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martes, 17 de diciembre de 2013

Del aburrimiento como una de las bella artes



No hay nada que se tema más en esta sociedad que el aburrimiento. No soportamos estar aburridos, no soportamos que nuestros hijos digan que se aburren. Inmediatamente nos rebelamos contra tan horrible estado y propugnamos actividades y nuevos estímulos que nos saquen de tal abominable sensación de postración anímica. Tenemos que llenar el tiempo de actividades para salir del aburrimiento. Ayer caminaba por la calle para comprar el pan y me encontré con dos personas que andaban cerca de mí totalmente abstraídos en el móvil. De igual manera cuando estoy esperando a que comience una película, hay numerosos espectadores que matan el tiempo enviando wassaps; en el metro o el autobús, para qué decir, la mitad del vehículo está manipulando el móvil. No se soporta el tiempo vacío. Es una especie de horror vacui el que ha invadido nuestra época, y hemos de estar llenando de cosas intrascendentes el tiempo.

Recuerdo que hacia 1987 me recluí en un pueblo de las Alpujarras de Granada en pleno invierno y comienzos de la primavera. Pasé allí dos meses esperando la llegada de una mujer que me sacaría de allí. Me había llevado numerosos libros en una caja voluminosa. Era invierno y anochecía pronto, y pronto observé que el tiempo se hacía elástico e interminable. Estaba en una fonda con vistas al valle de los Bérchules, me atendía una señora mayor que quería alimentarme bien. Leía cada día varias horas, pero me terminaba cansando y las tardes se me hacían eternas. Comencé a llevar un diario detallado de todo lo que pasaba por mi ánimo, incluidos los frecuentes sueños que me asaltaban. Empecé  a sentir angustia por mi soledad en las montañas que plasmaba en mi diario. Tenía mapas de las Alpujarras e hice numerosas caminatas de veinte, treinta y cuarenta kilómetros que me ocupaban todo el día. Hablaba con los pastores preguntando los nombres de las plantas. Me invadía una sensación de infinitud caminando ocho o diez horas hasta llegar al atardecer. Alguna noche incluso, con un planisferio celeste, observaba el cielo e intentaba descubrir las constelaciones. Solía a veces ir al bar del pueblo a tomar unos vinos y hablaba con la hija de la dueña, veía la televisión. Todo era un cúmulo de sensaciones que se me producían en la soledad casi absoluta en que estaba. El tiempo iba pasando y la primavera se aproximaba. Escribía cartas a Barcelona y alguna vez me llegaba contestación lo que me producía júbilo.

 Me sumergí en el tiempo lento de las montañas en esas tardes de invierno y me terminé acompasando a él. A veces sufría y a veces gozaba. Recuerdo una tarde a las cuatro en que se puso a nevar suavemente y salí alborozado a andar varios kilómetros bajo la nevada. Tuve entonces una revelación porque mi espíritu se había hecho ágil y ligero, era como si mi mente se hubiera identificado con ese fluir pausado del tiempo y apuntara grácil a la esencia de las cosas.

En esos meses me tuve que relacionar íntimamente con el tiempo para llenarlo con algún sentido. Y no es que me planteara cuestiones de cómo llenarlo. No, surgió espontáneamente y caminaba y escribía y leía en una mezcla que no puedo recordar sino como densa y enriquecedora. Fue un tiempo en cierto sentido doloroso y a la vez profundamente productivo. No pude aburrirme aunque a veces se me echaba el tiempo encima y miraba las nubes encima de las montañas, e intentaba describirlas con palabras y dibujarlas. Por la noche era una mezcla de insomnio y sueños muy agitados, algunos eróticos.

Recuerdo aquellos dos meses como un espacio singular en mi vida. Tengo el diario que escribí, e incluso sin él casi puedo recordar con todo tipo de detalles lo que viví con una intensidad muy potente. No sé si fui feliz o todo lo contrario. De todo hubo, pero lo cierto es que aquel tiempo aparentemente vacío se lleno de significado y hoy día es un tiempo realmente prodigioso en mi memoria que lo ha despojado de sus aristas más cortantes.

Por eso no hay nada que me guste más que el tiempo vacío, me inquieta el frenesí de tener que llenarlo a toda costa. Me gusta esa sensación de no tener que hacer nada y perderme en la madeja del tiempo, lo que hace que surja inevitablemente la necesidad de la creación, de la escritura, de la lectura, de la observación del interior y del exterior.

Dicen que el aburrimiento lleva a buscar nuevas salidas, que es la antesala de la creatividad. Y cuando no permitimos que nuestros hijos tengan ese tiempo que supone aburrimiento e inmediatamente intentamos llenárselo porque lo consideramos inaceptable, estamos condenándolos a la pasividad que exige que hemos de llenar el tiempo continuamente con estímulos salidos del exterior que mantengan el ritmo de novedades constantes que parece ser la clave del asunto.

La expresión de que las cosas son aburridas es frecuente entre adolescentes: las clases son aburridas, los libros son aburridos, las actividades son aburridas. Yo los enviaría sin móviles un par de meses a convivir en la naturaleza para que descubrieran el placer de convivir, de hacer caminatas, de hacer un fuego compartido, de cantar, de escuchar historias, de comer con hambre, todo eso que la sociedad frenética impide y bloquea intentando llenar de información inútil todo segundo de la existencia para impedir el aburrimiento, pecado nefando en nuestro tiempo.



21 comentarios :

  1. Es que hemos sido educados para ocupar esos espacios vacíos, sobre todo por la filosofía del consumo. Mensajes ,"feisbuk" "tuiters" linkedines conversaciones vacías... Nuestra felicidad se ha hecho tan dependiente de agentes externos...
    Las experiencias de soledad como la que tuvo en las Alpujarras obligan a reconfigurarse uno mismo y como bien dicen estimulan la creatividad.
    En mi caso la primera vez que crucé el Atlántico me llevé varios libros (soy bastante "león"). Al terminar la travesía había leído unas pocas páginas de uno de ellos. El día, aparte de los momentos de maniobras, de limpieza y cocina, se vivía en una aparente pasividad, contemplando el mar y las nubes siempre diferentes, siempre fascinantes. Sintiéndose parte del escenario grandioso, ilimitado que te rodea. Casi sin hablar entre nosotros. Ajenos a las noticias, a la tele a los resultados de la liga, sin ver ni barcos ni aviones.
    Posiblemente la sensación no se puede definir como felicidad o no (tuvimos un fuerte temporal y un ciclón tropical). La sensación era de INTENSIDAD
    En este mundo tan sofisticado, necesitamos cantidad de "muletas" para poder andar, para no aburrirnos. No soportamos la soledad, el silencio el encontrarnos con nosotros...
    Un abrazo
    http://nube-agua.blogspot.com.es/2011/12/anoranza-del-atlantico.html

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    1. He leído la crónica de tu travesía del Atlántico. Expresa lo que tú dices, intensidad, en ese encontrarse con la inmensidad del océano y con los propios estados de ánimo. Me atrae esa actitud contemplativa en que dices que pasabaís buena parte del día. Mirando el mar y hablando poco entre los tripulantes. Mi experiencia con el mar en ese sentido es muy reducida porque no he pasado un tiempo más que en barcos que llevaran a las Baleares, y ya me quedaba cautivado por el mar. ¡Cómo me gustaría una experiencia así!

      En otro orden de cosas, el libro de Juan Ramón Jiménez, Diario de un poeta recién casado, también llamado Diario de poeta y mar, en buena parte se gestó en el viaje del poeta a Nueva York cruzando el océano Atlántico. En él se ve esa actitud contemplativa que tú resaltas, en soledad con el mar y con el espíritu personal.

      Y qué maravilla poder estar alejado de las noticias. Una vez viajé por el sudeste asiático durante tres meses en los que no tuve acceso a ningún tipo de noticias, y fue una limpieza excelente de esa escoria que nos llega cada día.

      Un abrazo.

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  2. Como ya sabes Yo tengo ausencias. Ausencias de este mundo loco. Ausencias provocadas por ese Yo interior que sabe mejor que nosotros qué es lo que necesitamos. Como a todos, alguna vez me asalta ese miedo al vacío. Es breve, lo lleno de inmediato. Me gusta, lo busco. Si pudiese poner palabras a las miles de historias que inventa mi cabeza... Si pudiese poner palabras a las miles de ideas y ocurrencias que bullen en mi cabeza llenaba Yo solo una biblioteca. No entiendiendo ese afán desmedido de no parar, de no pensar, de no sentir. Me gusta la soledad y la busco. Te entiendo y envidio esa invierno en las Alpujarras.

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    1. Tengo una familia y ello no me permite ahora escapadas como aquellas, pero anhelo experiencias como la que he contado. Esa cultura occidental burguesa competitiva que nos lleva a no parar, a ser productivos (por poco dinero, claro), a tener que llevar una vida frenética la proyectamos en la escuela con el ritmo acelerado con que se sucede la jornada escolar. Ya los habituamos al estrés y la tensión teóricamente productiva. Pero necesitamos de espacios vacíos de libertad, de contemplación, en soledad. Yo amo la soledad en mi día a día y, si pudiera, en largas temporadas de viajes o estancias como he relatado en mi entrada.

      Ya han pasado casi veintisiete años de mi presencia en Las Alpujarras pero tengo el recuerdo extraordinariamente vivo. ¡Cómo me gustaría volver allí!

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  3. Gracias en mi nombre y en el de todos los aburridos que en el mundo "habemos", y hasta "semos". Tiene algo de metafísica aplicada, el aburrimiento. Y sí, también del quietismo de Miguel de Molinos, cuya Guía espiritual "desembaraza al alma y la conduce por el interior camino para alcanzar la perfecta contemplación y el rico tesoro de la interior paz"; pero se trata de un libro poco leído que, por así decirlo, convierte en auténticos frikies a quienes tuvimos la curiosidad de sumergirnos en él. A la heterodoxia se llega por muchos caminos, pero el del aburrimiento tiene un mérito morrocotudo. Lo curioso, lingüísticamente, es que los aburridos no aborrecemos sino el correveidilismo chisgarabisero, como nuestra antítesis, pero al resto de manifiestaciones humanas somos muy aficionados. Me reconforta esta reivindicación del aburrimiento que suscribo hasta la última coma y el punto final. Hay una escena de una película de Hitchcock que siempre me ha parecido que la rodó pensando en mi conjunta y en mí: Cary Grant llama desesperado al timbre de la puerta de casa de sus padres. Estos están sentados en dos sillones, uno frente a otro. Ella teje. Él lee. "¿Esperas a alguien, querido?""Yo no, ¿y tú?" "Yo tampoco". Y continúan casa uno con lo suyo, para desesperación del gracioso milmuecas Grant. Pues eso.

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    1. Y como no citar la Ocenografía del tedio de Eugeni d'Ors en que se plasma con gracia e ironía el valor de ese tiempo aparentemente vacío que el llenaba con sus glosas, que alguien ha dicho que eran precedentes de posts en un blog, aunque, lógicamente, le faltó la tecnología, pero hubiera sido un excelente bloguero.

      Me atrae el aburrimiento como experiencia de un tiempo vacío que termina siendo pleno en compañía de la soledad gozosa, cuando es elegida, claro está. No he leído a Miguel de Molinos, pero lo apunto en mi agenda de especiales referencias. Y me ha gustado eso de dimensión metafísica del aburrimiento. Lo mejor de la vida, tal vez, lo hacemos cuando nos encontramos en un tiempo vacío frente a nuestra alma y el horizonte.

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  4. En este mundo que nos estamos inventando es un requerimiento no pensar demasiado. La inactividad te concentra en los asuntos que pasas por alto cuando te enfocas en lo que urge. No pongo en duda el surgimiento de extraordinarias creaciones a tono con la inmersión ciega en los avances tecnológicos; sin embargo, creo que el individuo pierde mucho como ser humano.

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    1. No pensar, hacer, producir, moverse. actividad frenética, índices de racionalización y eficacia… Eso es nuestro tiempo que evita en todo momento la actividad contemplativa a que necesariamente nos lleva el aburrimiento que, en el fondo, no es tal porque puede llegar a ser enormente creativo.

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  5. En tu regreso a las Alpujarras... habrías visitado ya el pueblo con Google Earth, Maps y Street View. También sabrías los precios más baratos en las fondas de cada pueblo, con la opinión de varios usuarios registrados. No sentirías la necesidad de bajar al bar porque podrías seguir charlando con tus amigos de siempre en twitter o facebook. Tampoco tendrías que exponerte al frío de la terraza o el balcón, pues numerosas webcams enfocan trocitos de cielo de diversas partes del planeta. En tus noches de insomnio, los sueños llegarían de manos de tu lector de libros digitales, que ha terminado con ese pavor inmemorial a quedarte sin lecturas. El consumo de noticias de actualidad a través de agregadores y lectors de feeds, finalmente, habrá liquidado cualquier efervescencia hormonal, por lo que tus sueños eróticos se limitarán a epifanías de Soraya, María Dolores o Esperanza. Ante ese panorama, ¿quién teme al aburrimiento?

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    1. He pensado muchas veces en volver a Las Alpujarras que visité en varias ocasiones hace más de veinte años, pero tengo cierta prevención ante el cambio que pueden haber experimentado, aunque Los Bérchules está defendido porque es un pueblo alejado tanto de Granada como de Almería y no es de los más turistizados como Capileira, Pampaneira y Bubión que están más próximos a Granada. Si volviera, algo difícil, en este tiempo, seguro que utilizaría todo lo que has mencionado, jajajaja. Hay un libro de Adelaida García Morales, titulado El silencio de las sirenas, en que se recrea la estancia en las alturas de un pueblo de las Alpujarras. No he vuelto a saber de narraciones suyas tras las que publicó y sirvieron a Víctor Erice para alguna película como El sur.

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  6. Me ha encantado tu comentario. Coincido plenamente con lo que dices y como lo dices. Ha sido un gustazo leerlo. Yo soy una persona nerviosa e inquieta (por fuera no lo parece tanto) y para compensar busco continuamente momentos de paz, soledad y "aburrimiento". No llevo el móvil encima y gusto de permanecer desconectado del mundo el mayor tiempo posible. Para mi el "aburrimiento" no es aburrimiento, al menos en dosis adecuadas es muy necesario como tú bien dices. Tengo el privilegio de haber cumplido un sueño, tengo un minúsculo apartamento en la Sierra de Gata extremeña, en un pueblo entre castaños, robles y pinos y allí me refugio buscando con frecuencia estar solo, andar por el campo (alguna vez con mi mujer, pero sobre todo en soledad). Cada dos fines de semanas necesito aparecer por allí (en otoño e invierno siempre solo) y me paso dos días sin cruzar palabra con nadie (salvo el pequeño ratito al brasero de mi entrañable vecino Cirilo los sábados por la tarde), leo junto al río, paseo por el monte, hago fotos o simplemente me aburro, sentado al sol sobre una peña. Allí no tengo internet y no lo quiero. Nunca he llegado a estar dos meses como tú, pero si temporadas de una semana. Este verano pasé una semana durmiendo en el coche y recorriendo solo, sin prisas, los montes de la cordillera Cantábrica. No busqué hablar con la gente, con algún abuelete montañés lo hice, poco más. Fue precioso vivir sin prisas, dejándote llevar. Me identifico contigo cuando hablar del miedo a aburrirse y de esos alumnos que no soportan aburrirse pero se pasan la vida aburridos. A veces, en clase de Geografía les pongo mis fotos hechas en el monte, en lugares solitarios, les cuento que ando por allí solo, deambulando sin prisas, con palo y mi mochila de pana y se llevan las manos a la cabeza, "a este hombre le falta un tornillo", les oigo musitar. Un abrazo

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    1. Me ha gustado tu comentario que enlaza perfectamente con el espíritu de lo que he escrito. Mi estancia allí se justificaba en ella misma pero a la vez tenía el aliciente de estar esperando a una italiana, que había conocido en Indonesia. Era en cierta manera un tiempo con dimensión propia y a la vez de espera. Tener el tiempo en cantidades infinitas en aquel invierno-primavera me hizo adaptarme a él buscando actividades que curtieran también mi físico. Leía muchos libros, generalmente de carácter existencial, que a veces llevaban implícito gran pesimismo. Necesitaba ese alimento de la mente, pero también del cuerpo, y así hacía grandes caminata durmiendo a veces fuera de Los Bérchules. Tengo recuerdos muy vivos de aquellos días en las montañas de Granada, cerca del mar.

      Tiene que ser un placer disponer de un retiro personal como tu refugio en el pueblecito de la Sierra de Gata, al calor de la lumbre con Cirilo tu vecino. Yo vivo en medio de una ciudad sin horizontes, encerrado en un patio de manzanas. Cuando llega la primavera comienzo mi ciclo de excursiones a través del Baix Llobregat acompañado por mi GPS de montaña que me guía. Generalmente voy solo disfrutando el paisaje de la sierra del Garraf, donde hay un monasterio budista incluso, o a veces voy acompañado por un antiguo alumno con el que me gusta conversar al hilo de sus regocijantes comentarios. Cuando llego, después de cuarenta kilómetros, mi cara expresa una satisfacción profunda, y la cervecita y el bocadillo de bacon con queso me sabe como el más excelso de los manjares.

      Y sí es cierto, a los adolescentes les parece algo inimaginable lo que tú cuentas o las experiencias de soledad que compartimos tú y yo.

      Un abrazo.

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  7. Si sabré de aburrimiento que me he puesto a pintar otra vez... después de como unosss... diez años. Debe ser que no tener dinero aburre hasta que divierte y se nos ha olvidado. Entre otras tantas cosas, claro.

    Y sin embargo, el sentimiento de culpa no me lo quito. Me refiero a la sensación de estar perdiendo el tiempo aunque no sea así. ¿O lo es? No sé, me confunde mucho este tema, la verdad.

    Besos, Joselu.

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    1. Este año ¿estás por las españas? ¿No ha habido alternativa para seguir en la campiña inglesa? Te vi muy animada el curso pasado. Es cierto, la vida no puede ser todo contemplación, necesita de actividad lógicamente. No hay que ser avaros con el aburrimiento, que también puede ser negativo si no encontramos qué hacer.

      Lo que pasa es que algunos nacemos contemplativos y nos recreamos en el tiempo vacío para llenarlo de intensidad.

      Besos, Vero.

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    2. Sí la había sí, pero tenía que volver por motivos personales.
      ¿Sabes de esas cosas de la vida que no elegimos pero la Naturaleza nos regala? Pues de esas me ha tocado una cerca con nombre de signo del zodíaco. Así que aquí estamos.

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  8. Una de las cosas que recuerdo con más intensidad es la duración eterna de las tardes de verano en mi infancia. Y todo lo que podía hacer precisamente por eso, porque las sentía vacías y lentas.

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  9. Desde Horacio a Fray Luis de León se ha cantado el carpe diem y el feliz sosiego de aquel que libremente se deja seducir por la paz de la soledad campestre. Y esto hoy tiene plena vigencia. ¡Oh el aburrimiento de estar horas y horas sin hacer nada de "provecho" sentado bajo un árbol oyendo los trinos de anónimos pájaros y el susurro de las hojas acariciadas por el viento!
    Yo tuve una experiencia hace años bastante parecida a la tuya. Estaba en un pueblecito de Valencia (Quesa) donde me quedaba toda la semana en una pensión. Y allí tuve varias experiencias "quasi místicas". Y es que la Naturaleza es el alma de la vida. Lo artificial no hace sino emborronar las intenciones naturales. Cemento contra hierba. Me quedo con lo segundo. Pero los urbanitas estamos viciados a la artificialidad. Por eso, cuando descubrimos un atisbo de nuestro origen, nuestras neuronas bailan y cantan en nuestra alma.

    Un abrazo muy fuerte y felices fiestas.

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    1. Supongo que te refieres, Miguel, más que al carpe diem que significa "aprovecha el momento", al beatus ille que significa "dichoso aquel" que huye del mundanal ruido… En todo caso, no era solo la identificación con la naturaleza lo que yo viví, sino la necesidad de llenar un volumen de tiempo vacío en soledad durante un encierro entre las montañas de dos meses. Fue en cierta manera una experiencia contemplativa en que tuve que estar muy en contacto con mi interior, tanto que tuve que salir también al exterior para compensar tanta introspección. Y ahí se unió mi mundo interior con el exterior en una especie de síntesis que aún me sigue sorprendiendo y continúo recordándolo a pesar de que han pasado casi veintisiete años. Mis días en Las Alpujarras tuvieron algo de especial. Vuelvo y vuelvo a ellos, a pesar de que sé que no fueron totalmente felices, pero en esa mezcla de éxtasis y de infelicidad mi espíritu sobrevivió y me sigue evocando un tiempo mágico.

      Muchas gracias por tu comentario, Miguel y también felices fiestas.

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  10. Efectivamente, Joselu, nuestra sociedad ve con muy malos ojos el tiempo vacío,asociado al aburrimiento y la improductividad. Me resulta odioso (ya no me llama la atención, por desgracia) ver a tanta gente permanentemente colgados del móvil, tablet o cacharro similar: en la comida, en el recreo, en el patio, en los centros comerciales... Todos lo consultan estén con quien estén y hagan lo que hagan, teclean frenéticamente mientras se les enfría la comida, abandonan la mesa o la sala para atender una llamada (importante, supongo)... Yo he llegado hoy al comedor a las dos y cuarto y a las dos y media ya estaba en clase. Qué trajín, qué agobio... No nos permitimos un rato de descanso, estamos estresados. Cómo no van a estar los alumnos como motos, si no paran en todo el día... Tienen actividades a todas horas porque los padres no quieren verlos ociosos, les parecerá pecaminoso, digo yo. Entre la última clase de la mañana y la comida tienen ajedrez, baile, alemán, inglés... ¿Es necesario ocupar todo el tiempo haciendo "algo"? ¿No sería mejor que jugaran más entre ellos, que tomaran el aire, que corrieran por el extenso patio? Según me cuentan, al pasar al IES ya no juegan en los recreos, los pasan enganchados a sus móviles. ¿Por qué no sabemos disfrutar del ocio auténtico, del placer del lento pasar de las horas, de la ausencia de obligaciones durante ciertos ratos del día? Odio tanta prisa, tanto agobio. Me gustan las vacaciones porque puedo prolongar la estancia en la cama por la mañana, comer cuando me apetece, echar largas siestas, elegir entre leer, dar un paseo o hacer un crucigrama sin cargo de conciencia. Ver pasar las horas contemplando las nubes o la puesta de sol en un placer inefable. No siento estar perdiendo el tiempo cuando lo hago, siento que estoy viviendo, que puedo recrearme en mis pensamientos, meditar, notar mis procesos vitales... A la vuelta de las vacaciones todo el mundo cuenta sus viajes, mejores cuanto más lejos hayan ido. El que no ha salido es un pobretón, un desgraciado. "He estado en casa, tranquilito", y te miran de hito en hito con desprecio mal disimulado. Nuestra vida se convierte así en un maratón interminable, lleno de experiencias ficticias. Me gusta sentarme en una terraza o parque (cada vez hay menos) y observar a los demás, sin prisa, con curiosidad y atención. Necesitamos más tiempos "muertos" porque son los que nos dan vida interior. Tenemos que dejar de ser productivos y consumidores a todas horas. Nos quieren así para que no pensemos, para que vayamos de casa al trabajo y del trabajo a casa sin intermedios. Si hay uno, como cuando usamos un medio de transporte, también debemos estar ocupados. No sé cómo no nos diagnostican TDAH a todos y nos atizan Concerta para relajarnos, como a los niños. Es una sociedad enferma, ferozmente individualista porque a pesar de nuestros múltiples "contactos" preferimos consultar los móviles a charlar con el vecino. Parecemos autistas, idiotizados mirando la pantallita. ¿Qué pasaría si tuviéramos que volver a los años en los que sólo existía el teléfono fijo? ¿Qué haríamos con todo el tiempo que ahora dedicamos a esos artilugios? Disfrutaríamos más del ocio, sin duda.
    Aprovecha las vacaciones, colega. Un fuerte abrazo.

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  11. Me ha encantado tu comentario salido sin duda de tu emoción al escribir. Es cierto que el tiempo "muerto" es el que da vida interior. Yo lo tengo muy claro, y estimo ese tiempo vacío al que me he de enfrentar cuando viajo en solitario lo que solía hacer con frecuencia, y alguna vez todavía lo hago. En oriente concretamente en China se estimaba que a partir de los cincuenta años, cumplida la vida productiva. los seres humanos debían practicar actividades contemplativas. A los alumnos los machacamos con ritmos frenéticos de continua actividad sin fin, con actividades que excluyen la verdadera escuela de vida en la infancia y la adolescencia que es el juego y la comunicación entre ellos y los mayores. Pero en un mundo esencialmente competitivo y productivo hemos de estar siempre cambiando y adaptándonos a una realidad que muta sin fin. ¿Nos quedará alma en ese proceso? Los chavales crecen en un mundo incierto y agitado en el que no hay espacio para la visión interior. Siempre me han fascinado los antiguos pastores que pasaban el día con sus rebaños en una especie de estado de contemplación continua del cielo y de los campos. Aparentemente aburrido, pero tal vez una mirada esencialmente profunda. Todo lo que existe está aquí, no hace falta viajar, aunque viajar también te abre a saber que hay otras cosas parecidas a las de aquí. Yo tengo pendiente un viaja a oriente, a la India, y aunque sea lo último que haga quiero pasarme varios meses en ese país en que son todavía antiguos, a pesar de sus miserias, y disfrutan de la contemplación en un universo espiritual.

    Un fuerte abrazo, colega.

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  12. Yo nunca me he aburrido y lo digo en serio, solo me he desesperado cuando he tenido que esperar mucho y no tenia escapatoria, (en los aeropuertos). Pero no me acuerdo de
    haberme aburrido nunca, tal vez porque siempre tengo cosas que hacer.
    Un saludo.

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