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viernes, 7 de mayo de 2010

La rosa de fuego

Nací tierra adentro en una ciudad de procesiones, vírgenes y cadetes que iban del brazo de sus novias cruzando disciplinadamente los pasos de peatones. Nací tierra adentro, pero siempre –no sé por qué- me imaginé que yo sería de Barcelona. Lo decía en el colegio a quien me preguntaba. Yo era de Barcelona. Una ciudad que sólo había visitado una vez a una edad en que no parece haber recuerdos, pero yo creo que sí, a mis cuatro años, recordaba un terrado luminoso –en un largo y caluroso verano- en la calle Conde del Asalto en pleno barrio Chino sobre el que corrían las más fascinantes leyendas y canciones. Allí vivió Jean Genet años sórdidos, poéticos, peligrosos… Barcelona aparecía cargada en mi imaginación y memoria afectiva de un aura azul, de terrados llenos de libertad, de pequeños colmados, de mar, de ríos de gente que paseaban por las Ramblas y por las callejuelas de aquel barrio mítico en que viví una semana.

Mucho tiempo después hube de elegir destino en mi vida y me fui a Barcelona. La elección no era difícil. Lo había estado ansiando siempre y además allí tenía amigos que me esperaban.

Llegué a Barcelona a finales de los años setenta, recién recuperada la libertad. Barcelona era una ciudad viva, abigarrada y colorista a pesar de que sus gentes no se visten de domingo como en la ciudad donde nací yo. Participé de la magia de aquellos años de verbenas y hogueras de san Juan en cada encrucijada de calle, de petardos, de noches llenas de hechizo, de carnavales locos en que casi todo el mundo se disfrazaba. La ciudad parecía arder. Una euforia compartida nos unía a todos los barceloneses. Ahí encontré probablemente mi única identidad, asimilado a una ciudad prodigiosa por la que paseaba encontrando aquellas calles con sus bares –en los que me asombraba que hubiera mujeres sentadas en las barras-, sus pequeños comercios en que percibías un carácter serio pero abierto… Y la música de aquellos años en que sonaba Sisa, El gato Pérez, la orquesta Platería, Lluís Llach, Ovidi Monitor… en aquel mítico Zeleste que conocí fascinado. La ciudad ardía en ilusiones compartidas, en ambiente menestral y libertario… El teatro ensayaba también el ejercicio de la libertad y se representaba Antaviana de Pere Calders por el grupo Dagoll Dagom, triunfaban Els Joglars, Els comediants, El teatre Lliure… Se percibía la pasión cultural por nuevas formas de hacer teatro, música, o de ver el mundo… Vi en uno de aquellos días una película que me conmocionó y no fue otra que Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón de Pedro Almodóvar. Todo era posible. Se vivía en Barcelona y probablemente en toda España la movida que se había experimentado tal vez en Europa en los años sesenta. Nos llegaba tardía pero luminosamente. El mundo parecía ser nuevo y recién horneado. Todo olía a libertad.

Hoy Barcelona es una ciudad planchada, ordenada, normativizada, burocrática, cansada, llena de ordenanzas, de suciedad, de turistas que llegan a decenas de miles cada día y recorren las ramblas (donde se les sablea por doquier). La izquierda gobierna el ayuntamiento y la Generalitat. Supongo que no es su culpa pero todo ha perdido magia. Barcelona está abierta al mar pero quedan escasos márgenes para nada que no sea oficial y subvencionado. El espacio público ha sido ocupado desde ya hace décadas por un nacionalismo –tal vez necesario- pero extraordinariamente envarado y rígido en recuperar unas esencias que tal vez ya no existan más que en la imaginación. No quiero molestar a nadie. Sólo son reflexiones sobre una ciudad que amo y que en mi fantasía veo como bastarda, mestiza, plural, heterogénea, imaginativa. Barcelona fue llamada durante un tiempo como La rosa de fuego y era paradigma de la libertad y de la rebeldía obrera y anarquista. Hoy veo una ciudad domesticada que ya no conspira, que ya no respira emancipación sino un ambiente sofocante y ordenado dirigido por jefes de negociado grises. Es la propia sociedad y ciudadanía las que han perdido empuje, garra, ganas. Y la izquierda ha adormecido cualquier deseo de ir más allá.

En mi ciudad todo ahora es perfecto, organizado, pulcro, oficial… Supongo que no sólo es Barcelona. La rosa de fuego es un símbolo de lo que ha sido la deriva de la sociedad española, tal vez europea… Ya no sentimos el ansia de libertad desde que ésta se ha burocratizado y para ejercerla hay que llenar un montón de papeles.

No obstante, me gusta seguir paseando por Barcelona. Siento todavía el rescoldo de lo que fue en otro tiempo. Sus calles del centro, su Ensanche, sus barrios, sus comercios, sus colmados, sus bares, todavía tienen sabor y ambiente aunque cada vez más son sustituidos por tiendas anodinas de moda, centros comerciales, hamburgueserías, locales de diseño… Supongo que es el progreso y que un mundo nuevo sustituye a uno viejo y anticuado, pero quiero dejar aquí constancia de mi recuerdo infantil y juvenil de una Barcelona llena de fiebre por crear y ser. Y que existió, no me cabe duda.

30 comentarios :

  1. Intuyo que tu ciudad de origen "una ciudad de procesiones, vírgenes y cadetes" podría ser ¿Zaragoza? (Lo de las procesiones me hace dudar...)

    Yo soy de Teruel y vine a Barcelona unos años antes que tú. Coincido contigo en la comparación, no exenta de nostalgia, que haces entre el ayer y el presente.

    Es posible que - "Y la izquierda ha adormecido cualquier deseo de ir más allá"- sea así, pero no creo que esperes nada mejor de la derecha (llámese CIU o PP)

    Un cordial saludo

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  2. Sabes JOSELU,

    mientras te leía, pensaba lo subjetivo que es esto de las impresiones que suscita una misma cosa, en este caso una ciudad, Barcelona , ante quien las contempla.

    Y en este caso, además lo que tú cuentas, me trae a la cabeza algo parecido a lo que sucede con los hijos. Si son tuyos percibes con dificultad lo que cambian y son los de fuera los que se asombran con lo mucho que han crecido. Exactamente igual que a la hora de encontrar parecidos , jamás ves, los que parecen ver con rotundidad, todos los demás.

    Te digo esto, porque curiosamente, hace muy poco que he estado en Barcelona, a diferencia de Madrid donde suelo ir con más frecuencia, mis visitas a Barcelona, han sido esporádicas y muy dilatadas en el tiempo.

    Y fíjate, tu manera de describir la Barcelona actual, coincide con la que yo tengo de Madrid y sin embargo, yo sigo viendo a Barcelona, tal cual tú la veías en el pasado. Será que me encanta y la veo con muchísimo cariño, no sé.

    Pero, es de las pocas grandes ciudades que conozco, donde uno se puede mover, con facilidad, percibiendo su bulliciosa vida, sin que te zambulla, ni te agobie. Sorprendiéndote cada vez que doblas una esquina y dentro de su enormidad, se sinte su calor y cercanía, esa preciosa rosa de fuego de la que hablas, mira tú, yo sólo de visita, sí que la veo.

    Eso, por ejemplo, jamás me ocurre en Madrid.

    Según llegas, parece que el estrés se apodera de ti, todo es frío distante, amorfo, reglado y oficial como tú dices, cuadriculado y compartimentado, cada barrio tiene su ambiente que ni se mezcla, ni se diluye, todo como en cajitas.

    En Barcelona, está todo mezclado y sin embargo no existe el caos, es todo fácil, accesible, se siente perfectamente como palpita, pero sin retumbarte en los oídos...

    No sé si me explico demasiado bien, quizá no, pero te lo digo, para que sepas que sus visitantes, no tenemos ninguna duda de que la fiebre por crear y ser, de antaño, que tú viviste y nosotros no tuvimos la surte de ver, sigue ahí, no lo dudes. ;-)


    Muchos besos y feliz finde.


    PD. Gracias, para mi también sería un placer;-)

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  3. Luis Antonio, sí ciertamente es Zaragoza, mi ciudad. Viví interminables procesiones que me cautivaban durante horas sentado en sillas plegables. No había televisión o si la había no tenía todavía comparación con aquel espectáculo en nuestros ojos infantiles.

    En cuanto a esperar algo del PP o CIU es cierto. Es una deriva que ha llevado a todo a la burocracia. Supongo que es el modo de vida americano en que todo ha de ser seguro y normativizado. Hasta para respirar hay que presentar documentos que lo acrediten. Siento nostalgia de un mundo más libre, menos lleno de papeles aunque probablemente más inseguro. Cuando visito Portugal siento algo de eso. Todavía se ven niños jugando en las calles y metidos en las fuentes. Es la espontaneidad la que ha perdido subsumida en un modo de ver las cosas basado en los papeles que nadie lee. ¡Qué aburrimiento, paisano!

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  4. María, es cierto, Barcelona tiene todavía encanto. Cuando paseo por Gracia, por Sants, por la Barceloneta, por el Raval (el antiguo barrio Chino) todavía se intuye un ligero eco de lo que fue Barcelona, una ciudad llena de vida y de ilusiones. El progreso es así. Probablemente si pudiera me iría a un país en que el progreso todavía no hubiera tenido sus efectos. Tal vez un país africano, algo en que lo humano y no los papeles fueran la clave del asunto. Me aburre esta modernidad, me aburre el progreso. Sólo querría irme a un sitio donde todavía no exista demasiado. Barcelona es hermosa y lo fue todavía más. Siento nostalgia de la fiebre de crear y de ser. Y ahora no la siento, pero se nos piden infinidad de papeles hasta para cagar.

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  5. No sólo con Barcelona, esas ganas por cambiar el mundo, esa explosión de libertad se dio el muchas ciudades en los tempranos ochenta. Eso sí en cada lugar tuvo sus particularidades y variantes locales. Ahora, entre tanto progreso, puede que la izquierda esté desnortada.

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  6. Las ciudades son animales tardos y llevan un ritmo muy distinto del de sus inquietos o perezosos habitantes. Las ciudades se lo toman todo con calma y saben que son terreno idóneo para la nostalgia, porque su esencia es no ser jamas iguales a si mismas, algo así como un cadáver bien maquillado para que esté presentable para los turistas. Las ciudades son el espacio de la resignación y la desidia. Jamás pueden presumir de tener una "personalidad" y son siempre distintas, y cada uno descubre en ellas lo que ya llevan dentro de ellos. Hay mucho de transferencia en la vivenccia de la ciudad por parte de sus vecinos. De una esquina a otra de la misma ciudad, ¿hablamos de la misma ciudad? Si nos atrevemos a callejear por el Raval, ¿estamos en la misma ciudad que en las cuestas penitenciales de El Carmelo? Las ciudades son continentes y somos nosotros, su contenido, lo verdaderamente importante. Y si escribimos sobre las ciudades, ¿no nos adentramos de lleno en la autobiografía? La expresión "el hombre de la calle" para la persona común, tiene su correlato en "el hombre de barrio". Sin embargo, cuando hablamos del "hombre de ciudad", marcamos ya una diferencia cultural abismal con el "hombre de campo", al que sumimos casi en la barbarie. Con todo, no dejan de ser adirables las figuras de los escritores unidos al espacio de una ciudad o, a veces, incluso de un café, pienso en Pessoa.

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  7. Estuve varias veces en Barcelona, y creo que no me gustaría vivir allí. Digo creo porque no probé, claro está. No es por la ciudad en sí, sino... porque es una gran ciudad. De igual modo tampoco creo que me gustase vivir en Madrid, por ejemplo, ni tan siquiera en Valencia, fíjate, y la tengo a tiro de piedra. A menos de diez km.
    Me gustan más las ciudades pequeñas. Creo que es porque lo impersonal que tienen las grandes urbes me desencanta, así, de entrada. Me ha pasado siempre, aquí -en España, digo-, y fuera. Quizá sea que es justo ahí donde encuentro el encanto de las cosas, en lo personal :) no sé, y el caso es que así en conjunto, me da la impresión de que es algo que estas ciudades pierden, aunque ganen otras cosas. Pero estas últimas a mí no me compensan. Probablemente sea más una percepción personal que una realidad, pero en mi caso, no es ni por el cambio que haya podido sufrir con el tiempo - pienso en Valencia en este caso, que es la que yo he visto y sigo viendo-, sino por el hecho de ser eso, una gran ciudad.

    De todos modos, sí que me da la impresión de que todo está perdiendo autenticidad en favor de la cuadrícula. Falta color. Mucho color. En las ciudades y fuera de ellas muchas veces, también, eh? Es generalizado, pienso. Y a parte de, yo, sinceramente, lo que más hecho de menos, sin duda, es... esa sencillez que nada tiene que ver con lo gris.

    Besos, Joselu.

    Buen finde.

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  8. Siempre sentimos nostalgia de la niñez, siempre. Hasta hace poco, recordaba Barcelona con ese aire mágico del que hablas, con esos ojos del chaval ávidos por ver, de veranos paseando por la Rambla Marina, Gracia, Capitán López Varela... Hace no muchos años volví a la Ciudad Condal, donde tengo familia catalana, y la sensación fue desasosegante, abrumadora... ni la Sagrada Familia parecía igual.

    Reconozco que no me van las ciudades grandes, en general no me gustan las ciudades, ni siquiera la mía. Prefiero lugares más pequeños, más cercanos al ser... pero ni eso es ya posible. Por la misma época en que solía ir a Barcelona en verano, fui también a Lequeitio (Lekeitio, que dicen ahora), un pueblo precioso en la costa vizcaína, con un puerto recogido donde los pesqueros entraban y salían continuamente. Hace un par de veranos regresé, nostálgico, y el puerto estaba plagado de yates de todos los tamaños, las calles llenas de gente y semáforos, y en los viejos baretos del puerto no quedaban ya viejos dispuestos a contarte historias de marineros... El único barco pesquero que vi estaba lejos, en el horizonte...

    Un abrazo.

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  9. Si, yo lo veo como tu pero... Bah, lo he escrito tres veces y lo he vuelto a borrar. Estas cosas son para charlarlas con tranquilidad. Un abrazo y procura ser feliz, dentro de lo posible.

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  10. Joselú, veo Barcelona igual como la ves tú. Tengo más los recuerdos vividos en mi pensamiento que no el disfrute de una Barcelona actual.Cierto que todo va cambiando, que la diversidad de gentes ha aumentado, modificaciones de arquitectura y de las calles. Soy del Guinardó. Durante muchos años,las presonas del barrio siempre hablaban de que iba a pasar el Cinturón de ronda detante de nuestra casa, que transformaría el barrio de arriba abajo. Y así fué hace unos 12 o 13 años. Cuando regresé por él, lloré mucho, ví el gran cambio, ví que el barrio en donde nací y me crié, desapareció porque la Ronda, lo atraviesa. Muchos encantos de mi amada Barcelona han cambiado. Sin embargo, sigue manteniendo "el caliu" exquisito y único que la caracteriza. Me gusta mi ciudad, amo mi ciudad, por muchos cambios que haya sufrido. Ah !! Zeleste, también estuve en esta sala tan característica...He disfrutado mucho leyendo tu post, me has hecho recordar muchas cosas de mi infancia, adolescencia y madurez.

    Te dejo un abrazo silencioso impregnado con aroma de manzana,

    Naia

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  11. Joselu amigo, siempre tu capacidad de transmitir me motiva a comentarte, yo no conozco Barcelona ni otra ciudad española y por mi edad no tengo mucho rango para comparar actualidad con pasado. Aunque recuerdo que cuando era niño llegaban en invierno pingüinos a la plaza del callao y ya no. Pero me has hecho pensar en Barranco un distrito limeño con mucha historia literaria; un día hace unos años yo lei una novela sobre Barranco "La Casa de Carton" de Martin Adan, y me enamoré de ese Barranco al terminar me fui en bicicleta y no encontre el Barranco hermoso de la novela. ya ni las calles tenian el mismo nombre. Nunca supe, si de verdad habia cambiado tanto el espiritu del distrio o habia sido extremadamente idealizado por el alma lírica de Martin Adan.

    Saludos.

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  12. Las ciudades cambian porque los que nos reemplazan son otros, mejores o peores pero con otra sensibilidad,costumbres, miradas.
    Es un signo de vejez añorar el pasado.
    Si no me gusta lo que veo quizás es que no me agrada cómo soy (lo que vemos es lo que somos)
    Saludos

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  13. Rubén, creo que no es exacto lo que dices. Mi hija de diez años siente nostalgia de cuando era pequeña, de otras casas en que vivimos, de otros paísajes, de otros momentos. Conozco a muchachos de veintipocos años que sienten añoranza de sus tiempos de instituto, de momentos compartidos. Creo que la nostalgia no es un sentimiento que necesariamente haya de esta asociado a la vejez. Es una constante humana, y buena obra de grandes artistas de todos los tiempos -incluso vanguardistas- han reconstruido el pasado como ejercicio de reivindicación del presente. No se entiendo el arte sin la nostalgia. Un cordial saludo.

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  14. Vavo, me ha encantado tu comentario. No sé cuántos años tienes puesto que tu perfil no lo recoge, pero has planteado el contraste entre la visión poética de ese Barranco que leíste y el presente. Ese cruce de esa visión de Martín Adan -lírica, poética, nostálgica- con el hoy son el fundamento del estremecimiento que sentimos ante el pasado que nos habita. Eso no quiere decir que no seamos capaces de habitar el presente, pero sí que sentimos el alma maravillosa de eso que dejó de existir. Un fuerte abrazo, Víctor.

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  15. Nahahya, no conocí el Guinardó, más que por la novela de vuestro vecino Juan Marsé Ronda del Guinardó, pero entiendo lo que dices. Recorro todavía barrios de Barcelona: Poble Sec, Poble Nou, Sants, Gracia... y me maravilla ese mundo de pequeñas tiendas, de colmados, de bares en que todavía parroquianos tejen esa vida inmaterial que funda las ciudades. Temo cuando todo eso desaparezca y ya sólo haya grandes superficies comerciales como ha pasado en otros países. Algún día, no muy lejano, iré a recorrer ese Guinardó, que conozco sólo ocasionalmente. Un fuerte abrazo.

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  16. Frikosal, un abrazo muy fuerte, y desde luego que intentamos ser lo más felices posibles dentro de esa realidad que nos sigue enamorando aunque sintamos dentro el pesar de existir. Por la vida, siempre.

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  17. Javier, me ha gustado tu evocación de Lequeitio (Lekeitio), y entiendo tu desazón ante todo lo que ha desaparecido. Creo que el mundo antiguo tiene una magia extraordinaria que merece la pena ser rescatada por nuestra evocación. Soy un amante de la ciencia ficción pero también un enamorado de ese mundo del pasado que sigue vivo en nuestro recuerdo, maravillosamente vivo. Y vivirá mientras haya alguien capaz de recordarlo como es el caso. Yo intento transmitir a mi hija pequeña la magia de otro tiempo a través del cine y nuestras conversaciones. Un abrazo muy fuerte, Javier.

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  18. V., yo no he vivido en pequeñas ciudades, salvo el barrio donde ahora resido. Pienso que Barcelona es una suma de barrios que tienen un sabor muy particular e intenso. La enormidad de la gran ciudad de dos millones que es Barcelona se contrapesa con esa vida de todavía algunos barrios que siguen manteniendo un calor que reúne en eseos pequeños comercios a los vecinos que comparten así sus vivencias. Me enamora esa vida de esos pequeños colmados en que la gente charla y comparte vivencias. En mi barrio de Cornellà todavía existe eso y asisto a ello encantado. Un abrazo muy fuerte.

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  19. Preciosa la apariencia del blog, Joselu.
    Cioran es el pesimismo como sentido, que no es más que un tipo de optimismo...

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  20. Es curioso, pero las personas tendemos a poner el fin en el presente de nuestras vidas. Todo ha terminado, nada cambiará. He llegado hasta aquí. Esto es el fin. Y, evidentemente, esta reflexión que en nuestro fuero interno existe, es falsa. La vida continúa. Y dentro de unos años esta ciudad habrá cambiado, y nostros también, y el presente actual pasará a ser historia. Y los que vivan entonces verán el hoy como un pasado que fue necesario. Y volverán a ver su presente como un necesario final.

    Un abrazo.

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  21. Conocí y me enamoré esa ciudad bastante despues, aún quedaban restos de eso que tanto añoras,pero ya empezaba a ser "oficial" pero de cuando en cuando aquí o allá alguien rompía las reglas...y era encantador. También a mi me estafaron y también me maravillaron, sobre todo como siempre suele suceder,me maravillaron las personas. Me encantaron las Ramblas a las cuatro de la madrugada y la Ciudadela a las 12 del medio día.
    Recuerdo una tarde de paseo, he de repetirla, desde Guell a Plaza Cataluña... y la plaza de España y el Ferial con sus torres... Me tragé enteritas todas las obras de las Olimpiadas y la Expo...Salía de Badajoz en obras iba a Sevilla en obras, cogíamos el tren (coche incluído) y cuando llegava a Sants, más obras... era caótico y terminé odiado la obra pública. Recuerdo que me perdía, que cuando volvía a pasar por sitios conocidos, ya no los conocía... pero las gentes...buenas gentes de Barcelona. ( Y qué caló joder...)

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  22. Simalme, qué bien encontrarte por aquí. Los que encontramos nuestra razón de ser en una visión oscura de la realidad no renegamos de la luz que es contraste con nuestro mundo en sombras. Cioran es esa lucidez que tú tan bien calificas como una suerte de optimismo. Me alegro de que te guste el diseño del blog. Un abrazo.

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  23. Mis recuerdos de Barcelona están ligados al extrarradio, a Cornellá, Sant Joan Despí... adonde iba a visitar a mis primos. Barcelona era para mí, en los años 70, símbolo de la modernidad (como curiosidad: había un expreso que salía de Valencia por la noche y llegaba por la mañana a Barcelona; era como despertar en otro país). Mientras Madrid me recordaba a las películas antiguas, Barcelona estaba asociada al futuro. Con el tiempo y las lecturas, Madrid se asoció a Galdós y Barcelona a la divine gauche.
    Gracias por ese retrato tan personal de la ciudad, que ha dado pie a mis propios recuerdos.

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  24. Vaya, tengo un amigo que siempre ha vivido en Valencia ciudad sin escapatoria posible XD otros amigos míos que también han vivido siempre en Valencia tienen sus pueblos -normalmente los de sus padres, claro, que o están en el interior, o en otras comunidades... o en otros países- y el caso es que cuando hablamos del tema, este amigo mío siempre me dice lo mismo o parecido a lo que me has dicho tú, Joselu. Siempre me dice que su barrio en realidad, es como un pueblo -o eso piensa-, y que la vida allí no dista tanto de la que yo tengo aquí, estando yo tan cerca aunque no viva en la ciudad, que ahí toda la gente se conoce igual y eso, pero... no sé, para mí es algo distinto -o así lo pienso-. En su barrio no hay altavoces que anuncien el bando diciendo que fulano, el hijo de María la de finestreta, está en el tanatorio y lo entierran a las ocho, ni en el mío edificios tan altos con tantas puertas ni falta de espacio para aparcar. No sé...
    Esto es mucho más tranquilo, y a pesar de que mi pueblo -mini ciudad casi casi-, tiene ya alrededor de 35000 habitantes, el ambiente es distinto. Supongo que se reduce a que es... menos cambiante a pesar de los cambios. Hay cosas que siguen siendo igual que hace muchos años. Otras muchas obviamente no, pero incluso la forma de ser de las personas que vivimos aquí, de algún modo es similar. Y fíjate, a la vez distinta de la del pueblo vecino, con el que compartimos calles incluso. De hecho físicamente podrían ser uno sin problemas, y sin embargo... no. Hay algo que es diferente. Herencia cultural supongo. De nuestros padres, de nuestros abuelos, ni idea, no sé de dónde venga esa parte de la forma de ser y hacer, que es diferente, y que existe, aunque parezca mentira estando tan cerca, eh? En fin... no sé. Tal vez por eso esto nunca será una ciudad, si no es que acabamos totalmente absorbidos por ella, pero para evitar eso, de momento, todavía hay huerta suficiente entre medias. Por suerte, pienso. A mí me gusta tener las alcachofas y los naranjos a cien metros. Posiblemente porque siempre las he visto ahí, quien sabe, pero me gusta esto, y no me gusta lo que veo en la ciudad. Me agobia. Posiblemente porque nunca viví en la que me queda cerca, ni en ninguna otra :)
    Los abrazos son de dos, mira qué suerte! Así que el recibido, de vuelta :)

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  25. Miguel, es importante esa percepción de que nuestro tiempo ha sido fundamental y ser objeto de cierta nostalgia. No sé si se percibe como el final, pero sí que es el eje de nuestra vida y modo de sentir, en el que nos formamos. Así lo transmitimos a nuestros hijos a los que comunicamos el tiempo de nuestra infancia y el tiempo anterior a ella. Ellos, gracias a nuestro testimonio, lo integran en su cosmovisión y así son partícipes del fluir del tiempo, de que hubo otro tiempo anterior al suyo. Me gusta ver con mi hija películas antiguas así como hablar de mi niñez. A ella le encanta. Creo que así le voy haciendo, con placer, ser consciente del misterio y de la magia del tiempo. Ella incorporará a su tiempo, el mío y tal vez el que me transmitió mi padre. A más no llego. Un cordial saludo.

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  26. Antonio, qué bien que conozcas Cornellà. Ya lo supe por otro post en que reflejaba mi ciudad y tu interveniste. Cornellà también se ha hecho moderna. Vivo en un barrio en que todavía hay pequeño comercio y donde se enhebran conversaciones cuando uno va a comprar. El pequeño comercio es el alma de las ciudades. El botiguer que tantas veces ha sido mirado con desdén es quien hace humana a la ciudad. Me estoy volviendo conservador sin acritud. Pienso que las grandes superficies comerciales -siendo positivas para nuestro estilo de vida- están dando la puntilla de muerte a ese otro modo de vida lleno de calidad humana. Un fuerte abrazo, amigo.

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  27. V., perdona que no te haya contestado. He pasado el día fuera. Pienso que también me gustaría vivir en un pueblecito, quizás del bajo Aragón en donde las cosas fueran a una medida humana. Creo que se tienden a crear microclimas en que surge lo sentimental sea en la gran ciudad o en el pueblo. En todo caso, para mí pasear por Barcelona es una hermosa experiencia. Es una ciudad a la que, sin vivir en ella, me siento profundamente ligado. Vivo a quince kilómetros pero siempre que puedo me escapo para pasear por sus calles. Entiendo perfectamente lo que quieres decir. Para todos, el lugar donde vivimos es especial. Afortunadamente. Un abrazo.

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  28. Joselu, conozco poco Barcelona, sólo he estado un par de veces, pero me gusta, me parece muy diferente de Madrid, más organizada, más cuidada, más querida por sus habitantes. En Madrid sentimos poco que sea "nuestra" ciudad. Echamos la culpa a los inmigrantes, pero no creo que sea ésa la única razón ni la más importante. Aquí creemos que es el Ayuntamiento quien debe limpiar, y se nos olvida que somos nosotros los que ensuciamos. Me pasa con Barcelona como con San Sebastián, aunque ésta la conozco mucho más. Es una ciudad acogedora, pulcra, abierta, pese a lo que piensen algunos. Las ciudades tienen vida propia, diferente a las demás. Hoy casi todas las grandes ciudades son impersonales, frías, poco hospitalarias. Han cambiado muchas cosas desde que tú llegaste a esa Barcelona que ya no reconoces, como Madrid. Tampoco nosotros somos iguales. Barcelona y Madrid son muy caras, lo que no les impide recibir millones de visitas cada año. Prima el mercantilismo sobre otras cosas, y eso quita mucho encanto a los lugares. La gente es más hosca, más desconfiada. Desaparecen locales que conocimos en nuestra juventud y todo lo vemos cambiado. Mejor (lo dudo) o peor, son nuestras ciudades, nuestro entorno. Hay que cuidarlo, oponiéndose incluso a los munícipes de turno, más ocupados en salir en las fotos y emprender obras disparatadas y carísimas que en mejorar de verdad la vida de los ciudadanos. Espero poder visitar Barcelona con calma alguna vez. Te avisaré.
    Un fuerte abrazo, colega.

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  29. Yolanda, me encantará llevarte a lugares no demasiado turísticos y con el sabor de la Barcelona antigua. Quizás he sido muy tajante comparando el tiempo actual con otros momentos de la ciudad. Creo que no me gusta mi tiempo y a la vez me apasiona. Creo que la fealdad ha hecho su nido entre nosotros y nos parece normal. Me asusta el tiempo, la velocidad a que vivimos, la transformación que sufrimos nosotros y la ciudad. Todo cambia. Supongo que esa es la única lección que hay que aprender, pero eso no me impide reconocer la belleza que a veces muestra el pasado. Un abrazo, colega.

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  30. Yo también llegué a Barcelona a finales de los 70 desde la Castilla profunda con un grupo de compañeros de magisterio. Ibamos a la "escola de estiu" atraidos por el ambiente de renovación de la escuela que se respiraba en esta ciudad. Acababan de celebrarse las primeras elecciones de la democracia y se respiraba libertad. Volví a Barcelona a principios de los 80 y trabajé durante dos años en una escuela del Maresme. Los fines de semana me gustaba pasear por las ramblas y recorrer las estrechas calles del barrio gótico y por la noche ir a ver a un concierto o buena obra de teatro. Aprendí catalán, hice buenos amigos y guardo un buen recuerdo de aquellos dos cursos. No se por qué volví a participar en el concurso de traslados y me volví a la meseta.

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