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martes, 14 de mayo de 2013

La literatura y las redes sociales



“Al contrario de lo que hacen algunos profes, más que sacralizar el Quijote deberíamos desacralizarlo, bajarlo de esa nube de elitismo que nosotros mismos creamos”.

Este es el punto de partida de mi post, un fragmento de una respuesta de Toni Solano a mi comentario sobre la lectura de El Quijote por parte de adolescentes.

Me ha sorprendido y no me ha sorprendido. Conozco las posiciones de mi amigo bloguero del alma con el que mantengo comunicación desde 2006 y él ha seguido mis circunvoluciones personales y blogueras con una entrañable fidelidad.

¿Contribuimos a sacralizar El Quijote los profesores que lo consideramos una obra maestra inigualable? ¿Alejamos por tanto de su lectura a presuntos lectores que la asumirían si les fuera presentada en unos términos más modestos? ¿Tal vez como una buena novela? ¿Tal vez como unos sketches en que aparecieran representados Sancho, Don Quijote y Dulcinea en la vida cotidiana? ¿Hay que bajar El Quijote a unos términos más humanos y cotidianos? ¿Adecuarlo a los diferentes ritmos de una juventud fragmentaria y marcada por las redes sociales? Sin duda, esta es la posición de Toni y ello me representa un hito interesante que leo con suma atención.

Sin embargo, algo me llama la atención. En mi juventud, ya lejana, yo aspiraba a conocer modelos que estuvieran en lo alto, que sobrepasaran la trivialidad, que fueran en alguna manera superlativos... que contuvieran trazos de genio que me alumbraran y distrajeran del vulgar acontecer de los días y de las cosas. Así se hizo mi afición lectora: mitificando a autores, dejándome admirar por Samuel Beckett, Cortázar, Henry Miller, Anaïs Nin, Lawrence Durrell, Kerouac, Kafka, Dostoievski, Tolstoi... No sé cómo yo leí pero todo me llevaba a encumbrar a una serie de autores que me parecían cimas inescalables en el espíritu humano. Shakespeare, Molière, Milton, Dante, Cervantes... Leí El Quijote a mis 21 años introducido por un excelente profesor que me hizo apreciar la genialidad de esta creación, y lo leí con reverencia, sabiendo que me enfrentaba a algo excepcional ante lo que me inclinaba. Luego he aprendido a saber que Cervantes era no solo un genio sino alguien profundamente humano que tuvo una impresión en vida de fracaso que no logró atemperar el éxito de una obra presuntamente humorística que fue despreciada por los estudiosos españoles por la gran admiración que causaba entre los británicos.

Me pregunto por qué un adolescente de hoy en día tiene que consumir carne enlatada, que no le asuste, que no le lleve a pensar que se enfrenta a una cima del pensamiento y la literatura. ¿Por qué no le puede atraer el saberse ante algo radicalmente diferente y que esto le estimule a saber más del genio que lo produjo?

Algo de la respuesta a esto me lo dan las redes sociales en las que soy colaborador. Tengo cuenta en Facebook y en Twitter. Allí escriben en horizontal igualdad el que dice que le pican los sobacos como el que recoge el más sensible pensamiento. Hay una línea del tiempo en que se van sucediendo los estados de ánimo, unos airados, otros francamente positivos, pero con un tono semejante al que nos presenta las revistas del corazón en que vemos las más vistosas biografías a nuestra altura y ofrecidas a nuestra contemplación. Nada hay grande, nada hay demasiado grande... todo alcanza un tono medio trivial en que la realidad es diseccionada sin apelar a algo que nos sobrepasa, que está más allá de nosotros...

Este es el mundo en que nuestros alumnos adolescentes se forman. En él no hay mitos, en él todo es horizontalidad y sirve igual un pensamiento elaborado que un regüeldo mental. ¿Cómo entender que ciertas obras literarias, que la literatura misma  guarda un lugar de excepción en el espíritu humano? ¿Cómo hacer horizontal a Cervantes? ¿Cómo hacer cercano a Dostoievski? ¿Cómo demostrar que aquello que los hizo únicos hoy constituye carne que circula en las redes sociales que horizontalizan la realidad, la literatura, la historia de las religiones, la cultura?

¿Ya no tiene sentido lo que estimula sentimientos que van más allá de lo trivial? Mi historia como profesor tiene varias etapas y esta es una de ellas, pero yo soy consciente de que hubo un tiempo no demasiado lejano que lo único, lo singular, lo excepcional eran motivos suficientes para ser acogidos con entusiasmo para aquellos espíritus que se identificaban con lo que se salía de los cauces de la normalidad.

Hoy vemos a Cervantes, y a Kakfa y a Dostoievski a través del prisma que nos ofrecen facebook o Tuenti. Es el signo de los tiempos, y ello no permite en ningún caso la mitificación, el pensar que haya algo que vaya más allá del rascarse los sobacos y que aspire en alguna manera a expresar un modo auténtico, arriesgado y original de contemplar la realidad y el mundo.

¿Qué son Don Quijote y Sancho? ¿Quién es Gregorio Samsa? ¿Quién es Raskolnikov? ¿Hemos de hacerlos actuales, contemporáneos a nuestros tics, a nuestras nuevas obsesiones, a nuestro modo horizontal de entender el mundo, a nuestros comentarios en facebook con el clásico me gusta que revela la enorme pérdida de complejidad del pensamiento? ¿Hemos de acercarnos a ellos evitando la sacralidad o hemos de creer en ella?

Mi experiencia como profesor es en este sentido compleja. Mis alumnos dicen que soy peligroso porque soy demasiado filosófico, tiendo a extraer de mis comentarios factores que llevan a la consideración de la obra de arte con extrañeza y ello contrasta con la percepción de mis alumnos que se sienten confusos cuando ellos están habituados a la consideración llana de la realidad, la apegada a las redes sociales. No entienden que yo les estoy hablando de otras dimensiones a las que solo se es accesible desde una visión compleja y sacra del acto creativo. Sé que navego en contra de los tiempos, sé que no es lo que se habitúa, pero me he dado cuenta de que es lo único que soy capaz de hacer. Presentar lo literario como el reino de la extrañeza  y de la singularidad, en una realidad que se entusiasma por ser igualitaria y vulgar. Es una apuesta arriesgada y condenada, lo sé, al fracaso. No se puede ir contra el espíritu de época. Es así.

domingo, 12 de mayo de 2013

Subiendo el Pedraforca el 12 de mayo de 2007



Doce de mayo de 2007. Iniciaba con mi cuñado Iván mi cuarta o quinta ascensión del Pedraforca, una montaña singular de 2600 metros en la comarca catalana del Berguedà. Es una montaña que ha jalonado mi historia vital. Y pretendo que lo siga haciendo, pues deseo ascenderla de nuevo en cuanto tenga oportunidad.

Aquel 12 de mayo tomamos una vía que no era la que he hecho en otras ocasiones. No. Decidimos, pese a la nieve abundante, subir por el Coll del Verdet que se hacía menos árido que por la Tartera que no es sino una subida continua por el cuello de la montaña hasta que se asalta en último lugar el ascenso a la cumbre. Nos habían advertido que el Coll del Verdet era más peligroso y que habría mucha nieve. Aun así nos decidimos por esa vía que, efectivamente, era mucho más hermosa y variada. La mañana era clara y el sol y la luz nos sonreían. Iván iba delante y yo detrás pasando los neveros en los que nos hundíamos hasta más allá de la rodilla.

En un momento el panorama cambió y hubo que trepar por rocas verticales. Íbamos varios en fila, unos detrás de otros, pero a cierta distancia. Yo no era consciente de quién iba detrás de mí y veía a Iván mucho más arriba. Empecé a escalar buscando puntos de apoyo con mis manos y mis pies. Había que tener mucho cuidado y articular con precisión los puntos de sutura con la roca. Y así hubo un momento en que la ascensión fue de varios metros de altura sobre el vacío.

Entonces, recuerdo, iba ascendiendo y trepando con alguna facilidad. En ningún momento fui consciente de que podía haber peligro. Estaba tan concentrado en mis manos y mis pies que solo prestaba atención al instante presente. El mundo se iluminaba en ese aquí y ahora que, cuando ocurre, el ser se trasfigura y adquiere ligereza y sentimiento de plenitud.

Seguía trepando por las rocas, hasta que en una milésima de segundo en que había alzado mi pie derecho y subido mis manos para alcanzar otros puntos fiables de apoyo, advertí con sorpresa que mi pie derecho había quedado sin sostén y estaba en el aire, completamente en el vacío. Fueron milésimas de segundo en que advertí que mi equilibrio sobre la pared era imposible y que iba a caer hacia atrás contra las rocas que había debajo a varios metros. No sentí miedo, solo sorpresa ante lo que sería sin duda mi final sin remisión. Me despeñaría contra las afiladas rocas. Fueron microsegundos que aun tengo en mi conciencia y no puedo decir que toda mi vida pasara por mi mente, pero sí que no sentí pánico en un nanoinstante en que mi vida estaba a punto de acabar.

Iba a empezar a caer.

Sin embargo, en ese nanosegundo de impasse en que yo era consciente vívido de mi caída y contemplaba admirado la situación, una mano vino por detrás con energía y me sujetó a la roca en el preciso instante en que iba a empezar a despeñarme. Alguien que venía detrás de mí, no sé cómo, había sido consciente de la situación y con una velocidad de vértigo tomo la decisión instintiva de abalanzarse sobre mí y sujetarme el tiempo suficiente para que yo pudiera tener otra oportunidad y buscar puntos de apoyo para agarrarme a la pared, como así hice. Aquella persona era un joven que llevaba la camiseta de la selección argentina. Me preguntó cómo estaba. Yo le dije que bien. ¿Necesitas ayuda? No, estoy bien, y seguí ascendiendo. Mi compañero Iván no fue consciente de nada. Todo aconteció en un microsegundo en que el universo entero giró en torno de mí. Aquel muchacho me había salvado la vida. La idea me perseguía y no me explicaba cómo había podido ser. ¿Cómo había podido estar tan consciente de mi situación cuando la ascensión era tan comprometida y exigente que uno tenía que estar pendiente de sí mismo? ¿Cómo había reaccionado a velocidad de vértigo para sujetarme? ¿Cómo iba tan cerca de mí cuando yo no me había dado cuenta de tener a nadie tan próximo?

Al llegar a la cumbre lo vi y fui a saludarlo. Iba con otro compañero. Nos miramos fijamente y le di las gracias con una profundidad extraña. Él me dijo que no había sido nada, que tal vez él había estado en mi destino aquel día. No supe qué decirle. Le di la mano y fui a fotografiarme en la cumbre aquel doce de mayo que pudo bien bien ser el último de mi vida.

Los días siguientes repasaba todos esos instantes intentando buscar algún sentido a lo ocurrido. Era por un lado inimportante y a la vez revestía la diferencia que existe entre la vida y la muerte. Yo no debía estar allí para contarlo, pero estaba. Había tenido una nueva oportunidad. ¿Qué significado profundo guardaba aquello?

Han pasado seis años y hoy vuelvo a ello, rememorando el instante en que mi biografía pudo estar acabada y todavía no he encontrado una respuesta que me aclare el porqué de aquello. Nunca más volví a ver a aquel muchacho que llevaba una camiseta albiceleste, aunque me dijo que iba a participar en la clásica caminata a Montserrat que hacemos cada año. Se desvaneció en al aire, tal como había llegado. 

sábado, 11 de mayo de 2013

Estados rutinarios en el aula



¿Qué seríamos sin la rutina que da sentido y continuidad a nuestra vidas? ¿Qué sería un centro de enseñanza sin la correspondiente rutina que asegura horarios, profesorado, materias, tareas, tiempos de descanso, programaciones didácticas? Sin la rutina no seríamos mucha cosa. La rutina va unida a la idea de tópico, lo esperable, lo que tenemos seguro, lo que siempre es así; nos da seguridad, nos hace confortable y cálido el mundo puesto que solemos hacer diariamente las mismas cosas, nos sentamos en los mismos sitios, decimos cosas parecidas y pensamos igualmente de un modo homogéneo y rutinario… Es lo que produce sin lugar a dudas esa abundancia de lugares comunes (topoi) que son habituales en el pensamiento, y a ellos nos aferramos como claves de vida… La rutina nos hace previsibles, nos hace humanos, nos hace confiables. Las personas que nos conocen se fían de nosotros precisamente porque saben que vamos a reaccionar de un modo predecible. Así es la vida de previsible, y tememos lo que nos saque de dicha rutina lo que sentimos como una amenaza a nuestra seguridad, a nuestro estatus existencial.
Esto aplicado a la vida escolar tiene unas consecuencias importantes. Nuestros alumnos vienen al instituto por rutina, tienen sus mentes preparadas para la rutina, actúan y trabajan (es un decir) por rutina… Es la forma más potente de asegurar el esfuerzo continuado. Crear rutinas previsibles, fáciles, mecánicas… Estas son esperadas para dar una constancia a la personalidad, al hecho de estar en el instituto. Un profesor que asegure las rutinas, tiene mucho de ganado. Estas tienen algo de mantra budista. Su repetición hace distender los músculos y facilitar la concentración en tareas sencillas. 
La rutina libera, es cierto, pero también encadena siempre a las mismas perspectivas, a los mismos lugares comunes que expresan siempre las mismas ejecuciones mentales, del mismo modo, así hasta el infinito. Solo los ritmos naturales de transición de las estaciones y las fechas del año van cambiando nuestra posición en el mundo haciendo que tengamos días de trabajo y días de asueto.. Es la presencia del tiempo cíclico que asegura una cierta renovación en nuestras rutinas mentales y hormonales. No sentimos del mismo modo en invierno que en primavera. Esto nos produce excitación y angustia a la vez.
La rutina es necesaria pero todos sabemos el poder que tiene intentar romper la rutina. La rutina asegura un lugar en el mundo pero los adolescentes quieren romperla (la indisciplina, los desafíos, los estados conflictivos…) Es un juego interesante el que se establece entre el profesor que tiene que asegurar la rutina (aunque pretenda dentro de ella, provocar la sorpresa -dentro de un orden-) y los alumnos que quieren romperla. Es el poder del profesor y su capacidad de encauzar el caos y la entropía el que hace que por fin, si hay suerte,  prevalezca la autoridad, el orden y, por fin, la rutina, que tranquilizará a los alumnos que la necesitan puesto que en el universo de la rutina el tiempo paradójicamente pasa más rápido, se es menos susceptible de caer en la angustia. De hecho es la fuerza del profesor la que hará que este reino sea posible. Un reino de paz y de serenidad debajo del mar tempestuoso de los sentimientos tormentosos de una adolescencia dramática… Y pobre del profesor que pretenda, sin el bagaje suficiente,  crear ritmos nuevos, puede caer en el vacío, si no logra conectar con los lugares comunes de sus alumnos que aseguran su permanencia en el mundo y su relación con el caos.
Y sin embargo, el aprendizaje significativo se da siempre en la excepción, en el descubrimiento, en el viaje a Ítaca  que da dimensión a nuestras vidas, en la iluminación que descubre facetas inéditas de nuestro ser que se ve envuelto en batallas no necesariamente ganadas…
El profesor es un maestro en la generación de rutinas. Son imprescindibles, vitales, para dar seguridad a nuestros alumnos que se sienten, como decía, tranquilizados por ellas y les ayuda a soportar el tiempo (ese terrible escultor -como decía Margueritte Youcernar- no entendido por ellos)… pero también es necesario un espacio para la excepción, para lo nuevo, para los estados mentales desconocidos.
En ese equilibrio que tiene como eje la duración temporal se dirime nuestra tarea docente, entre la necesidad fundamental de las rutinas y la imprescindible ruptura de esos estados que tienden a la repetición y a las ideas siempre iguales que se tienen por verdaderas pero no son más que estados rutinarios, monótonos, tranquilizadores pero empobrecedores, tremendamente previsibles. De ellos surgirá tal vez la excepción a la angustia pero difícilmente saldrá lo nuevo que es lo que da renovación al mundo y prepara a los hombres a los saltos conceptuales; es lo que los creadores tienen como eje fundamental. Son los novadores los que conquistan el mundo y los repetidores los que lo viven pasivamente.
¿Qué hemos de hacer en la escuela en este dilema?  
(Este post fue publicado el 4 de enero de 2013 en Nuevas andanzas de Profesor en la secundaria. Lo vuelvo a editar porque me interesa el debate acerca del mismo). 

jueves, 9 de mayo de 2013

Reflexiones sobre la huelga general en la enseñanza



Hoy es día de huelga general en la educación pública y concertada tanto para alumnos como para profesores. El ambiente en mi instituto es poco propicio a las movilizaciones reivindicativas, lo que se notó en la asamblea minoritaria que se celebró para ver el estado de opinión de los profesores. Asistimos apenas un quince por ciento de los profesores y personal administrativo. El tono de la asamblea era resignado  por el escaso eco que había tenido la convocatoria. El año pasado había reuniones semanales los miércoles pero tuvieron que desconvocarse por la cada vez más minoritaria asistencia de los compañeros.

Hoy la inmensa mayoría están en el instituto sea por motivos económicos y que no le descuenten un día de huelga sea por la certeza de que no sirven para nada las movilizaciones.

Los alumnos tampoco están concienciados para nada. Tuve ocasión de asistir a un conato de debate sobre la convocatoria de huelga en un cuarto de la ESO. La delegada se desgañitaba queriendo saber qué es lo que pensaban sus compañeros sobre los motivos que les llevaban a la huelga (mayoritaria y total). Lo único que fui capaz de escuchar entre el griterío caótico es que querían dormir, y lo demás ni les importaba un pito, ni sabían de qué se trataba ni les interesaba informarse. Así en este sentido han sido seguidas todas las huelgas por parte de los alumnos este año. Con entusiasmo para perder un día o tres de clase y quedarse a dormir.

Me gustaría ofrecer otro panorama de la realidad, pero esto es lo que tengo a mi alcance. Las individualidades con motivación clara de lo que están haciendo son ínfima minoría tanto entre los profesores como entre los alumnos. Se ha oído hablar de la LOMCE y lo que significa pero no se siente un espíritu que salga como un resorte en defensa de la enseñanza pública y su papel dentro de la sociedad. Yo no he asistido a un debate serio en mi instituto sobre lo que supondrá la citada LOMCE en nuestra tarea diaria y en la realidad de nuestros alumnos. Se prevé ciertamente que se acaba la escuela como entorno educativo prospectivo y experimental pues todo habrá de conducir a las reválidas de nivel para las que nuestros alumnos habrán de estarse preparando durante toda la etapa de primaria, de la ESO y de bachillerato en una confrontación total con la filosofía educativa que ha informado el sistema educativo durante veinte años que era fundamentalmente igualadora por debajo. Algunos centros situados en zonas difíciles nos hemos descolgado de los niveles de excelencia por la realidad del entorno social que nos alimenta, y la LOMCE por su espíritu competitivo acentuará nuestro hundimiento pedagógico y social. Si se nos mide por los resultados de nuestros alumnos, hay algunos que quedaremos desahuciados sin posible remisión.

Imagino que la LOMCE viene a enfrentarse a una filosofía educativa basada en el aprender a aprender de carácter comprensivo, que esquivaba la asimilación de conocimientos por la adquisición de destrezas y competencias... Se entendía que había que impulsar más el desarrollo de una predisposición al aprendizaje que el llenado de la mente con datos que están al alcance de cualquiera que tenga un terminal con google.

El resultado, a lo que veo yo, de esta filosofía pedagógica en un entorno humano y social frágil como el que estoy yo, ha sido totalmente desmotivador hacia el aprendizaje. Apenas un diez o quince por ciento de los alumnos están realmente comprometidos con las tareas y el estudio, dominando la desidia y el desinterés por las distintas materias. Y desde luego es un mito que hayan aprendido a aprender con nuestro planteamiento pedagógico que debía propender a hacer una actividad divertida y lúdica el hecho de estar en un instituto.

¿Es la solución la LOMCE que establece reválidas de nivel en cada etapa? ¿Invertirá este estado la realidad apática que estoy viviendo entre la mayoría de mis alumnos que vienen al instituto a todo menos a estudiar? ¿Cómo se encauzará el volumen de fracaso que generará teniendo en cuenta que nuestro nivel actual es casi insoportable (un 30 por ciento no promocionan la ESO)? ¿Qué pasará con los institutos en áreas frágiles socialmente y que se verán hundidos en los rankings que se establecerán en relación a la excelencia?

No sé, yo no veo debate a ningún nivel. Hay muchos temas medulares sumamente conflictivos y los profesores nos hemos acostumbrado a ser piezas intercambiables y fungibles a las que nunca se les ha pedido su opinión para nada y sigue sin tenérseles en cuenta. Es comprensible un ambiente de derrotismo, de negativismo, de impotencia en un debate en el que nos sabemos totalmente fuera de lugar, primero por nuestra renuncia a participar en la realidad sindical organizada así como al entreguismo de los sindicatos que tienen otras prioridades que escuchar a los profesores que, por otra parte, no tienen una opinión fundada acerca de nada o tan múltiple y dispersa que los condena a la inacción y a la renuncia, sabiendo también de antemano que la política educativa y general que impera, de la que será difícil salir, es la de la privatización, la de aplicación de criterios de gerencia en la escuela, en la sanidad, en todo lo que signifique espacio público al que se condena desde el poder a ser meramente subsidiario y asistencial.

Para más inri estos días se han oído voces en la administración catalana de grupos de estudio que proponían eliminar la función pública salvo en la policía y otros grupos de autoridad, lo que supondría la supresión de los funcionarios de educación, sanidad, etc...

No hay día que no oigamos algo más terrorífico que el día anterior, y, en consecuencia, estamos paralizados, apáticos, desmotivados, pensando aquello de “Virgencita, virgencita, que me quede como estoy”. 

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