Páginas vistas desde Diciembre de 2005




martes, 18 de junio de 2019

Zaragoza y Constantino Kavafis




He visitado recientemente la ciudad de mi infancia, Zaragoza, de la que hace cuatro décadas que me fui para siempre. Desde que mi familia se extinguió no había vuelto por allí. Me he reencontrado con una ciudad en pleno estallido en su fiesta medieval, con muchedumbres recorriendo las casetas de comida, artesanía y bebidas que jalonaban la amplia extensión de la feria que ha sido un éxito para mí insospechado. Zaragoza sigue viva, lejos de mi presencia.

Sin embargo, en algún momento me fui solo a recorrer los parajes de mi infancia y que yo recuerdo con una viveza y nitidez extraordinarias. Yo vivía cerca de El Pilar y la plaza de la Seo. Mis aventuras de niño fueron en este entorno próximo al río Ebro y su arboleda al otro lado que era para mí un paisaje mágico. En este espacio, ya poético, tuvieron lugar terribles imágenes de una infancia convulsa y agónica.

He recorrido las calles en que viví, totalmente transformadas, las calles adyacentes –alguna ni existe ya-. Estaban diferentes, pero yo veía en mi imaginación las tiendas, los comercios de aquel tiempo, las gentes que poblaban aquel barrio cercano al Pilar. Mi vista veía el tiempo actual pero mi memoria me llevaba poderosamente al pasado que pugnaba por volver a salir fuera de mi imaginación. ¡Qué punzante dolor el de mirar el pasado y que este vuelva torrencial transformando el estado actual! He pasado por el colegio de párvulos donde hice mi primera comunión a los seis años y he dudado si entrar y pedir permiso para ver su interior –había una capillita llena de flores donde cantábamos en el mes de mayo a la Virgen-, sus aulas y pasillos que a tenor de la entrada parecía que no habían cambiado demasiado. He dudado si entrar y hablar con la monja que había en el torno pero al final me ha dado vergüenza y lo he dejado pasar.

Unos amigos recientemente se han venido a vivir a Zaragoza y están plenamente satisfechos de su elección. Le he contado a Javier mi sensación dolorosa, esa superposición poderosa de los paisajes de mi niñez sobre la realidad de esta ciudad que ha cambiado y que ya no es la misma por más que iglesias, plazas y calles tengan los mismos nombres y la arquitectura es la misma en muchos edificios de lo que contemplé hace mucho tiempo. Mi amigo me dice que eso es efecto del salto temporal, de que me alejé de la ciudad y apenas he vuelto. No habría pasado si yo hubiera seguido viviendo en ella porque me habría ido adaptando al cambio y el pasado quedaría lejos y la ciudad habría cambiado al mismo ritmo que yo. Probablemente tiene razón. La ciudad cambia y nosotros cambiamos. Me alejé, emigré a otras tierras, pero la ciudad sigue viva en mí. Recuerdo el poema de Constantino Kavafis titulado La ciudad, precisamente. Lo traigo aquí:

Dices: “Iré a otra tierra, hacia otro mar,
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo los ojos solo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí”.
No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques -no la hay-
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
Leo el poema, espero que el lector que llegue hasta aquí haya hecho lo mismo, y me estremezco. La ciudad es siempre la misma, es inútil buscar otra. No hay caminos o barcos para mí. Todo continúa igual, lo que allí perdí, lo he destruido en toda la tierra. Me doy cuenta de que mi intuición, mi desgarro, lo sintió un poeta antes que yo hace mucho tiempo. Son las mismas calles, los mismos suburbios en que llegará mi vejez y donde encaneceré. La ciudad irá siempre en mí. Es el efecto del tiempo. En mis escritos vuelvo siempre a esas calles, a ese tiempo de los seis años. Alguna vez he leído que los depresivos no pueden huir de su niñez por más que esta fuera terriblemente dolorosa. Están unidos a ella. Pero ahora veo que Kavafis era también un depresivo que tuvo las mismas impresiones que yo y que trasladó a su poema. A veces la literatura sirve para eso, para darnos cuenta de que no estamos solos.

13 comentarios :

  1. me pasa lo mismo con mis lugares pero vistos mas con melancolía que con sufrimiento... en mi caso peor porque la casa donde vivía la tiraron abajo para construir otra... saludos...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La casa donde viví mis primeros años también la han tirado, todo el barrio ha ido abajo, solo queda la carcasa, lo externo, pero en esencia ha desaparecido todo lo esencial, salvo una gran basílica cercana que sigue exactamente igual que cuando era niño. Pasear por sus naves es tétrico. El pasado es un asalto a la conciencia.

      Eliminar
    2. y como nos gusta eso de volver a los lugares pasados! saludos de nuevo...

      Eliminar
  2. Yo vivo a escasos 10 km. del pueblo donde nací, y me siento tan fuera de lugar en uno como en otro. Donde más "yo" me encuentro, curiosamente, es en mi casa de la playa, donde la población es transitoria y de varias nacionalidades. No tengo apego a la tierra natal, me da igual vivir en un sitio que en otro, si bien los lugares donde convergen varias culturas son mis preferidos.
    Pero...
    ... con los años he descubierto que esto es así porque los llevo siempre en mí, como bien decís tú y Kavafis. La casa donde nací también ha sido derribada, las calles ya no son las mismas, la plaza del pueblo ha cambiado sustancialmente... pero yo sigo viviendo allí, sintiendo allí, equivocándome allí, porque ese es el espacio que ocupa mi interior. Así que creo que comprendo bien lo que dices, y aunque no necesitaba que Kavafis lo hubiera contado con tan hermosas palabras, ¡viva la "inutilidad" de la literatura!
    ¡Pues claro que leemos para saber que no estamos solos!
    Y este blog, también.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. He escrito mucho sobre los paisajes de mi niñez, los he revivido tantas veces que me son totalmente tangibles y reales. Puedo cerrar los ojos y pasear por aquellas calles que forman mi memoria afectiva, recordar a los vecinos que eran mi entorno. Todo eso ha desaparecido, pero sigue con una fuerza telúrica en mi psique. Sin embargo, yo salí de esa ciudad y me vine a Barcelona. No me siento zaragozano ni aragonés, ni catalán. No soy de ningún lugar y coincido contigo en no tener apegos de ningún tipo. No tengo himno, ni bandera, ni tradiciones, ni patria sentimental. Pero ese mundo mágico de mi niñez, como lo debe ser toda niñez, a finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta, es mi tesoro particular. A veces me he planteado cortar con aquello, pero es tan poderoso...

      Estaba pensando en ello cuando me vino a la memoria el poema de Kavafis que había leído hace décadas. Nada es casual.

      Muchas gracias por tu presencia en el blog, me siento acompañado también.

      Eliminar
  3. Me pasa algo similar aunque de una manera inversa a mi con el pueblo suizo donde naci y pasaba los veranos... Jamás aprendí el idioma, jamás me relacione con otro niño o niña suizo, era una soledad casi absoluta, porque incluso aunque me relacionaba con otros chicos españoles, portugueses, italianos y de la extinta Yugoslavia, lo cierto es que la inmensa mayor parte del tiempo la pasaba solo con mi hermano. Y sin embargo, en estos dias, cuando la depre tira fuerte hacia abajo, es el lugar al que querría volver... No, no es eso tampoco, no querría volver, es otra cosa: es la sensación de que es el lugar en el que debería haber vivido y del que fui arrancado -a los cinco años mis padres, y aunque es más largo y difícil de explicar, mis padres se separaron y mi madre se volvió a España conmigo y mi hermano-. Yo pienso en el Kafka de El Castillo, que es justo al comienzo de la novela que más cerca parece que, bueno, uno podría entrar en él, que no hay obstáculo alguno, y luego es un sutil, insidioso, irse alejando de cualquier posibilidad de acceder... y de poder alejarse.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me ha encantado tu sincero y sentido comentario que, solo por él, ya justifica el post que he escrito. En todo caso, lo que veo es que el paisaje de tu primera infancia te tira magnéticamente, como a mí. Fuiste arrancado de él por las circunstancias, pero sientes que perteneces a él, que nunca debiste marchar de allí. La mirada de un niño es asombrada y maravillada. Lo que impresiona los sentidos en esos primeros años permanece para siempre en nosotros. Nunca podremos volver a ver las cosas como entonces. Me parece magnífica la relación que estableces con El castillo de Kafka porque sientes que es fácil el acceso a ese mundo perdido de tu niñez pero la entrada al castillo es materialmente imposible y cada vez está más lejos -cuando escribo, recuerdo la novela que leí no hace mucho-. La mirada depresiva es interesante. Dialogar con un optimista congénito es frustrante y infructuoso. Muchas gracias por tu comentario, lleno de densidad vital en muchos sentidos.

      Eliminar
  4. Sin embargo creo que ciertos olvidos son optimistas a base de ser superficiales, llanos e inmediatos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. El olvido y el no olvido son como esos berberechos que tomamos con café con leche en un pueblo de Navarra.

      Eliminar
  5. Precisamente esta semana he estado unos días en Córdoba, mi ciudad natal. Me trajeron con dos años a Madrid y hasta que no cumplí los treinta no volví por primera vez. Recuerdo que en aquella ocasión íbamos en coche, ninguno conocíamos nada de allí y fui yo quien guié a todos a mi antiguo barrio, la iglesia, la calle… sin planos ni preguntar a nadie, en cada esquina sabía para dónde dirigirme hasta que andando por la acera de una hilera de casas una mujer me paró y me dijo: tú eres la hija pequeña de Enrique, te conozco por tus ojos. Fue increíble, intuición, no tiene explicación lógica alguna.
    En cualquier caso tengo asumido el paso del tiempo, que las ciudades siguen pero nuestras familias, nosotros, vamos pasando por ellas que es el vivir, y tristeza me da pensándolo en Madrid también, pero hago trampa y me prohíbo recordar el pasado, solo pienso en Andalucía como lugar donde están mis raíces, la de todos los míos, y eso me da seguridad. Siempre digo que Andalucía es mi estrella polar, punto de referencia para no perder el norte.
    SAludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es fascinante la diversidad humana y cómo nos enfrentamos a nuestros recuerdos -o fantasmas-. Dices que te prohíbes recordar el pasado, lo que es una actitud que revela sanidad mental, pero no siempre es posible esa disposición. Zaragoza desapareció de mi status mental cuando me fui a Barcelona, una ciudad que me excitaba y me permitía ser anónimo, a la vez que me alejaba de una ciudad de la que huía. Es imposible explicar el porqué del impacto de esas calles y esos barrios en mi visita reciente. Necesitaría mucho espacio y este no es el lugar para hacerlo. Solo decir que he escrito mucho acerca de ello. El paisaje de mi infancia sigue vivo en mí por mucho que pretenda olvidarlo. Aragón es una lejana referencia, no tan intensa como para ti Andalucía, pero tiene su lugarcillo en mi corazón y que no he sabido proyectar o hacer conocer a mis hijas, pues no hay ya nadie que me una a aquello. Saludos.

      Eliminar
  6. ¡Qué distancia abismal entre la evocación y el presente! Todo lo llevamos dentro, en efecto, o mejor dicho, nos lleva... A veces, incluso a volver al lugar donde siempre vuelven , dicen los asesinos. Y asesinos de experiencias somos, en efecto, porque el recuerdo notarial de los acontecimientos se extingue al poco de haber aquellos sucedido, y luego viene un larguísimo tiempo de reconstrucción mental para consolidar "nuestro" recuerdo, una visión distorsionada por el cruce de emociones y datos objetivos que solo admiten, a largo plazo, la escritura que culmina el proceso de recreación. No nos dicta la memoria los recuerdos; recreamos los recuerdos para forjar esa memoria a la que nos aferramos como lo más íntimo nuestro, porque lo es, en efecto: la hemos creado a partir una dispersión de sensaciones, sentimientos y hechos que se van ordenando en función de nuestras propias inclinaciones adultas. No es ni fácil ni sencillo recordar, por eso hay que descender a la escritura, esa disciplina férrea, para asegurarnos, dentro de lo que cabe, que algo alguna vez pudo haber sido como lo escribimos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. He recreado por escrito tantas veces la Zaragoza de mi infancia... Tienes razón, esa evocación es un constructo mental e ideológico continuamente reelaborado por nuestra memoria, nuestros sentimientos, nuestras asociaciones, las relaciones que establecemos con dicho pasado. En cierta manera, pienso que no hay otro paisaje que el de nuestra infancia, permanentemente renovado. Vi la obra de Tadeus Kantor, La clase muerta y Aquí no volveré más y me pareció fascinante la recreación dramática de ese tiempo de la infancia. No hay otro que tenga la misma fuerza telúrica. Siempre damos vueltas, cual mariposillas del fuego, en torno a él. Sí, por obra de la escritura, el teatro, la poesía, la pintura...

      Eliminar

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...