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sábado, 18 de enero de 2014

Internet nos ha hecho más tontos



Recuerdo que en abril de 1996 en un cursillo de la Generalitat de Cataluña navegué por primera vez en internet, utilizando el buscador Altavista. No existía Google, algo difícil de imaginar. Han pasado ya dieciocho años e internet se apropiado de nuestras vidas, formando parte de ellas buena parte del día. Solo hay que ver la sobreutilización de los dispositivos móviles en todo lugar y situación, el tiempo que pasamos conectados, y la dimensión que tiene el mundo de las chorradas de corta duración en internet. Corre un post que viene a decir que internet nos ha hecho más tontos, más impacientes, más superficiales, más necesitados de estímulos que confirmen nuestro valor, tendentes a compartir nuestra intimidad dejándonos sin ningún espacio de soledad, propensos a creernos con multitud de amigos y ser unos grandes artistas utilizando los filtros de instagram y semejantes. Nos creemos en el centro de un espacio público cuando somos la inmensa  mayoría totalmente irrelevantes y solo nos prestan atención aquellos a los que también nosotros les damos a “me gusta” o comentamos sus banalidades de un plumazo muchas veces lleno de faltas de ortografía.

Yo soy docente con muchos años de carrera a cuestas, y siempre me he enfrentado a adolescentes de la misma edad, y he constatado a lo largo de los últimos veinte años la depauperación de la expresión escrita a todos los niveles, el ortográfico, el léxico, el gramatical, el de contenido de ideas, el de presentación de trabajos. Raramente hay pensamiento propio y menos expresión con cierta complejidad de alguna idea. No noto inquietudes ni el cuestionamiento de modos de vida que son ferozmente homogéneos. Los muchachos que leen son radicalmente escasos. Alguno hay. Hay una especie de aborrecimiento de la palabra escrita que no pueda ser expresada en diez palabras mal pergeñadas. Los ciclos de atención son cada vez más cortos y la capacidad de concentración es progresivamente menor. Se vive dando saltos, sin centrarse nunca en una cosa haciendo un continuo zapping. Se copia sin ningún tipo de empacho y no se percibe que copiar y pegar no es un ejercicio de pensamiento personal. Nada hay que violente más que crear una reflexión no mimetizada de lugares comunes que corren por ahí y que se distribuyen como perlas de vida a pantalla completa en las redes sociales. 

Los malos modos abundan y se extienden en los periódicos digitales. No se soporta que haya personas que expresen puntos de vista divergentes a los propios que se han recogido del amplio panel de tópicos. Los adolescentes participan de ese clima de intolerancia y difícilmente son capaces de participar en un debate escuchando razones que exponga un compañero. La incontinencia, la falta de control, el horror al silencio, la hiperactividad son síntomas de que vivimos en un mundo radicalmente diferente al de hace veinte años. Somos mucho más superficiales y frívolos, nos movemos en la espuma más externa de la realidad. No se intenta llegar más adentro, más profundamente. Todo el mundo opina sobre cualquier cosa, y lo hace con contundencia como si se fuera un experto.

Sin duda el acceso directo y fácil a la información ha sido una gran revolución y ha abierto infinidad de caminos nuevos a la sociedad del conocimiento, la ciencia y el pensamiento. Sin embargo, la expresión popular de este cambio no es esperanzadora. El hombre del siglo XXI es más unidimensional que el de un pasado no tan lejano, y, sobre todo, es mucho más superficial. No cabe duda de que la gran revolución de internet ha modificado nuestro comportamiento y nuestro cerebro que ahora se ve conectado a la máquina que es sumamente inteligente, a la vez que nosotros nos hacemos más tontos.

Supongo que siempre habrá alguien que sacará el tópico más manido de todos, el que corre por las redes sociales como el gran mantra de nuestro tiempo, y no es otro que considerar solo el tiempo presente, el único que existe, y  que el que esto escribe es un profesor aquejado de nostalgia del tiempo pasado. Y siempre habrá alguien que se sacará de la chistera un argumento adocenado como el de que “el tiempo pasado es anterior no mejor". Sin embargo, yo pienso que el ser humano tiene la posibilidad de contrastar tiempos distintos que han formado parte de su fluir vital. Hablo del tiempo anterior a internet en que éramos en general más profundos y densos. Y nos esforzábamos más en buscar la información precisa, y llegábamos a ella también. Y nos comunicábamos. Y buscábamos expresar mediante el lenguaje argumentos complejos. Y teníamos también una educación estética y nos gustaba a muchos pensar de modo individual. Ahora no digo que no exista, claro que existe. Siempre hay salvajes que se enfrentan a su tiempo. Pero la ideología de las masas que domina el mundo es desoladoramente trivial y carente de personalidad, y además está dominada por la desarticulación y la pobreza del lenguaje que se exhibe sin ningún tipo de pudor.


El ser del siglo XXI es más frágil, más inconsistente, más banal y, sobre todo, más impaciente y quiere solucionar todo con un clic que ponga a su alcance la solución a cualquier duda, conflicto o situación. Y lo hace con una arrogancia nueva y demoledora.

sábado, 11 de enero de 2014

Dieudonné M'Bala M'Bala un humorista que la arma.



Leo la prensa todos los días buscando alguna inspiración pero hoy nada me ha llamado, salvo las noticias sobre ese cómico de madre francesa y padre camerunés, Dieudonné M’bala M’Bala,  que está poniendo en jaque a la política francesa por la prohibición que ha recibido del ministro del interior Manuel Valls y el Consejo de Estado francés de llevar a los escenarios su espectáculo Le mur acusado de incitación al odio racial por sus críticas demoledoras contra los judíos y la banalización del Holocausto. Dieudonné está cercano simultáneamente a las posiciones del Frente Nacional y el islamismo radical. Tiene en facebook más de medio millón de seguidores y sus espectáculos venden miles de entradas al haberse convertido en el héroe de los marginados de las banlieu en que viven centenares de miles de musulmanes y que asumen con entusiasmo el gesto inventado por el humorista, la quenelle, que se afirma que es un homenaje al saludo nazi pero al revés, aunque en otro sentido se afirma que es un gesto antisistema que representa a los excluidos de la sociedad francesa. La polémica está servida ya que aunque una buena parte de la opinión pública está de acuerdo con la prohibición tras siete condenas firmes de la justicia por incitación al odio racial, hay también importantes sectores incluso en la izquierda que condenan la prohibición por instaurar la censura previa lo que es un peligroso precedente en la política cultural de un país que hace gala de su libertad de expresión.

Dieudonné tiene miles de seguidores que han estallado indignados por la prohibición de su gira por veintidós ciudades francesas y lo ven como un ataque contra ellos. Por otra parte, es innegable que la campaña gratuita de publicidad que está recibiendo el cómico francés de 47 años es impresionante. Hoy todo el mundo en Francia sabe quién es, y muchos, a pesar del escándalo y su prohibición estarían dispuestos a querer ver su espectáculo aunque solo sea por morbo.

El cómico tiene un innegable talento y ha sabido dar en uno de los lugares sensibles de la compleja sociedad francesa que cuenta con millones de musulmanes que se sienten fuera y rechazados por el sistema. Recordemos los episodios de quema de miles de vehículos hace años en los barrios periféricos de las grandes ciudades francesas cuando todo un sector juvenil saltó como en plena intifada contra el poder y el sistema. Y es debido a su habilidad como logra aunar su cercanía al Frente Nacional de Le Pen y la simpatía por el islamismo radical. Más en un tiempo en que se prevé la subida del porcentaje de votos del partido ultraderechista francés en las próximas elecciones.

Su antisemitismo también incide en la sociedad francesa mezcla por el rechazo al sionismo del Estado de Israel que suscita un amplio rechazo y también por la creencia extendida de que son los judíos los que controlan el mundo. Así sus críticas banalizadoras del holocausto son el colofón a una visión del mundo que lo relativiza frente a otras matanzas habidas en el siglo XX y que no han recibido tanta publicidad. Además el antisemitismo sigue latente en una Francia que en buena parte colaboró con el régimen nazi mediante el gobierno de Vichy y deportó a miles y miles de judíos a los campos de exterminio nazis.

Muchas veces he sospechado que detrás de las críticas muchas veces justificadas al estado del Israel por su política antipalestina se agazapaba un fuerte antisemitismo que no quería reconocerse como tal y que se justifica por la solidaridad con el pueblo palestino. Sin embargo no escucho voces que se estremezcan por la matanza de la población siria por el ejército del Assad que masacra a su pueblo. Ni por la política represora de las mujeres llevada a cabo por Irán o su persecución de homosexuales. No quiero ni pensar si fuera el estado de Israel el que la llevara a cabo. Esto me lleva a pensar que existe un profundo antisemitismo en la sociedad europea, incluida la española, que explota el cómico francés con éxito extraordinario y que lleva a la Quinta República a establecer la censura de un espectáculo creando un precedente que hace de Dieudonné una víctima del sistema y generando centenares de miles de seguidores que hacen de él un héroe épico.



domingo, 5 de enero de 2014

Mi vida y los diarios



Empecé a los doce años, tal vez antes. En libretas de tapas duras. Allí consignaba qué era mi vida, qué me pasaba, cuáles eran mis zozobras, mis lecturas. Un verano de mis doce años me leía veinte veces o más La isla misteriosa de Julio Verne. La acababa y la volvía a comenzar. En ese diario fijaba el despertar de mi sexualidad, mis lecturas, las relaciones conflictivas con mi madre, hasta que un día me lo cogió y lo leyó. Violó mi intimidad. No hay dolor mayor en esos años de adolescencia que convertirte en transparente ante los ojos de los demás. Seguí escribiendo diarios pero esta vez en una clave que me inventé cambiando las vocales. Así me atreví a relatar mis turbulencias sexuales, mis fantasías con las chicas, mis lecturas de noveluchas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía, mis conflictos en el colegio. Así a lo largo de mi vida hasta la actualidad me he sentido atraído por fijar mi día a día, a relatar mis viajes en que me paso buenas horas escribiendo sobre qué estoy viviendo. Guardo montones de diarios de las distintas etapas de mi vida. A veces los decoraba con dibujos y con fotografías. Me obligaba a escribir una página al día sobre lo que había sido esencial en esa jornada. He utilizado todo tipo de libretas. No sé si tienen algún interés y no sé qué pasará con ellos el día que muera. Me inquieta en ser transparente algún día para alguien que los pudiera leer. A veces he escrito sin pudor y eso es peligroso. Ahora escribo con más prudencia, como si esos diarios –ahora en formato digital- pudieran ser leídos por alguien, tal vez mis hijas que rastreando mi ordenador pudieran descubrirlos.

Releo mis diarios de los años ochenta y noventa del siglo pasado. Son un prodigio de cuidado caligráfico y de diseño. Cada día en un dietario azul, rojo o verde, consignaba con una total sinceridad qué había hecho en ese día, que había pensado, qué películas había visto, qué libros había leído, las relaciones con mis amigos, mis salidas nocturnas, lo que comía, mis momentos de ebriedad y alucinación, cuáles eran mis pulsiones sexuales. Fueron años apasionantes. Sin embargo, cuando alguna vez releo lo que fue ese tiempo en su intensidad máxima, no me reconozco. Es como si leyera algo sobre alguien desconocido, no me reconozco en su voz, o sí, me reconozco pero lo veo lejano como si yo no fuera yo. Era otro. Y no me reconozco en el orden de las cosas según mis recuerdos. Mi memoria ordena los hechos de otra manera. La comparación con la realidad de lo que fue, encarnada en esos diarios, me sorprende, la historia ficcionalizada y construida de mi vida es diferente a lo que yo escribí cuando estaban pasando las cosas. ¿Qué es real? ¿Qué es más real? ¿Lo que yo, con afán de escribano, transcribí cuando estaba pasando o lo que yo he construido en mi memoria, eso teniendo en cuenta que cuando yo escribía también estaba ficcionalizando por notario que fuera de mi realidad palpitante? Porque entonces cuando redactaba al final de cada día también estaba inventando y construyendo un personaje ficticio. Se enfrentan así dos ficciones y no sé cuál es más real porque yo ya no soy aquel que fui. He perdido muchas cosas en el camino y he incorporado otras. Yo no era padre entonces y escribía con total despreocupación sobre mis circunstancias. Era como si fuera un juego sin consecuencias. Me imaginaba héroe de una vida singular y cada día lo convertía en una aventura, necesitaba dar dimensión épica a los hechos banales de mi devenir para convertirlos en literarios. No en vano me he pasado mi vida leyendo. No sé qué parte de mi vida es real y cuál es inventada. Y la verdad es que no me importa demasiado deslindarlo. Alguien puede llevar una vida apasionante sin salir de su habitación, quiero creerlo. Depende de lo que pase en el interior de su mente. Y mi mente siempre ha tendido a crear relatos novelados de lo que era una realidad, tal vez trivial. No sé qué pensará quien contemple, si es que alguien la contempla, mi vida concreta. Representa la expresión más adocenada de la vida burguesa, esa que Pier Paolo Passolini contemplaba arrojándole ácido clorhídrico. No sé qué pasaría si se presentara un dios en mi vida como plantea Teorema. No sé qué pasaría si mi vida se enfrentara a la dimensión de lo absoluto. Quiero creer que cada uno crea sus universos íntimos y que los va ensanchando, que van creciendo como expresa ese fenómeno del Big Bang. Esto me sorprende en la vida de los demás. Imaginemos que todos vamos creando un personaje ficticio como protagonista de nuestra vida, y que nuestro cosmos interior va creciendo misteriosamente. ¿Quiénes hablamos cuando nos encontramos? ¿Qué dimensión se pone en juego cuando dos personas hablan? ¿Uno puede adentrarse en el misterio que suponen las vidas ajenas o nos quedamos más bien en la superficie más externa? A veces siento que mi yo profundo, si es que existe el yo, no puede manifestarse externamente, como si hubiera quedado subsumido en su interioridad, como si hubiera crecido más hacia dentro que hacia fuera. Me cuesta salir, en mis diarios doy salida a ese magma interno incomunicable, en mis posts también le doy una oportunidad. Siento la vida como un enigma y tiendo a creer que es una sucesión de personajes que se desconocen unos a otros. El niño que fui hasta los seis años, el adolescente problemático que anduvo desorientado, el reencuentro con la literatura a los dieciséis años, mi misticismo y mi tendencia a lo simbólico, mi vocación valleinclanesca para inventar mi vida, mis viajes de los veinte años al oriente y Alaska, mi contacto con el zen y el teatro, el travestismo real e imaginario, la pedagogía salvaje antes que ser profesor se convirtiera en aridez y conformismo, el ansia por transformar la realidad como si la magia existiera, y la literatura siempre presente en mis días, y mi obsesión por transcribir sueños como si fueran de lo más real de mi vida evocando a Fellini.


Todo esto va configurando mis diarios en una sucesión cambiante día a día. A veces no soy capaz de reconocerme en el que fui hace un mes. No me atrae la realidad de personas que se rinden al tiempo, que se someten, que se hacen unidimensionales, que no se reinventan, que no ahondan en su universo interior; me gusta contemplar en cambio la magnitud de la  magia de personas totalmente normales que hacen de su vida algo hermoso y que se arriesgan. Soy muy consciente de esa dimensión extraña que hace a los seres humanos, no conozco a los perros, únicos, y, desde esa atalaya, contemplo y narro mi propia vida inventándola, convirtiéndola en ficción, sabiendo que todo es un juego en el que lo importante es no rendirse y no resignarse, aunque haya veces en que uno piensa que está cayendo en la grisura. Pero ¿cómo comprender la grisura, el alcohol, la mediocridad, si no es experimentándolos? ¿Cómo llegar a ser sin haberse atrevido a ser un hombre vulgar que un día despierta y lanza su flecha al cielo sabiendo que no va a caer, que una flecha que se lanza busca su objetivo que no está en otro lado sino en el propio dolor de existir y en la dicha de haber nacido sin saber a ciencia cierta si uno es real o es pura sombra, pura ficción creada por un extraño geniecillo que se entretiene jugando?

viernes, 3 de enero de 2014

El libro de mi vida



Quien pasee por las páginas de facebook o por las estanterías de las librerías no dejará de notar la abundancia insólita de sentencias, adagios y aforismos que expresan cómo deberíamos vivir, mostrándonos la dirección de nuestra existencia trayéndonos frases de famosos escritores que dejaron plasmada su concepción de la vida y que se condensa en una oración sentenciosa que parece irrebatible ya que nos lleva necesariamente a vivir el aquí y el ahora, a gozar del presente, a iluminar nuestro día a día con la luz de la esperanza, a saber que nuestros pensamientos son los que crean nuestra realidad... Me pregunto el porqué de esta saturación de literatura sapiencial en forma de píldoras benefactoras para nuestro sentido vital. No sé si son reflexiones que la gente se hace sobre su propia vida y que pretenden ser exportadas a los demás con la mejor intención del mundo. El que más y el que menos tiene unas frases que evidencian el verdadero sentido de la vida. Además existe una prolija lista continuamente renovada de libros de autoayuda que baten records diciendo quién se ha llevado el queso... o los periódicos tienen secciones de psicología práctica en que se nos enseña cómo tenemos que tomarnos la vida.

Sin embargo, cuando leo que alguien me proyecta una frase de esas, me sumo en el sopor y deslizo mi mirada hacia otro lado. No hay nada que me desagrade tanto como la necesidad de exportar fórmulas de vida bienintencionadas que no sirven para nada. Son solo frases huecas por brillantes que puedan parecer y por ilustres que sean sus autores. No creo que la vida pueda ser concentrada en una sentencia. Nacemos a la vida sin manual de instrucciones y hemos de aprender a navegar en ella creando nuestra propia sabiduría que raramente será exportable. Bastante tenemos con aprender a vivir como para ser además instructores de la vida de los demás. La sensación que nos produce vivir es perplejidad. Nada hay totalmente cierto, todo es inestable, no hay formulación por precisa que pueda ser que no sea rebatible. Nos movemos en un mundo de realidades contradictorias, en un mundo de sombras, en un mundo de incertidumbres en que el día a día es enigmático sumidos en el tic tac del reloj inexorable que nos conduce a la muerte. Y, sin embargo, hemos de extraer un sentido a nuestros días para que nuestra vida adquiera densidad. Hemos de aprender a reír en medio de la tormenta sabiendo que en el fondo todo es una broma gigantesca, incluso a veces bastante macabra. En pocos días me he enterado de personas ligadas conmigo por la amistad que han sufrido anginas de pecho, cáncer o que padecen Parkinson. Y me asombra y maravilla la fuerza que saca a veces el ciudadano anónimo para enfrentarse a su devastación y enfermedad. Los seres humanos se hacen grandes en la dicha pero especialmente en la desgracia. Somos pasajeros de un tren que no lleva a ninguna parte. O eso intuimos. Entretanto jugamos, entretanto reímos, entretanto leemos o gozamos de las cosas. A veces con la inconsciencia de ponernos una venda delante de los ojos no queriendo saber. Saber es complicado.

Estamos abocados a la nada, de ella venimos y a ella volvemos. En realidad es bastante divertido y ello quita drama al asunto. Lo más que podemos hacer es dibujar un perfil propio, dejar un esbozo de nuestro paso por el mundo que percibirán quienes estén cerca de nosotros. Aprendemos cada día que se abre paso en el devenir del tiempo. Hay pocos seres realmente personales y originales. La inmensa mayoría somos ecos de otros ecos. Pero aun siendo ecos podemos aspirar a vivir personalmente a pesar de que nuestras cartas estén marcadas.

No hay nada tan apasionante como la aventura de vivir sin fórmulas, sintiendo el vértigo del tiempo en nuestro rostro. Yo suelo escribir sobre mi día a día, queriendo dejar constancia del tiempo vivido. A veces escribo con profunda desesperación y a veces lo hago con esperanza, a veces con temor,  a veces con euforia o alborozo. La vida es una partitura compleja que me gusta disfrutar lentamente. No me molestan los momentos de oscuridad, los sufro como una parte del conjunto y procuro no hundirme en ellos demasiado. Sé que son tan impermanentes como los momentos de gozo. Sé que estoy en tránsito en un tren espacial que me lleva irremisiblemente a algún lado pero no sé adónde. Esto tiene su qué.

Hubo un tiempo en que busqué en la buena literatura fórmulas de vida, cuando los libros de autoayuda todavía no se habían popularizado. No me sirvieron para nada excepto para disfrutar de la buena literatura. Y algo he aprendido para comprender mi propia existencia y es que solo el arte nos ayuda a descifrar el enigma del tiempo. Solo el arte nos lleva a trascender, a saber que somos muy relativamente importantes, que solo somos un instante de luz en medio de las sombras. Esto me consuela de mi tendencia al narcisismo, una dolencia que me aqueja pero que sé poco importante.

A veces sueño con haber sido artista, músico, actor, viajero, bailarín, escritor, cartero, impresor, hippy, poeta... pero solo he llegado a ser profesor en la secundaria, un profesor sin demasiado éxito y que se siente alejado de la profesión. Intento conjugar todas mis contradicciones sabiendo que son irresolubles.


Pero al final suena una canción alegre y me pongo a bailar. O si no, me pongo a leer o me voy al cine, o me abrazo por las noches a quien me ofrece puerto seguro en la vida, o converso con mis hijas adolescentes o me pongo a gritar cuando pasa el tren y así alivio mi angustia de vivir, un vivir en que sé que las fórmulas son palabras, solo palabras que tal vez sirvieron al que las escribió, pero que yo sé que he de ser yo mismo el que escriba el libro de mi vida.

sábado, 28 de diciembre de 2013

El peor pecado de nuestro tiempo



Paso unos días con mis sobrinos gallegos. Tienen nueve y diez años. Son unos niños totalmente normales, como sus compañeros, como la inmensa mayoría de los niños de su edad. Los observo y juego con ellos estos días de Navidad. Para ellos el tiempo pasa al lado de una pantalla, sea el ordenador, el teléfono móvil de otros tíos, la Wii, la tableta que compró su madre. Ahora tenemos dudas sobre qué regalarles para reyes, pero en el ambiente está una cónsola Nintendo DS2 o DS3 sobre cuyas peculiaridades he de imbuirme estos días. Ya me he enterado de precios. La posibilidad de regalarles algún juguete de esos que aparecen en catálogos resulta totalmente lejana. Ya no se sienten atraídos por esos artefactos que pertenecen a años anteriores. Ahora tengo a uno de ellos jugando a un juego interactivo en el otro ordenador. Está absorbido totalmente por la virtualidad del juego. Antes jugaba con el iPhone de un familiar hasta que se ha ido. Esto ha sido después de haber visto en la tele una película de acción que grabamos. Mañana iremos a ver una película en 3D, creo que bastante mala, que es Caminando entre dinosaurios. No hay ofertas más tentadoras para ver en el cine que eleven su cultura cinematográfica.

Su vida y sus intereses pasan por la pantallas y el movimiento vertiginoso de las imágenes. No les he visto coger un libro estos días, salvo para hacer deberes y uno de ellos ha estado leyendo una página lo que le ha supuesto un gran esfuerzo y no le he visto especialmente entusiasmado.

Es muy difícil que estas generaciones nativas digitales, habituadas a la velocidad del cambio de pantallas, y a los juegos de acción, puedan tener interés por lo que pasa dentro de un artefacto anticuado y lento como es un libro. Podemos hablarles de que los libros abren el camino a otras vidas, a otras experiencias, que desarrollan su imaginación, que amplían su cultura... pero tenemos la batalla realmente muy complicada ante los saltos intertextuales en internet y los juegos en red que generan una atención parcial discontinua y que les imposibilita seguir un desarrollo lento y moroso de lo que es un texto literario que es esencialmente lineal. Yo soy un lector contumaz, leo muchísimo, pero observo en mí que cuando leo una obra de ficción durante quince minutos, necesito desconectar durante dos o tres minutos y mirar mi correo electrónico con el iPad que tengo al lado, o mirar Facebook o las noticias del periódico. No soy capaz de mantener una atención continua durante largo rato. Mi mente está diseñada para la interrupción y lo fragmentario. Eso no impide que me lea uno o dos libros por semana, a veces de mil páginas, pero no puedo mantener la atención sin parar unos minutos para seguir posteriormente la lectura. Esto no es lo que recuerdo de mi juventud y primera madurez en que era capaz de mantener la atención durante largo tiempo en la lectura sin distraerme.

Me apasiona leer y captar el sentido unitario de una novela, a pesar de los lapsos de distracción que la van contrapunteando. Mi mente ha sido modificada por la irrupción de internet y el mundo digital. Pero si yo me observo y considero que tengo una atención parcial discontinua, yo que he sido formado en la disciplina lectora de otro tiempo, ¿qué será de estos muchachos que navegan libremente por internet desde los seis o siete años, si es que no han tenido acceso a smartphones y tabletas desde que tenían  dos o tres años como sé positivamente que sucede en bastantes casos?  Nuestro cerebro se ha adaptado a otro tipo de tempus narrativo en el que suceden cosas continuamente y a velocidad frenética, además de ser fragmentario y cambiante. No se soporta la continuidad y la estabilidad ni por supuesto la lentitud o los tiempos muertos. Por eso la gran tortura que supone para los niños y adolescentes el aburrimiento, acostumbrados a la acción sin parar.

Recuerdo que Juan Ramón Jiménez niño pasaba largas horas en su jardín de Moguer mirando la cambiante luz, la forma de las hojas de los árboles, los juegos de sombras, y escuchando el murmullo de la fuente, la campanadas de la iglesia, los trinos de los pájaros, y se sumía en una quietud contemplativa de la realidad que le llevó a desarrollar profundamente su imaginación poética.

Hoy los niños viven en realidades esencialmente virtuales y artificiales, tienen graves dificultades para observar el mundo que no pasa por una pantalla a ritmo rápido y con ágiles efectos especiales. Su realidad es lo que pasa dentro de una pantalla grande o pequeña, y lo demás son interrupciones como las clases, como los libros, como las conversaciones hacia las que no se sienten nada predispuestos. No es casual el cambio que se ha operado en la docencia en la que recuerdo hace veinte años una sensación de continuidad y de facilidad para mantener la atención, frente a la inestabilidad de la mente de los niños y adolescentes (y adultos) de hoy en día que necesitan vitalmente la interrupción, el cambio de ritmo, la sucesión de estímulos cambiantes que mantengan su mente en estado de alerta. Sencillamente no pueden mantener la atención, es para ellos una tortura, su mente no está diseñada para ello.

No sé qué consecuencias puede tener para la continuidad de nuestra civilización la formación de generaciones tan inestables y fragmentarias para las que el conocimiento del pasado es lejano, lento, aburrido, estático. Y por supuesto los libros, por bien intencionados que sean, forman parte de ese pasado que ellos no pueden soportar, ya que necesitan el estímulo de la recompensa inmediata cuya dilación es realmente abominable.


El peor concepto de este tiempo no es el relativo a la maldad, a la deformidad moral, o al crimen más abyecto. Todo esto se puede aguantar y comprender, pero lo que no se puede soportar es el aburrimiento. Las cosas pueden ser todo, incluido inmorales, pero no pueden ser aburridas.

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