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viernes, 24 de mayo de 2013

Darwin en la escuela



Una profesora vocacional y comprometida con su trabajo me comentaba en el departamento de castellano que los alumnos que habían llegado a primero de ESO hace tres años eran una generación brillante. Eso en los términos en que nos movemos en nuestro mundo significa que era una promoción buena. Al cabo de tres años de estancia en el instituto se habían contagiado de un ambiente de relajación y desidia y se habían convertido en cursos mediocres, que suspendían la mayoría al menos en castellano. El sistema les había transformado en alumnos perezosos, dejados, incapaces de realizar un esfuerzo continuado, faltos de convicción, entregados y esencialmente haraganes.

Me pregunto qué parte de responsabilidad tenemos nosotros como profesores a la hora de crear un ambiente tenso y exigente que lleve a que exista un estrés necesario y creativo que mueva a una continua renovación del espíritu inicial con que llegaron estos muchachos al instituto.

Sin embargo, un conjunto de ideas y de movimientos pedagógicos nos llevan a pensar que la selección es negativa, que el aprendizaje ha de ser cómodo y sobre todo igualitario, que debe ser inclusivo no dejando a nadie atrás. El resultado de todo esto es un sistema falto de tensión y estrés en que se vive sumamente bien, en que se suspenden muchas asignaturas y se pasa de curso, en que los profesores van reduciendo sus expectativas, acomodándose a un ambiente relajado, en que tras múltiples recuperaciones los alumnos que no han dado un palo al agua van promocionando y todos van viendo que la vida en el instituto es confortable, tranquila y amable. Ya se nos ha dicho que nuestro proyecto debe ser integrador, que no debe promover la insatisfacción y que debe contar con la participación de la mayoría que se va acostumbrando cada vez más a hacer cada vez menos. Y además hay que contar con que el instituto es un centro de relaciones sociales en que los muchachos aprenden valores y actitudes

Esta es la pedagogía de que nos hemos impregnado en los veinte últimos años. No debemos ser verdugos  sino colaboradores de la felicidad y de las aspiraciones de nuestros alumnos... Hemos de crear un clima creativo, participativo que no suene ni por asomo a los procesos de selección que muchos recordamos en la época del franquismo. Aprender en un centro debe de ser una actividad agradable y placentera, no discriminatoria...

Cuando redacto esto me viene a la memoria la anécdota del estanque dorado en que había peces rojos que vivían plácidamente sin amenazas. Al final todos murieron por falta de necesidad de espíritu de supervivencia. En el mismo estanque se echaron peces azules que comían peces rojos y la especie sobrevivió.

No sé por qué la izquierda es roussoniana y ha traído sistemas educativos sin tensión ni estrés que llevan al maleamiento de los alumnos que se hunden en una vorágine de holgazanería y distensión. La derecha es darwinista y aplica la idea de selección de las especies y lleva a sus hijos a colegios sumamente exigentes y selectivos donde han de aprender a convivir con la tensión y el estrés anejo a cualquier tarea intelectual, y lógicamente ha de haber elementos que sean dejados al margen, en la cuneta, o tal vez elementos que necesitan ser reorientados a otras opciones menos exigentes. La izquierda con sus planteamientos promueve un ambiente acomodaticio. Tal vez porque se ha planteado como ambición metafísica que se deben salvar todos o ninguno. La derecha es más cruel y promueve la selección natural y triunfa en la realidad.

Tal vez hay una pedagogía para pobres y otra pedagogía para ricos.

Pero, en tal caso, ¿por qué hay tantos dirigentes y cargos políticos de la izquierda que llevan a sus hijos a colegios donde rigen planteamientos de la derecha? 

martes, 21 de mayo de 2013

Los paradigmas educativos y la ley WERT



Tengo la impresión de que el debate es algo ajeno a nuestra cultura. No lo encuentro por ningún lado. Ni en la cultura política, ni en las aulas, ni en los blogs. Debatir supone aceptar una parte del razonamiento del otro y mostrar sus puntos débiles o frágiles y argumentar de modo que se alcance una visión más amplia. En este debate los participantes tienen que estar abiertos a modificar sus puntos de vista y sus razones, de modo que su posición puede ser modificada como consecuencia del debate. ¿Han visto alguna vez esto en el parlamento o en alguna tribuna política? Si alguien lo hiciera sin duda sería memorable. No, no es lo que se acostumbra. Se parten de posiciones políticas inamovibles o solo movibles en función de pactos que no tienen nada que ver con el debate sino con la fuerza política o la necesidad de apoyos. No interviene para nada la racionalidad ni el intercambio de razones.

En torno a la ley WERT sobre educación, la conocida como LOMCE, se ha argumentado por parte del ministro que viene a dar respuesta al fracaso del sistema educativo ideado por los socialistas y que viene a traer un 30 por ciento de fracaso escolar entre los alumnos que no promocionan la ESO. Esto es una verdad como un templo, me refiero a lo del fracaso escolar español superior al de otros países europeos y muy distante de ese modelo inalcanzable que es Finlandia o en el otro espectro educativo, los modelos de Corea o Shangái. Este ha sido el argumento estrella del PP para defender la LOMCE, algo a lo que le resulta muy difícil contestar al bando de la izquierda educativa. ¿Por qué ese elevado fracaso en nuestras aulas? ¿Por qué tan bajo nivel en las competencias PISA tras unos veinte años de aplicación de modelos progresistas en la educación? No encuentro una argumentación que me convenza. Algunos argüirán que se debe a la escasa inversión educativa por debajo de otros países del entorno. Otros mostrarán su convencimiento que se debe a la escasa formación del profesorado cooptado entre carreras ligeras y con escaso compromiso educativo. Otros seguirán arremetiendo contra el profesorado y lo acusarán de conformista. Los profesores argumentarán que el modelo educativo no es estable y que ha sufrido continuos cambios a tenor de los partidos en el poder que han cambiado a su antojo sin auténticos pactos transversales la legislación educativa. Desde la izquierda se señalará el daño profundo que hacen los conciertos educativos –aprobados por el PSOE cuando se iniciaba la andadura política de la transición- y que segregan a una buena parte de las clases medias, aquellas cuyos padres están más implicados en la educación de sus hijos, cuando en Finlandia la casi totalidad de la educación es pública y apenas existe la enseñanza privada.

Desde perspectivas críticas se señalará que los modelos educativos de la izquierda son roussonianos y que han montado mediante su sistema educativo parques temáticos ligeros e intrascendentes para entretener a los jóvenes que van a las aulas a pasarlo bien, sin presión, sin verdadera cultura del esfuerzo y de la pasión por el conocimiento. Los padres, de paso, pretenden que la escuela sea una especie de aparcamiento donde sean recogidos sus hijos durante la dura jornada escolar.

Desde el seno de ciertos movimientos pedagógicos dirán que lo que pasa es que el paradigma educativo está obsoleto, que lo que se enseña en las aulas es ininteresante y no adaptado a la sociedad del siglo XXI. De ese modo los alumnos se distancian de lo que se explica en las aulas que son más propias del siglo XIX que del siglo en que estamos. De este modo aprender no significa lo mismo que desde posturas tradicionales y se fomenta un aprendizaje en red, cooperativo, no jerarquizado, en que el profesor es un acompañante más que el representante del saber institucional.

Desde ángulos más esotéricos se nos vendrá a decir que la escuela es una institución conformista y acrítica y se nos vendrá a hablar de empoderamiento mediante un acto casi mágico en que el profesor por medio de un discurso maravilloso convierte a sus alumnos en sujetos activos de su aprendizaje, frente al modelo tradicional en que existe uno que sabe y enseña y otros pasivos que no saben y aprenden. Este empoderamiento es representado en vídeos en que se muestra un cambio trascendental de actitud por parte de los alumnos que pasan a ser sujetos activos y creativos de su propio aprendizaje.

El PP acaba de aprobar su ley educativa, una ley que no sé cómo responderá al fracaso mencionado del 30 por ciento. Tal vez pretenden levantar una escuela competitiva a nivel interno y externo para generar otro estado de ánimo en las instituciones educativas ancladas al parecer en el conformismo. Parece que es un modelo más bien gerencial y empresarial, que comienza con impresionantes recortes en la financiación de la educación, aumento de alumnos por aula, disminución de apoyos y profesores y la aplicación al sistema de reválidas externas para verificar el funcionamiento del sistema mediante un modelo competitivo. De paso todo el apoyo teórico y económico para la enseñanza privada a la que se ve como un modelo exitoso frente al fracaso de la pública en la que no se cree en realidad y se la tiene como un lastre caro y pesado para entretener a las clases más desfavorecidas a las que, por desgracia, también hay que darles educación. De paso disminuye el valor de las materias humanísticas y artísticas, da carta de naturaleza a la enseñanza de la religión católica en el seno de la  institución que debía ser laica y fomenta los equipos directivos fuertes y gerenciales frente al cooperativismo de otros puntos de vista.

Como profesor estoy expectante intentando saber cómo va a afectar a mi día a día e intento averiguar sin conseguirlo cómo este nuevo modelo va a ser exitoso y va a promover un clima que levante los ánimos de unas instituciones –las educativas- que están confusas, desorientadas y sometidas a conmociones continuas en sus planteamientos pedagógicos, además de estar sufriendo los mayores recortes económicos de la historia de la democracia.

Por más que quiero ver al ministro WERT como un hombre iluminado y no comprendido por la masa de profesores, no alcanzo a ver cómo un experto en marketing y sociología ha promovido algo cuyos perfiles se me escapan.

¿Qué pretende en realidad? 

martes, 14 de mayo de 2013

La literatura y las redes sociales



“Al contrario de lo que hacen algunos profes, más que sacralizar el Quijote deberíamos desacralizarlo, bajarlo de esa nube de elitismo que nosotros mismos creamos”.

Este es el punto de partida de mi post, un fragmento de una respuesta de Toni Solano a mi comentario sobre la lectura de El Quijote por parte de adolescentes.

Me ha sorprendido y no me ha sorprendido. Conozco las posiciones de mi amigo bloguero del alma con el que mantengo comunicación desde 2006 y él ha seguido mis circunvoluciones personales y blogueras con una entrañable fidelidad.

¿Contribuimos a sacralizar El Quijote los profesores que lo consideramos una obra maestra inigualable? ¿Alejamos por tanto de su lectura a presuntos lectores que la asumirían si les fuera presentada en unos términos más modestos? ¿Tal vez como una buena novela? ¿Tal vez como unos sketches en que aparecieran representados Sancho, Don Quijote y Dulcinea en la vida cotidiana? ¿Hay que bajar El Quijote a unos términos más humanos y cotidianos? ¿Adecuarlo a los diferentes ritmos de una juventud fragmentaria y marcada por las redes sociales? Sin duda, esta es la posición de Toni y ello me representa un hito interesante que leo con suma atención.

Sin embargo, algo me llama la atención. En mi juventud, ya lejana, yo aspiraba a conocer modelos que estuvieran en lo alto, que sobrepasaran la trivialidad, que fueran en alguna manera superlativos... que contuvieran trazos de genio que me alumbraran y distrajeran del vulgar acontecer de los días y de las cosas. Así se hizo mi afición lectora: mitificando a autores, dejándome admirar por Samuel Beckett, Cortázar, Henry Miller, Anaïs Nin, Lawrence Durrell, Kerouac, Kafka, Dostoievski, Tolstoi... No sé cómo yo leí pero todo me llevaba a encumbrar a una serie de autores que me parecían cimas inescalables en el espíritu humano. Shakespeare, Molière, Milton, Dante, Cervantes... Leí El Quijote a mis 21 años introducido por un excelente profesor que me hizo apreciar la genialidad de esta creación, y lo leí con reverencia, sabiendo que me enfrentaba a algo excepcional ante lo que me inclinaba. Luego he aprendido a saber que Cervantes era no solo un genio sino alguien profundamente humano que tuvo una impresión en vida de fracaso que no logró atemperar el éxito de una obra presuntamente humorística que fue despreciada por los estudiosos españoles por la gran admiración que causaba entre los británicos.

Me pregunto por qué un adolescente de hoy en día tiene que consumir carne enlatada, que no le asuste, que no le lleve a pensar que se enfrenta a una cima del pensamiento y la literatura. ¿Por qué no le puede atraer el saberse ante algo radicalmente diferente y que esto le estimule a saber más del genio que lo produjo?

Algo de la respuesta a esto me lo dan las redes sociales en las que soy colaborador. Tengo cuenta en Facebook y en Twitter. Allí escriben en horizontal igualdad el que dice que le pican los sobacos como el que recoge el más sensible pensamiento. Hay una línea del tiempo en que se van sucediendo los estados de ánimo, unos airados, otros francamente positivos, pero con un tono semejante al que nos presenta las revistas del corazón en que vemos las más vistosas biografías a nuestra altura y ofrecidas a nuestra contemplación. Nada hay grande, nada hay demasiado grande... todo alcanza un tono medio trivial en que la realidad es diseccionada sin apelar a algo que nos sobrepasa, que está más allá de nosotros...

Este es el mundo en que nuestros alumnos adolescentes se forman. En él no hay mitos, en él todo es horizontalidad y sirve igual un pensamiento elaborado que un regüeldo mental. ¿Cómo entender que ciertas obras literarias, que la literatura misma  guarda un lugar de excepción en el espíritu humano? ¿Cómo hacer horizontal a Cervantes? ¿Cómo hacer cercano a Dostoievski? ¿Cómo demostrar que aquello que los hizo únicos hoy constituye carne que circula en las redes sociales que horizontalizan la realidad, la literatura, la historia de las religiones, la cultura?

¿Ya no tiene sentido lo que estimula sentimientos que van más allá de lo trivial? Mi historia como profesor tiene varias etapas y esta es una de ellas, pero yo soy consciente de que hubo un tiempo no demasiado lejano que lo único, lo singular, lo excepcional eran motivos suficientes para ser acogidos con entusiasmo para aquellos espíritus que se identificaban con lo que se salía de los cauces de la normalidad.

Hoy vemos a Cervantes, y a Kakfa y a Dostoievski a través del prisma que nos ofrecen facebook o Tuenti. Es el signo de los tiempos, y ello no permite en ningún caso la mitificación, el pensar que haya algo que vaya más allá del rascarse los sobacos y que aspire en alguna manera a expresar un modo auténtico, arriesgado y original de contemplar la realidad y el mundo.

¿Qué son Don Quijote y Sancho? ¿Quién es Gregorio Samsa? ¿Quién es Raskolnikov? ¿Hemos de hacerlos actuales, contemporáneos a nuestros tics, a nuestras nuevas obsesiones, a nuestro modo horizontal de entender el mundo, a nuestros comentarios en facebook con el clásico me gusta que revela la enorme pérdida de complejidad del pensamiento? ¿Hemos de acercarnos a ellos evitando la sacralidad o hemos de creer en ella?

Mi experiencia como profesor es en este sentido compleja. Mis alumnos dicen que soy peligroso porque soy demasiado filosófico, tiendo a extraer de mis comentarios factores que llevan a la consideración de la obra de arte con extrañeza y ello contrasta con la percepción de mis alumnos que se sienten confusos cuando ellos están habituados a la consideración llana de la realidad, la apegada a las redes sociales. No entienden que yo les estoy hablando de otras dimensiones a las que solo se es accesible desde una visión compleja y sacra del acto creativo. Sé que navego en contra de los tiempos, sé que no es lo que se habitúa, pero me he dado cuenta de que es lo único que soy capaz de hacer. Presentar lo literario como el reino de la extrañeza  y de la singularidad, en una realidad que se entusiasma por ser igualitaria y vulgar. Es una apuesta arriesgada y condenada, lo sé, al fracaso. No se puede ir contra el espíritu de época. Es así.

domingo, 12 de mayo de 2013

Subiendo el Pedraforca el 12 de mayo de 2007



Doce de mayo de 2007. Iniciaba con mi cuñado Iván mi cuarta o quinta ascensión del Pedraforca, una montaña singular de 2600 metros en la comarca catalana del Berguedà. Es una montaña que ha jalonado mi historia vital. Y pretendo que lo siga haciendo, pues deseo ascenderla de nuevo en cuanto tenga oportunidad.

Aquel 12 de mayo tomamos una vía que no era la que he hecho en otras ocasiones. No. Decidimos, pese a la nieve abundante, subir por el Coll del Verdet que se hacía menos árido que por la Tartera que no es sino una subida continua por el cuello de la montaña hasta que se asalta en último lugar el ascenso a la cumbre. Nos habían advertido que el Coll del Verdet era más peligroso y que habría mucha nieve. Aun así nos decidimos por esa vía que, efectivamente, era mucho más hermosa y variada. La mañana era clara y el sol y la luz nos sonreían. Iván iba delante y yo detrás pasando los neveros en los que nos hundíamos hasta más allá de la rodilla.

En un momento el panorama cambió y hubo que trepar por rocas verticales. Íbamos varios en fila, unos detrás de otros, pero a cierta distancia. Yo no era consciente de quién iba detrás de mí y veía a Iván mucho más arriba. Empecé a escalar buscando puntos de apoyo con mis manos y mis pies. Había que tener mucho cuidado y articular con precisión los puntos de sutura con la roca. Y así hubo un momento en que la ascensión fue de varios metros de altura sobre el vacío.

Entonces, recuerdo, iba ascendiendo y trepando con alguna facilidad. En ningún momento fui consciente de que podía haber peligro. Estaba tan concentrado en mis manos y mis pies que solo prestaba atención al instante presente. El mundo se iluminaba en ese aquí y ahora que, cuando ocurre, el ser se trasfigura y adquiere ligereza y sentimiento de plenitud.

Seguía trepando por las rocas, hasta que en una milésima de segundo en que había alzado mi pie derecho y subido mis manos para alcanzar otros puntos fiables de apoyo, advertí con sorpresa que mi pie derecho había quedado sin sostén y estaba en el aire, completamente en el vacío. Fueron milésimas de segundo en que advertí que mi equilibrio sobre la pared era imposible y que iba a caer hacia atrás contra las rocas que había debajo a varios metros. No sentí miedo, solo sorpresa ante lo que sería sin duda mi final sin remisión. Me despeñaría contra las afiladas rocas. Fueron microsegundos que aun tengo en mi conciencia y no puedo decir que toda mi vida pasara por mi mente, pero sí que no sentí pánico en un nanoinstante en que mi vida estaba a punto de acabar.

Iba a empezar a caer.

Sin embargo, en ese nanosegundo de impasse en que yo era consciente vívido de mi caída y contemplaba admirado la situación, una mano vino por detrás con energía y me sujetó a la roca en el preciso instante en que iba a empezar a despeñarme. Alguien que venía detrás de mí, no sé cómo, había sido consciente de la situación y con una velocidad de vértigo tomo la decisión instintiva de abalanzarse sobre mí y sujetarme el tiempo suficiente para que yo pudiera tener otra oportunidad y buscar puntos de apoyo para agarrarme a la pared, como así hice. Aquella persona era un joven que llevaba la camiseta de la selección argentina. Me preguntó cómo estaba. Yo le dije que bien. ¿Necesitas ayuda? No, estoy bien, y seguí ascendiendo. Mi compañero Iván no fue consciente de nada. Todo aconteció en un microsegundo en que el universo entero giró en torno de mí. Aquel muchacho me había salvado la vida. La idea me perseguía y no me explicaba cómo había podido ser. ¿Cómo había podido estar tan consciente de mi situación cuando la ascensión era tan comprometida y exigente que uno tenía que estar pendiente de sí mismo? ¿Cómo había reaccionado a velocidad de vértigo para sujetarme? ¿Cómo iba tan cerca de mí cuando yo no me había dado cuenta de tener a nadie tan próximo?

Al llegar a la cumbre lo vi y fui a saludarlo. Iba con otro compañero. Nos miramos fijamente y le di las gracias con una profundidad extraña. Él me dijo que no había sido nada, que tal vez él había estado en mi destino aquel día. No supe qué decirle. Le di la mano y fui a fotografiarme en la cumbre aquel doce de mayo que pudo bien bien ser el último de mi vida.

Los días siguientes repasaba todos esos instantes intentando buscar algún sentido a lo ocurrido. Era por un lado inimportante y a la vez revestía la diferencia que existe entre la vida y la muerte. Yo no debía estar allí para contarlo, pero estaba. Había tenido una nueva oportunidad. ¿Qué significado profundo guardaba aquello?

Han pasado seis años y hoy vuelvo a ello, rememorando el instante en que mi biografía pudo estar acabada y todavía no he encontrado una respuesta que me aclare el porqué de aquello. Nunca más volví a ver a aquel muchacho que llevaba una camiseta albiceleste, aunque me dijo que iba a participar en la clásica caminata a Montserrat que hacemos cada año. Se desvaneció en al aire, tal como había llegado. 

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