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lunes, 6 de junio de 2011

Puertas que se abren y puertas que se cierran.


He escrito un comentario en el blog de un buen amigo. Lo transcribo y espero que me dé motivo para una reflexión con algún sentido.

Yo leí La montaña mágica en un par o tres semanas por la noche, absorbido totalmente. Su lectura, la intensidad de la misma, me recordó la pasión con que leía a Julio Verne a mis doce años. Uno tiene que verse en la tesitura de Hans Castorp, allí en las montañas, en la inacción, en la práctica contemplativa, dejándose atravesar por esas reflexiones o esos diálogos densos y dramáticos. Yo lo leí en uno de mis primeros tratamientos para la depresión y fue un momento total. Luego lo he querido volver a leer y no es lo mismo. Creo que los libros tienen momentos inequívocos para leerlos. Se acierta o no se acierta. No temas dejarlo si no te llama. Es grandioso pero nada es imprescindible. Para mí fue un momento cenital en mi vida, pero pienso que fue puro azar maravilloso. Los libros tienen que responder a preguntas que nos hacemos, y si no lo hacen, son insoportables.

He escrito esto que plantea que el encuentro entre un lector y un libro es puro azar o tal vez necesidad, pero en todo caso es un encuentro fortuito. Recuerdo hace unos años la lectura de ese texto de Thomas Mann en una situación bien nueva para mí por lo que he contado. Me acostaba temprano y me llevaba gozoso a la cama esa novela que por alguna extraña razón me cautivó. Leía un par de horas a veces subrayando el texto o anotándolo. No se me hizo pesado ni prolijo. Me identificaba extrañamente con las reflexiones y sensaciones del protagonista, y me imaginaba recostado en una chaise longue al atardecer frente a las gigantescas moles de los Alpes en un estado febril. Esa inacción, ese no poder hacer nada y dedicarme únicamente a explorar mi mundo interior y el que me rodeaba, me parecía fascinante, sobre todo si iba acompañado de febrícula, un estado que, aunque parezca raro, me atrae. Creo que me absorbía esa morbosidad de la narración, esa presencia de la enfermedad que ahonda la mirada y hace a los hombres más profundos.

Fue un encuentro singular entre la novela y yo. He leído otras obras de Thomas Mann pero ninguna me ha creado un estado de expectación e identificación como aquel, quizás porque yo me reconocía en un estado enfermizo y me negaba también a la acción. Incluso posteriormente he intentado releerla, pero tras unas cuantas páginas de lectura, he visto que aquella obra se me había cerrado, ya no podía penetrar en ella. Sólo una vez había tenido acceso a su núcleo. Esto me lleva a pensar que toda recomendación literaria es incierta. Nunca sabemos si lo que a nosotros nos ha servido, lo hará a otros. Así en una mañana de primavera encontré una obra de teatro a mis dieciocho años. No conocía de nada al autor. La cogí de la biblioteca y me puse a leerla. Aquella obra era nada más y nada menos que Esperando a Godot de Samuel Beckett. Es una de las mañanas más luminosas de mi vida, sumergido en aquellas andanzas de esos personajes que no sé por qué se identificaban totalmente con mi sentimiento de la vida. Quizás yo también, como Vladimiro y Estragón, estaba esperando a Godot. Es una suposición. Recuerdo maravillado aquellas tres horas de lectura intensa, apasionada como una tarde de amor con cigarrillos y cerveza. He vuelto a esa obra en varias ocasiones, pero no me ha dicho nada especial. No entiendo qué encontré en ella aquella mañana. Así me ha pasado con numerosas obras literarias. Hubo un tiempo en que leí Rayuela de Cortázar y me imaginaba deambulando en Paris buscando a la Maga o asistiendo a aquel burdo concierto de Berthe Trepat. Era una concepción de la existencia la que estaba impregnando aquellas páginas que eran mías y volvía a ellas continuamente. He intentado releer Rayuela hace unos años y me ha parecido un peñazo. No me dice nada. Son ejemplos de lo que quiero decir y esas posteriores lecturas no me quitan un ápice de la pasión que siento por ellas. Para mí la lectura primera, iniciática, es la fundamental.  Luego ha pasado el tiempo. He cambiado yo y se han mutado el ambiente y la atmósfera en que vivimos.

Cada vez siento más pesar como profesor que lleva a sus alumnos a leer determinados libros. Lo considero una intromisión. Sospecho que la literatura ha dejado de ser actual, que responde a otro tiempo en que lo inmediato no era el modelo dominante. Pero este es nuestro tiempo. Y el tiempo de mis alumnos que, como yo, se ven rechazados por los textos escritos, porque ya no contestan a preguntas esenciales. Ahora los debates están en otros lados. La literatura se ha convertido en buena parte en opaca. Ha dejado de responder a cuestiones primordiales a los hombres de este tiempo.

Si pudiera me negaría a promover la lectura. Lo hago por imperativo legal. Hubo un tiempo en que la literatura y yo éramos amantes. Cuando hablaba de libros, mis ojos brillaban de excitación y entendía que mis alumnos recibirían esa pasión que sentía, como así solía ser. Durante muchos años me consideré profesor de literatura porque creía en ella, porque respondía a preguntas -a veces no formuladas-, a inquietudes íntimas, a estados de anticipación, a noches de insomnio... Esto ya no es así. Siento a la literatura como una antigua amante que me dio lo mejor, que me abrió universos inmensos, pero una amante lejana.

Ahora sólo pienso en términos de imágenes. Entiendo el rechazo o las enormes dificultades que sienten mis alumnos adolescentes en acercarse a leer Cinco horas con Mario de Miguel Delibes, porque a mí me pasa lo mismo. No me interesan los conflictos matrimoniales de los años sesenta entre Carmen y Mario. Y si a mí no me interesa, ¿qué será a ellos? He dejado de creer que la literatura puede cambiar el mundo, y que los libros sean algo imprescindible.

Sé que no debería escribir esto, sé que alguien puede sentirse defraudado pero Profesor en la Secundaria es un proyecto vivo, abierto, contradictorio, que revela la interioridad de un profesor  que reflexiona y ofrece lo que siente en un momento dado. ¡Cómo me gustaría escribir en otro sentido! Es como si los libros se me hubieran cerrado, como si la puerta aquella maravillosa que se me abría con cierta frecuencia, se hubiera cerrado para siempre. ¡Cómo recuerdo la desazón de mi padre ante su hijo siempre con un libro en la mano! Me decía que la literatura era anacrónica, pero yo me sumergía  apasionadamente en aquel anacronismo.

Terrible. 

23 comentarios :

  1. No es entre nosotros una conversación nueva. Saco la conclusión más primaria, la que más a mano me viene cuando razono qué hay de equivocado (si algo de equivocado existe) en tu manera de sentir tu escritura, tu estar en el mundo, y es precisamente eso, el estar en el mundo, ese involucrarte, el darte de una forma absoluta lo que te inmoviliza ante el éxtasis literario, privándote de algo que ya posees, que ya tuviste, que tienes por ahí adentro, en tu cerebro bien irrigado, pero que ahora censuras, almacenas en un rinconcito, colocas en un lugar secundario o terciario porque quizá no tiene ahora sentido meterte en dos o tres semanas La montaña mágica o Proust completo.
    Los libros no son imprescindibles. Lo que es imprescindible es el lector. Tú, de otra manera, en otro contexto, colocado en otro lugar del escenario, sigues siendo el mejor lector posible. Y yo entro a gusto en tu página y disfruto con el involucrado, con el activista de sí mismo, con el Joselu que de pronto decidió clausurar la poética y fornicar sin pudor con la sociología, con la política, con la educación, con todo lo que hace vivir sea esto o sea otra cosa.
    Un placer.
    Abrazo desde el espejo.

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  2. Puedo comprender lo que dices, Joselu, pero en mi caso creo tener la suerte de que esa maravillosa cueva de Alí Babá, que es el hecho de leer, me abre sus puertas para saborear las maravillas que allí se encierran. Mis momentos más felices son los que, en un día como por ejemplo éste, rodeada de tormentas, con ese olor a piornos que baja de la sierra, cojo un libro y me sumerjo en él, me recreo, lo gozo de manera intensa. Leer a Jiménez Lozano seguramente ha sido hoy el mejor momento del día. Espero que me duren las sensaciones, las emociones, el bienestar, el olvidar absolutamente todo cuando entre mis manos acuno un libro.
    Un cariñoso saludo.

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  3. Emilio, tenerte como lector y recibir un comentario como éste, le confirma a uno que no está totalmente errado. La dialéctica lleva a los seres humanos a dialogar. Y me encanta esa idea de activista que has plasmado. Dicho sea entre nosotros. Estoy leyendo El ensayo sobre la lucidez de Saramago y me gusta la música, pero avanzo muy lentamente. Me devora la sociología, la actualidad, la educación, como bien dices. Genial.

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  4. Castilla, qué gozo poder compartir contigo ese disfrutar con Jiménez Lozano en esta tarde en que llega el olor a piornos. Con comentarios como estos, uno siente casi dolor de escribir en un blog. Dolor entendido en el sentido más profundo. Dolor como contemplación, como éxtasis, como accesis. No sé si me explico, pero seguro que sí. Espero poder volver a leer algún día con la intensidad con que lo hacía. Ahora me devoran otras cosas. Y me cuesta dormirme extasiado en ellas. Gracias por tu presencia.

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  5. Joselu, lo maravilloso de los libros son las sensaciones que producen en cada lector y, más aún, como tú dices, lo que significan en un momento u otro de la vida. Voy a ser mucho más modesta que tú y contarte que cuando tenía doce o catorce años devoré la colección completa de "El Coyote" en las noches veraniegas de la sierra madrileña. Me daban las dos o las tres de la mañana fascinada con las andanzas de César de Echagüe (por eso mi hijo se llama como él, siempre lo tuve claro) a la luz de una bombilla amarilla que decían ahuyentaba a los mosquitos. Me encantaban aquellas historias. Años más tarde quise releerlas y se me caían literalmente de las manos, me parecían folletines baratos en comparación con "Fortunata y Jacinta", por ejemplo. No me tengo por gran erudita literaria, ni mucho menos. No he podido nunca con "Rayuela", a pesar de las maravillas que otros cuentan, ni con "La saga/fuga de JB", ni con la pesadez de "FRay Gerundio de Campazas", por citar algunos ejemplos. El paso por la Facultad me sirvió para leer y estudiar muchas obras que ahora todavía recuerdo junto a otras que no significaron nada para mí. Me encanta la novela negra, disfruto con una buena intriga. Leer algo antes de dormir me ayuda a conciliar el sueño. Necesito estar siempre sumergida en una historia ajena que hago mía.Unas me duran meses y otras apenas unos días, depende de tiempo que tenga, por eso en vacaciones uno de mis mayores placeres es leer durante horas.
    Intento que mis alumnos lean todo lo que puedan, les proporciono lecturas de todo tipo para que vean lo diverso que puede ser el mundo a través de los libros. No me parece una intromisión en sus vidas, al contrario. Les encanta leer en voz alta, especialmente obras de teatro, y suelo preparar con ellos cuentacuentos y pequeñas dramatizaciones.
    Un placer leerte, como siempre. Un fuerte abrazo, colega.

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  6. Falta hallar el libro adecuado, hace unos años era impensable que un niño leyera y ya ves, se leyeron las miles de páginas de Harry Potter -cuando yo era niña no te sentabas tan fácilmente a leer un libro de ochocientas páginas- ¿Qué si leerlos les cambió la vida? pues tanto para ellos habrá cambiado como para otros los cambió Julio Verne.

    Los libros no cambian al mundo, cambian a las personas.

    Hay que ser modestos y nadar a playas lejanas para ver si ahí nos encontramos de nuevo. Los que llevamos una vida leyendo solemos ser vanidosos, pero debemos recordar que en un principio no leímos para encontrar la clave del mundo, ni para cambiarlo siquiera, era por satisfacción y de ahí lo demás era ganancia.

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  7. Yo nunca he sido devoradora de novelas, si de poesía. Entre 2º y 4º de la ESO me leí antologías como la de Gerardo Diego, Alberti, Lorca... entre otras que había por casa. Y me pasa que ahora me pregunto a mi misma cómo fui capaz... no creo que entendiera mucho de lo que leía y ahora no soy capaz de leerlos. Tiro más hacia la poesía actual.

    Hace unas pocas semanas estaba en Fnac (a veces me paseo por allí miro libros, música... y no necesariamente compro algo). Pues ese día después de un rato de mirar libros tenía en la mano Ficciones de Borges, casi segura de comprarlo, me puse a leerlo y no me acabo de convencer. Así que fui a dejarlo a su sitio y al lado habían libros de Sábato. Ojeé alguno y llegué a El túnel, lo abrí por una página aleatoria, la leí y me atrapó. Para algunos quizá sea un libro más que no les dice mucho. A mí el libro me removió por dentro, me conmovió y cada vez que terminaba de leerlo me dejaba con un estado de ánimo algo extraño. Decidí no leerlo de golpe para ir digiriéndolo poco a poco, ya que es un libro cortito que en una noche podría haberlo terminado.
    Pero sí, hay libros que llegan a nosotros de manera casi mágica, como El túnel y muchos otros me llegaron a mí, en el momento justo… no sé si son casualidades o quizá causalidades, pero en ellos encontramos respuestas a nuestras preguntas o a veces sólo nuestras mismas preguntas formuladas por otros. Otras veces nos identificamos con los personajes, con sus sentimientos, con sus ideas… en definitiva nos sentimos comprendidos de alguna manera, menos solos al ver que nuestras mismas preguntas, nuestras mismas ideas, nuestros sentimientos no son un disparate porque otro también los siente, aunque en muchos casos sea ficción.
    Pero como todos cambiamos con el paso del tiempo… es normal que volver a esas lecturas después de algunos años ya no sea tan emocionante.
    Los libros y la literatura han sido imprescindibles en mi desarrollo, en mi crecimiento personal. Y lo es en mí día a día, si alguna vez no tengo un poema para empezar o terminar el día me meteré un tiro.
    Pero es cierto también que la realidad va a una velocidad de vértigo y nos demanda otras cosas. Es una realidad en que no hay tiempo para la contemplación, para indagar por las secretas galerías de uno mismo que diría J.L.Sampedro… Y en este sentido supongo que la literatura se queda atrás.
    En todo caso yo seguiré leyendo cuando me lo pida el cuerpo. ;)
    Un abrazo Joselu.

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  8. Voy a hacer una confesión que a pocos he revelado: hace dos cursos me sinceré con mis alumnos de Cuarto y les dije que el 80 o 90 por ciento de las obras que estudiaban en las clases de Lengua y Literatura no se les ocurriera leerlas, no eran para ellos. "En eso ya estábamos", me imagino que pensaron. Mientras, un puñado de niños y niñas devoraban Harry Potter o se enamoraban de los vampiros, y yo los veía apoyados en las puertas, entre clase y clase, bebiéndose esos gruesos tomos. Salud(os).

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  9. ¡Ay, la literatura! Tengo una concepción bien distinta, Joselu.
    Si se lee literatura como Yolanda (y yo) leía "El Coyote", leer es un pasatiempo que simplemente nos hace olvidarnos de la vida. Pero otra cosa es hacer amistad con un hombre que está a nuestro alcance solamente por ese medio. Lo que importa no es lo que Fray Luis de Granada aconseje a la perfecta casada; lo que importa es conocer y tratar al propio Fray Luis, a quien le interese. Por eso mismo la gente se aburre con Azorín: porque no están tratándose con el autor, con el hombre, sino que esperan que pase algo excitante en la narración.
    No hay diferencia sustancial entre lo que pretenden la literatura, la música o la pintura; difieren en el medio pero no son sino vehículos para permitir un contacto humano íntimo, desde las más escondidas interioridades de nuestro ser.
    Cuando Borges dice "No me enorgullezco de los libros que he escrito, sino de los que he leído", viene a decir que se enorgullece de los amigos que hizo con la lectura, de los hombres prodigiosos a los que conoció.
    Un abrazo, Joselu.

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  10. Yo creo JOSELU,

    que con los libros, como con cualquier cosa que necesites hacer un esfuerzo mental para zambullirte en ella y disfrutarlo intensamente, debe haber una predisposición y unas condiciones internas y externas propicias para ello, ni siquiera depende de la obra en sí.

    Es más, no creo que ocurra sólo con la literatura, sucede lo mismo para disfrutar música, conectar con una película o cualquier otro tipo de expresión artística. Por ejemplo a mi hay temas musicales que me han hecho levitar... pero ¡¡vaya!! que en un momento me han caído unos lagrimones enormes de puro gusto y lo mismo, lo he escuchado en otro momento y aunque me ha gustado, no me ha producido el mismo efecto en absoluto.

    Luego sucede que cada persona tiene más o menos facilidad en función de mil factores para conectar con algo. En mi caso, casi siempre estoy predispuesta y me apetece escuchar música, sin embargo, aun cuando me encanta leer, no siempre me apetece hacerlo.

    Tengo dos momentos perfectos para disfrutar la lectura al 100%, verás son... cuando estoy muy cansada de cabeza o cuando estoy muy relajada, si estoy normal o con mis neuronas saltarinas porque estoy especialmente feliz, no me apetece leer y si lo hago, ni lo disfruto, ni casi me entero de nada.

    Recuerdo que cuando terminaba los exámenes en la facultad y estaba hecha papilla de estrujarme las neuronas, llegaba y necesitaba ponerme a leer lo que fuera para desconcectarme de todo lo que había metido en la cabeza, cogía una novela y la devoraba, era una manera de hacer limpieza dentro;-) Fíjate, así me zampé Cien años de soledad, en menos de dos noches me la leí enterita y además sin poder dejarla, a mi me gusta leer de noche, no sé por qué.

    Es más, recuerdo haberla disfrutado tanto que siempre la nombro como mi novela favorita, porque sé que lo pasé de maravilla con ella y no en una ocasión, en varias que la he leído. Sin embargo ya sabes lo que me ocurre con el Quijote, que no hay tutía... y no sólo me ha ocurrido con él, tengo mil libros empezados, que me temo no voy a ser capaz de terminar jamás.

    Yo creo que un poco lo que te ocurre ahora, es que estás en un momento especialmente dinámico y efervescente mentalmente, no tienes esa febrícula del pasado;-) tan propicia para meterte en los libros.

    Creo que anímicamente estás más animado y seguramente por eso no necesitas refugiarte tanto en la lectura o en todo caso, no con la misma necesidad e intensidad con la que lo hacías en el pasado... jajaja yo creo que estás más feliz JOSELU y por eso, no necesitas tanto a los libros y te parece que esa relación tan estrecha que tenías en el pasado con ellos, se ha deteriorado... si es así, yo creo que es bueno para ti... pero ya verás, volverás a enamorarte de ellos y además, seguirás sintiéndote feliz:-) Todo son momentos, a veces sólo se trata de acertar con ellos y el libro o la música adecuada para disfrutar de verdad de lo que sea...

    Quizá ahora sea el momento de leerte a “Cándido o el optimismo” de Voltaire jajaja... ¿quien sabe? ;-)

    Muchos besos JOSELU y feliz día

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  11. Si me ha gustado tanto tu entrada, Joselu, ha sido porque me ha hecho recapacitar en cuanto "los momentos" de lectura.
    Yo, he sido una apasionada lectora desde muy pequeña y hasta hace unos años. Lo que me interesaba antes, ahora me deja indiferente. Me cuesta meterme de lleno en novelas de ficción y termino leyendo el final antes de llegar a él. Ahora, me gusta más leer actualidad, cosas que pasan en la vida y que es posible que pasen en el futuro. Mis libros preferidos en la actualidad son de física divulgativa, de psicología, y de panes.
    ¡Como se cambia al paso de la vida, Joselu! Ahora mi curiosidad está en otras cosas, en otros menesteres. Llevo unos meses pensando en estudiar Psicología en la Universidad y lo que me para es que me da un poco de corte, entonces, es posible que lo haga a través de la UNED donde no me van a ver. O también es posible que no lo haga. Me encantaría encontrar un curso donde aprender cosas...... pero los cursos Senior me aburren, nos tratan un poco como a niños.
    Como verás, me has hecho pensar en los ciclos de la vida. Un abrazo Lola

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  12. Animal, esos son los "amigos manuales" que decía Gracián. Supongo que algunos lectores, como a mí me ha pasado, han preferido muchas veces las conversaciones con esos amigos antes que con sus contemporáneos, no necesariamente más vivos que los encuadernados. Ahora bien, la desazón de Joselu, que parece la propia de quien ha fatigado los ojos hasta las cataratas, es comprensible, porque, en él, la lectura es un asunto biológico, y ahora se halla en una etapa de la vida en que ¡por fin! se ha independizado de esa compulsión y la contempla con la serenidad de quien ha descubierto que los cantos de sirena son a veces cantos funerales. Siguiendo el viejo consejo bursátil de que no han de ponerse todos los huevos en la misma cesta, que se ha de diversificar la inversión para no sufrir un quebranto del que no podamos recuperarnos, desde bien joven alterné casi a partes iguales la lectura de textos filosóficos, ensayísticos, etc. y la de textos literarios, en sus tres generos básicos. Ahora, con la eclosión de "lo biográfico", he añadido una cesta más. Todo ello me ha evitado en buena medida el hartazgo genérico del que se quejaba Joselu, no sin razón. De todos modos, siempre hay oportunidades de ser sorprendido gratísimamente incluso por la propia novela: No hace mucho que leí "El asno de oro" de Apuleyo, y he de decir que rejuvenecí en mi afición lectora casi como si hubiera vuelto a tener los entregados, los apasionados 17 años. A la filosofía aún le sigo dedicando no pocas horas de lectura, y jamás me ha decepcionado.

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  13. Yolanda, son edades diferentes. A eso de los doce años se produce una crisis muy intensa en el espíritu lector y se va intensificando en la adolescencia hasta llegar al bachillerato donde apenas encuentro a nadie que se reconozca lector (en la experiencia que tengo yo, que, claro, es relativa). Ahora hay mucho otros estímulos que los reclaman. He experimentado como profesor el placer de sentir a mis alumnos vibrando con las lecturas que se incorporaban a sus vidas. Para esto era necesario un mundo más estable, más lento, menos estimulado. La lectura es lenta, es morosa, tiene como eje ideas, sentimientos, procesos que cuesta seguir, adaptándonos a su ritmo interior. He leído mucho, pero ha llegado un punto en que me dominan otras propuestas más inmediatas. Me cuesta seguir la lentitud de un libro. Dicen que internet está cambiando nuestras mentes y estoy de acuerdo. Me considero un laboratorio personal sobre ello. Cuando me acuesto tomo mi iPad. Consulto mi correo, veo los comentarios en el blog, leo la prensa, tuiteo, leo otros blogs, ideo alguna respuesta... Me cuesta leer unos párrafos de novelas que me atraen. No me concentro. Tal vez esté digiriendo lo leído y vuelva en algún momento al gusto por la lectura. Puedo entender ahora a mis alumnos. En ese sentido es bueno.

    Yo también leí abundantes novelas de Marcial Lafuente Estefanía cuando tenía catorce años. Serían todo lo malas que quieras pero me mantuvieron unido a la lectura en unos años claves. Tengo la impresión de que uno descubre los libros por sí mismo, si es que llega a hacerlo. No me veo formando el gusto lector de mis alumnos, no en estos momentos.

    Un placer dialogar contigo. Un abrazo, colega.

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  14. Gaby, bienvenida al debate (el género femenino es por la foto que aparece en tu icono). No sé por qué empecé a leer. Dices que por satisfacción. Puede ser. Fue posteriormente -al hilo de la narrativa latinoamericana que me llevó a la literatura- uní mi placer a la idea de transformación del mundo. Fue una época muy marcada en mi biografía. No sé si llegaste a vivir aquello. Hoy no es una aspiración de la literatura la idea de transformar el mundo. En todo caso se busca recrearlo. Las vanguardias artísticas tuvieron una proyección política en diversos sentidos. El surrealismo buscaba cambiar la vida, vivir en otro orden de realidades más profundas reivindicando que todos somos artistas si damos salida a nuestro inconsciente. Todo esto me ha nutrido, y por más que me sepa limitado, que me sepa impotente para cambiar la realidad tiendo a aspirar a ello. Por supuesto que entiendo asimismo que la literatura es un arma de transformación personal. Me resulta difícil admitir que se lee por satisfacción. Busco algo. Quizás esté ahí el origen de este ahíto lector de literatura, porque cuando digo que no leo me refiero a literatura. En otro orden de cosas leo tanto o más que en otras épocas de mi vida.

    Me alegra que te unas al debate. Gracias.

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  15. jaramos g., en el ambiente en que estoy ni siquiera Harry Potter ha llegado demasiado a cuajar entre mis alumnos. Esta obra tuvo el acierto increíble de traducir en una historia de adolescentes el estado de una forma de entender el mundo. Es quizás lo que nos acerca a una literatura: que se identifica con nuestra visión de la realidad. El existencialismo expresó una determinada concepción del pensamiento y el modo de estar en la vida, una vez caída la idea de Dios y enfrentados los hombres al sinsentido y abocados a la muerte. No es el debate que prime actualmente, pero sí fue el que me nutrió, y el que llegué a hacer extensible a mis alumnos hace veinte años. Ahora vivimos en coordenadas totalmente distintas en que la tecnología revela una determinada concepción de las cosas y nuestro modo de estar en el mundo. La literatura lo tiene difícil. Espero que los géneros juveniles se sigan renovando, aunque desconfío de que la literatura pueda encuadrarse con esta etiqueta: "generos juveniles", los adecuados a los adolescentes. Creo que hubo un tiempo en que fui un hábil orientador de lecturas para mis alumnos, pero en estos momentos ya no lo soy. Reconozco que no me ha interesado Harry Potter y he perdido el tino del gusto lector adolescente. Por otro lado, las necesidades de mis alumnos inmigrantes son tantas y tan perentorias que un libro de lectura es casi inabordable por elemental que sea.

    Un cordial saludo.

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  16. Animal de fondo, estoy contigo con que la literatura nos permite conocer a algunos hombres. Así conocemos a Azorín, a Unamuno, a Machado, a Valle Inclán, a Baroja. ¡Qué generación más prodigiosa por cierto! Y establecemos un diálogo con ellos. Totalmente cierto. Sin embargo, a medida que me hago escéptico (en ese sentido me voy aproximando a mi padre. Él era un apasionado de la técnica, la aeronáutica, la historia, el espacio, la ciencia divulgativa, la aerodinámica...), me atraen más los escépticos, lo que no tendría nada de malo si no fuera porque luchan en mí esa tendencia escéptica con mis genes de mayo del sesenta y ocho. En esa tesitura, en ese debate imposible entre el escepticismo y la inacción y mis sueños de transformarlo todo (o al menos intentarlo) la lectura de literatura se me hace enojosa como si no respondiera a este tiempo en que estamos y lo experimentara en carne propia.

    En todo caso, es maravilloso este diálogo que podemos trenzar, en que lo importante es poder hablar e inmiscuirnos en alguna manera en otros universos mentales a través de esta herramienta prodigiosa que es internet y que me absorbe totalmente. Ese es el cambio.

    Y sí, como a Borges, lo que me enorgullece es los libros que he leído, los seres humanos que he conocido a través de la literatura.

    Un abrazo, Francisco.

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  17. Me identifico plenamente con la primera parte de tu escrito; cada lectura tiene su momento propicio, el que la hace posible, personal, azaroso... tal como tú leiste La montaña mágica es la única manera en que he podido yo leer cualquier cosa. Pero no coincido con la segunda parte, la literatura no es una amante lejana, la literatura son multitud de amantes... me parece joselu, que lo que ocurre es que simplemente no has encontrado la amante adecuada para este momento preciso... pero ya aparecerá ya.
    ........
    pero nos han dejado un poco de música
    y un póster clavado en el rincón
    un vaso de whisky, una corbata azul
    un delgado volumen de poemas de Rimbaud,
    un caballo que corre como si el diablo le estuviera
    retorciendo la cola
    sobre la hierba azul y el griterío
    y después, de nuevo, el amor
    como un coche que dobla la esquina
    puntual,
    la ciudad a la espera
    el vino y las flores
    el agua corriendo a través del lago
    y verano e invierno y verano y verano
    y de nuevo invierno.

    Charles Bukowski.

    Un saludo.

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  18. María, sé que esta es una etapa nueva. Me atraen las lectura funcionales, prácticas, el lenguaje de la imagen, la creación de vídeos, lo social... No consigo terminar un libro que me llame tanto como para leerlo en cuatrocientas o seiscientas páginas. He pasado en mi vida por sequías lectoras, pero siempre he vuelto. Hay en mí un temor y es que pierda totalmente esa amante que es la literatura, aunque Serenus afirma que hay multitud de amantes (qué machistas redomados somos!), una novia en cada puerto tal vez... Me duele que textos que me han entusiasmado en el pasado se me hagan insufribles en el presente. Me ha pasado con muchos. Recuerdo la emoción que sentí leyendo Memorias de Adriano de Margueritte Youcernar en un momento estelar de mi vida, y también el aburrimiento que me produjo veinte años después. Alguien escribió, no sé si Josep Pla, que a una determinada edad las novelas causan hastío. No sé si ahora tendría el amor y la paciencia de volverme a meter en Ana Karenina, en Guerra y paz, en Los hermanos Karamazóv, en Moby Dick, en Los novios... Mi lectura última -pedagógica de Cien años de soledad fue frustrante. Eso no quiere decir que diga que no sean valiosas. Lo siguen por supuesto siendo, pero las vidas discurren por meandros que exploramos como el curso de un río que nace en las montañas, baja a las selvas y a las llanuras y termina desembocando en el mar. Creo que la vida es una aventura única, y en la mía la literatura ha sido un elemento fundamental. Soy el que soy en virtud de la literatura. Sé que puedo resultar muy egocéntrico, pero soy de la persona que mejor puedo hablar. Quizás nosotros somos el único tema auténtico que tenemos a nuestra disposición. Ahora el río que es la vida me lleva en otras direcciones, no menos absorbentes o apasionantes. Y estos diálogos en que planteo temas sólo por el placer de hablar y de escribir, tienen como objetivo también haceros hablar a vosotros. Vuestras voces me son necesarias, y este intercambio me produce algo rayano en la felicidad, o al menos se parece mucho. Gracias por tus palabras. Besos.

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  19. Lola, me temo que no hay unos estudios adecuados para ti. Por tu manera de ser deberías estar con los jóvenes y no con los senior, pero tal vez esa situación te produzca incomodidad y cierto embarazo. A mí también me pasaría. La UNED es fría y distante, por lo que tengo entendido y en una carrera como Psicología hay que estudiar muchas materias que no te gustarían. Tienes un interés muy particular en ciertas ideas y aspectos de la ciencia. Te atrae lo esencial, lo nuclear... tardarías en llegar a ello en estudios reglados. Creo que tus intereses van más en dirección al autodidactismo, lo que haces ahora en esta escuela universal que es internet, esa especie de facultad colectiva en que se practica el sharismo. Besos. Me gusta cuando consigo interesarte.

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  20. En este impasse estamos desde hace mucho tiempo: No hay que recomendar literatura sin formar lectores previamente. Si algo tengo claro en mi oficio es que una de mis tareas fundamentales es conseguir que lean y entiendan, a toda costa, sea lo que sea. Cuando se hayan salvado los límites de rechazo a la letra, lo que venga después es secundario. Quiero decir que cada cual encontrará su camino, pues la literatura es explorar, hallar, errar, equivocarse... Pero para todo eso es preciso que el acto de leer sea un acto voluntario, ejecutado desde el placer, no desde la obligación. Creo que tus fracasos (re)lectores se deben a ello: Si en su día leíste por placer y disfrutaste, ahora lo haces por la "obligación" de sentir lo mismo, y así no funciona la magia literaria.
    Un saludo.

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  21. Serenus, me gusta no perderte la pista. Hay tantos amigos que van desapareciendo que uno siente profunda desazón cuando una voz se dosifica, escasea, se va silenciando. Querría pensar que tienes razón. Nada hay que deseara más que volver a retomar la lectura, volverme a quedar atrapado en un texto que me absorbiera, pero progresa en mí, como un potente ácido, la mirada escéptica y parece que ya no creo ni siquiera en el escepticismo. La literatura fue tabla de salvación en distintas etapas de mi vida. Ahora parece que navego en un iPad a modo de colchoneta que me hace huir de lo literario. Al final tendré que destrozarlo a modo de periódico.
    El mundo de los blogs se está quedando fragmentado, sectorializado, con escasa energía. Una pena.

    Un saludo.

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  22. Antonio, en mi situación veo una metáfora de esta realidad cambiante ante lo literario que nos afecta a todos, y en especial a las jóvenes generaciones que terminarán en convertirse en analfabetas funcionales en estas coordenadas. El problema es que para leer uno tiene que tener estímulo, hambre, predisposición a enfrentarse a un libro, a una narración. Nuestros adolescentes tienen otros muchos estímulos más excitantes que sumergirse en un texto escrito lento y lleno de descripciones tal vez. Nuestro modo de relacionarnos con lo literario está mutando a pasos acelerados. Tienes razón en tu planteamiento, pero me temo que nuestra capacidad de influencia es escasa. Cuando haces leer a tus alumnos de Bachillerato una Celestina adaptada muestras el camino pero me llena de congoja. En mi crisis lectora veo algunas claves para entender qué está pasando y lo experimento en primera persona.

    Los libros son espejos. Creo que no hay explicación más precisa de su poder. Un buen libro nos devuelve nuestra imagen potenciada, nos sentimos reconocidos en el devenir de los protagonistas, nos envuelve su atmósfera, nos seducen sus reflexiones, el estilo, la música del lenguaje en una amalgama difícil de dilucidar. Cuando un libro ha sido clave en tu vida, cuando funcionó como espejo de tu estado y tus esperanzas, de tus sueños y expresó tu visión del mundo... y más adelante lo vuelves a leer y te das cuenta de que ya nada es igual, que aquello ya no te interesa ni te reclama, adviertes que has cambiado, que ya no podrás viajar de nuevo por aquellos paisajes... Tal vez otros, ciertamente, pero no será en función de aquellas obras que han quedado arrumbadas y desprovistas de magia. Este proceso es terrible y descorazonador. Queda esperar que alguna otra obra te revele de nuevo, que te devuelva a modo de espejo un mundo imaginario, pero eso es lo malo y a lo que sigo atado: a una percepción mágica del mundo que ya no existe pero no acepto que no pueda existir. No sé si me explico, Antonio.

    Un saludo.

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  23. Concuerdo contigo en que cada libro tiene su momento y, cuando hablas del reto pedagógico, recuerdo mis años de escuela y lecturas forzosas. En esos días yo detestaba la literatura (no así la lectura) porque me parecía un sinsentido de ficciones nada más. Ahora me encanta la literatura, como dí a entender cuando escribí una nota sobre su razón de ser. Pero otra cosa hubiera sido, me parece a mí, si como estudiante se me hubiera permitido descubrir los libros, incluso las ficciones, que a mí me llamaban y no las que estaban en el temario de la clase. Creo que los mismos autores deberían horrorizarse de que se les lea por obligación.

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