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domingo, 5 de octubre de 2014

El misticismo y el abandono del yo en Bachillerato.



 El pasado viernes tenía que presentar a mis alumnos de bachillerato el tema de la poesía religiosa del siglo XVI, concretamente en su dimensión mística en la que destacan autores como San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de Granada. Entre los alumnos que tengo hay un grupo destacado de muchachas marroquíes que han llegado a segundo de bachillerato pero a las que no se puede suponer un conocimiento de fundamentos de la religión cristiana católica ni de sus diferencias con el protestantismo en un siglo de fuertes conflictos bélicos y políticos entre ambas corrientes. Por lo demás los muchachos hispanos tampoco conocen demasiado la religión mayoritaria del país. Explicar el misticismo no es fácil. Es complejo describir estados que por su naturaleza son inefables en la pretensión de unir el alma con Dios en un éxtasis absoluto. Como los autores de aquel tiempo, he de acudir a la necesidad de los símbolos para expresar algo que no se puede describir con palabras. El lenguaje amoroso, la unión sexual de los amantes, en poemas de distintas y sucesivas interpretaciones. Les hablo de las vías místicas, de sus diferencias. Del camino común con la ascética en su fase de despojamiento de lo accesorio, de su búsqueda de la perfección moral, hasta que llega un momento en que el alma se ve invadida por la luz. Es lo que describen los poemas místicos. El alma atraída por una luz cegadora renuncia a su ego y se va fundiendo por la Gracia de Dios en un pozo de oscuridad y de mil soles resplandecientes.

Me doy cuenta de que es muy difícil acceder a esto para mentes acostumbradas a lo racional. Pienso en el trance en que se puede entrar en distintas experiencias. El ascender una montaña difícil, el deporte en grado intenso, el dejarse llevar por la música, el efecto de distintas drogas psicodélicas. Pero a mis alumnos hay que darles algo más plástico y evidente. Pienso en los danzantes turcos, los derviches, de la vertiente sufí del Islam. Entran en trance en sus giros llenos de magnetismo, acompañados de una música hipnótica y tras la lectura de textos sagrados del Corán. Mis alumnas marroquíes agradecen que intente acercar la perspectiva de las clases a su mundo islámico. Esto era impensable hace unos años. Ahora he de entender que muchos de mis alumnos provienen de otro universo cultural y religioso, que no comparten necesariamente las evidencias de nuestro mundo occidental.

Les pongo un vídeo de los derviches leyendo el Corán, al ritmo de la música, y el momento en que empiezan a girar sobre sí mismos en un abandono progresivo del yo, ese abandono que Cioran no compartía porque estimaba que nuestro altivo yo es lo único y más valioso que tenemos, lo que nos hace singulares. Sin embargo, las distintas religiones han valorado como esencial ese abandono del ego en aras de uniones más hondas. Los danzantes sorprenden a mis alumnos. No los conocían. Van girando con las manos primero cruzadas sobre el pecho y luego con los brazos abiertos o alzados. La música produce un efecto magnético sobre la clase. Pienso entonces que cómo hacerles partícipes de aquello. Les propongo que los que quieran pueden salir adelante y girar como los derviches. Yo hago el amago de girar dos o tres vueltas. No se deciden. Pero la idea les atrae. Están fascinados. Luego un par de chicos y una muchacha musulmana aceptan la propuesta y salen a danzar. Vuelvo el vídeo atrás para que comiencen esos ochos minutos de giros y éxtasis. Empiezan a girar mis alumnos. Al principio pierden el equilibrio tras treinta o cuarenta segundos de giros. La música invita a la experiencia. La chica musulmana se marea y dice que tiene ganas de vomitar, se retira, no sin una sonrisa. Los dos chicos que quedan danzan durante cinco o seis minutos con una gran seguridad en sí mismos. Siguen sus giros. Los demás le dicen que vayan más rápido al ritmo de los derviches. Ellos tienen los ojos cerrados. No sé si esto coincide con los danzantes turcos. Giran y giran hasta el final del vídeo. Son alumnos poco escolares, pero hoy han participado. Les pregunto qué han sentido en sus giros.  ¿Han visto la realidad de otro modo? Contestan que sí, que han percibido un mundo que subía y bajaba, que se alejaban de la clase, que se han visto dominados por estados de conciencia no habituales (esta terminología se la añado yo a sus palabras). En alguna manera, este trance, este abandono, es propio de todas las corrientes místicas en el cristianismo, el judaísmo, el islam, el hinduismo y el budismo en un ansia de alejamiento del yo, de superación, de hundimiento de la propia conciencia en una realidad inmensa, sea la Gloria de Dios o el Nirvana.

La lectura de Cioran este verano mientras hacía el camino de Santiago me hace reflexionar sobre ello. Las religiones han propuesto el abandono del yo como vía para calmar el sufrimiento. Dice Cioran: “El yo es una obra de arte que se nutre del sufrimiento que la religión tiene como misión calmar” y “Por este motivo quieren liberarnos del yo, de la más extraña florescencia que hay bajo el sol”.


No he planteado ello en clase. Sería un debate demasiado hondo para esta situación que debía más bien acercar la experiencia mística a adolescentes de diecisiete o dieciocho años. Lo hemos intentado. Creo que será algo que no olvidarán, especialmente los que han danzado, pero los que los han visto, tampoco.

sábado, 27 de septiembre de 2014

El profesor que no explica en clase



Me he dado cuenta de que la explicación de cualquier tema por parte del profesor es ineficiente. No consigo que mis alumnos estén atentos a lo que explico. Advierto que por más que me esfuerce en desmenuzar cualquier cuestión teórica o práctica del área de lengua, la inmensa mayoría de mis alumnos se desconecta directamente. No están allí desde el momento que mi voz adquiere tono explicativo. Y es igual que module, que intente ser dramático o ameno. El noventa por ciento están en otro lado que no es la clase. Luego, es evidente que la mayoría no estudia. Puede ser que yo no sea un buen profesor, que sea claro que soy aburrido, que soy un plasta, que no sea convincente. Me lo he preguntado muchas veces pero no puedo hacer nada al respecto. Tal vez con otros profesores estos muchachos estén más atentos y presten atención a lo que se explica. No sé.

He decidido, por tanto, no volver a explicar en clase ningún tema de lengua. Es una posición que me atrae porque lo cierto es que no me gusta explicar a un grupo humano que sé desconectado, y además me aburro yo mismo también. Así que invertiremos el asunto. Mis alumnos tienen un libro digital –Marea verde- libre de derechos de autor. Les doy un fin de semana  para resolver un cuestionario sobre el archisabido Elementos de la comunicación y funciones del lenguaje del que estoy tan harto como ellos, no porque no sea interesante, sino que por el nivel básico con que se estudia no ofrece ningún interés. Tienen cinco días para resolver un cuestionario que les obligará a repasar y leer la información que les da el libro de texto. Algunas preguntas son solo de copiar la respuesta y otras deben efectuar un ejercicio de inferencia. Utilizo la plataforma Edmodo para la clase de lengua. Les gusta bastante por su similitud con Facebook, y utilizada con habilidad es un recurso valiosísimo. Les he mandado un mensaje advirtiéndoles que el próximo martes habrá un examen de ochenta preguntas tipo test sobre Elementos de la comunicación y Funciones del lenguaje. Los exámenes tipo test en Edmodo son muy ágiles y les encantan. He elaborado un total de ochenta ítems con preguntas con formatos de múltiples respuestas, verdadero/falso, y unir casillas. El nivel del test es bastante complejo. Les dejaré que utilicen todo el material que deseen, pero para resolver el test tendrá cuarenta minutos tal vez menos. He de aclarar que cada uno tiene un portátil. La resolución de las preguntas les obliga a pensar y les desafía. El orden de las preguntas es aleatorio, lo que quiere decir que cada uno resolverá los ítems en orden diferente al de sus compañeros. Será difícil pasarse información por dicho desorden y porque el tiempo les abruma. El reloj va descontando segundos y se dan cuenta de que el tiempo pasa. Las preguntas tienen un formato en muchos casos humorístico pero les obliga a pensar. Ese tiempo en que están metidos en el test es altamente denso. Ahí los veo concentrados porque están motivados. Les desafía, y el hecho de que puedan buscar información –en algunos casos- añade un mordiente al test. Hacer el test es una clase entera de estudio y reflexión algo que no conseguiría con ningún otro medio. Suelen obtener resultados muy altos en los exámenes tipo test incluso chavales desmotivados y repetidores. El tiempo es un factor de estrés conocido. El ambiente de concentración es evidente. En ese momento estamos hablando el mismo lenguaje. El ejercicio les desafía y es como un juego. Cuando lo acaban, envían los resultados e inmediatamente reciben la puntuación obtenida que se me añade a mi cuaderno de notas. Para aprobar un examen de ochenta ítems les pongo un mínimo de sesenta y cinco puntos. Hay alguna pregunta de respuesta escrita que he de evaluar yo posteriormente. Normalmente estos exámenes tipo test interactivo suelen mostrar resultados mucho mejores de lo esperado. En este caso, reconozco que el nivel es alto y no es fácil obtener los 65 puntos. A los que los alcancen se les entregará una insignia de reconocimiento (una función de Edmodo). Si los resultados fueran bajos, lo que es posible (o no) me plantearía una repetición de la prueba, de modo que si hubieran obtenido cincuenta puntos habrían de alcanzar una calificación sensiblemente mayor. Hay que decir que cuando acaban la prueba ellos pueden ver cuáles eran las respuestas correctas y dónde han fallado, lo que les hace pensar de nuevo.

Otras veces utilizo el sistema tipo test interactivo para textos que les leo, textos de tres folios de información prolija y detallada sobre algún tema interesante. Para mi sorpresa la inmensa mayoría los encuentra fáciles y obtienen buenos resultados pasando la inmensa mayoría la cota mínima. La diferencia es que el sistema les resulta interesante y escuchan con atención y hacer el test supone el accionamiento del conocido mecanismo de recompensa que no por simple es menos efectivo. Lo bueno es que alumnos desastrosos sacan buenos resultados, porque su problema no es de inteligencia sino de falta de actitud hacia los estudios.

En cuanto a pruebas de comprensión lectora son continuas pero con textos muy largos y complejos, con una característica: son motivadores. Me paso muchas horas rastreando relatos cortos -para adultos- que puedan ser muy interesantes para ellos. Los hay. Mi recompensa es leer algunas veces la emoción que les ha embargado cuando han descubierto la llave oculta del relato y me escriben que ha sido un relato muy bonito. Había que sumergirse en el texto con atención y suma concentración. Pero hay una satisfacción espiritual para el que lo hace.


El que viene a clase de lengua con Joselu, sabe que cada clase es una aventura, y que el profesor no está dispuesto a ponérselo fácil ni quiere aburrirse él mismo.  Lo extraordinario es que el problema no es que sean limitados (no lo son). Es que se aburren. Su sistema de mantenimiento de la atención es radicalmente distinto. Todo hay que plantearlo como si fuera un juego y un desafío. Lo que  no le resta un ápice a su nivel intelectual, más bien lo acrecienta, pero es que estos muchachos pueden dar mucho más de lo que parece. Yo, desde luego, no estoy dispuesto a aburrirlos con voz monótona y monocorde explicándoles cosas que ya pueden descubrir por ellos mismos si les ponemos en el sendero adecuado.

Estoy hablando de hombres y mujeres de trece años en segundo de la ESO. 

jueves, 18 de septiembre de 2014

¿Para qué sirve la literatura?



Hoy era la presentación del curso de Literatura Española de segundo de Bachillerato. Es una materia de Modalidad lo que supone cuatro horas a la semana, un lujo. Tengo un grupo de trece alumnos con los que espero poder trabajar y aprender a pensar libremente. Hoy ha sido la primera entrega. Después de prolegómenos metodológicos y evaluativos, listas de libros de lectura, etc, he empezado con el tema inicial. Qué es la literatura y para qué sirve la literatura. La idea directriz es que la literatura utiliza como instrumento la palabra a diferencia de otras artes cuya expresión formal es diferente. Y, como todo arte, tiene una función estética, es decir, persigue la Belleza. Sin embargo, ahí nos encontramos un primer escollo –reflexionaba- porque la Belleza es un concepto cambiante según las épocas y las culturas. Nada tiene que ver nuestra idea de Belleza con la que tenía un habitante del siglo XIX o de comienzos del XX. Esto es evidente. Nuestros criterios de belleza han cambiado, se han transformado. El hombre del siglo XXI posee una complejidad y heterogeneidad de modelos que desborda cualquier enfoque delimitado de belleza si no es que hemos desechado esa idea.

Otra cuestión a abordar en clase es ¿para qué sirve la literatura? Les señalo que como todo arte no tiene una utilidad práctica. La literatura en sí no tiene un objetivo práctico e imponérselo es arrebatarle su gratuidad como arte. Claro que podemos hablar de distintas funciones de la literatura: la estética o poética, la social, la lúdica, la expresiva. Sí, se puede decir que hay una cierta utilidad en esas funciones: la de expresarse, la de divertirse, la de evadirse, la de gozar con la belleza del lenguaje.

Sin embargo, sigo hilando mi discurso, no les voy a vender que leer literatura sea nada maravilloso ni que les haga mejores personas ni más cultos ni más imaginativos... El placer de la literatura es personal. Yo lo elegí, les digo, desde que era muy pequeño. La literatura a mí me ayudó a vivir en otro mundo menos sórdido que el real. Pero eso fue para mí. Detesto tener que defender el valor de la literatura. Ante esto, mis alumnos estaban desconcertados y me han replicado que soy el único profesor que dice eso, que todos los profesores hablan maravillas de la literatura porque –según les cuentan- aumenta el vocabulario, desarrolla la imaginación y un sinfín de extraordinarias consecuencias de leer literatura. Por mi parte les he dicho que conozco a personas que son voraces lectores pero que no son nada imaginativos, que la literatura desarrolla la imaginación si uno es imaginativo, y desarrolla la inteligencia si uno es inteligente, y el gusto si uno lo tiene ya dentro. Pero que yo me niego a hacerles creer ninguna ventaja de ningún tipo en ser lector de literatura. Puede que se sea más culto, pero ¿de qué sirve eso? La mayoría de los profesores que tienen no son lectores. Hay muchos tipos de cultura. La literatura es un apartado determinado de la cultura. El deporte también es cultura, y los videojuegos también son cultura. No son la mía efectivamente pero ¿quién es capaz a estas alturas de definir qué es cultura? Muchos nazis eran extremadamente cultos y empedernidos lectores de la mejor literatura alemana, escuchaban la mejor música y, sin embargo, eran perversos y malignos, tal vez banales. Hay gente sabia que nunca ha leído literatura. Tienen una sabiduría intuitiva, natural, no matizada por modelos literarios. Leer literatura no nos hace mejores personas ni más valientes ni más elegantes. Les he dicho que tal vez verían absurdo que un profesor les fuera a convencer de lo maravilloso que es el sexo. 

-¿No, Jorge? ¿Tendría que hacer mucho esfuerzo para convenceros de las maravillas del sexo? 

- No, me contesta, no tendrías que hacer mucho esfuerzo. 

- Pues la literatura es lo mismo. Que la utilice el que quiera, que lea el que quiera si le interesa o si le gusta. Y si no le gusta, que lo deje. Yo soy profesor de literatura, vivo de ello. Tengo que desarrollar un programa académico para enfrentarse a las pruebas de acceso a la universidad. Y lo voy a hacer lo mejor que pueda o sepa. Los alumnos del año pasado sacaron excelentes resultados, pero no voy a cargar sobre mi conciencia la obligación de convenceros de que leer es fantástico y que tiene una larga reata de consecuencias extraordinarias. No lo creo. No me interesa haceros lectores igual que no estoy interesado en que seáis fogosos amantes. Allá cada uno con lo suyo. Que cada uno elija su camino. Si la literatura os parece un rollo, no voy a sentirme herido. Me da igual. No voy a rebatir a nadie. No quiero convencer a nadie. Es abominable la figura del profesor que quiere convencer a sus alumnos de lo terriblemente fantástico que es leer. Para mí lo fue, es lo único que puedo decir, pero yo no sabía jugar al fútbol. Tal vez si hubiera sido bueno con el balón hubiera leído menos. ¿Y hubiera sido peor? ¿Peor que quién? ¿Peor que qué?

Hablaré con pasión de la literatura porque para mí es apasionante y porque me lo paso mejor hablando en serio y de verdad, no haciendo publicidad de algo que no merece ese descrédito. Que seais lectores o no me da exactamente igual y eso me libera de la carga que a veces siento sobre mí. Cumpliré con mi tarea de prepararos para la selectividad y hablaremos lo más sensatamente posible sobre los libros que nos han impuesto como lecturas. No sé si lo haré bien, pero lo intentaré.

domingo, 14 de septiembre de 2014

El calor en las aulas



Viviendo cerca de Barcelona, en un clima mediterráneo, una de las circunstancias que más me inquietan ante la inminente vuelta a las aulas es el calor y humedad dentro de la clase. El que está fuera de la docencia no puede imaginar cómo afecta esto al desarrollo didáctico. Habría que imaginar una habitación mediana a la que le da el sol por los ventanales, abarrotada de alumnos -como mínimo treinta-. El recinto se convierte en un horno que suma el calor de los treinta cuerpos, especialmente tras el patio o la clase de educación física. El año pasado fue hasta bien entrado noviembre que tuvimos muy altas temperaturas. Con frecuencia gozábamos de 28 o 29 grados. Solo a finales de diciembre y los meses de enero a marzo pudo disfrutarse de una temperatura moderada. Esa temperatura templada o fría predispone al trabajo y a la concentración. Pero la alta humedad y unos grados de más sumen a los alumnos en el nerviosismo y la irritación. A esto se une que el diseño de los nuevos institutos, por problemas de seguridad, ha ideado pequeñas ventanas por las que apenas circula el aire. Todo esto genera un ambiente de alteración y nervios, movimiento, sudor e irritación. Los alumnos que están más cerca de la ventana miran por ella e intentan coger aire, los que están en el lado opuesto de la clase se asfixian de calor. El profesor ve esa situación y sabe que no pueden prestarle atención. En otros países tropicales donde las temperaturas son muy altas han edificado escuelas con grandes ventanales, incluso sin ventanas, para que el aire pueda correr libremente. Aquí el diseño de centros educativos ha llevado a minimizar los espacios de apertura al exterior. Recuerdo haber estado en centros en que todavía no regían estos criterios de seguridad y era más llevadero pues podían abrirse libremente las amplias ventanas y crear corriente de aire.

La subida media de temperaturas es un hecho evidente. No recuerdo la persistencia de temperaturas tan altas en los meses otoñales hace unos veinte años. Esto no lo evoco como problema en ningún caso. En septiembre comenzaba a remitir el calor y, unido, a una realidad menos claustrofóbica de las ventanas, hacían las clases confortables climáticamente

Se recomienda el uso de ventiladores en las aulas y no se ve cómo deseable la climatización, primero por el elevado coste que supone y también por los problemas de sequedad del ambiente y las derivadas de afecciones pulmonares que llevan anejos los aparatos de aire acondicionado. Para los ventiladores no hay presupuesto. Ni se ha planteado.

El caso es que habré de entrar y ser consciente de la realidad: un conjunto de muchachos amontonados en el aula que sobre la media mañana no podrán aguantar de calor y humedad en un recinto en que no circula el aire. Y habré de hablarles de temas abstrusos necesarios para su formación intelectual.

El año pasado además tuvimos en mi instituto nidos de avispas en el exterior de los ventanales y hubimos de mantener  cerradas las ventanas en pleno calor asfixiante de septiembre y octubre. Supongo que las plagas de avispas también son consecuencia del cambio climático. Luchar contra los nidos de avispas llevó varias semanas, y no era extraño que si se abría una ventana para respirar entraran una o varias avispas lo que no ayudaba –como podéis imaginar- al desarrollo de la unidad didáctica sobre la morfología del sintagma nominal y sus adyacentes.

De esto no se habla en las reformas educativas. Pero es una realidad palpable que resta eficacia en una gran medida a cualquier buena voluntad que haya al respecto para mejorar los niveles educativos. Además la tendencia en varias comunidades autónomas ha sido adelantar el comienzo de las clases muy a principios de septiembre. Creo que ha sido en la Comunidad Valenciana y otras. Es una medida políticamente muy popular pero que en un país como el nuestro y en unas condiciones como las actuales, diseñan un panorama insoportable: amontonamiento creciente de alumnos en las aulas, ventanas minúsculas, elevación de las temperaturas, falta de recursos para paliar la situación.

En fin. Esta es la realidad.



miércoles, 10 de septiembre de 2014

Como un ninja



Estos días de espera del comienzo del curso, aprovecho instantes de escapada de casa para tomar fotos en Barcelona y en Cornellà. Fotografío todo lo que se pone a mi alcance. Zonas del Raval, iglesias románicas, el Paralelo, inmigrantes, mercados de intercambio de cromos por niños (allí fui confundido con un pederasta y un padre me amenazó físicamente y con la policía), mercados populares ... Anhelo fotografíar la vida en su totalidad. Me gustaría hacer fotos en un velatorio ante el cadáver, en la sala de espera de la muerte en un hospital, de mujeres atractivas, de ancianos, de niños, de seres anónimos que deambulan por la calle. He pensado en ponerme un cartel que diga que fotografío gratuitamente y que envío las fotos por correo electrónico. Me atrae la vida de la ciudad, en su devenir bastardo y feo. Las ciudades no son hermosas. Hemos creado la urbe pero es opaca, burocrática, funcional, esencialmente inarmónica, hecha a retazos. Me atrae su imperfección, su propia fealdad ... aspiro a concentrar en un instante la vida de la ciudad, robando las fotos, exponiéndome a que me amenacen o me tilden de lo peor. El fotógrafo de calle es como un ninja, acechando sombras, carteles en las paredes, figuras fugitivas, con su cámara a punto de disparar esperando la conjunción de la suerte y una buena exposición fotográfica.

Reviso entre mis contactos fotográficos las estéticas que me atraen. Desecho los consagrados por las multitudes, los universalmente seguidos, elijo el blanco y negro por su faceta documental, tacho de mi lista las fotos de mujeres hermosas y desnudas si no me ofrecen más que belleza extática, olvido pronto las fotos de atardeceres tuneados por filtros espectaculares, las cascadas con ese efecto de espuma que ya me aburre, las fotos de Islandia en el último viaje al  país de moda, no me interesan las fotos de animales ni de plantas o de flores por bellísimas que sean, ni de edificios en su artificiosa arquitectura.  Abomino las fotos de alimentos, la última paella comida, las pesas en el gimnasio, las fotos de la última cena con los amigos en que todos son felices y ríen. Me he ido dando cuenta de que cada vez soy más tendencioso. Me gusta el retrato del alma y la fotografía callejera. Especialmente de fotógrafos que no son profesionales. Menuda banda. Fotógrafos que están buscando y arriesgando, desgarrándose en esa búsqueda. Exponiéndose a la soledad, a no ser entendidos, a levantar indiferencia o desagrado, a que les metan una hostia por hacer fotos donde no se debe. A los niños por ejemplo. El tabú de nuestro tiempo. Fotos de enfermos de depresión que revelan sus mundos desoladores, fotos de reportajes sobre toxicómanas a lo largo de dieciocho años hasta su muerte. Sería feliz si se me permitiera, como a Diane Arbus, hacer fotos en un psiquiátrico. No me atrae la belleza estereotipada, esos cuerpos perfectos de muchachas rodeados de gasas y veladas, ni esos atardeceres más falsos que Judas con esas nubes dramatizadas. No. En un primer momento pude quedarme fascinado por la técnica exquisita de algunas fotos preciosas. Modelos bellísimas profesionales. Bah. Anhelo mundos inquietantes, indagadores, en el límite, hermosos en su imperfección y en su falta de estilo académico, mundos poco frecuentados, minoritarios. Cuando escucho de una foto que es preciosa, que es bonita, me quedo boquiabierto porque es verdad. Es bonita, es preciosa, un encanto, y probablemente representa la esencia de la belleza, de esa belleza que tanto anhelamos como huida de un mundo esencialmente vulgar y banal. Tal vez sea hermosa. Tal vez. Pero hay una belleza que a mí me hechiza mucho más. La belleza del alma torturada, de esa belleza que aletea en un cuerpo imperfecto ... Esos fotógrafos que se arriesgan a no gustar, a recorrer las calles con su cámara robando fotos entrando así en el alma de la gente común de refilón. Voy creando una cartera de fotógrafos de estas facetas cuyas fotos suponen una búsqueda y un estilo radicalmente personal enfrentado a los gustos de las mayorías siempre tan tranquilizadores y previsibles así como anodinos. El buen fotógrafo no es famoso ni se dice realmente fotógrafo. Pone su cámara en la calle y fotografía a la gente común, como aquel fotógrafo malinés Seydou Keita, que tanto admiro. Una cámara normal, un estudio con una cortina barata y magníficos retratos que tardaron en ser reconocidos por occidente pues trabajó en el anonimato en Bamako.

Un instituto de Enseñanza Secundaria con sus centenares de alumnos feos, desgarbados, llenos de acné y de hormonas a tope es un buen estudio para hacer fotos en un tiempo de transformación. Es una belleza de un fulgor conflictivo, la adolescencia, esa época salvaje en todos los sentidos ... y que uno que es profesor ha de convertir en algo domesticado y cultural.

Pues eso, la fotografía como un abismo que se abre, sin horizonte cierto y en que solo está asegurada la caída en una hermosa y vertiginosa danza entre las tinieblas del corazón.



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