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jueves, 28 de abril de 2011

Poética del berberecho


Asistí a aquel entierro pensando en si mis botas estarían limpias. El muerto estaba bien compuesto, pero yo me sentía raro. Uno no puede ir a un velatorio con cualquier cosa, y mis botas estaban poco brillantes. No podía decir que el difunto y yo fuéramos amigos íntimos. Un día me invitó a una ración de berberechos en una tasca en Mojácar. No me gustaban entonces los berberechos así que tuve que comérmelos sin demasiado entusiasmo, el mismo que puse en la conversación. Me hablaba de que la literatura estaba muerta. Yo no sabía qué decirle. Ahora el muerto era él y sentía no haber trenzado con él algún comentario original. Yo siempre callaba. Siempre que me encontraba insistía en invitarme a raciones sin fin de berberechos que al final me terminaron gustando. Los aderezaba con abundante limón y pimienta negra por encima. Un día me habló misteriosamente de su madre. Era una mujer prodigiosa -me susurró al oído-. Se había hecho a sí misma. Él la admiraba por encima de todo. Me lo decía melancólicamente deleitándose con un berberecho atravesado por un afilado palillo. Pensé, cuando lo vi tan muerto y tan desvalido en aquel ataúd de saldo, en los berberechos y en su extraña madre. No sé por qué me vino a la cabeza una canción de Golpes Bajos. Tenía una barba desatendida. Cuando lo conocí, me repelían las perillas, luego me fui aficionando a ellas. La suya, encanecida, tenía un aire solitario que me terminó fascinando. No sé. Las cosas no le habían ido nada bien con las mujeres. Ninguna se parecía a su poderosa madre. Todas le terminaron abandonando. Cuando le conocí tenía cincuenta años recién cumplidos y me temo que no había hecho el amor nunca. No me lo dijo pero no sé por qué me pareció entenderlo así. Los berberechos le daban intensas ganas de follar. Estaba siempre, pues, dispuesto, pero no tenía, fuera de Onán, modo de solucionarlo. Tenían -según él- estos bivalvos forma de corazón. Exponía que las mujeres tienen en sus manos a los hombres, que los dominan  con sus artes maliciosas. Yo no sabía qué decirle pero me hubiera gustado decirle algo que no le pude expresar.  Me resultaba raro pensar que aquel hombre, del que no supe su nombre hasta aquel día en que estuve frente a su cadáver definitivo y me  enteré de que se llamaba Adrián López Enguita, nunca se había acostado de verdad con una mujer. Sólo devoraba compulsivamente berberechos con pimienta y limón. Yo le escuchaba pensando que no tenía demasiado importancia lo que me decía, pero no dejaba de pensar en lo que me explicaba sobre los berberechos de los que había doscientas variedades en el mundo. Una vez me contó que había tenido un mono, un tití. Lo alimentaba con berberechos gallegos. El mono vivió opíparamente diez años y fue su confidente durante aquel tiempo. Le ayudaba a cuidar a su madre, doña Elvira Enguita. Su padre había muerto cuando él era niño. Pero nunca me hablaba de él. Parecía ser un cero a la izquierda en su existencia. La madre fue su consejera, su musa, su educadora… Le daba papillas con caldo de berberechos, le hacía tortillas de berberechos cuando era niño y luego cuando fue mayor se los hacía con ajo y perejil.

Tuvo Adrián pocos amigos.  Yo fui el único que le escuchó. Nunca fue  dado a entretejer relaciones con los demás. Ni siquiera le gustaba el fútbol. Trabajaba en solitario en unos almacenes en la trastienda. Se pasaba los días pasivamente alimentándose exclusivamente de berberechos y leyendo prensa de sucesos. Esta era otra pasión en su vida. Él pensaba que tendría que haber sido detective privado o policía. Le embelesaban los crímenes pasionales. Muchas veces había pensado en estrangular sin dejar pistas a una de esas mujeres que le despreciaban. Ninguna había aceptado su inequívoca pasión bivalva. Seguía pensando en mis botas camperas de tacón grueso y me dieron ganas de pegar un puntapié al velón encendido.  Adrián se me aparecía revestido de una luz muy especial en aquel funeral en que no estábamos ni doce personas y la mitad ni lo conocían.  El resto eran el viejo cura, los empleados de la funeraria y algún vendedor desolado de berberechos. Su féretro era de la clase de madera y diseño más baratos.  Parecía una lata. Pensé en destinarle una oración pero ya no sabía ninguna. ¿Qué podía decirle a estas alturas? ¡Qué vida más extraña! Una vida marcada por las carencias y los berberechos, pero yo tenía que agradecerle que me terminaran gustando de todas las maneras. Incluso con mayonesa o mojados en café con leche. Cuando estoy deprimido me hincho de ellos y me acuerdo de él y su perilla cana. Ahora tenía una lata en mi bolsillo. Era una lata muy cara. La gente no sabe que hay berberechos de las rías que valen una fortuna. Esta lata me costó hace un año más de un mes de sueldo, aunque no puedo presumir de que mi sueldo sea demasiado espléndido. Había pensado en dejarla dentro de su ataúd-lata entre sus manos cruzadas. Creí que es el mejor homenaje que se podía hacer a este hombre gris del que nadie sabía nada y del que sólo me acordaría yo. Ni su madre había venido a la ceremonia. Al final ella lo desdeñó también. Adrián se quedó solo. Sólo tenía a los berberechos para hacerle compañía en su soledad irreversible. Los compraba en todas las cadenas de supermercados: marca El Corte Inglés, Hacendado, Eroski, Caprabo, Día, Lidl… No supe cómo pudo romper con su madre a la que amaba apasionadamente. No me contó cómo había sido.

Sólo había leído y releído dos libros. Decía que la literatura era anacrónica frente a la vida, pero las andanzas de Holden Caulfield le fascinaron. Creía que se hubieran podido entender. Adrián también se hubiera preguntado adónde iban los patos de Central Park en invierno, igual que él no podía entender por qué los berberechos vertebraban su alma, su deseo de totalidad. El otro trataba de un escribano que se sentaba en su mesa y decía, como él, que preferiría no hacerlo.  

Pensaba en mis botas indecorosas.  Nunca podría volver a hablar con él. En parte lo echaría en falta y, aunque parezca mentira, a su perilla. Nuestras pláticas eran baladíes, pero me hacían compañía en medio de la tolvanera de la vida.

Cuando el cura nos despidió me cayeron unas lágrimas y apreté fuertemente la lata de berberechos contra mi pecho. Me los comería a su salud con pimienta y limón. Creo que no aprendí  muchas cosas de él pero lo echaría a faltar. Me despedí de él, acariciándole la perilla, antes de entrar en el túnel del crematorio.  Yo también estaba helado. Sólo vi su ataúd entrando allí, y luego se cerró el portón. 

No somos nada. 

(He escrito esto mientras hacía guardia de castigados por la tarde. Sólo han venido dos y hemos estado como en familia. Se lo dedico a ellos).


ATENCIÓN: EL RELATO ESTÁ CAMBIANDO. HA SUFRIDO SUCESIVAS TRANSFORMACIONES Y SEGUIRÁ HACIÉNDOLO A LO LARGO DE LOS DÍAS DE PUBLICACIÓN. 

22 comentarios :

  1. Nadie debe ser castigado por sus pensamientos

    Y menos aún si son tan originales como estos. Bonito relato Joselu, me ha gustado. Y muy original lo de los berberechos

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  2. ¡Qué paradoja! A veces conocemos a aquellos con los que hemos convivido cuando ya no están y sus filias y fobias se nos aparecen para configurar el último retrato del difunto. Siempre he pensado que la mejor de las soledades es la de los muertos, porque no la sienten.
    El leit motiv de los berberechos le da un sabor especial a la historia. Quizá algo fuerte, como la pimienta, o algo ácido, como el limón.

    (¡Les tendrán que leer la historia a los dos castigados, que este relato convierte en premiados por el arte de la palabra!)

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  3. Estupenda historia, Joselu. Hermosa manera de aprovechar un rato que se supone muerto y engorroso. Vigilar a dos alumnos resulta poco apasionante, suerte que con un ordenador a mano has sabido sacar provecho de la situación.
    A veces entablamos relación con las personas más insospechadas. Un colega me contó una vez que se quedó prendado de una mujer en una gasolinera y la siguió durante kilómetros, aunque iban en direcciones opuestas.No llegó a hablar con ella y arrastró esa frustración durante mucho tiempo.
    He sentido algo extraño al conocer la muerte de personas con las que tuve una relación efímera o conflictiva. Todas las muertes impresionan, sin duda. He tenido que asistir al entierro de dos alumnos en años pasados y son de lo más doloroso, algo incomprensible.
    Como dato humorístico, ya sabes que los moluscos bivalvos encierran toda una simbología sexual, según he leído alguna vez. El tono de tu relato me recuerda a Juan José Millás.
    He intentado publicar una breve entrada en mi blog y me resulta imposible, no sé por qué. Todo lo demás funciona. Me pasan cosas muy raras últimamente con el ordenador... ¿Has visto el vídeo de mis colegas y alumnos? A ver si tenemos suerte.
    Un fuerte abrazo, colega.

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  4. Espléndido relato Joselu. Un relato lleno de dinamismo y de fantasía. Como los que a mí me gustan. Un relato que nos recuerda lo estúpido que puede ser el devenir y la razón del vivir. Los berberechos son la clave.
    ¿Por qué no te prodigas más en esta faceta de los relatos? Tienes auténtica maestria para el relato. De veras.

    Un abrazo.

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  5. Jajaja JOSELU ¡¡vaya lo que te ha dado de sí una lata de berberechos!! ¿cómo va a castigarse a nadie por sus pensamientos si además son tan surrealistas y divertidos? :))

    El toque genial de tu historia, a parte de tu preocupación por si tus botas estaban o no lo suficientemente lustradas para tamaña ocasión, en mi opinión este: “....Cuando el cura nos despidió me cayó una lágrima y apreté fuertemente la lata de berberechos en mi bolsillo...” ¡¡cuánto sentimiento!! jajaja ¡¡cuánta intensidad dramática!! ...es que me estoy partiendo...jajaja ¡¡ nunca una lata de berberechos supuso tanto apoyo en tan duros momentos!! verás... me está viniendo a la memoria un poema que te voy a versionar para la ocasión...

    Érase un hombre a una lata de berberechos pegado,
    érase una lata de berberechos superlativa,
    érase una lata sayón y escriba,
    érase un berberecho muy barbado.

    Era un reloj de sol mal encarado,
    érase una alquitara pensativa,
    érase un berberecho boca arriba,
    érase el difunto ADRIAN ENGUITA :-)

    Me gusta verte hacer el ganso, aunque sea en horas de clase:-)

    Un beso muuuy grande, mi querido berberecho jajaja

    ¡¡FELIZ FINDE!!

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  6. Me has dejado un poco sorprendida con tu faceta de fabulador, pero me ha gustado y me gustaría saber en que te has basado para contarla. ¿Acaso llevabas esa lata de berberechos en el bolsillo?
    Creo que nunca iría al entierro de alguien que significa tan poco para mí. De todas maneras, fue una manera de agradecerle que le contagiara su pasión por los berbe.
    Un abrazo, fabulador. Lola

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  7. Una conversación alrededor de una lata de berberechos puede llegar a unir mucho y es precisamente la lata (de berberechos) lo que acaba apareciendo recurrentemente cuando hacemos balance sobre el otro y las extrañas relaciones que, a veces, entablamos, con desgana, con muy poco que decir, pero que, al final acabamos echando de menos cuando no están. ¡Cómo somos los humanos! Nos encantaría estar siempre inmersos en grandes momentos, en momentos inolvidables y trascendentes, pero al final la mayoría de nuestros ratitos están unidos a latas de humildes berberechos (aunque por lo que veo hay latas de pata negra)...

    Un muy buen relato, Joselu. Suscribo lo que apuntan los otros bloggueros, una tarde muy productiva cuidando de tus castigados.
    Un abrazo.

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  8. Interesante y original relato. Uno no puede dejar de sentir una cierta piedad por este personaje tan singular. Puestos a hacer un balance del haber de su vida, sólo se me ocurre anotar el amor filial por la madre, por los berberechos y el haber captado el afecto del narrador hasta el extremo de que le acompañara en la despedida.

    Le perdonaremos, haciendo uso de la piedad mencionada, su simpatía por Jiménez Losantos y su menosprecio de las mujeres...

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  9. Malo, lo cierto es que los muchachos que vinieron al castigo no me parecieron muy conflictivos. Eran cinco en total, pero tres no se presentaron. Fue suave. Mientras ellos copiaban las Normas Básicas del Centro, yo escribía un relato que se pretendía de humor, que es mi asignatura pendiente. Le puse hasta un título en latín para acentuar el efecto que pretedía cómico-absurdo.

    Un abrazo.

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  10. Lu, el relato se ha ido convirtiendo en otra cosa respecto al desarrollo inicial. Si fuera un wiki hubieran quedado constancia de las capas sucesivas con que se ha ido construyendo este relato berberechesco. Esa palabra me parece realmente prodigiosa e imaginé a un comedor compulsivo de berberechos tan gris al que incluso su madre acaba por abandonar. No sé si esto responde al género de la astracanada. Cuando lo he ido haciendo evolucionar me he dado cuenta de lo endeble de la idea inicial. Gracias por intervenir.

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  11. Yolanda, disculpa por mi tardanza en contestar, pero he estado haciendo el relato más existencial. Empecé a escribir dejándome llevar por la inspiración del momento pero no soy Millás y no tengo ese ingenio para el relato y las paradojas. Quería reflejar una pobre vida, marcada por una manía como hacía Galdós, que es contemplada por otro pobre diablo que es el único que le recuerda y le aprecia. Ambos comparten la soledad de los berberechos. Cuando acentuamos una obsesión podemos dar con algo valioso o con algo grotesco. Sé que no he sabido armonizar el relato que en la primera versión que tú leíste era demasiado elemental.

    No he visto el vídeo de tus compañeros. ¿Dónde está? He repasado los últimos correos que me han llegado de ti y no lo he visto.

    En cuanto al carácter afrodiaco de estos bivalvos, hay una amplia bibliografía al respecto, pero no lo he comprobado fehacientemente y en persona sus propiedades.

    Un abrazo, colega. ¿Has podido resolver los problemas con el blog? No he visto que hayas publicado.

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  12. María, hubo un tiempo en que yo era capaz de escribir y pergeñar historias de un hunor absurdo y pesadillesco. Al escribirlas, me tronchaba de risa pensando en el efecto que podían causar. Sin embargo, he ido perdiendo esa predisposición para el humor, y en este caso quería ver si podía haber retenido algo de aquello. Eres la única que se ha dado cuenta de que mi relato (malo donde los haya) pretendía conseguir alguna carcajada. Que a ti he haya hecho gracia es para mí una satisfacción. Alguien lo ha percibido. Luego he ido cambiando aspectos del cuento y lo he transformado puliendo bastantes imágenes. Creo que luego ha derivado a una especie de cuento grotesco-existencial que puede suscitar alguna interpretación que nadie hasta ahora ha sugerido. Espero a ver si algún lector se anima a hacer suposiciones. El relato ha mutado de título y en muchos elementos. Ya no es el que tú leíste. Creo que se ha hecho más complejo, y menos pretendidamente humorístico. Gracias por ver su humorismo absurdo.

    Besos.

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  13. Lola, creo que entre los dos protagonistas se crea una corriente más profunda de lo que puede pensarse en un primer momento. La pasión por los berberechos se transmite a través de conversaciones en que la vida de uno pasa a la del otro. Del narrador no sabemos nada, excepto los sentimientos pasivos que el otro le despertaba. Nadie había apreciado la vida gris, desolada, del comedor de berberechos. El narrador era su único confidente que sabía de sus gustos, aficiones y fracasos profundos con las mujeres. Pensé en algún momento cambiar el género del narrador y convertirlo en una mujer, pero me di cuenta de que no era una buena idea. Esos pasadizos sentimentales entre uno y otro son esenciales. Hay pasión por los berberechos, pero también algo más. He ido haciendo evolucionar el relato hacia otra cosa diferente de la que fue en un primer momento. Gracias por tu atenta lectura. Un abrazo.

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  14. Castilla, es mejor tu interpretación que mi relato. La vida no ofrece épica en la inmensa mayor parte de sus momentos. Los dos protagonistas son grises. Al primero nadie lo recordará excepto el narrador que nos transmite una historia anodina salvo por la hipérbole berberechesca. En la vida se mezcla la comedia bufa, con el realismo plano y la aventura existencial. Habemos algunos que querriamos vivir en las alturas, pero la realidad nos lleva a pasear una tarde de sábado por un centro comercial junto a miles de seres iguales cuyas vidas son tan anodinas o tan geniales como las de los protagonistas de esta historia. Creo que retocando este relato se puede extraer algún valor. No sé si en la versión que he logrado hasta este momento he conseguido hacer más intensa su altura existencial por encima de la comedia bufa de un berberecho ensartado en un palillo afilado. Siempre quise escribir algo sobre berberechos. Que nadie diga que un blog no sirve para realizar algunos sueños latentes. El berberecho oculta su carácter simbólico detrás de su extraordinaria sonoridad. Gracias por tu lúcida interpretación. Un abrazo. No sabes lo que aprecio tu presencia.

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  15. Luis Antonio, das con una clave importante y es la de plantear que esta vida anodina sólo intensificada por su pasión por los berberechos y un amor edípico por su madre puede ser suficiente urdimbre para general un relato en que sobresale la piedad del narrador, piedad que en la versión definitiva se define mucho más. He pretendiod ahondar en ella. Tal vez la esencia de esta historia bufa sea la de sugerir que detrás de cualquier vida, por pobre que pueda parecer a simple vista, siempre pueda haber alguien que la aprecie y que la haga valiosa. Esta corriente de sentimientos entre los dos protagonistas es lo que pretendía describir, sé que sin mucho acierto, pero una guardia de castigados de una hora es poco tiempo para definir algo más audaz. Luego he ido añadiendo, quitando, cambiando, pero en esencia tu interpretación es bastante ajustada. No hay vida que alguien no pueda considerar con afecto. Y lo de la manía era una técnica galdosiana. Todos los seres humanos vamos unidos a alguna manía, nos hace creíbles sobre todo si ésta se hiperboliza. Como expresó Valle Inclán nuestra tragedia no es una tragedia: es el esperpento. El ejercicio me ha servido para explorar algunas ideas, aunque sé que sin mucho acierto. Pero con lectores tan sagaces como los que he tenido, lo mediano se hace digno. Gracias.

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  16. Miguel, gracias por tu generosa opinión, pero pienso que no soy bueno urdiendo tramas. Me falta imaginación para hacer desarrollar caracteres que tienen su propia lógica. Es cierto que escribo y que esto me desahoga y me lleva a sacar mi gusanillo de periodista no realizado. Pero de ahí a pensar que tengo maestría hay un océano. Eso sí, es alentador que alguien te lea con afecto. Este afecto es semejante al que tiene el narrador por el personaje berberechesco. Ninguna de sus vidas es digna de un relato, pero los grandes cuentistas con Chejov a la cabeza llevó a los personajes humildes a ser protagonistas de auténticas joyas. Recuerdo La dama del perrito. Esto de tener un blog te permite (a mí, quiero decir) jugar a ser alguna vez creador que aunque mediocre también tiene su corazoncito. Y su pequeña ventana abierta al mundo. Tener a alguien que te lea con ternura, ya es suficiente estímulo. Un abrazo.

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  17. El espíritu del berberecho. Menos mal que se impuso la cordura y escondió la lata en su bolsillo y no en la sepultura. El muerto al hoyo y el vivo al bollo.
    No soy muy aficionado a los berberechos -aunque con limón y una cervecita son estupendos-pero los de lata, si son buenos son verdaderamente carísimos -y no siempre la calidad es adecuada al precio. A los frescos, que me encantaban, les he pillado un poco de manía tras dos indigestiones... seguramente porque se coló alguno en dudoso estado.
    Yo te invitaría a unas cañitas con boquerones en vinagre -de esos blanquitos tal y como los hacen en Almeria... nunca los he probado mejores que allí, en una pequeña tasquita en el centro de Mojacar.
    Un saludo Joselu.

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  18. He atisbado un Joselu tras las páginas no mencionadas explícitamente de Bartleby, un Joselu que preferiría no hacer muchas cosas pero que tira siempre hacia adelante convirtiendo su renuencia en escritura, en palabras que nos regala día a día, porque sabe que nosotros sí que preferimos seguir leyéndolo.
    Un saludo, escribiente.

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  19. Ya está ¡¡JOSELU, lo tengo!!

    Tú crees o quieres hacernos creer ( porque no es cierto en absoluto :-) que eres Adrián López Enguita...

    ¡¡Lo siento, pero NO!!:-)


    Un beso ¡¡sigues siendo un berberecho!! jajaja

    PD
    La perilla, estás helado... ¡¡pues NO!!:-) pero ¡¡feliz domingo ¡¡me encaantan los juegos de acertijos!!:-)

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  20. Serenus, ¡qué hermosos recuerdos tengo de Mojácar en un viaje en solitario que hice hace treinta años! ¡Qué cambiado lo encontré años después! Aquella costa era africana todavía cuando la vi. Me encantaría tomar esos berberechos en Mojácar contigo. Sería un lugar genial en esa tasquita. Un saludo, Serenus.

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  21. Antonio, tu comentario me alegró la noche. Me fui a dormir contento. Bartleby es uno de los personajes con más recorrido que conozco, a pesar de su pasividad. Su negativa radical tiene muchísima intensidad. Y sí, yo preferiría no hacerlo, pero esto de escribir es algo superior a mí. No soy escritor pero actúo como si lo fuera, y si tengo amigos que me leen con afecto la dicha es completa. Gracias por tu interpretación.

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  22. María, todavía tengo que darle el toque final al relato, pero estimo que revela claves internas que ni yo soy capaz de descifrar completamente. La técnica de la elaboración delante de todos tiene riesgos, pero está abierta a múltiples interpretaciones que al autor se le escapan teniendo en cuenta lo freudiano que llega a ser uno a su pesar. Un beso. A ver cómo lo hago evolucionar a este relato que es varios relatos a la vez. Besos agradecidos.

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