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lunes, 30 de abril de 2012

Tenemos que existir, porque no nos queda otro remedio



Hace ya un tiempo que la literatura no me excita, leer cualquier libro de los muchos que tengo comparado con la emoción que me supone navegar con mi iPad me resulta decepcionante. Detesto la lectura de literatura. Me parece insulsa, envarada, retórica, incapaz de reflejar la vida... a pesar de lo que ha representado para mí. Recuerdo la emoción profunda cuando leí a mis diecinueve años Esperando a Godot, o la decisión que tomé en Indonesia en un autobús abarrotado de nativos, leyendo algún fragmento de las Memorias de Adriano de Margueritte Youcernar, o la honda influencia que me produjo la escritura de Gerald Brenan sobre todo en lo que significaba su relación con alguna mujer (incluso me fui a pasar un invierno y primavera a las Alpujarras cerca de Yegen donde vivió Brenan), o mis veinte años jalonados por Cortázar al que leí hasta la extenuación e incluso una vez la policía intentó detenerme por homenajearlo en la calle con mis alumnos, o la fascinación que me produjo Justine de Lawrence Durrell y de cuya protagonista femenina me enamoré. O la poderosa sensación de maravilla leyendo Moby Dick o Los hermanos Karamazov o Guerra y paz o Melmoth el errabundo o Las noches lúgubres de Cadalso o Lord Jim de Joseph Conrad o La montaña mágica de Thomas Mann...

La literatura no es para mí entretenimiento, no leo para pasar el rato (aunque lo haya hecho muchas veces). No, leo para entender, para alimentar mi alma, para buscar espíritus afines que hayan pensado lo que yo he pensado o sentir lo que yo he sentido, es un diálogo complejo en que uno tiene la maravillosa posibilidad de dialogar con los escritores más fascinantes de la historia... Uno es un privilegiado por poder conversar con Kafka, con Boris Vian, con Sánchez Ferlossio, con Baroja, con Canetti, con Unamuno, con María Zambrano... así muchos.

Pero de un tiempo hasta esta parte ya nada tiene sabor para mí. La literatura me repele. No soy capaz de concentrarme y ya nadie me dice nada. El otro día, el 23 de abril, pasaba por los estantes de una librería que mostraban infinidad de ejemplares aparentemente apasionantes pero que me parecían simulacros. Creía que no encontraría ningún libro que me dijera algo que yo necesitara, ni lo buscaba, solamente mi vista se desplazaba sin interés y con fastidio por las pilas de libros que me resultaban ininteresantes. Prescindibles. Redundantes. Olvidables. Me identificaba con mis alumnos que rehúyen la lectura y con mi padre que me dijo un día que la literatura era anacrónica.

Mis ojos miraban con burla y displicencia aquello que tanto había amado yo y que ahora no me decía nada ineludible. Miraba y miraba, hasta que por azar llegué a un título y a un autor que me detuvo en el aire como una libélula sobre el abismo y sentí una corazonada punzante, me di cuenta de que necesitaba apasionadamente leerlo, que quería leerlo, que su mundo me era necesario, que, en definitiva, iba a comprar ese título que tenía ante mí, con una pasión abrasadora. Volvía a sentir algo propio de mi adolescencia, de mis crisis depresivas en el sanatorio en los Alpes con Hans Kastorp, con lo que sentí leyendo La isla misteriosa de Julio Verne a mis doce años...

Me he sumergido en su mundo descarnado y oscuro, alejado de cualquier esperanza, poseído por la soledad y la muerte, me siento arropado por su hondo pesimismo, por su humor negro, por su sátira corrosiva y sarcástica acerca de los austriacos a los que califica de vulgares, de su ataque brutal contra la calaña vulgarizadora y mediocre de los profesores que lleva a odiar el arte y la literatura a sus alumnos, leo con delectación su diatriba contra la supuesta felicidad de la infancia, contra el valor de los padres cuya principal contribución a la felicidad de los hijos es cuando se mueren... Leo en cada frase una carga de profundidad alejada de cualquier visión romántica y esperanzadora acerca de la existencia humana, de los valores de las patrias, de la falsedad y fracaso que son los maestros antiguos que pintaban para la corte y se vendían para lograr sobrevivir, leo en cada frase una idea fuerza ácida y disolvente acerca del valor de las cosas y de la vida, que se burla de la sociabilidad y asume la amargura como componente básico de la vida, y que no espera nada más allá de la muerte porque lo bueno de la vida es que se acaba y no se resetea el sistema.

Evohé, nada habría que más reparara mi alma que la lectura de este libro cuyo autor -novelista y dramaturgo- es odiado en Austria y por los católicos... Su ácida desesperanza me parece repleta de sentido del humor que me hace sonreír y siento en mis capas profundas una honda afinidad sentimental que me reconcilia con la literatura a pesar de que todo lo que arroje este maestro sea mierda total y absoluta sobre todo o casi todo, pero a pesar de lo escrito por él y por mí, ambos sabemos que es mejor estar vivo que estar muerto y que cada día -aunque suponga una maldición- implica una sorpresa que el espíritu acepta embriagado de curiosidad por ver qué viene a continuación.

Gracias, Thomas Bernhard. 

39 comentarios :

  1. De Bernhard sólo he leído "El malogrado". Lo leí porque me lo recomendó un amigo que sabe de mis aficiones musicales, mi preferencia por el sonido del piano y mi fascinación por el trabajo de Gould. Aparte lo anterior, soy profesor de filosofía. Te confieso que, al igual que tú, hace mucho tiempo que no disfruto de la literatura de la manera en que lo hacía en mi juventud, aunque no me cuesta nada admitir que Mann no me gusta. No así los demás escritores que citas, explícita e implícitamente, como esa invocación a Horacio que traslada, del griego, al latín de mis imaginarios de la taumaturgia, en un emocionado canto a la vida.

    Bernhard, un tipo con el que me iría de borrachera hasta echar el hígado por la boca, pero al que antes de espicharla le reprocharía haber colocado a Gould por delante de Rosalind Tureck; seguro que el muy cabrón me lo discutiría hasta el último aliento: "por estética", claro. Sin más.

    Leo estos días a Maeterlinck, "La vida de las abejas". Me habría jodido morirme sin haberlo hecho.

    Bonaventure de Fourcroy

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    1. Bonaventure de Fourcroy, tu alusión a Gould me incita a conocer esta obra que citas -y que no he leído-. Soy un parvenu en el conocimiento de Thomas Bernhard. Había léido sobre él, siempre con un tono de heterodoxia excitante. Se inicia aquí un periodo de mi vida en que voy a intentar penetrar en el pensamiento de Bernhard. El auténtico placer está en profundizar. Me apunto también el libro de Maeterlink del que había oído algo. También quiero leer a Ernst Jünger y a Knut Hamsum. Ninguno recomendable pero que anduvieron en el filo, tal vez peligroso.

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  2. Eres feliz ahora de otra manera. Recuerdeas el placer que te produjo, el que ahora no existe. Pero perdura el asombro primero y quizá esto esté sucediendo por culpa de esos diálogos entablados, izados como pilar de una vida. Es una conversación ya mantenida entre nosotros. Hoy la has expresado de un modo cristalino, hermoso incluso. No hay motivo para sentir ningún quebranto. Estás lleno. El ipad te ocupa y te llena de otros brebajes. El conocimiento se parcela, se fragmenta, se ensancha, se vuelve, se estira. La belleza también. Otras vías. Eres un hombre de tu tiempo y uno consecuente, hospitalario consigo mismo. Quizá donde te ves me vea. Algo voy sintiendo ya.

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    1. No intenté otra cosa sino la de apresar algo de belleza en lo escrito. Mi faceta disminuida de lector ha fomentado la de pequeño escritor que intenta domeñar el lenguaje y crear nuevas resonancias.

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    2. Apresado quedó, Joselu. Escribir es hacer una literatura hacia adentro. No es leer, aunque uno (al escribir) se hace lector y se convierte (alguien lo escribió esto) en el juez y en la parte involucrada. Un acto mágico, no tengo duda. El pequeño escritor que somos, amigo, creando resonancias. La tuya ha abierto una brecha en esta tarde mía de mayo un poco ágrafa... Un saludo grande, otro.

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  3. En su día disfruté con la lectura de El Malogrado y El sobrino de Wittgenstein, pero no pude con ninguno más, aunque lo intenté, ni con Corrección, ni con Trastorno, Helada, no creo que lo vuelva a intentar.

    Pero he seguido disfrutando de la literatura con muchos otros autores. Aunque, claro, no tengo ipad.

    Saludos

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    1. No conozco varias de estas obras. De hecho solo he leído El sobrino de Wittgenstein y la que estoy leyendo ahora: Los maestros antiguos. Por cierto, hay un ataque frontal y brutal contra Heidegger. Me ha sorprendido la tremenda virulencia de dicha acometida. Yo no sabía nada de Heidegger pero lo que se refiere en el libro de Bernhard es realmente sorprendente.

      Saludos.

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  4. No encuentro justo que lances diatribas contra la literatura del ayer que tanto te agradó porque ahora tengas "amores" por obras más dispares o por artilugios (1) tecnológicos innovadores...

    Es como despreciar a esa chica que amaste de adolescente, pero hoy ya no te "pone"...

    Has cambiado de gustos y punto. Pero de ahí a la deslealtad hay un buen trecho...

    Saludos

    (1).- Lo de la pasión por el iPad sí que lo entiendo...

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    1. La literatura es un amor de mi vida. Solo siento el no poder seguir siendo amante suyo, salvo en pequeñas dosis. Mi ansia de amor por ella es infinita pero mi capacidad de amante es limitada. No sé si hay algún Viagra que ayude.

      Saludos.

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  5. Mi hermano siempre dice que la literatura le gusta a todo el mundo, y que en realidad, lo único que hay que encontrar es aquello que te apetece leer. Igual va por ahí la cosa.

    Un beso, Joselu.

    p.s. Por cierto, ¿tienes kindle? Dudo que sea por el formato pero oye, todo es probar. Mi madre los devora de tres en tres Ô.Ô

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    1. No, no tengo kindle. El iPad es más distactor porque puedes hacer mil y una cosas con él mientras lees o como alternativas a la lectura. Es un aparato terrible. Cuando salgo algún fin de semana, lo dejo en casa y entonces puedo dedicarme a los libros. Lo amo tanto como lo odio.

      Un beso,

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  6. La lectura es una actividad personal, late al ritmo del corazón que la habita: el lector. Uno de los efectos perversos del lector contemporáneo es la saturación, el exceso de textos, de reclamos. A mí me sucede lo mismo con las películas que a ti con los libros. Llega un momento en que uno necesita desintoxicarse, coger carrerilla, para después recuperar fuelle y seguir leyendo. Lo mucho, jarta. Aristóteles dixit.

    Este fenómeno nos sucede más a aquellos que leemos como un medio de conocimiento, de saciar nuestra curiosidad connatural. Los que leen para descansar la mirada, no tienen problemas de saturación; simplemente porque sus ritmos de lectura son más naturales, menos voraces, menos entregados. Leer para conocer, cansa sin saciar, deleita sin consumar el placer.

    No te alarmes, amigo Joselu, tu hartura es comprensible y temporal. Tu cerebro necesita supurar los excesos de enunciados. Una cura de campo, de vida profana, alejado de la cultura y como nuevo. Palabra de lector.

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    1. Supongo que está también la cuestión de que al haber intentado la literatura como conocimiento con tanta ansia, hay pocos pensamientos que logren ya sorprenderte y excitarte cuando los has transitado a tantos con tanta intensidad. Tambiés está lógicamente el discurrir de la vida, con su ritmo cronológico que nos va desgastando y erosionando. Tal vez sea bueno saber que no volveré a leer como leí en otro tiempo, pero leeré más selectivamente. En todo caso, leer sí que leo (todavía más) pero menos literatura.

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  7. Al leerte he ido a por uno de los pocos libros que tengo: uno (siete) de Séneca. Me gusta porque abra por donde lo abra, dice cosas interesantes. Si hay que ir atrás, se va; si hay que ir adelante, se sigue.

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    1. No he léido a Séneca más que tangencialmente. Es curioso que digas que tienes solo siete libros. Quizás no hagan falta más. Pero no deja de sorprenderme.

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    2. Los Siete Libros de la Sabiduría
      ....
      El Libro de Oro

      Séneca

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  8. Somos esclavos de todos esos cachivaches que nos rodean. Nos enriquecimos a base de estímulos constantes que golpeándonos desde fuera nos obligan a reaccionar. Paseamos nuestra mirada por una estantería de libros y nos da pereza abrirlos y saber si tienen algo que enseñarnos, nos hemos acostumbrado a otras atracciones más poderosas. Uno no se adapta a la noria de la verbena del barrio cuando acaba de llegar de Eurodisney.
    Cada vez estímulos más fuertes, que nos impacten más y nos conmuevan cuya finalidad es hacer reaccionar a nuestras emociones dormidas. Por eso necesitamos a autores como Thomas Bernhard, a directores de cine como su compatriota Michael Haneke y yo necesito leer y releer a Cioran.

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    1. Leí a Cioran (El aciago demiurgo) hace mucho tiempo. Tal vez sea también el momento de retornar a él. Y Michael Haneke es uno de mis directores elegidos.

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  9. Idéntica sensación deben de tener tantísimos autores, mayores y menores, que, alejándose lo propio de la narrativa, el relato, se adentran en la vía difícil de la reflexión, como si cualquier ocurrencia sentara cátedra de filosofía y cualquier expresión constituyera pieza antológica de la estética. Las artes básicas de la narrativa, por ejemplo, la narración, la descripción y el diálogo, no son de dominio público (me refiero a sus practicantes reconocidos), de ahí los engendros inverosímiles con que pretenden venderle a uno el clásico gato. Otro tanto sucede con la poesía, desde que se inventó el marbete "de la experiencia", cajón para meter en él, junto a la esteatita, la ordinariez, que es la quintaesencia burda de lo ordinario. Del teatro vivo alejado porque en vez de obras me han endilgado demasiados "montajes" y no pocas "performances". Aún recuerdo la sublime mezcla del rey Lear y La matanza de Texas, a cargo del Calixto, más propiamente Cakisto... Con todo, Joselu, hay autores con los que es fácil reconciliarse con la literatura. Tú señalas uno. Yo hace poco señalé otro. Y aguardan en mi estantería docenas de ellos que espero con verdadera ansiedad lectora. La incertidumbre genérica puede habernos descolocado, porque hoy en día, quizás haya más literatura en un post que en un libro impreso y encuadernado. Quizás no haya canon -¡y eso es lo que les trae a mal traer a los críticos y a las editoriales!-, pero obras son... ¡Libiamo...!, maravillosa agua corriente, por supuesto.

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    1. Es revelador el papel que asignas al mundo de los posts que democratizan hasta el final el término cultura. Sé que Javier Marías piensa que todos los blogueros son farsantes, exhibicionistas, sensacionalistas y maleducados. Pero tú y yo sabemos del valor de muchos blogs que no tienen nada de eso. El canon está definitivamente arrumbado. Será difícil escribir la historia de la literatura de estos nuevos tiempos. Casi uno añora el tiempo en que el campo estaba definido y la miscelánea de autores era amplia pero limitada.

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  10. A mi me pasó lo mismo hace un tiempo. No encontraba ningún libro que me atrajese. Pero todo vuelve. Las pasiones son difíciles de olvidar durante demasiado tiempo, y de repente encuentras un libro que se adapta a lo que eres y sientes en ese momento, y recuerdas por qué estabas atrapado por esa pasión. Y una vez retomas el placer de leer... es difícil no recaer. Sólo tienes que hallar ese libro. A veces creo que él te encuentra a tu, de un modo extraño.
    Un abrazo de lectora en plena recaida (eh, pero esta vez no quiero dejar de nuevo de leer... cantaré como Amy)

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    1. Paso temporadas totalmente alejadas de lo literario, en las que no logro acabar ningún libro y otras en que vuelvo con furia. Antes era más constante. Mi temor oculto es que algún día me termine alejando por completo de la literatura, ese amor secreto de mi vida. Bien por traer a Amy a este blog donde es conocida y apreciada.

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  11. No mucho más que sobrevivientes somos. No veo que hay de novedoso en eso Joselu. Sólo admito una visión esperanzadora o romántica sobre la existencia humana para aquellos que por algún motivo en particular no soporten enfrentarse con la absurdidad de la existencia.

    Imagino que el haber asistido a mucha gente en el trance de morir y escuchar largas reflexiones de personas que iban a morir en un lapso muy corto, me ha ayudado a tener esa visión, y a deshechar toda lectura o incluso cada vez más todo acto que implique una pérdida del precioso tiempo en donde siento el sol - ahora de otoño - dándome un agradable calorcito...
    Un abrazo.

    -No sé nada, Tarrou, le juro a usted que no sé nada. Cuando me metí en este oficio lo hice un poco abstractamente, en cierto modo, porque lo necesitaba, porque era una situación como otra cualquiera, una de esas que los jóvenes eligen. acaso también porque era sumamente difícil para el hijo de un obrero, como yo. Y después he tenido que ver lo que es morir. ¿Sabe usted que hay gentes que se niegan a morir? ¿Ha oído usted gritar: "¡jamás!" a una mujer en el momento de morir? Yo sí. Y me di cuenta en seguida de que no podría acostumbrarme a ello. Entonces yo era muy joven y me parecía que mi repugnancia alcanzaba al orden mismo del mundo. Luego, me he vuelto más modesto. Simplemente, no me acostumbro a ver morir. No sé más. pero después de todo...

    Rieux se calló y volvió a sentarse. sentía que tenía la boca seca.

    -¿Después de todo? -dijo suavemente Tarrou.

    -Después de todo... -repitió el doctor y titubeó nuevamente mirando a Tarrou con atención-, esta es una cosa que un hombre como usted puede comprender. ¿No es cierto, puesto que el orden del mundo está regido por la muerte, que acaso es mejor para dios que no crea uno en él y que luche con todas sus fuerzas contra la muerte, sin levantar los ojos al cielo donde Él está callado?

    -Sí -asintió Tarrou-, puedo comprenderlo. Pero las victorias de usted serán siempre provisionales, eso es todo.

    Rieux pareció ponerse sombrío.

    -Siempre, ya lo sé. Pero eso no es una razón para dejar de luchar.

    -No, no es una razón. pero me imagino, entonces, lo que debe de ser esta peste para usted.

    -Sí -dijo Rieux-, una interminable derrota.

    Tarrou se quedó mirando un rato al doctor, después se levantó y fue pesadamente hacia la puerta. rieux le siguió. Cuando ya estaba junto a él, Tarrou, que iba como mirándose los pies, le dijo:

    -¿Quién le ha enseñado a usted todo eso, doctor?

    La respuesta vino inmediatamente.

    -La miseria.

    La Peste. Albert Camus

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    1. Es difícil decir más en menos palabras. Mi contacto con personas próximas a la muerte es limitado. Hace poco escribí sobre la muerte de mi padre LA MUERTE Y EL PTERODACTILO y en él abordaba también esta cuestión, aunque desde un ángulo muy distinto al que se desprende de tu comentario.

      Y sí, la existencia es absurda, pero en mi fuero interno, no dejo de adjudicarle algún sentido, extraño, por descubrir, enigmático...

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  12. Quería vivir, y todo lo demás no significaba nada. Vivir y vivir mi vida, como quisiera y tanto tiempo como quisiera. Entre dos caminos posibles, me había decidido esa noche, en el instante decisivo, por el camino de la vida. Si hubiera cedido un solo instante en esa voluntad mía, no hubiera vivido ni una hora. De mí dependía seguir respirando o no. El camino de la muerte hubiera sido fácil. El camino de la vida tiene igualmente la ventaja de la libre determinación. No lo perdí todo, seguí teniéndolo todo. (El Aliento, 1978)
    No quiero tanto pesimismo en mi vida. Tú estas pasando por ese momento y te puedo entender pero si yo lo leyera, estaría asomándome a un pozo al que no quiero mirar.
    Acabo de terminar de leer "Esa visible oscuridad" de Styron y me ha recordado momentos terribles de mi vida. Si puedo, hablaré sobre eso pero no hoy porque llevo unos días que tengo mi alma nublada. Lola

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    1. Lola, no estoy pesimista en absoluto. Pero es curioso que solo el pensamiento pesimista logre insuflarme optimismo y claridad. Los optimistas insufribles me sumen en la atonía y el hundimiento anímico. No necesito pensamiento positivo en mi vida, es, por contra, el pensamiento lúcido el que me hace ver las dimensiones luminosas de la vida. Y casi siempre dicho pensamiento lúcido es pesimista. No leas lo que escribo en estos momentos, pues, como un estado oscuro. No lo es. Ayer hice una caminata de treinta kilómetros que me encantó, aunque me quemé y me quedé sin agua. Lo pasé muy mal pero fui feliz, muy feliz. No feliz porque lo pasara mal, claro está, sino por el esfuerzo de ascetismo que comportó dicha caminata, de ascesis.

      Un abrazo.

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  13. Bueno, por lo menos vivimos, que no es poco. Ya un día, seguro, moriremos. Pero de momento no somos más que seres vivientes. Y como entes vivos que somos tenemos estímulos. Y es de necios hacer caso omiso a esos estímulos. Cada cual los encuentra en un lugar distinto. Pero todos acabamos por encontrarlo. Yo creo que la literatura es algo a lo que no se puede renunciar. Siempre se vuelve a ella.

    Un abrazo.

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    1. Quiero pensa que sí, que uno siempre vuelve a ella, aunque a veces temo que no sea así. He sido tan feliz con los libros, Miguel, y además sé que no sería el mismo sin ellos. Radicalmente no. Todos los seres humanos debemos tener algo que nos lleve al misticismo. Creo. Vivir sin misticismo es extraño, creo yo.

      Un abrazo.

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  14. No he leído a Bernhard, a mis veinte sigo zambullido en lo latinoamericano, paso de repente a lo clásico o lo medieval, pero no me llena del todo, sigo dado una odisea por la literatura que existe en demasía, y sé que el que busca encuentra, y que el libro que me va a cambiar para toda la vida, aún no lo he ni siquiera hojeado.
    Me gustó este texto, múltiples referencias que yo no debo pasar en alto.

    Saludos

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    1. No hay un libro único, pienso yo, hay muchos de ellos. El problema es que son ellos los que nos han de encontrar a nosotros por más que nosotros los busquemos. Llegan, simplemente, llegan. Y no es uno. Y cada etapa de la vida tiene sus arcanos.

      Saludos.

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  15. Nosotros cambiamos y lo hacen también (para los que somos lectores) los autores o libros que nos acompañan. Influye todo, nuestro ritmo de vida, nuestro estado de ánimo, nuestras inquietudes del momento.
    Decías que actualmente la literatura no te dice nada, seguramente es por que ya has mantenido todos los diálogos y ahora ninguno responde a tus preguntas o comparte tus inquietudes. Si buscaras refugiarte en Cortázar te diría algo que ya sabes y que ya no te sirve. Si quisieras volver a viajar con Julio Verne vivirías aventuras que ya has vivido y que ya no te apasionan. Así lo veo yo…
    Sin embargo, me alegra que hayas vuelto a encontrar un libro que te llene. Es especial esa sensación que se tiene cuando un libro te atrapa y te llega a lo más hondo.
    Yo no he leído a Thomas Bernhard pero me apunto la referencia. Me has convencido con esta frase: “a pesar de que todo lo que arroje este maestro sea mierda total y absoluta sobre todo o casi todo,”
    Una curiosidad… ¿se puede subrayar los libros electrónicos con el iPad? Espero que alguien haya pensado en eso es importante. ;)

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    1. Mari Carmen, con un iPad se puede subrayar y se pueden escribir notas, además de poder, simplemente señalando una palabra, ir al DRAE para saber su significado o a la Wikipedia o internet para buscar información acerca de un nombre (ciudades, pintores, escritores…). Es una pasada, pero distrae mucho.

      Me atrae poderosamente tu propia aventura lectora. Sé algo por lo que escribes y observo esa poderosa fuerza que te lleva a alimentar tu espíritu con poesía, con pensamiento… No es admirable (nada hay admirable según Bernhard y solo admiran los necios), pero sí es motivo de alegría para mí saber que también algunos jóvenes tienen abiertos sus canales al mundo de la literatura de verdad.

      ;-)

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    2. André Maurois pensaba lo contrario: "Todos los necios poseen el arte de denigrar. Hemos de aprender a admirar. Esto es lo escogido". Este Artista Desencajado, que es un denigrador casi profesional, lo es a fuerza de haber admirado y seguir admirando a muchísimos autores, algunos casi secretos; otros, dde dominio público.

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    3. También es cierto, Juan Poz, pero no deja de ser estimulante y secretamente deliciosa por su lucidez la diatriba contra la admiración que plantea uno de los personajes de Los antiguos maestros de Bernhard. Es curioso porque él se dedicó sistemáticamente a denigrar a Austria y los austriacos pero reconocía amar ese país. ¿Se puede denigrar y amar simultáneamente lo que se está denigrando?

      Supongo que en el vituperio de la admiración reside lo que Krisnamurti veía en una de sus reflexiones y que es la comparación. Admiramos lo que, comparándolo con nosotros, lo consideramos mejor. Esto lleva a la envidia en una de sus direcciones y a otra a la admiración ilimitada. ¿Puedo en definitiva admirar a Mozart? ¿Por qué? ¿Por su genio gratuito e inmerecido como le pasaba a Salieri? ¿Qué debo admirar en Mozart? Su arte es bueno, magnífico, sin duda, pero ¿por qué admirar? Mejor estimar, comprender, respetar. Comprender es una cualidad superior a la de admirar. Para admirar no es necesario mucho. Vamos al Prado y admiramos tanta obra maestra que hay por allí colgada. Admirar es fácil. Es más difícil comprender. Y si hay comprensión no hay admiración, hay quizás maravillamiento profundo, estremecimiento, compasión…porque quizás detrás de muchas obras de arte hay mucho sufrimiento.

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  16. No importa tanto el formato como lo que se lee en él. De todas las formas, hace tiempo que el refugio vuelven a ser los clásicos.
    Comprendo el sabor amargo ante las novedades.

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    1. Otro autor que deseo leer más a fondo es Claudio Magris. La lectura de El Danubio me cautivó. El problema es que es extraordinariamente denso. No es un autor para leer con ligereza. Requiere de concentración y una actitud propicia. Y eso es lo que falla en mí.

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  17. A mi me sucede hace un tiempo algo bastante similar a lo que tú cuentas. No puedo hablar de repulsión, pero camino por las librerías y parece que nada termina de cautivarme. A este autor no lo conozco y tampoco sé si tengo ganas de leerlo.
    Pero me sucedió el otro día algo también parecido a lo que te pasó a tí con el hallazgo de Thomas Bernhard, aunque sé que te va a repeler cuando te cuente de lo que se trata ya que hay una enorme distancia, y que puedes mandarme a cualquier parte, como cuando leía a Hugh Prather y sus Palabras a mí mismo y lo ponderaba aquella vez que me comentaste por primera vez...
    Lo mío está muy lejos de lo intelectual esta vez. Es vital. Sucede que estoy empezando a plantearme seriamente dejar de fumar. Siento que tengo que existir, que otra no queda, y no deseo existir de este modo ni complicarle la existencia a los que amo enfermando. Ya me extenderé sobre el tema en alguna entrada. El tema del tabaquismo se me ha ido de las manos, si es que alguna vez lo controlé. Pensaba que sí. Ahora noto claramente que no. Así que terminé adquiriendo uno de esos libros que llevan el rótulo de autoayuda, aunque son más bien testimoniales, esos que tú aborreces, para dejar de fumar, escrito por dos ex-fumadoras empedernidas que llevan adelante un programa serio y bastante exitoso en la Argentina. Fue lo único que me dio ganas de leer. Soy consciente de lo que puedes llegar a contestarme, de que eso no tiene nada que ver con la literatura, y sin embargo siento que es el libro como bastón, como muleta, como espejo, como bofetada y como compañía que necesitaba encontrar en este momento. A veces el libro vale por lo que nos da justo cuando lo necesitamos, por el momento propicio en el que llega a nuestras vidas más que por su valor intrínseco. Veremos qué tal me va. Por ahora estoy preparándome para transitar la abstinencia y superar el miedo al fracaso, dado que ya lo he dejado dos veces pero he reincidido, y cada vez me he hecho más adicta.

    Un beso.

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    1. Yo he sido fumador una larga parte de mi vida y disfruté tanto como me sentí fastidiado. Pero llegó un día en que decidí que aquello ya no era para mí. Me hice un calendario. Cada día que no fumaba era tachado. Para mí era un gozo aquella victoria de la voluntad sobre la adicción. Puedo entender cualquier método que te ayude a dejarlo. Ciertamente la vida es mejor sin tabaco que con tabaco. Llevo más de diez años que lo dejé. Ahora no siento ya el mono psicológico que te lleva inevitablemente cuando sientes tensión o angustia al cigarro. En este mono pasé varios años (dos o tres). La imaginación en esos momentos de estrés psicológico te lleva a la nicotina como droga relajante. Esto es lo peor. Afortunadamente, ya no hay nada en mí que requiera del tabaco. Sencillamente me repugna, aunque, paradójicamente, cuando veo fumar a alguien siento dualmente. Por un lado pienso en las veladas maravillosas que pasé fumando como un carretero y que me proporcionaban un profundo placer junto con la conversación, pero por otro lado, veo que ya no soy aquel, que ya el fumar no es parte de mi vida. Lo fue, pero ya no.

      Cualquier libro, sea de los que sean, será bueno si te ayuda.

      En este caso, Fer, merece la pena. La vida es más hermosa sin tabaco.

      Un beso. No hagas mucho caso de mis fobias. Cada uno es como es y nadie puede decir qué es lo mejor.

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  18. Periódicamente sufro crisis de hastío literario, crisis de las que me curo haciendo excursiones por géneros que no frecuento habitualmente. Así descubrí grandes de la ciencia-ficción, de la novela negra, del humor... ahora estoy empezando a valorar la novela bélica, pero de la buena, claro. Te recomiendo vivamente Compañía K de William March. Cuando regreso de esas excursiones vuelvo a confiar en el poder redentor de la Literatura.

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