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jueves, 19 de agosto de 2010

Un mundo perdido


Un mundo exuberante, hermoso y de inigualable belleza es el que constituye la sierra de Caurel entre las provincias de Lugo y Orense. La vista se deleita en montañas de un color característico, llenas de vegetación autóctona: castaños, robles, hayas, encinas, tejos, fresnos, avellanos, alisos, abedules... Pueblecitos colgados de la montaña con característicos tejados de pizarra en medio de la masa boscosa. No voy a situarla en el mapa. Allá cada cual con sus habilidades investigadoras. He pasado allí dos días. Volvía tras un paréntesis de siete años en que recorrí apresuradamente la extraordinaria devesa de Rogueira, uno de los hábitats naturales más rico en biodiversidad de Europa, aunque no el único en la sierra. El río Lor vertebra la comarca más sorprendente y atípica que uno pudiera imaginar, porque es como si allí se hubiera detenido el tiempo en todos los sentidos: en su belleza intocada por la civilización y el progreso, en su estilo de vida único y humano, en su integridad natural... Casi se podría decir que es un milagro que algo así se haya podido conservar. No entiendo cómo la avalancha uniformadora turística o de desarrollo avasallador ha permitido que siga existiendo este mundo aparte entre Piedrafita del Cebreiro, Quiroga y Samos.

He pasado dos días alojado en una casa de turismo rural espléndidamente restaurada donde he sido tratado con calor y reconfortante hospitalidad, que ha dado lugar a varias conversaciones con Suso, el gestor de la casa, sobre la sierra, su realidad, su futuro y perspectivas. En este mundo hay tiempo para pararse a mantener una charla pausada y densa. Me he enterado de noticias relevantes en el universo poético de la sierra de Caurel, recreado, como dije hace unos días, por el poeta Uxío Novoneyra en libros como Os eidos cuyo espíritu sigue planeando entre los más inquietos de estos puebliños de piedra y pizarra.

¿Tiene futuro esta sierra? Me lo he preguntado con insistencia durante estos días. La economía de la comarca se nutre de la ganadería tradicional, el turismo rural entre los más innovadores, alguna pizarrera y también alguna cantera que son rechazadas en algunas pintadas que he podido ver. Pero el turismo asimismo es visto con recelo, aunque sea una fuente de ingresos respetuosa con el medio ambiente en el modo en que hasta ahora está planteado. La población es muy escasa, está envejecida y distribuida en más de cincuenta núcleos de población. Hay muy pocos niños y muchos ancianos. Es difícil para un joven no tener que emigrar como lo han hecho tantos y tantos. Las carreteras son estrechas y poco transitadas por lo que es un placer circular sin prisa entre estos valles y montañas de maravillosa hermosura. Pero sin futuro está sierra esta destinada a quedar despoblada en pocos años. Hace falta una mentalidad contemporánea para preservarla. Son valiosas la visiones tradicional o la resistente que pugnan por dejar que todo siga como está -detenido en el tiempo- pero eso no garantiza que pueda sobrevivir. Hay una mentalidad muy conservadora que obstaculiza toda innovación que pudiera ser hecha por gente joven y con ideas avanzadas. Hay proyectos empresariales interesantes que buscan -integrando un punto de vista conservacionista- promocionar el turismo de calidad (amante de la naturaleza, senderista...) pero se encuentran con planteamientos reacios a cualquier cambio. Y es que todo es tan hermoso como está... Sus difíciles comunicaciones tienen un encanto, su falta de habilitación para el turismo en muchos sentidos lo hace doblemente atractivo. En un anacronismo increíble que están aprovechando algunos intelectuales y destacados profesionales para comprar una casita y rehabilitarla en un entorno único.

En las callejuelas de Paderne, el puebliño en que he estado, se combina el paso lento de las vacas, las ovejas, las paredes de piedra, las puertas de madera increíblemente no cambiadas por aluminio, con el diseño vanguardista del interior de algunas casas rurales aprovechando los soportes y materiales tradicionales. El conjunto es auténtico y no ofrece un aspecto de escaparate o postal como algunos pueblos de España.

El siglo XX ha sido destructor de todo el medio ambiente y del paisaje natural. Sólo algunos sitios han sobrevivido al devastador impulso turístico uniformador. La sierra de Caurel es uno. Sería necesario armonizar todo lo que sabemos sobre desarrollo sostenible y conservación de la naturaleza para conseguir la viabilidad de lugares como éste. Si alguien quiere saber más, puede dirigirse a mí por correo electrónico y le diré dónde alojarse y comer en la sierra. Todo tiene sus secretos. Aún conservo en mi retina la imagen de estos bosques prodigiosos en hábitat autóctono riquísimo.

Un paisaje profundamente literario y extraordinariamente auténtico en el que algunos se consideran como Viriato resistiendo frente a todo desde la pureza de lo todavía incontaminado. ¿Qué hacer?

lunes, 16 de agosto de 2010

Lonxe

Lorenzo Varela

Uno de los poetas que quiero traer aquí porque me parece excelente -tanto en gallego como en castellano, las dos lenguas de Galicia, mal que les pese a los intolerantes fundamentalistas- es Lorenzo Varela (1916-1978). Fue un eterno emigrante trasterrado y exiliado tras la guerra. Nació en un barco, el Navarre, frente a las costas de Cuba adonde emigraron sus padres. Pasó unos años allí hasta que, debido a la crisis económica en la isla, se trasladaron a Argentina donde estudió la primaria. Hacia 1930 volvió a Galicia para estudiar Bachillerato en pleno periodo republicano. Allí entró en contacto con miembros del Partido Galeguista y conoció a Castelao. Del galleguismo evolucionó al troskismo y se acercó al Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). En 1935, acabado el bachillerato, se trasladó a Madrid para estudiar Letras. Empieza a colaborar en periódicos como crítico literario y a participar en la vida cultural de aquel Madrid tan extraordinariamente rico. El estallido de la guerra civil le lleva a alistarse -y a afiliarse al Partido Comunista- y pronto alcanzó el grado de comandante de una brigada de la undécima división. Escribió para míticas revistas republicanas como La hora de España y El mono azul, así como participó en 1937 en el Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas junto a Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Ernest Hemingway, César Vallejo, Louis Aragon, André Malraux...

La derrota le llevó al exilio en el sur de Francia donde estuvo en un campo de concentración, hasta que pudo embarcarse en el Sinaia con destino a Mexico. Llegó a Veracruz. Allí retomó su actividad literaria -colaborando intensamente con Octavio Paz en la revista Taller- pero conflictos con otros exiliados -que volvían a reproducir las diferencias de la guerra civil- lo llevaron a viajar de nuevo a Argentina en 1941 donde aún residía su padre. Allí publicó un libro excelente en castellano, poco conocido, titulado Torres de amor (1942), su primer libro en gallego Catro poemas para catro gravados (1942), y posteriormente un poemario espléndido, Lonxe (1954) del que extraigo uno de sus poemas para que lo conozcáís. Lonxe significa “lejos” y su título ya idea de su contenido que hace referencia a la guerra civil tomando como protagonistas a los héroes de la guerrilla surgidos del pueblo y su lucha por la libertad y la justicia. Quiso viajar a los Estados Unidos pero no pudo por su adscripción comunista. Se trasladó a Montevideo (Uruguay) durante el periodo más álgido del peronismo (1947-1952). Tras su retorno y el fin del régimen de Perón, colaboró como crítico literario con los principales periódicos argentinos como Clarín, El Mundo, La Razón, De Arte y La Nación. Tuvo una relación tormentosa con Estela Canto, antiguo amor de Jorge Luis Borges. En Argentina mantuvo una estrecha relación con otros exiliados gallegos como Luis Seoane, Rafael Dieste, Antonio Baltar, Arturo Cuadrado... que le ayudaron a mantener el vínculo con su tierra.

La dictadura argentina de los años setenta y la represión que desencadenó, unidas a la muerte del dictador Franco, le llevaron a volver a España en 1976 donde era un perfecto desconocido -todavía lo sigue siendo- a pesar de haber sido un significativo miembro de la generación de la desgraciada generación de 1936, su calidad, su capacidad de análisis literario y su magnífico hacer poético. Murió, casi de tristeza, poco después de la vuelta a España en 1978.

Su vida estuvo marcada por la tragedia y la fatalidad. Ernesto Sábato, el escritor argentino, lo vio como un barco desarbolado y a la deriva fruto de ese profundo desarraigo y la permanente añoranza de un mundo perdido, lo que no impidió que viera también el mundo con una honda esperanza. Fue un excelente poeta y un hombre generoso e íntegro, que merece ser recordado como persona y como creador.

Xesus Lorenzo Varela fue homenajeado en el Día das letras galegas de 2005.

Dejo aquí un enlace a uno de sus poemas de Lonxe (O galo), que he seleccionado. Y también recojo unas palabras explícitas y clarificadoras de Lorenzo Varela, según mi entender, sobre la relación entre lo gallego y lo español. No tienen desperdicio. Me sirven de contrapunto a esa sectaria e intolerante declaración de Manuel María que me hizo conocer María.

Concluye aquí este pequeño ciclo de semblanzas de cuatro poetas gallegos que me han servido para profundizar en ese rico mundo de la lírica de la saudade que inició Rosalía de Castro, el origen de todo. Sé que no hay muchos lectores en estas fechas, pero para mí ha sido una buena y apasionante experiencia. Espero que alguien también haya disfrutado de ello.

jueves, 12 de agosto de 2010

Muiñeiro de brétemas

La biblioteca de Foz (Lugo) se llama Manuel María (Manuel María Fernández Teixeiro) y tiene en la escalera una imagen de este poeta fallecido en 2004. He espigado entre los fondos de la biblioteca y he encontrado una edición de sus obras completas en dos tomos y un ejemplar de su primer libro de poemas, Muiñeiro de brétemas (Molinero de nieblas) (1950), firmado por el autor nacido en la Tierra Cha (Lugo) en 1929. Este libro tuvo el privilegio de ser el primero de poesía publicado en gallego después de la guerra civil. Conoció en Lugo, adonde fue a estudiar el bachillerato, a Uxío Novoneyra, Anxel Fole, Luis Pimentel y otros que lo introdujeron en el mundo del galleguismo donde se situó durante toda su vida, terminando por ser reconocido por algunos como el poeta nacional de Galicia. Su obra es muy extensa y abarca más de cincuenta libros de poesía, más algunas piezas teatrales, ensayo, artículos periodísticos...Es uno de los poetas más musicados,

Sus primeros títulos Muiñeiro de brétemas (1950), Elexías á miña vida pequeniña (1951), Morrendo a cada intre (1952)-Molinero de nieblas, Elegías a mi pequeña vida, Muriendo a cada instante- están impregnados de un sentimiento existencial que revela la desorientación vital, la angustia, el desasosiego y las contradicciones del joven poeta chairego en una búsqueda desesperada de luz. Estos libros pertenecerían a la Escola da tebra (escuela de la tiniebla) o a la Filosofía de la saudade en la más característica tradición de la lírica gallega. Manuel María tomó la palabra muy tempranamente con un objetivo claro: luchar por su tierra, por su gente, por su lengua, por su mundo cultural, en definitiva por su Patria, Galiza, en unos años oscuros en que otro gallego siniestro reprimía cruelmente a los españoles cualquier rescoldo de libertad y los sentimientos que tenían a Galicia como eje de proyecto nacional independiente.

Yo no soy gallego y soy escéptico sobre los sentimientos nacionalistas de cualquier tipo por muy dignos que puedan ser. Por otro lado, estos no añaden una brizna de riqueza lírica a los poemas que son compuestos con tales nobles y legítimas emociones. Alguien ha calificado a Manuel María como el Walt Whitman gallego (C. Gómez Torres, Manuel María: os traballos e os días, 2001). Pretendió, tras su inicio existencial, hablar en nombre de su gente, de su pueblo, de su estado de pobreza y postración (labriegos, mariñeiros, obreros, emigrantes que tuvieron que dejar la Patria en busca de otra fortuna...). No es difícil reconocer una explícita intención social, propia de las tendencias de los años cincuenta, que le llevó a militar políticamente en la clandestinidad y en los años de recuperación de las libertades en movimientos nacionalistas radicales para los que se convirtió en un modelo de entrega, fe y compromiso nacional.

Estos días he leído poemas y poemas suyos, no todos obviamente. He intentado hacer un recorrido por su obra pero la impresión que tengo es que no llega a emocionarme ni a cautivarme poéticamente. Lo veo demasiado explicativo y explícito, dice demasiado, subraya lo obvio, carga de palabras definidoras de los sentimientos lo que escribe, no deja el poema latiendo misteriosamente para que sea el lector el que recoja las vibraciones y las recomponga en su espíritu. Entiendo sus sentimientos y me parecen valiosos pero no me gusta que me lo expliquen todo. Su poesía no logra alzar el vuelo, se queda en un primer nivel en busca de la emoción lírica. Pienso que él sospechó siempre que no tenía el hálito poético necesario. No era Walt Whitman, pero lo intentó. Pienso incluso que fue excesivamente prolífico, escribió en cantidad lo que no logró en hondura y calidad. Intuyó que no era un buen poeta, pero le gustó identificarse con la imagen de un poeta al servicio del pueblo, de su Patria. Hay demasiada poesía de circunstancias. Depuró poco.

Significativamente tiene sus obras completas publicadas en dos volúmenes, pero tras su muerte, relativamente reciente, no percibo un eco de su obra. En internet apenas hay referencias, estudios o reflexiones sobre su poesía. Es prácticamente imposible encontrar poemas suyos. No pienso que sea un poeta esencial, pero sí que expresó un sentimiento, una manera de percibir la realidad de su tierra de un modo histórico-temporal que reivindicó una esencialidad en la identidad de Galiza. Comprendo sus fundamentos y los respeto pero no es un buen poeta por más que haya sido reclamado como modelo de bardo nacional.

Dejo unos poemas suyos. Es curioso que se le siga recordando por su primer libro de poemas Muiñeiro de brétemas o que acaben de reeditarse sus Elexías á miña vida pequeniña. Éste poeta existencial, contradictorio, confuso, angustiado, de sus primeros años es el único que logra alcanzarme de alguna manera.

Son home. E sei que non teño salvación.

Todo está pecho ao meu redor.

Perdín a inocencia dos meniños.

E berro como un tolo.

E cúspolle ás estrelas.

Malia a miña suficiencia

leo libros e libros que non matan

o desacougo interior que vai en min.

Son unha noite moura entre dúas noites.

Nacemento e morte determinan a vida.

Pregúntome a min mesmo porque son.

Non teño resposta para as preguntas

que se erguen imperiosas no meu fondo.

Non atopo algo de luz

coa que poida alumar a miña tebra.

E ando sempre loitando sen acougo

anque sei que perdín a miña guerra.


Camiños de luz e sombra (1959)


Soy hombre. Y sé que no tengo salvación.

Todo está cerrado a mi alrededor.

Perdí la inocencia de los niños

Y grito como un loco.

Y le escupo a las estrellas.

A pesar de mi suficiencia,

leo libros y libros que no extinguen

el desasosiego interior que va en mí.

Soy una noche oscura entre dos noches.

Nacimiento y muerte determinan la vida.

Me pregunto a mí mismo por qué soy.

No tengo respuesta para las preguntas

que se yerguen imperiosas en mi fondo.

No encuentro algo de luz

con la que puede alumbrar mi tiniebla.

Y ando siempre luchando sin sosiego

aunque sé que perdí mi guerra.

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Eu son para min

toda-as interrogacións,

todal-as estatuas,

todol-os misterios,

e todal-as cumes xeadas de evanxeos.

Os ollos contémprame

Na impura prata dunha soma

Moendo ó vello sembrante

Que borra ó indecible desta morte

Chea de agonías e de bágoas”.

Muiñeiro de brétemas, 1950.


Yo soy para mí

Todas las interrogaciones,

Todas las estatuas,

Todos los misterios

Y todos las cumbres heladas del evangelio.

Tus ojos me contemplan

En la impura plata de una sombra

Que muele el viejo semblante

Que borra lo indecible de esta muerte

Llena de agonías y de lágrimas.

lunes, 9 de agosto de 2010

Os eidos

Uxío Novoneyra

En agosto de 2002 hice un viaje con mi amigo Josep -profesor de lengua catalana- por el interior de Galicia. Nuestras conversaciones eran fundamentalmente literarias en aquel recorrido a pie por la entraña de Galicia. Yo llevaba en mi mente la obra de un poeta gallego recientemente fallecido, Uxío Novoneyra (1930-1999), y que había nacido en la sierra de Courel (Parada de Moreda) en el extremo sureste de la provincia de Lugo. Allí pasó su infancia y mocedad hasta que se trasladó a Lugo a hacer el bachillerato. La sierra de Courel es uno de los paisajes más hermosos de Galicia. En ella hay densos bosques entre los que se encuentra la devesa de Rogueira, la fraga más extraordinaria y bella de Galicia. Se llega a ella desde Folgoso de Courel y Moreda. Quisimos visitar el paisaje natal del poeta que hizo del Courel un mundo literario como Juan Benet lo hizo de Región o Faulkner de Yoknapatawpha o García Márquez de Macondo. En la devesa de Rogueira, bosque autóctono de una riqueza y variedad enorme en que se combinan robles, castaños, abedules, encinas y alcornoques, existe la magia y el silencio en un caminar que nos lleva hasta un paraje fantástico que es la fonte do Cervo. Allí, en aquel mundo, tejió Uxío Novoneyra sus imágenes poéticas expresadas en un gallego lleno de palabras de su niñez, que no aparecen en el diccionario normativo, y que se expresan con austeridad y calidez.

Su poesía puede sobrecoger por la profunda tristeza que revela. Este es quizás el motivo por el que lo he elegido para hacer su semblanza. Me atrae su melancolía cuando mira un mundo finito y hermoso. Se podría decir que su expresividad es tenebrista; con muy pocas palabras es capaz de pintar con economía de medios el Courel de la infancia (sus campos, sus montes, sus fuentes, sus bosques...), un universo poético de tonos pobres y oscuros. Yo que no tengo tierra me fascina el arraigo a la suya, su profunda vinculación panteísta con la naturaleza y con las palabras de los labriegos.

En 1955 publicó Os eidos (microtopónimos, los sitios de la tierra que pueden identificarse por un nombre) en una etapa en que pasó nueve años en su Courel aquejado de una grave pleuresía que le llevó a las puertas de la muerte. Con esta obra se inicia el ciclo coureliano en que logra transfigurar lo local para convertirlo en metafísico y universal. Destaca el amor a las pequeñas cosas y la luz que ilumina el paisaje de su infancia. Su obra continúa en 1974 con la segunda parte de Os eidos 2 (Serra aberta, Follas de cantigas, Diario de enfermo, e incluye su célebre Letanía de Galicia), un libro de poética contemplativa, Elexias del Courel (1966) y Poemas caligráficos... Media docena de títulos han convertido a este poeta gallego de izquierda y profundamente galleguista en una referencia necesaria en la poesía gallega y española. Este año 2010 el Día das letras galegas lo han tenido como centro, y también 50 años después, ha sido publicada por primera vez en edición bilingüe -traducida por su viuda Elva Rei- la edición de Os eidos y Libro do Courel.

Su poesía es telúrica y sentimos al leerla el amor a las cosas en su inevitable finitud.

Traemos dos poemas representativos que ofrecemos en una traducción abierta a sugerencias de los lectores:


Serra aberta

Terras outas e soias!

Serras longas mouras!

Eu son esta coor de soedá

Ancares soñados co lonxe!

Penas de Marco de Meio Mundo en ringuileira do

Candedo ás Moás!

Alto da Lucenza Formigueiros Montouto Pía-Páxaro

Tesos cumes do Courel! Pobos probes

Ardidos de tristura mouros de queimados!

Lor ruxindo polo val pecho!

Ucedo e ucedo!

Fontiñas outas

penedos

carrozos escuros

fragas agros soutos e devesas! Labregos e pastoras

que soio vistes

istes tesos e máis estes vales!

Aturula a curuxa e canta o cuco

Medindo o tempo quedo que se para na cor e tornándose

Contra un ven cravarse no sitio onde máis se sinte!

Serra aberta (Os eidos 2)


Traducción abierta

Tierras altas y solas!

Largas sierras negras!

Yo soy este color de soledad

Ancares soñados a lo lejos

Peñas de Marco de Meio Mundo en hilera desde

Candedo hasta Moás

Alto de Lucenza Formigueiros Montouto Pía Páxaro

Montes erguidos del Courel! Pueblos pobres

ardidos de tristura negros de quemados!

Lor bramando por el valle cerrado!

Brezal y brezal*

Fuentes altas

peñascos

torrentes oscuros

fragas campos sotos y devesas! Labriegos y pastoras

que solo visteis

estas cumbres y estos valles!

Ulula la lechuza y canta el cuco

Midiendo el tiempo quieto que se detiene en el corazón y volviéndose

contra uno viene a clavarse en el sitio donde más se siente!


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Donde che ven a tua tristura

-coor dos teus ollos e son do teu xeito-?

Cas maos máis lenes

recóllela d'iles, déixala no aire e fuxes.

Máis, antes que pase o intre,

volve cair en ti

que xiras, xiras, sin poder sair do circo que te pecha


(Elexías do Courel)


¿Dónde te viene tu tristeza

-color de tus ojos y son de tu gesto-?

Con las manos más leves

la recoges de ellos, la dejas en el aire y huyes.

Pero, antes que pase el instante,

vuelve a caer en ti,

que giras, giras, sin poder salir del círculo que te cierra.

viernes, 6 de agosto de 2010

Longa noite da pedra


Estoy pasando unas semanas en Galicia, concretamente en una aldea que se llama Santo Tomé perteneciente a Vilanova de Lourenzá, cerca de Mondoñedo, Ribadeo y Foz, un pueblo junto al mar. Quiero aprovechar estos días por aquí, y a la vez que preparo comentarios para mis alumnos de bachillerato, voy a publicar cada dos o tres días un poema, elegido sin mucho criterio, de algún autor gallego del que haré una somera semblanza. Sin duda hay muchísimas personas que lo pueden hacer con mayor fundamento. Publicaré también un intento de traducción al castellano que pido sea revisada por los conocedores del gallego que lleguen aquí.

El poema seleccionado hoy pertenece al espléndido poemario Longa noite da pedra del poeta Celso Emilio Ferreiro (1912, Celanova-1979, Vigo). Se consideró sucesor del poeta Curros Enríquez, también nacido en Celanova (Orense) del que publicó una interesante biografía. Formó parte en su juventud de movimientos galleguistas que reivindicaban la lengua y literatura gallegas (Federación de Mocedades Galeguistas fundada por él en 1934). Es uno de los principales poetas modernos que se inició en el postmodernismo y los movimientos de vanguardia gallegos (Cartafol de poesía). Fue reclutado por el bando nacional en la guerra civil y, tras ella, llevó una vida apartada y apagada. Tradujo a Rilke al gallego. Publicó su primer libro en 1954 O sono asulagado (El sueño sumergido). En él muestra su rebeldía poética ante el ruralismo y al sentimentalismo lacrimógeno. Su poesía gira hacia los problemas del ser humano en unas circunstancias concretas, sus angustia y su lucha por sobrevivir. Se está iniciando su deriva hacia una concepción social de la poesía que culminará en su mejor libro que es el que hemos citado arriba, Longa noite da pedra (1962) que se convirtió en el libro de poesía gallega más leído de la posguerra. Sin embargo, Celso Emilio Ferreiro rechazó la calificación de social para reconocerse más bien como beligerante. Mantuvo estrechas relaciones con otros poetas de su tiempo, en especial catalanes como Carles Riba o Salvador Espriu. Este libro es una serie de textos de denuncia, de reivindicación, de resistencia cívica contra la larga dictadura franquista en unos registros cuidadosos, profundamente poéticos e impregnados del lenguaje cotidiano. Recojo uno de sus poemas titulado Libremente, en el que resalta el significado denso y luminoso de la libertad frente a la sombra que acecha obstinada.

LIBREMENTE

Nós queríamos libremente
comer o pan de cada día. Libremente
mordelo, masticalo, dixerilo sin medo,
libremente falando, cantando nas orelas
dos ríos que camiñan pra o mar libre.
Libremente, libremente,
nós queríamos somente
ser libremente homes, ser estrelas,
ser faíscas da grande fogueira do mundo,
ser formigas, paxaros, miniños,
nesta arca de Noé na que bogamos.
Nós queríamos libremente surrir,
falarlle a Dios no vento que pasa
-no longo vento das chairas e dos bosques-
sin temor, sin negruras, sin cadeas,
sin pecado, libremente, libremente,
coma o aire do mencer e das escumas.
Coma o vento.
Mais iste noso amor difícil rompeuse
-vidro de soño fráxil-
nun rochedo de berros
e agora non somos máis que sombras.


Libremente

Nosotros queríamos libremente
comer el pan de cada día. Libremente
morderlo, masticarlo, digerirlo sin miedo,
libremente hablando, cantando en las orillas
de los ríos que caminan hacia el mar libre.
Libremente, libremente,
nosotros queríamos solamente
ser libremente hombres, ser estrellas,
ser chispas de la gran hoguera del mundo,
ser hormigas, pájaros, niños
en esta arca de Noé en que bogamos.
Nosotros queríamos libremente sonreír,
hablarle a dios en el viento que pasa
-en el largo viento de las explanadas y de los bosques-
sin temor, sin negruras, sin cadenas,
sin pecado, libremente, libremente,
como el aire del amanecer y de las espumas.
Como el viento.
Mas se rompió nuestro amor difícil
-vidrio de sueño frágil-
en un roquedo de gritos
y ahora no somos más que sombras.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Ser hombre

Cristo de Carrizo

Oración de uno que no cree en la cripta románica

de la iglesia parroquial de Santa María de Aínsa.


Si el hombre pudiera entender lo que vive,

si pudiera hacer suya la belleza

de un atardecer o una flor,

si pudiera vivir sin contradicciones

que le llevan a desgarrarse,

si sus decisiones estuvieran siempre

ligadas a una causa justa

o al menos razonable,

si sus equivocaciones o errores

fueran menos definitivos,

si en la mirada de esos ojos

que le observan desde el vacío

no hubiera un reproche hondo y doloroso,

si, en definitiva, ser hombre

fuera menos difícil,

menos un cielo de fragmentos

y un profundo desatino en el caminar

en la penumbra…

Si ser hombre supusiera alzar las manos

y recoger los dones del cielo

o fuera, simplemente, dejarse llevar por aguas limpias y turbulentas

o por cascadas o sifones de un barranco en agosto,

o tal vez iniciar un diálogo incierto

con lo que no quieres descubrir.

Si ser hombre fuera un misterio menos profundo,

quizás el desafío fuera menor,

el secreto del unicornio menos enigmático,

y los viajes a las islas o los paseos bajo el mar

serían menos audaces.

Porque ser hombre es equivocarse,

no entender, ser injusto, ser desleal,

ser inseguro, ser indigno…

Todo va en el mismo contrato

y cuando pretendemos ser mejores,

encubrimos nuestra parte inexplorada,

la cohibimos, la engalanamos

de guirnaldas y serpentinas multicolores

para no reconocer que además de santos

somos unos espléndidos hijos de puta,

todo sea dicho con la mayor de las consideraciones

hacia todos los que se sienten piadosos,

apacibles, solidarios, benévolos o superiores a otros.

Ser hombre…

(Escribe los versos que a tu juicio continuarían esta especie de letanía descreída).

sábado, 31 de julio de 2010

Descendiendo el barranco del Formiga.

Hoy ha sido mi bautizo en la bajada de barrancos o cañones. He descendido el río Formiga en Sierra Guara (Huesca). Pedi a la empresa que facilitaba los guías que fuera un cañón de iniciación y no de perfeccionamiento. Creo que no ha podido haber mejor comienzo siendo además un año muy húmedo en que los ríos bajan lujuriosos y torrenciales despeñándose entre las rocas.

Éramos un grupo de ocho más el guía, Pau, catalán afincado en la sierra Guara desde hace diez años. Los demás eran un grupo de siete vascos de Donosti y Zarauz que me han acogido con extraordinario calor y compañerismo. Eran Eva, Nerea, Arantxa, Carlos, Javier, Juanma y el otro no recuerdo su nombre. Han sido unos compañeros geniales que se han preocupado del equipo que formábamos ayudando cuando había dificultades o surgía en algún momento el miedo.

No sé si los que me leen han bajado alguna vez un barranco. Es una experiencia alucinante que desata adrenalina y endorfinas. El río Formiga baja encañonado entre rocas. Para desdender al inicio hay que rapelar (era la primera vez que lo hacía en mi vida) diez o doce metros. Me he agarrado a la cuerda sujeta en mi arnés y me he dejado caer confiando en la experiencia del guía que nos iba orientando. Luego han sido una sucesión de pozas a las que se accedía por entre toboganes entre las rocas, sifones en los que había que sumergirse, chimeneas en las que había que rapelar bajo la potente caída del agua de la cascada. Era un prodigio sumergirse en el agua profunda y clara y fresquita (aunque íbamos protegidos por nuestro traje de neopreno). Lo más emocionante eran los saltos de varios metros a los que había que lanzarse sin pensarlo dos veces. Todos nos ayúdabamos y nos dábamos ánimos. Nadie se quedaba atrás aislado. Cuando había un salto hay un momento de indecisión porque ves el agua abajo a siete metros por debajo y has de apuntar bien en tu caída. Has de impulsarte con fuerza y saltar sin pensar en posición con los brazos cruzados sobre el pecho en el momento de la inmersión. Parecía increíble pero cuando lo veías una vez abajo después de haber llegado bien, te invadía un bienestar maravilloso. Cuando caías te daba tiempo a contar uno y dos y te sumergías con fuerza en el agua. Los compañeros que habían pasado te hacían un gesto de apoyo y los que tenían que seguirte eran orientados por Pau. El agua estaba transparente y he bebido de ella en varias ocasiones. Me parecía deliciosa.

Este descenso ha durando unas dos horas y media. Los hay más largos como el famoso descenso del río Vero que algún día haré. Su principal dificultad es su duración que son unas seis o siete horas que te dejan agotado, pero en cuanto a problemas técnicos es menor que el que hemos hecho hoy.

Cuando hemos acabado nos hemos quedado con ganas de más. Nos hemos quitado los trajes y hemos desandado el camino hasta las furgonetas que nos esperaban en el inicio del camino. Luego una cerveza fresquita nos aguardaba en un pueblecito de esta increíble y onírica sierra de Guara, deshabitada salvo en pequeños pueblecitos en que vive muy poca gente. Es el paraíso de los barranquistas de toda Europa.

Pau nos ha explicado su vida libre e independiente en la sierra Guara. Hemos compartido con él la comida y la cerveza y hemos estado hora y media charlando sobre todo un poco en un camping que invitaba a vivir un verano eterno descendiendo barrancos.

El lunes haré otro, el descenso del Peonera. Ha sido mi bautizo de bajada de cañones, igual que otro día lo hice entrando en una cueva semiprofesional y aluciné con la espeleología, o en otro tiempo practiqué brevemente el submarinismo hasta que descendí a veinticinco metros y me di cuenta de que el mar es tremendamente oscuro a esa profundidad. Me echó para atrás, pero reconozco que el submarinismo es apasionante.

He sido feliz esta mañana. Por la experiencia humana y por el descenso que me hay llevado a dejar el miedo a un lado y lanzarme, confiando en la fortuna, al vacío. Abajo me esperaba una poza honda que me acogía.

Alucinante. El lunes más.

miércoles, 28 de julio de 2010

¿La infancia como paraíso?

Probablemente iniciar este debate a finales de julio sea un error, pero es cuando me surge con fuerza a partir de algunos comentarios en mi anterior post sobre el tiempo de la infancia y el sentido de pertenencia.

Muchos escritores han destacado la infancia como un territorio de excepción, tal vez mágico o sagrado en que nuestras visiones son de una potencia sobrecogedora. Dicen que nuestro único paraíso es la infancia. Josep Fábrega Agea en sus comentarios afirma que la infancia es la patria de todos. Yo le contesté que hay infancias muy diferentes, sugiriendo que hay algunas que son especialmente desoladoras. Josep me contesta que la suya fue triste y pobre, pero que es la única que tiene y que ha necesitado reconciliarse con ella mediante el autoanálisis.

¿Es tan poderosa la infancia en nuestra vida? Si leemos algunas reflexiones de Ana María Matute, es así. La infancia ocupa un lugar singular, único y excepcional en nuestra percepción de la vida. Es como si el niño que éramos nos fuera siguiendo a lo largo de nuestra adolescencia y nuestra madurez. Sin embargo, hay quienes olvidan la infancia y no recuerdan nada de ella o apenas nada. Hay otros que sostienen como Juan Poz en un comentario de hace dos años que :

Lo del universo primigenio de la infancia es, como poco, discutible. La infancia como edad dorada, como tiempo de excepción, no me acaba de convencer. No deja de ser una bonita/bobita figura retórica que encubre siempre la incomodidad con el presente, la inadecuación al aquí y al ahora; además de ponerle sordina a un tiempo de no pocos sufrimientos: causados y recibidos, porque la crueldad infantil no hace distingos. Que haya nostalgia del paraíso, puede, porque, como se describe a la pareja primordial en él, no hay necesidad de trabajar, la gran maldición humana, y se vive en la ignorancia de la comunión con la naturaleza. El hecho de que el trabajo y el acceso al conocimiento vayan ligados es de lo más diabólico que pueda imaginarse”.

Polemicé con mi amigo Poz y le dije:

Juan Poz, bienvenido a la conversación. No tengo otra referencia directa de la infancia que la que viví en primera persona y la que he podido observar en mis hijas. Sin duda, no he dicho que la infancia sea una época fácil, ni que no sea dolorosa y cruel. Por lo que yo sé, puede llegar a ser dramática según en qué circunstancias, pero es una época profundamente filosófica porque se inicia en estado virgen el acceso al conocimiento. Pocas conversaciones tan densas como las que he tenido a los cinco años con mi hija sobre la muerte y sobre dios. El universo infantil es puro, también para la maldad, no está impregnado del utilitarismo y pragmatismo y de la adulteración que nos hace adultos. Es una época de relatos que alcanzan una gran intensidad y no me desdigo de que en ella existe la magia como modo de percibir el mundo. Me puedes decir que todo eso es incierto y que cuando crecemos salimos de los engaños de la infancia. Puede ser, pero no por eso dejan de ser poderosos. Y hay culturas en que no hay tanta distancia entre el mundo de la infancia y el de la adultez en cuanto a cosmovisión. Me estoy refiriendo a las culturas aborígenes o más inocentes como la que describo en mi participación en espectáculos teatrales en Indonesia. Me puedes decir que nuestra facultad más elevada es la razón y que estas sociedades son retrasadas, proclives a las dictaduras y a la ausencia de progreso. Puede ser, pero no deja de ser interesante observarlas y considerarlas. Creo que la infancia es un territorio sagrado y salvaje. Al menos es lo que yo puedo recordar, pero no pienses que yo volvería a ella ni que la tenga idealizada. Fue la etapa más terrible que puedo recordar, pero eso no me impide volver a ella y encontrar en su cosmovisión algo que tiene en común con los pueblos llamados primitivos. Y no idealizo ni la infancia ni a los pueblos primitivos. Simplemente dirijo mi reflexión hacia estos estados del conocimiento en la medida corta de mis facultades. Un cordial saludo.

Esta es la pregunta que os planteo a los supervivientes del verano en un debate íntimo y minoritario: ¿Es la infancia un espacio de excepción? ¿Somos en alguna manera el niño que fuimos y es bueno que sea así? ¿Nos marca el periodo de la infancia? ¿La infancia es un periodo a superar? ¿Es negativa la idealización de la infancia como paraíso? ¿Cómo fue vuestra infancia? ¿Feliz? ¿Dolorosa? ¿Mágica? ¿Terrible?¿Está el niño en la persona que sois ahora? ¿Os sentís niños en algunos momentos? ¿Para qué sirve la infancia? ¿Necesitamos volver a ese estado? ¿Por qué?

Sé que no son preguntas fáciles, pero me encantaría que un pequeño grupo de adultos reflexionáramos en pleno verano sobre este tema.

Iniciaré yo el debate para romper el fuego.

sábado, 24 de julio de 2010

Descubrimientos

Villa de Alquézar

Es difícil condensar en un post las emociones y sentimientos que están avivándose en mis días de estancia en el Altoaragón. Se remueve un sentido de pertenencia a esta tierra que tengo muy olvidado. Hace muchos años que huí hacia otras latitudes, y casi siempre que he vuelto ha sido por circunstancias muy concretas. Soy un aragonés extraño. No participo de los fantasmas de la tribu, como tampoco de ninguna otra tribu, pero me encuentro, tras treinta años fuera de Aragón, que hay personas que detectan mi acento maño simplemente tras decir “buenas tardes” o algo semejante, y me gusta, igual que ayer paseando por las calles de ese maravilloso pueblo medieval que es Alquézar en el corazón del Somontano y de la sierra Guara, junto a los cañones espectaculares del río Vero, que un abuelo que encontré a la fresca en una de las calles jalonadas por arcos de piedra, me dijera que tenía en el habla mis raíces aragonesas. Recorrí junto a mi hija las calles color ocre, magníficamente conservadas, de esta villa coronada por la colegiata de santa María la Mayor en un esplendor de piedras bellísimas que se abren a la profundidad del cañón del río Vero sobre el que sobrevuelan alimoches y águilas calzadas en un vuelo abierto y circular.

Por la mañana habíamos atravesado desde L'Ainsa la onírica sierra Guara, desolada, vacía y misteriosa, atravesada también por cañones profundos que le dan una personalidad única. Nos llegamos a un pueblecito llamado Lecina en el que viven siete habitantes durante el año, todos mayores. Aragón en buena parte está desierto, lo he comprobado en zonas extensas de Huesca y en Teruel. Muchísimos hemos tenido que emigrar por la falta de recursos y la dureza de la tierra. Lecina, como decía, es un lugar singular. Pensé inmediatamente en Frikosal pues tiene que haber una visibilidad del cielo nocturno maravillosa por la escasez de pueblos apenas habitados. Es una comarca telúrica y magnética, así como es un lugar misterioso el paraje en que se alza la encina milenaria de Lecina, muy cerca del pueblecito. Me sentí cautivado por la belleza agreste y dura de estos paisajes que me gustaría recorrer más detenidamente, así como descender algún barranco, tal vez el mítico río Vero que atrae a jóvenes de toda Europa por su atmósfera aventurera.

En alguna manera me siento ligado a estos paisajes que desconocía y los siento un poco míos, pero no quiero que se me note porque tiendo a enfriar las emociones de pertenencia. Siempre he querido sentirme apátrida, periférico, extranjero, en cualquier sitio y por ende también viajero alucinado de cualquier paisaje que recorro de ese país extraño que es España. Sin embargo he viajado por comarcas aragonesas siempre con una encubierto sentimiento de calor y cercanía. Por ejemplo cuando visité Albarracín y la sierra del mismo nombre. Albarracín, junto a Valderrobles y Calaceite en el Matarraña y el citado Alquezar en el Somontano, son pueblos bellísimos, de los más hermosos de España, lo que es decir mucho porque este país cuenta con todavía extraordinarias villas magníficamente conservadas.

Esta mañana he ascendido, como comenté en el anterior post, con mi hija Lucía hasta el ibón de Plan. Han sido tres horas y cuarenta minutos de subida y casi tres horas de descenso, un ejercicio muy fuerte para mi hija que no está habituada a caminar. He disfrutado enormemente de su compañía atravesando bosques de pinos y prados llenos de lirios hasta llegar a ese circo espléndido que rodea al ibón de Plan. Era nuestro primer ibón juntos, pero espero que no sea el último. He sentido en esta pequeña aventura algo próximo a la felicidad cuando, siguiendo el sendero, nos adentrábamos en el silencio del bosque y el sonido de algunos torrentes que hemos tenido que cruzar. Lucía compartía conmigo sus emociones y descubrimientos, y yo, concentrado en la situación, me holgaba y solazaba en su compañía y lo inolvidables que me iban a resultar esos momentos. Me gustaría volver a repetirlo. Espero que a mi hija le guste caminar. Para mí ha sido una vocación desde que pude empezar a hacerlo a los catorce años.

Mañana nos acercaremos a Boltaña, cerca de L'Ainsa a conocer la feria pirenaica de Luthiers que concluye el 25 de julio. Le debo a Amparito la noticia de esta feria. En unos días volveré por estas tierras altoaragonesas y seguiré el festival de títeres de Abizanda y descenderé un barranco cumpliendo un sueño que tengo hace muchos años.

Son casi las once de la noche y hace frío. Por la noche hay que meterse bien en el saco y taparse con mantas. No sé cómo van las temperaturas por otras latitudes, pero esta última noche he pasado bastante frío.

Me quedan pocos días en esta comarca y quiero disfrutarlos. Me ha sorprendido el calor íntimo, que no quiero olvidar, y que he sentido al conocer estos paisajes y paisanajes.

Un saludo a todos.

martes, 20 de julio de 2010

Sueños del Pirineo

Me gusta de vez en cuando aproximarme a las grandes montañas, las del Pirineo de mi juventud que recorrí en interminables travesías durante mi época de estudiante. Hoy no tengo la misma potencia pero disfruto (y sufro) subiendo montañas y collados. Ayer ascendimos desde Saravillo (valle de Chistau) hasta el ibón de Plan también llamado Basa la Mora por los de Saravillo. Fueron tres horas de exigente subida para alguien poco entrenado como yo. Echaba en falta a mi hija pequeña, sobre todo cuando veía grupos de muchachos de su edad que ascendían con esfuerzo entre pinos, abetos, robles y llegaban agotados a los prados de las alturas llenos de lirios bellísimos. Éramos tres los montañeros de secano: Javier y su hijo adolescente Álvaro. Fueron tres horas y cuarto de ascensión hasta llegar al refugio a dos mil metros. Habíamos comenzado a novecientos metros. Desde allí en media hora nos acercamos al ibón que este año brilla con luz propia, rodeado de un circo espectacular de montañas y prados esbeltos que me recordaban a los que aparecen en los Milagros de Nuestra Señora de Berceo. Sentado a la sombrica de unos árboles engullí un bocata de jamón del Somontano que me sentó genial.

A los adolescentes no les gusta caminar por la montaña. En seguida se sienten cansados. Tuvimos ocasión de comprobarlo en diversos grupos de muchachos que subían extenuados y aburridos entre paisajes maravillosos y soberbios. Caminar es un hábito en el que hay que prepararse para sufrir un poco, hay que echarle aguante, y a la vez ser capaz de disfrutar en el recorrido por bosques espléndidos, los regatos de agua y la orografía de la montaña... A veces pienso si la realidad virtual del mundo tecnológico y la televisión han desplazado la capacidad de maravillarse de estos muchachos refractarios al sacrificio. Mañana quiero compartir con mi hija de diez años la subida de nuevo. Iremos los dos solos. Sé que sufrirá pero vivirá una experiencia única que tal vez le deje un recuerdo yendo con su papá. He hecho alguna caminata con ella, pero no tan exigente como esta.

Me gusta el camping y dormir sobre el duro suelo simplemente con una esterilla de goma. El resto de mi familia utiliza colchones hinchables pero yo no los soporto. Quiero sentir el suelo, y además tiene una ventaja añadida. Mi sueño es profundo pero irregular y me despierto cada cierto tiempo y soy muy consciente de mis sueños. Federico Fellini decía que nuestra única realidad son nuestros sueños, y lo disfruto estos días en que duermo intermitentemente. Son sueños extraños, precisos, con una calidad narrativa extraordinaria que me asombra y maravilla. Esta noche han sido especialmente angustiosos. Son tan íntimos que no me atrevo siquiera a sugerirlos o esbozarlos. He vivido toda una secuencia de imágenes coherentes, llenas de dolor que me han henchido de ansiedad y miedo, pero a la vez su fuerza me ha cautivado. Creo que en mi diario más personal haré una reseña de estos sueños. No sé cómo se generan los sueños, pero me intriga la audaz combinación de imágenes e historias que no sería capaz de inventar en mis estados de vigilia. Mi yo soñador es mucho mejor que mi yo despierto. Tendría que tomarlo como inspiración de la narrativa que algún día quisiera iniciar, y que sólo esbozo en este blog. Hay en mí la mentalidad de un artista genial que no tiene correlato con mi capacidad o inteligencia que está muy por debajo de mi potencialidad onírica.

Hoy está nublado y amenaza lluvia. La temperatura es suave. Yo escribo en mi ordenador en la zona wifi del camping y escucho en Spotify a Billy Holliday concretamente A Sailboat in The Moonlight.

Me atraen los espacios de ensoñación. El viento agita los robles, las flores rojas se estremecen, yo escribo. Me he traído varios libros al camping: Grupo de noche de Juan Madrid, Crónica sentimental en rojo de Francisco González Ledesma, al que tengo un apego especial porque yo a mis catorce años empecé a leer novelas del oeste que tenían como protagonista a Silver Kane. Y nunca lo he confesado pero yo era un entusiasta de las noveluchas de tres pesetas de Marcial Lafuente Estefanía. La regla fundamental de estas novelas era la de no aburrir e interesar al lector desde la primera línea. En esta escuela se formó González Ledesma. Además me he traído literatura más selecta como El Danubio de Claudio Magris que empecé a leer en Barcelona y me desbordó por su densidad. Necesito para él, una concentración muy superior a la normal, pero sus primeras páginas me deslumbraron.

En este camping del altoaragón hay una ludoteca, una biblioteca bien surtida y un loro que se llama Paco que de vez en cuando da un silbido reclamando nuestra atención. El restaurante se llama Iglesia de Pepelu, lo que me ha hecho gracia.

Va a llover, leeremos y nos acercaremos por la tarde a Aínsa. Me gusta este ambiente tormentoso y templado, sin hacer calor ni frío. Además escribo y disfruto de esta levedad y maravilla de este tiempo ligero y soñador.

miércoles, 14 de julio de 2010

Eros y thánatos

Hablar de amor y muerte en pleno verano parece extraño. Mi post titulado Rituales recibió comentarios elogiosos hacia la figura de este profesor, pero quiero aclarar que son inmerecidos por completo. El texto del post era pura ficción. En el título lo aclaraba o pretendía aclararlo con esa palabra entre paréntesis. Nunca sucedió lo que firmaba ese personaje apócrifo al que le di el nombre de Sergio Caballero. Nunca llevé a mis alumnos a visitar cementerios, fábricas de ataúdes, institutos anatómico forenses, redes de alcantarillas de Barcelona… Es cierto que una vez en Berga participé en una representación callejera de un grupo internacional que desarrolló la idea de una secta necrófila vindicativa de los ritos de la muerte. Esto es rigurosamente cierto. Fue en agosto de 1987. Y la función en un domingo de verano fue un éxito.

No sé si disculparme porque en el título quería dejarlo claro. Era ficción. La carta la redacté yo, y pensaba que todos los lectores se darían cuenta de que aquello que contaba era imposible. Hubiera sido impensable entonces y ahora plantear un curso que se centrara en la reflexión sobre la muerte. Pero he de reconocer que es una experiencia pedagógica que me he quedado sin llevar a cabo, y me hubiera gustado mucho. La muerte es una de mis reflexiones fundamentales. Yo soy yo porque voy a morir. Todos vamos a morir. No hay ningún lector que lea esto (si hay lectores este verano) que no vaya a tener esa experiencia que yo considero luminosa. La muerte es un tránsito luminoso, tal vez hacia la nada. No sé. Volveré a lo que era antes de nacer. O sea cero. Inexistencia.

Me hubiera entusiasmado interesar a mis alumnos en la idea de la muerte, pero el sistema no lo hubiera permitido. No hay idea más reprimida que la idea de la muerte. No la aceptamos. En otro tiempo se reprimía el sexo de múltiples maneras. El sexo era pecado, suponía la condenación absoluta… El placer era culpabilizado. Sin embargo, la evolución de nuestra sociedad –con la aportación decisiva de la década de los sesenta- ha llevado a desdramatizar y reivindicar el eros… y se puede decir que ha entrado en nuestra sociedad occidental como un compañero de nuestro modo de ver las cosas. Todo nos habla de sexo: la publicidad, el cine, la ficción… El eros en alguna manera es la victoria sobre la muerte, es la ilusión efímera de que somos más fuertes que la muerte. La muerte es, en cambio, ocultada, reprimida, orillada. Sexo, sí; muerte, no. Sin embargo, en la historia han estado unidas, especialmente en la literatura, en nuestras pulsiones existenciales, en nuestra psique… La muerte planea sobre cada instante de nuestra vida. Somos lo que somos porque vamos a morir, y lo sabemos. Los días que me quedan son limitados, tienen un número. Pero no gusta pensarlo. Tenemos en nuestra dialéctica interna múltiples recursos para olvidarlo: no pensar en ello, desarrollar nuestra potencia sexual (hasta que se acaba), consumir, reclamar el placer, alimentar la ilusión de que somos eternos…

Cuando hacemos el amor en sus innumerables formas practicamos el eros, pero también el orgasmo nos aproxima a la muerte, hacia la desaparición de nuestra individualidad, hacia el cero, aunque sólo sea por efímeros instantes… Nos fusionamos con el ser amado y desaparecemos como ego… Instantes, brevísimos microsegundos. Nunca hay mayor proximidad a la muerte que el orgasmo o el sueño, nuestra diaria incursión en la renuncia al ego. Porque vivir es sostener el ego, y la muerte es la aniquilación del ego, su desaparición completa. Nada hay que sobreviva después de nuestra muerte, y ello implica un abismo inconmensurable al que nos gusta aproximarnos porque nos atrae el vacío. No hay voluntad más potente que la tentación de vacío en medio del clímax de nuestra vida, en medio del cenit del verano.

Dejo reposar mi cuerpo sobre la roca frente al mar, es la plenitud del verano, la totalidad del ser, después de un baño prodigioso en que he sido uno, totalmente uno. Sin embargo, hay una pulsión inconsciente de detener ese instante, de hacerlo eterno, de residir en la integridad del ser, y ello nos acerca al éxtasis de la muerte en el momento de mayor expresión de nuestra energía.

No hay sistema educativo que permita hacer una reflexión orgánica sobre la muerte. No lo querrían los alumnos, ni la dirección del centro, ni los padres, ni la administración… Las experiencias del abismo son totalmente reprimidas, pero nuestros alumnos se acercan a ellas mediante el uso de la tecnología que proporciona una ilusión de potencia e inmortalidad, el alcohol, las drogas, el consumismo abrumador que presta otro espejismo de alejamiento de la muerte…

Pero todo es ficción. La muerte planea sobre cada relámpago de nuestra vida. Pero no es de buen gusto recordarlo… Hubo otras épocas en que la muerte era más aceptada y el eros era una forma de combatir lo fugaz de la experiencia. Hoy se la silencia, se la esconde, se la hace desaparecer en nombre del vitalismo, pero no hay vitalismo sin conciencia de muerte. No somos eternos. Es bueno recordarlo, incluso en este verano cenital y que invita a la plenitud. Por ello precisamente, por esa plenitud, es bueno recordarlo.

Y, desde luego, me habría gustado poder reflexionar sobre ello con mis alumnos, pero no hay mayor tabú que la muerte. Un tabú extraño y enfermizo.

Me despido, pasad un buen verano. Dedico este post a María del blog amigo de Ad kalendas graecas que me acompañó en mis reflexiones sobre Rituales sabiendo que eran pura ficción.

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