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miércoles, 23 de septiembre de 2015

El entusiasmo del profesor


Llevo dos semanas de curso y ya puedo hacer un primer balance provisional de la incorporación de estrategias de aprendizaje radicalmente distintas a las clases. Estas son la punta del iceberg de un proceso terriblemente complejo en que se puede decir que cada clase real supone cuatro o cinco horas de preparación si no mucho más. Mis clases se basan en la utilización de la investigación punta a nivel educativo. No explico. Mis unidades de información están grabadas en vídeo que ellos ven (me refiero a tercero de ESO) en casa. Las grabé durante el verano. Desarrollé la historia de la literatura del programa con mi voz y mi presencia histriónica, imágenes, mapas mentales... Ellos ven el vídeo y yo tengo constancia de que lo han visto y respondido a preguntas que van insertadas en el vídeo que se para. No son difíciles pero exigen atención continua. Yo recibo información de las respuestas. La respuesta ha sido hasta ahora de un ochenta por ciento de seguimiento pero sé que va a ir a más. Cuando llegan a clase les hago un cuestionario en el cañón digital con una aplicación que es una bomba que se llama Kahoot y que les entusiasma y les motiva enormemente. Ellos contestan con el ordenador o con el móvil y el ranking, basado en la corrección de la respuesta y el tiempo de la misma aparece en la pizarra digital, lo que promueve delirios de entusiasmo. La clase es un organismo vivo. Luego el resto de la clase les planteo problemas relacionados con el vídeo que han visto en los que han de aplicar estrategias del pensamiento. Ahora estamos trabajando la comparación. Se pueden comparar objetos, personas, movimientos estéticos, países, autores literarios ... Así que no necesito justificar que es un ejercicio intelectual de primer orden. Y curiosamente no son los más estudiosos los que destacan, que se ven sobrepasados por los más imaginativos y despiertos aunque no saquen notas brillantes.

Las clases son para pensar y pasan en un soplo. Se me hacen cortas y a ellos también. El aula se convierte en un espacio lleno de vida en el que los alumnos recuperan su individualidad y son algo más que alumnos que tienen que asimilar lo que el profesor explica. Es sorprendente cómo se expresan matices personales que los profesores no incorporamos al aula como riqueza porque los asumimos pasivos en las clases convencionales. El aula puede ser algo lleno de vivacidad y espontaneidad en que se aprenda de otra manera y más profundamente. Yo no he renunciado a mantener niveles de rigor importantes en las explicaciones, pero ellos lo ven como un juego. Hoy se hablaba en clase con tranquilidad sobre la METACOGNICIÓN como necesidad educativa, y eran ellos los que se habían familiarizado con este concepto sin esfuerzo.

Quiero que esperen la hora con impaciencia porque se lo pasan bien y aprenden, y a mí me verán igualmente feliz de participar en ese juego imaginativo que es el aprender de otro modo. Se me hace difícil que mañana, la virgen de la Mercé y patrona de Barcelona, haya fiesta y no haya clase. Salgo feliz del aula. Y ya no digamos tras una clase de bachillerato de literatura donde todos disfrutan hablando del Renacimiento y el Barroco con precisión pero con un sentido universal en el que se añaden reflexiones sobre el Islam (hay varios alumnos musulmanes), la muerte, el cerebro y su funcionamiento, la cultura de época, internet, los refugiados... La clase no puede ser un espacio cerrado, tiene que estar abierta al mundo y a la realidad. Además mis alumnos tienen que idear un mapa mental muy complejo a lo largo de un mes del periodo de los siglos de Oro. Trabajo con mapas mentales, una estrategia cognitiva de raíz constructivista que compara la radialidad de los citados mapas con la estructura del cerebro. Para hacer un mapa mental de la cultura de los siglos de Oro han de pensarlo y establecer jerarquías, conexiones y relaciones, documentarlos. Es una labor intelectual interesantísima que asumen con entusiasmo. Crear un mapa mental es adictivo. Yo he elegido MINDOMO tras ensayar con muchas aplicaciones de MIND MAPS. El problema es que es de pago, pero garantizo a todo docente que es una inversión para el centro formidable. Trabajar con mapas mentales es una apuesta por la inteligencia y un grado superior de pensamiento que el de la memorización a que suelen estar abocados nuestros alumnos, pues allí han de aplicar la comprensión profunda.

Para los profesores de materias humanísticas hay aplicaciones de Líneas del Tiempo gratuitas para los alumnos, y para los profesores que se hacen pasar por alumnos, donde en un eje diacrónico se pueden insertar toda una serie de acontecimientos históricos, literarios, filosóficos, culturales, etc. Es otra forma de mapas mentales pero longitudinales y que utilizaré también para mis clases de literatura.

Educativamente hay aplicaciones, generalmente norteamericanas, que son un prodigio por su versatilidad e inteligencia. Yo utilizo desde hace años la plataforma EDMODO como muro para mis alumnos.

El uso masivo de la tecnología no supone una disminución en el humanismo de las clases, sino un refuerzo del mismo, pues los alumnos adquieren otra dimensión que la de ser entes pasivos y receptores de la información que les damos.


Eso sí, reitero que el hecho de renovarse supone un desgaste personal –gozoso- muy fuerte. Y hay días en que llego a las once de la noche totalmente exhausto psíquicamente y que necesito el sueño reparador para levantarme al otro día. Las clases pasan ligeras y no cansan al profesor que no ha de luchar por la atención sino dejarse llevar por el entusiasmo de los chavales que contagian al docente. Y el final del día deja un sabor parecido a ¿eso es todo? Tengo ganas de más.