Páginas vistas desde Diciembre de 2005

miércoles, 28 de julio de 2010

¿La infancia como paraíso?

Probablemente iniciar este debate a finales de julio sea un error, pero es cuando me surge con fuerza a partir de algunos comentarios en mi anterior post sobre el tiempo de la infancia y el sentido de pertenencia.

Muchos escritores han destacado la infancia como un territorio de excepción, tal vez mágico o sagrado en que nuestras visiones son de una potencia sobrecogedora. Dicen que nuestro único paraíso es la infancia. Josep Fábrega Agea en sus comentarios afirma que la infancia es la patria de todos. Yo le contesté que hay infancias muy diferentes, sugiriendo que hay algunas que son especialmente desoladoras. Josep me contesta que la suya fue triste y pobre, pero que es la única que tiene y que ha necesitado reconciliarse con ella mediante el autoanálisis.

¿Es tan poderosa la infancia en nuestra vida? Si leemos algunas reflexiones de Ana María Matute, es así. La infancia ocupa un lugar singular, único y excepcional en nuestra percepción de la vida. Es como si el niño que éramos nos fuera siguiendo a lo largo de nuestra adolescencia y nuestra madurez. Sin embargo, hay quienes olvidan la infancia y no recuerdan nada de ella o apenas nada. Hay otros que sostienen como Juan Poz en un comentario de hace dos años que :

Lo del universo primigenio de la infancia es, como poco, discutible. La infancia como edad dorada, como tiempo de excepción, no me acaba de convencer. No deja de ser una bonita/bobita figura retórica que encubre siempre la incomodidad con el presente, la inadecuación al aquí y al ahora; además de ponerle sordina a un tiempo de no pocos sufrimientos: causados y recibidos, porque la crueldad infantil no hace distingos. Que haya nostalgia del paraíso, puede, porque, como se describe a la pareja primordial en él, no hay necesidad de trabajar, la gran maldición humana, y se vive en la ignorancia de la comunión con la naturaleza. El hecho de que el trabajo y el acceso al conocimiento vayan ligados es de lo más diabólico que pueda imaginarse”.

Polemicé con mi amigo Poz y le dije:

Juan Poz, bienvenido a la conversación. No tengo otra referencia directa de la infancia que la que viví en primera persona y la que he podido observar en mis hijas. Sin duda, no he dicho que la infancia sea una época fácil, ni que no sea dolorosa y cruel. Por lo que yo sé, puede llegar a ser dramática según en qué circunstancias, pero es una época profundamente filosófica porque se inicia en estado virgen el acceso al conocimiento. Pocas conversaciones tan densas como las que he tenido a los cinco años con mi hija sobre la muerte y sobre dios. El universo infantil es puro, también para la maldad, no está impregnado del utilitarismo y pragmatismo y de la adulteración que nos hace adultos. Es una época de relatos que alcanzan una gran intensidad y no me desdigo de que en ella existe la magia como modo de percibir el mundo. Me puedes decir que todo eso es incierto y que cuando crecemos salimos de los engaños de la infancia. Puede ser, pero no por eso dejan de ser poderosos. Y hay culturas en que no hay tanta distancia entre el mundo de la infancia y el de la adultez en cuanto a cosmovisión. Me estoy refiriendo a las culturas aborígenes o más inocentes como la que describo en mi participación en espectáculos teatrales en Indonesia. Me puedes decir que nuestra facultad más elevada es la razón y que estas sociedades son retrasadas, proclives a las dictaduras y a la ausencia de progreso. Puede ser, pero no deja de ser interesante observarlas y considerarlas. Creo que la infancia es un territorio sagrado y salvaje. Al menos es lo que yo puedo recordar, pero no pienses que yo volvería a ella ni que la tenga idealizada. Fue la etapa más terrible que puedo recordar, pero eso no me impide volver a ella y encontrar en su cosmovisión algo que tiene en común con los pueblos llamados primitivos. Y no idealizo ni la infancia ni a los pueblos primitivos. Simplemente dirijo mi reflexión hacia estos estados del conocimiento en la medida corta de mis facultades. Un cordial saludo.

Esta es la pregunta que os planteo a los supervivientes del verano en un debate íntimo y minoritario: ¿Es la infancia un espacio de excepción? ¿Somos en alguna manera el niño que fuimos y es bueno que sea así? ¿Nos marca el periodo de la infancia? ¿La infancia es un periodo a superar? ¿Es negativa la idealización de la infancia como paraíso? ¿Cómo fue vuestra infancia? ¿Feliz? ¿Dolorosa? ¿Mágica? ¿Terrible?¿Está el niño en la persona que sois ahora? ¿Os sentís niños en algunos momentos? ¿Para qué sirve la infancia? ¿Necesitamos volver a ese estado? ¿Por qué?

Sé que no son preguntas fáciles, pero me encantaría que un pequeño grupo de adultos reflexionáramos en pleno verano sobre este tema.

Iniciaré yo el debate para romper el fuego.

31 comentarios :

  1. Mi infancia, como la de Josep Fábrega, fue triste, pobre y dolorosa, extremadamente dolorosa. Siento una imperiosa necesidad de volver sobre aquellos días anteriores a los siete años, para recrearlos, para extraer de ellos una savia excepcional de resistencia ante la realidad adversa y el mundo. Para mí son años cenitales, quizás ocupan el ochenta por ciento de mi vida cronológica aunque sólo supongan siete años de duración. Vuelvo a ellos y algún día escribiré sobre aquel periodo porque necesito hacerlo. Nunca después mi mirada ha sido tan potente, tan nítida, tan desprovista de filtros... Fue un periodo de sufrimiento extremo pero del que sobreviví. No volvería a él pero sé que el que soy está allí mirándome.

    ResponderEliminar
  2. Confieso que yo también le he dado muchas vueltas al tema. Hace tiempo reuní algunas de ellas aquí.

    ResponderEliminar
  3. Yo creo que cada espacio es de excepción :) Este momento lo es, mañana lo será... cada uno tiene lo suyo y es único.

    A mí lo que me impresiona de la infancia cuando miro a un nano, es la sorpresa por todo. Cuando oigo a una madre decirle a un niño... no toques eso! estate quieto!, etc. pienso... déjale!... si está descubriendo el mundo! Y la idea me parece un alucine. No sé, que cada cosa sea un misterio, hasta el tirador de un cajón, me parece una maravilla, la verdad :) Es como... hace poco, cuando fui al examen de la oposición en Vlc, me topé con una profesora que ya conocía del año pasado -debe de estar apunto de jubilarse, me parece a mí-, y así hablando hubo un momento en que soltó un: al laboratorio? oh! ni de broma llevo yo a una clase de 3º de la ESO al laboratorio, que luego andan por ahí tocándolo todo!!! Y pensé... si de eso se trata!!! ¿¿¿???

    En fin... A mí personalmente no creo que me marcase la mía en absoluto, tanto es así que antes de los 7 años como tú indicas, tengo flashes mentales de cosas, pero no podría enlazarla como un continuo, y después hasta los... 14, pizca más o menos. Los 15 a 19 los recuerdo infinitamente mejor, tal vez porque para mí fueron mucho peores, quien sabe.

    Es curioso, pero el otro día hablaba con una amiga al respecto, y a quien más recuerdo de entonces, es a mi hermano. En todo, y para todo. Siempre estaba ahí. Y me da pena el recordarlo porque ya no es así ni lo será nunca. El hermano mayor... ahora, no sé, la distancia, supongo. Y ya te digo, me da pena. Mucha. Pienso que hubo un tiempo en el que él fue el mejor amigo que tenía posiblemente, y ahora se me antoja un desconocido, que tampoco me conoce a mí :/

    De todos modos no recuerdo demasiado de lo pasado en general. No me paro a mirar atrás en demasía. Aprendí a vivir hoy, sin más. Y así he estado haciéndolo los últimos doce años.
    Lo prefiero.

    Y no, yo personalmente no necesito volver, es algo que mi cabeza no me pide. Incluso me resultan extrañas las conductas descaradamente infantiles en adultos. Me da la impresión de que es algo asincrónico. Fuera de lugar.

    Más o menos tal cual, es como yo lo veo.

    Saludos desde el horno que es hoy Valencia, uf! :)

    ResponderEliminar
  4. Hola Jose Lu, en verdad tus preguntas son una urgencia, el pilar para amar y educar de una mejor manera. Hablar del tema sin leer este documento sería a mi manera de ver, tropezar y caer. Os invito a todos a hacerlo. De seguro abrirá los ojos de la consciencia. LA EVOLUCION DE LA INFANCIA DE Lloyd de Mause.

    http://www.psicodinamicajlc.com/articulos/evolucion_infancia.html

    En la infancia está el pilar de todos nuestros dolores, pero tambien de todas nuestras alegrias. No obstante como argumenta Boris Cyrulnik y como vos me lo has planteado en mi blog, hay oportunidades de volar, resurgir de las cenizas... pero es necesario abrir los ojos de la consciencia.. Mi admiración para ti JoseLU.

    ResponderEliminar
  5. Dejo el enlace a que hace referencia Liliana LA INFANCIA. Es largo pero es una buena referencia para pensar. Gracias, Liliana.

    ResponderEliminar
  6. No recuerdo mi infancia como un tiempo de sufrimiento ni triste. Creo que si hubiera estado atormentada o preocupada en exceso por algo lo recordaría. Pero creo que las preguntas, las reflexiones y ciertos tormentos vinieron después de los 7 años.
    La infancia para mi fue un tiempo feliz, de descubrimiento y aprendizaje.
    No es una etapa que haya necesitado analizar o volver sobre ella más que para recordar anécdotas o buenos momentos.

    Un abrazo Joselu. ;)

    ResponderEliminar
  7. La infancia como etapa de descubrimiento del mundo, sin las pesadas mochilas del sentido del paso del tiempo, de la muerte, el trabajo, el dinero... sí es un paraíso que se nos va para siempre al dejarla.

    Luego vienen otros paraísos que hay que trabajarse más, y quizás por ello son más enriquecedores.

    Me gusta tu blog, Joselu.

    Un abrazo desde Sevilla,
    Salva

    ResponderEliminar
  8. Me encuentro metafórico hoy y voy a comparar la vida con el modelado en plastilina: En la infancia nos modelamos -y nos modelan- en una figura que crece con trocitos aquí y allí, según los gustos propios, pero sobre todo según las manos de la familia que nos educa. Hay quienes toda su vida mantendrán esa forma primigenia, añadiendo o quitando, puliendo o estirando. Otros, al mirarse en el espejo de los años, descubrirán figuras deformes en las que creen adivinar la torpeza de los que les envolvían en aquella infancia; preferirán entonces deshacer todo el muñeco y empezar de nuevo. Y otros, se verán
    como el Golem, terribles pero poderosos, feos pero inamovibles, y cargarán para siempre con la maldición de un modelado infantil imperfecto... aunque la perfección nunca sabremos si reside en la belleza o en el mimo y cariño de las manos que le dieron forma.

    ResponderEliminar
  9. Amigo Joselu: Gracias por hacernos reflexionar hasta en vacaciones.

    Lo primero que he hecho es buscar la etimología de la palabra infancia, y (oh, sorpresa)en latín infantia significaba incapacidad de hablar. Curioso, ¿verdad?

    Después he pensado en las etapas del desarrollo lingüístico normal, en que aproximadamente:
    -A los 1-2 años ya aparecen las primeras palabras
    -A los 3 ya las combinan.
    -A los 4 ya pueden realizar estructuras sintácticas semejantes a las de los adultos. Hasta entonces, el niño usa no la comunicación verbal, sino la no verbal (gritos, llantos, movimientos, gestos...)

    Según el DRAE, la infancia es el periodo de la vida hasta los siete años.
    ¿Será que nuestro nacer como ese "animal palabrero, logikós" del que habla Al59 se da después, a los siete años? (Pienso en que la Iglesia Católica considera los siete años la edad en que se empieza a tener "uso de razón").
    Las investigaciones nos indican que la capacidad de razonamiento abstracto no se adquiere hasta la adolescencia, unos años más adelante, y duele, adolece el adolescente.
    ¿Puede que ahí, en la palabra, esté el origen de la felicidad o infortunio de la infancia?. ¿Tendrá que ver la capacidad para mentir que tiene la comunicación verbal?.
    Quizá la infancia se reduzca a los años en que vivimos sin mentiras, en que todo era verdad, en que nuestra comunicación fue transparente...
    Y quizá hay personas que se dan cuenta de esto muy pronto, demasiado pronto...

    ResponderEliminar
  10. Dice Eduard Punset:"Lo que nos ocurra en nuestros primeros años de vida dejará su huella para el resto de nuestra existencia".

    Mi infancia fue buena en general pero por ser de tres la de enmedio y esperando mis padres que yo fuera chico (que fue el tercero), siempre me sentí la menos querida y es por eso, creo yo, que toda mi vida he ido buscando ese reconocimiento que yo creo que no tuve en mi infancia.
    Yo creo que la infancia marca y mucho. Es en cierta medida comparable a la desnutrición en la infancia que deja huellas para siempre.
    Yo pienso que la infancia sirve para aprender a descubrir, para modelar el carácter, para aprender a amar, para aprender normas de convivencia... y todo de forma gradual y sin traumas.
    Claro que me siento niña en algunos momentos! Cuando me encuentro desprotegida.
    Sí que hay que superar la infancia, si no llegas a eso serás un Peter Pan de por vida. Si superar es olvidar, creo que en vez de olvidar habría que analizar lo que ha significado una mala infancia y lo que ha influido en tu adultez y sacar consecuencias.
    Esa es mi manera simple de ver lo que supone la infancia en nuestras vidas. Me ha gustado reflexionar sobre ello. Un abrazo Lola

    ResponderEliminar
  11. Yo tengo buenos recuerdos de mi infancia, en general fue muy buena. Mejor que mi adolescencia, donde se desmoronaron muchas cosas que parecían de piedra, y en algunos aspectos mejor que mi vida adulta.
    Sí siento cierta nostalgia de la infancia, y sí creo que sigo llevando al niño que fui dentro, incluso desearía que saliera más de vez en cuando, de algún modo creo que he ido a peor.
    Supongo que depende de cómo le fue a cada uno.
    Un saludo a todos.

    ResponderEliminar
  12. La infancia es una gran etapa en nuestras vidas y siempre conservaremos algo de esa parte de aquellas porque es un periodo que puede llegar a marcarnos mucho, también es cierto que hay personas que consiguen superar la infancia y su forma de ser cambia drasticamente. Nos debemos sentir niños en muchas ocasiones porque la mayoría son recuerdos buenos a los que nos gustaría volver.

    ResponderEliminar
  13. Ya estamos con otra de las tuyas Joselu... pues venga, ¡Al debate se ha dicho!

    Antes de nada aclarar que no tengo ningún derecho a meterme en esta charla, ya que has pedido su participación a los adultos.
    Yo no soy un adulto: tengo 15 años y acabo de terminar la ESO, vamos, lo que en mi pueblo se dice no tener ni edad de merecer.

    ¿Qué soy? ¿Un adolescente? ¿Un niño? ¿Un infante?
    Un joven, un adolescente, eso es lo que creo. Resulta entonces que tengo una perspectiva curiosa para mirar la infancia, ya que es un periodo bastante reciente.


    La primera duda que me surge tiene que ver con lo que hablaba Seño, ¿Qué es la infancia exactamente?
    Viendo que no lo has matizado Joselu, y conociéndote un poquitín me hago a la idea de que pretendes que cada uno la definamos (este oficio de enseñante/aprendiz que siempre te acompaña).

    No creo que la infancia se reduzca a los primeros siete años. La imagino más bien como una laguna de vida de la que salimos y la luz del sol nos ciega, obligándonos a procesar todo a nuestro alrededor por primera vez, dándole sentido a las cosas.
    La infancia, para mí, es entonces aquel tiempo en el que vivíamos sin darnos cuenta, sin ser conscientes de ello.
    Galeano dice que el niño juega sin saber que juega como el pájaro canta sin saber que canta.


    Personalmente el lago de mi infancia debió ser el Leteo ya que sólo tengo algunos recuerdos muy aislados:
    Mis primeros tres años de vida, en Andorra, con pequeños detalles confusos. Después, vuelta a Almería, el colegio, vuelta a Andorra, el nuevo colegio, vuelta a Almería, el antiguo colegio de nuevo...
    Casi alargaría mi infancia hasta el comienzo del instituto. No porque supusiera para mí un golpe de madurez, si no porque coincidió con distintas cosas que me hicieron comenzar a intuir que estaba vivo, que habitaba este mundo.


    No sé si fue triste, traumática o maravillosa. ¿Cómo iba yo a ser consciente de que era feliz o triste?


    Cuando leo a Alberti, su Arboleda Perdida, esos primeros recuerdos del Puerto de Santa María...
    No sé, me parece maravilloso como todo le marca para siempre.
    Empiezo a intuir que muchas cosas me han marcado y que me acompañarán toda la vida, pero no tengo distancia suficiente como para evaluarlo.

    Ahora, cuando miro hacia atrás, hay tan pocos recuerdos que tiendo a reforzarlos sin darme cuenta con sucesos que no han ocurrido. Se me antoja maravillosa la infancia...

    ResponderEliminar
  14. La infancia es inevitablemente un espacio de excepción, para algunos por suerte, para otros por desgracia. Es el abrir los ojos al mundo; la imaginación como esperanza, las piernas ágiles que se mueren por correr y saltar, una curiosidad y miedo devoradores, el intenso despertar de los sentimientos que crea una vorágine de primeras ideas que se viven como profundas creencias sin vergüenza ni disimulo; el tener mucho por aprender y creer que lo aprenderás todo, y sobre todo la necesidad de compartir la vida con la familia y sobre todo con los amigos. Por todo ello pienso que una infancia terrible es lo más terrible que puede vivir alguien.

    Mi infancia... no la recuerdo, no recuerdo nada excepto unos brevísimos segundos de todos aquellos años. Es decir, no recuerdo lo que pasó, pero sí recuerdo lo que pensaba sobre mi futuro. Me han contado que era muy cariñosa con mis padres y obediente, que era más miedosa y sensible de lo normal, cuando no estaba aterrorizada estaba llorando a mares, aunque nadie entendía muy bien por qué; que me gustaba aprender, que el sexo llegó a mi mente a muy temprana edad, que ya por entonces era una ecologista y amante de los animales radical (me ponía a chillar como una loca si se mataba a una mosca); que quería ser veterinaria, o escritora y poeta, o dedicarme a la mineralogía o la arqueología... O más bien creía que podía hacer todo eso y mucho más, saber todo lo que quisiera. Pensaba que sabría muchísimos idiomas, que me leería todos los libros que existen, que viajaría por el mundo entero. Tenía la certeza de que ya era inteligente y de que lo sería muchísimo más, cada día más y más. Y aun más evidente me parecía que no pararía de luchar para mejorar el mundo, y que lo lograría. Mi sensibilidad me daba para compadecerme del mundo entero y realmente creía que mi vida sería eso: arreglar el mundo. Pensaba que mi vida sería tal y como yo quisiera que fuera, que viviría donde más me gustase, que haría lo que más me gustase y que estaría con quien más me apeteciese. Todos mis sueños se harían realidad, así de sencillo. Ya ves tú.

    No creo ser la niña que fuí en cuanto a carácter y expectativas, aunque falta me haría serlo un poquito. Y sí sigo siendo una niña porque me niego a asumir las responsabilidades y consecuencias de la vida adulta. Soy todo lo contrario de aquella niña, excepto por el miedo y la tristeza y también en lo de la ecología, que ahora sobrellevo, por desgracia, con mucha más calma, vergüenza y disimulo.

    No sé hasta qué punto marcaría la infancia a mi yo adulto, sé que ya apuntaba maneras a lo que soy y sobre todo a lo que podía haber sido (y no ha sido). Lo que sí sé es que la infancia influyó mucho en mi adolescencia, muchísimo. No tanto por el tipo de infancia que tuve, sino por la misma naturaleza de la infancia. Supongo que hay personas que se adaptan mejor que otras a las diferentes etapas de la vida. Yo no estaba preparada en absoluto para el salto a la adolescencia. A la niña que yo era no le daba el menor miedo hacerse mayor, pero cuando tuvo que vivirlo no pudo soportar la presión. Empecé con muy mal pie lo que terminó siendo un desastre absoluto. Ahora, como adulta, no miro tan atrás, hasta la infancia, para intentar comprender que ha pasado con mi vida, me basta la adolescencia para saberlo, pero seguro que cuando era adolescente (no lo recuerdo, soy amnésica perdía) me haría la misma pregunta y quizá encontrase alguna respuesta en la infancia.

    Creo que a la niña que fuí le gustaría que retomase los estudios, la lectura, la solidaridad, el ansia de aprendizaje, la diversión, y sobre todo la pasión por pensar y por sentir. Sé que le gustaría que fuera menos cínica, pesimista, cobarde, depresiva, apática, indiferente... aunque sé que ella no reduciría a cero ninguna de estas facetas.

    No importa si la infancia es un periodo a superar o no, pues para bien o para mal desaparece de nuestras vidas, dura lo que dura. Ahora me ha venido a la mente la canción de Serrat "Mi niñez".

    ResponderEliminar
  15. Tremendas cuestiones planteas, Joselu. Complicado asunto sobre el que doctos pensadores, filósofos, sociólogos y un sinfín de otras eminencias han escrito profusamente. Desde mi ignorancia absoluta, que me da fuerzas para hablar, y a riesgo de que la RAE me acuse de intrusismo, diré que la infancia es un peculiar estado de inconsciencia natural que acompaña al individuo durante toda su vida, no de forma rememorativa sino, en la mayor parte de las ocasiones, con plena vigencia. El desconocimiento del mundo que el niño tiene se perpetúa indefinidamente en los adultos inaprehensivos, que desgraciadamente componen el grueso de la sociedad.

    No quisiera extenderme ni protagonizar el debate, en el que ya han hablado y hablarán avezados participantes, pero la infancia se me antoja, en términos absolutos, tan sólo un reflejo de la impotencia del adulto. Éste recuerda el periodo infantil con agrado y nostalgia, no porque fuera mejor que el que ahora habita como adulto, sino sólo porque su inconsciencia y falta de conocimiento entonces le impedía atisbar el verdadero significado, normalmente nefando, de las cosas. El niño carece de entendimiento mas no de astucia, ingenio o maldad. El niño es un superviviente. El adulto sólo ha logrado sobrevivir.

    Me siento niño, a pesar de todo, pero el niño que nunca fui y el adulto que tampoco se ha perfeccionado. No en vano la foto que me acompaña e identifica por estos espacios blogueros –aunque no en el tuyo– es de un servidor a los seis meses de existencia, cuando aún carecía de comprensión y lloraba, igual que ahora...

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  16. Joselu, casi todo el mundo piensa que envejecer enriquece; yo creo que solamente nos limita. Antes de aprender un idioma estamos preparados para entenderlos todos. Más tarde, con el cerebro condicionado a pensar según una estructura verbal histórica, apenas si podemos progresar un poco en otra estructura diferente, lease otro idioma.
    En lo que sí estoy de acuerdo con Juan Poz es en que idealizar la infancia solamente revela la pobreza de nuestra situación actual, no la riqueza del tiempo pasado. Es como cuando los padres creen que aman a sus hijos solamente porque estos, en su ingenuidad, no participan de la respuesta social estándar a la conducta de los padres.
    Hace tiempo escribí un pequeño ensayo sobre la ley de Weber-Fechner-Animal de Fondo ;), intentando explicar con cierto rigor (y dificultad de lectura) por qué ocurre este hecho de que la infancia suponga el 80% de lo vivido, como tú intuyes. Así que, por si a alguien le interesara, lo publico de nuevo.
    Por qué es tan agradable no ser nadie

    ResponderEliminar
  17. Hace un par de meses asistí en Valencia a un Congreso Internacional sobre Resiliencia, entre los ponentes, el mismo Boris Cyrulnik. Si algo me quedó claro es que la infancia es la época del vínculo afectivo y la importancia de los tres primeros años en la vida de una persona. Si en estos primeros años el vínculo ha sido seguro, estable, el adolescente y adulto que luego devendrá sabrá enfrentarse a los avatares de la vida y superarlos. Con vínculo afectivo inseguro tendrá dificultades para conducirse a sí mismo y sólo se convertirá en sujeto resiliente -resiliencia: capacidad de salir fortalecido ante circunstancias adversas, y digo fortalecido- si a lo largo de su camino se encuentra con alguien que establezca con él ese vínculo afectivo y le acepte y le quiera tal cual es. Puede también que ese "alguien" sea un algo: pintura, escritura, incluso la visión de una película que le transmita otra mirada en un momento concreto.
    Trabajo con adolescentes de tutela administrativa, a menudo llegan muy dañados pero no hay medicina mejor que el hacerles sentir queridos y aceptados.

    Esto es lo que me ha sugerido tu escrito, igual me he ido por las ramas.

    Un saludo, Joselu. (Por cierto,a partir de septiembre nos quedamos sin nuestra radio en el Valle de Valdivielso, ayer los munícipes pusieron fin a la existencia de la emisora municipal. Todavía se paga un precio por ejercer la libertad de expresión).

    ResponderEliminar
  18. Mi infancia... que no me queda tan lejos cronológicamente, pero que recuerdo muy lejos ya de mí. Tengo buenos recuerdos de ella. Recuerdo noches que me quedaba hablando con mi abuelo profundamente creyente sobre Dios, la Biblia... creo que ahí fue donde empezó a atraerme de alguna manera la teología y porqué no, la filosofía. Me encantaban esas conversaciones, que no pocas veces echo de menos.

    Recuerdo también a mis amiguitos de aquél entonces y me veo con una gran libertad de hacer lo que quería y nada más. A veces he pensado que la libertad de la que disfruté gracias a mis padres y abuelos, me ayudó a temer menos a según que cosas, aún hoy en día, a tener menos vergüenza, a ser más... "echá p'alante".

    No sé, supongo que la infancia sí que nos marca de forma considerable, solo que no lo sabemos hasta que no pensamos en ella. Y cuando empezamos a crecer eso suele pasar, hasta que esta se queda en el olvido.

    También tengo malos recuerdos sobre esos años, pero los menos, y dudo que sea porque fuesen pocos, será que la memoria los ha ido borrando poco a poco...

    Estoy últimos días (podríamos decir semanas) me han estado llegando recuerdos de mi infancia y me ha gustado recordarla, pero no volvería nunca a ella, por más bonita que pudiese ser.

    Saludos, Joselu

    ResponderEliminar
  19. Mi infancia vino marcada por la pobreza. Por graves problemas de salud. Por un padre a la vieja usanza. Por una escuela religiosa franquista donde yo era "el pobre de la beca". Fue una infancia sin abuelos. Yo era un niño débil y maltratado en la escuela pues los niños son muy crueles.
    Pero quizás lo que me marcó más fue que en ni núcleo familiar no sabían transmitir cariño. No los culpo, no les enseñaron a querer en sus respectivas familias y la postguerra no fue el mejor de los paraísos.
    Hace poco en una entrevista con la tutora de mi hija de 7 años me comentó "es nota que és molt feliç(se nota que es muy feliz)" Y es así.
    En una entrevista con el tutor de campamento de mi hijo de 11 años me dijo "És el nen que ha fet més amics(es el niño que ha hecho más amigos).
    Son muy felices, porque he conversado con ellos horas y horas y horas...algo que mis padres no supieron ni pudieron hacer.
    Yo les he hecho saber en conversaciones y gestos, continuamente, que son queridos (no mimados). Se saben queridos.
    NO hay más, desde mi oficio de profesor de primaria y desde mis conocimientos de psicología infantil, que saberse querido y justamente guiado.
    Conversar mucho, pasear,comprender pero también exigir y transmitir los valores del esfuerzo , del sacrificio y del respeto a uno mismo a, alos otros y al medio ambiente.
    Lo mejor que se pueda.

    ResponderEliminar
  20. Mi infancia estuvo marcada por un padre ausente (en todos los sentidos) que no me aceptaba, y una madre enferma mental que desahogaba toda su angustia y crueldad contra el único ser que tenía a su alcance. De ahí proviene una íntima percepción de lo trágico. Es como haber vivido Auschwitz en los primeros años de la vida, pero si se sobrevive, se sobrevive, y, como Primo Levi, uno es capaz de contar lo que sucedió en el infierno pero no se puede olvidar. Uno necesita volver allí, como los que estuvieron en un campo de exterminio vuelven inevitablemente a él. Espero también que mis hijas sean muy felices.

    ResponderEliminar
  21. He aprendido que cuando se vive en medio de una tragedia, del maltrato, rechazo o abandono y eso es real sin ambivalencias ni crueles hipocrecias, hay oportunidad de defenderse, de adaptarse desde esa realidad y probablemente sobrevivir y surgir.

    Mucho mas cruel es vivir entre ambivalencias, apegos inseguros y vinculos patológicos de amor y desamor. Por ello, abrir los ojos de la consciencia, contar y elaborar lo que sucedio para decidir vivir amar y educar de otra manera da la oportunidad que escribes JOSELU de dar a los hijos algo mejor de lo sembrado en uno mismo.

    No todos los adultos reconstruimos con consciencia nuestra infancia. La adornamos, la tranformamos, la idealizamos como una compensacion de la infelicidad, pero al crear nuevos vinculos con otros, pareja, amigos, hijos, somos mas que el caos inicial.

    Por ello la importancia de la infancia. Por ello la necesidad despertar de la zombivida que construimos para soportar el dolor psiquico casi siempre temprano... porque es necesario una mejor manera de amar y educar. Abrazos mil.

    ResponderEliminar
  22. Pues tiene mérito que hayas encarrilado tu vida. Mucho mérito. Tú lo sabes mejor que nadie.

    ResponderEliminar
  23. La desnudez con la que cuentas el porqué de tu infancia infeliz me ha dejado casi sin palabras.

    Somos el resultado del cúmulo de experiencias que atesoramos en nuestra existencia. Los recuerdos de nuestra infancia son importantes, pero no lo son menos, los de la adolescencia o la madurez.
    Los recuerdos conforman la materia de nuestro intramundo. Diría que somos varios en uno mismo.

    ResponderEliminar
  24. Buenas noches, JOSELU.

    Seguramente no te descubro nada si te digo, que fue muuuuy feliz.

    Pero eso no significa en absoluto que la tenga idealizada y mucho menos, que necesite o quiera volver a ella para nada. Sí que recuerdo, sin embargo que viví casi como algo trágico, mi paso a la adolescencia, que coincidió precisamente con mi cambio del colegio, al instituto. Hasta hoy podría decir, que recuerdo el año que hice 1º de BUP, como uno de los más terribles de mi vida, sin exagerar ni un ápice.

    Recuerdo perfectamente cómo me iba a la cama algunos días a las siete de la tarde, so pretexto de encontrarme mal, cuando lo único que quería era cerrar los ojos y que pasara otro día. Y supongo que en cierto modo, lo que me ocurría es que no quería abandonar mi infancia. Siempre fui muy extrovertida, saltimbanqui, me encantaban los deportes, jugar a todas horas, para mi la infancia era igual eso, juego, el olor de los macarrones con carne picada que hacía mi madre y despreocupación.

    De alguna manera, mi paso al instituto acabó con todo aquello, nadie jugaba, todo era recolocarse el pelo, conversaciones sobre temas que a mi no me interesaban en absoluto, chicos, actores, música , preocupaciones de todo tipo y parecer mayor de lo que en realidad se era, cosa que a mi me parecía un sacrilegio. Tenía la sensación, de que absolutamente todas mis amigas se habían idiotizado y yo me negaba a contagiarme. Quería seguir jugando al brilé, a polis y cacos, hacer el pino en cualquier esquina, hasta me lo pasaba en grande en las clases, cosa que cambió también, hasta en le instituto. En mi infancia todo estaba perfecto, cada cosa donde debía estar y yo, encantadísima con ser una niña. Nosotros somos cuatro hermanos, nacidos en cinco años, lo cual implica que apenas tenemos diferencias de edad. En mi casa, siempre había con quien jugar, con quien hablar e incluso con quien pelearse. Siempre estuvimos muy unidos, además vivía mi abuelo con nosotros, el típico abuelo historietas y los mejores padres que uno pueda desear. ¿Cómo desear que aquello terminara?

    Es muy posible que conserve mucho de la niña que fui, porque seguramente sea de las etapas que viví más intensamente, al 100% casi diría. Lo exprimí todo, hice casi todo lo que un niño pueda desear . Y aunque mi educación fue más bien tirando a rígida, me dieron oportunidad de aprender y conocer, casi de todo, con todo el amor, que un niño precisa.

    Sí que creo que la infancia marca mucho, de hecho conozco a algunas personas, a las que sólo he comprendido, después de conocer su infancia. Creo que ahí está la explicación y al raíz, de muchos comportamientos adultos. Fruto de frustraciones, carencias y anhelos infantiles. Por ejemplo, yo soy tremendamente confiada y cariñosa supongo que en parte, porque viví una infancia segura, sintiéndome protegida y querida. Me sale de manera natural, porque eso mismo es lo que he mamado desde pequeña. Simplemente doy, lo que me dieron, así de fácil. Seguramente yo he sido una gran afortunada, porque ta cual soy, supongo que la vida debería haberme dado muchísimos más palos de los que afortunadamente me ha dado, a lo mejor por eso hablo como hablo, no lo sé.

    Tristemente de adulta, por mi trabajo, he tenido la oportunidad de conocer a demasiados niños a los que sin la más mínima consideración, les han robado la infancia de un zarpazo o se la han convertido en un infierno, algo que para mi, debería ser un delito tipificado en el código Penal, y lo digo muy en serio.

    Creo que si tu infancia fue tan dura, JOSELU, seguramente gracias a la gente que luego te ha rodeado, a tus libros y a tus muchas otras vivencias, hoy eres la gran persona que eres.

    Un beso muy grande.
    ¡¡Por fin mañana me licencian de lo gordo!!
    ¡¡estoy que no quepo en mi!! :-)

    ResponderEliminar
  25. No sé si incluirme en la discusión porque como bien dice el título de mi blog me considero muy joven y me siento inexperto. Esto, atado a que no llego ni a mi segunda década, puede hacer que se me vea como a alguien demasiado verde o demasiado apegado a su etapa impúber.

    Pero me encantan las entradas de tu blog, y quiero escribir al ritmo de un poco de blues.

    Mi infancia fue... maravillosa, estuve mucho tiempo enfermo, he sido operado cuatro veces (tenía tres riñones cuando nací), mis abuelos (varones solo) no me han sobrevivido, al menos no como yo quisiera. He tenido desilusiones tempranas, he tenido idealizaciones tempranas, he hablado antes de tiempo, en fin, he sido niño, y lo he pasado genial en mi maravillosa ignorancia. A pesar de todo lo malo que haya podido pasar, miro, hoy, hacia atrás y me gusta lo que veo. Si mi infancia se hubiera desarrollado de otra forma, no sería el que soy. Y me siento bastante feliz con respecto a mi desarrollo, siempre contento de ser un inexperto. Sin duda la infancia no tiene que ser el camino a la razón, si no la escapatoria de sus categóricos juicios.

    Para terminar me gustaría incluir una entrada que hice en mi blog, dedicada a la infancia:

    http://paramiescritura90.blogspot.es/1235294040/

    Creo que ahí se refleja bastante, con qué me quedo.

    Un saludo, Joselu, y gracias por esta entrada ^^

    ResponderEliminar
  26. ...

    - Y ahora que tenéis asegurado un sueño divertido- dijo Tontina, notando que sus ojos se llenaban de arena dorada (la fina arena de las playas de aquel Sueño, el que transporta al último instante y al
    primer instante)-, espero que el Trasgo del Sur os conduzca bien, y que mañana nos visitéis de nuevo:
    pues sois el más divertido y el mejor entre todos los muchachos que he conocido.- Dicho lo cual, se recostó entre los cojines de pluma y se quedó tan profundamente dormida que un silencio oscuro y denso ganó la estancia.


    Predilecto se encontró entonces en medio de un tropel de niños y muchachos que, acomodado cada cual según mejor le placía, dormían profundamente en una estancia sin luz; y sólo el rescoldo de los leños y las últimas brasas producían chasquidos breves, estallantes, "como -se dijo- sería, si es que así fuera, la risa de los trasgos". Allí abajo, el Árbol y el Jardín y la noche toda se habían apagado.


    Salió de puntillas. Ya estaba en los oscuros y húmedos pasillos, y se dirigía a ninguna parte, sin saber a donde, cuando se notó como si acabara de salir de un sueño. Y al fin olvidó casi todo lo que había visto y oído o, tal vez imaginado. Sólo esta frase permaneció en su memoria: "Sois el muchacho más divertido y el mejor de cuantos he conocido". "Muchacho -pensó, con tierna condescendencia-. A fe mía que hace tiempo dejé de ser muchacho". Y, sin que hubiera razón para ello, se dijo que la Princesa sólo tenía, a lo sumo, once años y él, entre los hombres heridos y atravesados por su propia espada, había cumplido los veintitrés.


    - Niños, niños, ¡qué absurdas criaturas! - murmuró, en tanto buscaba el aire fresco de la noche, con que aliviar su frente.

    ...


    Ana María Matute.




    Espero que no te haya molestado tanto espacio ocupado con intención de niños,...:)





    Un beso muy fuerte para ti y tu familia.




    B.D.C.J.

    ResponderEliminar
  27. Para el niño no existe siino el presente, pero un presente lleno de ausencias, sonre todo la del conocimiento del entorno. La y del yo es una enorme copa, casi cornucopia, en la que cabe todo si conexión alguna. Lola tenía que ser un chico. Y tenía que haber sido una chica, del mismo modo que otros cuatro hermanos míos. Quizás por eso, en el único rasgo de genialidad infantil que di de mí, dije, cuando me preguntaron qué quería ser de mayor, que quería ser chica. Mi madre siempre me ha recordado una pregunta que le hice cuando tenía unos siete años: ¿Cuándo se es mayor para irse de casa? Supongo que no era la pregunta que una madre espera, pero apuntaba ya una dirección única: huir de la infancia, buscando la independencia. Estos dias estoy en lo que se supone que fue el "paraíso" de mi infancia, y si algo me cuesta horrores -literalmente- es reconocerme en el que fui. No puede uno arrepentirse de quien fue, pero sí sentir un enorme alivio por haber sido y que aquello terminara a tiempo. Con todo, sé que conservo lo mejor de la niñez conmigo: mi apego instintivo al presente. Si a eso le sumo la esperanza irracional en el futuro y la tranquilidad de ir envejeciendo con la satisfacción de añadir años y experiencias de todo tipo, bien puedo considerar que mi paraíso es mi presente, no aquella torpe infancia llena de miedos y de amenazas. Haré una confidencia: tengo la esperanza de dejar de ser tan imbécil como lo he sido desde que me recuerdo con uso de razón, de ahí mi confianza en el porvenir, aunque quizás me alcance la muerte antes de redimirme de mi idiotez constituyente.

    ResponderEliminar
  28. Yo siento mi infancia como un período mágico. Es corta la infancia. Pero tan intensa que cada año vale por cien. Es un mundo. Un universo maravilloso donde todo se vuelve del color de la imaginación y la ilusión. Es el período de la ternura, del amor profundo hacia las personas (amiguetes, padres, abuelos, tíos...) es un lugar donde se puede amar, llorar, reir sin ningún tipo de traba. Yo sé que hay infancias robadas. Pero yo, por fortuna, puedo hablar de la que viví, que fue, por suerte, encantadora, y vuelvo a ella siempre que puedo.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  29. Joselu, no recuerdo bien mi infancia. Tuve una enfermedad que me llevó a estar hospitalizada durante tres meses a los cuatro años, me hicieron la primera punción esternal y otras lindezas que afortunadamente no recuerdo. En lo emocional no creo que fuera especialmente feliz, pero sí permanece en mi recuerdo, por desgracia, un episodio muy desagradable que me resulta difícil contar.
    Por suerte, viví con mucha más emoción y cariño la infancia de mi hijo. Sé que ha sido feliz y yo con él viéndole crecer sano y equilibrado. Jugué mucho con él, montábamos en bici, íbamos a las cabalgatas de Reyes, al cine, estaba pendiente de sus necesidades... Dicen que en la infancia están las claves de nuestra vida entera, o quizá sólo sea un tópico más. A saber... En cualquier caso, es una etapa importante. La sigo viviendo muy de cerca por mi trabajo, y ahí sí que hay tela para cortar de sobra. Creo que, en general, los niños de hoy tienen un exceso de bienes materiales con escaso contenido afectivo y una ausencia brutal de valores que les lleva a ser egoístas, despreocupados y ajenos a todo lo que suponga esfuerzo y sacrificio. Los padres se ocupan poco de ellos, en gran medida por culpa del trabajo, y los niños se "vengan" siendo tiranos que dominan el entorno a su antojo. Las bases de su formación no son nada firmes. Quizá son un reflejo fiel de toda la sociedad. Recuerda el dicho: "Para educar a un niño hace falta toda la tribu".
    Vaya tema nos planteas en plena canícula...
    Un fuerte abrazo, colega.

    ResponderEliminar
  30. Yo que casi soy adulto, y aunque mi infancia fue realmente tranquila y sin nnigun trauma fuera de lo común, no la tengo en una gran estima, ni la mia ni la ajena. Cierto es, ver un niño me llena de ternura, pero es mas uan cuestion estética. Una vez reflexionando sobre el amor, el miedo y el respeto, llegué a pensar que cuando era niño, debido a que dependia grandemente de mis padres, no los amaba como pude llegar a hacerlo cuando ya no los necesite tanto, y cuando ya no habia razones para temerles. Creo que el niño esta muy condicionado por su debilidad para que se le pueda considerar puro. Creo que la pureza la da la libertad. Pero tb estoy dispuesto a creer lo contrario. Es decir no me importa mucho eso. Volviendo a la niñez me despido, Joselu, con un poema de Benedetti que me parece encaja muy bien. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  31. Me atrevo a entrar en la conversación aunque el verano ya haya quedado atrás.

    Mi infancia, si tengo que referirme a la etapa anterior a los siete años, fue inmensamente feliz. Crecí rideada de amor y no tuve carencias materiales ni de ningún tipo. El amor es algo que no me ha faltado nunca, me refiero al amor de mis padres, pero en una etapa posterior con , ocho, nueve o diez años era consciente de todos los problemas a los que mis padre tenían que hacer frente y que condicionaban nuestra vida familiar, nuestro bienestar e incluso mi desarrollo intelectual. La enfermedad mental de mi abuela paterna, una tía materna con retraso mental, problemas de alcoholismo en los abuelos...todas esas circunstancias sobre las espaldas de mis excelentes padres, asumiendo en solitario cargas que debieron compartir con otros familiares...todo eso me influyó muchísimo y no se como hubiera soportado la vida en casa si no hubiera tenido el inmenso tesoro de los libros, que me salvaron la vida. Podría hablar o escribir toneladas de palabras sobre mi infancia...mi hermano y yo volvemos continuamente sobre ese periodo de nuestra vida, no conseguimos superarlos del todo, y desde luego la niña que fui está presente todos los días, para bien y para mal.

    Me obsesiona también la infancia de mis hijos, que siempre me parece que no es suficientemente buena. Mi hijo mayor, que ya tiene 22 años recuerda su infancia como un paraíso que me debe a mí, pero la niña que aún no tiene 12, no está teniendo una infancia como me hubiera gustado proporcionarle. Me acuso por ello, aunque las circunstancias pesan mucho en esa realidad. Yo me esfuerzo, pero no sé si he conseguido hacerla tan feliz como me gustaría. Bueno, sinceramente, creo que no.

    Ay Joselu...qué tema más fundamental planteas, qué territorio más doloroso transito.

    Siento lo que cuentas de tu infancia y me parece extraordinario que te hayas convertido en la persona que demuestras ser aquí, y seguro que eres un padre estupendo.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...