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miércoles, 16 de abril de 2014

El enigma de la contemplación del arte



Ayer pasé por una de las pruebas más agotadoras que conozco. Visité –para mi pesar- durante unas horas el Museo del Prado. Veo con enorme inquietud el hecho de recorrer frenéticamente museos y contemplar las obras artísticas geniales que hay en ellos. Recuerdo con horror mi visita al Museo Vaticano hace muchos años. Tuve que recorrer infinidad de galerías interminables llenas de obras maestras de lo mejor del Renacimiento italiano para llegar a la capilla Sixtina que es lo que yo quería ver. Un museo es una tortura para el alma. Una visita apresurada de dos o tres horas corriendo, pasando de obra en obra sin ver nada en realidad me parece abominable. Añádase el ambiente multitudinario en que miles de personas recorren contigo en igual apresuramiento esas muestras de belleza encapsuladas en esas paredes. La vorágine hace que algunas de esas pinturas sean rodeadas por un enjambre de visitantes. Todos los turistas del arte que vamos a esos recorridos parecemos poseídos por una euforia de querer poseer todo y no ver nada en realidad. Nada. La mirada hacia el arte ha de ser necesariamente lenta, para sentirnos penetrados por él, para intentar entrar en ese código enigmático que nos transmite una pintura de hace cientos de años. ¿Por qué Las Meninas es un cuadro tan singular? ¿Por qué El cardenal de Rafael nos atrae poderosamente? ¿Por qué las pinturas negras de Goya son tan perturbadoras? No es posible entrar en ese diálogo en un museo en que todo es prisa y fiebre por ver todo. Pero uno tiene dos horas para ver el Museo del Prado, una hora y media para ver El Reina Sofía y otras dos horas para recorrer la colección Thyssen, la temporal dedicada a Cezanne y la permanente.

¿Qué hay que mirar? ¿Cómo hay que mirar? ¿Cómo ha de formarse uno para mirar una obra de otro tiempo en que existían otros valores que no tienen nada que ver con nuestro mundo? No basta con que estas obras estén bien hechas, que sean perfectas. Hay muchas obras perfectas que no son geniales obras maestras. De hecho la perfección puede ser un inconveniente. Hay pinturas no acabadas o mutiladas como El perro de Goya que son más enigmáticas que si hubieran sido redondeadas y pulidas. Hay que estar muy formado para ver con fundamento una obra artística. Desconfío de los que piensan que si una obra te gusta es suficiente como espectador. No me fío del gusto. Hay pintores mediocres que encandilan a las masas dándoles lo que ellas desean. Visité con espanto la muestra de Sorolla de la Spanish Society. Tuvo en Barcelona y en las ciudades en donde estuvo un éxito apoteósico. Las salas reunían a cientos y cientos de admiradores de aquellas pinturas cursis sobre las regiones de España que reunían todos los tópicos imaginables. No había ningún riesgo en aquello. Sorolla pintaba muy bien pero tuvo un encargo comercial y lo cumplió. Reunir todo el folklorismo de España. 

Es difícil contemplar el arte. Cuando vamos al Prado ya sabemos de antemano que hay algunos que nos han dicho que Las Meninas o Las Hilanderas son obras maestras. Hay catálogos en que nos dicen que estas obras son geniales. ¿Por qué? ¿Qué tienen? Me temo que la inmensa mayoría de los visitantes, como yo, no tienen ni idea de qué tienen y las vemos en un lapso de treinta segundos sin ver nada, y pasamos a otra obra maestra.

Ver una obra artística tiene algo de sagrado. Uno no puede ver demasiada belleza junta para no distorsionar la contemplación y la conmoción que puede suponer. Pero ¿hay algo que nos conmocione en esta época de vértigo y superficialidad en que las masas tenemos a nuestro alcance el AVE y la posibilidad de recorrer tres museos en dos días pasando de la pintura medieval al Guernika con el intervalo del Cezanne. ¿Cómo adaptamos nuestros ojos a distintos tipos de belleza y medida? ¿Cómo sabemos qué es lo esencial?

Tuve ocasión en este último verano de ver sin prisa una muestra de la pintura de Camille Pissarro en la Fundación Thyssen. Disfruté sumergiéndome en su mundo pictórico. Busqué un punto de referencia que era la convivencia de la modernidad con el mundo idílico de su refugio campesino. En sus cuadros aparecían chimeneas que reflejaban la transformación del mundo rural. Sentí esa transición de siglo entre la sociedad estática del campo y la llegada de la industrialización y percibí el hondo malestar y a la vez fascinación por esa metamorfosis de Pissarro. Miré uno a uno sus setenta cuadros buscando entender sus reflexiones sobre el tiempo que le había tocado vivir, un mundo que iba a llevar a la desaparición del paraíso rural. Cada cuadro era un instante, un latido de la existencia del pintor y el espectador lentamente podía entrar en esa maravilla que es la percepción del tiempo. Pero esto me agotó al cabo de dos horas. Mi mente estaba saturada de belleza. Y mi visión, todo lo relativa que pueda considerarse, me había producido un hondo placer que aún retengo, igual que recuerdo mi recorrido por el templo budista de Borobudur en Java. La contemplación de una obra artística es misteriosa, no sabemos por qué algo nos conmociona aunque busquemos interpretaciones racionales.

El espectador de arte necesita tiempo y silencio para lograr aislarse en la contemplación de algo que representa arte y tiempo. Por eso solo quiero ver pequeñas muestras artísticas no demasiado solicitadas y en soledad. Una mañana sería corta para mirar un cuadro de El Bosco, una pintura de El Greco. El turismo masivo nos puede llevar a ver ochocientas obras artísticas en cinco horas pero la mente no puede retener nada, no hay nada detrás de ello. Es puro consumismo del hombre moderno que va  a todos los sitios con prisa y no ve nada. Es una contradicción del hombre urbano que vive en ciudades esencialmente feas y en entornos degradados o sumergido en artefactos tecnológicos que lo absorben y que no le dejan recuperar ese tempus lento necesario para ver algo.


Así que cuando llego a una ciudad prefiero recorrer sus tabernas antes que sus museos. No me encuentro preparado para ello.

10 comentarios :

  1. Totalmente de acuerdo con tu reflexión, yo también "Sufrí" los museo Vaticanos y los museos capitolinos en dos días consecutivos, o la Galería de los Uffizi en unas pocas horas, y acabe saturado, no acabas disfrutando nada, y las aglomeraciones lo hacen aun más dificil. Recuerdo especialmente en el Prado el jardín de las delicias del Bosco, un cuadro que me atrae especialmente no pudiendo ser disfrutado como se merece. No soy un gran entendido en pintura pero cuando un cuadro me gusta desde luego las condiciones en las que se ve en un museo, en la mayoría de los casos no son las mejores. Por cierto, una curiosidad pendiente, ¿leíste ya La Casa de las Hojas?

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    1. No, Jose´Antonio, no he iniciado La casa de hojas. La tengo reservada para el verano. Además llevo un mes inmerso en una sequía lectora que me aleja de los libros, absorbido por la tecnología. No me preocupa porque en los tres meses anteriores había devorado montones de libros. Supongo que son flujos y reflujos nuestros como lectores.

      Es cierto que los grandes museos, los más mediáticos, no se ven en condiciones. El otro día en el Caixa Forum de Madrid había una cola gigantesca para ver la exposición de fotografía de Sebastiao Salgado. Tuve que dejarlo. Soy muy aficionado a ver pintura pero me reservo para exposiciones de calidad pero que no tengan esa afluencia humana que tienen los grandes museos. Ver el Louvre, o el Prado es una experiencia que me lleva a la desolación por lo que dices y por lo que expongo. Un cordial saludo.

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  2. Estoy absolutamente de acuerdo, Joselu. El problema es que se dispone de poco tiempo, y se pretende abarcar demasiado. Es así como se pierde el disfrute y gana la ansiedad y el hastío.
    Alguna vez escuché a un señor muy culto en televisión argentina que explicaba que a un museo europeo hay que ir un rato cada día a contemplar como máximo una o dos obras seleccionadas de antemano, pero, claro, este señor se pasa un mes entero cada vez que va a las grandes capitales europeas.
    También es importante la fecha en la que lo visitas. Imagino que para estas fiestas te has de encontrar medio mundo paseando por Madrid. Yo, de todas formas, lamento no estar ahí.

    Un fuerte abrazo y disfruta de Madrid!

    Fer

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    1. Maria Paz, disculpa por no haberte contestado antes. Volví hace dos días de Madrid y tuve que ponerme a corregir todo lo que tenía amontonado. Es cierto que una visita a una gran pinacoteca como El Prado está caracterizada por la ansiedad y el hastío. Mi experiencia del Prado fue negativa. Estuve allí pero no estuve. No me encontré con la pintura de El Bosco, Velázquez, Goya, pero no disfruté por el ambiente que había allí y por mi propio nerviosismo. No es el estado mejor para ver pintura. Sí, había mucha gente por Madrid, una ciudad que no conocía demasiado. Curiosamente había estado más veces en París que en Madrid. Un fuete abrazo, y gracias.

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  3. No entiendo de arte. No es lo mío, así que cuando entro a un museo -extraño pero me atraen- no me entero de la misa la media. Eso para empezar. Pero fíjate, algo curioso me ocurrió cuando entré a más de uno y de dos. En general paso por delante de la mayoría sin pena ni gloria, y sin embargo hay obras que me atrapan y me puedo pasar perfectamente una hora frente a ellas. Cuando esto ocurre me da igual el resto del museo. La primera vez recuerdo que me pasó en el Louvre con La Victoria de Samotracia. Del interior del recinto de hecho, no recuerdo mas que esa escultura, las momias (porque nunca había visto ninguna) y los sillones rojos ubicados en el centro de cada sala (por el tiempo que pasé sentada en ellos esperando al resto del grupo con el que estaba haciendo la visita). Después de esa me ha pasado con el cuadro de los Zapatos de Van Gogh en Amsterdam y otras obras ni "famosas". En el museo de arte antiguo de Berlín, el busto de Nefertiti me dejó indiferente, y sin embargo otra escultura minúscula que representaba tan solo dos manos cogidas me tuvo hipnotizada no sé ni cuánto. Era de rodeno, ni tan siquiera sé si tenía nombre. Sinceramente, me importa poco.
    Y así, con un montón.
    Del de Pérgamo no recuerdo mas que las puertas de Ishtar por impresionantes, nada más, y del de arte (también de Berlín) un cuadro minúsculo en el que se representaba un prado. En el prado había un muro de ladrillos de metro y pico de alto, y al final del muro (a escala) como a dos metros, un hombre de pie, y de espaldas al observador. Estuve parada frente a él como mínimo media hora seguro, y porque alguien me empujó para que siguiese... a no ver nada más, porque después de aquel, miré mucho y no vi nada.
    Supongo que serán cosas de no tener ni idea de arte y entrar en un museo con la pizarra en blanco. O no, a saber.

    Besos, Joselu.

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    1. Creo que tu actitud ante el arte es como debe ser. Uno se encuentra atrapado por ciertas obras, no por las que los catálogos registran como geniales. A veces puede que nos atrapen y otras veces, puede que no. Me ha gustado como lo has expuesto. Yo tiendo a evitar los grandes museos, pero en ocasiones no queda más remedio. Me gustaría ver Berlín, Amsterdam… pero quisiera ser como uno de esos viajeros de principios de siglo que se pasaban una larga temporada en las ciudades que visitaban, en lujosos hoteles en contacto con la sociedad aristocrática y decadente de la época. Este es un secreto anhelo (que ya no es tan secreto, jejeje). Cuando fui a Venecia recorrí su parte más conocida pero también me fui a ver su parte más oculta. Y no vi nada de arte, esto lo lamento, o no, no sé. El arte prefiero verlo cuando voy solo. Si voy acompañado tengo que prestar atención a la otra persona y a sus ritmos. Me ha encantado tu planteamiento ante los museos.

      Besos, Vero.

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  4. Estoy de acuerdo con todo lo que dices, yo sufrí el Síndrome de Stendhal en primera persona y conozco ese vértigo de absorber belleza sin poder asimilarla.
    En este tema hay una prueba de fuego: la gente mira el título y el autor de los cuadros antes de mirar hacia ellos y solo se permite pararse si le suena el autor o el título de la obra.
    Por desgracia no hay vuelta atrás, el turismo masivo está acabando con todo. Más ahora en que a Japón se la ha unido países como la gigantesca China en estas visitas masivas. Pude ir a mediados de los 80 a la Galería de los Uffizzi sin mayores complicaciones, hoy tienes que encargar la visita con semanas de anticipación y entrar en algunas salas en riguroso turno, moverte al compás de la gente y salir cuanto te toca.
    Saludos

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    1. Una vez vi la Acrópolis un día de agosto a las doce del mediodía entre cientos y cientos de otros turistas que habían llegado junto a mí. Fue una experiencia extenuaste bajo el sol terrible del verano. Yo creo que éramos miles los que allí estábamos. La segunda vez que estuve en Atenas con mi mujer yo no quería ir a ver la Acrópolis de ninguna manera pero cómo hacérselo ver a mi compañera. Elegí ir a primera hora de la mañana, a las ocho cuando la guardia era relevada del recinto. Era un día de lluvia, y cuando llegamos la Acrópolis estaba vacía, maravillosamente vacía bajo la lluvia que no me importó en absoluto. ¡Qué maravilla! El turismo (sé que soy turista) devalúa la realidad del arte y lo convierte en un producto de consumo. Tienes toda la razón. Por eso prefiero no ir a los museos salvo a salas que sé que no estarán masificadas en las que podré estar a mi aire y a ser posible en soledad. Entiendo que se pueda estar toda una mañana mirando un cuadro. Un cordial saludo.

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  5. Es verdad que ver un museo resulta agotador, y sin embargo... creo que a los museos hay que ir solo, con tiempo y sin miedo de dejarte algo. Este verano visité Barcelona por primera vez, lo que supone visitar un gigantesco museo con "submuseos", me dejé muchas cosas, seguro. Sin embargo quiero decirte que como lo hice sola el ritmo lo marcaba yo y disfruté muchísimo de casi todos los sitios donde estuve. Salí enamorada de Gaudí de la exposición de La Pedrera, agotada pero satisfecha de haber pasado toda la mañana en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, asombrada de la exposición de arquitectura española del "Pueblo español", etc. etc. Como mis conocimientos son limitados, cogía la audioguía para que me ilustrase un poco sobre lo que veía, y así, sola con sus explicaciones, sin prisas, pasaba el tiempo disfrutando y aprendiendo.

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    1. Estoy de acuerdo contigo. Las visitas a museos suelen estar mejor aprovechadas cuando uno va solo. Así uno puede sumergirse en las obras que lo reclaman sin tener que seguir un ritmo que no es el tuyo. La lentitud es esencial y una preparación mínima de la visita que puede ser suplida por esas audioguías que mencionas. El gran problema a la hora de enfrentarse al arte es el desconocimiento profundo de lo que se está viendo. Es por ello que me retraigo ante algunas muestras artísticas maravillosas. Me alegro de que te gustara Barcelona. Es la ciudad en que siempre soñé vivir desde muy pequeñito.

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