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lunes, 31 de octubre de 2011

La muerte de la literatura


En mi vida la lectura ha sido esencial. Me he pasado la vida leyendo y sigo haciéndolo. Lo que quizás para mí ha entrado en crisis en este nuevo giro de la historia es la lectura de literatura, la que tanto tiempo me había dado alguna consistencia. Leo algo, pero poco, absorbido por la tecnología. En consonancia observo que la mayor parte de los profesores defensores de las nuevas tecnologías en la educación, han dejado la literatura en un segundo o tercer lugar, casi irrelevante. Su dedicación a la informática es tal que su posible tiempo para la literatura, que es radicalmente absorbente, es próximo a cero. La complejidad del discurso literario entra en contradicción con la simplicidad de los tweets y la información rápida que abunda en la red. 

Este es el nuevo siglo en que la literatura ha entrado en crisis, según mi opinión. Las grandes obras del pasado no tienen ya mucho que aportar a los hombres del presente. Se han quedado irremisiblemente desfasadas tanto en forma como en fondo, y sólo están destinadas a pequeños reductos de nómadas supervivientes de la literatura. 

Tecnología y literatura son contradictorias. Lo vemos en nuestros alumnos. Su capacidad de atención es mínima, su cerebro probablemente ha mutado hacia otros tipos de atención más selectiva que la que implica el lenguaje literario que, dicho sea de paso, exige un tiempo y una voluntad que no concuerda con la realidad que vivimos: frenética e incapaz de dejar ningún poso. La tradición ha muerto, salvo en las fiestas de los pueblos. 

Para mí la literatura ha dejado de ser útil. Me causa dolor leer textos impregnados de otra dimensión de la vida, del arte, del mundo, de las cosas. Leer a Cortázar me abruma y me aburre. ¡Fue tan grande para mí! Pero su mundo ha quedado irremediablemente anticuado. Su concepción de la imaginación no tiene nada que ver con el mundo sin imaginación que vivimos ahora. En mis treinta años de docencia puedo considerar que ha sufrido una mutación completa la imaginación y la capacidad expresiva de mis alumnos. Ahora son próximas a la nada más absoluta. 

La literatura ya no dice nada a los ciudadanos de este tiempo. No considero evidentemente literatura los libros de éxito en su inmensa mayoría. Está bien que la gente lea, que lo haga. Pero yo no quiero iniciar una cruzada pedagógica para estimular que mis alumnos lean. Que lean si les da la gana. No estoy por hacerles leer, salvo por imperativo legal, las tonterías editoriales que ahora se estilan. No pueden leer literatura, no les interesa (y no les interesa a la inmensa mayoría del 99 por ciento), pues muy bien. A mí tampoco me interesa. Se me ha quedado desfasada. Lo digo ya con dolor, atemperado, porque yo no sería el que soy sin la literatura. Creo que aún puedo subsistir hasta el final de mis días con lo que he leído. 

No pienso que los lectores sean mejores personas que los no lectores. A veces me he preguntado si estuviera a punto de morir en una ciénaga y pasara por allí alguien que me pudiera salvar dándome la mano y arriesgando su vida. ¿Quién lo haría? ¿Un lector o un no lector? ¿Verdad que no hay respuesta? No puede haberla. Sólo me gustaría que fuera buena persona, y me daría igual si hubiera leído La montaña mágica o no. 

Creo que la literatura exige un pacto social. Los escritores deberían revelar el consciente y el inconsciente colectivo de modo artístico. Y la sociedad creer en ellos u odiarlos. Hoy la literatura sólo suscita indiferencia. No hay una sociedad necesitada de literatura. 

Lo mejor que lo podría pasar a la literatura es que la prohibieran. Páginas tan hermosas, tan reveladoras de lo profundamente humano, de esa tensión entre la vida y el arte (y los límites del arte) son ahora equivalentes a cualquier texto sociológico o de diario de información tipo Veinte minutos o ADN. La literatura es prescindible en el mundo que vivimos. No la necesitamos. Claro que habrá una minoría -muy minoría- de inadaptados que la seguirán leyendo. Allá ellos. Serán raros, anómalos, lo pasarán mal. 

Por eso, no estoy más por enseñar literatura a jóvenes como los que hoy pueblan nuestras aulas. No los voy a calificar. Son hijos del tiempo actual. No puedo vender la literatura porque ya no creo en ella. 

Pero ¡qué hermoso era el mundo y la vida cuando me sumergía en alguna obra en tardes infinitas de aburrimiento!

Pero ya no. Lo siento y mucho. 

(Este post está motivado por la petición de ayuda de un amigo bloguero para poder argumentar contra la literatura, contra el libro, contra la bien considerada y políticamente correcta adhesión universal al valor del libro)

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