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lunes, 30 de noviembre de 2015

Diario de un reportero en las aulas


Yo no tenía vocación de profesor, lo he contado en alguna ocasión. Yo quería ser, desde que recuerdo a mis doce años, periodista. A esa edad editaba una revista, en el colegio de curas donde estaba, de la que había solo un ejemplar que iba pasando por toda la clase. En ella copiaba a bolígrafo, con caligrafía no muy esmerada, noticias que recogía de la prensa, algún relato inventado por mí, pegaba fotos que recortaba ... Esta revista me supuso una incautación de sus veinte números, que llegó a alcanzar, por parte del cura sobón que era el tutor de la clase. En uno de los números, había un relato algo erótico producto de la confusión de la adolescencia. Llamó a mis padres. Fue el primer acto que contravenía la ordenanza del sistema en una educación autoritaria y gris. Años después fue la verdadera experiencia como director de una revista parroquial de un club juvenil, porque en los estertores del franquismo los jóvenes nos reuníamos en clubes juveniles para juntarnos chicos y chicas en un tiempo que los colegios nos tenían separados por sexos. ¡Qué pasión me produjo dirigir una revista y que de ella se hicieran cuarenta ejemplares! Los vendíamos a cinco pesetas cada uno y eran para los miembros del club. 

"Allí tuve que defender la libertad de expresión cuando murió Picasso del que publiqué una necrológica alabando su aportación al arte. Una muchacha, próxima al falangismo, quiso evitar que apareciera aquel artículo pero yo me cuadré e hice que se publicara lo que provocó la dimisión de Mari Ángeles, la subdirectora joseantoniana".

Fue una verdadera escuela de buen periodismo aquella revista, titulada Nosotros en la que entrevistamos a algunos prohombres famosos como Forges, Papillón, Xavier Cugat... Yo escribía artículos más bien o cómicos o reflexivos. Me encargaba de la edición de la revista a ciclostil en un convento de monjas de clausura que eran las que tenían la multicopista. Ello me llevó a mantener interesantes conversaciones con la hermana que se encargaba de tirar la revista. Tal vez por ello y por las monjas de mi infancia, guardo buen recuerdo de las religiosas que he encontrado en mi vida. Aquella revista alcanzó unos 18 números hasta que entramos en la universidad y nos distanciamos del club Virgen del Carmen. Recuerdo aquel tiempo con un cariño especial.


Pero yo no tenía vocación de profesor en ningún caso. No había facultad de periodismo en Zaragoza y hube de empezar en una genérica de Letras –aunque había estudiado bachillerato de ciencias-. Así comencé Filosofía y Letras en su rama de Filología. Nunca supuse en aquel momento que terminaría dando clases. Me atraía la Historia y la Filosofía. La Literatura fue posterior, a partir de cuarto –antes las carreras tenían cinco años-. Me especialicé en Filología Hispánica. Y de ahí salió un profesor, pues ¿qué hacer con semejante título si yo no tenía madera de investigador para quedarme en la universidad? Ser profesor fue una salida lógica pero no vocacional y sigo sin tener vocación de profesor. A veces me gusta serlo, pero lo veo desde una posición externa y periférica que no está dentro de la profesión. Me gusta el contacto con jóvenes. Hay algunos en que intuyo que tienen inquietudes intelectuales y me gusta estimularlos. Pero soy un outsider en la profesión. Estoy dentro pero la miro desde fuera. Soy otras muchas cosas antes que profesor. Este es mi modus vivendi e intento hacerlo lo mejor que sé y me dejan hacerlo. No es fácil. Es una profesión complicada y sometida a un intenso desgaste emocional. Recuerdo el último viernes el agotamiento mental con que salí de clase tras una semana intensa. La tristeza y el desánimo me dominaban. Tuvo que pasar todo el viernes y buena parte del sábado para que mi ánimo se recuperara. Puedo entender en buena parte a mis alumnos pero estoy en el otro lado. He de hacer que aprendan y no es fácil en un tiempo con tantas distracciones. Y no soy capaz de urdir discursos convincentes para hacerles recapacitar. Solo sé hacer. Promover acciones que lleven a aprender. Sé lo liviana que es la memoria, sé lo poco interesantes que son los temas de sintaxis pero he de procurar que aprendan aunque a mí me gustaría aprovechar el tiempo en otras cosas más atractivas. Deploro que en esta profesión haya tanto individualismo y que haya tanto derrotismo. Pero lo veo desde fuera sin identificarme con ello. Soy como un visitante a tiempo completo pero externo. Es como si viera la enseñanza a muchos años vista y me diera cuenta de que mucho de lo que hacemos es totalmente inútil y me gustara trabajar más para el muchacho que algún día se dará cuenta de otras cosas. 

"Tal vez al periodista que fui le gustaría poder contar la historia de un hombre que ha sido muy feliz siendo profesor y también muy infeliz. He vivido cosas que nunca podré contar ni siquiera a mis más íntimos amigos y menos escribir para nadie".

He vivido esta profesión desde muchos ángulos. No sé si soy un héroe o un bribón. No sé si soy Arlequino o un chamán como reflexionaba Toni Solano, un hombre con verdadera vocación de profesor. Tengo una visión existencial del aula. No puedo pensar en términos de sistema educativo. No me interesa. No quiero formar cachorros para la sociedad productiva. No. Quiero promover salvajes, capaces de pensar por sí mismos, pero no sé si esto es real o no. No sé si nada hay de esto en mi pedagogía presuntamente libertaria. Ya he dicho que soy un invitado a estos centros de enseñanza en que ha pasado buena parte de mi vida y en los que he disimulado lo que era: un extraño que algún día contará qué hace un reportero dentro de las aulas, pero eso será cuando recupere la libertad de acción. En todo caso, me lo paso bien y a veces mis alumnos me ven sonriéndome sin saber muy bien de qué me río. Son cosas mías en contacto con estas fierecillas que tanto me gustan.

martes, 24 de noviembre de 2015

Es el momento, profe. No te lo pienses más.



Una idea me está rondando hace unas semanas para mis alumnos de tercero de ESO de trece años. Quiero que escriban una novela. Extensión, unas veinte o veinticinco páginas. Sería una novella al estilo italiano en el Renacimiento, narraciones breves, condensadas. ¿Es posible que un adolescente tenga algo que decir y pueda -y quiera- contarlo? La respuesta la conozco. Sí, clamorosamente sí. Un adolescente es un salvaje en el sentido de puro y en él se agitan fantasmas poderosísimos en su proceso de descubrimiento del mundo. Lleva unas semanas de maceración en mi caletre. Es una experiencia que he planteado otras veces pero un curso más tarde, a los catorce años. Pero el año que viene yo ya no estaré con ellos. He aprendido a quererlos durante los tres años que he sido su profesor. Me gusta estar con ellos aunque a veces tenga que pegar cuatro gritos para calmar su excitación y su inquietud. Hoy se lo he comentado. Quiero que escribáis una novela. La idea no parece haberles sorprendido mucho, como si la estuvieran esperando, como si quisieran decirme que ya están maduros para ello. 

"Es el momento, profe. No te lo pienses más"

Ahora o nunca. Me digo, cuando el nunca está más próximo. Tiene que ser ahora. Varias chicas me han mirado interesadas. Una de ellas debe publicar textos en alguna plataforma como Wattpad. Es increíble que un profesor de lengua no aproveche la realidad de alumnos que escriben, que les gusta escribir. Aunque debería hablar en femenino. A ellas, a algunas al menos les encanta escribir y los profesores no lo sabemos y no lo incorporamos a las clases. Otra chica de pelo de colores me ha preguntado que si podía haber sexo. Le he mirado fijamente y le he dicho que el contenido es libre pero tiene que estar bien contado. ¿Pero podemos escribir de lo que sea? Claro, por supuesto. Podéis escribir sobre lo que sea. Este proyecto lo he llevado a cabo varias veces en mi vida. En los tiempos del BUP y en la ESO. Todas las veces que lo he experimentado me he encontrado con muchas novelas muy interesantes, algunas las recuerdo a pesar del tiempo pasado. Historias de amor, de deseo, de sufrimiento, de aventura, de horror, de ciencia ficción ... No hay idea que no pueda bullir en la cabeza de un adolescente. Los adultos no conocemos su mundo y ellos se ocupan bien de que no lo conozcamos. Una profesora cuando va a clase dice siempre: Voy con la tropa. No me gusta. Da idea de un colectivo amorfo con el que se mantiene una relación jerárquica. No, no me gusta. Sé que mis alumnos van a aprovechar la oportunidad de escribir una novela sobre la vida, sobre su vida. Una vez una muchacha en silla de ruedas, con la enfermedad de los huesos de cristal y que había sufrido más de veinte operaciones en sus piernas, escribió un relato fascinante que tituló Adolescencia dolorosa. Era su vida, su pura y escueta vida contada con una pasión y con un dolor inenarrable. Pura vida en estado salvaje. Este es un ejemplo pero he leído relatos increíbles de todos los temas. Ya hablaremos de las cuestiones técnicas como el tipo de narrador, la progresión de la novela camino del clímax y el desenlace, así como la división en unidades narrativas menores como los capítulos. El tratamiento del tiempo y el espacio. Los personajes. Sin embargo, en mi experiencia sobre esta idea, he visto que muchos problemas narrativos son resueltos intuitivamente por ellos porque tienen algo que decir. Para escribir ese es el motor fundamental: tener algo que decir. Las cuestiones técnicas van después. Tener algo que decir y querer contarlo. Los procedimientos técnicos van apareciendo en el camino. Les prepararé un vídeo para introducir la idea. Tendrán cinco meses para desarrollarla. Y el 20 de mayo presentarán sus novelas. Esto supone la lectura de más de mil páginas para el profesor. No obstante, el instante en que me enfrento a una novela de un adolescente, es un momento mágico  porque dan forma a sus mundos con una gracia y una frescura que invita a la lectura. No los conocemos. Las redacciones sobre temas estereotipados que les proponemos no son expresión de sus posibilidades como narradores. Hay algo más. He leído de todo. 

"Las chicas son formidables narradoras. Detrás de un rostro tímido puede estar escondida una Emile Brönte o una Virginia Wolf." 

Hacen falta mundos propios que están estallando en su interior por el descubrimiento de la vida como experiencia fundamental. Y los hay. Las chicas son a veces perversas. No te fíes nunca de un rostro angelical. Son los peores. O los mejores. Sus voces pugnan por salir al exterior. Solo hace falta un profesor loco que las invoque. Y que esté dispuesto a leerse el millar y pico de páginas que van a escribir. Para mí será la despedida. He sido profesor de adolescentes durante muchos años. Me he sentido como un enfant terrible, un maudit de la docencia. Me aburren los discursos de mis colegas en las reuniones. Desconecto. No me interesan sus críticas, sus estados de ánimo, su falta de entusiasmo, su adocenamiento. Puede que sea excesivamente ácido con ellos y sean excelentes profesionales. Seguro que sí, pero cuando estamos juntos todo huele a rancio. No hay debates en profundidad, no hay espíritu de vivir sueños juntos. Solo reproches, quejas, negativismo, rendimiento a la burocracia. Vivo allí, entre ellos, pero soy un gigantesco o diminuto –no vamos a ser narcisista en demasía- son of the bitch. Y como lo soy y lo sé, voy a desarrollar este proyecto que les implicará hasta el tuétano. A mis alumnos. A mis alumnas. Estaremos abiertos al océano, a los sueños, a lo que salga, a lo que encontremos en el viaje. En el que seguro habrá numerosas cargas de profundidad. Y no evitaré que exploten. Les animaré a ello. Los lectores del blog –entre los que hay alguno de ellos (¡pillín!)- estáis invitados a asistir a la deflagración. Luego no os quejéis.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Tratamiento de las diferentes velocidades de aprendizaje


Una de las cuestiones más complicadas como profesor es ajustar el ritmo de aprendizaje a cada uno de los muchachos de la clase. No todos van al mismo ritmo. Sus capacidades de trabajo, de rendimiento, de interés y de desarrollo cognitivo son muy distintas. Ir al ritmo de los más lentos es un fracaso puesto que ralentiza a los que podrían ir mucho más rápido; ir al ritmo de los más rápidos supone también un fracaso generalizado para los que no alcanzan ese nivel de velocidad y trabajo. Es injusto. Otra posibilidad sería asumir un ritmo medio que no se ajustara a los más retrasados ni a los más rápidos sino a un nivel medio imaginario de la clase. Esto no impediría que algunos se quedaran rezagados y que otros no pudieran avanzar todo lo que podrían. Sin duda, para todos los que son profesores, esta es una cuestión medular en cualquier reflexión sobre el aprendizaje. ¿Qué hacer? 

"¿Cómo modular el aprendizaje a todos los niveles sin desaprovechar las posibilidades de los más veloces y sin dejar descolgados a los más lentos?"

A todos los que pasan por aquí les es conocido mi sistema de trabajo de este curso: la clase invertida. Grabación de vídeos sobre literatura y lengua que ellos ven en casa respondiendo preguntas sobre su contenido que me llegan a mí con toda precisión. Esto es común a todos. Pueden ver los vídeos las veces que quieran y ajustarlos a su velocidad. En clase, realización de mapas mentales sobre los contenidos de los vídeos. Uno por semana. Sin embargo, observo que la velocidad de resolución de estos mapas es muy variada. Hay quienes ya han realizado los mapas de las dos semanas siguientes. Otros van retrasados respecto a los mapas que les corresponden por semana e incluso no han terminado los de semanas anteriores.

Cuando les propongo unos ejercicios en el aula –generalmente interactivos y con soporte tecnológico- los hay que lo realizan en breve tiempo y otros que necesitan toda la hora para completarlos y no les llega. A los que avanzan rápido les doy otros ejercicios que avanzan la materia. Y a veces al poco tiempo ya me están pidiendo más porque los han acabado rápidamente. El problema es tener material preparado para los más veloces y que no se aburran. El profesor ayuda – y tiene paciencia- con  los que tienen más dificultades y complace a los más rápidos que se retan para superarse a sí mismos. Se puede decir que la velocidad de trabajo y rendimiento son muy diversas, y no es justo retrasar a unos y bloquear a otros con una velocidad inadecuada, impropia de su capacidad de trabajo o aprendizaje.

La clase invertida -que dedica todo el tiempo en el aula a ampliar conocimientos- es un excelente medio de trabajo que propicia trabajos a velocidades variables sin que se resienta el desarrollo normal del aula. El problema para el profesor es desenvolverse a suficiente velocidad para atender a todos los ritmos de aprendizaje. Las clases son muy intensas para el profesor pues debe atender múltiples cuestiones que responden a velocidades distintas. La trastienda de la clase invertida es también muy laboriosa e implica trabajo añadido al que es habitual a los profesores, precisamente porque se basa en esos diferentes ritmos de aprendizaje a los que hay que dar salida.


La satisfacción es que los alumnos con más velocidad no quedan frustrados y pueden aspirar a más, sin límites intermedios o lentificados por el lastre de los más retrasados, y, para estos, la clase también se ajusta perfectamente a su desarrollo personal. Observo que hay un gran interés por cumplir las tareas en más de un ochenta por ciento.  

"Uno ha de ser autocrítico con la pedagogía que está implementando, más si es de carácter experimental, pero también ha de saber reconocer los puntos fuertes y débiles de la misma". 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Europa en la encrucijada


Arturo Pérez Reverte ha publicado unos tuits que han levantado algún revuelo y múltiples retuits. En alguno de ello venía a decir que los europeos nos hemos acostumbrado a vivir en Disneylandia y no sabemos enfrentarnos al horror y a la guerra cuando esta nos viene de frente como son los yihadistas que han atentado estos días en París. Ante hombres dispuestos a morir no sabemos cómo actuar. No se ajusta a las reglas y a la normalidad y eso nos paraliza y nos inmoviliza.

¿Qué esta pasando?¿Hay una guerra declarada por el Estado Islámico a la civilización europea? ¿Cómo debemos contestar si esta existe? Estas preguntas nos producen agobio y zozobra y no sabemos responderlas. Queremos pensar en términos de personas bondadosas que aman Imagine de John Lennon y queremos parecer guays, personas que asumen su pasado colonial y que creen que Europa ha hecho mucho mal y ahora tenemos que pagar nuestros errores de siglos pasados. Nos sentimos culpables y eso nos paraliza y puede que no estemos viendo qué está pasando delante de nuestros ojos. Porque Estado Islámico (Daesh) no es solo un territorio entre Siria e Irak fruto de nuestros errores recientes. No. Daesh es un concepto, es un tipo de guerra que no excluye ningún método de ataque, desde el atentado brutal como los de París, Ankara, Beirut o Kenia, la ciberguerra, el flujo gigantesco de refugiados a Europa a los que queremos acoger por razones humanitarias, la explosión de la natalidad... Daesh ha nacido, que nadie se sorprenda, en Europa, o en una confluencia muy compleja dentro de Europa. Ha nacido entre nosotros donde hay millones de musulmanes, formados en nuestras escuelas y universidades, de los que una parte son proclives a la radicalización. Ya hay zonas de Bélgica, Francia, Suecia y Alemania donde apenas hay ciudadanos blancos occidentales. Hemos interiorizado que el Islam ya es parte de Europa como ha sostenido Merkel. Esta radicalización en choque con la sociedad occidental los lleva a odiar nuestros valores entre los que están la tolerancia, la libertad, la democracia. Nos podemos fustigar y decir que los hemos segregado en guetos como las banlieus de París o Marsella, que la sociedad francesa no se ha abierto a ellos. Podemos seguir enarbolando banderas de paz y amor, pero hay algo que está pasando en nuestras fronteras. Y no es tranquilizador. Más bien es aterrador. Estamos en una espiral diabólica porque hagamos lo que hagamos nos equivocamos. Si no hacemos nada, es suicida; si hacemos, generamos más conflictos y más guerras en un área terriblemente ardiente –el oriente medio-, si sigue creciendo la islamofobia como es inevitable, los sectores del Islam en Europa tendentes a la radicalización crecerán por sentirse rechazados; si seguimos acogiendo a millones de musulmanes, que llegan a nuestras fronteras, en veinte años es posible que seamos sociedades ya del tercer mundo y en las que rija la sharia. Cada musulmán tiene siete u ocho hijos frente a los dos o uno que tenemos los occidentales. Si tienen varias mujeres esto se dispara a veinte o veintidós hijos. ¿Forma parte de un plan de ocupación de Europa por todos los medios? Daesh conoce nuestra psicología y nuestro miedo, así como nuestra comodidad, nuestros complejos, nuestras contradicciones. Son expertos geniales en marketing audiovisual. Cuando degüellan a un prisionero y cuelgan espantosas imágenes saben que no querremos creerlo, que pensaremos que no nos atañe a nosotros. Nosotros vivimos en un mundo libre y tolerante en que estas cosas no pasan. ¿No? Los atentados de París y el miedo que se ha extendido en toda Europa a pesar de nuestros servicios de información, antidisturbios, y nuestros ejércitos, son pruebas evidentes de que la guerra de Siria ya está aquí. Creíamos vivir en Disneylandia y ahora vemos que lo que está sucediendo allí, también sucede aquí.  Daesh ha nacido en Europa. Exportamos combatientes islámicos y luego vuelven dispuestos a liquidar esto. A bombazos, por medio de la multiculturalidad, por medio de la natalidad, por medio de nuestros miedos, por medio de nuestros complejos de culpa, por medio de nuestras zonas de confort, de nuestra civilización débil cuya única aventura semanal es ir a Mercadona y Primark. Pero ellos están dispuestos a extenderse, a crecer, a dinamitar nuestras seguridades y valores.

Estos días me daba una impresión de ingenuidad totalmente naïf el canto de la Marsellesa en Wembley, las dos cámaras legislativas francesas reunidas para también cantar el himno francés, el chiste de El Roto contra las bombas... Y mientras ellos, cada vez más, inmunes a la crueldad que nosotros querríamos que no fuera de mal gusto, y centenares de miles de musulmanes llegando a Alemania, Suecia, Francia, Reino Unido ... tierras que no podrán satisfacer todas sus demandas de bienestar inmediato puesto que creen que llegan a lugares en que todo el mundo es rico y ellos exigirán inmediata y violentamente sanidad, escuela, vivienda, trabajo ... y cuando no sea posible, nos odiarán, odiarán nuestros valores y nuestra democracia.


Esta es la encrucijada en que estamos.

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