 2005 por su diagnóstico de que la gastritis y la úlcera gastroduodenal estaban causadas por una bacteria llamada helicobacter pylori, fuera aplicable al tratamiento de estas dolencias. Fui tratado con antibióticos en 1997 y desde entonces pasaron a la historia mis terribles dolores de estómago. Faltaban dieciséis años para la aplicación práctica de este remedio casi milagroso y yo me debatía en aquel momento en imágenes a cada cual más espantosa. Desde mi experiencia personal, puedo decir que éste es el premio Nobel mejor concedido de la historia.

Peter y Maica en un barco ruso varado en Afognak

Una de las mañanas salimos en la lancha para ir a la otra parte de la isla. Había una piscifactoría de salmones y algunos barcos de pesca. El tiempo era lluvioso pero el mar estaba tranquilo a la ida. Yo iba, sin decir nada, con mis dolores de estómago. Tras dos horas de navegación llegamos a Izhut Bay. Pasamos el día entre la piscifactoría donde nos explicaron el método de fertilización de las huevas de salmón con semen de los machos, y conversando con los pescadores que nos saludaron festivamente. Los americanos son muy abiertos y enseguida enhebran la conversación especialmente en Alaska, la considerada “ultima frontera”. A la vuelta el mar se había revuelto y nos golpearon olas que bamboleaban la barquita corriendo el peligro de hacerla zozobrar. Procurábamos ir cortando las olas con la proa de la embarcación para que no nos dieran las olas de lado. No sé describirlo en términos más náuticos. El caso es que pasamos dos horas de angustia porque la lancha minúscula apenas tenía estabilidad frente al mar embravecido. Yo, apenas podía hacer nada. Maica le daba la mano y abrazaba a Douglass; Peter se encargaba del motor y timón de la nave. Mi dolor de estómago desapareció con el temor del impacto de cada andanada de olas progresivamente más fuertes. Pensaba en los trajes térmicos y me preguntaba cuándo nos los pondríamos. Recordaba lo que nos habían dicho sobre las bajas temperaturas del mar en Alaska. Apenas se sobrevivía media hora. En fin, fueron dos horas de desazón hasta que logramos penetrar en uno de los canales entre islas que llevaba a la base de nuestro campamento donde el mar estaba tranquilo, pues el temporal quedaba en el exterior. Cuando pusimos el pie en tierra, me embargó una sensación de haber sobrevivido. Los días en Alaska no podían ser más intensos, y aún nos faltaba la vuelta a Kodiak al día siguiente. Los alimentos básicos se nos estaban agotando y ya no quedaban pan ni galletas ni latas ni bebida. Sólo había pescado. Seguía además el tiempo húmedo y neblinoso.

Aquella noche, tras las emociones vividas, fuimos a la sauna de Montse. Pusimos madera seca abundante en un bidón metálico que se cargaba desde el exterior y la prendimos fuego. El interior se caldeó inmediatamente. Estábamos desnudos. Arrojamos agua a las paredes del bidón rusiente y comenzó a salir vapor abundante. Una sensación confortante. Un poco más de leña y más agua que producía más vapor. Doug y Peter nos contaron detalles de su vida en Alaska y de su trabajo. Su experiencia nos recordaba a la de los antiguos pioneros en el lejano oeste. Les invitamos a venir a España. Queríamos corresponder a su amabilidad. El vapor y la elevada temperatura, terminaron de serenarme. Mi estómago estaba tranquilo después de la tormenta. Recordé a mi amigo el oso y me pregunté dónde estaría. En el interior de la sauna se estaba como en una especie de claustro materno y me sentía protegido. Fuera el bosque oscuro y húmedo nos esperaba. Nos dimos la mano los cuatro y cantamos una canción que resonó en interior de la ardiente cabaña… A la mañana siguiente regresaríamos a Kodiak.

domingo, 31 de diciembre de 2006

Afognak


Siempre en busca de nuevas emociones y aprovechando unos días después de haber acabado el trabajo en la cannery, nuestros amigos nos propusieron visitar la cercana isla de Afognak, muy próxima a Kodiak pero todavía más salvaje y desierta. Allí teníamos la intención de pasar una semana en el antiguo campamento de Montse y Dick. Era primeros de agosto y el tiempo era templado.

Partimos un domingo a las siete de la mañana. Íbamos en una pequeña barquichuela con dos pequeños motores fueraborda. Durante el trayecto nos bebimos una botella de vino rosado de California por lo que estábamos bastante animados. Bordeamos la costa. A nuestro alrededor se abrió un prodigioso espectáculo marino con ballenas en manada, lanzando chorros de agua que sonaban como sifones. Las veíamos a menos de un centenar de metros. Había al menos media docena, así como leones marinos y focas que nos fueron acompañando durante el trayecto que duró unas cuatro o cinco horas. Yo estaba fascinado y no paraba de hacer fotografías. En un momento abandonamos la costa y nos lanzamos en dirección al océano para ponernos en posición de penetrar en los entrantes de Afognak. Este era el momento peligroso, como veríamos a la vuelta. En el bote llevábamos trajes térmicos por si teníamos que arrojarnos al agua en caso de accidente. El agua de Alaska está tan fría que no se resiste vivo más de media hora. No llevábamos radio. Es necesario enfundarse un traje térmico de color naranja que lleva emisores de ondas para ser posteriormente localizado por los equipos de rescate. Esto me producía una gran inquietud como pude posteriormente experimentar cuando nos afecto una fuerte marejada con olas de un metro. No éramos muy duchos en esto del mar y los elementos me terminaron impresionando y atemorizando.

En la semana que pasamos en Afognak vivimos como aventureros. Teníamos comida pero tuvimos que pescar. Llevábamos armas para cazar algún caribú pero no fue necesario. Llegamos al campamento base en la orilla de unos entrantes del mar en la isla a modo de lagos, flanqueados por altos abetos y árboles muertos, que iban comunicándose unos con otros. En el interior, el mar estaba calmado. Montamos el campamento aprovechando la infraestructura del que habían dejado Montse, Dick y Douglass. Maika veía por primera vez el escenario último de la vida de su amiga. Colgamos grandes plásticos de las ramas, creando una especie de cobertizo provisional, y plantamos las tiendas de campaña donde dormiríamos.



Las emociones se acumularon durante esos días. Pescamos varios salmones y hálibuts que comíamos asados en hogueras que hacíamos en el bosque. Teníamos cerveza para unos cuantos días, latas, pan y galletas. He puesto en el blog una foto de Peter después de haber pescado un hálibut, y otra en la que aparezco yo con una caña de pescar y armado con un colt del 45 en la cartuchera. Teníamos que tener cuidado con los osos; podían olernos y acercarse por el rastro de la comida. Por la noche enterrábamos los restos de pescado envueltos en plástico para que no los olfatearan.

Una tarde habían salido a pescar Maika, Peter y Douglass y me había quedado solo en el campamento. Me habían advertido nuevamente sobre los osos. La verdad es que no me lo tomaba muy en serio. Había oído hablar mucho de ellos pero no había visto a ninguno. Douglass muy seriamente me enseñó el revolver y me dijo que en el caso de que se acercara uno tenía sólo una opción de meterle una bala entre los ojos cuando estuviera a pocos metros. Cualquier otro punto no haría sino enfurecerle y aquello sería mi final. Luego estalló en una alegre carcajada que me hizo pensar que estaba bromeando. Me quedé solo, tranquilo y relajado. Eso sí con la pistola al cinto. Me sentía importante llevando un arma junto a mí y la acariciaba con frecuencia. Es cierto que las armas transmiten una sensación de erotismo. Lo pude comprobar en el servicio militar cuando pasaba horas y horas de guardia con el fusil de asalto en mis manos.

Los vi marchar en la lancha, y me quedé en campamento recogiendo los restos de la comida y organizando la tienda. Luego me puse a fumar un cigarro sentado en un tronco. Oía crujidos en el bosque que empezaron a inquietarme. Estaba solo en una isla agreste y deshabitada. Era la primera vez que me veía en una situación semejante. Eran las cinco de la tarde pero había mucha luz. En Alaska en verano apenas anochece, y es normal que a las once de la noche quede todavía bastante luminosidad. El bosque resultaba misterioso e imponente. Me levanté varias veces a dar una vuelta por los alrededores. El tiempo transcurría lentamente. Hacía una hora que habían marchado pero se me había hecho eterna. Quise leer un libro y me fui a la tienda a buscarlo. Estaba leyendo una novela policíaca negra titulada Por amor a Imabelle de Chester Himes. Pensábamos ir a Nueva York al final de viaje y ésta se ambientaba en la ciudad de los rascacielos. En Harlem si guiñas un ojo te asaltan, si guiñas el otro te matan, comenzaba así la novela genial de Himes. De pronto sentí algo, sentí que estaba siendo observado, tuve la sensación de que algo se movía detrás de mí entre el follaje espeso. Me giré lentamente y entonces lo vi. Era un grizly, un oso pardo de gran tamaño, que había venido a visitarme. Enmudecí. Me miraba con la cabeza ladeada entre los árboles y respiraba sonoramente. ¿Qué hacer? Desenfundé el revolver y quité el seguro. Puedo asegurar que no me dio tiempo a tener miedo. Fue todo demasiado rápido. El oso me seguía observando. Yo estaba cerca del fuego que ya estaba casi apagado. Tenía una única oportunidad de meterle una bala entre ceja y ceja. No debería correr ni intentar subir a ningún árbol. Me asombra que no tuviera miedo. Las situaciones extremas me transmiten una extraña serenidad, mientras que las situaciones ambiguas, de transición me producen pavor. Soy muy miedoso. Me asustan cosas que a nadie asustan, pero ante aquel oso enorme que se apoyaba en sus cuatro patas no sentí miedo alguno. Es como si lo estuviera esperando. La situación era de empate. Yo ni respiraba y observaba cómo era observado. De pronto el oso se levantó sobre las dos patas. Mediría cerca de los dos metros y sus garras eran temibles. Si una me rozaba era hombre muerto. Enfundé la pistola y, como por una extraña revelación, supe lo que tenía que hacer. Muy lentamente –el oso gruñía entretanto- me fui agachando hasta tumbarme en el suelo con la cara hacia abajo. La tensión era enorme pero yo gozaba con aquel momento. Abrí mis piernas y puse mis brazos sobre mi cabeza. Todo con una extrema lentitud. Así tumbado me quedé quieto, muy quieto, aguantando incluso la respiración. Es como si supiera lo que iba a pasar. Subrayo que no estaba asustado pero sí expectante. Pasaron unos segundos eternos, y el oso comenzó a acercarse sobre sus cuatro patas. Notaba su presencia cerca de mí. Era enorme, lo miraba de reojo. Sus movimientos no parecían agresivos. Estaba inmóvil y él vino a olfatearme. Recuerdo su hocico mojado cuando estaba cerca de mí. Cerré mis ojos y ni respiraba. Estuvo unos segundos junto a mí; me empujó el cuerpo con el morro, pero no sentía aquello como amenazador. En el fondo me divertía la situación. Tenía la seguridad de que no me iba a hacer nada, y los dos estábamos jugando. Efectivamente, el oso se dirigió adonde habíamos dejado los restos del hálibut que habíamos pescado, lo olió y comenzó a comérselo. Cuando se hubo dado el atracón, se marchó sin hacer ningún ruido por donde había venido y me dejó tirado en el suelo con todavía la sensación impresionante de su morro húmedo olisqueándome e intentándome mover.

Respiré hondo y fui levantándome con precaución. Palpé mi pistola y tuve la sensación de que en unos instantes, unos microsegundos, había pasado toda mi vida. Fueron extremadamente emocionantes aquellos minutos de intensidad total. Agradecí no haber intentado dispararle, porque creo que nos habíamos hecho amigos. Creo que hay ciertas fuerzas en el universo que a veces entran en contacto y que si el espíritu está tranquilo es imposible que nada pueda hacerte daño.



Por supuesto que no conté nada de esto a mis amigos. De hecho es la primera vez que lo cuento, aunque tengo la convicción de que ello parecerá una especie de relato de navidad. Encendí un cigarro y aspiré lentamente… pensando en que la vida es un territorio altamente misterioso.

Cuando regresaron mis amigos trajeron un par de salmones y un hálibut. Douglas y Peter nos llevaron a una cabañita en el bosque donde cabíamos justo las cuatro personas que éramos. Era una sauna. La sauna de Montse: Montse’s steambath. Allí, ella, Dick y Douglass se metían para relajarse. Nos dimos un baño de vapor maravilloso. Son muy populares en Alaska. Algo me ha quedado de Afognak: el recuerdo de mi amigo el oso y mi afición por las saunas de las que soy un entusiasta.


viernes, 29 de diciembre de 2006

Kodiak island


No siempre estábamos trabajando en Kodiak. Había días de asueto en que podíamos dedicarnos a nuestros amigos e ir descubriendo la sorprendente geografía de la isla llamada Esmeralda por la belleza de su verdor en verano. Kodiak es una especie de paraíso natural en que viven todavía miles de osos pardos en estado salvaje. Los habitantes de la isla han de saber convivir con la cercanía de los grizlys más grandes del mundo como decía en un post anterior.

Nuestros amigos eran Ron, en cuya casa vivíamos en un bosque de abetos gigantescos, Bob y Doug. En torno a ellos había otros amigos a los que veíamos en partys o nos visitaban en días de fiesta. Maika y yo, que no éramos pareja, trabamos una fuerte amistad con aquellos americanos que nos trataron con el mayor afecto y consideración. Todos tenían la sensación de vivir en la “última frontera” en íntimo contacto con la naturaleza y lejos de la civilización. Tenían la conciencia de ser algo así como exploradores o tramperos en el lejano oeste. Formaban parte del sistema americano pero en la periferia, e igualmente eran críticos con el stablishment político en aquel tiempo con la América representada por Ronald Reagan. Sin embargo, eran muy patriotas. Lo pude comprobar en la celebración de cuatro de julio –día de la independencia americana- en que todos pusieron la bandera de barras y estrellas en sus viviendas, en sus barcos y en sus campamentos. Nosotros éramos muy detractores del American way of life, pero no podíamos de reconocer que nos habían acogido amistosamente y con toda la generosidad del mundo. Había temas que no podíamos abordar porque nuestras perspectivas eran diferentes. Ellos tenían la idea de que los americanos habían venido a Europa en dos ocasiones a salvarnos de nosotros mismos, y que mucha gente americana había muerto en defensa de nuestra civilización. Nos dimos cuenta de que era inútil hablar de este tema y que los sentimientos son algo muy particular.

Celebramos el cuatro de julio yéndonos a una isla cercana donde hicimos fogatas, cantamos canciones y charlamos con un montón de amigos americanos que, como he dicho, nos había acogido amablemente. Otros días nos íbamos de excursión cruzando la isla y llegando a playas desiertas donde hacíamos ejercicios de tiro con armas cortas. Esto es algo que nos resultaba sorprendente: la familiaridad de los americanos con las armas. Para los europeos es algo difícil de imaginar, pero he de decir que en aquellos meses de estancia en los Estados Unidos, aprendí a relacionarme con las armas de fuego que nos acompañaban continuamente.

Una tarde fuimos a un extremo de la isla adonde llegamos con jeeps y nuestros amigos nos llevaron a seguir pistas de osos. Recuerdo este día con especial emoción por la densidad del bosque que recorrimos. Los abetos eran altísimos y no había rama o piedra que no estuviera cubierta por el musgo. La luz del sol entraba por entre las copas de los árboles. Era un bosque húmedo y profundo. Ron nos mostró un sendero que era la pista de una familia de osos. Los osos son animales solitarios. Fuimos siguiendo la senda marcada por los excrementos. Íbamos armados con colts del 45, el célebre Mágnum que popularizó Harry el Sucio. Sabíamos que los osos no son agresivos, pero una fuerte emoción nos invadía en el silencio y la magnitud del bosque gigantesco. Sólo se oían nuestros crujidos que en nuestra imaginación nos parecía que era la presencia de los osos. Ante un oso, no quedan muchos recursos, según nos contaron. Lo mejor era no correr nunca delante de él -su velocidad supera los 65 km por hora- ni intentar trepar a los árboles. Si el encuentro era inevitable, lo más acertado y sabiendo que no comen carne humana, es irte agachando lentamente y tumbarte en el suelo. Allí debes cubrirte la cabeza con cuidado y hacerte el muerto. El oso puede haberte olfateado y pensar que eres un peligro para él o su familia. Por ello, debes mostrar que eres pacífico o que estás muerto. Con toda seguridad el oso no te hará nada. Eso al menos es la teoría.



Aquel día no vimos osos, pero los presentimos. Estábamos en su hábitat y casi los olfateamos. Recuerdo vívidamente la vista que se divisaba, desde uno de los extremos del bosque, de la isla de Kodiak. Estábamos muy altos. Kodiak es un refugio de la vida salvaje en cuanto a osos, pájaros, renos, ballenas, leones marinos… Un espeso manto de verdor cubría la isla sólo habitada en una mínima parte. Allí el ser humano todavía siente que es parte de la naturaleza y que ha de vivir en compenetración con ella. No oí nunca que nadie se quejara de la presencia de los osos en la isla. Todo el mundo sabía que eran sus habitantes naturales y que los hombres debíamos respetarlos.

Hicimos muchas cosas en Kodiak: excursiones, asistir a conciertos de música country, ir a pubs donde había streap-tease no completo, pero sí muy insinuante, planeamos viajes por otras partes de Alaska, comimos pizza en el Captain Keg, la mejor que he probado en el mundo –o al menos así me supo-, asistimos a partys y visitamos a amigos.

Lo más sorprendente, sin embargo, fue encontrar el diario íntimo de Montse escrito en catalán y que recogía hasta los últimos días antes del terrible accidente que conté en un post anterior. Pero de esto hablaré más adelante en alguno de estos días que quedan hasta el final de las vacaciones.

martes, 26 de diciembre de 2006

Las canneries


Trabajar en una cannery suponía un ritmo constante y frenético. Era una nave con cuatro líneas o cadenas de procesamiento del salmón recién pescado que iba llegando en barcos de pesca o hidroaviones que aterrizaban en la misma ría donde se situaban todas las canneries. Cada línea ocupaba a una veintena de trabajadores que trabajaban a un ritmo endiablado. La mayoría eran filipinos que gritaban continuamente "amigo, amigo", aunque había también mejicanos, algún irlandés, jóvenes israelíes que iban viajando por el mundo y algún norteamericano, aunque estos eran minoría. El núcleo fundamental era filipino, famosos por su manejo diestro del cuchillo. Y allí el cuchillo afilado es el instrumento fundamental. Tienes que estar afilándolo todo el día. El primero de la cadena corta la cabeza del salmón con una aguda y potente guillotina que activa con los músculos abdominales. Es un trabajo sumamente peligroso porque ha de ir a gran velocidad colocando los salmones en posición. Es fácil no quitar las manos a tiempo y apretar el resorte de la guillotina que baja mortífera. Pues bien en aquel sitio me colocaron el primer día de trabajo. Me explicaron someramente el mecanismo y tuve que ponerme a accionarlo. A continuación un filipino abría de arriba abajo el salmón con un cuchillo afiladísimo, otro le quitaba las tripas, mientras otro le abría una incisión longitudinal para quitarle los últimos restos de sangre. Cuando estaban limpios y separadas las huevas, eran clasificados en diversas categorías: red salmon -el mejor-, pink salmon o dog salmon, y dentro de estos por tamaños. Inmediatamente eran llevados en cestas a las salas de refrigeración acelerada. Poco tiempo después volaban en aviones rumbo a Japón de cuya nacionalidad eran la mayoría de las canneries que había en Kodiak.

Cada dos horas hacíamos un brake-time de quince minutos para prepararnos un té y retomar fuerzas y a las doce del mediodía y a las seis de la tarde se paraba una hora para comer o cenar. Se trabajaba mientras hubiera salmón, y eso significaba que podías acabar a cualquier hora del día o de la noche. A veces el trabajo concluía a las cinco de la madrugada y habías empezado a las siete del día anterior. Nadie se quejaba porque todos querían hacer el mayor número de horas extraordinarias (overtime) en las que se cobraba un cincuenta por ciento más a partir de la octava hora. No era raro que si había que enlazar un día con el otro porque el trabajo continuaba, nos dieran anfetaminas para resistir días y días seguidos.

No había especial camaradería entre los compañeros. Nosotros éramos jóvenes y hablábamos con otros jóvenes americanos, irlandeses o israelíes. Era raro conversar con los filipinos con los que había una relación muy tensa. Estos procuraban fastidiarnos todo lo que podían. Se sabían mucho más hábiles y rápidos con el cuchillo y procuraban ir todavía más rápido para desbordarnos de trabajo a los que acabábamos de llegar. Nos encuadraban en el grupo de los mejicanos, puesto que nos veían hablar con ellos en la misma lengua. Uno de los fore-men (o encargados) era mejicano. Se llamaba Andy, y era especialmente atento con nosotros y nos trataba con corrección y educación. Otra cosa era el fore-man americano, que parecía tenernos manía. Cuando los filipinos trabajaban a toda velocidad para desbordarnos la mesa, Peter, el encargado, era reclamado con toda mala intención para que viera lo mal que trabajábamos. Probé todos los lugares de la cadena. Mientras estabas allí, no podías distraerte un minuto. Para pasar el tiempo, procuraba pensar en cualquier otra cosa que me alejara del pescado que terminabas detestando. Olías a pescado, y por mucho que te lavaras o asearas se notaba el aroma a pescado por cualquier sitio que fueras.

Si algún día acabábamos temprano, como a las siete de la tarde, después de haber enlazado dos o tres días de trabajo, nos íbamos corriendo a casa a ducharnos, cambiarnos de ropa, e irresistiblemente te ibas, junto con tus amigos y Maica a la discoteca mas popular de Kodiak, The son of de beach (un juego de palabras con Son of the bitch: hijo de perra). Oliendo a pescado nos juntábamos allí centenares de trabajadores de las canneries en un ambiente netamente americano. Creo que nunca he tenido tantas ganas de bailar como aquellos días en que tras dos o tres días seguidos de trabajo, nos íbamos a beber cerveza Budweisser y a mirar a las muchachas guapas de la discoteca. Hay que decir que estas eran raras. En Alaska las mujeres en su mayoría son obesas, muy obesas, ignoro la razón, probablemente sea una alimentación deficiente y excesivamente rica en grasas animales. Lo de las hamburguesas no es un tópico, es una realidad. Se comen a todas horas, de dos en dos, de tres en tres…

Creo que nunca he disfrutado tanto bailando, ni he disfrutado tanto de la vida como tras varios días de trabajo monótono y agotador. Esas horas de asueto eran un don del cielo. Tenía ganas de charlar, de reírme, de hacer el tonto, de bromear, de cortejar a las chicas guapas (había pocas pero lo intentaba). Recuerdo que cumplí veinticinco años en una de aquellas tardes en que fui a la discoteca. Alguno de mis amigos, Ron o Bob, o quizás Douglass, se habían ido de la lengua, y por los altavoces oí mi nombre y la inequívoca canción de Happy Birthday to you, coreada por todos los asistentes. Allí es costumbre invitar al que cumple años, y aquel día once de julio me invitó media discoteca y yo por no hacer desaires a nadie trasegué cerveza como un irlandés. Estaba en la cúspide de mi vida. Crucé pletórico el ecuador de mi vida, embriadado de cerveza y de juventud. Tenía trabajo (ilegal pero lo tenía), tenía amigos y unas enormes ganas de bailar. Estaba eufórico ¿Qué se puede pedir más a la vida?

viernes, 22 de diciembre de 2006

Alaska


He de aclarar que mis viajes a Alaska no fueron en calidad de profesor a imagen de aquella divertida serie que era Doctor en Alaska que disfrutamos en los noventa. No. Las dos ocasiones en que viajé a Alaska fue para trabajar duramente en las canneries de salmón que hay en la isla de Kodiak. Allí trabajé en jornadas, a veces de veinte horas diarias, mientras hubiera salmón para procesar. Allí fui un “espalda mojada” puesto que no tenía papeles para trabajar legalmente. Fui temporalmente –durante dos veranos- un inmigrante ilegal que tenía que inventarse un número de la Seguridad Social americana para pagar los impuestos correspondientes a las semanas que trabajamos.

Dicho esto, puedo empezar a contar cómo se inició esta aventura… Aquello tomó cuerpo cuando una profesora de Historia del colegio donde trabajaba me habló del reciente viaje que había hecho a Alaska. Inmediatamente me sentí seducido por el nombre, “Alaska”. ¿Quién no ha soñado alguna vez con Alaska? Me vinieron rápidamente a la mente los relatos de Jack London sobre el Yukón, los Relatos del Gran Norte, historias de tramperos solitarios, buscadores de oro o de perros o lobos en las estepas inmensas y desoladas de Alaska. Maika me habló de su estancia en Kodiak, la isla donde están los osos pardos más grandes del mundo (grizly). Allí había estado trabajando hacía dos veranos en una cannery de procesamiento de salmón. Allí había dejado a una amiga –Montse- que había viajado con ella y que había decidido abandonar su cómoda vida en Barcelona, incluido su marido, y quedarse a vivir en Kodiak, compartiendo su vida con un auténtico alaskeño, cazador a temporadas.

Yo no conocía a Montse, pero siempre que pienso en Alaska, a pesar del tiempo transcurrido, su nombre es el primero que me viene. Ella se quedó a vivir en Alaska, pero pocos meses después moría en el transcurso de una cacería en una isla desierta y cercana a Kodiak, una isla también de nombre ruso, Afognak. Su muerte accidental fue objeto de una investigación oficial. La mató Dick, el mismo hombre que era su compañero sentimental, en un desgraciado accidente que fue objeto de controversias varias.

Explico esto porque Maika y yo llegamos a Alaska un veintidós de junio en pleno solsticio de verano y porque todos los amistosos americanos que nos recibieron y nos dieron lo mejor de ellos mismos, nos acogieron como amigos de Montse cuya muerte estaba reciente. La investigación había concluido sin consecuencias penales para Dick.

Recuerdo vivamente nuestra llegada a Anchorage, la capital administrativa de Alaska. Pasamos los trámites aduaneros con cierta facilidad y tras un vuelo de doce horas llegamos a la misma hora que habíamos salido de Londres, dada la diferencia horaria también de doce horas y nuestro vuelo en la misma dirección del sol. Aquel día tuvo una duración de 36 horas y fue agotador.

El aeropuerto de Anchorage –pequeño y acogedor- está montado y decorado con artesanías de los esquimales y figuras de renos y osos grizly disecados. Uno de estos tenía erguido una altura impresionante de dos metros y medio. El viajero tenía la sensación de haber llegado al límite del mundo. El Boing 747 había sobrevolado Groenlandia y el Ártico, hacía escala en Anchorage y continuaba vuelo hacia Japón.

En el mismo aeropuerto compramos los billetes para Kodiak, situado a unos seiscientos kilómetros al sur. Un par de horas después, partíamos en un avión de dos hélices hacia la isla de la aventura, en el fin del mundo. Sentía una profunda emoción por estar en Alaska. Me ha sucedido siempre que he viajado a países lejanos. Me imagino en el globo terráqueo y veo donde me sitúo y me parece increíble. Los primeros momentos después de bajar del avión son maravillosos. Veinticinco años después de aquel viaje, a veces tengo un sueño extraño y feliz. Me veo volando nuevamente hacia Alaska sobrevolando los hielos y las bahías, los entrantes y las suaves colinas de un verde intenso. En la lejanía las montañas nevadas y en los ríos, osos juguetones en espléndida libertad atrapan salmones que van remontando los ríos a poner sus huevos.

Cuando arribamos a Kodiak, una hora después, soplaba un fuerte viento lo que hizo que el avión tuviera que hacer varias maniobras de acercamiento. Había grandes nubes y se divisaban montañas cubiertas por la nieve en su parte superior. No hacía demasiado frío, aunque en invierno se alcanzan temperaturas mínimas. El verano es suave aunque algo destemplado. Allí iban a pasar dos meses de fuerte trabajo y de intensas emociones junto a los que iban a ser grandes amigos nuestros.

El siguiente capítulo será sobre nuestros amigos y el trabajo en la cannery.

miércoles, 20 de diciembre de 2006

100



Turrón, navidad, final de trimestre, villancicos y mi post número cien. He querido celebrarlo con vosotros en una entrada breve y sintética. Hoy no me extenderé. Soplo en soledad la velita que me he puesto en la tarta de mi blog y cierro por hoy el chiringuito. Cien entradas. Todo un título para un bloguero que se inició ahora hace un año. He hecho en este tiempo amigos en la blogosfera, procuro ir siguiendo su deambular y comprendiendo la carga de pasión e intento de lucidez que significa un blog. Animo a mis alumnos a crear su propio blog. Es una forma de definirse, de iniciar una búsqueda, de dar continuidad a nuestras inquisiciones. Somos prestidigitadores de sombras los profesores y los blogueros. Comienzan las vacaciones de Navidad. En estos días contaré mis andanzas por Alaska siguiendo los pasos de Jack London. No os lo perdáis. El profesor desconecta de sus alumnos y recupera la que fue su mayor aventura hace años antes de asentarse. Todo empezo con...

lunes, 18 de diciembre de 2006

Expectativas



Una de las funciones del tutor es la de orientar profesionalmente a los alumnos, especialmente en cuarto de la ESO, curso del que soy tutor como sabrán por mis posts anteriores. Mis alumnos son un grupo de lo que hemos venido en llamar de “ritmo lento” en el que se ubican muchachos de perfil no conflictivo pero de nivel académicamente más bajo que los de otros cuartos. Son alumnos que reciben una atención especial y una adaptación de las materias. Algunos de ellos son voluntariosos y tenaces y obtienen unos buenos resultados que en otros cursos serían difíciles o imposibles. Aprobar todas las asignaturas con buenas notas en este curso es equivalente de suspender tres o cuatro en el curso que llamamos heterogéneo donde la materia se imparte a un ritmo más rápido. El ambiente en la clase es bueno y la mayor dificultad estriba es la convivencia entre alumnos del país y alumnos de otras latitudes. El año pasado hubo importantes conflictos que derivaron en enfrentamientos y agresiones verbales y físicas. Este año el clima se ha serenado por la marcha de alumnas especialmente intolerantes y nos encontramos con un ambiente más relajado en ese sentido. Por lo demás es un curso con el que nos encontramos a gusto y no ofrece dificultades. Son buenos chicos y sólo tres parecen descolgados de la marcha del curso.

En cuanto a orientación profesional, se distinguen tres opciones: los que optan por módulos profesionales, una vez acabada la ESO; los que ven inviable esta opción porque saben que no van a aprobar y entonces se orientan a los llamados Programas de Garantía Social, programas que quieren impedir que nuestros alumnos vayan directamente al mercado laboral sin ninguna capacitación profesional; y alumnos que tienen pretensiones de cursar bachillerato y realizar una o incluso dos carreras universitarias.

A veces el profesor, a la vista de los resultados académicos y las orientaciones de la Junta de Evaluación, ha de intentar modificar la perspectiva que tienen de sí mismos: alumnos que creen que valen para el bachillerato y los estudios universitarios pero, en cambio, el profesor estima que ese itinerario será poco práctico y lo único que servirá será para perder tiempo y pegarse contra un muro de piedra por el bajo nivel de comprensión del alumno, pese a que saque buenas notas en este curso de ritmo lento; en otras ocasiones el profesor ha de hacerlos ir más allá de sus expectativas y animarles a cursar bachillerato porque tienen un perfil adecuado y su nivel y decisión es mayor de lo que ellos mismos consideran.

Forma parte de nuestras tareas ayudarles a buscar opciones e itinerarios de formación. Esto lo solemos hacer en clases de tutoría en las que hay una atención y una intensidad formidables. Está en juego su futuro, y ellos son conscientes. Hoy, con delicadeza, he tenido que reconducir el futuro de un alumno que se creía capacitado para ir a la universidad. Con él he tenido una charla afectuosa en la que le he intentado hacer consciente de su capacidad, pese a lo que él crea de sí mismo. Me ha escuchado y luego me ha dicho ante mis observaciones de que el bachillerato no era la mejor opción para él: ¿Se juega algo, profe, a que con trabajo y esfuerzo me saco el bachillerato? Le he respondido que yo no deseo su fracaso, y que él había escuchado mi opinión (la de la Junta de Evaluación) pero que si él deseaba intentarlo después de aprobar la ESO, estaba en su derecho, por supuesto.

Hay muchas dudas. Han de plantearse en un momento decisivo cuál va a ser su futuro. Manejamos sobre todo páginas web de la Generalitat de Catalunya que informan de todas las salidas profesionales. ¿Qué quiero y qué puedo estudiar? Me alegra que alumnas magrebíes se planteen esta pregunta porque esto significa que tienen perspectivas que van más allá de un matrimonio probablemente elegido por la familia y desean una formación profesional más sólida. Tienen en su contra su escaso dominio del idioma, su ritmo más que lento y malos resultados académicos, su aspecto físico (el hiyab o velo), pero tienen a su favor la voluntad de salir adelante y el apoyo del centro. Me dolería que a estas alumnas la única opción que les quedara fuera la de quedarse en casa. Hemos de trabajar para adaptarles mejor el currículum y que tengan alguna probabilidad de éxito en los estudios. He de ejercer de puente con los otros profesores. He de hacerles ver que en el éxito de estas alumnas está implicado en centro. Va más allá de las simples calificaciones académicas.

Una salida de módulos profesionales no es necesariamente inferior a la del bachillerato porque tras cursar un módulo de grado medio, puede optarse por hacer módulos de grado superior tras una prueba de acceso y continuar estudios hasta llegar si se quiere a la universidad, teniendo en tal caso dos títulos profesionales lo que da muchas más opciones profesionales que un bachillerato.

El tutor tiene una interesante tarea por delante, y asume estas clases de orientación académica con ilusión dado el interés que tienen los alumnos en despejar su futuro profesional. Hoy los ordenadores echaban humo y el profesor era reclamado desde todos los lugares del aula. Hemos investigado desde estudios de azafata de vuelos, a técnico en marketing, en imagen y sonido, auxiliar de farmacia, fisioterapia, filología inglesa, logopedia, diversos bachilleratos, programas de garantía social…

Sin duda, cuanto más estudios hay y más definidos, más posibilidades profesionales tienen nuestros alumnos. Me gusta verlos mirar su futuro con inquietud, realismo y esperanza.

miércoles, 13 de diciembre de 2006

Neolenguaje

Uno de los aspectos más detestables de la enseñanza actual es la fosilización burocrática que se ha impuesto en la misma. Ello se nota en la forma de funcionar y en el lenguaje. No importa cómo las cosas sean, sólo importa que estén enunciadas adecuadamente y convenientemente planificadas. Esto ha sido consecuencia del desembarco redentor de la Nueva Pedagogía en el mundo educativo. Durante muchos años, la enseñanza funcionó –no siendo sinónimo de reaccionarismo- sin la adecuada supervisión de los pedagogos y entonces hablábamos de conceptos más apegados a la realidad: rendimiento, esfuerzo, comportamiento, notas, lecciones, educación, conocimientos, afán de superación…

Desde que se impuso la pedagogía constructivista en la concepción de la enseñanza entró una jerga críptica y esotérica que no hemos logrado entender (ni hemos aceptado) los que habíamos de aplicarla a pesar de los años que han pasado. Ahora se habla a nivel oficial de sistemas conceptuales, objetivos procedimentales, actitudes, primer y segundo nivel de concreción, acción tutorial, adaptación curricular, diseño curricular en espiral, aprendizaje significativo, conflictos cognitivos, diseño curricular base, diversificación curricular, estrategias didácticas expositivas, evaluación diagnóstica, globalización, materias curriculares, objetivos transversales, necesidades educativa especiales, objetivos didácticos, de área, plan de acción tutorial, preconceptos, proyecto curricular de centro, reglamentos de régimen interior, unidades didácticas, competencias básicas, planes estratégicos, proceso de enseñanza-aprendizaje…

No sé. En mi tarea me encuentro chavales con pocas, medianas o muchas ganas de aprender, con mayor o menor nivel y yo intento adaptarme a ellos. Es algo obvio. Lo contrario sería un dislate. Procuro adaptarme y sacar lo mejor de ellos. Para eso, hay que hacerles comprender que hay que trabajar–a veces se puede de forma amena y otras veces no es posible-. Una clase debe ser un diálogo fecundo entre los alumnos y el profesor y éste debe estar abierto a recibir sugerencias de los destinatarios de la enseñanza. Pero esto no significa que debamos imitar necesariamente el mundo de los mass media para hacernos agradables a ellos. Debemos utilizar un lenguaje preciso y riguroso, sin tampoco excesivo envaramiento. El tono dominante debe ser la naturalidad y la relación con los alumnos, si se puede, habría de ser relajada lo que no sería impedimento para ser exigente con ellos. Me gustan los cursos con los que me puedo reír porque hay intercambio de ideas y de sensibilidades. Quiero que conozcan el mundo del presente tecnológico e introduzco en mi modo de enseñar, los nuevos soportes de información y comunicación como son los blogs y los wikis…Quiero educarles la sensibilidad, que se abran a la poesía y al arte, quiero que lean y disfruten con la lectura, y si no, que puedan ejercer su derecho a la crítica literaria.

Ya ven, puedo intentar hablar de educación (este blog y otros de contenido educativo son una prueba) sin necesidad de acudir a ese espeluznante neolenguaje constructivista, alejado de la realidad y especialmente horrible en cuanto a su elegancia en el manejo de la lengua. Es un lenguaje tecnocrático, producido en cátedras de Psicología Evolutiva que tienen una concepción infantil de los adolescentes; que tiene una vocación próxima a lo maníaco por los eufemismos que utiliza para descubrir el pan con tomate. Lo cierto es que desde que se impuso este modelo americano, que consagró la LOGSE, los niveles en cuanto a conocimientos se han hundido en el vacío y los comportamientos han empeorado notablemente.

Una charla –y sufrimos muchas- expresada mediante esta terminología es algo enojoso y tremendamente aburrido porque con una jerga tecnocrática quiere estructurar y planificar la complejidad humana. Este neolenguaje nunca ha sido del agrado de los profesores, pero progresivamente ha ido imponiéndose en los niveles oficiales de la administración, en los políticos hambrientos de novedades estratégicas, en las Juntas directivas de los centros que lo son en función de que se han adaptado al sistema dominante, en los equipos psicopedagógicos –cada vez más influyentes-, en las reuniones –muchas veces inútiles e ineficaces- que se convocan, en los cursillos de formación… Es todo un modelo lingüístico para expresar la banalidad de un organigrama educativo que se ha apoderado del mundo educativo occidental.

Es posible hablar de educación con mayor elegancia y naturalidad. También con más cercanía a nuestra labor y a nuestros alumnos, que son personas en estado de desarrollo en un momento clave de su existencia, y que necesitan modelos de sensibilidad y de rigor. Necesitamos un lenguaje que nos acerque más a la realidad. La tradición nos ofrece modelos autoritarios pero también experimentales y avanzados. El constructivismo pareció descubrir la sopa de ajo pero multitud de maestros y profesores habían ensayado modelos progresistas de educación. Algún día pasará esta moda y entonces se revelará como lo que es: pueril en sus concepciones y contraria al buen uso de la lengua.

domingo, 10 de diciembre de 2006

El desierto de los tártaros


Recuerdo que leí el original en italiano de esta novela hace unos veinte años. Guardaba de ella un recuerdo espléndido y ahora he vuelta a releerla reencontrándome con un texto algo diferente al que recordaba, aunque igual en lo esencial. Es el final enigmático el que sigue conmoviéndome de esta novela.

Para los que la conozcan y los que no, resumiremos lo fundamental de este relato genial (1939) de Dino Buzzati (1906-1972).

El teniente Giovanni Drogo, muy joven, es destinado a una fortaleza en las alturas y en el límite del desierto donde antaño llegaban las invasiones del pueblo tártaro. La fortaleza Bastiani tiene algo de fantasmagórico y a mí inmediatamente me ha recordado el mundo de Franz Kafka y en algunos sentidos La montaña mágica de Thomas Mann. En efecto, el joven teniente llega a la fortaleza de sólidos muros pensando estar un tiempo corto. De hecho, nada más llegar y ver lo poco atractiva que resulta la vida en ella, tiene la posibilidad de pedir el traslado, pero por curiosidad decide quedarse cuatro meses, tiempo que se cumple y que reiteradamente se verá prolongado por unos motivos o por otros. Los soldados viven de acuerdo a unas normas muy estrictas de vigilancia y mantenimiento de guardias siempre esperando el ataque de los tártaros pero que nunca llega a producirse. Dicho ataque hubiera justificado la tensa espera y hubiera proporcionado gloria militar a los defensores.

Inmediatamente se nos vienen significados de cariz antimilitarista y existenciales. Son dos de las posibles interpretaciones del libro de la espera eterna, donde la vida aparece como una pasión inútil y en absoluta soledad. En la fortaleza todos viven su propia desolación interior sin poder comunicarla con nadie. “Los hombres por mucho que se quieran siempre permanecen alejados unos de otros. Si uno sufre, el dolor es completamente suyo, ningún otro puede tomar para sí ni una mínima parte; si uno sufre, no por eso los otros sienten el daño, aunque el amor sea grande, y eso provoca la soledad en la vida”. Este parece ser uno de los mensajes centrales del libro. El ser humano experimenta la vida en soledad, nace en soledad y muere en soledad. Lo único que le está dado es el despertar de la conciencia después de haber pasado cada uno a su manera una vida de alucinaciones como las del protagonista que irá progresivamente haciéndose mayor y envejeciendo esperando siempre algún signo que justifique su vida.

Los años van pasando en ese esperar inútil. La fortaleza se convierte en algo secundario y su guarnición es reducida. Drogo no pide el traslado y pierde la oportunidad de salir de allí, aunque ya nada hay en el mundo exterior que le llame. Se ha alejado de amigos y familiares, así como de antiguos amores. Drogo está encadenado a la fortaleza y a su mundo de alucinaciones.

Por fin, un día, treinta y tantos años después de su llegada, ya cincuentón y enfermo, llegan noticias de que el ejército enemigo ahora sí que está avanzando. Él quiere mantenerse en pie, pero su enfermedad y la traición de su compañero Simeoni le alejan obligatoriamente del castillo. Una carroza se lo lleva justo cuando nuevas tropas y oficiales llegan a la fortaleza para defenderse del ataque tártaro que parece inminente. Se aproxima por otro lado la muerte del protagonista y es en este momento cuando Giovanni Drogo, igual que le pasa a Ivan Ilich en la inmortal novela de Tolstoi es consciente de su vida y de que la muerte, la suprema batalla, se aproxima. Algo cambia en él, se produce una suerte de transformación interior después de una vida inútil, o aparentemente inútil, porque todo ha conducido hasta allí, una bellísima noche, en una especie de venta donde está reposando del viaje en carroza. El protagonista es consciente de todo, de su vida, de su falta de sentido, de sus años de espera inútil, de su fracaso… pero allí una visión mágica se produce y por fin todo cobra sentido. Da igual la vida que lleve cada uno, todas las vidas son una suerte de prisión o fortaleza esperando a los tártaros o a Godot. Pero aquí, a diferencia del mundo becketiano, hay un lugar para la esperanza, porque el comandante Giovanni Drogo cuando es consciente del misterio –y nos aproximamos al sentido último de la historia- se arma de fuerza, mira por última vez a las estrellas y sin que nadie lo vea, sonríe por primera vez en la novela. Es como si todo se hubiera cumplido y hubiera despertado de un sueño o una pesadilla y encima no quedaran más que las estrellas y la claridad de la luna. Su cuerpo y su espíritu quedan por fin tranquilos. La novela acaba con esta palabra: “sonríe”.

viernes, 8 de diciembre de 2006

Mi primera clase



Todo profesor recuerda con especial emoción su primera clase. Es un momento especial, de igual forma que lo será la última clase el día que llegue. También serán un lugar y tiempo inolvidables por la intensidad dramática que conllevarán esos instantes de despedida de tus alumnos.

Mi primera clase fue un mes de diciembre de hace ya bastantes años, al menos veinte. Yo acababa de terminar el servicio militar en Zaragoza y llegaba, fresco e inocente, a Barcelona a impartir clases. Después de unos escarceos en el mundo de la hostelería del que salí huyendo, me llamaron de un colegio de monjas situado en un barrio de clase media catalana. La superiora de la congregación y directora del colegio me vio recién estrenadito, con el pelo corto de la mili y mi aire de seriedad ingenua e inmediatamente me admitió como profesor de segundo y tercero de BUP del colegio de Santa Teresita del niño Jesús, una orden carmelita francesa, que tenía en la doctora de la iglesia, también llamada de Lisieux, su fundadora e ideóloga.

Yo, sin embargo, había llegado allí imbuido de ideas libertarias y contraculturales que me iban a llevar a enfrentarme con mi pasado en un sórdido y tétrico colegio de curas en el que pasé nueve interminables años durante el franquismo. Mi paso por la universidad me llevó a militar en movimiento de oposición a la dictadura y lucha revolucionaria por una sociedad diferente.

Recuerdo perfectamente aquella primera clase con alumnas –el colegio era exclusivamente femenino- de segundo de BUP. Recuerdo el croissant y el cortado que me tomé diez minutos antes de entrar en clase con un montón de ideas bulléndome en el caletre. No sabía muy bien cómo dirigirme a ellas. Por un lado quería ser un profesor diferente a los que había tenido en el colegio, pero por otro lado anhelaba convertirme en un profesor motivador como algunos que había tenido en la universidad cuyas clases me habían fascinado.

Mi experiencia en la enseñanza era igual a cero. Había visto películas que tenían a profesores como centro del relato: Jonas en el año dos mil tendrá veinticinco años de Alain Tanner, una película esencialmente utópica centrada en unos personajes que vienen del mayo francés; una serie de televisión titulada Lucas Tanner, profesor de literatura. Éste llevaba a sus alumnos al bosque a leer los poemas de Walt Whittmann con los pies metidos en el agua del río. Creía, pues, en ese profesor mágico, que después se llevaría al cine en El Club de los poetas muertos, ese profesor que era capaz de transformar a sus alumnos haciéndoles ser ellos mismos, una especie de profesor misionero del que luego he aprendido a desconfiar y rechazar.

Acababan de estrenar Pepi, Lucy y Bom y otras chicas del montón de Almodóvar. España vivía su peculiar transición del franquismo a la democracia con una extraordinaria alegría y espíritu subversivo. Todo era burbujeante y la sociedad anhelaba libertad y cambios. Recuerdo como fantásticos los carnavales de aquellos años, igual que las verbenas o las hogueras de San Juan. Reinaba la alegría y una euforia creadora como no se ha vuelta a producir en la historia posterior de España. Estábamos borrachos de felicidad y queríamos que todo fuera diferente. Estábamos, los que lo vivimos, en el año cero.

Al menos, así lo vivía yo cuando entré, acompañado de la directora de Santa Teresita, en mi clase de segundo de BUP. Allí me esperaban veinticinco muchachas de quince y dieciséis años expectantes ante el nuevo profesor. El anterior había durado una semana por su tono agrio y autoritario, según me enteré después. Yo les daba Literatura Española. La directora me presentó y luego me dejó solo. El silencio era total. No sabía qué iba a decirles, pero entonces me empezaron a venir las palabras a la boca y me dediqué a lanzarles un montón de insensateces, tal como las veo ahora. Hablé toda la hora sin dar respiro. Les propuse una asignatura en libertad, en la que estaban de antemano aprobadas, porque lo importante no eran las notas sino aprender por su propia motivación. No habría exámenes, al menos como los tradicionales, aunque no aclaré cómo les evaluaría. Me imaginaba que todas se entusiasmarían con el sistema o la falta del mismo. La literatura era hermosa por principio, leerían por placer y luego comentaríamos en clase sus ideas. Hablé de literatura maldita, de los Beatles, de los cantantes roqueros del momento, de sus letras, de sus canciones… de la contracultura, de la revolución. Habían de ser sujetos activos y creadoras de nuevos conceptos. Yo sería un coordinador, sin los flecos autoritarios que recordaba de mis profesores en el detestado colegio de curas.

Nada de aquello funcionó aunque en tercero de BUP sí que hicimos clases antiautoritarias de enfoque anarquista que tuvieron a la literatura como centro y las alumnas que asistieron nunca olvidarán. Las clases se convirtieron en auténticos happenings de difícil catalogación. Eran, si se me permite la expresión, realmente estremecedoras.

Cometí todos los errores posibles concentrados en un día. Quería ser diferente y lo conseguí pagando un alto precio. He de decir que coincidiendo con mi incorporación al centro, llegaron otros dos profesores jóvenes en mi misma onda. Ya he dicho que era una especie de fiebre universal de cambio el que agitaba la sociedad española. Poco a poco tuve que ir arriando velas e intentar reconducir la clase por unos parámetros más convencionales. Los debates no funcionaban y mi renuncia a los exámenes no se pudo mantener; mi academia peripatética perfecta donde profesores y alumnos serían colegas y no enemigos naufragó para mi estupor. Me costaba mantener el orden en las clases y al final me vi desbordado. Pasé el resto del curso intentando comprender lo que había pasado y deshaciendo lo que había propugnado el primer día.

Sin embargo, a pesar del tiempo pasado y todo lo que posteriormente he aprendido que va en una dirección totalmente distinta de lo que he contado, veo dentro de mí, un pequeño personaje disolvente y antiautoritario, que he de reprimir, y que me recuerda aquel primer día y todo lo que dije en una especie de borrachera de euforia antipedagógica.

domingo, 3 de diciembre de 2006

La ortografía en los blogs


Los docentes que nos dedicamos a promover los blogs como herramienta educativa, instrumento de conocimiento y vehículo de expresión de ideas nos topamos con el grave inconveniente de la pésima ortografía que existe en ellos.

Hemos de distinguir entre los blogs personales y los blogs educativos o de la clase. En estos últimos, el profesor revisa y verifica con rigor el correcto estado de la ortografía y apunta a cuestiones de estilo y de coherencia del discurso. Los materiales que llegan están contrastados por dicha corrección estilística y no suelen plantear problemas.

La cuestión estriba en los llamados blogs personales que circulan, a veces enlazados al blog de la clase, en donde nuestros adolescentes dan rienda suelta a sus reflexiones, sentimientos e ideas… allí donde se apasionan con el contacto íntimo de la blogosfera. Allí precisamente las faltas de ortografía son dueñas y señoras de cada post, si no es que la jerga resultante no es la propia del mundo de los SMS con sus abreviaturas, iconos y tipografía características. He visto blogs escritos íntegramente con este tipo de tipografía por parte de alguna alumna que no suele cometer demasiadas faltas de ortografía en sus redacciones y escritos de clase.

Las confusiones en el uso de la b/v, g/j, h, s/x, signos de puntuación, mayúsculas, y no digamos de los acentos… son abrumadoras. Las recomendaciones del profesor en el sentido de que extremen el cuidado en el estilo y la ortografía son consideradas como limitaciones a la libre expresión y la espontaneidad de cada uno. Si se pararan a considerar sus posibles errores ortográficos ¿cómo iban a escribir? –parecen sostener-. El primer paso –les dice el profesor- sería redactar un borrador que debería cotejarse con el diccionario y con algún corrector de textos, aunque ya sabemos que estos no son infalibles sino más bien bastante falibles. Posteriormente, el texto debería ser revisado por el profesor antes de ser publicado.

Da la impresión de que igual que existe una moda híbrida donde todo cabe, en la que se mezclan los estilos y en la que las concepciones acerca de los gustos han quedado obsoletas, igual se comportan con la ortografía: con un descuido y una dejadez absolutas, tal como si la buena ortografía fuera una cuestión autoritaria del pasado, una rémora del franquismo podríamos decir. Su libre expresión pasa por hacerlo con entera libertad sin coerciones ni restricciones. Es una marca generacional que se percibe en sus blogs, en sus posts y en los comentarios que reciben que suelen ser todavía más disparatados. Es como si en ese neolenguaje antiautoritario dejaran la señal de la generación a la que pertenecen, no sé muy bien cuál es pero algún alumno ya la ha calificado de la generación bloguera.

Para el profesor es un gozo ver cómo sus alumnos aprovechan la herramienta que suponen los blogs. Son fragmentos de libertad y de creación personal. Pero asiste con horror a la perversión ortográfica que reina en ellos. No sé cuál es la solución, pero mucho me temo que nos desborda por la tendencia mayoritaria que supone.

Tengo la teoría de que la buena ortografía se aprende desde las primeras letras. Un alumno a los nueve años debe tener ya una correcta ortografía y una clara conciencia de la normatividad. Luego hay que añadir e ir puliendo. Si esto no es así, si el alumno no supera este estadio con una correcta ortografía, el proceso está viciado desde la base porque nunca tendrá idea nítida de qué es lo correcto y lo que no, y cuanto más escriba más profundizará en su confusión. Máxime en las comunidades bilingües como Cataluña donde se mezclan dos lenguas muy próximas y con sistemas ortográficos muchas veces contrapuestos. Si un alumno no tiene clara cuál es la norma sobre el uso de la acentuación, las mayúsculas, los signos de puntuación y de las distintas grafías a los nueve años, es difícil que logre alcanzarlo posteriormente. Pues bien, esto no se consigue en la escuela primaria, ignoro el motivo, y cuando llegan a secundaria los alumnos suelen asistir imperturbables a nuestros discursos, a nuestras cuidadosas correcciones de sus textos, a todas nuestra técnicas de mejora. Es un asunto que dan por perdido y al que no le dan demasiada o ninguna importancia. Terminan por asumirlo con orgullo y nada hay en la sociedad que les lleve a pensar lo contrario. Sólo cuando algún día busquen un trabajo donde sea necesaria una buena ortografía, se darán cuenta de lo imprescindible que era, pero esto no es lo mayoritario y así encontramos a cualificados profesionales que tienen una ortografía desastrosa.

Con esta entrada, me uno al manifiesto Eres lo que escribes y me hago eco de los múltiples artículos que se han ido publicando estos últimos días en el ámbito educativo.
Todo ha comenzado con la bitácora de Gabriel Trujillo Muñoz Eres lo que escribes. Eres como escribes que aboga por la corrección ortográfica en la blogosfera, y en su estela la bitácora del tigre de Eduardo Larequi, A pie de aula de Lourdes Doménech, y Como una reina de María José Reina.

jueves, 30 de noviembre de 2006

La paradoja del enseñante



Un día cualquiera en el que tienes pocas ganas de hablar y de explicar. Te cansa hacerlo a piñón fijo. Prefieres que sean los alumnos los que trabajen. La disertación es cansina. Ya no crees en ella. Es mejor que sean ellos mismos, tus alumnos, los que busquen los datos, los que saquen consecuencias, los que hagan aportaciones. El profesor que lo sabe todo creo que está pasando a la historia. El profesor se convierte en un coordinador, en un aleccionador, en un conductor de potencias en ciernes.

Les proyectas a primera hora Bodas de sangre. Ya se la has pasado a otros cursos. Tú la has visto docenas de veces desde aquella primera y emocionantísima vez que la viste enamorado en París. Mis alumnos la han visto con atención. Era primera hora de la mañana. El DVD ha trasteado un poco pero al final ha funcionado. Cada vez que la ves es como si fuera la primera. Asistes con detenimiento a cada detalle, a cada imagen, a cada encuadre. Eres como un niño que ve su película infinidad de veces. No has tenido que hablar. ¡Qué maravilla! La película se explica por sí sola tras haber leído la tragedia, la maravillosa tragedia de Federico García Lorca.

Eres tutor. Tienes una entrevista con una madre de una alumna. No es propiamente su madre pero es como si lo fuera. Hay emoción en el encuentro. Hay citas que se cargan de dramatismo e intensidad. Surgen historias terribles e injustas. Intentas que la alumna dé más de sí. No sabes si puede hacerlo. Presionas para conseguirlo. No sabes si has tocado las teclas adecuadas porque has puesto a la alumna en un compromiso delante de su “madre” y esto es un error según Frank McCourt en su libro El profesor. A veces no hay que decir totalmente la verdad a los padres si ésta pone en dificultades a los alumnos. Esto les lleva a perder la confianza que tienen en el profesor. Pensarás sobre ello el resto del día.

Para terminar la mañana un ejercicio de comprensión lectora. Los alumnos te piden ir a internet a “cuidar” sus blogs, pero hoy no toca, aunque la semana que viene hay un tremendo puente o acueducto de cinco días sin clase. Es un puente que desarma lo que queda de trimestre y rompe totalmente el ritmo de las clases. Todo sea en honor de nuestra Constitución –que nadie celebra- y la Inmaculada Concepción -en la que nadie cree-.

Les planteas un texto sugerente que parece gustarles. Es periodístico y cuenta la historia de un subdirector general de investigaciones agrarias que aprendió a leer a los diecinueve años. Haste entonces había sido pastor de cabras. Luego terminó haciendo la carrera de ingeniería y el doctorado. Ha escrito quince libros y ocupa un alto cargo en la dirección general de investigaciones agrarias. Están callados. Tú les vas ayudando individualmente según te plantean sus dudas. No tienes que explicar. El texto es suficientemente elocuente.

Por la noche, atiendes a tu correo electrónico. Entras en los blogs de tus alumnos. Lees lo que van escribiendo. Algunos son sumamente interesantes. Se destapan blogueros de raza que son conscientes de pertenecer a una nueva generación. Kiko anima a sus compañeros a crear sus blogs porque "todo el mundo tiene algo que decir". Es la base de los blogs. Todos tenemos algo que decir y encontramos en la blogosfera a alguien que quiere oírte, alguien a quien tus palabras no le dejan indiferente. Puede que sea uno o veinticinco. Es esa necesidad expresiva la que hace tan contagiosa la experiencia del blog.

Última sorpresa cuando te vas a dormir. Un alumno de cuarto se te ha colado en el blog de Profesor en la Secundaria. Querías evitarlo. Querías mantener tu blog alejado de tus alumnos. En este caso el alumno de forma anónima te anima con tus proyectos, incluido el de ir a ver la película de Al Gore, Una verdad incómoda que habías descartado por lo complejo de la película. El alumno ha leído tus últimos posts. Estás al descubierto. Era un peligro que acaba de concretarse. Esperemos que las consecuencias sean positivas. Al fin y al cabo lo que escribes no puede ofender a nadie. Procuras escribir con respeto sobre tus alumnos y el mundo educativo.

Diderot escribió un magnífico libro titulado La paradoja del comediante. En él planteaba la contradicción del actor que para representar dramáticamente una escena necesitaba estar frío en el aspecto emocional. Es la misma paradoja del enseñante. Cuanto más frío esté, cuanto más se sepa contener, cuanto más sepa reservarse, mejor podrá desempeñar su trabajo. El exceso de pasión no ayuda sino todo lo contrario. Cuanto más sereno voy a clase mejor profesor soy. El problema es que no siempre eso es fácil de conseguir, exactamente igual que a los actores. Hay que saber enfriar la cabeza y tener cálido el corazón.

martes, 28 de noviembre de 2006

Comunicación

Cuando comienzo un curso académico, el propósito principal que persigo es el de establecer una buena comunicación con mis alumnos. No siempre es fácil porque como sabe todo conocedor de la teoría de la comunicación, ésta supone un intercambio de flujos informativos. No basta que yo intente establecer puentes sino que los que actúan como receptores han de ser sensibles a dicho esfuerzo y corresponder a él. Y no todos los grupos humanos responden del mismo modo. Cada curso, cada clase, es un misterio. Nadie sabe cómo y por qué vas a conseguir articular una comunicación efectiva con sus miembros que actúan como colectivo. En efecto, el profesor dice. Voy a cuarto A, o voy a cuarto B, o voy a cuarto C. E, inmediatamente, se abren realidades distintas y complejas.

Con tal curso hay una relación de simpatía, de receptividad, de respuesta positiva a tus iniciativas y propuestas. Y, sin embargo, con la clase que está al lado, no consigues dicha relación teniendo en cuenta que son cursos de niveles muy homogéneos y que no abundan los elementos especialmente conflictivos. Para tu pasmo, oyes que otro profesor te comenta que le pasa exactamente lo contrario. Que es con el curso que tú te llevas regular con el que él consigue una buena comunicación.

Llevo años en la profesión y todavía me estoy sorprendiendo de lo variados que son los grupos humanos, tanto como las personas. El mismo profesor se descubre con dificultades enormes para impartir una clase cuando acaba de darla en el curso de al lado con toda comodidad.

No sé si recuerdan mi propósito de iniciar mis clases con un espacio de escucha activa llamado Rincón poético. Mi objetivo era comenzar la unidad didáctica con la lectura de unos poemas motivadores que crearan un clima de atención y que los hiciera sensibles al lenguaje poético. La idea no era mala. Es importante educar a los adolescentes en su capacidad de recibir el lenguaje de la poesía. Sin embargo, observé rápidamente que en un curso la lectura de poemas era motivo de jolgorio y distracción. No me ayudaba a reconducir la clase sino todo lo contrario. Estuve varias semanas leyéndoles poemas de distintos autores pero al final tuve que desistir. Cualquier verso que les hiciera gracia era ocasión de pérdida de tiempo y de alboroto. En el curso de al lado, he continuado con esta propuesta, y si algún día se me olvida, son los alumnos los que reivindican su derecho a escuchar buena poesía. Sé que cuando llego a dicho curso he de llevar preparada la lectura de tres o cuatro poemas, que antes he tenido que escoger cuidadosamente, lo que me lleva un tiempo precioso pero que doy por bien empleado.

El profesor de literatura es uno pero la recepción de sus enseñanzas es compleja. A veces se consigue una buena comunicación y otras veces esta comunicación no existe en absoluto por mucho que intente entregarse y se prepare las clases.

El profesor es un conductor de personas, una especie de manager de grupo que está expuesto a la diversidad humana y a la sorpresa continua. Sin embargo, hay algo que repugna a la idea de ser un buen profesor: la de ser un domador de personas. Este fin de semana he asistido como espectador a una función de circo. En ella, unos payasos dirigían las cabriolas y evoluciones de distintos tipos de cuadrúpedos, desde ponies, a asnos o caballos grandes. Por otro lado había conejos y palomas. Todos actuaban como esperaba el domador o el prestidigitador. No creaban ningún problema. Todo respondía a un esquema preestablecido. Estaban hábilmente domesticados. Carecían de impulso propio.

Ni nuestra función ni nuestros alumnos son afortunadamente así. No podemos programarlos para conseguir una respuesta determinada de antemano. Cada curso académico es un descubrimiento –los hay afortunados y los hay complicados-; cada clase a la que entras es un problema diferente – las hay cómodas y las hay muy difíciles- ; cada alumno al que te enfrentas es un sujeto distinto que te expone a cuestiones diferentes. El objetivo es que tienes que enseñarles algo, que la experiencia y aprendizajes acumulados en tantos años de estancia en un centro educativo sean fructíferos.

A mitad de curso hay veces que cuando vas a clase lo haces con una alegría incontenible, con unas enormes ganas, y otras veces cuando suena el timbre, respiras hondo varias veces y te dices: allá voy, que no me pase nada.
Somos prestidigitadores de sombras o algo así. Pero en ocasiones nos sale mal el truco y quedamos fatal. Otras veces amas endiabladamente esta profesión tan disparatada, si se me permite el adjetivo.

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