jueves, 15 de junio de 2006

El profesor


Frank McCourt tenía sesenta y seis años cuando publicó el archiconocido Las cenizas de Ángela en 1996. En esta libro de memorias relataba su infancia desgraciada en la Irlanda –en Limerick- en los años treinta y cuarenta. Inopinadamente la obra lo llevó al estrellato mundial de la literatura. Su relato lleno de verosimilitud y ternura, a la vez que de sentido del humor, ganó el premio Pulitzer y se han editado del mismo más de veinte millones de ejemplares en más de treinta idiomas. Lo que mucha gente ignoraba, incluyendo a este bloguer, es que Frank McCourt no salió de la nada. Llevaba tras de sí treinta años dedicado a la enseñanza de la lengua y literatura inglesas en institutos de enseñanza secundaria en la ciudad de Nueva York. Es esta faceta la que me ha resultado más sorprendente y me ha llevado a leer su última obra titulada Teacher man, El profesor, publicada en Nueva York en el año 2005.

Una obra que lleva como centro a la figura del profesor de Lengua y Literatura no podía ser más del agrado del redactor de este blog que se apresuró a comprarla en cuanto tuvo conocimiento de su existencia. Hace unos años leí complacido esas memorias que citaba al comienzo del post, Las cenizas de Ángela, que sin ser, como se ha dicho, una obra maestra, en su género ofrece elementos interesantes para iluminar lo que puede ser una infancia desgraciada relatada con una mezcla de humor y ternura.

También era relevante el hecho de que dicha obra hubiera sido escrita después de su jubilación tras una larga carrera docente. En su caso, su vida tuvo una segunda parte que le llevó del anonimato más absoluto como profesor jubilado a la primera línea de la literatura popular. Desde entonces una pregunta le persiguió y fue que por qué había tardado tanto en escribirla. Él, con muy buen sentido, respondió que cuando se ha estado treinta años impartiendo cinco clases al día, cinco días a la semana, ciento setenta y cinco alumnos en total, no tienes muchas ganas de escribir cuando llegas a casa cargado de trabajo para corregir. Tienes la cabeza llena del barullo del aula. Ahí Frank McCourt me llegó muy adentro porque es la pura verdad y eso lo sabe cualquiera que se haya dedicado a la enseñanza.

En El Profesor, Frank McCourt nos cuenta también con humor sus andanzas y desventuras en tantos año de trayectoria profesional. Años erráticos y sin aparente dirección por su falta de ambición, al menos eso es lo que le reprochaba su mujer, de la que terminó separado. Para progresar en el mundo de la enseñanza hay que saber subir de nivel de modo que uno llegue a algún cargo -como director o inspector- y se libre de las clases la verdadera carga para los docentes. Él no supo ascender y se vio al principio en escuelas marginales como el Instituto de Formación Profesional y Técnico Mckee dando clases a alumnos conflictivos e inmigrantes recién llegados que apenas sabían hablar inglés. Son divertidas sus relaciones con sus alumnos con los que intentaba llegar a algún tipo de pacto. Él era consciente de sus dificultades y no parece que hiciera de la asignatura un hueso duro de roer. Comenzó en la América del general Eisenhower, la época de Rebelde sin causa, Rebelión en las aulas, El guardián entre el centeno. Él era un profesor inexperto y sus alumnos fontaneros, electricistas, esteticistas, carpinteros, mecánicos, torneros… no parecían estar muy interesados en Walt Whitmann, Thoreau, Hermann Melville y los sacrosantos temas de la literatura norteamericana. Tuvo problemas con la dirección del centro por su excesiva comprensión hacia sus alumnos:

“Yo soñaba con una escuela donde los profesores fueran guías y mentores, en vez de capataces. No tenía ninguna filosofía de la educación concreta, salvo el hecho de que me sentía incómodo con los burócratas, con los de arriba, que habían huido de las aulas sólo para volverse contra los ocupantes de esas aulas, profesores y alumnos, y fastidiarlos. Nunca quise rellenar sus impresos, seguir sus directrices, administrar sus exámenes, tolerar sus intromisiones, ceñirme a sus programas ni a sus planes de estudios”.

Esta falta de filosofía de Frank McCourt fue su filosofía durante los años de docencia en institutos públicos difíciles, pero también cuando en plenos años setenta encuentra trabajo, tras ser despedido de varias escuelas, en un instituto de élite llamado Stuyvesant al que se accede tras un rigurosísimo sistema de selección del alumnado. Se presentan más de veinte mil alumnos para tres mil plazas y sólo llegan los mejores de entre los buenos. Allí llevó su sistema pedagógico a la práctica con alumnos de un nivel envidiable. En lugar de hacerles estudiar a los clásicos de la literatura norteamericana, les sugería aprender recetas de cocina y les proponía reflexionar sobre ellas poniéndoles música de fondo. Curiosamente los alumnos pedían alternativas a la enseñanza oficial reivindicando la lectura y comentario de novelas como El señor de los anillos, Dune y ciencia-ficción en general.

Este relato es un libro caliente, basado en la experiencia vital y profesional de un profesor complejo y que se sale fuera de los esquemas oficiales, para bien y para mal. No da ninguna fórmula a seguir y lo poco que habla de su sistema, entreverado con grandes dosis de alcohol en su vida particular, no es aplicable al mundo educativo de hoy. Más parece un profesor que marchó a la deriva en su vida sentimental y profesional. Su experiencia no me parece asumible. Cada profesor tiene unas circunstancias únicas y las experiencias no son intercambiables. Admiro, eso sí, que pudiera hacer clases dialécticas y dialogadas con sus alumnos, que se dirigían a él llamándolo siempre "señor McCourt" proponiéndole sus ideas. Lo admirable fue aquella oportunidad de impartir talleres de creación literaria en el Nueva York vivo y apasionante de los años setenta y ochenta del siglo pasado con alumnos privilegiados y llenos de inquietudes. No le envidió a él como profesor pero sí los años y el lugar que ocupó. Yo sí les hubiera hablado de Dune, El señor de los anillos, de Mobby Dick, de Dickens, de Walt Whitmann, de Henry David Thoreau. ¡Qué delicia!

4 comentarios:

  1. Joselu:
    Que interesante tu relato!.Como siempre tu excelente nivel de docencia y comunicación, ayudando a aprender y conocer.
    Un abrazo

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  2. Lo leeré, y cuando lo lea te diré. Pero no sé si el libro estará a la altura de esta presentación.

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  3. Buen libro. Yo también soy un profesor de Perú.

    Saludos.

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  4. Excelente informacion sobre Las cenizas de Ángela en 1996 este libro fue muy bueno hace un tiempo lo lei y era muy bueno y la historia de el era muy interesante

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