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lunes, 16 de marzo de 2020

La tecnología incrementa la desigualdad


"En El capital en el siglo XXI, obra profundamente pesimista sobre la desigualdad económica, el economista francés Thomas Piketty analiza las crecientes diferencias de riqueza entre una minoría de personas muy ricas y el resto de la población.

En Estados Unidos, en 2014, el 0,01 por ciento más rico, compuesto por tan solo 16.000 familias, controlaba el 11,2 por ciento de la riqueza total; una situación comparable a la de 1916, la época de mayor desigualdad de la que hay constancia. Actualmente, el 0,1 por ciento más rico acumula el 22 por ciento de toda la riqueza, el mismo porcentaje que el 90 por ciento más pobre.  Y la gran recesión no ha hecho más que acelerar el proceso: entre 2009 y 2012, el 1 por ciento más rico acaparó el 95 por ciento del crecimiento de los ingresos. 

La situación, aunque no tan dramática, va en la misma dirección en Europa, donde la riqueza acumulada —buena parte de la cual es heredada— se aproxima a niveles que no se habían visto desde finales del siglo XIX. Se trata de una inversión de la idea extendida de lo que es el progreso, según la cual el desarrollo social conduce inexorablemente a una mayor igualdad. 

Desde la década de 1950, los economistas han creído que, en las economías avanzadas, el crecimiento económico reduce la desigualdad entre ricos y pobres. Esta doctrina, que se conoce como curva de Kuznets en honor a su inventor, el nobel Simon Kuznets, afirma que la desigualdad económica inicialmente aumenta cuando las sociedades se industrializan, pero a continuación se reduce a medida que la educación universal iguala las condiciones y resulta en una participación política más generalizada. Y así sucedió —al menos en Occidente— durante buena parte del siglo XX. Pero ya no estamos en la época industrial y, según Piketty, cualquier creencia de que el progreso tecnológico conducirá «al triunfo del capital humano sobre el capital financiero e inmobiliario, al de los gestores competentes sobre los peces gordos de los accionistas, y de la capacidad sobre el nepotismo» es «en gran medida ilusoria». 

De hecho, en muchos sectores la tecnología es uno de los factores clave para la desigualdad. El incesante avance de la automatización —de las cajas de los supermercados a los algoritmos de negociación bursátil, de los robots industriales a los coches autónomos— supone una amenaza creciente para el empleo de la población humana en todos los sectores. No hay red de seguridad para aquellos cuyas habilidades quedan obsoletas tras la irrupción de las máquinas, ni siquiera quienes las programan están a salvo de este riesgo. A medida que aumentan las capacidades de las máquinas, aumentan también las profesiones vulnerables, y la inteligencia artificial no hace más que echar leña al fuego. 

La propia internet contribuye a marcar esta senda hacia la desigualdad, ya que los efectos de la red y de la disponibilidad global de servicios crea un mercado donde el vencedor se queda con todo, tanto en las redes sociales y los buscadores de internet como en los supermercados o las compañías de taxis. 

La queja de la derecha contra el comunismo —que todos nos veríamos obligados a comprar los productos a un único proveedor estatal— ha sido reemplazada por la necesidad de comprarlo todo en Amazon. Y una de las claves de esta mayor desigualdad es la opacidad de los propios sistemas tecnológicos".

Bridle, James. La nueva edad oscura (Spanish Edition) . Penguin Random House Grupo Editorial España. Edición de Kindle.

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