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domingo, 22 de noviembre de 2009

La necesidad del narrador


Un blog es una interfaz de comunicación con el mundo de la que sobresale la voz narrativa del que escribe. En efecto, cuando leemos un blog lo primero que percibimos es la música de la narración, y nos damos cuenta de si nos atrae o no, al margen de las ideas que allí se contengan, que en algún caso pasan a un segundo plano. El problema de un novelista, de un escritor, de un bloguero es el de encontrar una voz narrativa que resulte convincente o interesante y que haya alguien al otro lado al que le llame la atención y prosiga la lectura en una u otra ocasión. Si además siente el deseo de dejar un comentario, el post habrá alcanzado un éxito, porque nada hay tan lastimoso como que tus entradas queden sin respuesta.

Sin embargo, a veces el bloguero más veterano se siente atenazado y lleno de aprensión ante la hoja en blanco. No sabe si tiene algo más que decir. Profesor en la secundaria lleva cuatro años publicándose y ha colgado más de trescientos posts sobre los temas más variados. Muchos sobre educación, sobre la experiencia como profesor y las relaciones con los alumnos, otros sobre inquisiciones sobre los temas más variados que no tenían nada que ver con la enseñanza (arte, literatura, África, reflexiones sobre la crisis, poesía, teatro, cuentos de estilo zen, compromiso político, misticismo, dudas existenciales, viajes, experiencias telúricas y psicodélicas… Podríamos decir que el blog ha trazado un itinerario vital, ha sido un compendio de mi forma de sentir el mundo y la vida, llena de grandes zonas de sombra .

Agradezco de todo corazón a mis comentaristas habituales su presencia en el blog. Sin ellos esta página navegaría en el vacío… pero a veces aparecen ocasionales comentaristas que nunca se habían hecho visibles hasta que un día se asoman y me hacen saber que hay en la penumbra más gente que sigue las circunvoluciones de este blog caótico y existencial que no se atreve a afirmar con rotundidad y que prefiere el diálogo a media voz en la intimidad, sin grandes polémicas (que me asustan). Elijo el contacto en la cercanía, en un momento de compartir impresiones y reflexiones apenas esbozadas. Siempre me han atraído los diálogos cuyo desarrollo y desenlace no es previsible. Soy un admirador de Samuel Beckett. Cuando leí a los 19 años su Esperando a Godot, me quedé realmente fascinado. ¿Dónde estamos? ¿Quiénes somos? ¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Cuánto tendremos que esperar? ¿Para qué esperamos? ¿Quién es Godot? Algo así es el protagonista y autor de este blog que a modo de nave con bandera indeterminada -ni siquiera pirata- navega por el mar de las cosas, haciéndose preguntas y obteniendo respuestas provisionales, pero luminosas. Esos son vuestros comentarios, la mayor riqueza atesorada por este blog y de los que me siento especialmente orgulloso. Vuestras voces narrativas se enhebran con la voz que da relativa consistencia a Profesor en la Secundaria. Si yo diera salida completa a mis incertezas, probablemente este blog giraría en redondo y se convertiría en solipsista. Por ello, a pesar de la incertidumbre, hay que atreverse a afirmar con voz queda, y esperar a que alguien pase por el ciberespacio y tienda un puente, una cuerda hasta este lado y que juntos celebremos el éxito del encuentro, del éxtasis de la palabra, de la realidad de una conversación fructífera.

El otro día hablaba en este blog de la presentación del libro de Dimas Mas, Marcela y el narrador errante. El acto fue un éxito de público y en los ponentes estaba el propio autor y el brillante novelista Emilio Pascual (autor de Días de reyes magos). Me quedo con la figura del narrador. Tener al narrador de una historia, de una novela o de un blog es tener el cincuenta o más del trabajo hecho. Lo fundamental en un historia es el narrador. Pero ¿qué se puede esperar de un narrador avellanado, escéptico, lleno de dudas, enemigo de controversias, tímido y corroído por intuiciones y estados oscuros? A veces espero que un leve halo poético encubra mis dudosas inquisiciones. Quizás la poesía es el lenguaje en algún sentido más universal. Pero no sé si lo logro. Todo queda demasiado en el aire y en la más banal y extraña aventura.

Pero todos los que nos movemos en la oscuridad, ansiamos la luz y el placer del encuentro imprevisto. Por ese narrador extravagante que a veces se hace carne o luz o penetra en intuiciones merecedoras de algún detenimiento.

Vale.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Marcela y el narrador errante

Conocí a Dimas Mas (Tetuán, 1953) durante las oposiciones al cuerpo de agregados de Lengua y Literatura españolas de 1982. Ambos leímos ante el tribunal nuestro examen y yo tuve ocasión de escucharle pues él lo hizo antes que yo. Me deslumbró su estilo brillante y sugerente al exponer el tema, en principio académico, de Los orígenes de la lírica castellana. Su exposición me cautivó, y apenas me di cuenta de que a continuación iba yo a exponer el tema que había escogido que no era otro que el de la Ilustración en España, tema que me llevó a ganar en aquella ocasión las oposiciones, mientras resonaban los goles del campeonato mundial de fútbol que se estaba celebrando en España.

Dimas Mas y yo coincidimos casualmente en un instituto de Bachillerato de Berga y empezamos a mantener debates y conversaciones jugosas sobre literatura. Yo en aquel entonces no conocía demasiado a Galdós y mi compañero me aleccionaba para que pusiera fin a aquella carencia. Así hice y en varios años me leí todo lo escrito por el autor canario y asistí a varios cursos de doctorado sobre su obra, en especial sobre Los episodios nacionales que disfruté extraordinariamente.

Pero Dimas Mas, su nombre literario, era algo más que un profesor al uso. Era –y es- un escritor apasionado por la literatura que había ensayado la poesía con su poemario Provincia Mayor (1936-1939); que ganó posteriormente el premio de la editorial Anthropos con su obra heterogénea titulada Poliantea, y publicó obras de amplia difusión como El tesoro de Fermín Minar que llegó a numerosos institutos de toda España; Nadie en persona (Un misterio de Barcelona); Del incierto encuentro entre don Giovanni y Turandot; El bellaco durmiente (novela juvenil dedicada a su hijo Lucas); Mi primer maratón, obra escrita con un registro literario en que desgrana su experiencia como avezado corredor de la prueba durante muchos años. En internet, en Badosa.com, ha publicado sus relatos El tardío vuelo de la avucasta, novela erótica, El juego d’scondit, La vida vecina, amen de otras obras que he tenido ocasión de leer y que se guardan en los cajones que un -espero que no lejano día- alguna editorial descubrirá y publicará.

Son veintisiete años de conocimiento e intercambio los que me unen a Dimas Mas. Quiero hacer público que el próximo día 19 de noviembre tendrá lugar en Barcelona la presentación de su última novela publicada titulada Marcela y el narrador errante (nivolilla) en Ediciones Oblicuas. El acto de presentación será en el Instituto de Secundaria Milà i Fontanals en la plaza Folch i Torres, s/n, a las 19.00 h.

Marcela y el narrador errante es una novela dedicada a su hija, tal como he citado que hizo también con su hijo Lucas. Es una novela excelente. Dimas Mas, escribe como los ángeles y es un orfebre del estilo, lo que le aleja de la literatura fácil y popular. En un registro aparentemente juvenil construye una novela de corte unamuniano que me ha recordado la nivola Como se hace una novela. Su hija Marcela, que quiere también una novela como su hermano, pero su padre escritor nunca se pone a ello, recibe una extraña visita, la voz de un narrador que le dice que va a escribir su novela. El narrador errante enhebra diálogos fecundos con la muchacha que va descubriendo el mundo y a sí misma a través de la experimentación del lenguaje. Es un juego absorbente en el que estoy metido hasta los tuétanos, dándome cuenta de que es una narración exigente en la que no pasa nada, no hay ninguna aventura exterior pero sí una indagación y una profunda aventura interior de la niña. Probablemente podemos calificarla de novela iniciática y la escritura de la novela es el mismo proceso de escritura de la misma. Os la recomiendo. Se aleja del modelo juvenil de narración llena de avatares trepidantes o de temas sociales. Es una novela profundamente literaria en la que con amenidad y rigor dialógicos se lleva un descubrimiento del proceso literario mostrando que la esencia del relato bien escrito es el propio lenguaje sobre el que esta narración gira ininterrumpidamente. No la recomendaría para mis alumnos de la ESO. Su nivel es muy elevado, pero sí a todos los amantes de la buena literatura y de los planteamientos unamunianos acerca del diálogo de los personajes y el autor, o el mismo proceso de construir el relato.

Me encantaría compartir con los que podáis el descubrimiento de este joven autor que lleva ya media vida a sus espaldas rastreando y escribiendo buena literatura con excelente estilo.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Competencia comunicativa

Estos días pasamos en los institutos de Cataluña la Evaluación diagnóstica sobre competencia comunicativa del área de lengua, en mi caso, castellana. Ayer tuve que cuidar el desarrollo de la prueba en un curso de tercero de ESO. Los chavales recibieron, a lo que vi, con enorme displicencia la necesidad de realizarla cuyas razones no entendían y de poco vale que se les diga que es un test para evaluar la eficacia del sistema educativo catalán valorando la llamada competencia comunicativa que consiste en tres pruebas de comprensión lectora bastante fáciles, aunque si se leen con excesiva rapidez, es fácil cometer numerosos errores como he tenido ocasión de ver. Otra parte es la realización de una redacción con unas indicaciones sobre su desarrollo. Trata sobre un viaje, sus preparativos, su transcurso y la llegada al punto de destino. He corregido unas sesenta y soy consciente de la enorme dejadez con que han sido realizadas. Si esto da medida de la competencia comunicativa de los chicos de mi centro, realmente es aterradoramente deficitaria. Escasa coherencia, deficiente cohesión, pésima ortografía, léxico endiabladamente pobre, faltas de concordancia verbales, signos de puntuación prácticamente inexistentes, anacolutos…

Yo estaba cuidando la prueba, los miraba atentamente aunque de vez en cuando había voces de protesta ante la realización del test de comprensión lectora y la engorrosa redacción para la que no se sentían nada motivados. Delante de mí había un muchacho boliviano que contestaba sin pensar demasiado las preguntas de comprensión lectora pero observé que a la vez escribía intensamente en una hoja cuadriculada dividida en cuatro pliegues. Vi que en ello ponía enorme interés no así en el test de los dichosos items aburridos. Me quedé con ganas de saber qué escribía. Cuando entregó el ejercicio, me dirigí a él que estaba sentado en primera fila y le pregunté directamente qué escribía. Es un buen chaval. Tiene fama de conflictivo pero en mi clase se porta bien. Se lo hice saber y él me lo agradeció. Me explicó que lo que estaba escribiendo era una carta que contestaba a otra que le había enviado una chica que se llama –pongamos- Vanessa. Me la enseñó y vi un corazón dibujado con el nombre de los dos: Aurelio y Vanessa. Los padres de ella se oponen a la relación y encierran a su hija sin salir de casa salvo para ir al instituto. Su amor es un amor prohibido. Los padres de Vanessa deben ver en Aurelio un latinoamericano poco apropiado para su hija de aquí. La tutora de ella me había hablado del conflicto y entonces até cabos. Es una relación al estilo de Montescos y Capuletos. Vanessa hace subir a Aurelio a su casa cuando sus padres no están y cuando estos se enteran de que ha estado en casa montan en cólera. Las dificultades aumentan la dimensión del amor –es un viejo tema literario-. Sentí simpatía por Aurelio aunque entiendo las razones de los padres. La hija –el ojito derecho de su padre- termina enrollándose a los trece años con un sudamericano que la lleva a ser mujer mucho antes de lo que ellos hubieran imaginado. Yo tengo una hija de doce años y puedo intuir gran parte del drama aquí montado. La tutora está desbordada por la situación y no hay día que no hable con alguno de los actores del protosainete.

Sentí curiosidad por la carta de Aurelio y por la de Vanessa. Sin duda dominarán los lugares comunes. ¿Hay algo que más se preste a los tópicos que el amor apasionado y prohibido? Deseo físico, ansias de huir juntos a un país lejano, ansia del otro… Nuestros alumnos no son intelectuales, al menos los que yo tengo. Son chavales de la calle. Su competencia comunicativa escrita es paupérrima y detestan todo lo libresco, eso que tanto placer nos causa a muchos de los que frecuentamos los blogs. Sin embargo, esto no impide que sientan intensamente –aunque no de una forma literaria-. Sus necesidades son otras, menos sofisticadas, pero igualmente valiosas. Nadie está por encima de nadie. A veces cuesta encontrarse con ellos, al menos a mí, por ese componente intelectual que me vertebra. Sin embargo, pienso que mis chicos de la calle probablemente sean más felices que otros que tienen una constitución más letrada, más elementales tal vez, más primarios para bien y para mal. Y además ahora recuerdo a Andrés Hurtado el protagonista de El árbol de la ciencia y sé que el conocimiento origina dolor evocando a Schopenhauer, y que la existencia es dolorosa, y que es una corriente impetuosa que nos arrastra sin ningún sentido más inclinándose por el absurdo. Así me sentí yo cuidando aquella prueba de competencia comunicativa, pero a la vez disfrutando del encuentro fugaz con Aurelio, ese muchacho boliviano enamorado, y que desde que bebe los vientos por Vanessa es un alumno, aunque no trabajador –alumnos trabajadores hay pocos, la verdad- sí que más humano y sensible. Y les aseguro que sus ojos de carnero a medio morir son todo un poema. Suerte, amigo. Que los hados te sean propicios. Y que los padres logren sobrellevarlo con prestancia, que la necesitan.

martes, 3 de noviembre de 2009

Conversaciones en el aula de informática


Este mediodía he mantenido un intercambio de opiniones con el coordinador de informática de mi instituto. Él quería saber si yo era favorable a la tecnología de libros digitales que empieza a emerger. He reflexionado rápidamente y le he dicho que yo me sentía vinculado al libro físico. ¿Por qué? Porque me produce emociones llegar hasta él, firmarlo, subrayarlo, leerlo, tocarlo, olerlo, cerrarlo y guardarlo en mi biblioteca hasta nueva ocasión que quizás llegue algún día. Menacho, el coordinador, se interrogaba por esa necesidad afectiva que tengo hacia el libro. ¿Para qué? El libro puede almacenarse en soporte digital y tener acceso al texto siempre que quieras. ¿Pero me garantizas que dentro de diez años seguirá existiendo el mismo soporte digital o habrá periclitado? No, -me ha contestado- nadie sabe qué habrá pasado dentro de diez años, pero ¿qué importancia tiene? El valor de las cosas es fungible. No tienen por qué durar toda la vida. Duran lo que duran y mientras nos aprovechamos de ellas, me dice. Esto me ha llevado a reflexionar sobre la importancia de los objetos para generaciones anteriores. Un objeto, un mueble, un libro era un elemento para toda la vida. Nuestra vida estaba unida a los objetos. Estos estaban ligados a nuestra vidas, eran nuestros compañeros. La filosofía de la modernidad es úsalo y tíralo. Desde los pañuelos a infinidad de elementos tecnológicos que ya no merece la pena reparar y los tiramos necesariamente. Ikea, la cadena sueca de muebles, ha establecido la filosofía de que un mueble no es para toda la vida. ¿Para qué queremos que dure toda la vida? Diez años es suficiente, parece decir Ikea, un ciclo, o medio ciclo vital. Y es una filosofía que ha calado. Ya los objetos son unos compañeros de ciclo de cinco o diez años. Me pregunto si esto tiene implicaciones vitales más profundas. En seguida he pensado en ese libro de Kundera que tiene un título genial pero que me desagrada profundamente por su fatuidad: La insoportable levedad del ser. Nunca el ser se ha visto tan contingente como ahora. Nada es estable, todo se transforma a velocidad de vértigo y nada permanece. Parece un koan budista. Todo es impermanente. Pero el ser humano padece la misma transitoriedad, la misma sensación de lo efímero en cuanto a su propia esencia. Todo va demasiado rápido y nos desgastamos a velocidad de vértigo. Estar en la cresta de la ola es demasiado costoso. Temo esa sensación de desgaste absoluto que tiene la contemporaneidad. Las relaciones humanas, las conversaciones, el tiempo para el diálogo, para ser, para permanecer, ofrece las mismas circunstancias de deterioro que los objetos. No soporto la levedad de los objetos a la vez que soy un entusiasta de la tecnología, sin la cual este blog no existiría. A la vez añoro las cartas físicas que nos escribíamos algún tiempo y que tenían una densidad mucho mayor que los correos electrónicos que ahora nos escribimos, añoro los espacios de encuentro que tenían mucha mayor sustancia que el facebook o el twitter, fenómenos de nuestro tiempo, ya sé que irrenunciables e imparables, pero añoro un sentir del mundo más estable, más profundo y más denso, más sereno. Todo va demasiado rápido. Quizás esto sea un efecto de mi edad y un joven ya no tenga las mismas coordenadas y viva en un mundo esencialmente efímero e impermanente. ¿Tiene alguna importancia leer los libros en soporte físico –el papel- o soporte digital? Supongo que no, pero ya sabemos hace algún tiempo, gracias a Marshall McLuhan, que el medio es el mensaje. Ese soporte evanescente, impermanente de lo digital nos hace quizás livianos, etéreos, sin demasiada dimensión. El ser humano desde el tiempo de los clásicos ha temido esa liviandad pero nunca ha sido tan real como es en nuestro tiempo. Tempus fugit. El ser humano no acaba de encontrar su esencia. Veo a mis alumnos inquietos, sin saber a qué mundo pertenecen, si es que pertenecen a algún mundo que no vaya a cambiar veinte veces a lo largo de su vida. Nuestros abuelos vivieron mundos más estables que cambiaron también dramáticamente, pero nunca la realidad ha sido tan inestable como la que vivimos ahora. Antes los cambios tenían una dimensión que era acogida como una nueva etapa en la vida y que se celebraba o lamentaba. Ahora vivimos en una transformación permanente en la que no sabemos a qué asirnos. ¿Cómo crecerá la sabiduría en este terreno? Porque crecerá no me cabe duda, pero lo que no sé si será un aprendizaje compartido. Uno que es aficionado a la literatura y a la cultura africana se pregunta si la enorme riqueza que supone la tradición (también esclavitud) y el acceso a la sabiduría que implica ¿por qué será sustituido en un mundo sin raíces? Temo vivir sin raíces, yo que he crecido sin ellas, pero siempre he ansiado la serenidad, el goce del detenimiento, la eternidad.

Menacho, desde luego no compartía nada de mi visión, ni de mi pesimismo, ni de mi añoranza, sino todo lo contrario. El mundo está bien siendo impermanente. Al final nos morimos y ¿qué permanece?, mientras tanto las cosas cambian continuamente. Es así. Y no hay muchas vueltas que darle, es el sino de nuestro tiempo.

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