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domingo, 16 de febrero de 2014

La paradoja del profesor



Mohamed es un muchacho vivo e inteligente que cuenta ya con suficientes años en España como para estar totalmente adaptado a esta realidad. Lo detecté en un curso de bajo nivel (o ritmo lento) a principio de curso. Su agilidad mental contrastaba con la de la mayoría de los otros alumnos. Varios de ellos fueron cambiados de clase porque se esperaba de ellos rendimientos superiores en un proceso de readaptación académica que busca ofrecer entornos adecuados a las distintas personalidades y capacidades. Pero Mohamed se quedó en su curso para desesperación suya ya que es consciente de su agudeza mental. El problema es que es un alumno conductual y conflictivo. Ha tenido varias expulsiones, y destaca por su carácter complicado y potencialmente agresivo. Yo he tenido diversos conflictos en el aula con él y he tenido que expulsarle en alguna ocasión en que me he sentido desafiado ante toda la clase por su actitud.

Nuestra relación ha tenido diversas fases desde que comenzó el curso. Enfrentamientos, retos verbales, expulsiones... En algún caso he llegado a decirle, tras llamar a su casa, que hablaría con el imán de su mezquita para comentarle su comportamiento. En algunos casos es clara su intención provocadora.

Sin embargo, me doy cuenta de que es un muchacho que necesita reconocimiento de su capacidad para que él se centre en su trabajo. Es necesario ese reconocimiento y a la vez mantener un tono autoritario que subraye el poder del profesor que debe ser ejercido sin dudas y sólidamente. Cuando me he sentido débil en el aula, este muchacho se me comía y me desafiaba. A medida que me he ido consolidando y reforzando personalmente he podido ejercer la autoridad con firmeza y sin estridencia, lo que ha supuesto la mejora de mis relaciones con Mohamed que precisa un modelo sólido al que seguir, y que le sirva de pauta. En las últimas sesiones de lengua, ha trabajado el triple y mejor que cualquiera de sus compañeros de aula, con una caligrafía esmerada, una atención intensa y una dedicación al trabajo importante que él ha visto reconocida y probablemente lo habrá sentido con orgullo. Yo era el pivote fuerte al que él quería estar sujeto, porque no hay peor drama para Mohamed que saberse ignorado o no reconocido. Su carácter disruptivo le traiciona, su extremado orgullo le lleva a chocar. Solo puede funcionar si se somete ante alguien que para él merezca la pena. Si he estado frágil o dubitativo, me ha intentado machacar. Cuando he logrado estar firme, he logrado reconducirlo y dejar que se convirtiera en el mejor alumno de clase, el que trabaja con más ahínco y mayor inteligencia.

El viernes pasadas las dos y media de la tarde, le hice volver a clase para buscar una redacción que no me había entregado aunque yo sabía que él había hecho. Subió sin protestar y a los diez minutos me la trajo con una caligrafía esmerada. No la he leído todavía. Le deseé un buen fin de semana y él, satisfecho de mi reconocimiento, me dijo que me lo deseaba también él a mí.

La mayor y mejor virtud de un profesor es su fuerza mental, su equilibrio, su dominio de la situación. Es indiferente si opta por una pedagogía tradicional o más innovadora. Los muchachos necesitan tener frente a ellos a alguien fuerte a quien admirar o detestar. No hay peor problema en el aula que un profesor débil que, debido a su debilidad, se convierte en defensivo y arbitrario. Los muchachos entonces se unen para devorarlo como jauría excitada por la sangre. No hay piedad. En el aula solo hay piedad desde el ejercicio de la autoridad firme y convincente en que estén marcadas las reglas del juego y se cumplan a rajatabla.

La postura dialogante y tolerante no es suficiente como punto de partida si no está refrendada por la autoridad previa. Cuando se da una orden a un alumno para que se cambie de sitio, para que trabaje o para que salga del aula no debe acompañarse de un debate abierto con él cuando interrogue al profesor que por qué le dice eso, que por qué tiene que cambiarse de sitio o por qué le expulsa. Sencillamente es una orden que no debe entrarse a debatir en el aula. Otra cosa es el plano posterior privado en que puede abrirse paso la consideración de los motivos que han llevado a la orden del profesor.

Sin embargo, algunos padres que desconocen la realidad de las aulas ante la discrepancia entre las razones de sus hijos y la versión del profesor optan por algo totalmente erróneo: confrontar en el mismo plano la versión interesada (y frecuentemente sesgada o mentirosa) de su hijo y la del profesor. Me he encontrado con esta situación en un par de ocasiones en los últimos días en que me he tenido que confrontar con la obstinada dialéctica de madres que ponían en el mismo nivel las dos ópticas (una alumna copiando con una descarada chuleta tapada por su mano encima de la mesa, y otra madre que negaba que hubiera habido motivos para expulsar a su hija de clase).

La posición del profesor no es nada fácil. Por un lado treinta adolescentes deseosos de sangre y de autoridad para sentirse aplacados, los padres muchas veces condescendientes y crédulos que no desaprovechan la ocasión de minusvalorar al profesor o desprestigiarlo, su propia situación anímica y su real indefensión ante la administración que lo considera una pieza lábil y potencialmente sustituible... Todo ello hace que la autoridad del profesor navegue por mares procelosos e inciertos y abierta a los más variados desafíos antes los cuales, sin embargo, como nos muestra el caso de Mohamed, es imprescindible que sea segura y firme.

Diderot escribió La paradoja del comediante, uno de los mejores libros sobre teatro, pero podríamos hablar también de la paradoja del profesor cuando consideramos su poder fugaz e inestable en el aula, y a la vez totalmente necesario para cumplir sus objetivos siempre que sea un poder justo y reglado, sometido a medida.


Y pobre del profesor que no posea esa fuerza mental por el motivo que sea.

viernes, 7 de febrero de 2014

Una praxis educativa comprometida



La praxis educativa está mutando profundamente. Lo veo día a día. Soy profesor de primero de ESO en la mayor parte de mi horario. Les he introducido en EDMODO, una aplicación educativa prodigiosa que  permite la comunicación directa de los alumnos con el profesor cuya interfaz se parece a Facebook. En su muro les cuelgo toda la secuencia de tareas, exámenes, materiales de estudio, vídeos, libros en pdf, etc.  Los exámenes son sumamente exigentes respecto a la materia impartida, pero dichos exámenes se los cuelgo en Edmodo días antes para que los puedan preparar individualmente o en grupo. Por otra parte les hago pruebas de Comprensión lectora de textos muy largos y con cierta complejidad narrativa. He descubierto al narrador norteamericano O’Henry cuyos relatos son perfectos para que los alumnos estén una hora echando humo intentando desentrañar su sentido en el que nada es lo que parece. Cuando lo descubren, los que lo descubren, se sienten fascinados y orgullosos. Al principio sienten pereza de leer textos de más de dos mil palabras en letra minúscula pero pueden hacerlo, y lo hacen.

Mi libreta de notas es digital. Llevo el iPad a clase y utilizo la extraordinaria aplicación Idoceo que es un libro de notas que supera imaginativamente cualquier dispositivo que uno pueda suponer. Es un descubrimiento fabuloso cómo se puede gestionar la información de las notas de los alumnos, y cómo se les puede comunicar a ellos y a sus padres inmediatamente el resultado de un examen celebrado por la mañana.



Mi iPad me permite conectarme al proyector de clase y utilizar todas las herramientas digitales de Apple. Por ejemplo hacer mapas conceptuales frente a ellos, ponerles música para trabajar, vídeos, textos, fotos... además de conectarme a google y a cualquier página imaginable. Mi última investigación es conseguir sincronizar el iPad con la pizarra digital para poder escribir en ella. El iPad es un universo educativo cuyos límites son amplísimos y por descubrir, ya que hay muchísimas herramientas que están pensadas para este dispositivo fascinante. 

Esta inmersión en la tecnología no supone que deseche los métodos tradicionales. Quiero que escriban, quiero que se sumerjan en textos, enseñarles a razonar, a dar saltos conceptuales, a utilizar la imaginación como recurso imprescindible. Y sobre todo no quiero tratarles como si fueran incapaces. Un muchacho de doce años puede hacer muchas cosas y debe entrenársele con una fuerte exigencia. No debemos suponer que no están preparados para realizar un trabajo intelectual comprometido. O al menos debemos aspirar a ello. Si se tira fuertemente de ellos, una buena parte responden a los estímulos y les encantan los desafíos que suponen exigencia. El profesor que esto suscribe tiene en cuenta todo en su libro digital de Idoceo. Puede controlar exhaustivamente todo el trabajo realizado por los alumnos y tener un perfil individualizado que permita hacer un diagnóstico y radiografía de cada muchacho. La realidad es que cuando se les exige, suelen dar mejores resultados que cuando la vida es muelle y placentera. El problema es que los institutos se convierten en lugares de vida plácida en los que se pasa sin dar un palo al agua. El desafío del profesor es implicarles en retos conceptuales que les lleven a ejercitar la inteligencia creativamente. ¿Estímulos? Todos los necesarios. La cuestión es que trabajen y crezcan intelectualmente sin darse cuenta. Cuando empecé este curso desde el gabinete pedagógico se nos presentó a los alumnos de primero, recién llegados de la primaria, como niños no acostumbrados a estudiar ni a hacer exámenes, a los que no había que agobiar en el estadio de aprendizaje en que están. Ni caso. Un muchacho de doce años es muy potente. Se hacen vagos y haraganes después porque no les exigimos, porque no somos conscientes de que la inteligencia es una facultad elástica. Que la imaginación tiene que ejercitarse, que los retos son necesarios. La tecnología es prodigiosa porque nos ofrece herramientas que bien utilizadas y reforzadas por métodos tradicionales es sumamente fértil. La enseñanza debe promover el desarrollo intelectual. No dejar que muchachos inteligentes y agudos se hundan en la molicie del aburrimiento sin exigencia. Hay que aprender a ser imaginativos y abiertos. Hacerles ver que aprender es un juego apasionante, que aprendan casi sin percibirlo, que sientan placer por aprender, placer en ejercitar su inteligencia, introducirles en un juego en que el estatismo sea imposible, no tomarles por tontos. No lo son. Es la falta de dinamismo la que hace la escuela aburrida. Hay que estar continuamente en acción casi sin repetirse, que sientan el gozo de trabajar en serio y ser reconocidos. El profesor debe felicitarles y estar atento a sus progresos, ser muy consciente de todos y cada uno de sus alumnos a los que piensa desde los recursos y herramientas educativas que cada vez son más eficaces e inteligentes.

El dar siempre clase en cursos del segundo ciclo de la ESO me había llevado a la convicción de que los alumnos son vagos, holgazanes, tramposos, descuidados, renuentes a los juegos de la inteligencia dominados por las hormonas de la adolescencia y la tontería llegada en cantidades abrumadoras. El dar clase en primero de la ESO me hace pensar que no son tontos, que es el sistema el que los hace tontos y pasivos, aburridos, grises, copiones, repetitivos. Los convertimos nosotros en un proceso que deja a muchachos virtualmente potentes en desganados porque se aburren soberanamente.


La imaginación unida a esa herramienta prodigiosa que es el iPad, el vídeo, los mapas conceptuales, las lecturas complejas, el clima en el aula que luche contra la banalidad y la repetición hace que enseñar se convierta en algo intelectualmente interesante, y lo menos que debemos exigir a nosotros mismos es eso, ser interesantes, por los caminos que sean, aunque sean retorcidos. Los muchachos siempre detectan a quienes se interesan por ellos. Y dan mucho más, mucho más de lo que nos han enseñado a esperar.

sábado, 1 de febrero de 2014

Esa luz, esa luz…



No hay peor crisis en un profesor que la de rendirse a la sensación de que la realidad no puede ser transformada, que un ominoso fatalismo le hunda en la postración de lo dado e irremediable. Es un estado doloroso que se apodera – tal vez como enfermedad- de la mente y el corazón. Cada día es un estremecimiento dominado por el miedo. Los alumnos son percibidos como una amenaza incomprensible, como un latente enemigo que se querría esquivar, pero no es posible. Un profesional ha de enfrentarse al origen de su sufrimiento. Es entonces cuando el corazón sangra y todo se convierte en caos en las aulas en un ejercicio de pánico que es percibido por esos muchachos proteicos que necesitan inspiración y fuerza que les organice la mente y el espíritu. El profesor –enfermo- no puede darles lo que necesitan y solo siente deseo de huir de allí, de fugarse, de desaparecer. Cada mirada se convierte en un arma aguda y lancinante. Siente su derrota y experimenta amargura porque desearía que las cosas fueran diferentes, pero su corazón está débil y su mente, maltrecha. No puede confrontarse a la fuerza de treinta espíritus inquietos que propenden al caos que él debería encauzar y dar sentido.

Esto lo he sentido yo. Cada palabra escrita surge de una experiencia vivida y dolorosa.

Sin embargo, tras un retiro y un ejercicio de terapia química y de escritura, el profesor ansía volver al origen de su sufrimiento.

Siempre hay cosas que no acaban de revelarse, pero tal vez la felicitación de Navidad que  le llegó de una de sus alumnas, cuando él estaba hundido, le sumió en la reflexión de que tal vez no estaba todo perdido, que tal vez todavía había alguien que no lo considerara totalmente derrotado.


Volvió a las aulas. Y en un proceso de un mes, las piezas que él consideraba caóticas comenzaron a cobrar sentido hallándose el profesor en medio de un magma que le apasionaba, que le ocupaba cada fibra de su ser. Entrar en las aulas se convirtió en un ejercicio que suponía un desafío hermoso, y se encontró con esas miradas que antes lo asustaban sin que él sintiera ya miedo sino más bien un estado de maravilla ante la belleza de su profesión. Aprendió a ser firme, a no temblar, a mirar nítidamente, a recordar lo que él había sido en otro tiempo, antes de la enfermedad. Advirtió que deseaba estar ahí, que subir las escaleras y ser saludado con afecto por esos personajes que antes le humillaban, era una sensación que dotaba de significado a todo. Él era profesor. Y por fin llegó a ese íntimo convencimiento de que era posible transformar el mundo, que la realidad no era gris, plana y maléfica, sino abierta y llena de posibilidades. No entendía ahora su sentimiento anterior de derrota, pero sabía que estaba documentado en centenares de páginas que había escrito en un diario de una enfermedad que había existido. Y no hace mucho. Ahora se plantaba en el centro del mundo, y esos diablillos de doce años se le aparecían como duendes benéficos que aspiraban a tenerle con ellos, entre ellos. Y él sentía un profundo estado de felicidad por experimentar algo que creía imposible: recuperar la ilusión y la sensación existencial de acompañar a alguien al conocimiento. Y aquel alumno pakistaní le demostró que su presencia no era inútil, y se sintió centrado e iluminado sabiendo y recordando que él una vez había sido un profesor que era capaz de inspirar a corazones inquietos, y entraba en las aulas convirtiéndolas en lugares de exigencia intelectual y emoción ante la luz que inundaba todo.

domingo, 26 de enero de 2014

La vida es más hermosa…



Este ávido lector va buscando obras que lo absorban, que lo estimulen, que lo desafíen, que lo maravillen. Y uno de los descubrimientos que he he experimentado últimamente es el placer que tengo en acostarme temprano, sobre las diez menos cuarto de la noche y encontrarme con mis libros o mi iPad de última generación con textos comprados en Amazon. Me tomo un café intensamente cargado antes de ir a la cama, lo que me excita para encontrarme con los libros. Noto mi corazón más acelerado y mi mente despierta. Y allí tengo dos horas y media maravillosas hasta después de las doce en que me apasiono leyendo alguna obra que me cautiva. Esto no siempre es así, pero entonces decido si merece la pena seguir con la lectura o abiertamente dejarlo sin concluir. No tengo ganas de perder el tiempo. Recientemente he leído una novela de Johh Williams titulada Stoner. No es un relato demasiado conocido. Es la historia de un profesor gris de literatura en la universidad norteamericana de Misuri, era hijo de unos campesinos de vida muy dura. Stoner llegó a la universidad a estudiar agricultura, pero las palabras de un profesor ya cansado le hicieron descubrir su vocación literaria. Stoner es una novela maestra, impresionante, yo diría que maravillosa. Me tuvo prendido desde la primera línea hasta el final en ese trayecto existencial del protagonista.

David Lodge es uno de mis últimos descubrimientos. He leído Terapia y Pensamientos secretos. A David Lodge se le tiene por un fino humorista inglés, pero a mi me impresiona que sus novelas rozan lo trágico mirado desde una perspectiva que convierte esa realidad en algo interesante y que te congratula con la existencia. Me han hablado ayer de la serie de novelas sobre la vida académica cuyos protagonistas son profesores. Intentaré conseguirlas.

Una recomendación que he recibido por parte de un fino profesor de inglés de mi instituto es Bienvenido Mr. Chance de Jerzy Kosinski. Ya la he encargado en Amazon y espero recibirla en los próximos días. Mi compañero me ha dicho que es una obra maestra.

Ahora estoy leyendo fascinado la recién publicada biografía de J. D. Salinger (Salinger de David Shields)  el autor de El guardián entre el centeno, que ha cautivado a tantos millones de lectores y cuya potencia narrativa sigue vigente cinco o seis décadas después de haber sido escrita. La vida de Salinger era un misterio que ahora se abre para la maravilla del lector en esta biografía sorprendentemente buena. Llevo leído un veinte por ciento del libro y he de decir que estoy conmocionado. A pesar de mi interés por Salinger y haber leído lo que la prensa había publicado sobre su retiro en una cabaña, oculto al mundo, estoy vivamente sorprendido al conocer las circunstancias que llevaron a que fueran escritos muchos de sus relatos y la novela de Holden Caulfield. Estoy disfrutando muchísimo y solo espero tener un rato para sumergirme en esta biografía apasionante.

Leí también En la orilla de Rafael Chirbes pero no logró atraparme por más que fuera consciente de su excelente factura. Y no consigo convencerme que su intención, igual que en Crematorio que también he leído recientemente, fuera revelar las tramas de corrupción urbanística en la costa levantina. Su inmersión en los personajes de estas novelas revelan algo que va más allá de esa interpretación algo esquemática. Creo que hay una gran complejidad psicológica en dichos personajes que desborda el planteamiento de novela identificada más bien por lo social.

Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides me gustó pero no me cautivó. Deseaba terminarlo sin estar realmente interesado en ese suicidio múltiple de aquellas hermanas Lisbon que eran bellísimas. John Banville lo considera una obra maestra, pero no consigo estar convencido de ello por mi lectura. El encuentro del lector con una novela es siempre misterioso.

La cripta de los capuchinos de Joseph Roth ha sido una lectura que me ha llegado veintiocho años después que una muchacha italiana me la recomendara.  Leerla me ha llevado a recordar los días que pasé con aquella mujer cuando era joven y mantenía conversaciones con ella perdidos en la jungla de Sumatra.

Mis hijas me han regalado estas navidades Incerta gloria de Joan Sales que llevo tiempo queriendo leer. Las referencias que tengo de esta novela son excelentes. Se dice que es la novela más rusa y metafísica que ha producido un escritor catalán.

Tengo pendientes también La casa de hojas sobre la que escribí un post. El autor es Mark Z. Danielewski. Es una novela extraña y enigmática para la que espero un tiempo reposado para meterme en ella.

Quiero leer La broma infinita de David Foster Wallace, un autor que se suicidó, siendo reconocido como uno de los mejores narradores de la reciente literatura norteamericana. Su muerte conmocionó a la comunidad lectora y literaria norteamericana. Se ahorcó a los cuarenta y seis años en California ante la consternación e incredulidad de los que lo seguían. Es una larga novela para la que he de encontrar también su espacio de tiempo.

Me interesó muchísimo Limónov de Enmanuelle Carrere. Es la historia real de un personaje mezcla de muchas cosas que resulta sorprendente. Una combinación de punk, vividor, admirador de la URSS, místico, proserbio, militarista y un escritor de su propia vida que ha logrado el éxito literario en su país. Limónov es un relato absorbente que se disfruta con alegría e intenso placer.

Estas son algunas de mis lecturas recientes y proyectos para los próximos meses. Eso sin olvidar que quiero leer la continuación de Juego de tronos de George R. Martin que comencé en el verano pasado. Me pareció una espléndida creación de un mundo totalmente sacado de la imaginación del autor, un mundo convincente y sugestivo que lleva al lector a la sorpresa permanente.


La vida es más hermosa con literatura y cine.

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