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martes, 15 de marzo de 2016

Tras una tarde de evaluaciones


Mi humor no es bueno tras una maratoniana tarde con tres sesiones de evaluación seguidas. No sé si es mi perspectiva divergente o que, en cierta manera, me despido, pero no me he sentido muy cómodo entre mis compañeros durante el desarrollo de las citadas sesiones. Tengo la impresión de una constante futilidad en los juicios acerca de los muchachos. No trabaja, no se esfuerza, no presenta el dossier, parece en la luna de Valencia, tiene novia, no me hace los deberes, podría hacer más, no estudia, suspende los exámenes... Así repetido indefinidamente en un tono monocorde y cansino. Estudiar es un pasaje al que se accede con sufrimiento y la visión de los profesores alienta sobre todo la rutina, el cumplimiento de tareas monótonas, la memoria para el examen, y la presentación dichosa del dossier. Nadie ha mencionado ni valorado la creatividad ni la imaginación, ni el lado crítico de nuestros alumnos. De hecho estos son valores ajenos a la evaluación. Ese cedazo de la evaluación convierte en una masa homogénea y grisácea al conjunto de los alumnos. Es como si un tribunal compuesto por diez profesores grises juzgara con cierto afán de venganza la fuerza y el colorido de veinticinco alumnos, sus capacidades y su ímpetu adolescente. Me asombro de la grisura de una sesión de evaluación en que no hay ningún contenido que tenga un ápice de idealismo y sí un contenido escéptico que premia, sin excesiva alegría, el sometimiento, la burocracia y la mediocridad. Profesores grises resabiados premian a alumnos grises que presentan el dossier, hacen los deberes y estudian para el examen. Esta es la cuestión. La generación de una casta de burócratas cumplidores pero sin el más mínimo toque personal.

Por algún conducto tengo acceso a la opinión de diversos alumnos inteligentes que no se centran en las notas del instituto. Es como si no les concedieran valor excesivo salvo para ir pasando discretamente o incluso quedándoles varias materias. Y son los más creativos y lúcidos. La opinión de los profesores es sumamente negativa acerca de ellos. Yo no hago exámenes de memorización ni pido dossier y promuevo la imaginación y la creatividad. Hay alumnos poco escolares o nada académicos que tienen mucho que aportar pero que son arrollados por el sistema. Uno de ellos suspendía todo menos mi materia en la que sacaba muy buena nota. La impresión sobre él era demoledora. Sus dossieres son desastrosos, la letra es ilegible, no hace los deberes, está que no se entera de nada, es la pasividad en persona, la apatía total, está pero no está ... Yo no suelo hablar pero ahí he reaccionado ante la opinión unánime de la Junta de Evaluación. Para mí –he dicho- es un alumno muy imaginativo, que tiene una memoria excelente, que tiene una capacidad lingüística espléndida y que tiene un mundo personal muy rico que está descubriendo en medio de una resistencia tremenda frente al medio. Quiero dejar constancia de que no concuerdo con la opinión mayoritaria y que pienso que es un alumno que puede ser superdotado con un perfil de fracaso muy fuerte porque no le interesa lo que oye en clase. Para mi sorpresa no lo han negado. Era para ellos un alumno enigmático que no se adaptaba a la criba burocrática. No se han reído ante mi sospecha de que pueda ser superdotado, y a continuación han pasado a otro tema. No les ha importado nada esa posibilidad ni que tal vez haya que tratarlo de otra manera. O descubrir sus resortes.

Mi silencio durante el desarrollo de las Juntas era ostensible. No tenía mucho que decir. Veo a los chavales de modo distinto. Valoro en ellos sobre todo su creatividad que está siendo aplastada por el sistema que quiere individuos hábiles para la repetición y la copia, y sobre todo totalmente amaestrados para sacar excelentes repitiendo y repitiendo. Me gusta plantearles desafíos creativos y no los someto a exámenes de memorización que sé que no sirven para mucho sino para mostrar aquello que han podido recordar durante la duración del examen. No me interesa este tipo de memoria. Quiero memoria creativa, incorporada a sus instrumentos de trabajo y sus habilidades. No les examino de lo que recuerdan en un momento determinado (o que copian). Les someto a desafíos en que han de relacionar conceptos, conectar ideas, establecer nexos, generar ideas, dar saltos imaginativos, los introduzco en el pensamiento complejo. No quiero de ellos lo que les haga iguales sino lo que los haga profundamente distintos. Su reflexión íntima, su propuesta singular.

Eso no quiere decir que no tenga notas de ellos. Para realizar la evaluación tengo entre sesenta y setenta calificaciones que sumo dando un resultado final que me sirve de referencia. Ellos opinan que no es difícil aprobar mi materia trabajando pero yo no les presiono. Trabaja el que quiere y así suma puntos, y el que no quiere no lo hace. Lo sorprendente es que la media de trabajo es alta, el visionado de los vídeos de lengua y literatura es constante. No les penalizo, solo sumo lo que ellos aportan y doy un gran valor a las cuestiones creativas que se salen fuera de la rutina. Los veo contentos. El nivel de excelentes y notables es alto. No los obligo a trabajar ni a memorizar, pero el ritmo de trabajo es constante. Me comunico con ellos mediante el correo o el blog. Les mando información suplementaria. Estoy encima de ellos valorando lo que tienen de especial, sea su mundo el que sea. Y ellos se dan cuenta de que en las notas no hay ningún truco ni sorpresa. Tienen la nota que han generado, sin presiones. La nota no es fruto de un azar sino de una lógica congruente. Y no les pido el maldito dossier, algo que debe ser muy importante por la pasión que tienen mis compañeros  por el mismo.


Me he dicho que tenía que escribir sobre ello. He salido abrumado por tres horas tan escasamente imaginativas que no me extraña que corra por Facebook y Twitter un esquema de lo que decimos los profesores en las Juntas de Evaluación en forma de caricatura, pero es que es así. Hoy he ido a escuchar y nadie se ha salido del guion. Parecíamos siluetas esperpénticas en un trance que no revelaba ninguna ilusión.

22 comentarios :

  1. Respuestas
    1. Después de tu respuesta a "ondas" no entiendo muy bien qué es lo que no te gusta de mi post o de mi actitud. ¿Que guarde silencio? No te preocupes que no soy el único. Hay profesores que hablan mucho o muchísimo y otros que hablan poco o nada. ¿Qué es lo que está mal? ¿Que dé mi opinión sobre el desarrollo de un acto evaluativo cansino y sin sustancia? ¿Es eso? ¿O es, y eso es lo que me parece, que pienses que juzgo a tu mujer en la distancia por participar de ese ambiente y no oponerse a ello cuando ella está en discrepancia íntima también? Me temo que eres más papista que el papa, dicho con todo el cariño. Estoy convencido de que muchos profesores pueden leer este texto y estar de acuerdo si sienten algo parecido? ¿Debería callarme y no ser crítico? ¿O acaso alguien se siente obligado a participar y decir todo lo que menciono porque no tiene plaza definitiva o tiene una situación menos fuerte que yo? He de tranquilizarte. Como dice Ondas, el profesor tiene todo el derecho a opinar y no arrodillarse ante cualquier presión que hubiere -que no las hay-. Nadie obliga a nadie a opinar y decir nada en especial. Nadie se juega nada de lo que tú sospechas. La dinámica de las juntas de evaluación es así por consenso general para evitar dilaciones de cuaquier tipo que llevaran a preguntas complicadas y que no tendrían fácil respuesta.

      Por otro lado, Jose Antonio, conozco tu radicalismo en muchos aspectos de la vida, sociales y políticos y en este en concreto te reconozco, para mi pasmo, profundamente conservador sugiriendo que debería no hablar de ello aunque tenga razón porque al fin y al cabo es lo que hay y sugiriendo que yo hablo así porque tengo las espaldas bien cubiertas. Y yo me pregunto, José Antonio, si el silencio en el blog debe ser mi actitud, ¿dónde está el idealismo y la lucha que en otros tiempos nutrieron la vocación de profesor? ¿Qué es nuestro colectivo? ¿Todos debemos callarnos y no poner en cuestión cosas que no deberían ser así?

      ¿O es porque consideras que me creo especial y al margen y me atrevo a enjuiciar a otros compañeros que prefieren callar aunque piensen lo mismo?

      Juro que no te entiendo.

      De todas maneras he de decirte que una compañera del instituto que ha leído el post me ha felicitado y ayer otra me vino a dar la razón de mi intervención, no en público sino a solas.

      Un abrazo, compañero.

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  2. Con todos los respetos, ser interino, quedarte en el centro, etc, desde mi punto de vista, no deberían ser nunca criterios para guiar un comentario o su ausencia en una junta de evaluación. En la junta de evaluación, pese al trámite que supone, lo importante es el alumno, cada alumno, y compartir las impresiones de un grupo de profesores que le imparte clase. Y no se debería frivolizar. Jamás me arrodillaré en una junta de evaluación para que un cargo directivo piense que soy más eficiente, no le veo sentido, con todos los respetos. Creo además que también forma parte de nuestra función ser críticos, primero con nosotros mismos. Los alumnos no son perfectos, acaso lo somos nosotros? Acaso ese el ideal / valor que buscamos? Para qué queremos seres perfectos? Cuál es el valor que subyace a la sociedad? Hay varias maneras de enfocar la docencia y otros trabajos, desde mi punto de vista, una de ellas es cumplir lo mejor posible, sin hacer daño al alumnado, que es material sensible. ¿Acaso no es material sensible un adolescente en plena formación, en plena ebullición? ¿Acaso cualquier profesor es un ejemplo de virtud que nunca haya tenido dieciseis años o que nunca haya roto un plato? Yo no. Soy humana y me equivoco cada día. Aspiro a mejorar. Pero tampoco me gusta que haya profesores que actúen como si fueran divinos y no humanos, porque somos humanos. Y tampoco creo que tras un profesor callado en una junta de evaluación haya un prepotente...

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    1. Comparto totalmente lo que dices, más que todo porque yo no he dicho que eso sean escusa para guiar un comentario en un sentido u otro, ni a favor ni en contra de un alumno, sino simplemente para participar activamente en esas reuniones simplemente opinando. La actitud de llegar a la reunión y no participar por no estar de acuerdo con lo que se dice no creo que se la pueda permitir todo el mundo. A partir de ahí el resto de tu comentario no creo que tenga absolutamente nada que ver con lo que yo he dicho. Saludos.

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    2. Ondas, estoy muy cerca de tu punto de vista. Creo que una sesión de evaluación debería tener más jugo. Más intensidad. En una hora se ha de pasar revista al curso con rapidez. Cuando intervienen los representantes de los alumnos se les suele echar un sermón sobre todas las carencias. Allí están impresionados por tener a diez profesores delante. Nosotros podemos juzgarlos, pero ellos no pueden juzgarnos a nosotros. Pobres si se atreven. Se les echa la caballería encima. Además del esprit de corps. Es todo muy asimétrico. Profesores que no tienen dudas juzgan a alumnos y emiten juicios que arriba he detallado. Hay un famoso chiste sobre las sesiones de evaluación que conocerás que resume perfectamente dichos comentarios. Ayer constataba con sorpresa que la sesión de evaluación era una caricatura del chiste que corre. No es inexacto. Es certero. Me pregunto si alguna vez sería posible pensar que las cosas se podrían hacer colectivamente de otro modo. Ja. Si acaso hay intentos individuales. Los profesores expresamos el fracaso del sistema, de la falta de ilusiones compartidas, de un mecanismo burocrático de una grisura espeluznante. Y la falta de crítica sobre nosotros mismo. Supongo que ser críticos supondría cuestionarse y eso no están dispuestos a hacerlo muchos y soy generoso. Yo puedo hablar de ilusiones, de realidades educativas, de cultura, con una profesora a la que echaré profuncamente en falta. Es la única que me alegra el día. El resto es de una grisura abracadabrante.

      Un cordial saludo.

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  3. Ya te va quedando menos.

    De todos modos determinado tipo de personas lleva crudo vivir en la estructura convencional. Con un poco de fortuna existen maneras diversas de evasión, siempre en solitario. Es el precio a pagar, la contrapartida agrade o no.
    Y si la convención nos ha comprado con un sueldo, y hemos deseado ser gregarios en algunos momentos de la vida por motivos de lo más diverso, no quedará mas remedio que asumirlo e intentar resolver ese nudo gordiano de manera personal e imaginativa en el momento apropiado. Es el precio de vivir en determinada circunstancia y no en otra diferente.
    El jubileo llega y con él suelen iniciarse demasiados deterioros que a su vez arrastran otras cadenas, lo bueno del proceso es que las anteriores suelen debilitarse, incluso desaparecer.
    Tengo un nieto con las características que mencionas, sufrirá mucho, me consta. Solo me resta desearle fortuna, que la necesitará. Resulta complicado verlas venir y saberse minusvalorad@... y funciona lo mismo en la juventud como en la vejez. Cuestiones generacionales, me imagino.

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  4. Recuerdo haber tenido esa misma impresión cuando, una componente del grupo colaborativo en el que trabajaba entonces y yo, informamos a mi claustro de un proyecto conjunto con la universidad. Nos encontramos ante el silencio más absoluto. No hubo reacción, y a eso le dimos muchas vueltas.
    "No les ha gustado", "no les ha parecido bien", "no les caemos bien"... A partir de esta última impresión decidimos parar, y racionalizando lo que sucedió, llegamos a la conclusión de que ¡estábamos en esferas siderales distintas! Para bien o para mal, vivíamos en realidades paralelas... o perpendiculares... "Jugábamos en ligas distintas" o llámalo como quieras, el caso es que "comprendimos que era imposible la comprensión": fallaba el código, seguramente el emisor y el canal... no me atrevo a decir que también el receptor, no estaba en ese lado.
    Cuando las distancias son tan grandes no es fácil cruzarlas. Lo que yo quiero decir es que hay que cruzarlas en ambas direcciones: así como no creo que yo, por leer cual posesa, sea más interesante que el resto de las personas, tampoco creo que mi forma de enseñar fuera mejor que las demás por salir a pasear por carreteras secundarias, ya sabes:)
    Que fue más placentero y enriquecedor para mí, sin duda alguna. Que fuera lo más adecuado para el alumnado, está por ver, quiero pensar que sí, pero al mismo tiempo no quiero caer en fundamentalismos.
    ¡Así que como no tengo certezas, debo aferrarme a la intuición, que me dice que "en el término medio está la virtud", frase conservadora donde las haya, pero que muchas veces pone las cosas en su justa perspectiva. Mientras tanto, evaluemos los conocimientos y el esfuerzo, y luchemos porque se puedan evaluar pronto la innovación, el pensamiento divergente, y la capacidad para expresarlo todo, claro, no más convidados de piedra!

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    1. Ya te he comentado alguna vez que no olvido los conocimientos sobre los que versan los vídeos que grabo y los ejercicios que hacemos continuamente. Así que no quiere decir que yo desista de impartir lo necesario. Así que estamos de acuerdo.

      Sin embargo, al final de mi carrera docente estoy volviendo al principio de donde me expulsaron las circunstancias adversas que viví. Ahora me siento más libre para crear y dar salida a la imaginación. Y me gusta que este sea el final de un ciclo que acaba con la percepción de que es necesario el espíritu divergente.

      Soy extremista por naturaleza. O sea que lo del término medio me suena, efectivamente, muy conservador y más que conservador, gris. Al menos en el ámbito artístico y educativo. Es necesario que los adolescentes convivan con los extremos igual que con el centro. No podrían ser todos los profesores artistas. O igual sí. No lo sé. Pero en todo caso, es necesario para salir de la rutina que haya un resquicio para la imaginación y los extremos. Me atraen las tormentas y tras ellas un cielo límpido y azul.

      Me produce gozo pensar así. Si vieras lo que escribía hace cinco o seis años... Estaba in articulo mortis. Destrozado. Hundido. El blog me ha servido para seguir vivo en la docencia. He descrito el proceso de hundimiento y regeneración. Eso sí, hubo antes enfermedad que resignación. Nunca me resigné. Y viví mi personal agonía. No pude pasar por ser un profesor gris, antes muerto. Y ahora puedo decir que vuelvo a ser yo. Estamos viviendo momentos bellísimos, una experiencia de un aula libre. Y sale el anarquista que llevo dentro.

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  5. Uno de los aspectos con los que más me empasté en mis últimos tiempos de aula fue justamente la evaluación. No me convencía para nada todo el rollo de calificar ciertas competencias ignorando otros aspectos que se me hacían mucho más relevantes para la vida de mis alumnos. Un ejemplo claro es el énfasis que la mayoría de los profesores y muchísimos directivos aquí ponen en "la carpeta" del alumno. Evaluar al alumno por el material que recopila clase a clase, porque lo tiene completo o incompleto, prolijo o desprolijo, por si toma apuntes con linda letra o nos resultan ilegibles a nosotros, en pleno siglo XXI, me parecía una frivolidad, y no había forma de hacerles entender a mis colegas lo irrelevante de juzgar el desempeño de un alumno en base a algo que solamente le podía servir en lo personal como herramienta de estudio, si es que con suerte estudiaba.
    Recuerdo también una reunión de esas de profesores en las que se discute alumno por alumno en la que guarde un silencio que gritaba. Se discutió el estándar evaluativo que debíamos aplicar con una alumna adolescente que padecía de una enfermedad cerebral degenerativa -una alumna por quien yo tenía una especial debilidad por el enorme esfuerzo que hacía para aprender inglés y, por sobre todo, por cómo se enojaba cuando alguien en el curso quería de alguna manera "ayudarla" por ser "especial", incluida yo misma. Siempre nos recriminaba nuestra impaciencia y nos explicaba que le tomaría más tiempo, por ejemplo, copiar una sinopsis del pizarrón, pero finalmente le serviría como aprendizaje, por lo que debíamos nosotros también aprender a esperar un poco más antes de saltar a asistirla. Esa alumna nos dio a sus compañeros y a mí valiosísimas lecciones de convivencia y sabiduría de vida, y sin embargo mis colegas insistían en que no debía tomarse en cuenta su terrible discapacidad a la hora de calificarla, cuando era evidente que no podía afrontar la misma longitud de evaluaciones que los demás o el mismo tipo de prueba. Sólo recuerdo haber abierto la boca para remarcar sus puntos fuertes y para hacer notar la necesidad de diseñarle evaluaciones que pudiera resolver con ticks o con flechas pero sin tener que escribir tanto, ya que su mano derecha estaba afectada a causa de su enfermedad.
    Ahora te evaluaré a ti ;)! Estás en un punto de tu carrera en el que podrías darte el lujo de decir unas cuantas cosas a bocajarro, Joselu. No obstante, eliges guardar silencio, un silencio que puede enseñarle mucho a quienes hablan demasiado para no decir más que pavadas, un silencio que habla muy bien de ti y de cómo estás cerrando tu propio ciclo.

    Un fuerte abrazo!

    Fer

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    1. Ayer escuchaba las cosas desde fuera y sentía la falta de tensión creativa de las evaluaciones. Me encontraba como un convidado que estuviera escuchando sin implicarse salvo en cosas de cierto calado. Interviné en dos ocasiones en distintas sesiones, pero fue suficiente para darme cuenta de que no tenía mucho sentido hablar. Ya habitábamos planetas diferentes. Pero me daba cuenta de la estrechez de miras de muchos de los que estaban allí presentes que supongo tenían todo muy claro. Yo no. Una trituradora gris despedazaba el contenido multicolor de lo allí juzgado. No porque fueran duros o no. No se trataba de eso, sino de la falta de ilusión que allí reinaba. Se cumplía un trámite enojoso y ya está. Había una profesora muy joven que habló poco o nada. Tiene que ser su primer trabajo y estaría esperando aprender, o impregnarse de ilusiones de sus compañeros más veteranos. Ja. No me siento mejor que ellos. Tal vez durante mucho tiempo yo he hecho lo mismo. El sistema te absorbe y te quita toda ilusión de compartir, de trascender, de aprender. Y crees que todo son calificaciones con números, pero es algo más profundo lo que allí tratamos. Pero todo se reduce a un acto protocolario que hay que cerrar, nada más.

      No creo que tenga nada que decir. Lo que digo lo digo aquí y los que quieren pueden leerme. Allí lo que dijera no tendría ninguna trascendencia. Cuando yo me vaya, habrá tal vez dos personas que me echaran en falta. Pero no más. Lo digo con orgullo porque habrá dos personas que sé seguro que me añorarán. El resto, no.

      Gracias por tu hermoso comentario.

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  6. Hace tiempo que descubrí que las sesiones de evaluación son pura burocracia, de la peor, así que trato de sobrevivir a ellas con humor y cierto escepticismo. Hay días en los que prefiero callar por no enfadarme con algunos compañeros. No hay reflexión metodológica, no hay propuestas de mejora, no hay retroalimentación positiva hacia el alumnado, etc. Si dices que contigo va bien, mal para los profes que se sienten menospreciados; si dices que cómo es posible que apruebe si no entiende lo que lee (a pesar de que pueda rellenar huecos o exámenes tipo test), también te arriesgas a pasar por estúpido... En fin, que tal como están montadas las evaluaciones, se podrían sustituir por un documento compartido con las notas numéricas.

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    1. La evaluación es el acto más complejo de todo el entramado educativo y, sin embargo, es el más obviado a nivel personal y de equipo educativo. En los años que ha servido al reino de España no he visto avance de ningún tipo en este sentido (y prácticamente en ningún otro que dependa del espíritu de cuerpo).

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  7. Por desgracia, Joselu, las sesiones de evaluación que describes son las más habituales en la tarea docente. Son largas, tediosas, cabreantes e injustas. Todos llegamos a ellas con las notas recién puestas y algunas dudas, deseando terminar con el odioso trámite de la evaluación y marcharnos de vacaciones. El número de alumnos suele ser elevado, por lo que dedicar a cada uno siquiera unos minutos es pura utopía. Cuando existía la Segunda Etapa hacíamos las sesiones de evaluación por las tardes. Estábamos horas hablando de todos los chavales. Menos mal que yo me ocupaba de llevar una buena merienda para hacer más llevadero el trámite... Además, durante el trimestre teníamos constantes intercambios de opiniones y de información, formábamos un equipo bastante compacto y hablábamos mucho de cada alumno, no sólo de sus notas sino, sobre todo, de su actitud, personalidad, familia, etc. Al pasar a Primaria mantuvimos la misma línea, pero debido a la creciente presión burocrática era imposible mantener la misma atención personalizada, lo cual agravó dos problemas: nosotros estábamos mucho más estresados y desganados y los alumnos dejaban de recibir parte de la atención que antes les dedicábamos. Todos salimos perdiendo, y eso que yo estaba en un colegio privilegiado en ese y en otros sentidos. Por lo que sé de otros centros, evaluar es simplemente poner notas después de haber corregido exámenes y trabajos, haber tomado notas de clase y contemplar muy someramente la actitud y las características de cada chaval. Si fueran como deberían ser, las sesiones de evaluación sólo serían la culminación de un largo proceso en el que se contempla al alumno en su totalidad. Estamos en caída libre en este aspecto: no hay tiempo para informarnos mutuamente ni para saber lo suficiente de cada alumno. Todos estamos más desmotivados, más cansados, más cabreados por el progresivo deterioro de la enseñanza y la inquietante deriva en la que nos han sumido una ley tras otra. Este desastre no tiene solución a corto o medio plazo. Tú estás llevando a cabo un trabajo novedoso y estimulante poco o nada comprendido por la mayoría de tus colegas. Imagino su sorpresa y escepticismo al oír tus argumentos y entiendo tu estado de ánimo tras esas reuniones. Lo peor es que esos alumnos están abocados al fracaso por falta de atención ajena y no por propia dejadez, o, mejor dicho, por una desgana causada por unos planes de estudio incapaces de atrapar su interés y desarrollar sus capacidades. Cualquier docente consciente de su obligación sabe que el fracaso de un alumno es la suma de muchos errores. Podríamos hablar del tema durante horas y no llegaríamos a ninguna solución satisfactoria para todos, pero al menos habríamos dedicado un tiempo muy necesario a escuchar a los demás, intercambiar opiniones y reflexionar sobre nuestro trabajo, que no es poco. Tú estás en la recta final y te puedes permitir el lujo de decir lo que piensas y hacer lo que realmente deseas. Estás ayudando muchísimo a tus alumnos y seguro que más de un compañero meditará sobre tus palabras, tienen más trascendencia de lo que parece a primera vista. No importa la aparente herencia que dejamos, la verdadera es mucho más profunda y valiosa. Sé que no te afecta demasiado, pero ya lo apreciarás cuando dejes las aulas. En todo caso, espero que tus últimos meses como profesor sean satisfactorios o, al menos, poco problemáticos, que no es poco.
    Disfruta de las vacaciones, son cortas pero muy necesrias. Un fuerte abrazo, colega.

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    1. Cuando yo comenzaba, ilia tempore, recuerdo que aquí en Cataluña había cooperativas autogestionadas por trabajadores de la enseñanza que proponían modos de enseñar netamente diferentes impulsados por una enorme ilusión compartida. Estas cooperativas aspiraban a ser integradas en la red de escuelas públicas catalanas, y supongo que así fue, convirtiéndose, en consecuencia, en funcionarios con alguna prueba ad hoc. Me pregunto si seguirían después de haber entrado en la maquinaria con la misma ilusión que tenían al principio de su periplo. Porque hubo un tiempo en que los profesores tenían una gigantesca ilusión de cambiar el mundo comenzando por la educación. Participaban voluntariamente en jornadas y quincenas pedagógicas en pleno verano sin reconocimiento de méritos, solo por esa desbordante ilusión que los impelía. Los movimientos recientes de renovación a través de las TIC han tenido algo de eso. Yo no participé en ninguna jornada ni evento, más bien porque soy un lobo solitario. Pero me pregunto si sigue esto en pie o se ha hecho ya el más profundo silencio en el deseo de renovar la educación, porque lo que se percibe a pie de aula, es una grisura espeluznante sin ningún deseo de compartir ni de hacer nada de modo colectivo. Los claustros, las sesiones de evaluación son actos burocráticos sin ninguna ilusión, sin nada que alivie esa mediocridad que los inspira. Tú eres una superviviente de aquel mundo educativo que comenzó a finales de los setenta tal vez, cuando creíamos que podíamos cambiar el mundo. Ahora no es así. No sé qué ha pasado. Si es el sistema el que nos ha hecho conservadores y ha asesinado todo lo que no sea burocracia. O qué. No veo en los jóvenes que llegan demasiado ímpetu. Pero no sé. Pues la sesiones de evaluación son lo que dices tú. Lo que digo. Convenimos en que son actos burocráticos. Poco más. En cuanto a que algún compañero medite sobre lo que hago, queda descartado. Solo hay una compañera del alma con que comparto mucho de lo que hablamos. El resto ni se dará cuenta de que me he ido. Lo digo con toda la alegría del mundo, porque es lo que quiero.

      Un fuerte abrazo, amiga.

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  8. ¡Suscribo punto por punto tus quejas y tu hastío! Me ha parecido estar leyendo un papelajo sobre las evaluaciones que escribí hace mucho y que no apareció en Deseducativos porque su impulsor perdió la ilusión por el proyecto. ¡Qué nula profesionalidad la nuestra durante tantos años! En mi vida he asistido a reuniones tan vergonzosas y en las que he oído tal sarta de descalificaciones del alumnado que, si se hiciera una grabación secreta y se publicara, seríamos el hazmerreír de PISA y del sentido común. No llegamos a lo del profesor del MIR y sus guarras de discoteca, pero no andamos lejos... Entre las evaluaciones y las reuniones de coordinación, la cantidad de horas perdidas, de horas basura, que se consumen en la profesión, qué bien aprovechadas estarían si obligaran a hacer determinados reciclajes en métodos como los que tú estás usando este año... Sí, siempre me avergoncé de mí mismo y de los demás por esas sesiones de evaluación tan deplorables. Incluso me veo animado para publicar en mi Diario aquel papelajo, aunque solo sea como un tirón de orejas a toro pasado, porque ya veo ese mundo como de otra galaxia, la verdad...

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    1. Joselu, animado por tu ejemplo y por la persistencia de los vicios evaluadores, he colgado en mi diario el papelajo al que hacía referencia, para complementar, dentro de mis limitaciones, el excelente tuyo: Helo aquí: http://diariodeunartistadesencajado.blogspot.com.es/2016/03/examen-critico-de-las-evaluaciones.html

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  9. Todo esto es un drama total, que yo vivo desde hace años al otro lado de la mesa. No puedes encaminar a tus hijos hacia la sumisión, porque ello "imprime carácter", como el sacerdocio. Pero no ser sumiso irrita extraordinariamente a ciertos profesores que no pueden vivir sin su autoridad impuesta, nunca adquirida. Sé que la solución está en ser compasivos con las miserias humanas y así sobrellevarlas disculpándolas, pero pedir esta madurez a la adolescencia es un difícil reto.
    Un drama.
    Abrazos!

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    1. Enseñar es un proceso muy complejo, Francisco. Hoy mi compañera de vida me decía que lo fundamental es quererlos. Un profesor que no los quiera y que ellos no se sientan queridos por él, difícilmente podrá enseñarles nada. Si no hay esta conexión emocional, el aula no funciona. Eso no quiere decir que no pueda haber conflictos: no todos los profesores son perfectos en todos los momentos de su vida, y no todos los adolescentes son exquisitos en sus manifestaciones en el ámbito académico. El otro día me encontré a tres exalumnos que me saludaron. Yo no los recordaba muy bien pues habían cambiado mucho físicamente. Me dijeron que habían madurado y que se habían dado cuenta de lo payasos que eran, que no habían aprovechado el tiempo, que ahora se habían matriculado para hacer ciclos formativos y continuar los estudios. Me miraron y me pidieron no sé si perdón o disculpas de un tiempo en que no sabían muy bien lo que hacían. Ya te digo que yo no los recordaba muy bien, pero pensé que pudieran ser alumnos conflictivos con los que pude tener problemas más o menos serios.

      Todo tiene lecturas en las dos direcciones.

      Puede que un profesor y sus alumnos no se entiendan en el momento en que se encuentran, pero eso no quiere decir que el encuentro no se pueda producir tiempo después.

      Un abrazo.

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  10. Nunca he estado en una sesión de evaluación. Pienso que por suerte. En las situaciones similares en las que me he visto se desencadena una cierta "dinámica de grupo" interesante de ser evaluada en sí misma y en la que siempre termina triunfando un cierto canon burocratizador. En el fondo, ¿no es nuestro método de enseñanza una forma de encauzar por el camino ordenado a los chavales por encima de su creatividad y personalidad?

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    1. ¿Es nuestro método de enseñanza una forma de encauzar por el camino ordenado a los chavales por encima de su creatividad y personalidad?

      En mi caso, creo que no.

      Díficilmente puedo alumbrar un camino ordenado, solo hacerlos partícipes de ciertas intuiciones que resonarán en ellos de un modo u otro.

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  11. Estoy convencido del que sistema educativo actual y el que nosotros vivimos muchas décadas atrás, es y siempre ha sido un mecanismo para la normalización tal como sostenía toda esa escuela de la pedagogía crítica de Paulo Freire o las corrientes de pensamiento cercanas a Ivan Illich o el mismo Foucault. Lástima que la pedagogía actual apenas pueda desprenderse de los estigmas del neoliberalismo capitalista y por lo tanto no sepa integrar a loa individuos que están en los márgenes, que prefiera etiquetarlos, empaquetarlos y aveces convertirlos en carne de conflicto cuando no de psiquiatra. Lástima tanto profesor simplista y con una singular vocación por las sentencias y los veredictos. Jueces sin mesura que sueltan palabras de condena en un minuto y condenan el futuro de un pobre muchacho que tardará décadas en salir de las atroces penitencias.

    Un abrazo

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    1. La verdad es que a veces hay muchachos que quedan en los márgenes y requerirían de alguien que se acercara a ellos. Uno de ellos es el que aquí reseño que suspende todo menos la mía. Su pésima caligrafia, su desorden espacial, su falta de acomodo en los usos establecidos, lo ponen en las fronteras del sistema que prefieres, y eso es verdad, alumnos laboriosos y estándar. Siempre falta tiempo para comprender a esos alumnos que no entran en nuestros parámetros. Aunque el otro día leí, y no le atribuyo mucha verosimilitud, que las personas con mala caligrafía tendían a ser mucho más inteligentes. No creo que sea necesariamente cierto pero tampoco los descarta totalmente.

      Un abrazo, y disculpa que no hubiera contestado. No me había dado cuenta de que habías dejado un comentario.

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