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viernes, 18 de abril de 2008

Lluvia en Macondo


El día ha estado marcado por la lluvia abundante que tanta falta está haciendo. Tengo varias guardias. Los cuartos han salido de excursión y tengo que cubrir las ausencias que han dejado los profesores. Subo a primero D. En cinco mesas se colocan una veintena de chicos y chicas. La mayoría son hijos de inmigrantes magrebíes y latinoamericanos. Es un curso de ritmo lento, como le llamamos aquí. Entro y me presento. La profesora tardará un poquito pero podéis ir estudiando el tema 11. Pero antes les pregunto cómo se llaman. Sé que en infantil comienza en algunos colegios la jornada dándose todos el buenos días. Lo aplico a los chavales. Les pregunto cómo se llaman y cuando me lo dicen entre risas les digo Buenos días, Fátima; buenos días, Rachid; buenos días Lassen; buenos días, Rafaela, así hasta los veinte que son. Algunos nombres son nuevos para mí y son difíciles de pronunciar. Lo hago lo mejor posible porque esto siempre da lugar a risas sobre la persona mencionada. Les hace gracia y crea un estado de bienestar en el aula. Les digo que les saludo porque quizás alguna vez yo sea su profesor y hemos de empezar a conocernos. Cuando estamos disfrutando del momento llega la profesora que se había quedado atrapada en un atasco y salgo del aula. A lo largo de la mañana me los encontraré en el vestíbulo pues no pueden salir al patio por la lluvia. Recuerdo algunos nombres. Les saludo y ellos, encantados, me lo devuelven.

Me paso la mañana haciendo pasillos, metiendo a los alumnos al aula, preguntando a los que deambulan de aquí para allá que qué están haciendo, que adónde van. Observo el clima en las diferentes aulas. Parecen relajados aunque a veces se oye a profesores o profesoras realmente enfadados. Distingo algunos gritos y me doy cuenta de lo agresivos que resultan. Crean un clima desagradable. Me digo que no he de caer en ellos aunque mis alumnos se porten rematadamente mal. Observo la lluvia cayendo por los patios. Todos la celebramos como algo grato. Se ha interiorizado la sequía y somos conscientes de lo que está en juego.

De pronto me llaman del piso sexto. Hay una emergencia. Subo corriendo. Un alumno, al que conozco bien, padece un ataque de ansiedad. El profesor de filosofía, que está haciendo un examen, lo atiende; también una profesora de Experimentales. El chaval –vamos a llamarlo Álex- está tendido en el suelo estremeciéndose por las convulsiones. Es el segundo o tercer ataque que sufre esta mañana. Ha venido su madre que es consciente de la situación pero estima que es mejor que esté en el centro. También el psiquiatra que lo lleva. Impedimos que se muerda la lengua y con palabras afectuosas y tranquilizadoras intentamos calmarlo. Álex, Álex… Lleva tapones de cera para no excitarse con los timbres y los gritos. Está obsesionado con el curso de primero de bachillerato. Piensa que no se lo va a sacar y su responsabilidad le lleva a padecer frecuentes ataques de ansiedad. Sus compañeros lo cuidan y ya están habituados a sus convulsiones y a que tenga que salir de clase cuando le vienen. Son casi diarios. Le damos un diazepan que lleva para casos así. Se lo metemos en la boca, parece ahogarse, vomita y lo echa. Parece quedarse tranquilo. Se toma otro. Al cabo de diez minutos parece serenarse. No es un caso para llamar a la ambulancia. Es algo cotidiano. No quiere irse a casa. Quiere asistir a las clases que faltan de la mañana, nos dice en voz muy bajita. Sus compañeros lo llevan a la clase de física que le toca a la siguiente hora. Algo que ha dicho se me ha quedado grabado: no sirvo para nada. Es un pensamiento peligroso y potencialmente destructivo. Todos estamos sobre el caso y somos conscientes de su situación pero no sabemos muy bien cómo actuar más allá de la buena intención.

Al final de la mañana, por fin me llega la hora de dar una clase. Dejo a Álex calmado de momento y me voy a dar mi clase de bachillerato, mis únicas tres horas de literatura. Hoy nos tocan los capítulos once, doce, trece y catorce de Cien años de Soledad. Tengo cuatro alumnos. Cada uno expone uno. Yo voy orientando la exposición, sobre todo haciendo que no se pierdan en el piélago de infinitos acontecimientos que acaecen a la familia Buendía. Hoy le tocaba el turno a Aureliano Segundo, tan amigo él de las parrandas. Se casa con una mujer fúnebre, Fernanda del Carpio pero sigue teniendo como amante a la vital Petra Cotes que le hace disfrutar del amor y de la cama…Remedios la Bella asciende al cielo, tras causar estragos entre los hombres a los cuales su olor excitaba…

Una mañana densa, llena de vida, en que se mezcla, como a mí me gusta, la vida y la literatura, la cercanía, los descubrimientos, las conversaciones infinitas, la humanidad, los saludos, los encuentros en los pasillos, lo inesperado, la fragilidad… Y esa terrible frase bajo la lluvia de Yo no sirvo para nada sobre la que habré de volver para hablar con Álex. Quizás un melancólico sirva tal vez para comprender a alguien que está sufriendo y preguntándose qué hace aquí. Una pregunta existencial e inquietante. A veces pienso que los universos mágicos como el de García Márquez ayudan también a entender la realidad real que nos rodea, abruma y fascina.

19 comentarios :

  1. Brillante y evocador, como siempre, Joselu. Te contesto con una cita de otro autor enamorado de la lluvia:
    "Durar frente a un tema, al fragmento de vida que hemos elegido como materia de nuestro trabajo, hasta extraer, de él o de nosotros, la esencia única y exacta. Durar frente a la vida, sosteniendo un estado de espíritu que nada tenga que ver con lo vano e inútil, lo fácil, las peñas literarias, los mutuos elogios, la hojarasca de mesa de café. Durar en una ciega, gozosa y absurda fe en el arte, como en una tarea sin sentido explicable, pero que debe ser aceptada virilmente, porque sí, como se acepta el destino. Todo lo demás es duración física, un poco fatigosa, virtud común a las tortugas, las encinas y los errores."
    Juan Carlos Onetti

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  2. Sentirnos impotentes para cambiar los acontecimientos del mundo es la sensación donde reconocemos nuestra verdadera naturaleza humana; su fragilidad cuando los acontecimientos nos sobrepasan. Quizás sea un buen momento entonces para acudir al realismo mágico de la literatura como quien se toma un analgésico. También las clases de Literatura y sus profesores que desvelan a sus estudiantes las claves de los Buendía y la soledad centenaria.

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  3. Buenos días, Joselu...
    Buenos días, Jueves...
    No hay nada como saludar para que a uno le devuelvan el saludo... y le añadan sonrisa y, por qué no, hasta piropos (¡qué fuego de humanidad!).
    Sí, ya veo que no estás triste... La realidad (¿acaso Macondo no es real?) es mágica; hoy me vuelvo a convencer de ello tras leer tu texto.
    Con Alex habrá que practicar sortilegios, hechizos... O sea, tener paciencia, más... ¡quererlo, saludarlo, regalarle piropos, darle oportunidades de éxito!... Claro, ya sé que no es tan fácil... ¡PAra eso está el realismo mágico! Y los amigos... ¡Gracias!

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  4. Los saludos son, en efecto, la salud de la comunicación. Los gritos, por otro lado, su negación. Siempre el silencio. Y cuando convenga una subida de voz, que vaya acompañada del afecto de quien enseña, porque las órdenes sin afecto son la escuela de la intolerancia.

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  5. Ayer tenía uno de esos días aparentemente tranquilos; apenas dos horas de clase. Antes de comenzar tomaba un café y preguntaba a una compañera que tal llevaba la jornada, "tengo ganas de llorar” me respondió; parece que los cursos que tiene son complicados. Supuse por comentarios que he escuchado que no era un caso particular, en similares circunstancias se encuentran muchos de los profesores de esos cursos. También esas personas pueden en algunos momentos pensar “no sirvo para nada” . La verdad es que yo tampoco salí indemne y mis últimos diez minutos antes de acabar la jornada tuve mi ración de cabreo –algo nimio mirado objetivamente. Efectivamente después lo lamentas, un poco de Zen en esos cinco últimos minutos me habría ahorrado el disgusto, no soy un persona proclive a tomarme las cosas demasiado a la tremenda -tampoco me he encontrado con demasiados grupos malos- mis cursos están mayoritariamente formados por alumnos aparentemente bien integrados, con familias razonablemente bien situadas -eso si bien consentidos y sobreprotegidos.. con una buena mezcla de fatuidad, insolencia y soberbia –lo propio vamos. Las cosas se dan como se dan. Pero yo creo que estamos profundamente equivocados, padres que miran hacia otro lado, administración desentendida y un profesorado que no acaba de enfrentarse con decisión al problema; que oscila entre la sumisión y el sálvese quien pueda. Quizá la solución debe comenzar por el esta última cuestión, pero se cuenta con el problema añadido que las direcciones son más bien disuasivas y sumisas a la administración. De algo estoy seguro: estamos profundamente errados.

    También yo encuentro la lucidez y la salud en la literatura, inmune siempre a la obscenidad de estos aconteceres de la educación psico-sociologista.

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  6. En cierta ocasión oí decir que hay profesores que empiezan la clase sin saludar. Me extrañó muchísimo, máxime proveniendo del gremio, o será que tengo muy arraigado en mí, el saludar, pongamos al entrar en un comercio lleno, en un ascensor a un sóla persona.

    Yo suelo enfadarme en las clases y reñir pero algo que me propongo es no guardar rencor de una clase a otra y he conseguido que al entrar, sonría al decir buenos días/buenas tardes.

    Me ha llamado mucho la atención el caso de Álex. A veces nos creemos y asimilamos lo que tantas veces nos dicen o escuchamos.

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  7. Lillian Hernández18 de abril de 2008, 20:52

    Joselu:

    Hace varios meses que sus reflexiones me cautivan. Su sinceridad y, sobre todo, la generosidad con la que se descubre no deja de asombrarme.
    Por medio de sus escritos, constanto cuánto se puede coincidir a pesar de la distancia
    y del no sabernos.

    Gracias por decir.

    Profesora
    Universidad de Puerto Rico

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  8. A veces el temporal es interior y cuesta serenarlo. Cuando nuestra metereología emocional es convulsa, ¿qué hacer? El paliativo es la serenidad, el afecto, el apoyo... Más que palabras.

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  9. Joselu: pues sí que está para ocuparse lo de Alex. Nunca he imaginado que la ansiedad pueda producir convulsiones; habrá que ver si las respuestas que produce su conducta no la estimulan, creyendo hacer lo contrario. Quiero decir que Alex está consiguiendo atención mediante sus ataques. Me parece inevitable, para desactivarlos, en esta hipótesis, darle una dosis más alta de dicha atención cuando no hay ataque que cuando lo hay. A ver si me explico: naturalmente, la respuesta a su estímulo no puede disminuirse, no puedes dejar de hacerle caso si está en apuros, por lo que la única fórmula que se me ocurre para salir del círculo vicioso es darle más respuesta cuando no hay tal estímulo, reforzando su conducta normalizada. Yo le diría algo así: avísame cuando tengas un día que estés bien, para que demos un paseo.
    También intuyo que lo del diazepán prueba que no se están dando los pasos para solucionarlo. Claro, es estupendo confiar en la magia, se siente uno muy bien. En cuanto a la responsabilidad, no lo entiendo tampoco. La realidad es que no es nada repetir, si no es por desidia o por pereza. Luego se está viendo la realidad deformada. Habrá que encontrar el cristal que la deforma.
    Joselu, ya nos conocemos, y por eso me tomo el atrevimiento de decir lo que seguramente serán disparates. Pero tomo el papel del vocero, como si estuviéramos haciendo Brainstorming, porque sé que tú sabrás poner en medida lo que se me ocurre y reducirlo a su término más equilibrado y sereno.
    Un abrazo!

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  10. Gracias, Joselu por contarnos de una manera tan especial un día gris en un instituto cualquiera: sabes construir una realiadad paralela mucho más rica, más poética, más inteligente, mucho más solidaria... El caso de Álex me ha hecho pensar; me ha recordado otros muchos parecidos con los que nos solemos encontrar en las aulas. No sirvo para nada es una losa para chico de 1º de Bachillerato, pero lo que más me preocupa es que, generalmente, no podemos hacer mucho más de lo que has dicho que has hecho y que vas a hacer. No sé..., a veces tengo la sensación de que no es suficiente: esa guardia, el primero de la ESO que me toca ahora, la reunión de coordinación, mi cafecito... son demasiadas cosas y muchas las situaciones a las que confieso, me da miedo enfrentarme, por no saber qué hacer exactamente. Buenos días, Joselu; buenos días, Álex, buenos días, blogueros...

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  11. Este texto sí que es brillante y evocador. Leí hace tiempo La vida breve y Los adioses, pero tengo todavía, Antonio, una cuenta pendiente con Onetti. Me falta El astillero como mínimo.

    Según García Márquez, Francisco, el mundo mágico de Cien años de soledad y otras obras suyas, pertenece más a la realidad de su país natal, allí donde lo extraordinario, según los ojos europeos, toma carta de naturaleza y es habitual.

    Gracias, Jueves, siempre con tu entrañable capacidad poética para enfocar la realidad. Todo eso que dices hará falta para exorcizar lo trágico en el caso de Álex.

    Juan Poz, tomo nota de sus sabias palabras tan cargadas, éstas sí, de densidad y de sentido común.

    Serenus, en este blog encontrarás momentos semejantes a los que describes en tu comentario. Lo que tiene de particular Profesor en la Secundaria es que muestra esas oscilaciones en el estado de ánimo del profesor, que no es un héroe, ni un pedagogo, ni un psicólogo. Siente a veces también aquello de No sirvo para nada. Entiendo muy bien a Álex. Por eso me gustaría hablar con él. Quizás otros podrán ofrecerle más certezas y seguridades. Este blog presenta dudas y a veces tristezas, también alegrías. De acuerdo con lo que escribes.

    Zinquirilla, el saludo, como bien estamos de acuerdo, es esencial en el proceso de comunicación humana. El profesor es un experto en esta comunicación. Cuando sabe cómo encararla, no conseguirá resultados académicos excelentes, puede ser, pero añadirá cordialidad y humanidad a sus clases.

    Lillian Hernández, gracias por sus palabras elogiosas. Me alegro de que existan coincidencias entre nosotros en cuanto a ideas y sensibilidad. Me encanta que aparezca por aquí y que me deje sus palabras de aliento que me animan a continuar. Gracias.

    Lu, puedo decirte que Álex cuenta con todos esos elementos. Es un muchacho apreciado por sus compañeros y por los profesores. Cuando padece un ataque de ansiedad, muy frecuentemente, recibe apoyo, serenidad y también palabras de afecto que tienen también unas cualidades lenitivas que nos tranquilizan.

    Animal de fondo, sí nos conocemos y me gustan tus reflexiones que saben centrar problemas humanos como muy bien hiciste en el caso de Ainhoa. Álex no creo que sea un chaval que pretenda llamar la atención. Es un muchacho bien integrado, bondadoso, muy interesado en la historia, en especial el tema de los templarios, discreto, bien relacionado... Pero tiene un problema que es el de su extrema exigencia personal. Lo que a otros no lograría quitarle el sueño, él se lo toma como una prueba de su valía personal. Si suspende, y este año es frecuente esta situación, se hunde porque lucha denodadamente para que no suceda. No se siente capaz y su psicología le juega malas pasadas provocándoles crisis de ansiedad muy preocupantes. No creo que pretenda llamar la atención, pero sí que es cierto que necesita apoyo y comprensión más allá de esas crisis terribles. Ahora está en manos de un psiquiatra que considera positivo que asista a clase. Lleva siempre diazepán para ayudar a superar estas crisis. Al cabo de diez minutos de tomarse uno, es cierto que su estado mejora momentáneamente. Gracias por tus palabras.

    Marcos, a mí también me da miedo no saber cómo encarar tantas cosas que son tan intensas como las que has citado. Además sabemos que muchas situaciones son tan profundas y complejas que si te metes en ellas, corres el peligro de implicarte demasiado, y quedar afectado personalmente.

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  12. Sin duda tuviste un día cargado de experiencias tornasoles.
    Oye Joselu, ¿veinte alumnos en un salón? ¡¡Esa sería la gloria aquí!!

    Imagínate tratar de darle atención a casi cincuenta adolescentes inquietos al mismo tiempo...

    Te mando un abrazo.

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  13. Debo estar especialmente sensible en relación a todo lo que trata de los niños y jóvenes, me ha estremecido el relato sobre Alex, terrible su pensamiento "no sirvo para nada", pobres niños responsables, que se esfuerzan, pero no son capaces.
    Me entristece.
    Un abrazo.

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  14. Me ha dejado pensando tu nuevo post. Sucede que en veinte años de docencia, no me ha ocurrido algo así -con estos síntomas-, no ha pasado de un dolor de estómago de unos alumnos, sí he sabido de algún caso aislado de desvanecimiento por ansiedad. Po eso no sabría cómo actuar frente a un ataque de ansiedad de esa magnitud. Y para problemas de este tipo no existen en los centros educativos profesionales que asistan a nuestros alumnos o la comunidad educativa. Leeré más sobre el tema, nunca se sabe.
    En cuanto a ese sentimiento y dolor profundo de "No sirvo para nada",sólo surge cuando es fomentado, cuando se ha socabado la autoestima de la persona y debe tener larga data.Opino com Animal.. que aún no parece haberse llegado al fonde de la cuestión.
    Suerte que existen personas como vos,y tus compañeros de Instituto que se preocupen por un alumno.
    Espero que Alex solucione sus problemas y no le vaya la vida en cosas que tienen su solución y su tiempo.

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  15. Buenos días antes de empezar, individualizados, aderezados con una sonrisa. Hasta cuando se tiene un mal día.Ese es mi ritual para empezar. A ellos les gusta, se sienten nombrados cada uno en su individualidad. Dejan de ser grupo-clase para recibir una palabra agradable individual. Un regalo. La enseñanza no puede ir suelta del cariño y del afecto. Enseñar es entregarse. Cuando reparto fotocopias de ampliación siempre digo: hoy os traigo un regalito que he preparado con cariño y con amor. Algunos sonríen, otros se protestan, otros se ríen. No importa. Lo importante es que no haya indiferencia.
    Me gusta preguntarme de vez en cuando, ¿qué doy?¿qué entrego?

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  16. Hola Joselu, yo tenía un compañero en la secundaria que padecía ataques de ansiedad como los que describes, con el tiempo esos ataques se volcaron en el amor, los dolores amorosos ahora lo desencadenaban... Ignoro qué fué de él, al terminar el secuandario no nos vimos nunca más.

    Era (evocando el pasado) simpático, inteligente, muy querido y buen mozo... si bien nunca fuímos amigos, éramos muy buenos compañeros. En su primer año de primaria mi mamá fué su maestra (yo estaba en otro grado para que no hubiesen suspicacias) y ella me contaba lo "bien educado" que siempre había sido. Mi madre me decía que siempre antes de despedirse de ella, pedía permiso para ir al baño, se lavaba la cara y las manos, volvía y le daba un beso en la mejilla mientras y recitaba un alegre: "hasta mañana maestra".

    Las buenas costumbres, los buenos compañeros, lo que somos, tenemos, gozamos y padecemos... Macondo, si, Macondo...

    Un abrazo!
    Lucero*

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  17. Joselu, me ha encanto tu relato de esa mañana aparentemente anodina en el instituto. Se nota que eres una persona llena de sensibilidad y empatía. ¡Qué suerte tienen tus alumnos de tener un profe como tú!

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  18. Jose Luís, soy un/a alumno/a tuyo/a que no pienso decir quien soy, solo te digo que no soy muy buen/a estudiante, pero a pesar de ello me gustas mucho como profesor.

    Tengo tu blog, como verás, me encanta como escribes, como te expresas, y sinceramente eres el profesor que más me gusta.
    No eres como los tipicos que te chillan, dices las cosas bien, con respeto pero sin chillar, hay veces que soportas mucho, y quizás deverias de enfadarte más, pero sin chillar.

    Vives la literatura, vives tu materia, y eso se nota, se nota que te gusta, y eso da mucho.

    Sigue así, por que seguramente seras un profesor querido y de el que siempre se acordaran todos tus alumnos, por lo menos yo.

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  19. Leticia Zárate, no me puedo imaginar lo que es una clase con cincuenta alumnos inquietos. Lo único que puedo imaginar en que en Mexico no ha llegado al mismo punto que aquí la desmitificación del profesor y la falta de respeto a que estamos aquí acostumbrados. Imagino. No sé...

    Irene, a mí también me estristece, pero el problema es qué hacer. En el fondo la vida es saber enfrentarse a las circunstancias adversa y reconocer las vías para hacerlo. Es una accesis dura, pero no hay otra.

    Sonia, espero que Álex sepa dar salida a su conflicto de extrema exigencia personal. Saber reconocer los límites de cada uno es un aprendizaje fundamental (aunque doloroso, quizás).

    Cariátides, de acuerdo contigo, enseñar es entregarse y la cortesía ocupa un lugar importante. Somos en algún sentido su modelo.

    Juguemos a leer, un abrazo desde Barcelona. Me alegro que podamos compartir tantas cosas (a edades diferentes).

    Adela, una de las claves de este blog es precisamente esa: el intentar convertir lo trivial, lo cotidiano, en extraordinario. Pasar sobre los acontecimientos ordinarios una mirada poética que los convierta en excepcionales.

    Amigo anónimo y alumno/a mío/a. No sabes lo que significan tus palabras para mí. A veces tengo la impresión de ser un pésimo profesor. Me alegro de que al menos he podido llegar a alguien tan sensible como tú. Un abrazo (que no te podré dar en clase).

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