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domingo, 17 de octubre de 2010

Una iniciativa valiente


No puedo menos que sentirme alborozado por la situación planteada en la escuela de primaria Taquígraf Garriga de Esparraguera (Barcelona).  La semana pasada el conseller de Educación Ernest Maragall visitaba la escuela esperando encontrarse un recorrido cómodo en el que todo fueran besamanos, aulas ordenadas y declaración de buenas intenciones. Sin embargo, el claustro de profesores de este CEIP decidió actuar críticamente con el conseller al que no le gusta en absoluto la disensión.  Tenía previsto recorrer el centro y tener un encuentro con el claustro de profesores del mismo, así como con el AMPA (Asociación de Madres y Padres). Una de las funciones de la escuela debería enseñar a ejercer la crítica razonada. Pues bien, los profesores del centro llenaron los pasillos de carteles murales en los que se expresaban el mundo de las emociones que habían estado trabajando con los alumnos. Y también expresaron sus emociones respecto a una ley de Educación (LEC) aprobada en el Parlament que ha llevado el malestar a los centros educativos y a los profesores que se sienten desoídos, deslegitimados y abandonados por la Administración Educativa. Es una ley –aprobada democráticamente- en la que no se ha tenido nada en cuenta a los principales actores del hecho educativo, una ley política mediocre y nefasta que desdeña la aspiración al conocimiento, la autoridad del los profesores, refuerza los poderes, con mucha probabilidad arbitrarios, de los directores de centro, y sobre todo favorece a la escuela concertada en detrimento de la pública. Es una mala ley, que ha sido objeto de varias huelgas y manifestaciones en contra con participación masiva de los profesores.

La escuela Taquígraf Garriga decidió comunicar al honorable Conseller su malestar y su crítica a dicha ley poniendo de manifiesto que no se ha escuchado a los profesores para su elaboración y aprobación. Todo el centro estaba lleno de carteles alusivos al cansancio, sensación de abandono y marginación de la que se sienten objeto los docentes. Culminaba el trabajo sobre las emociones con una pancarta en la sala de profesores que decía: La llei d’educació ens fa fàstic (La ley de Educación nos produce asco).  El hermano de Pascual Maragall entonces se negó a dialogar con los profesores bajo ningún concepto y abandonó el centro diciendo que era una ley aprobada por el Parlament y que no tenía nada de que hablar sobre el tema. Los padres le entregaron una carta crítica con la citada ley, pero él les espetó que estaban muy mal influenciados y se negó a escucharles a sus críticas sobre el nuevo calendario escolar, la suspensión de la jornada continua en el mes de junio en los centros de primaria, y otros aspectos del nuevo ordenamiento jurídico.

El conseller se vio puesto en cuestión y eso no le gustó. Desprecia a los profesores que se sienten olvidados por un político que no sabe nada de Educación y que mira con recelo y desconfianza a los docentes de los que espera nada más que acatamiento. Fue una mañana penosa que puso de manifiesto la nula disposición al diálogo y la escasez de talante democrático de este conseller que ha hecho aprobar un instrumento legal criticado desde muchos ángulos a los que no se ha escuchado.

Un bravo por estos colegas del colegio Taquígraf Garriga que han ejercido su derecho a la disensión, ese valor que las competencias trasversales nos llevan a enseñar a nuestros alumnos y no a ser sólo una masa aborregada que vota cada cuatro años y mientras tanto se mantiene callada porque es lo que le toca. El gesto de estos maestros me enorgullece acostumbrado ya al conformismo, la pasividad y el fatalismo que ha invadido la profesión docente, teniendo en cuenta que cuando entré en ella nos caracterizábamos por el entusiasmo y el espíritu crítico y contestatario. 

¡Bravo!

miércoles, 13 de octubre de 2010

Un poco de espiritualidad

                                                             Cristo en la cruz (Goya)

Estoy comentando en clase de segundo de bachillerato la antología propuesta para las pruebas de las PAU (Pruebas de Acceso a la Universidad). Hoy explicábamos varios textos de poetas como Fray Luis de León. Mañana nos corresponde San Juan de la Cruz. Hemos contextualizado el Renacimiento, el Humanismo, la reforma de la poesía llevada a cabo por Garcilaso, la trasposición a lo divino de las imágenes amorosas, el fenómeno ascético y místico…

Hoy no hemos podido evitar desarrollar la secuencia de ideas de dos odas de Fray Luis: Al licenciado Juan de Grial (XI), y De la vida del cielo (XIII). Ambas son magníficas. En ellas Fray Luis dialoga con su amigo Juan de Grial recreando la llegada del invierno como espacio de tiempo propicio al cultivo de la poesía y el ascenso espiritual que esto supone más allá de las apetencias de poder o riqueza tan vanos.

En la segunda oda, se exalta la vida en el cielo, en ese prado de bienandanza, lleno de imágenes bucólicas en que brilla la figura del Buen Pastor que apacienta a su hato amado y que es pastor y pasto.

Para intentar llegar a mis alumnos he tenido que explicar la imagen de Cristo como Divino Pastor que guía a su rebaño. El gozo es absoluto. Es la imagen del paraíso y la eternidad. El divino pastor toca el rabel y el dulzor de su música pasa a las almas que dejan atrás el oro y la vida terrena.

No sabían nada de la Trinidad, ni de la institución de la Eucaristía en la última cena. Algunos habían hecho la primera comunión, otros no. Había una alumna musulmana que no sé qué pensaba del asunto. Les ha sorprendido la explicación de la trilogía de dioses (Padre, Hijo y Espíritu Santo), la Encarnación, la dualidad de Cristo como hombre y Dios, las imágenes del alma como Amada y de Cristo como Esposo.

Varios han opinado y han afirmado que todo esto son tonterías, que cualquiera puede inventarse lo que quiera y fundar una religión. Yo que soy en cierta manera religioso (próximo al budismo y no contrario a manifestaciones religiosas auténticas) les he intentado hacer ver que la historia sagrada contribuye a alumbrar nuestra cultura, que no es posible acceder a las imágenes de buena parte de nuestra literatura sin unos conocimientos mínimos de fundamentos religiosos, que no se pueden entender mínimamente los pórticos de las catedrales (escritura sagrada) sin cierta cultura religiosa. Me han preguntado si yo era creyente, pero he preferido dejar pasar el tema porque sería demasiado complejo explicarles lo que yo siento.

Pienso que las nuevas generaciones llegan al bachillerato con una cultura próxima al cero en muchos aspectos, pero no es éste uno de los menos preocupantes. La historia de occidente es cristiana. Es necesario conocerla para entender muchas cosas de nuestro pasado, de nuestra literatura, de nuestro arte, de nuestra concepción de la vida.  Da igual ser ateo o no. Yo de hecho pienso que lo soy, pero entiendo y me llega la belleza de los mitos religiosos en que me formé, a pesar de que fueran profundamente represivos.

Me pregunto qué les quedará de duradero en esta época: si los centros comerciales como fundamento existencial, si el fútbol, si Fernando Alonso, si el ansia de riqueza (todos anhelan ser ricos sin esfuerzo) frente a la postura de Fray Luis que encarna ese abandono del ser frente a la inmensidad y belleza de lo eterno. Ante ello, la fama, el dinero o el poder no dejan de ser efímeros y pasajeros, fenómenos que se lleva el viento.

Es difícil explicarles a Fray Luis, pero la clase ofrece múltiples ocasiones de diálogo en que se contrastan su opinión de que todo eso son tonterías y que lo que importa es hacerse rico lo más rápidamente posible, aunque se concede que la salud es también importante.

Me temo que este programa de imágenes poéticas requiere mucho más tiempo del estipulado. No es fácil explicar la visión de Fray Luis sin incidir en nuestra propia existencia. Sudo cuando mañana tengamos que adentrarnos en la mística de San Juan. La distancia vivencial hacia esas experiencias de misticismo es tanta que no puedo imaginar cuál es el punto de contacto para acercárselas. Hace un par de semanas les proyecté El imperio de los sentidos para inducirles algo de espiritualidad erótica, pero me temo que el terreno no está abonado. Tenemos poco que hacer frente a las imágenes mediáticas del placer de los sentidos que llenan la propaganda consumista que permiten acceder al paraíso de forma cómoda, confortable y sin problemas con los créditos y plazos adecuados.

Afortunadamente un alumno ha reconocido que oyó hablar del premio Nobel aunque no sabe a quién le correspondió. Era de Sudamérica, parece, pero no lo tiene muy claro. 

lunes, 11 de octubre de 2010

Una experiencia mística

                                                     Sierra Guara                                                   
Déjadme hacer una entrada atípica. Soy un apasionado de la cocina, pero no siempre tengo el tiempo suficiente para dicha dedicación. Mi compañera, mi esposa, mi mujer, mi hembra… tiene un paladar fino y delicado. Yo no soy capaz de expresar mi opinión sobre los distintos sabores. Me gusta el aceite artesano extra virgen bañando las ensaladas o el pan tostado o el queso o los tomates cherry.

Este puente del Pilar nos hemos permitido escaparnos a pasar dos días y dos noches (con lo que eso significa) a un alojamiento rural en Adahuesca (Huesca). Se llama El Puntillo en plena sierra de Guara. Hemos cenado allí dos noches. En la comida nos conteníamos para cenar con más apetito. Habitaciones bellísimas con vigas de madera en una antigua casa de pueblo, trinos de los pajaritos en los árboles de alrededor, silencio, decoración esmerada, libros por todas partes, madera…

Y por la noche una cena regada con vino del Somontano joven. Detallo al final lo que cenamos las dos noches. Quizás no impresione mucho la lista de exquisiteces que comimos. Sólo apuntaría a la pequeña cantidad de cada elemento, su extraordinaria calidad, su producción artesana y su cocinado artístico. El resultado es un conjunto sinfónico de sabores que suponen una auténtica experiencia mística. Nunca había considerado tanto la cocina como un arte como hasta estas dos noches en que en pequeñas porciones y sin quedarme lleno he podido degustar el arte en estado puro. Cada plato suponía una combinación de notas que armonizaban las distintas expresiones de los sabores. Era tan escasa la cantidad que pocas veces he podido disfrutar tanto dos langostinos a la plancha, o unos ñoquis con una salsa realmente maravillosa de tomates cereza o un bacalao (pescado que me entusiasma) con una salsa de setas y trufas. Increíble.

Miguel, un hombre de sesenta y cinco años, andaluz, hippie, anarquista, músico, creador, es el autor de esta cocina mistérica. Le acompañan su mujer, Lupe, catalana, dulce, extraordinariamente amable y eficaz y un hijo de unos veinte años, excelente camarero que nos ponderaba las características de cada pequeña maravilla que nos servía.

Envidié a Miguel, un hombre en esencia libre, que proyecta con la cocina su espíritu creador y revolucionario. Quizás viva de alimentar a los burgueses más que a los obreros, que no sé si sabrían disfrutar de este tipo de cocina. Su vida es arte y su pequeño hotel de tres habitaciones es una verdadera proyección artística. Encontré en estos tres personajes que servían como máximo tres o cuatro mesas preparando cada plato como si fuera un tesoro, un mundo sorprendente. Nunca he sentido tan profundamente que cada plato puede llegar a ser un poema.

No me importó pagar la factura, que en el fondo no era tan elevada. En plena sierra Guara, en días de tormenta.

Dejo constancia del menú de las dos noches:

Primera noche:

Ñoquis con salsa de tomates cereza.
Langostinos a la plancha
Bacalao con salsa de setas.
Melocotón confitado con merengue recién hecho.

Segunda noche:

Crema de zanahorias con huevas de pescado.
Espárragos trigueros a la plancha con pimientos del piquillo rellenos de queso de Radiquero y membrillo, posteriormente rebozado con tempura.
Medallones de solomillo de cerdo con salsa de higos.
Pasteles de pollo de corral rebozados y fritos con mermelada casera de tomate.
Ensalada de lechuga, granada, remolacha, cebolla.
Helado de vainilla.

Para desayunar…

Zumo de naranja.
Virutas de queso parmesano con pan tostado bañado con aceite del somontano.
Croissancitos rellenos de confitura casera.
Jamón serrano.

¿Qué os voy a contar? Una experiencia mística. ¿Sabéis de algo parecido?

viernes, 8 de octubre de 2010

Latinoamérica en el corazón

                                                             Alejo Carpentier (cubano)
Mi entrada al mundo de la literatura no fue por las clases espléndidas en la universidad de Zaragoza de Víctor García de la Concha. Yo repartía pan por las mañanas antes de ir a clase y cuando llegaba a la universidad me encontraba con su asignatura de literatura del siglo XVI.  A veces me dormía escuchándolo. Era un histrión fantástico, pero nunca me llegó a emocionar. Sabía mucho de mística y de poesía de postguerra, pero su estilo me resultaba pretencioso y nunca me entendí con él. Tuve más suerte con Agustín Sánchez Vidal, especialista en Buñuel, Miguel Hernández y cine. Algunas clases suyas fueron excepcionales, una en especial recuerdo sobre la construcción de El Quijote proyectándonos Las Meninas de Velázquez. Alguna vez me gustaría conseguir la emoción que sentí escuchándole en sus primeros años como profesor, antes de que percibiera un cierto desencanto.

Pero no es de ellos de quien quería hablar. Tuve en cuarto de Filología a una profesora cuyo nombre no recuerdo y lo siento. Era una profesora que era menospreciada por sus alumnos no sé por qué. No tenía un relumbrón como el de Víctor García de la Concha. Daba la asignatura de Literatura Hispanoamericana. Tenía yo veintiún años en 1977, en plena transición política. Militaba en un partido de extrema izquierda. Descubrí gracias a aquella profesora de nombre desconocido la inmensa riqueza de la literatura en lengua española escrita en América. Descubrí a Alejo Carpentier, a Vargas Llosa, a García Márquez, a José Donoso, a Juan Carlos Onetti, a Carlos Fuentes, a Julio Cortázar, a Borges, a Miguel Ángel Asturias, a Ernesto Sabato, a Uslar Pietri, a Augusto Roa Bastos, a Lezama Lima, a Mújica Lainez, a Guillermo Cabrera Infante, a Manuel Puig, a Adolfo Bioy Casares, a Juan Rulfo… Fueron una revelación para mí. Creo que descubrí mi amor por la literatura –ya era lector contumaz- gracias a los autores latinoamericanos. Me sumergí en ellos con una pasión absorbente. Gracias a ellos llegué a la literatura. Era una época propicia que se manifestaba con el llamado “boom” de la literatura hispanoamericana. Cada libro de Cortázar me maravillaba, lo leía y releía. Su Rayuela lo leí en varias ocasiones de todas las formas posibles. El barroquismo de Alejo Carpentier me fascinaba en una época de profundo compromiso político. Su apuesta por la revolución me resultaba exaltante. Leí sus extraordinarios Los pasos perdidos, El siglo de las luces, La consagración de la primavera, El recurso del método… Yo buscaba en la estética una razón de estar en el mundo. Y el planteamiento experimental de la mayoría de estas obras que ponían en cuestión la literatura tradicional me unía a la revolución literaria y política. La fecundidad de la literatura hispana en los países sudamericanos desbordaba los estrechos límites de la producción en la península. Nos sentíamos ligados a lo que pasaba allí, y no es sino en ese contexto cuando se produjo el golpe de Pinochet contra Allende en 1973. Recuerdo la oleada de solidaridad que despertó en la España predemocrática, incluso en periódicos de supuesta derecha como Pueblo que llegaba a mi casa todos los días.

Latinoamérica estaba presente en nuestras expectativas. Muchos autores del llamado boom vivían en España. Así García Márquez, Vargas Llosa, José Donoso… Leí todo el Vargas Llosa inicial: Los cachorros, Los jefes, La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral, La casa verde, etc, etc.

Pero luego hubo un momento que nuestro interés por Latinoamérica decayó, en especial por su literatura. Barcelona fue el eje de publicación de las principales obras de los autores citados. Seix Barral fue una editorial esencial en su difusión en el ámbito hispano. La Barcelona de los setenta fue infinitamente más abierta al mundo que lo que es la Barcelona nacionalista de la actualidad. Pero, poco a poco, se rompieron amarras con Latinoamérica. Y su literatura pasó a un segundo o tercer plano. Hoy día los autores de esa porción del mundo nos resultan alejados y extraños, salvando figuras históricas como las de Mario Benedetti. Pero lo más candente y actual de Hispanoamérica no figura entre nuestras inquietudes fundamentales. En algunos sentidos nos sentimos más cercanos a ciertas figuras de la literatura japonesa como Murakami que a los nuevos valores de la literatura hispana en América. El Premio Nobel a Vargas Llosa puede ser un reconocimiento del empate técnico entre las dos vertientes del pensamiento latinoamericano: el representado por Gabriel García Márquez, izquierdista y castrista, y el liberal de Vargas Llosa. Admiro profundamente a los dos, pero la vida me ha hecho y llevado a ser mucho más próximo al liberalismo de Vargas Llosa que el progresismo del autor de El otoño del patriarca. Eran amigos del alma y un día Mario Vargas Llosa le pegó un puñetazo en el ojo a Gabo en Mexico a propósito de una discusión de parejas.

Echo a faltar esa presencia cálida de lo hispanoamericano en nuestra vida cultural. Lo de Vargas Llosa está bien, pero es premiar –y es magnífico- a un fenómeno que dio lo mejor de sí mismo hace cuarenta años.

Me gustaría que Barcelona siguiera siendo ese puente entre lo español y lo latinoamericano, y que la literatura del otro lado del océano volviera a estar presente en nuestra vidas cuando tantos compatriotas ecuatorianos, bolivianos, colombianos, peruanos, dominicanos, chilenos, etc están presentes en nuestra España de comienzos del siglo XXI. Que no se sientan nunca ciudadanos de segunda. 

Sin duda la literatura hispanoamericana me abrió las venas de mi amor por la literatura. 

miércoles, 6 de octubre de 2010

El Premio Nobel de Literatura


Se ha fallado el premio Nobel de Literatura  2010 que ha correspondido a Mario Vargas Llosa, el escritor peruano que refulgió en el panorama literario con La ciudad y los perros y Conversación en la catedral, a los que siguieron La casa verde, Pantaleón y la visitadoras, La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo, La fiesta del chivo...

Puedes votar en la encuesta de la columna de la derecha. Quizás es tiempo perdido pero puede dar idea de lo que se cuece por aquí. No me parece mal y estoy contento de que sea un autor hispano, nacionalizado español, y con el que muchas veces estoy de acuerdo en su visión liberal del mundo.

Mario Vargas Llosa y Alejo Carpentier fueron mi pasaporte de entrada a la literatura hispanoamericana.

Los escritores más votadas en la encuesta son Philip Roth, Claudio Magris, Murakami, McCarthy, Kundera...


Una buena noticia para el mundo hispano.

domingo, 3 de octubre de 2010

Pasado de moda


Hace unos días estaba yo de guardia en mi instituto. Era una guardia relativamente tranquila, pero en un momento nos llegó la incidencia de que un alumno de tercero de ESO se había lesionado. Bajó cojeando. Me interesé por lo que había pasado. Parece ser que bajando la escalera alguien se le había interpuesto y el había tropezado y se había torcido el tobillo. Todos los alumnos tienen seguro escolar y hay un centro de traumatología donde atienden problemas como éste. Deduje que sería pertinente hacer una radiografía y practicar un vendaje compresivo si tenía un esguince o una distensión. No entiendo mucho. Estaba de guardia. Nada más fácil que coger a este alumno y llevarlo en mi coche, aparcado en el instituto, al ambulatorio a cinco minutos. Iría con él y le esperaría a ver el diagnóstico. Me pareció razonable.

Sin embargo, en cuanto formulé dicha hipótesis, la conserje torció el gesto. No podía llevarlo en mi coche. Habría que avisar a sus padres para que vinieran a recogerle y que hicieran lo más oportuno. Se lo planteé al alumno y me dijo que no quería inquietar a su madre (luego entendí por qué) y que prefería que no se enterara hasta después. Fui a secretaría a recoger la documentación, pero allí me volvieron a decir que yo no podía llevarlo al centro médico. Que pensara –me dijeron- en lo que podía ocurrir si sucedía algo en el trayecto. Que se me caería el pelo, el poco que me queda. Arguí que estaba muy cerca y que qué iba a pasar. Se avisó al Jefe de estudios que se reafirmó en la tesis de los conserjes y secretaría. Era absolutamente inapropiado que yo lo llevara en mi coche al centro médico. Que vinieran sus padres a buscarlo. Avisamos a su madre. Se puso a hablar de su expediente escolar con el jefe de estudios, olvidándose del tema que motivaba la llamada que no parecía inquietarle mucho. Yo razoné que lo más humano era llevar al muchacho sin más tardanza a que le revisaran. Así lo hice sin no pocos tiras y aflojas con jefatura de estudios. La secretaria me dijo que yo era un profesor de los de antes, y yo entendí que significaba pasado de moda, que se ceñía por un código que no es el normal en estos tiempos.

Le llevé. No pasó nada. Le hicieron la radiografía, lo vendaron y lo devolví al instituto, no sin haber trabado con el muchacho una conversación interesante que me dio a entender que su madre no confiaba nada en él. Sin embargo, yo tuve la sensación de que era alguien muy responsable, y que podía haber tenido malos momentos que le habían llevado a repetir. No sé.

Esto me lleva a recordar mi pasado como profesor cuando me iba un fin de semana con alumnos –sin permiso paterno- a pasar dos días acampados junto a un lago, o les llevaba a media noche a entrar en una cueva por túneles angostos que les evocaban en la madrugada la salida del claustro materno. Luego en el interior de la cueva contábamos historias de terror en la más absoluta oscuridad. Recuerdo haber hecho queimadas con alumnos de COU en un playa de Almuñecar de madrugada. Recuerdo cuando les tomaba fotos sin que fuera necesario un permiso especial de los padres para robarles la imagen. Y cuando mis alumnos llevaban una cabeza de cerdo y cien objetos raros a clase para hablar del surrealismo, bebiendo moscatel, en un tiempo en que los bares de los institutos no proscribían el alcohol ni a alumnos ni a profesores. Recuerdo haber fumado en clase y que mis alumnos de BUP me pidieran permiso para hacerlo ellos. Recuerdo cuando como profesores pensábamos que las clases eran una especie de acto de rebeldía frente al sistema y los alumnos participaban con entusiasmo poniendo en cuestión el mundo y la sociedad o aportando sus puntos de vista. Recuerdo alumnos con el torso desnudo llevando antorchas en el teatro del instituo representando un acto dadaísta.

No sé. Sé que estoy pasado de moda, absolutamente demodé y que esto pertenece a un pasado irrepetible, pero en el que existía un espíritu de cambio, de resistencia, de crítica frente al sistema fuera el que fuera. Y concordábamos en ello alumnos y profesores que no estabamos tan alejados.

Hoy todo es normativa, código, autorizaciones, programaciones, memorias que nadie lee, permisos, prescripciones, miedo a las consecuencias o a las demandas judiciales, direcciones burocráticas y carentes de imaginación…  Y nuestra máxima tarea es vigilar para que nada se escape fuera de nuestro control. Se pide autorización por escrito para todo, se teme dejarlos fuera de vigilancia en todo momento, y cuando se sale con ellos, se les acompaña a todos los sitios menos al cagadero donde todavía no hemos decidido intervenir, pero todo se llegará. De momento han de llevar un escrito cuando necesitan ir al váter por alguna necesidad.

Los institutos parecen penitenciarías, se cierran las puertas, se llama a casa si faltan… Todo me parece lógico, pero uno siente a veces la tentación de añorar el tiempo en que uno no tenía vocación de carcelero y creía que la enseñanza estaba unida al ejercicio de la libertad. Lo dicho, totalmente demodé.

Pensé que lo que había cambiado todo había sido el gobierno de la izquierda durante décadas a la que yo había votado siempre.

Temí haberme equivocado en esto último y sentí satisfacción por haber llevado a aquel muchacho al centro médico.

jueves, 30 de septiembre de 2010

El extrañamiento


Cuando he podido en mi historia como profesor, he intentado, como objetivo central de mi pedagogía, enseñar a pensar, estimular la reflexión sobre el ser humano y sobre el mundo. Pienso que la curiosidad es una facultad que nos impulsa a descubrir nuevos horizontes. Enseñar a pensar es aprender a cuestionarse uno mismo, a poner en duda lo sabido, a interpelar sobre lo desconocido, a desafiar nuestros propios estereotipos, ideas esquemáticas que contribuyen a tener una visión simple –o maniquea- del mundo. Este es el desafío intelectual. Para ello, el profesor ha de ponerse él mismo en situación de búsqueda, mostrando claramente que tampoco su mundo está cerrado y que se apasiona en ese indagar en las áreas seminales del conocimiento.

¿Cómo lograr esto? Pues no lo tengo claro. Sé que tengo diez alumnos de literatura española que no son muy propicios en principio ni a la lectura ni al ejercicio del pensamiento. Eso se creen ellos. Tengo una materia seleccionada por la universidad que he de enseñar, pero más importante que eso es potenciar la curiosidad intelectual. No pienso que lo que tenga que hacer es enseñarles a aprobar un examen con recetas pragmáticas. Creo que lo que tengo que hacer es descolocarlos, obligarles a un ejercicio de extrañamiento que les lleve a salir fuera de sí mismos y a contemplar el mundo con ojos nuevos. No hay peor enemigo del pensamiento que creer que uno lo sabe todo, que lo entiende todo.

Llevamos poco tiempo de curso, pero he tenido ocasión de poner a prueba su disposición reflexiva. Estamos en la literatura del Renacimiento y del Barroco. Un tema central es el misticismo, la búsqueda de la unión amorosa entre el hombre y dios, en un éxtasis de plenitud en que todo desaparece y el tiempo cesa. ¿Cómo ilustrar esta unión inefable? Pensé en proyectarles una película francojaponesa llamada El imperio de los sentidos del director Nagisa Oshima que me cautivó cuando la vi en los años posteriores al fin de la dictadura, cuando fue permitida. El imperio de los sentidos –no sé si la habéis visto- es una película durísima, erótica, violenta… Dos personajes, Kichi Sam y Abe Sada (una geisha),  llevan hasta el límite su deseo de posesión sexual. No quiero desvelar más detalles de la película. Baste decir que no es apta para menores y que sabía que les iba a resultar muy difícil puesto que puede herir la sensibilidad del espectador, aunque yo pienso que es una película intensamente poética. La he visto cuatro veces en circunstancias distintas y todas ellas me ha logrado conmocionar. Pero he leído críticas para todos los gustos que llevan a pensar que esta película es pura basura. Para mí es una muestra del intento humano de fusión mística a través del sexo. Algo no muy alejado de lo que proponen los grandes poemas místicos que hemos de estudiar. En todo caso, estaba seguro que la cinta les golpearía y les descolocaría. Asi fue. Les hice plasmar por escrito sus impresiones y estas fueron muy intensas. Desde quien veía en el filme la lucha entre eros y thánathos freudiano, a quien juzgó que era una película realmente asquerosa, pero no se dejaba de reconocer que entre aquellos dos protagonistas había amor, un amor extraño, obsesivo, que no buscaba perpetuarse en el tiempo, ese gran destructor. Su pasión había de tener un final, tras haber llegado al éxtasis y no tendría vuelta atrás. Hubo quien vio un filme pornográfico, y quién entrevió algo de lo poético. Para ello había que ir más allá de lo conocido.

Una alumna escribía: "A la pregunta de cómo es posible que dos seres que se aman anhelen el sufrimiento, opino que es tal la obsesión de los dos por ser uno que ven la forma de conseguirlo en la muerte. A consecuencia, deciden que Abe acabe con la vida de Kichi para así cortarle sus genitales ya que representaba que si ella tenía esa parte de él, serian solo uno. Por ello, después de cumplir la decisión de ambos, la protagonista escribió en el pecho de él con sangre: "Sada y Kichi, ahora uno."La reflexión que me ha llevado la película, es que se trata de un amor tan extremo que la obsesión que tienen el uno del otro le llevan al punto de cruzar las barreras del dolor hasta llegar a sentirse abrazados por la muerte."

Al día siguiente, les proyecté un vídeo de veinte minutos (primera y segunda parte) de una conferencia de una escritora nigeriana  a un público norteamericano en que les planteaba la necesidad de ir más allá de la historia única que contamos acerca de los distintos pueblos. Los africanos son así, los moros son asá, los gitanos son sin duda de esta manera, los españoles son…Ella como africana les hacía reflexionar sobre la complejidad de los seres humanos y las culturas y su imposible reducción a estereotipos. Nada es lineal y simple. Superar esa historia única confiere dignidad a los hombres. Este vídeo me lo envió V. y me fascinó desde el primer momento. Creo que es un material necesario y oportuno  para muchachos de bachillerato. El vídeo está en inglés con subtítulos en castellano. Son veinte minutos de intensa indagación en los estereotipos culturales para mostrar su oquedad, pero a la vez terribles porque llevan a la simplificación de las culturas y al odio entre los diferentes. Muchas veces a la guerra.

Hoy hemos hablado del barroco. Quiero que la clase sea un espacio de elaboración de pensamiento. Que no sea un ámbito cerrado al mundo. Un cañón de proyección en el aula es una ventana extraordinaria a la universalidad de la cultura. Y el profesor ha de convertirse en un provocador, un dialéctico que ejerza –con libertad y audacia- esa tarea necesaria de hacerles sentir placer en adentrarse en un universo complejo a través de la literatura, las imágenes, el cine… A amar el conocimiento. No sólo a soportarlo. 

lunes, 27 de septiembre de 2010

Y todo esto ¿para qué?


Soy profesor, además de la ESO, de segundo de bachillerato. Es una asignatura de modalidad: Literatura española. Tengo diez alumnos, no especialmente motivados por la literatura, pero sí por que el estudio tenga una recompensa social. Saben que si no estudian se quedarán sin nada, y en estos tiempos de crisis eso es un suicidio. No son en general estudiantes entusiastas, ni están acostumbrados a pensar. Se rigen más bien por estereotipos elementales. Mi desafío, como profesor, es intentar hacerles amar el pensamiento, ejercer la crítica, superar su tendencia a lo simple. Esto es con lo que sueño.

Sin embargo, he seguido en el diario El País, una serie de reportajes titulado (Pre)parados, a lo largo de la última semana en el que jóvenes sobradamente preparados, con carrera, con varios másteres, con idiomas, con estudios de especialización en Europa, están en paro y sus currículos ni siquiera reciben acuses de recibo. Están camino de la treintena y creyeron que una buena formación profesional les abriría muchas puertas y que su dedicación a su carrera tendría consecuencias definitivas. No ha sido así. La mayoría están en paro o subempleados cobrando salarios de seiscientos euros. No pueden irse de su casa ni vivir con su pareja. Sobreviven algunos con becas o subvenciones, y muchos han de pedir dinero a sus padres para pagar el transporte.

¿Quién les ha engañado? ¿Cómo les hemos prometido que si uno se esfuerza y estudia consigue sus fines? Algunos se plantean que para repartir pizzas o hacer de teleasistente, es mejor ocultar sus carreras o sus másteres. Es algo que cotiza en contra. Tienen una formación excesiva y eso levanta suspicacias. ¿Quién confiaría en un doctor en ingeniería para un trabajo eventual y de repartidor de pizzas?

No deja de ser significativo que muchos de los ejemplos traídos por El País señalen que profesionales superformados han encontrado trabajo en Europa, en el Reino Unido, en Holanda, en Alemania, en China, en Suecia… Son los nuevos emigrantes que ven que su capacitación les vale mucho más fuera de España que en su país. Y en contra de sus deseos, sintiéndose expatriados y desterrados, han de amoldarse a una vida diferente a la que habían esperado. Algunos guardan un sordo rencor hacia su patria y parecen renunciar a ella. Algunos son de los mejores de sus promociones, y su especialización ha sido apreciada en otros países europeos mientras que en España no reciben siquiera un acuse de recibo de su currículum.

¿Qué he de explicarles a mis alumnos de bachillerato? ¿Qué estudiando se consiguen oportunidades? ¿Qué estudiando uno se forja un futuro profesional? Para ello he de luchar contra la creencia de que lo que en realidad genera expectativas son los amigos que te pueden enchufar y colocar, que los estudios y la dedicación son accesorios. La excelencia no se prima en España. Sé de magníficos estudiantes que, tras acabar la carrera, con buenas notas, están en una crisis mayúscula. Los jóvenes son el segmento de población más castigado por la crisis, además de los mayores de cuarenta años que se quedan en el paro.

Quiero hacerles pensar, pero ¿sobre qué? ¿sobre la relativa utilidad de lo que están haciendo? ¿sobre el escaso aprecio que se tiene en este país hacia la calidad? ¿Pensar para qué? Cuando el futuro de uno está en el alero, las reflexiones son limitadas. Espero que ellos no lean este post. No me suelen leer. Pero quiero plantear esta reflexión a los lectores. Quizás haya otras alternativas como son el autoempleo o el convertirse en empresarios en un país en que es difícil y complejo constituir una empresa y que va en contra de toda la ideología que magnifica la opción de hacerse funcionario sobre todas las demás. Quizás nuestra formación debería empezar por esto, por hacerles ver que el futuro es sumamente incierto, que tal vez tengan que emigrar, que no podrán emanciparse hasta muy entrados los treinta si es que es posible entonces, que el estudio no garantiza un puesto de trabajo y a veces lo dificulta.

Pero mañana he de trabajar para hacerles sujetos críticos y reflexivos. Pero ¿les explicaré esto? ¿Habré de callarme como si no supiera nada? ¿He de dejar que se lo encuentren ellos mismos? ¿O lo sabrán ya? ¿Qué sentido tiene mi clase sobre el neoplatonismo en la poética del Renacimiento?

A veces pienso que tendría que darles dinamita. Pero he de prepararles para selectividad? Otra gran mentira. Este mundo es reflejo de otro, es un espejo, pero ¿de qué? Mañana les he propuesto que sean ellos los que me formulen preguntas que no pienso contestar. Pero formular preguntas supone un ejercicio de primer orden. Y todo esto ¿para qué? –sería una buena cuestión-.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Diarismo

                                                     Los amantes, René Magritte
He tenido algunas ideas que me han acompañado desde siempre. Me ha gustado comunicar y  referir mi propia vida . Desde muy pequeño me hice un lector compulsivo de tebeos hasta que descubrí los libros a los diez u once años. Empecé con libros juveniles que me apasionaban: Julio Verne, Emilio Salgari, Richmal Crompton … Cuando leí La infancia recuperada me di cuenta de que Fernando Savater y yo habíamos tenido una formación lectora (no sé si decir literaria) semejante. Coincidíamos en nuestra pasión por la aventura en el mar y por los personajes anarquistas como Guillermo Brown. Paralelamente a mis lecturas de aventuras, empecé a aficionarme a escribir diarios. Me he pasado toda la vida de alguna manera escribiendo diarios sobre mi existencia cotidiana o sobre mis viajes. Habitualmente ilustraba cada día con un dibujo que resumiera el espíritu de esa jornada. Pasaba un buen rato escribiendo con mi pluma pelikán e intentando encontrar un componente esencial en cada día para que no se limitara a ser un recuento de hechos intrascendentes y triviales.  He perdido mis diarios de adolescencia lo que es una pequeña tragedia. Estaba bastante desorientado y no me atrevía a escribir abiertamente sobre mis conflictos personales (las chicas, la confusión de la sexualidad, mi transformación, las relaciones con mis compañeros y con mi aspecto físico). Hace falta tiempo para  emprender un diario en que se escriba con total libertad. Tiempo y conquista de ese sentimiento de libertad interior. Pero si uno escribe todo lo que se le pasa por la cabeza, puede ser ciertamente peligroso porque uno puede convertirse en transparente para los que algún día -inevitablemente- puedan leer esos diarios y se asomen a tu  mundo interior oculto que para nada es el que es conocido públicamente. Pienso que ofrecemos a los demás sólo una pequeña parte de lo que somos, como un iceberg cuya mole gigantesca está debajo del mar. Los seres humanos somos extraños y muchas veces tenemos recovecos y vueltas insospechadas. Lo sé por mí y por la intensa observación a que me he dedicado durante muchos años de mí mismo y de todo lo que me rodeaba.

Un día me di cuenta de que me atraía mucho más inventarme mi propia vida partiendo de hechos que eran en apariencia reales. Aprendí a transformarme, a ser otro o varios otros, a desdoblarme jugando con la identidad. Me gustaba la suplantación, la hipersensualidad que llegaba a desbordarse en misteriosos encuentros inciertos o fruto del azar. Me atraía pervertir la noción de realidad llenándola de extrañas resonancias, de símbolos, de juego erótico con las palabras. Escribir –aunque sea mal- te da ocasión de crear un mundo imaginativo que se nutre ciertamente de la realidad, pero también de los sueños, de los deseos o de las imágenes que robas a los libros que lees. Fueron años de brújula y anarquía, que me parecen ahora luminosos, aunque más vale que nadie lea aquellos diarios que tengo escondidos.

Luego vino la Gran Depresión, un hundimiento anímico y existencial que me duró varios años. Mis diarios se hicieron negros, obsesivos, autodestructivos, girando en círculos que me recuerdan las imágenes infernales. Nada se mantuvo en pie. Leer lo que yo escribí en esos años revela un hondo dolor personal -viscoso y lleno de adherencias necrófilas-. Preferí dejar de escribir. Contemplarme dando vueltas al eje del sufrimiento no llevaba a ningún sitio. Era escalofriante cómo llegaba a escribir sobre mí mismo. Con qué odio, con que pasión por desaparecer o extinguirme. Sólo algunos hilos invisibles me unían a la vida.

El pleno marasmo vital empecé a escribir en este blog hace cinco años. Inicié otras aventuras blogueras que hice desaparecer, pero, a pesar de mis intensas dudas, continué escribiendo aquí con frecuencia. Me ayudaba a objetivar, a salir de mí mismo, huyendo de esa profunda sima en que estaba sumido. Escribir, comunicarme, elaborar, pensar, tensar mi profesión haciéndola objeto de una intensa búsqueda personal son unos de los objetivos de este blog al que no hay que hacer nunca demasiado caso, puesto que les he advertido a los que me leen que suelo mezclar realidad y ficción. Ese retorno a lo imaginativo pienso que es un signo positivo. Ya no escribo diarios, pero éste pequeño proyecto personal que es Profesor en la Secundaria es una especie de diario fabulado en que casi todo es verdad, salvo unas gotitas de ficción que aderezan la mezcla. Además es público y abierto a todo el mundo. Mi vena de actor también se revela y se excita ante ese momento en que uno le da al icono de "Publicar entrada". Nunca cuando escribía diarios había sospechado que algún día existiría semejante maravilla. 

domingo, 19 de septiembre de 2010

José Antonio Labordeta

A la mierda los homenajes. Me fastidia estar diciendo cosas hermosas de un hombre llano al que le repateaban los homenajes. Lo oí cantar cuando yo tenía dieciocho años en una asociación de vecinos de un barrio de Zaragoza. Todavía no he olvidado la emoción que se generó allí cuando se cantó -enlazadas nuestras manos- el canto a la libertad, y eso que no tengo buena memoria. Era esa persona con la que tomarías unos vinos sin que sintieras que se creía superior a ti. La vanidad no era su defecto. Y eso es lo que lo hace cercano. Me hubiera gustado cenar con él en un restaurante de Zaragoza que se llama Casa Emilio. Y tomar vinos y enhebrar conversación. Era un idealista. Lo que pretendía era imposible, pero qué hermoso era. Dicen que en el Parlamento le llamaban algunos "el paleto". Y sí, es verdad, este catedrático de Historia y profesor durante algunos años era un paleto genial, lleno de compromiso ético. A la mierda los homenajes. Sólo lamento no haber estado con él una noche en que hubiéramos charlado y bebido vino. Me joden los homenajes, ese pasear solemne por la Aljafería de tantos políticos charlatanes que ahora se apuntan al carro cuando antes lo despreciaban. Bah, José Antonio, tu poesía -la tuya y la de tu hermano- es lo mejor de esta tierra que se llama Aragón, pero que no niega a España, y es generosa con sus distintas expresiones. Lo dicho, compañero, lamento no haberte conocido y haberte disfrutado una sola noche.




Canto a la libertad

martes, 14 de septiembre de 2010

La literatura como aburrimiento

He querido empezar el curso de Literatura Española de segundo de Bachillerato haciendo una prospección entre mis diez alumnos sobre las relaciones entre ellos y la literatura. El tema era, pues, La literatura y yo. Les sugerí un brainstorming inicial y la elaboración de un mapa conceptual para dar cuerpo al ensayo que les estaba solicitando.

Unos días después, aplicados, me han entregado sus composiciones escritas sobre las tortuosas relaciones entre ellos y la literatura.

Podemos decir que en estos jóvenes de diecisiete y dieciocho años existe unanimidad casi absoluta. Se relaciona, sin lugar a dudas, la literatura con el aburrimiento:

Leer es aburrido”. “La literatura y yo no somos buenos amigos”. “Sólo he leído por obligación en el instituto”.” Son aburridos los libros obligatorios: son largos y complicados, hay en ellos demasiadas descripciones”. “¿Quién va a preferir leer un libro cuando puede ver la televisión, jugar a un videojuego o navegar por internet?” “Los libros no suscitan interés, no expresan nada, son pesados, una especie de suplicio”.

Estas son un resumen de las opiniones vertidas y que son reiteradas. Se deplora la falta de interés de los libros, su obligatoriedad, la desigual competencia con las nuevas tecnologías, su complejidad, su letra pequeña, el cansancio que produce la lectura…

A la vez se recuerda con enorme afecto el tiempo en que eran niños y alguien les contaba cuentos. Les dije que ahí comienza nuestra formación literaria: con la narrativa oral. Pero esa ligazón se va desvaneciendo a medida que se va creciendo hasta llegar a la adolescencia en que la lectura se ve como un padecimiento al que se resignan apáticamente, pues saben que es obligatoria en las asignaturas de lenguas.

Hay un alumno que, sin embargo, reconoce que lee novelas policiacas o de cariz psicológico, sobre budismo, criminología o grafología. Es el que más he visto predispuesto a abrirse a la literatura “obligatoria” de este año que incluye: una selección de poemas del siglo de Oro, una antología de El Quijote, El burlador de Sevilla de Tirso de Molina, una antología de la poesía de Rosalía de Castro, Eloísa está debajo de un almendro y Cinco horas con Mario.

Algo hacemos mal. Lo comentaba con Dunia, mi compañera de departamento, promotora de un proyecto de lectura en segundo de ESO que ha tenido un notable éxito. Prescindió de los libros obligatorios y fomentó que los alumnos en la biblioteca eligieran libremente los libros que iban a leer. Tenemos una buena base donde elegir de la llamada literatura juvenil. Los alumnos de tres segundos el año pasado leyeron –con el soporte orientador de Dunia- un promedio de seis o siete libros voluntariamente, y hubo alumnos –conflictivos en otros sentidos- que llegaron a leerse 17 libros durante el curso. No había obligatoriedad, no había examen pero debía presentarse una ficha cumplimentada sobre la lectura. La experiencia demostró que los adolescentes odian lo obligatorio (no sólo ellos) pero si son expuestos a la libertad y hay donde elegir, convenientemente motivados, pueden convertir la lectura en algo que no sea odioso. Hubo incluso quienes leyeron textos más complejos del prototipo medio como Caperucita en Manhattan o La historia interminable.

Para el que firma esto, son datos y elementos de juicio que me llevan a reflexionar. Movido por los más bellos ideales he planteado lecturas obligatorias con textos de densidad literaria y con frecuencia he conseguido rotundos fracasos. Hoy ha venido a verme una exalumna de hace varios años que recordaba cuando les hice leer en cuarto de ESO (16 años) Corazón kikuyu de Stephanie Zweig, La espuma de los días de Boris Vian y La metamorfosis de Kafka. A ella le fascinaron y todavía los relee, pero la gran mayoría de los estudiantes se mantuvieron totalmente alejados de lo que leían y muchos no se los leyeron. Esa fue la realidad.

Muchas veces ha surgido este debate en blogs pedagógicos. ¿Sirve de algo la obligatoriedad de las lecturas? ¿No estamos tirándonos piedras contra nuestro propio tejado? ¿Se puede forzar la lectura? ¿O es insoportable el verbo leer conjugado en imperativo como sostenía Daniel Pennac en Como una novela?

Considero a mis alumnos de segundo de bachillerato y me doy cuenta de que son herederos de una filosofía de la obligatoriedad, combinada ciertamente con otros factores, y que no ha dado resultado. Prácticamente todos detestan leer aunque reconocen que amplía el vocabulario y da cultura, pero ¿leer?, no gracias.

sábado, 11 de septiembre de 2010

De errores y contradicciones

Escribir con libertad interior no es necesariamente fácil. Llevo cinco años publicando y soy consciente de que en mis posts se han deslizado errores de interpretación o bien se han planteado profundas y serias contradicciones entre mi secuencia de ideas. No soy el mismo que comencé a escribir hace un lustro. La blogosfera me ha enriquecido y me ha hecho conocer líneas de pensamiento, experiencias, procesos íntimos de los blogueros… Pienso que no hay que temer equivocarse, ni a entrar en contradicción. Sólo los aquejados de elementalidad son siempre iguales a sí mismos y no incurren en el absurdo. Así pensaba Unamuno cuya vida y obra es para mí un ejemplo estimulante.

¿Se imaginan lo que es escribir sabiendo que te leen o que pueden leerte en el entorno personal y profesional más cercano? Uno puede caer en el temor a caer mal, a temer sus errores, a ir adecuando sus posts para que no resulten molestos, a irlos limando para que sean irreprochables y políticamente correctos para la administración o para las estructuras oficiales.

Mi post Censura digital en las aulas contenía errores que quiero reconocer aquí delante de todos. Sostenía que estaban siendo censuradas alguna aplicaciones por el Departament d'Ensenyament en el programa Educat 1x1. No es así. Salvo Facebook, Tuenti y Messenger, no he detectado que estén bloqueadas otras aplicaciones para los alumnos. No están bloqueados Gmail, Google docs, Youtube, Blogs o Twitter. Lo que yo percibí en una sesión informática fue un problema puntual que posteriormente no se confirmó. Mis disculpas públicas. Siento a la vez un gran alivio porque esto supondrá que estos canales estarán abiertos y serán utilizables. Me alegro de haberme equivocado.

Sin embargo, hacía una valoración del papel de las editoriales elegidas y mi intención de elaborar un programa propio adaptado a mis alumnos con serias dificultades de aprendizaje. Me confirmo en ello. Pienso que será un error convertir el programa 1x1 en un uso exclusivo del Libro digital de cada asignatura. Han sido hechos con mucho apresuramiento y los profesores con que he hablado deploran su deficiente calidad en las distintas materias. Será un error limitarse al uso del libro digital. Este programa nos abre perspectivas diferentes mucho más complejas que hemos de aprender a explorar y a atrevernos a llevar a cabo. Entiendo que muchos profesores asisten a cursos de formación y que esta dedicación ha de ser reconocida, pero también estimo que la revolución digital implica una convicción personal. Uno no puede seguir siendo el mismo profesor –con leves retoques- tras la incorporación a las aulas de las pizarras digitales y los ordenadores personales de los alumnos. Es como ir montado en una nave espacial y pensar que lo que uno conduce es un SIMCA MIL. Los cursos de formación no son suficientes, hay que pensar en digital y eso requiere de una íntima convicción, que estimo que no existe (aunque hay núcleos entusiastas a los que me he adherido tanto en Cataluña como en el resto de España. Entre los partidarios de la web 2.0 se distingue una gran ilusión por la incorporación de las TIC, pero también me anima su espíritu generoso que les lleva a compartir recursos y ponerlos libremente en la red. Me gusta ese ánimo conducente al intercambio, a la puesta en común, a pensarnos miembros de una conciencia e inteligencia colectivas que no tiene líderes y sí infinidad de conexiones que aportan cada una una parte digna de ser considerada.

El profesor medio desconoce esto. Le llega lejanamente. La tecnología es un mal necesario que hay que soportar y hacer algún cursillo de vez en cuando, pero ello no implica la transformación del proceso de pensamiento. Por ello, las editoriales –empresas que se lucran enormemente del mundo educativo- tienen a los profesores como sus más fieles aliados. Yo las he utilizado, siendo consciente de que elaborar es más difícil que seguir un texto. El mundo digital abre un nuevo campo en todas las áreas para adaptarnos al presente. ¿Qué es lo fundamental en lengua –me pregunto-. ¿Qué sepan analizar oraciones? ¿Penetrar en la densidad de las categorías morfológicas? ¿O tal vez que sepan escribir con sentido? ¿Qué entiendan un texto reconociendo sus ideas principales? ¿Que sepan puntuar un texto correctamente? ¿Que se sepan expresar oralmente con un léxico más rico? Alguien podría sugerir que ambas direcciones son compatibles, pero el esfuerzo que dedicamos para que reconozcan los arcanos de la gramática (conozco a un brillante profesor italiano de universidad, doctor en Filología Hispánica, que reconoce no saber nada de verbos transitivos o de complementos directos. En Italia no se le concede ningún valor a este tipo de contenidos), es tan alto que soy consciente de que los alumnos llegan a segundo de bachillerato incapaces de articular un texto con sentido. Eso sí puede que sepan distinguir –o no- una subordinada sustantiva de complemento directo.

En fin, quiero dejar claro a quien corresponda o lea esto, que seguiré escribiendo con libertad interior, me lea quien me lea, o reciba –legítimamente tal vez- los más sonoros rapapolvos institucionales por el contenido de este blog. Sé que me puedo equivocar o cometer errores, pero estos son connaturales a cualquier proceso de pensamiento. Aunque de eso a querer autocensurarme, nada de nada.

martes, 7 de septiembre de 2010

El último tweet de Sócrates

Hace unas semanas recalé en la cripta románica de Santa María de Aínsa. Intenté orar a mi manera –siendo un descreído- , pero no lo encontré como una contradicción insalvable. Stephen Hawking ha publicado un libro en el que argumenta que dios no existe. Ya hace tiempo que la ciencia y la literatura ha razonado y recreado que dios no es necesario para explicar el universo. A esa misma conclusión llegué a mis veinte años tras una profunda crisis de fe. Imagínense, una crisis de fe. ¿Qué es eso? Pero pienso que las crisis de fe son importantes, necesarias, estimulantes. De allí no saqué la idea definitiva de que dios no existía, sino de que no me era necesario para vivir.

En la iglesia románica de Aínsa fui consciente del poder que tuvo en otro momento la iglesia, de su capacidad de seducción (se equivocan los que piensan sesgadamente que la iglesia sólo tuvo poder arbitrario). Es no entender nada si no reconocemos la enorme seducción de lo sagrado, pero visto hoy el más magnífico retablo realizado por el más exquisito artista renacentista, no nos comunica nada necesario a nuestro tiempo. Ello no impide que reconozcamos su belleza y la sutileza que llevó en otros tiempos a los hombres a emocionarse y percibir la trascendencia. Las tallas sagradas son hoy monumentos funerarios salvo en las salvajes y paganas procesiones andaluzas.

¿Qué quiero decir con esto como enseñante que lleva treinta años en el oficio? Que casi nada del pasado nos sirve. Que hemos entrado definitivamente en otra era en que las inquietudes son otras, en que lo que emocionó en el pasado requiere de un esfuerzo suplementario para volver a darle vida si es que se consigue; que la velocidad interior de nuestro tiempo es infinitamente superior a la del siglo XIX e incluso del siglo XX; que no tenemos conciencia muy bien de hacia dónde vamos (si es que vamos a algún sitio, pero en todo caso vamos rápido, muy rápido); que la lentitud es una carga; que el mundo de las palabras se inclina ante el mundo de las imágenes vertiginosas. Que el cambio se desarrolla a una velocidad normal para los nativos, pero alucinante para los emigrados a esta época. No sabemos cómo pararnos. Y es necesario hacerlo, aunque sólo sea para tomar impulso y recapacitar.

Este curso se incorporan los ordenadores personales al proceso educativo. Mis alumnos estarán en clase con un PC conectado a internet, y yo estaré frente a ellos con una PDI, una pizarra digital y mi propio ordenador. ¿Qué significa esto? ¿Volveré a explicar la morfología del sintagma nominal? Es acción lo que requiere la situación, acción y teatralidad. El sintagma nominal pierde densidad que sólo puede recuperar con la praxis, con la experiencia. Se impone la experimentación, los saltos hipertextuales, los enlaces, el pensamiento discontinuo. El saber ya no es una enciclopedia ordenada y codificada, sino una vorágine de impulsos que enlazan unos con otros. Las partes están conectadas con el todo. El profesor pierde aparentemente su capacidad taumatúrgica y se convierte en un explorador que abre el mundo en su dimensión más desconocida a adolescentes que ya no son ingenuos y que creen saberlo todo. La pérdida de la inocencia es el factor más decisivo que he constatado en mis treinta años de profesión. Hubo un tiempo que mis alumnos se quedaban los miércoles por la tarde para ver una película alquilada en vídeo VHS. Era fascinante verlos en masa asistir en horas fuera de clase a ver Alien el octavo pasajero. El adolescente ahora hace el amor a edad más temprana, consume drogas y alcohol cada vez antes, tiene sus redes sociales que le comunican con el mundo. Sabe de la virtualidad y de la discontinuidad de la realidad, la tecnología es su mundo nativo, y la tecnología es extremadamente sexual y alienta la idea de que somos más fuertes que la muerte.

Pero nosotros hemos de incorporarnos a ese mundo haciéndolo nuestro y llevarles a la armonía del clasicismo, al lenguaje de la tradición, al pensamiento filosófico, a la poesía que implica transitoriedad y humanismo.

El profesor que no se incorpore a este mundo virtual y tecnológico no entenderá el universo de sus alumnos -aunque he conocido a magníficos profesores que sólo ansían poderse jubilar-. El tiempo del shock del futuro ha llegado hace décadas. El lenguaje de nuestro tiempo es la tecnología. Las pizarras son digitales, abiertas al mundo, a los lenguajes múltiples, a las conexiones interactivas, a la clase en red, al conocimiento informal, al sistema asistemático pero a la vez coherente en su discontinuidad, porque detrás de cada revolucionario que nos incorporemos a la contemporaneidad digital, ha de haber un hombre del medievo, del clasicismo, del siglo XIX. Hemos de traerles la cultura del pasado con el lenguaje de este tiempo.

Se abre un tiempo fascinante y lleno de perspectivas. Quien no se dé cuenta caerá en la inanidad, en la queja de la canción ya amanerada. Los deseducativos llegarán a desencontrarse con la entraña del presente y quedarán arrinconados, obsoletos, caducos. Definitivamente off. No me cabe duda alguna por qué mundo hubiera apostado Sócrates antes de apurar la cicuta y tras haber redactado su último tweet:

Yo sólo sé que no sé nada.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Censura digital en las aulas

Este año se inicia en Cataluña el proyecto eduCAT1x1, lo que supone que los centros que se han acogido al mismo contarán con ordenadores personales cofinanciados para los alumnos de primero y segundo de la ESO. Se supone que esto implica la incorporación al mundo digital y a la web 2.0. Sin embargo, veo escaso o nulo debate en mi centro, no sé en otros, sobre lo que esto significa en cuanto a nueva filosofía del aprendizaje. Lo único que ha tenido éxito entre mis compañeros ha sido una charla de la editorial TEIDE que ha sido la escogida para suministrar los libros digitales que sustituirán a los físicos.

Sin embargo, yo no asistí a esta reunión. Me negué a secundar el proyecto digital que cambia las cosas sólo en la superficie. Ignoro qué repercusiones va a tener sobre mis alumnos, pero quiero experimentarlas. Soy consciente del escaso aprovechamiento que obtengo por medios tradicionales, de modo que no quiero cerrarme la posibilidad de comprobar si lo que se aprende por la experiencia directa y personal, puede lograr mejores objetivos. No lo tengo claro, pero sí pienso que esto supone un salto cualitativo y un enfoque totalmente diferente a lo hecho hasta ahora. Quiero convertir el aula de segundo de ESO en un aula virtual en que los alumnos no utilicen el papel ni los libros digitales suministrados por las editoriales. La programación será la elaborada conjuntamente por el profesor y los alumnos. Quiero dar relevancia a la expresión oral y escrita, a potenciar su capacidad crítica, a la elaboración de resúmenes, a la realización de fórums poéticos en que los alumnos graben su propia voz recitando poemas, quiero elaborar un libro digital con narraciones o cuentos de distintas latitudes de mis alumnos, en su mayoría inmigrantes. Quiero realizar dictados digitales, trabajos de investigación sencillos, presentación del dossier –tradicional en mi centro- en formato word digital con índice, notas a pie de página, justificación de contenidos de toda la materia elaborada a lo largo del trimestre. Quiero utilizar imaginativamente la pizarra digital. Me he pasado muchas horas experimentando con ella. Curiosamente me he dado cuenta de que soy el único que lo hace. Tiene posibilidades interesantes, pero que hay que conocer. Quiero estar enlazado a internet para proyectar vídeos cuyo contenido quiero que resuman mis alumnos con sus palabras. Tengo la impresión de que este instrumento del 1x1 abre posibilidades inmensas que no están siendo evaluadas, y que son contempladas con abierto desinterés por la mayoría del profesorado que piensa que todo ha de cambiar para que no cambie nada. El comentario más explícito que he oído es el temor a que la webcam de los portátiles sea utilizada malévolamente por los chavales.

Un instrumento básico para que el aula virtual funcione es la conexión a internet a la que han de tener acceso mis alumnos. Sin embargo, la clave digital con que contarán para conectarse al wifi del instituto restringe radicalmente su acceso a la red. Imagino que velando por que no accedan en clase a páginas no adecuadas o de entretenimiento, se limita totalmente su uso del mundo de los blogs y los wikis en los que no pueden dejar comentarios ni intervenir; del mismo modo su acceso a youtube, twitter, facebook está igualmente cerrado. Pero no sólo esto sino que muchos de los enlaces educativos que se pueden obtener a través de Google (Earth, Maps, documentos, grupos de discusión, blogs de redes educativas, correo electrónico de gmail u otros) están severamente restringidos o totalmente inhabilitados porque se justifica que no son "educativos" por parte de la administración pública catalana (Departament d'Educació).

A lo único que parece que puede haber acceso abierto es al libro digital correspondiente de la editorial TEIDE que yo no quiero utilizar. Digo que hay acceso, pero esto no es exacto porque dependerá la capacidad de nuestros servidores, que se presupone será muy limitada cuando haya trescientos ordenadores conectados a la vez.

¿Dónde está la revolución digital? ¿Ha de haber censura para conjurar los miedos que se tiene a la red? No he encontrado en ningún sitio un lugar para el debate sobre ello. Prefiero asumir como profesor los riesgos de un acceso abierto y potencialmente creativo, que encontrar un internet despojado de la inmensa mayor parte de sus posibilidades y que quiero explorar. Hasta ahora la conexión del instituto no tenía limitaciones en cuanto a las webs y contenidos posibles pero desde que se ha instalado el 1x1, la red ha sido amputada en todo aquello que tiene de más fascinante.

¿Es esto lo que queríamos? ¿Seguir siendo esclavos de las editoriales que serán las únicas que podrán servirnos de referencia? ¿Habré de olvidar mi proyecto de aula virtual para utilizar esa bazofia editorial que se ha hecho a toda prisa y que todavía desconocemos en su mayor parte. ¿Hay alguien que comparta estas reflexiones? ¿Hay posibilidad de una acción conjunta para reivindicar una red de libre y total acceso? ¿O quizás se comprende la censura para evitar males potenciales?

Mucho me temo que lo que iba a ser un experimento revolucionario quede convertido en un simulacro despojado de sentido.

lunes, 30 de agosto de 2010

Da igual

Escucho a Charlie Mariano en la noche. Escribo. Tengo varios temas en mi mente, pero he decidido centrarme en el teatro. Hubo un tiempo que yo fui actor. Un tiempo maravilloso. Pienso que mi vocación –aunque a Serenus Zeitbloom le estremezca esta palabra- es la de que yo debí ser actor. Da igual. No ha sido así. Una pena. Actuaba y veía teatro varias veces a la semana. Creo que para ver algo valioso teatralmente hay que asistir a una veintena de espectáculos que merecen relativamente la pena. Pero cuando estalla la magia del espacio vacío es una experiencia difícil de olvidar. Han pasado años pero me quedan imágenes grabadas en la retina que me acompañarán siempre. No voy a hacer un inventario de obras extraordinarias que vi. El teatro es un fenómeno inexplicable. En una improvisación de una modesta escuela teatral de barrio puede surgir la fuerza, el misterio y ese algo inexplicable que no surge en actuaciones de Centros Dramáticos Nacionales. He sido consciente de ello. No hay nada objetivo que justifique que algo sea inolvidable.

He visto varios espectáculos así. Quiero traer a la memoria mi asistencia en el Poliorama de Barcelona (1983) a un espectáculo mítico dirigido por Tadeusz Kantor titulado La clase muerta. Un mundo simbólico, en blanco y negro, preñado de resonancias extrañas de la infancia del director que estaba presente en escena dirigiendo (evocando a Shakespeare en el teatro dentro del teatro). Asistí durante hora y media a algo difícilmente explicable. Se adentró en mi inconsciente, en el de todos los que asistíamos a la representación. Teatro negro, oscuro. No racional. De cámara negra. No sé si lo recuerdo muy bien. Pero sí sé que cuando acabó, el público se quedo anonadado durante más de un minuto y en silencio. Luego estalló en un aplauso indeciso, no sabiendo qué opinar sobre lo que había visto. Normalmente en el teatro se suele ser muy condescendiente con lo que se ve y se aplaude generosamente cualquier representación con mayor o menor entusiasmo. Pero aquel día, el aplauso fue extraño. Nunca he visto actuación con mayor fuerza simbólica y dramática que aquella. Para resumir podríamos decir que fue como ver en persona a Kafka dirigiendo el Informe para una academia. Da igual. Fueron unos instantes alucinantes, y nuestra reacción fue paradójica. Nunca habíamos visto nada semejante. Era algo radicalmente íntimo, como el lenguaje de algunos genios que nos hablan de su niñez y un mundo abocado a la muerte. El único tema importante. Algo así he sentido viendo el cine de Fellini. La representación, aclaro, fue en polaco. Pero daba igual, exactamente igual. Tengo impreso en mi retina aquello que vi, que no es muy diferente a lo que he visto sorprendentemente en improvisaciones modestas. Me duele haber abandonado el teatro. Como espectador y como actor.

Hoy leía en El País sobre una obra que va a ser representada en Barcelona. Tiene como eje a unos pijos (inspirados en El señor de las moscas de William Golding) que naufragan en una isla desierta. De muchos es conocido la reflexión antirroussoniana que late en la obra. Los seres humanos no son buenos por naturaleza. Aquellos adolescentes (en esta obra de 18-19 años) han de aprender a vivir sin redes sociales, sin el soporte tecnológico que nos sustenta (sin facebook, sin iphones, sin twitter, etc). Los protagonistas son muchachos de colegios privados que han de madurar en esa experiencia límite que recuerda a Perdidos –esa insufrible serie notable por su incoherencia- o a ese programa de la Cuatro que se llamaba Perdidos en una tribu. El tema es fascinante pero me resulta ya demasiado manido. Pienso que no hay lugar ya para la aventura. El mundo se ha hecho demasiado pequeño y la web 2.0 ha acercado todo para bien y para mal. Me gustaría ver esta obra pero no pienso que salga de ella nada especial después de ver los antecedentes televisivos que llevan a que sea un producto comercial sin carga filosófica profunda. El ser humano contemporáneo se ha hecho telegenético, intrascendente, y sus conflictos requerirían de un tratamiento más clásico sin abandonar la contemporaneidad. Lo que hace que algo sea clásico y revolucionario a la vez es difícil de definir. Sólo algunos lo alcanzan, pero me temo que la cultura de masas que nos abruma convierte cualquier conflicto en banal. Sólo queda la resistencia de los antiguos que utilizamos la red como una balsa de salvación intentando sobrevivir y resistir. Evitemos el éxito. Mantengámonos en la medianía, en la discreción, pero sigamos hablando sobre los seres humanos enfrentados a sus desafíos, el menor de los cuales no es envejecer y a la vez crecer observando que el mundo cambia convirtiendo cualquier idea en un producto a la venta. No queremos vender. Nos recluimos en la nada, en la inacción, en una infancia imaginada, sin buscar ningún objetivo. No queremos conquistar ni llegar a nada, pero no podemos callarnos. Es un impulso a que nos lleva el inconsciente o esos acordes que me llegan de Charlie Mariano. Da igual A la mierda.

viernes, 27 de agosto de 2010

Invitación a la sabiduría

Ha muerto Raimon Panikkar. Hace un tiempo le cité en un post. Me hubiera gustado conocerle en persona. El otro día hablaba en contra de los libros de autoayuda porque me parecen superficiales y tópicos. Sin embargo, me gusta leer a Panikkar, a Krishnamurti, a Dogen, a Taizen Deshimaru... Soy un ignorante al que le tienta escuchar a los sabios. Pero sabio no es cualquiera. De hecho es un concepto que parece olvidado. ¿A quién le interesa la sabiduría? No tengo palabras para explicarlo. Mi blog es un torpe intento de reflexionar sobre la vida. Ayer murió Raimon Panikkar y no lo he sentido. Su vida ha sido plena. ¿Y qué es morir? Un instante. Tan importante como el anterior, como éste en que estoy escribiendo. Me gusta concebir la vida como una aventura. En ello estamos. Os dejo enlazado un vídeo en que podéis escuchar a este filósofo-teólogo, maestro del diálogo entre culturas y religiones. No dejéis de investigar su pensamiento.

lunes, 23 de agosto de 2010

El Danubio

Romeo Mancini

Detesto los libros calificados como de autoayuda que, en modo de manual sencillo, nos enseñan a arreglar nuestra vida o a solucionar sus zonas erróneas y que promueven ideas clave como aprovechar y disfrutar el presente, a asumir el pasado como irreversible, a apreciar las pequeñas cosas, a tener más en cuenta nuestras posibilidades que nuestros lastres, a forjar el optimismo como una fuerza creativa frente al pasivo pesimismo, a desarrollar el pensamiento positivo y darnos cuenta de que cada día que amanece es un filón de potencialidad si somos capaces de dejar atrás nuestra carga negativa. También enseñan a aprovechar las crisis como momentos de oportunidad, a conocer nuestros sentimientos y expresarlos de una forma asertiva, a aprender a negociar teniendo en cuenta que siempre habremos de ceder en algo para conseguir otra cosa que nos interese, a aprovechar nuestros conflictos como expresión de algo nuevo, etc, etc.

He resumido en pocas líneas el núcleo de la mayoría de esos libros que llenan anaqueles de las librerías y que se han convertido en un filón para algunos autores de éxito como aquel libro espeluznante titulado La buena suerte de Álex Rovira o aquel best seller empresarial, que nos enseña a saber cómo adaptarnos a los cambios, que es ¿Quién se ha llevado mi queso? de Spencer Johnson. Muchos de estos títulos son utilizados en escuelas de negocios y son una oferta habitual en los aeropuertos para ejecutivos en tránsito a punto de entablar negociaciones comerciales. Esta flexibilidad que nos propone este género de libros que ayudan a vivir mejor, y que son clasificados en la sección de ciencias humanas, desarrollan y exponen la esencia misma del capitalismo en la fase de desarrollo tecnológico actual que sume a muchas personas en crisis de adaptación y trastornos de la personalidad. Sus fuentes vulgarizan en general las corrientes de pensamiento oriental como el tao y el budismo en su vertiente zen que es la que mejor ha sabido expresar el concepto de mujo (insustancialidad, impermanencia, transitoriedad) adaptado a las sucesivas fases del capitalismo.

El ser humano carece de esencia y de noumeno y esto le acongoja cuando presiente la impermanencia de sí mismo y de todo que le rodea. El cambio forma parte esencial de nuestra vida. Frente a esto sentimos angustia porque nos exponemos a una realidad intrascendente y a la única verdad constatable: que vamos a morir. ¿Qué sentido tiene el vivir? El existencialismo del siglo XX intentó darle una salida a este conflicto esencial mediante la idea del compromiso y la aceptación del pacto humano con la nada. En mi ciclo de vida como hombre del siglo pasado y emigrado en el presente, he constatado que el pensamiento existencial ha caducado en buena parte. Era un núcleo denso y complejo que iluminó a buena parte de la literatura, el teatro, el cine y la filosofía de varias décadas hundiendo sus raíces en Kierkegaard, Schopenhauer, Nietzsche... En el siglo XXI todo es más evanescente y crecientemente acelerado. Ya no nos interesa ni nos atraen los conflictos existenciales a los que ya nos hemos acostumbrado e intuimos que no tienen salida de ningún tipo. La muerte está ahí, y lo mejor es no pensar en ella. Entretanto hemos de aprender a vivir en un mundo que no permite dejar apenas ningún poso. Somos viajeros de circunstancias que tal vez se angustian por su levedad. El capitalismo nos necesita fungibles, dispuestos al cambio permanente, sin demasiadas rémoras del pasado, sin raíces que nos anclen en visiones periclitadas... La angustia o la incertidumbre son estados que se pueden enfrentar con libros prácticos de autoayuda -que nos permitan cambiar sin aferrarnos a factores innecesarios e improductivos-, y, en todo caso, la ingestión de antidepresivos ha aumentado exponencialmente para poder soportar la aceleración de un modo de vida que nos exige siempre jóvenes y adaptables. Y a ser posible con una sonrisa como una tajada de sandía. Es el tiempo del pensamiento débil frente a la solidez de otros sistemas filosóficos más arriesgados. La filosofía oriental en su faceta más seria ofrece un análisis de este fenómeno del cambio como elemento central de la vida, pero desconfío de su banalización en recetas del vivir cotidiano en los citados libros.

Se necesitan manuales prácticos, fáciles de leer y que nos inyecten flexibilidad y buen humor para poder llevarnos nuestra porción de queso y esquivar el sufrimiento.

Entretanto leo lentamente un libro magnífico titulado El Danubio de Claudio Magris. Cada párrafo me supone momentos de intensa reflexión sobre el sentido de la historia, del ser humano, la cultura y la vida... que no me da respuestas ni píldoras inspiradas en el pensamiento positivo. Me cuesta avanzar porque me detengo continuamente y subrayo con placer e interés. El autor no pretende arreglarme la vida ni hacerme más feliz, pero sí que me invita a acompañarlo en un viaje literario y existencial. Es un discurso profundo que responde a una concepción de la vida a través de un viaje poético y filosófico por el curso del Danubio. No son fórmulas para disipar o solucionar nuestras crisis sino la expresión de un pensamiento orgánico y denso que seguro que no serviría para ejecutivos exitosos en la sala de espera de aeropuertos ni para mancebos en la crisis de los cuarenta o para hombres y mujeres que necesitan una solución que les lleve al optimismo. Es la opción del conocimiento frente a la sonrisa enlatada que a algunos no nos interesa. Prefiero arriesgarme a ser infeliz ahondando en mí mismo y pensando que mi vida no está concluida ni cerrada. Es lo que según Claudio Magris divide a las personas: esa necesidad de estar siempre en movimiento en una curva que no está clausurada. Y añado yo, siguiendo al recuerdo que tengo de Joan Brossa, una curva en espiral no concéntrica.

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