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viernes, 20 de marzo de 2020

Las exequias en tiempos del virus


Hoy he pensado en los funerales que se estarán celebrando estos días en los tanatorios. Por un lado, de los centenares de víctimas del coronavirus (ya vamos por más de mil según creo), añadidas a las otras, las que son por cualquier otra causa. Me imagino esos funerales y esos velatorios entrando la gente de dos en dos sin poder abrazar a los que han perdido a alguien, sin poder darle la mano, a distancia de dos metros; se evitarán las aglomeraciones y se pedirá a los amigos y familiares que vayan solo los más cercanos, y en la capilla, los pocos que estén presentes con mascarillas y guantes, evitando la cercanía de otros participantes. Y todos sobrecogidos de miedo por posibles contagios, especialmente si ha sido por el Covid-19.

En China están prohibidos los funerales por coronavirus. 

Si algo tienen los funerales es la posibilidad de convertirlos en algo hermoso, unas palabras, una pieza clásica interpretada, el ritual, la proyección de fotografías si es un funeral laico, y luego el contacto humano, los abrazos sentidos, el calor que se transmite en medio del duelo a veces tan doloroso, las palabras de consuelo…

Los funerales suelen ser tristes cuando se muere alguien a destiempo. Reflexiono sobre ello porque estoy preparando uno para una amiga que quiere que en él se celebre algo hermoso cuando llegue su hora, previsiblemente pronto por la edad que tiene. Me ha contado qué piezas musicales querría, las personas que quiere que hablen en su responso, y las botellas de cava que habrá después del funeral laico celebrando la plenitud de su vida. 

Siempre es a destiempo cuando uno muere, pero en estos días, tiene que ser ominosamente triste todo lo que rodee al funeral. Es un efecto secundario en el que no había pensado.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Charly en las duchas de Auschwitz-Birkenau


Charly, se llamaba así, ¿por qué esforzarnos en buscar un nombre más original para un hombre tan del montón? Charly, digo, era un hombre común, un hombre vulgar, sin atributos aunque no había leído a Robert Musil. Charly era un ser al que una antigua novia había enjuiciado como un hombre-veleta, que giraba y daba vueltas según le diera el viento. Un día, Charly leyó que los hombres que se hacían preguntas eran más fuertes que los que no se las hacían, y esto le hizo pensar porque él se hacía preguntas constantemente, pero no concordaba con la imagen de supuesta fortaleza que se atribuía a los hombres dubitativos. Ya le hubiera gustado a él tener algo de consistencia para resistir la vida. Era un milagro que Charly sobreviviera y la explicación plausible es que se vive a pesar de todo, no en función de los valores o aciertos del sujeto. La vida para Charly era confusa y oscura, turbia y dolorosa, pero ni siquiera en esto era original. Ya Pío Baroja había retratado a un antihéroe existencial en su novela El árbol de la ciencia. Andrés Hurtado era un antecedente suyo, mucho más sofisticado e inteligente, pero también él consideraba la vida como esencialmente dolorosa.

Charly se levantaba cada mañana con el temor de iniciar un nuevo día. Hasta que no hacía la cama parecía no quedarse tranquilo. Luego escribía en el ordenador sus preguntas e incertezas en forma de diario, aunque no sabía para qué. Su vida era afortunada en el aspecto económico pero en el lado vivencial era un fantasma, un ser insano y maligno. Así se veía él. No solo era frágil y evanescente sino que se veía como un personaje dañino para la vida y tantas veces había anhelado la muerte… Y no era un problema de ir a un psiquiatra para que lo medicara, Ya había ido y no había obtenido ningún resultado. Él era oscuro y siniestro de raíz, en su propia conformación original. Estaba mal hecho.

Alguna vez se soñó en un campo de exterminio nazi en un barracón de Auschwitz-Birkenau, durmiendo sobre el suelo, devorado por las ratas. Y llegaba el día en que se hacía una selección y él era destinado a las duchas. Como esto lo imaginaba, no le sorprendía e incluso lo veía como algo producto de la justicia poética. No lo lamentaba y además sería algo breve. Solo tendría que quitarse sus harapos a rayas, quedarse desnudo, y pasar a una sala con supuestas duchas. Él sabía que no eran duchas, pero sus compañeros no. Creían que era una medida de higiene. Pero él no, sabía. Dejó su último libro en las perchas en una bolsa de papel  y entró en la sala. Sabía que luego lo incinerarían en un horno crematorio. No lo consideraba impropio sino muy adecuado. Era una forma rápida de morir. Charly entraba hasta con un gesto de orgullo y de altivez, esa que no se permitía en su vida cotidiana. Asumía su destino libremente, eso era algo mucho más de lo que podían hacer los pobres desdichados que habían sido conducidos a Auschwitz sin saber adónde iban… Así que entraba desnudo y contento. Solo serían unos minutos hasta que el Ziklon B hiciera efecto. Sufriría ahogándose pero ¿acaso no era su sino de cada uno de los días? Entró y se cerraron las puertas, todos estaban desnudos. Charlie pensó que había llegado al final de su recorrido absurdo como langosta humana… Entonces sintió por primera vez la idea de aquí y ahora. Este era el momento presente, no tenía ya ninguna pregunta, solo aceptación de su destino, un amor fati,  pese a todo.

Pero Charly despertó un nuevo día, se vio en su cama, miró la hora y se dio cuenta de que era un día más… Se levantó a escribir este sueño… No recordaba el libro que había dejado antes de entrar en las duchas…

lunes, 22 de abril de 2019

Un dia de primavera


Una franja frágil bajo el cielo, el mar, plomizo, verde, turbio… Grandes olas, rompientes, llegan a este pueblo, que fue marinero, en una sinfonía monótona y gris. El paseo Marítimo, multitudes que desfilan hacia aquí o hacia allá, en un día de semana santa borrascosa como si fuera una ciudad del norte. Robin toma una cerveza en la terraza de un bar de chinos, frente al oleaje turbulento que mira una y otra vez mientras lee una novela americana de Richard Stern. De pronto, llega una familia y Robin la mira con curiosidad. Son tres, los padres y un hijo disminuido, al que antes llamaban “tonto”, que va en silla de ruedas y exhibe una risa nerviosa, turbadora, abriendo la boca y franqueando sus dientes amarillentos, a la vez que va dando lacerantes bramidos. Robin mira a sus padres, ya avanzada la sesentena, exhaustos y deteriorados. Llevan de una correa una perrita yorkshire con un ancho collar que pone Moschino. La impresión de ver a esta familia no puede ser más sorprendente para Robin, que los observa con discreción. 

El padre se ha sentado en la terraza exterior y enciende un cigarrillo y se pone a mirar obsesivamente el móvil con un gesto de absoluto abatimiento. Pide un cortado que le trae el diligente camarero chino. Pelo tupido pero totalmente encanecido, rostro cansado. Es alto y parece consumido, su envejecimiento prematuro no deja lugar a dudas de la crueldad de su vida. La perrita, tumbada, a veces se levanta y mira atentamente con negros ojos, increíblemente vivos y encendidos como tizones. La madre ha entrado dentro con el muchacho que tendrá unos treinta años. Ella está todavía más cansada y cenicienta. Se queda sentada con su hijo que aúlla, agudos lamentos que resuenan en el interior del bar. El aspecto de ella es descuidado, ni una gota de maquillaje en su arrugado rostro, ropa ajada, mal combinada… Come impúdica cacahuetes que dan con la consumición. El niño-hombre grita luego llamando  papáaaaa, papáaaaa, papáaaaa, arrastrando la última a. El hombre en la terraza hace caso omiso y sigue trasteando con el móvil y fumando su marlboro que se va consumiendo. La perrita mira al interior reconociendo a su otro amo. Imagina Robin a estos padres íntimamente destruidos pensando en el futuro de su hijo, al que no saben cuánto tiempo más podrán cuidar. La vida no puede haber sido más cruel con ellos. El hombre en un momento se levanta, paga y se va hacia la playa y mira absorto el mar, como si quisiera huir hacia algún otro horizonte. El niño aúlla papáaaaaa, papáaaaa, papáaaa… 

La madre, con los ojos semiabiertos, recuerda el sueño de madrugada en que ella, joven, poco más allá de la adolescencia, era esbelta y hermosa; evoca un día azul y luminoso en que llevaba un vestido amarillo de gasa, sin sujetador, y se le insinuaban los pezones en su piel morena. También estaba en la playa, y recuerda ese día en que su pelo oscuro ondeaba, mecido por al aire de la mañana, en aquella playa de Ibiza cuando era hippy, rabiosamente joven… y adoraba a Pink Floyd cuando tomaba LSD en la arena al atardecer. Ha soñado con ello y ha sido feliz… Son días que, transfigurados, retornan algunas noches en que sueña con el deseo y la juventud. Se sonríe y respira hondo. Vuelve aquí y mira a su hijo que es inconsciente de todo pero siente todo, incluido el cansancio atormentado y la tristeza de sus padres cuando lo visten, lo lavan o lo sacan a pasear… 

El padre vuelve, ha resistido el impulso de escapar, y va hacia su hijo y su mujer. Empuña la silla y la avanza hacia la puerta. Ambos se ponen en movimiento y se dirigen al paseo con su perrita y la silla con el muchacho que parece sonreír con una mueca grotesca, mostrando todos sus dientes glaucos. El hombre empuja la silla entre la multitud, ella pone su mano sobre la de él con ternura, y siguen adelante, en un día gris y ventoso. Poco después se pierden entre el gentío. 

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