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miércoles, 31 de enero de 2007

El accidente


Hace unos días en mi barrio tuvo lugar un luctuoso accidente. Una fortísima explosión de gas destrozó varias viviendas a la hora en que la gente se levanta para trabajar. Como consecuencia de la misma murió una niña de dos años ya que le cayó una pared encima. Parada cardiorrespiratoria fue el informe forense. También hubo una veintena de afectados leves que fueron atendidos por estrés emocional o magulladuras.

Aquel día a las seis y media de la mañana notamos la explosión por la trepidación de la cama. Mis hijas se enteraron poco después cuando un vecino nos contó que su hermana vivía en la vivienda siniestrada. Mi hija pequeña, que tiene siete años, quedó comocionada por la noticia. No hacía nada más que preguntar cómo había pasado, cómo estaba la gente… Fue al colegio con su hermana y cuando la fui a recoger por la tarde lo primero que hizo fue interrogarme por las consecuencias de la explosión sin que en ningún momento le revelara que había muerto una niñita. Fue un tema que hablamos mi mujer y yo. Ella estimaba que nuestra hija había vivido con angustia la situación y que si le decíamos que había muerto una bebé no pararía de darle vueltas y probablemente no dormiría por la noche. De tal manera que se lo ocultamos. A estas fechas, hace seis días que sucedió, todavía no lo sabe.

Esto me ha llevado a preguntarme por el oscuro tabú que representa la muerte para los niños en la sociedad que estamos construyendo. Salvo que haya una muerte cercana, imposible de ocultar para los niños, la muerte es un hecho lejano e inabordable. Tengo esa impresión. Es el gran tabú, más que el sexo y la declaración de renta. Si hablamos de la muerte, si admitimos que la muerte existe y que nos puede golpear en cualquier momento, si explicamos con realismo la cuestión a los niños se nos acusa de quererlos angustiar sin necesidad. Ya hay cosas terribles en la vida para que queramos romper esa inocencia, esa cierta creencia en la inmortalidad, en la vida eterna en que creen, tal vez, los niños.

Sin embargo, recuerdo hace dos años, en una etapa metafísica de mi hija, cuando tenía cinco, su insistencia respecto al tema de la muerte. Cada noche me preguntaba que si yo moriría, que si los papás mueren. Lógicamente tuve que confirmarle que sí, pero que sería dentro de muchísimo tiempo, dentro de muchos años. Aun esta respuesta tranquilizadora la alteraba y se dormía inquieta pensando en algo que no quería aceptar.

Socialmente hemos decidido ocultar la muerte, al menos mientras se pueda. Vivimos en un mundo cubierto por papel de celofán en que los niños occidentales crecen hiperprotegidos habituados a narraciones políticamente correctas que eluden la crueldad del mundo y la realidad de la muerte. Los cuentos antiguos eran crueles y la muerte estaba presente en relatos y canciones. Hace un siglo no era posible ocultar la muerte. Estaba tan presente en la vida (elevada mortalidad infantil, inexistencia de antibióticos y antisépticos…) que era imposible disimular a los muertos. Un niño había visto ya a bastantes muertos, ya fueran vecinos o familiares, si no eran hermanitos suyos recién nacidos. En algunas familias se estilaba dar un beso al abuelo o al padre muerto dentro del ataúd o en la cama. Incluso durante un tiempo estuvo en boga hacer fotos de los niños muertos.

Actualmente, la muerte es el gran escándalo, la innombrable… pero me queda la sensación de que una sociedad que la evita de tal manera no puede ser una sociedad sana, y es más, es una sociedad atemorizada y angustiada por aquello que más pretende disimular e intentar demostrar que no existe. Sólo una sociedad que reconoce la muerte puede ser auténticamente gozosa y vivir profundamente la fiesta de la vida. No es casualidad que el siglo XIV, azotado por las más terribles epidemias de peste que se llevaron a una tercera parte de la población europea, fuera el albor del renacimiento y del humanismo. Allí se crearon, huyendo de la peste, los extraordinarios cuentos del Decameron de Giovanni Boccaccio y los Cuentos de Canterbury de Chaucer.

Como remate me pregunto si en la escuálida imaginación de nuestros adolescentes, en sus limitados gustos lectores que evitan la gran literatura universal, que permanece opaca para ellos y sólo se alimentan, cuando leen, de libros “juveniles” de acción, sangre, y fantasía en fórmula que es para mí un enigma, no falta ese ingrediente que da misterio y densidad a nuestras vidas. En sus novelas la muerte ocurre como simulación. No apetece pensar en ella. No es un protagonista agradable ni placentero. En Méjico, en cambio, se hace un festival enorme a costa de la muerte. Se bromea con ella, se la hace objeto de fiesta colectiva, de diversión. Quizás es lo mejor que podemos hacer con ella. Vivir intensamente con conciencia de nuestra fragilidad y nuestra finitud. Pero para eso no habría que ocultarla de una forma tan taimada y desoladoramente triste. Algo no funciona. Pienso que mi hija debería haber sabido que la niña había muerto, aunque no hubiera dormido. Hoy me ha enseñando su primer cuento escrito. Quizás la historia que ha escrito hubiera tenido otro sesgo basado en algo que la habría conmovido profundamente.

12 comentarios :

  1. Hace tiempo leí un análisis de Vicente Verdú sobre el concepto de la muerte en la sociedad occidental. Mientras lo leía, descubrí lo que ya sabía. Nuestra cultura no nos prepara para afrontar la muerte. Es esquiva con ella. No interesa. Por eso, cuando se presenta es o puede ser tan traumática.
    Creo imprescindible tratar el tema de la muerte con nuestros alumnos. La literatura nos lo pone a tiro. Nunca desaprovecho la ocasión para hablar de ella con naturalidad y también, me gustaría pensar, con cierta sabiduría.

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  2. Lo siento por su hija. No he leido todo el texto solo el primer párrafo (por cuestiones laborales)

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  3. Es verdad, vivimos en una sociedad en la que pensamos que no vamos a envejecer, ni a morir,... Pasaremos por la vida sin un rasguño.
    Falso.
    La muerte se ha dado una vuelta por el colegio donde trabajo. Un alumno ha fallecido, y también la madre de otro alumno mío. Hemos cuchicheado mucho durante estos días.
    Pasamos de puntillas, lo innombrable que nos quiere quitar el sueño de un mundo feliz, aséptico, de Antena 3.
    Reconozco que no estoy preparado, y no sé cómo reaccionar en casos así.

    Por cierto, me encanta "A dos metros bajo tierra". Supongo que a muchos les incomodará.

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  4. Esta semana ha sido dolorosa en extremo, con lo que cuentas y con lo de Teruel y los tres niños del incendio (ya estamos vacunados contra Irak, Gaza, Darfur, etc.). Además, el martes me avisaron de la muerte de la mujer de un buen amigo, que cayó de una ventana en Viladecans. Horrible.
    A los jóvenes no les preocupa la muerte. Yo mismo recuerdo que la despreciaba y hasta me burlaba de ella, como en un folletín romántico. Ahora que crecemos deberíamos estar preparados para la muerte (Erasmo tenía un tratado acerca del buen morir), pero, al menos en mi caso, sufrimos más por quienes dejamos aquí que por el hecho de irnos. Mi amigo de Viladecans tiene dos niños pequeños, casi como mis hijas. Cada vez que pienso en ellos me acongojo y no puedo evitar la analogía conmigo. Con los años, me duele más el dolor ajeno y seguramente en eso consiste envejecer.

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  5. Hay algo inaceptable, impensable en la muerte. No sé si hacemos bien o mal en escondérsela a los niños. No sé si ése es el verbo adecuado. Si alguien dice que Ella, de todas formas, sabrá insinuarse antes o después e introducirse en su mundo, tiene razón. Yo recuerdo esa hora en que, siendo niño, me di cuenta por primera vez de que yo y todos los míos íbamos a morir. Fue como contemplar que la casa en que vivíamos se alzaba al borde de un precipicio, sostenida sobre canicas y esperando un golpe de viento que la arrojaría al vacío. Esa herida es incurable y no sé si me atrevería a anticipársela a nadie. Quizá me equivoque, pero me parece un momento al que cada cual debe llegar por sus pasos, sin que los padres o la escuela te den la respuesta antes de que tú te hagas la pregunta.

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  6. Hola Joselu, leí algunos comentarios tuyos en el blog de Victor y quise pasar a visitar el tuyo. Me gustó leerte.

    El suceso que relatas, transmite sensibilidad y preocupacion por lo que sucedió, que es lamentable y por no haber manejado el tema con tu hijita como hubieses querido.

    Pienso que cuando no hacemos algo en un momento dado es porque quizas no estamos preparado para ello. Entonces me parece que fue mejor así.

    Si somos sensible, investigamos, dialogamos con personas que se sientan comodas con el tema, poco a poco nos vamos dando cuenta que la muerte es parte de la vida, pero no dicho teóricamente sino vivencialmente. Hablaremos de la muerte como de cualquier otro tema, sin ningún temor.

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  7. Gracias, amigos, por vuestros comentarios. Vuestras propuestas enriquecen y agrandan la mía que queda matizada y repensada con vuestras aportaciones. No pensaba que este post fuera a recibir demasiadas respuestas por su tema, pero las que han llegado han sido interesantes y densas.

    Lu. Cuando sale el tema de la muerte en clase, es difícil de abordar con sabiduría. Veo que los chavales lo esquivan. Es algo que sucede, pero de lo que no conviene hablar. Sin duda la literatura ayuda a plantearlo, pero no es fácil.

    Sorel: No he visto ningún episodio de la serie que citas, pero ahora me haré un hueco para hacerlo. Gracias por tus palabras. No puedo estar más de acuerdo con ellas. Expresas con más exactitud que yo, lo que quería decir.

    Antonio: tus palabras cargadas de sentimiento son muy valiosas, junto a esa constatación de que la vida nos va haciendo más sensibles al dolor ajeno. Eso significaría que algo vamos aprendiendo. Sería interesante hacer un recorrido sobre la distinta percepción de la muerte en las distintas etapas de la vida. En la niñez (una de las más profundas), en la pubertad y en la juventud, en la madurez, en la vejez.

    Al 59: Me ha gustado tu planteamiento del tema. Ella -con mayúscula- se insinúa en algún momento. Creo que es en torno a los cuatro o cinco años, al menos ese fue el momento que me lo planteó diariamente durante varios meses mi hija pequeña. Fue una conmoción para ella descubrir que sus padres, su hermana y ella misma éramos mortales. Son conversaciones con los niños de una densidad formidable. Ellos no tienen pudor en preguntar. Es luego cuando el tema se esquiva y se esconde. He viajado por países en que las gentes tenían diferentes relaciones con la muerte. En Balí recuerdo que en el dia del Hari Raya, toda la familia iba al cementerio a recordar al antepasado. Estaban ahorrando dinero para la cremación. Entretanto, celebraban con él, junto a la tumba, una especie de fiesta en que ponían cigarrillos, pastelillos, fotografías del difunto... En nuestro mundo la muerte se oculta, se la hace invisible. Se ha eliminado cualquier vestigio del antiguo duelo. A la edad de nuestros alumnos esa oscura intuición ya ha llegado hace tiempo. Son otros los imperativos comerciales que la hacen indeseable. Gracias por tus reflexiones a menudo atinadas y sugerentes.

    Maritza: bienvenida al blog. Soy asiduo del blog de Víctor por su inteligencia y sensibilidad, así como por su calidad estilística. Sí, me quedó la duda de si había hecho lo mejor con mis hijas. Saberlo les hubiera conmocionado especialmente a la pequeña. Pero me sentí como un falsario al ocultárselo. Gracias por tu visita.

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  8. A mi hijo la presencia de la muerte, con la mayúscula que no le pongo para que no asuste como el Coco, se le reveló en Bambi, con la muerte del padre. Tenía unos tres años y la conmoción fue de una hondura que su madre y yo nos quedamos de una pieza, es decir, hechos añicos. Tuvimos que salirnos a poco del suceso, claro. ¡Jamás he sentido tan profundo el amor de mi hijo hacia mí como cuando se le encogió de horror su pequeño corazón por la realidad atroz de la pérdida del padre! Yo nunca experimenté nada semejante, y aun hoy la desaparición de mi propio padre sería un suceso nimio en mi vida.

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  9. Aprendizaje

    Cuanto asisto a un entierro observo, no sin asombro, que quienes lo pueblan son gentes de avanzada edad que a la vez se despiden entre ellos como preparándose para el último viaje. La ausencia de niños y de jóvenes también es notoria. Lástima, porque se les priva del único aprendizaje esencial para la vida. (http://contralosestudiosos.blogspot.com/2005/03/aprendizaje.html)


    Esto es lo que pienso del tema aunque cabe un análisis más extenso del mismo. Digamos que la situación actual es fruto, por un lado, de nuestra sociedad del bienestar donde todo lo que afea esa circunstancia tiende a ser marginado, y por otro, a la tradición judeo-cristiana que asume la muerte como un tránsito.

    Es cierto como refieres que la muerte se ha hecho más aséptica, aislada en hospitales y en tanatorios, o expuesta en crónicas de sucesos que alimentan el morbo y nos hacen ver que los que mueren son los demás.

    Recuerdo de niño la muerte y mi temor también. Recuerdo como nos dejaban ver a los muertos y como en los relatos orales y chascarrillos no dejaba de ser un tema común. Eran gentes que habían convivido con la muerte: un tío abuelo que murió de joven por la rabia después de morderle un perro rabioso; un bebé de una tía abuela que murió asfixiado en la cuna después de caerle un pan; el hermano de un amigo que murió de apendicitis; el cura de la parroquia que murió de viejo y cuyo cuerpo expusieron para que sus feligreses se despidieran de él. Así tantos y tantos ejemplos. Los muertos de la guerra también estaban en sus citas. Eran gentes que no se creían inmortales porque estaban rodeados de un hecho que les resultaba cotidiano.

    Otra cosa es pensar nuestra misma muerte y para espantarla evitársela a los demás. En especial a los niños, a esos niños que queremos mantener en una burbuja para evitarles sufrimiento, como si éste no formara parte de nuestra propia naturaleza. Craso error, entiendo, porque se le aplaza un hecho inevitable que les resultará más doloroso cuanto menos lo hayan asumido.

    Pienso que, como en el caso de tu hija, son nuestros propios miedos los que proyectamos en los demás y, aunque entiendo la dificultad de ser padres, debería haber sabido la verdad en toda su extensión y crudeza, aunque con ello se hubiera entristecido. Pero esta es sólo mi opinión.

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  10. Tienes razón, Francisco. Mi hija debió saberlo.

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  11. Estimado Joselu, la muerte forma parte de la vida y, sí, tu hija debiera saberlo.En la tradicción católica existe la resurección de los muertos, el día de Todos los Santos y el día de difuntos. Quien se educa en ella, tiene poco a poco consciencia de la finitud.Pero también existe la tradicción literaria de la cuál estarás más al corriente que yo misma. En ella la muerte también está presente e incluso es protagonista, como bien dice "lu".

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  12. Mi hijo, Joselu, tiene ahora 5 años, y está en esa etapa que comentas en la que todo el rato pregunta por la muerte, y si nos vamos a morir. Intento explicárselo lo mejor que puedo, pero es cierto que eludo el tema todo lo posible, no quiero que sufra.
    Recuerdo la primera muerte cercana a mí, la de la madre de una amiga, como algo desgarrador para lo que no estaba preparada en absoluto.
    Hay que hablar de la muerte, sí, deshacer el tabú, pero ¿cómo, sin sufrir nosotros mismos?
    Yo, desde que nació David, no puedo ver ninguna película, ni leer ningún libro en el que mueran o sufran niños. Me puedes imaginar aparcando Las Cenizas de Ángela en el primer o segundo capítulo, y tantos otros libros.
    Y si no puedo enfrentarme a la muerte yo, que soy adulta, ni a la de ficción, ¿cómo le pido a mi hijo o mis alumnos que lo hagan?

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