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jueves, 31 de marzo de 2016

Algunas claves de la buena literatura


La hora de literatura española de segundo de bachillerato supone un espacio al que voy lleno de ilusión, no porque a otras clases no vaya también con la misma actitud, sino porque allí puedo-podemos hablar de literatura en estado puro. Estamos leyendo Los pazos de Ulloa de Emilia Pardo Bazán, una novela excelente que plantea un modo de entender la literatura que no es común para ellos, mis alumnos, un combinado altamente interesante y reducido. Hay alumnos de raíces cristianas o indiferentes y otros de formación musulmana. Y todos tienen que enfrentarse a una historia decimonónica compleja que aporta múltiples lecturas y consideraciones a las que vamos entrando en ese espacio de discusión que es la clase.

En efecto, la hora se nos hace corta intentando diseccionar los dos capítulos que nos tocan cada día y que muestran la evolución de la historia que plantea la relación entre una mujer, Nucha, y un curita, Julián, enamorado platónica e inconscientemente de ella y que asiste a su desgracia en un matrimonio con el Marqués de Ulloa, que ha propiciado el propio sacerdote con la mejor de las intenciones o para estar cerca de ella. Lo sugestivo de la lectura es que todos han de entender que la novela no nos explica todo con pelos y señales, y nosotros, como lectores avisados, hemos de aprender a leer entre líneas. Están habituados a relatos en que todo se explica sin dejar espacio a la imaginación. Cualquier situación, en estos, es explicada y subrayada para que no quede lugar a ninguna confusión. Esta es la primera lección a la hora de enfrentarnos a un texto: no hay que esperar que nos digan todo. A veces es una leve sugerencia muy sutil que hemos de recoger y que a lo largo de la lectura se irá desarrollando. No es necesario subrayar lo obvio, sí releer para captar intenciones que en una primera lectura no nos son transparentes. Así los once alumnos y el profesor discuten abiertamente sobre las motivaciones de los personajes, el encadenamiento de los sucesos, la interpretación abierta de los mismos. Una buena obra literaria no nos da una explicación unívoca o tal vez no nos dé ninguna y hayamos de ser nosotros quienes descubramos las claves en una poliédrica discusión colectiva.

Me sorprende la distinta interpretación que dan a los hechos los alumnos musulmanes que interpretan las cosas a la luz de su religión y no comprenden cómo en la realidad de los pazos de Ulloa, en que todos se dicen cristianos, pueden actuar de un modo tan anticristiano. Este es un aspecto que cuesta explicar pues para ellos debe haber una coherencia entre la religión y el comportamiento personal. Afortunadamente, la obra que hemos leído anteriormente es Don Juan Tenorio de José Zorrilla en que se plantea la vida de un libertino burlador de mujeres y matador de infinidad de hombres, que en el último segundo se arrepiente y es salvado y llevado por Inés al cielo por la gracia de Dios. Esto les pareció injusto, pero yo les expliqué que el catolicismo es así. Todos los personajes de los pazos, incluidos los orondos curas de la comarca del Cebre, son cristianos hasta la médula, pero actúan como si no existiera Dios, movidos por la maldad y los vicios más ominosos. Así es la vida, les digo. En el último instante recibirán confesión y podrán salvarse, se supone, al menos así nos lo han explicado.

Otra cuestión magníficamente desarrollada en la novela, sin ningún discurso feminista o ideológico, es la situación de la mujer en el siglo XIX. Emilia Pardo Bazán fue una mujer independiente y enérgica que se cargó todos los tabúes respecto a su género femenino. Se casó muy joven pero posteriormente se separó cuando su marido quiso imponerle que dejara de escribir pues se había montado un escándalo formidable con sus artículos sobre el naturalismo, titulados La cuestión palpitante. Ella salió por libre, tuvo diferentes amantes, entre ellos Galdós y otros, y nunca dejó de escribir o intervenir en la vida pública e intelectual española a pesar de los ataques furiosos que recibía que la ponían como marimacho en adelante. La voz de la Pardo Bazán es clara pero nunca manipuladora. No nos da un discurso reivindicativo de la mujer. No, para eso estaba su vida personal. En la novela solamente se refleja lo que era la realidad para las mujeres, sin dogmas, y que cada uno lea lo que quiera. Toda literatura que lleva implícito un mensaje moral o político que hay que extraer es de segundo orden, pienso yo. La literatura debe dejar al lector la libertad de interpretar abiertamente. Pues bien, la situación de la mujer emerge clara en esta novela, sin subrayados como he dicho, y eso no les deja indiferentes. La mayoría de los alumnos son chicas que reconocen en ese machismo de época, aunque no totalmente distinto del que existe ahora, una lacra, y en esto coinciden alumnas musulmanas o cristianas. Esto me produce gozo, pues estas alumnas musulmanas están en segundo de bachillerato y puede que vayan a la universidad. Parten de una educación muy puritana pero la asistencia a un centro de enseñanza laico es una buena escuela para formarlas en la idea de igualdad. De hecho, no hay tema que no podamos abordar en clase. Esto es algo que hace una década era inimaginable por la distancia que había todavía entre la mentalidad musulmana y la occidental. Observo puentes, bromas, coincidencias y unos hábitos de pensamiento que permiten el debate abierto y gozoso que tiene a la literatura como centro de análisis.

La clase es eso precisamente, un club de lectura en que todos aportan su parte interpretativa. Es tan abierto el debate sobre el texto y subtexto de las obras, que cuesta a veces moderar la intensidad de sus intervenciones. La teoría es parte de la clase, pero no su plano fundamental. Creo que lo esencial es que se hagan sutiles lectores que no deben esperar que se lo expliquen todo o que los libros les den una idea moral o política transparente.


La buena literatura es ambigua y poliédrica.

lunes, 28 de marzo de 2016

¿Lecturas elitistas en Secundaria?



Me pregunto qué porcentaje de la sociedad española frecuenta los clásicos y pienso que es un mínimum irrisorio. Los libros más vendidos ya sabemos cuáles son, y está bien, es bueno que la gente lea, al menos es mejor que lea a que no lea. La escuela abre caminos de lectura que fácilmente se pierden en el tráfago de la realidad. Es más fácil no leer que leer. Esos clásicos que mencionas - los libros juveniles de actualidad- que deberían configurar el corpus lector en la secundaria no se consolidan. No llegan a ser clásicos. Son libros de circunstancias que apenas se repiten ya en el ciclo de tres años debido a la mutación continua de nuestros estudiantes y a que no alcanzan un mínimo de calidad. Cuando yo era adolescente había una biblioteca de clásicos juveniles (Julio Verne, Salgari, Richmal Crompton, Zane Grey, Karl May, Dickens -alguna de sus obras más accesibles-...). Nada de esto pasa hoy, así que difícilmente podemos hablar de clásicos juveniles, si acaso de libros más o menos dinámicos durante un ciclo y que pasarán rápidamente. Tú (me dirijo a Toni Solano, autor del blog Re(paso) de lengua) eres conocedor de estos libros juveniles y tienes blogs y alguna página de Pinterest sobre ellos. Es bueno que lean, claro. Es el único sitio donde se va a fomentar la lectura. Fuera de la escuela será muy extraño que sigan leyendo. 

Yo alterno libros juveniles con clásicos en el sentido estricto de la palabra. Así han leído conmigo obras de Jordi Sierra i Fabra, Carlos Ruiz Zafón, pero también a J. D. Salinger y ahora estamos con la lectura de La metamorfosis, tras otras lecturas de relatos cortos de Kafka. Sé que no son fáciles y no sé si entra esto dentro del elitismo que criticas y que tanto se teme en educación. No hay nada más condenable en una sociedad absolutamente horizontal que el elitismo. Aquel que destaque por encima de la multitud, hoz preparada para segarle la cabeza. Ese es nuestro mundo y nuestra realidad. Me pregunto hasta qué punto hemos asumido esa horizontalidad total para generar individuos adaptados a ello. Y la escuela debe formar también en consonancia horizontal. Así que ¿para qué los clásicos si responden a sociedades no horizontales, a sentimientos artísticos alejados de la muchedumbre con que se van a encontrar en la playa, en las calles, en los estadios, en los centros comerciales? La mayor parte de los clásicos que conozco -a menos que sean reinterpretados a la luz de nuestra filosofía de masas de fondo- son héroes aristocráticos, solitarios, individualistas, singulares, a contracorriente, y no es eso para lo que preparamos. Preparamos, no lo olvidemos, para una sociedad en que el centro de todo sean los tópicos y nada más que tópicos. Las redes sociales son una exposición universal del tópico. Las mutlitudes funcionan con tópicos que se van repitiendo inexorablemente. Los clásicos no encajan en una visión universalista del ser humano del siglo XXI. Y si alguien los lee con aprovechamiento, tendrá que ocultarlo para no ser segado por la maquinaria totalitaria del common sense al que hay que adaptarse con esfuerzo. La idea de que la escuela sea crítica y generadora de pensamiento autónomo no sé si se ajusta demasiado a la realidad porque hay que asentir a la Weltanschauung de nuestro tiempo y eso es lo que expresan los libros que las editoriales nos hacen llegar como juveniles, relevantes como lectura y solaz. El lector de clásicos en la escuela no será un individuo demasiado socializable. Una comentarista anterior pone como ejemplo que no deben darse libros que interesen solo a dos sino que hay que hacer que la mayoría disfrute. Esos dos quedan huérfanos y deben amoldarse a la mayoría y "disfrutar" con ella. Pero en mi fuero interno, siento que cultivar a esos dos es esencial, distinguirlos y apreciar su soledad en medio de la muchedumbre.


(Este es un comentario que dejé en el blog de Toni Solano, Re(paso) de Lengua, que he querido rescatar para mi blog)

sábado, 26 de marzo de 2016

Mi agradecimiento incluye el pagar por un bien cultural


Estoy leyendo El vidente y lo oculto, una biografía de Rainer Maria Rilke escrita por el barcelonés Mauricio Wiesenthal. Es un libro muy extenso que me costó más de cuarenta euros. Me tomo un café bien cargado y me sumerjo en su lectura, subrayando con lápiz todo lo que me parece relevante que es mucho. La figura de Rilke es una de las más interesantes de la cultura europea. Algún día hablaré de él porque no es sobre ello que quiero escribir. No. Es una cita en voz de este estudioso y crítico que es Wiesenthal sobre lo que significa la cultura:

"La cultura y, sobre todo, la poesía no son mercaderías de primera necesidad en los apetitos de la burguesía moderna. Solo gente muy sencilla y fina tiene la sensación de haber quedado en deuda cuando compra un libro. Pero el burgués moderno lo mide todo a precio de industria, entendiendo que el Estado carga ya sobre el valor de las cosas impuestos y compromisos sociales. Pocos salen de una librería pensando que un libro es un bien moral en peligro".


 Me ha parecido una cita extraordinariamente oportuna, pero no solo la aplico a la literatura sino que creo que es extensible a la música y al cine.

Cuando leo un libro que conecta con mi alma, cuando veo una película que también lo hace, siento un profundo agradecimiento a la mente o mentes creadoras que están detrás de ello. Y no puedo concebir que ese placer que he sentido pueda o deba serme gratuito. Entiendo que con mi aportación, aunque sea lejana, contribuyo a la continuidad de la cultura como valor fundamental para los seres humanos. Mi dinero es mi forma de comprometerme además de mi lectura entregada o mi contemplación de la película. La cantidad aportada es una forma de participación espiritual para la existencia de ese bien. No puedo asentir frente a esa concepción supercalifragilística que sostiene que toda la cultura ha de ser gratis y de libre circulación y que, por tanto, todo el mundo tiene el derecho de bajársela o copiársela sin ninguna restricción aduciendo argumentos peregrinos como su elevado coste o que todo se lo lleva la editorial. Robar un libro en una biblioteca se considera algo inapropiado y censurable, pero bajárselo de la red es tenido como meritorio y se hace sin disimulo y sin sentimiento de vergüenza. Y lo amplío a toda la producción cultural en el ámbito que sea.

Este año de 2016 en el cuatricentenario de la muerte de Cervantes, apenas se habla de él como persona, como escritor. Sin duda, las instituciones españolas han estado descuidadas al respecto y no va a haber celebración o evocación solvente de la figura de Miguel de Cervantes. Espero que en el Reino Unido sean más agradecidos a lo que significó William Shakespeare, autor que murió en fecha muy próxima a la de Cervantes. No es extraño pues pienso que los británicos aprecian más el valor de la cultura que los españoles. Ya en su tiempo, este libro fue mucho más importante para los ingleses que para los españoles que lo tomaban por un libro chusco y ridículo. Don Quijote los hacía reír pero no vieron sus contemporáneos mucho más allá de un humor grotesco e incluso se tuvo a El Quijote apócrifo de Avellaneda como un libro más valioso que el de Cervantes por mantener el decoro. Las ediciones que se hicieron de las aventuras del hidalgo castellano apenas reportaron beneficio a Cervantes que obtuvo un gran éxito popular pero escasamente compensado económicamente. Eran normales en su tiempo las ediciones piratas y no existían los derechos de autor como tales. El caso es que Cervantes murió en la escasez, tal como vivió, sabiendo lo que es ser creador en España.

Cuatro siglos después, El Quijote sigue sin leerse – a nivel general- por motivos que expresan la atonía de los lectores que quedan, y su autor sigue recibiendo el mismo interés que tuvo en su tiempo. Es decir, muy poco o ninguno. Es cuestión tal vez de la raza de este solar hispánico en que tan escasamente se valora la cultura y, de hecho, todos somos conscientes del escaso lugar que ocupa en la vida de la gente común. ¿Conversaciones sobre libros, sobre películas, sobre obras de teatro, sobre conciertos? No las hay. Hay cien temas mucho más populares y apasionantes para el español medio, y es, por eso, que la sensación de profundo agradecimiento hacia el autor de una obra literaria o un bien cultural es tan raro o inexistente. El español de pro siente que la cultura es un bien gratuito porque ya pagamos al estado impuestos, y si no es al estado, a las compañías telefónicas que nos surten de ADSL para que podamos descargarnos con entusiasmo cualquier bien cultural.


Parecerá extraño pero yo siento que debo pagar, me quedo tranquilo cuando contribuyo con una cantidad más o menos costosa a la compra de un libro, disco o película. Sé que hay mucho argumentos de raíz oportunista para actuar de modo diferente, pero en estas estamos. Es mi forma de reconocimiento. El que quiera entender que entienda.

lunes, 21 de marzo de 2016

El franquismo



Nuestra vida política no logra desprenderse de esa etiqueta que la relaciona con una herencia del franquismo. No hay peor marchamo posible que alguien sea etiquetado como franquista. Entiendo que hay un intento por parte de las fuerzas de izquierda y progresistas de negar este periodo de la historia de España, una aspiración a hacerlo desaparecer como un periodo cargado de un aura criminal y maligna. Pocos o ninguno se atreven a reivindicarlo como una parte de la historia de España que tuvo su parte abyecta pero también su lado constructivo. Sin duda, el que esto escribe lo percibe como un periodo nefasto pero inevitable para la construcción de una España de clases medias. Yo lo viví de niño y de joven en las calles de una ciudad mediana en que no había oposición al franquismo. Formaba parte de nuestra realidad surgida tras una guerra civil que sacó nuestro lado más cruel y sanguinario. Yo lo tengo claro. Si hubiera vivido ese periodo de irracionalidad que fue la república y la guerra civil, hubiera elegido exiliarme por no identificarme con ninguno de los dos actores en aquella tragedia. Si no me hubieran matado los unos, me hubieran matado los otros. Hay una especie de leyenda sobre lo que significó la Segunda República y se la quiere ahora entronizar en los altares. Estuvo llena de terribles errores y su realidad fue que apenas tuvo defensores de verdad.  Los anarquistas y los socialistas revolucionarios despreciaban esa ficción burguesa que era la república. Por el otro lado, los monárquicos y las derechas siempre desconfiaron de ella. Y una buena parte de los españoles sintieron heridos sus sentimientos religiosos de forma gratuita por una especie de odio irracional a todo lo que significaba la iglesia y el catolicismo. 

Percibo en un sentir de la izquierda el querer volver a aquel periodo de triste memoria como si fuera algo digno de ser celebrado. No, no lo fue. No puede tacharse de la realidad a una buena parte de un país que se siente conservador. Imagino que en ciertas mentes de la izquierda hay un deseo inconfesable de hacer desaparecer física o mentalmente a todo lo que significa el otro lado del espectro político desde una supuesta altura moral que no comprendo. ¿Puede construirse un país sin la presencia de la derecha? ¿Por qué cuando se habla de un partido como Ciudadanos simplemente se lo etiqueta ya con el marchamo de derechas y eso supone ya una tautología que significa que es despreciable y que ya carece de toda legitimidad moral y política? No sé si Ciudadanos es de derechas, pero ¿qué pasaría si lo fuera? ¿Anulamos y hacemos desaparecer ese sentimiento de centro y conservador de ciertos aspectos del terreno de juego político? ¿Tachamos de un plumazo una forma de sentir? ¿Los sometemos a desinfección ideológica, los mandamos a un psiquiátrico para reeducarlos? ¿Aniquilamos a todo lo que signifique PP? Percibo una suerte de odio larvado con ese término miserable que se estila que es “facha”. En ese adjetivo se resume la clave de toda la tragedia de España. La incapacidad de convivir ante el otro que es diferente. 

No me cabe duda de que la derecha en este país ha sido en buena parte intolerante. Lo ha sido, es cierto. Pero ha sido capaz de construir algo. La izquierda ha sido en su historia, destructiva, sectaria, dividida en mil y una tendencias enfrentadas entre sí y no ha reculado ante los medios más violentos y ominosos para ejercer el poder. En la transición, PCE y PSOE se adhirieron a un pacto de convivencia que respetaba la realidad plural de los españoles y eso ha permitido el periodo más positivo de la historia de España para no volver al periodo anterior. Hoy, sin embargo, la izquierda radical coquetea con ideas que llevaron a la república al desastre y se desdeña la transición como un pacto de miserias y se quiere de nuevo maximizar la tensión política para retornar al periodo republicano, un periodo que visto en la perspectiva histórica fue terriblemente erróneo y pocos brillaron allí por su altura de estadistas. 

El franquismo fue una consecuencia espantosa de aquella confrontación. Todos hubiéramos querido un país reconciliado, capaz de vivir democráticamente sus tensiones. Pero no fue posible. Y la consecuencia buscada y anhelada en aquel momento fue una guerra que se presumía revolucionaria y que aniquilaría a la derecha para siempre de este país y por el otro lado, se buscaba extirpar todo lo que significaba la izquierda revolucionaria y el nacionalismo periférico. Tres años de guerra, con brutalidad y terror en ambas partes, llevaron a una posguerra terrible y a centenares de miles de exiliados. Pero ¿qué hubiera ocurrido en el caso de vencer el otro lado? ¿Hubiera habido piedad como no la hubo durante la guerra? No me creo las leyendas de una izquierda santa y benéfica que solo buscaba el bien de la humanidad. Se habla mucho de las fosas del franquismo, pero ahora solo de las fosas de un lado como si el otro lado no hubiera llenado también fosas. El terror rojo no fue una invención del franquismo. 

La consecuencia de los terribles errores de la izquierda fueron cuarenta años de franquismo y un país que en esencia quería paz y crecimiento económico como así fue. El franquismo fue un proceso que permitió que este país pasara de ser agrario a ser un país de clases medias. Me hubiera gustado que se hubiera conseguido de otra manera. España quedó en manos de la derecha sin el contrapeso de la izquierda y la miseria moral se enseñoreó de la vida pública española. 

A veces pienso que este es un país de orates, incapaz de reconciliarse con su historia que se desprecia, que busca siempre poner el reloj a cero para comenzar de nuevo desde una nueva pureza no mancillada, desdeñoso de cualquier perspectiva de pacto como una rendición, que se encanta con la idea de vivir en un país imaginario en que no exista el otro, el diferente, que pretende negar que parte de nuestra historia fracasada fue ese franquismo que no debía haber existido pero existió y la sociedad española en su conjunto lo vivió como constructivo. El otro día el charcutero de mi barrio me confesaba con embarazo que su padre era franquista, catalán y franquista. Mi padre también lo era, le dije. Y es que los españoles en buena parte lo eran. ¿Vamos a negar esto? Me hubiera gustado vivir más en un país como Reino Unido en que el Parlamento es capaz de convivir en medio de las tensiones históricas y está orgulloso de su pasado y la reina va en carroza y lleva una corona, y los jueces llevan pelucas con sus togas. ¿Se imaginan algo así en nuestro país? 

El franquismo forma parte de nuestros periodos anómalos pero no deja de ser parte nuestra historia. Asumirlo como parte de nosotros, de nuestros errores, sería conveniente. Querer borrarlo como se borra con típex una frase escrita es algo que no ayuda a comprenderlo. Fue un fracaso, sin duda, pero muchos que se consideran con altura moral contribuyeron a hacerlo inevitable. 

A veces me pregunto si los actores de la segunda república hubieran tenido una perspectiva de adónde iban a llevar sus planteamientos maximalistas, es decir, a cuarenta años de dictadura, ¿hubieran hecho cosas distintas? Me lo pregunto y me respondo que seguramente no. Hay una predilección por la tragedia que forma parte de la historia de España. 


Yo me hubiera ido. 

viernes, 18 de marzo de 2016

Mis alumnos son decididamente imperfectos


De la información a que exponemos a nuestros alumnos durante un curso ¿cuánta se retiene? ¿Un ochenta por ciento? ¿Un sesenta? ¿Un treinta? ¿Un diez? ¿Un cinco por ciento? ¿Nada? Multipliquemos la información que damos por ocho o diez materias todas importantísimas. ¿Se puede procesar toda la información, incluso siendo un alumno ideal que estudiara seis horas diarias después de las clases? ¿Qué tipo de alumno sería este? ¿Tendría tiempo para leer, para pensar, para ser, si se dedicara con ahínco a estudiar sin límite cumpliendo a la perfección con todas las tareas encomendadas? Pero nuestros alumnos no son así, al menos los míos no lo son. Reconozco su imperfección para ajustarse al modelo que anhelamos todos los profesores, como una especie de superhéroe de los docentes pero, a la vez, profundamente insatisfactorio. Lo habitual es que tengamos alumnos con circunstancias distintas, con procesos mentales que provienen de una evolución intelectiva peculiar, con mayor o menor memoria, con mayor o menor capacidad comprensiva, con más o menos interés, con mejor o peor disposición emocional, con problemas personales o familiares, económicos, anímicos. El resultado es que nuestros alumnos son imperfectos, no responden a un canon de ningún tipo. Pero lo fascinante es que son interesantes en su imperfección. Y con esa imperfección, unida a la nuestra propia, es con la que debemos trabajar.

Estoy convencido de que el profesor que fui en otro tiempo que quería embutir cada día cien unidades de conocimiento a ritmo acelerado para cumplir el programa, para satisfacer mi ego y sentirme exigente, hoy no tiene sentido para mí. He oído hablar del Slow Learning pero hasta ahora no me daba cuenta de que yo lo estoy practicando al desarrollar la lengua y literatura, no en cantidad de unidades de conocimiento sino en profundidad. Crecimiento hacia abajo y hacia arriba y no en número de kilómetros alcanzados por decirlo en alguna manera. No seremos maratonianos sino alpinistas y espeleólogos. Me gusta esta idea que lleva a ahondar o escalar. El conocimiento es infinito. Su vastedad inabarcable. Pero si conseguimos que un porcentaje significativo de jóvenes se enamoren del conocimiento como mecanismo para comprender sus propias vidas, eso será un hito irrenunciable. Y esto es lo que me interesa. Quiero que se hagan preguntas, quiero que vivan experiencias únicas. Quiero que mediante un ritmo pausado, lento tal vez, utilicen el lenguaje como medio de autoconocimiento. Quiero que la literatura con mayúscula entre en sus vidas. No busco violentarles, ni forzarles a aprender. Mi clase más que un gimnasio o una pista de pruebas es un parque con glorietas, con jardines, con estanques, con fuentes, con rincones, con bancos para charlar donde se expresa la fuerza de su adolescencia impetuosa y el profesor es un visionario que mira lejos y hacia dentro. Sabe que no importa la cantidad sino la hondura y el ritmo es incierto. Cada uno tiene su ritmo. No puede forzarse algo que es fruto de la evolución individual. Pero hay que aderezar el proceso con gotitas de magia y un aprendizaje en espiral o tal vez concéntrico. Los centros de aprendizaje hay que estimularlos. Se aprende por intuición no por repetir sin saber qué se dice. Hay un momento en que uno se da cuenta de que las cosas adquieren sentido. Hay un momento en que se unen el significante y el significado, y ese instante es iluminador. Si no, recuerden la escena de la película El milagro de Anna Sullivan. Tras una lucha denodada de la maestra Anna Sullivan con su alumna sorda, muda y ciega para enseñarle un método de lectura, y cuando todo parecía caminar al fracaso, Helen Keller une el significante A-G-U-A al líquido que tiene entre las manos. Pocos momentos hay más maravillosos que ese para un profesor. Pero para ello debe haber una maduración que puede ser inducida, pero nunca está garantizada. Anna Sullivan estimula la disciplina de su alumna, perdida en la condescendencia de su familia. En cierta manera la violenta y hasta le da alguna sonora bofetada, pero eso no es suficiente. Como bien saben mis alumnos, taumaturgo es un hombre (o mujer) que hace milagros. Ese milagro del conocimiento es un proceso inducido, pero no hay marcas que cumplir. Es rápido o lento. O tal vez no se produce. Pero es rigurosamente individual. Nada hay que me reconforte más que ver alumnos siguiendo su propio camino, intuyendo que detrás de sus palabras hay densidad y progresiva hondura. Leo sus textos intuyendo ese despertar a la conciencia para la que necesitarán las palabras y la búsqueda de una suerte de armonía consigo mismos. El profesor les ofrece algo que es fruto de su propio aprendizaje. No les está ofreciendo algo externo a su vida. Es su propia vida, estilizada, depurada, como en un proceso alquímico. No se trata de vivir en el exterior del conocimiento sino en su interior. Es a lo que he llamado como concepto la Ex-fluencia como alternativa a la In-fluencia.

Hay centros de conocimiento que deben ser subrayados. Como un gong que hiciera vibrar los espíritus, repetida, rítmicamente. Soy profesor de lengua y literatura. Y hablo de lengua y literatura, pero como mecanismos fundamentales del ser humano para comprender. Y comprenderse. De ahí proyectos como el Odradek y la novela que deben escribir de más de veinte páginas. De ahí la lectura de relatos de Kafka, culminando en La metamorfosis que hemos empezado a leer hoy. En esa transformación de Gregorio Samsa está expresada la suya propia. La de una adolescencia, que es una de las etapas más dolorosas de la vida –si no, recuerden la suya propia-, en que se están transformando en algo que no comprenden, en una especie de insecto –muchas veces se sienten así- que goza y sufre alternativamente.

Lentitud, ¡qué bella intuición! Un largo recorrido se comienza con un paso, y otro, y otro, hasta que adquieren sentido y ese instante es el que profesor y alumno se miran y se sonríen con satisfacción compartida.

Pero entonces es la despedida.



martes, 15 de marzo de 2016

Tras una tarde de evaluaciones


Mi humor no es bueno tras una maratoniana tarde con tres sesiones de evaluación seguidas. No sé si es mi perspectiva divergente o que, en cierta manera, me despido, pero no me he sentido muy cómodo entre mis compañeros durante el desarrollo de las citadas sesiones. Tengo la impresión de una constante futilidad en los juicios acerca de los muchachos. No trabaja, no se esfuerza, no presenta el dossier, parece en la luna de Valencia, tiene novia, no me hace los deberes, podría hacer más, no estudia, suspende los exámenes... Así repetido indefinidamente en un tono monocorde y cansino. Estudiar es un pasaje al que se accede con sufrimiento y la visión de los profesores alienta sobre todo la rutina, el cumplimiento de tareas monótonas, la memoria para el examen, y la presentación dichosa del dossier. Nadie ha mencionado ni valorado la creatividad ni la imaginación, ni el lado crítico de nuestros alumnos. De hecho estos son valores ajenos a la evaluación. Ese cedazo de la evaluación convierte en una masa homogénea y grisácea al conjunto de los alumnos. Es como si un tribunal compuesto por diez profesores grises juzgara con cierto afán de venganza la fuerza y el colorido de veinticinco alumnos, sus capacidades y su ímpetu adolescente. Me asombro de la grisura de una sesión de evaluación en que no hay ningún contenido que tenga un ápice de idealismo y sí un contenido escéptico que premia, sin excesiva alegría, el sometimiento, la burocracia y la mediocridad. Profesores grises resabiados premian a alumnos grises que presentan el dossier, hacen los deberes y estudian para el examen. Esta es la cuestión. La generación de una casta de burócratas cumplidores pero sin el más mínimo toque personal.

Por algún conducto tengo acceso a la opinión de diversos alumnos inteligentes que no se centran en las notas del instituto. Es como si no les concedieran valor excesivo salvo para ir pasando discretamente o incluso quedándoles varias materias. Y son los más creativos y lúcidos. La opinión de los profesores es sumamente negativa acerca de ellos. Yo no hago exámenes de memorización ni pido dossier y promuevo la imaginación y la creatividad. Hay alumnos poco escolares o nada académicos que tienen mucho que aportar pero que son arrollados por el sistema. Uno de ellos suspendía todo menos mi materia en la que sacaba muy buena nota. La impresión sobre él era demoledora. Sus dossieres son desastrosos, la letra es ilegible, no hace los deberes, está que no se entera de nada, es la pasividad en persona, la apatía total, está pero no está ... Yo no suelo hablar pero ahí he reaccionado ante la opinión unánime de la Junta de Evaluación. Para mí –he dicho- es un alumno muy imaginativo, que tiene una memoria excelente, que tiene una capacidad lingüística espléndida y que tiene un mundo personal muy rico que está descubriendo en medio de una resistencia tremenda frente al medio. Quiero dejar constancia de que no concuerdo con la opinión mayoritaria y que pienso que es un alumno que puede ser superdotado con un perfil de fracaso muy fuerte porque no le interesa lo que oye en clase. Para mi sorpresa no lo han negado. Era para ellos un alumno enigmático que no se adaptaba a la criba burocrática. No se han reído ante mi sospecha de que pueda ser superdotado, y a continuación han pasado a otro tema. No les ha importado nada esa posibilidad ni que tal vez haya que tratarlo de otra manera. O descubrir sus resortes.

Mi silencio durante el desarrollo de las Juntas era ostensible. No tenía mucho que decir. Veo a los chavales de modo distinto. Valoro en ellos sobre todo su creatividad que está siendo aplastada por el sistema que quiere individuos hábiles para la repetición y la copia, y sobre todo totalmente amaestrados para sacar excelentes repitiendo y repitiendo. Me gusta plantearles desafíos creativos y no los someto a exámenes de memorización que sé que no sirven para mucho sino para mostrar aquello que han podido recordar durante la duración del examen. No me interesa este tipo de memoria. Quiero memoria creativa, incorporada a sus instrumentos de trabajo y sus habilidades. No les examino de lo que recuerdan en un momento determinado (o que copian). Les someto a desafíos en que han de relacionar conceptos, conectar ideas, establecer nexos, generar ideas, dar saltos imaginativos, los introduzco en el pensamiento complejo. No quiero de ellos lo que les haga iguales sino lo que los haga profundamente distintos. Su reflexión íntima, su propuesta singular.

Eso no quiere decir que no tenga notas de ellos. Para realizar la evaluación tengo entre sesenta y setenta calificaciones que sumo dando un resultado final que me sirve de referencia. Ellos opinan que no es difícil aprobar mi materia trabajando pero yo no les presiono. Trabaja el que quiere y así suma puntos, y el que no quiere no lo hace. Lo sorprendente es que la media de trabajo es alta, el visionado de los vídeos de lengua y literatura es constante. No les penalizo, solo sumo lo que ellos aportan y doy un gran valor a las cuestiones creativas que se salen fuera de la rutina. Los veo contentos. El nivel de excelentes y notables es alto. No los obligo a trabajar ni a memorizar, pero el ritmo de trabajo es constante. Me comunico con ellos mediante el correo o el blog. Les mando información suplementaria. Estoy encima de ellos valorando lo que tienen de especial, sea su mundo el que sea. Y ellos se dan cuenta de que en las notas no hay ningún truco ni sorpresa. Tienen la nota que han generado, sin presiones. La nota no es fruto de un azar sino de una lógica congruente. Y no les pido el maldito dossier, algo que debe ser muy importante por la pasión que tienen mis compañeros  por el mismo.


Me he dicho que tenía que escribir sobre ello. He salido abrumado por tres horas tan escasamente imaginativas que no me extraña que corra por Facebook y Twitter un esquema de lo que decimos los profesores en las Juntas de Evaluación en forma de caricatura, pero es que es así. Hoy he ido a escuchar y nadie se ha salido del guion. Parecíamos siluetas esperpénticas en un trance que no revelaba ninguna ilusión.

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