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viernes, 27 de febrero de 2015

El valor de caminar


Ha llegado un tiempo que ya anuncia la primavera. Y comienza mi temporada caminante. Cada fin de semana preveo hacer una caminata que me ocupe aproximadamente unas diez horas de travesía, lo suficiente para agotarme y sentir el placer del cansancio físico como estado espiritual. Comencé a caminar a los quince años. Un cura del colegio donde estudiaba nos habló de una marcha de cincuenta y cinco kilómetros al castillo de Javier (Navarra) partiendo de Noaín. La idea en seguida me cautivó pero me encontré con una negativa paterna y materna radical. Aquello fue origen de un conflicto bastante fuerte en el que se impuso al final mi aspiración a realizarla. La primera realidad es que comencé a andar como acto de desobediencia. La marcha fue por la noche. No estaba preparado para ella ni llevaba buen calzado. Mis pies se llenaron de ampollas. Al llegar a Javier no lo tuve como un destino religioso. Por supuesto no comulgué pero sentí un íntimo premio que me llevó a añorar de nuevo sentir las mismas sensaciones. De universitario me aficioné a excursiones por el Pirineo aragonés. Algunas de ellas tan formidables que forman parte de mi educación sentimental. Travesías de diez y doce horas que me dejaban en un estado próximo a la extenuación. En algún caso incluso me subió la fiebre. Descansaba y al día siguiente todo era nuevo. El sol salía e incendiaba los paisajes nevados llenándolos de luz y color. Mi ánimo se sentía unificado y yo, tras haber sufrido, me hallaba bien dentro de mí. Frente a la dispersión que ha sido mi vida, el caminar ha sido, he constatado, una poderosa fuerza de unificación.

Para el que sigue este blog, he referido mi estancia en Las Alpujarras de Granada un invierno-primavera de 1987. Allí pasé dos meses en una de las experiencias más ricas de mi vida. Me recluí en Los Bérchules acompañado de una gran caja de libros con el ánimo de escribir un diario de lecturas y de caminatas. Así hacía excusiones de treinta kilómetros recorriendo las Alpujarras en una dirección u otra. Lo curioso es que guardo una sensación de proximidad sentimental a aquellas caminatas que me parece estar contemplándolas desde la cercanía aunque han pasado casi treinta años. Siento el aire de las montañas en mi rostro cuando evoco aquel tiempo de desolación y ejercicio físico.

Nadie me enseño a andar. Tampoco a leer. Pero han sido dos vocaciones profundas que me han acompañado siempre. Caminar me llena de felicidad, aunque sufra. He leído libros en que relacionan el caminar con la filosofía. Me atraen los escritores que han sido caminantes, que han seguido senderos y subido montañas. Me parece una vinculación extremadamente provechosa. Caminar nos aleja de la vida burguesa. Nos devuelve a nuestra elementalidad, nos unifica con el alma. Hay incluso veces que he entrado en una especie de éxtasis en el caminar devorando los kilómetros y he cruzado valles y aldeas gallegas sin sentir ya el esfuerzo a pesar de llevar andados más de cuarenta y cinco kilómetros. He andado el camino de Santiago en múltiples ocasiones, solo y acompañado. Guardo un poderoso recuerdo de cada una de estas ocasiones. El caminar hace el mundo nuevo, me serena, me llena de vitalidad, me mantiene ágil mental y físicamente. Cuando camino solo hay que poner un pie tras el otro y ya está, es sencillo. Y dejar pasar el tiempo. Y se llega adonde sea. Puede que sea monótono pero nunca es aburrido.

Me gustaría sustituir un año mi asignatura por un travesía del Camino de Santiago junto a algunos de mis alumnos. Sé que no les gusta caminar. A ninguna de mis hijas les gusta caminar. Es algo que tiene que salir de uno mismo, no sé por qué. He hablado estos días a mis alumnos de bachillerato de mi vocación de caminante. Tal vez era bueno que lo oyeran alguna vez en un tiempo en que los jóvenes no suelen caminar. La mayoría de los senderistas son personas mayores. Suelo caminar acompañado de un GPS que me orienta por los caminos de montaña. Puede ser muy desagradable estar solo y perderse en los vericuetos de alguna sierra. En los últimos años me he enamorado de la sierra del Garraf (Barcelona). La he cruzado de una y otra forma en múltiples ocasiones. Siento, cuando entro en ella, que es un territorio metafísico: austero, sobrio, elemental, desolado. Me gusta su aridez. La siento en consonancia con mi espíritu que va apoyando uno y otro paso en la redondez de la tierra, en la firmeza del suelo que me sostiene. Mi respiración se acompasa y, aunque siento agotamiento, me encuentro en un estado próximo a una felicidad inconsciente que me hace percibir el mundo de modo armónico. El caminar da ocasión de que surjan poderosos pensamientos en la mente. Hay que dejarlos pasar. A veces son oscuros y se retuercen atormentándonos. Solo hay que concentrarse en los pasos, uno tras otro. Y mirar el paisaje que va cambiando lentamente. Tal vez detenerse para beber agua o para hacer una fotografía. No tener prisa. Todo da igual. No hay nada que hacer salvo caminar, ir hacia delante, mirar el cielo, las nubes cambiantes, el sendero. Y sentir que el mundo está bien hecho. Hay tantas veces que advertimos que no lo está... que percibir en una actividad física que existe también la armonía y el equilibrio no es baladí.


Siento emoción por la caminata que haré mañana, y luego ese cansancio muscular que me lleva a acostarme y descansar profundamente. Tal vez ver una película sintiéndome feliz de haber existido, de poder haber sido caminante y lector, mis vocaciones primigenias que nadie me enseñó. Surgieron de mí. Estaban dentro de mí.

martes, 24 de febrero de 2015

El abandono de la infancia

                                                        Pintura de Margaret Keane
Para Ana María Matute, autora de la que estamos leyendo en bachillerato su libro Luciérnagas (1947, finalista del premio Nadal), la infancia es un periodo cenital de nuestra vida. Y su abandono, una tragedia. Esa es la adolescencia, un periodo trágico donde se encuentran muchos de sus personajes. La autora barcelonesa dice que ella se quedó fijada en los doce años (1938), la edad que tiene Sol, la protagonista de la novela en el comienzo de la narración. Mis alumnos tienen en torno a los dieciocho años. Ya están al otro lado más bien, de esa turbulencia dolorosa que es la pubertad y la adolescencia, periodo en que uno se aleja definitivamente de la niñez. Ya no hay remisión. Probablemente ese sea uno de los aspectos más violentos y oscuros de nuestros alumnos, inmersos en un cruce de mundos e inyectados de hormonas en una especie de montaña rusa emocional. Hoy he querido hacerles reflexionar sobre ese abandono obligado de la niñez, sobre ese ser que eran cuando tenían seis años y preguntaron a su padre si él moriría también. O dos o tres años cuando descubren que existe la sombra que les persigue bajo el sol. O el instante en que advierten que el reflejo del espejo son ellos mismos. Son momentos plenamente filosóficos de una intensidad tal, en un niño todavía no marcado por los estereotipos, que raramente se vuelven a producir con la misma fuerza. Los niños son puros, incontaminados todavía por el mundo de los adultos. Cuando digo puros no quiero decir que no puedan ser malvados y crueles: hasta extremos que ya  no queremos recordar. No hay maldad que  no anide en la mente de un niño. Cuando digo puros me refiero a que su universo mental todavía está limpio de la hojarasca que tenemos los adultos: ambigüedad, medias verdades, mentiras, pragmatismo, acumulación de tópicos, rencor, envidias ... esa turbiedad que constituye el mundo moral en que hemos de debatirnos en el interior de tremendos dilemas morales. A los niños les decimos que han de ser generosos y compartir con sus amigos pero nosotros no lo hacemos. Les hablamos de justicia pero como adultos somos indiferentes a la desigualdad que existe en el mundo y a mil dramas que nos rodean. Tal vez no todos, claro está.

El caso es que es un drama salir de la infancia para adentrarse en el mundo proceloso de la adultez. Quien no recuerda poderosamente su infancia como un periodo de un magnetismo perturbador es que no vivió la infancia como tiempo mítico. Puede ser. No puedo extender a todos los que me leen lo que yo recuerdo de aquel tiempo y que me lleva a coincidir con Ana María Matute en su consideración de aquello. Ella se quedó en los doce años. Luego posteriormente arrastró una depresión de veinte años. Sus primeras novelas son tristes, llenas de pesimismo. Entiendo que el pesimismo es una demostración de inteligencia. El optimismo es, por contra, simple química del cerebro, no una conquista de la razón. Me atraen los autores pesimistas. Siempre logran alegrarme el día. Por eso el mundo de Matute me gusta especialmente en su fase realista, cuando vivía con desgarro ese proyección de su drama en sus personajes adolescentes. Tras la depresión se vio subsumida en un universo fantástico que no llegó a interesarme tanto. Fue su modo de retornar a la infancia. Siempre fue una niña, una fabuladora extraordinaria.


Mis alumnos se han sentido atraídos por la novela que empezamos a leer. Han manifestado que efectivamente les costó dejar la niñez, quién la va a querer dejar, me dicen. No son invenciones mínimas los personajes de Peter Pan de Matthew Barrie, el niño que no quería crecer o la moderna recreación de J. D. Salinger en su inolvidable El guardián entre en centeno en que el adolescente que siente náuseas por el universo adulto es Holden Caulfield. El autor de esta novela proyecta en ella la angustia y el miedo que pasó en su participación en la segunda guerra mundial pues estuvo en las batallas más duras y terribles tras el desembarco en Normandía (Las Ardenas, el bosque de Hürtgen)  y posteriormente su encuentro con el campo nazi de Dachau. Tras ese mito de la niñez como espacio mágico puede haber mucho dolor ante el hecho de crecer y descubrir la textura moral del mundo real. Para ello nos hacemos adultos y hemos de convivir con nuestras contradicciones si es que llegan a serlas. Hay muchos adultos que no tienen contradicciones. Esta claridad siempre me ha parecido temible. Igual que me inquietan todos los hombres públicos que alardean de que no tienen nada de que arrepentirse y de que se hallan muy tranquilos. Ayer Pujol en el Parlament lo hizo. Dijo que estaba muy tranquilo. Supongo que tiene motivos para saber que nada llegara a nada en la comisión de investigación. Esto es ser adulto: afirmar que no te arrepientes de nada y estar tranquilo. Yo, sin embargo, no lo veo así. A mis seis años ya me quedé fijado como persona. Y todo lo que ha venido después ha sido desarrollo de aquel boceto inicial. En ese sentido puedo entender muy bien a Ana María Matute, su personalidad, el sentido de su narrativa, su tristeza primigenia, su atracción por los adolescentes y los niños: su malestar, su búsqueda de un mundo puro, no adulterado por parte de algunos y otros ya definitivamente inmersos en la turbiedad del tiempo que inevitablemente ha de venir.

martes, 17 de febrero de 2015

Una jornada docente


Una jornada de un profesor es algo especial. Sobre todo si este quiere disfrutar con sus clases haciendo de ellas algo creativo y motivador. Pero el estrés está asegurado. Una jornada que comienza a las ocho de la mañana con dos horas de correcciones y preparación de materiales en el departamento. Luego a las diez comienzo mi periplo docente. Clase de segundo de ESO. El último día estuvimos hablando de la narración, elementos de la misma, tipos de narradores... Plas. Clase como reto. Un texto sin referencia de a quién pertenece. Lo leemos en voz alta. Tienen que localizar a qué obra pertenece, el autor, año de publicación, país de origen, y contestar diversas cuestiones sobre el tipo de narrador, el espacio y el tiempo de la novela. El fragmento es el comienzo de “El guardián entre el centeno” de J.D. Salinger. Ellos tienen un portátil. Que se espabilen. Se trata de ser buenos investigadores y capaces de aplicar la lógica y la conexión de datos que fácilmente encontrarán enseguida. San Google contiene todo. Una alumna lo había leído el año pasado. Los demás localizan fácilmente la autoría pero se desconciertan cuando han de aplicar la lógica, incluso los más estudiosos. El premio de esta prueba es a los tres mejores investigadores y capaces de enfrentarse a un problema intelectual. Silencio durante toda la hora. Concentración. Alguno dice que es muy fácil. Veremos.

Clase de primero de ESO con alumnos de necesidades educativas especiales. Ritmo muy lento. Algún problema de disciplina al principio. Luego consigo ponerles a trabajar. Las diferencias de rendimiento son extremas. Algunos culminan la tarea de reconstruir 26 frases desordenadas y otros ni siquiera han llegado a la segunda o tercera. Olvidan continuamente las contraseñas para entrar en su cuenta de Edmodo. Buen ambiente al final pero las diferencias entre ellos son muy grandes. Alguno apenas pergeña el castellano.

Breaktime para el café. Profesores abducidos por los móviles. Necesidad de desconectar. Frivolidades, bromas, confidencias sobre el pirateo de películas, Dunia sonríe enigmáticamente, en la  tele hablan de el Pequeño Nicolás que se ha ido sin pagar, un simpa que le llaman. No entiendo que un mindundi como este muchacho puede llenar tantos espacios de televisión y, sin embargo, no hablan de la poesía de Pessoa, o de la historia del sexo de Foucault.

Clase de bachillerato. La novela de los años cincuenta. Dar clase de bachillerato es lo más fácil que existe. Hablas de lo que sabes y te escuchan. La resistencia al franquismo. Escribir entre líneas para pasar la censura. La España de la posguerra. Imágenes de multitudes –les proyecto- con el brazo en alto y cantando Cara al sol. También les pongo L’Estaca de Lluís Llach. Les digo que no crean que España era antifranquista. El ochenta por ciento de la sociedad solo quería pan, paz y trabajo y Franco se lo dio tras una guerra demoledora. Franco murió en la cama. No fue derrotado. Rememoro el tiempo en que yo era militante de extrema izquierda cuando tenía su edad. Tenía sex appeal irse a trabajar como obrero siendo universitario. Mis trabajos como camarero y en la construcción. La novela social tiene una intención crítica pero los obreros no leían novelas. Los escritores (Aldecoa, Ferlosio, Goytisolo, Ferres, Matute, Fernández Santos...) son de clase media bien situada. Le dan al pimple y Ferlosio a las anfetaminas. Aldecoa muere joven de cirrosis. Le gustaban demasiado las tabernas. Vivía entre Canarias y Nueva York. La literatura de los años cincuenta se inspira en parte en el neorrealismo italiano. Me gustaría ponerles una película para que lo conocieran. Pero no hay tiempo. Es una mentira que todos los catalanes fueran antifranquistas. Las tropas de Yagüe entraron en Barcelona entre el delirio popular para poner fin a la guerra. La represión antirreligiosa alejó a muchos catalanes de la república. Ana María Matute no es fácilmente clasificable. La novela que hemos de leer es suya: Luciérnagas. La guerra civil en Barcelona. Un cronotopos. Matute no nos habla de buenos y malos. Es el drama colectivo lo que se recrea en esta novela. Fue censurada esta novela por su ambivalencia. Les pondré imágenes grabadas con la escritora. Les cae bien. Era encantadora. No era maniquea. Nunca se definió políticamente. Fue su gran acierto. La guerra civil no es una historia de buenos contra malos. Es una tragedia terrible de un país cainita. Y no aprendemos. Nunca manipular. Saben que fui comunista. Me preguntan si todavía lo soy. Siempre decirles la verdad. No, no lo soy. Pero a los dieciocho años necesitas –entonces- cambiar el mundo. Ahora quieren ser ricos. El dinero no da la felicidad pero produce una sensación tan parecida que es difícil de distinguir. No sé si es de Groucho Marx. Pero yo era marxista del otro lado. Ya no. No creo que el mundo pueda ser cambiado, pero esto nunca se lo confesaré a mis alumnos.

Última hora. Ciclo de cine y valores humanos para tercero de ESO. Proyección de la película El milagro de Ana Sullivan. Un filme extraordinario de Arthur Penn. Es un cine reflexivo en blanco y negro, lento. Pero a muchos les gusta esta película, otros están inquietos porque querrían más acción y color. La primera de la serie fue Capitanes intrépidos de Victor Fleming. Luego les proyectaré Matar a un ruiseñor también en blanco y negro dirigida por Robert Mulligan. Posiblemente también les pasé El niño salvaje de François Trufaut. No quiero ponérselo fácil. Tienen que habituarse a ver buen cine, del que hace pensar. Ese es mi objetivo. Hacerles pensar. Me piden una peli de terror. He pensado pasarles La noche de los muertos vivientes de George A. Romero, también en blanco y negro. Después de la peli hay un foro de debate sobre la misma, una especie de cine fórum, como antes. Cine cinco estrellas. Cine duro y potente.


Fin de la jornada. Vuelvo a casa. Han sido seis horas y media de no parar. Pero estoy contento.

sábado, 14 de febrero de 2015

El éxito de Cincuenta sombras de Grey


Cincuenta sombras de Grey está escrito por la autora E. L. James un seudónimo que encubre a una guionista de televisión que se inspiró en un principio en la serie de Crepúsculo para distanciarse de ella e individualizarse posteriormente. La novela se convirtió desde su publicación en 2011 en la obra más rápidamente vendida (diez millones de ejemplares en seis semanas en Estados Unidos) de la historia, más que Harry Potter. Hasta ahora se han publicado unos treinta millones largos de ejemplares en 37 idiomas. La saga consta de tres novelas que no destacan en ningún caso por su estilo literario. Sin embargo, su éxito es incontestable. Como una saga de autoayuda erótica ha sido calificada esta novela de pornografía suave que desarrolla el mundo del BDSM (Bondage + Sado + Masoquismo) entre Anastasia y el rico empresario Grey que le impone una relación documentada en la que ella debe aceptar el papel pasivo de la sumisión, comprometerse a dejarse ser atada, no mirarle directamente a los ojos, no comer alimentos determinados, permitir ser penetrada en rituales de sumisión que no dejan de tener una aura de romanticismo por la relación que se establece entre ellos. A ello se une que ella no puede hablar a nadie de lo que está viviendo por un contrato de confidencialidad. En esta compleja relación en la que el aspecto sentimental está proscrito, surgirá lentamente el amor entre los dos protagonistas.


La pregunta es por qué seduce a mujeres cultas, casadas y jóvenes universitarias esta novela. Hay quien ha sostenido que es una novela agresiva con la condición femenina a la que reduce al papel de sumisión ante el poder masculino, una relación que es consensuada que quede claro. En esta dirección se ha considerado esta narración como un arma más del machismo para someter la imaginación de la mujer. Desde otro punto de vista se ha enjuiciado como todo lo contrario: como una novela escrita para este tiempo desde el punto netamente femenino, desarrollando una imaginación liberada de la perspectiva masculina que es la que dominaba en el porno. Efectivamente, en los últimos años hemos visto cómo se abrían locales de juguetes sexuales, ropa interior, y estética apta para las mujeres, no como las sórdidos sex-shops a los que acudían exclusivamente hombres. Estos boudoirs son otra cosa. Son delicados y románticos. Y la realidad es que cada vez más mujeres utilizan juguetes eróticos que se han desprendido de la carga negativa que pudieran tener en otro tiempo cuando se llamaban despectivamente “consolador”. Cincuenta sombras de Grey no es una obra literaria en el sentido clásico –está pésimamente escrita y solo utiliza estereotipos- pero sí es una obra sociológica de alto interés que muestra por dónde va la imaginación femenina que se siente seducida por escenas bondage que pierden su componente marginal y enfermizo. El erotismo se basaba en estereotipos masculinos. Con esta obra, las mujeres casadas se despiertan a otro tipo de relación con galanes de ensueño que juegan con ellas a papeles de dominación. Nuestra moral puritana sale y nos lleva a denostar este fenómeno con desprecio como pornografía suave para mujeres casadas mayores de treinta años. Me pregunto si nuestras féminas están cansadas de una relación real que ofrece escasos resquicios para la imaginación. El sexo es fundamentalmente imaginación. El sexo reproductivo sirve efectivamente para traer niños al mundo y todo el mundo sabe cómo se hace. El sexo en su dimensión tántrica es un juego en el que cabe todo lo que tiene que ver con la identidad y el placer dilatado. La pulsión masculina es demasiado rápida. Prescinde del juego erótico, de un escenario y una atmósfera apropiadas. En el sexo se puede jugar con la identidad, con los deseos ocultos y condenados por las ideologías. Una mujer puede desear con vehemencia que se la llame puta y vestirse como tal. Y desear serlo intensamente para la imaginación de un hombre que puede gozar golpeándola si ella lo desea. ¿Habría que sentirse culpable por desear unir el dolor al sexo? Hace años que vi El imperio de los sentidos de Nagica Oshima, película que fue prohibida en Japón. En ella se establece una relación de entrega total y de sumisión de ambos que alternan sus papeles, incluyendo el dolor más extremo, llevado al límite. 

El sexo es un misterio, pero la imaginación masculina es en general pobre. No lleva al extremo el juego por su urgencia eyaculatoria. Tal vez en esta serie y esta película que van a ver masivamente las mujeres hay una reivindicación del sexo misterioso, de ese que prolifera en internet, de ese que establecen algunas mujeres con hombres dispuestos a satisfacer sus fantasías. Y es que tanto juego es la dominación como la sumisión. Hay muchos hombres poderosos que van a salones donde dominatrices les golpean y los someten a pesar de ser en la vida externa ejemplos de poder sin límites. No caben moralismos al respecto. Cincuenta sombras de Grey no es una obra literaria que puede satisfacer a los lectores cualitativos. Pero sí que es un compendio de nueva moral femenina que se aleja de los cánones de la moral y la estética masculina. Eso sí, dudo que las mujeres que van a ver estas películas y leen estas novelas pueden poner en marcha sus fantasías con sus conjuntos. El problema es que se conocen demasiado. El conocerse demasiado es letal para la fantasía. La clave de Cincuenta sombras de Grey es que los protagonistas son dos totales desconocidos que van intimando mediante el juego del sexo. Cuando se conozcan demasiado, se acabará el juego y se hará rutinario pues todo tiende a la rutina cuando se perpetúa en el tiempo. Probablemente podrán compartir más con sus amigas sus fantasías que con sus parejas. 

jueves, 12 de febrero de 2015

Belén Esteban y Emma Bovary


Me gustan las charlas de mi departamento de castellano cuando no tienen que ver con temas académicos. Hay un ambiente propicio al intercambio de pareceres y de puntos de vista. Hoy en unos minutos hemos conversado sobre algo de lo que me gustaría dejar constancia. Una de los miembros más activos del departamento por su intensidad como profesora, su buen hacer y su dimensión humana, vamos a llamarla Dunia, ha comentado que ella veía programas como Gran Hermano VIP donde aparece la ínclita Belén Esteban y demás famosetes que se ganan la vida generosamente por la enorme audiencia que despiertan. Dunia explicaba que no veía contradicción entre ver Gran Hermano y Telebasura y a la vez leer a Ortega y Gasset o La montaña mágica de Thomas Mann. Ha aducido la película de Nanni Moretti, Caro Diario, donde aparece un personaje intelectual que no ve la televisión nunca y solo lee prolijas obras densas y profundamente ideológicas. Sin embargo, creo recordar que en un viaje por azar se pone frente al televisor y ve por primera vez una serie de aquella época, no recuerdo cuál, pero es de suponer que es un culebrón de esos inaceptables para una cultura refinada. El intelectual, en cambio, se queda fascinado por esos personajes y cree ver rasgos de obras maestras que él ha leído y conoce bien. Curiosamente, el otro día mi hija Lucía de quince años me comentaba que estaba leyendo La casa de Bernarda Alba de Lorca, pero que le resultaba conocida pues había visto toda la serie de Puente viejo donde encontraba la misma estructura de una madre dominante, unos hijos rebeldes, etc. Yo no soy de los que ven la tele. No lo hago. No he visto nunca Gran Hermano VIP, pero creo que si lo viera me quedaría fascinado. Me pasa cuando alguna vez he visto de refilón algún retazo de programas del corazón donde se exhibe la vulgaridad en estado puro sin ningún recato. Y, en efecto, me quedo absorbido por esas mujeronas cincuentonas o sesentonas, cargadas de maquillaje, subidas de quilos, que gritan y hablan sin ningún freno sobre las banalidades más increíbles de las vidas de los personajes llamémosles populares. A estas señoras se unen otros llamados periodistas que ejercen su profesión de desnudamiento de intimidades ajenas con una convicción que raya la obscenidad. No puedo verlo mucho tiempo seguido. Me abruma. Entiendo que esa contemplación de la grosería y la vulgaridad tiene un componente adictivo. Cuentan en sus biografías que J.D. Salinger era en su encierro y exilio voluntario un fanático de la telebasura, y se pasaba mucho tiempo al día viendo programas de este tipo donde se recrea la humanidad en sus registros más elementales.

No he contestado a Dunia sobre su capacidad de armonizar la lectura de Ortega y Gasset y la visión de GH VIP, pero me ha hecho pensar. Ella expresaba que era una especie de descarga, de liberación, tanto como el fútbol al que es aficionada y que cree llevar en la sangre. Me he preguntado sobre qué siento cuando veo o leo revistas del llamado corazón. Las hojeo en la espera del dentista. Veo las vidas de esos personajes, sus casas, sus vestidos de fiesta, sus aniversarios, sus natalicios, sus duelos, que proyectan la imagen de que su vida es igual de vulgar que la nuestra. Las veo envejecer, deteriorarse, creerse atractivas, pero uno se da cuenta de que es pura fantasmagoría. ¡Qué prodigio contar trivialidades sin ninguna originalidad como si fueran trascendentes!

Me gustaría saber qué porcentaje de la vida de Dunia está en Ana Karenina o cuánta en Belén Esteban. Cuánta en La deshumanización del arte orteguiana y cuánta en los programas del corazón. Cuentan que Galdós era muy mujeriego y que le gustaban las Fortunatas, mujeres del pueblo, sin cultura, propias del Madrid cañí, pero rebosantes de vida e intensidad como la que expresa Malu para las peluqueras. Luego tuvo relaciones con Emilia Pardo Bazán, suponemos que en un registro mucho más refinado. No tenemos las cartas que envió Galdós a la Bazán, pero si tenemos las que ella envió al escritor canario y donde le llamaba “Miquiño” y “amado roedor mío” y ella le decía que era su rata y que lo quería con toda su alma. Gracias a esta dualidad de Galdós pudo concebir personajes populares como Fortunata y otras tantas mujeres de la calle, llenas de sentimientos intensos o apasionados, tal vez faltos de la exquisitez de otras mujeres mucho más cultas y de clases más pudientes. La vulgaridad es una parte relevante de las cosas. Sin ella no somos totalmente de nuestro tiempo. El desafío es retener lo vulgar y llevarlo hacia arriba. Ver en esos personajes que se agitan en los programas del corazón seres de carne y hueso que viven, sienten, respiran, aman, se traicionan, se retuercen, envejecen con dolor, enferman, cagan y mueren, exactamente igual que los más literarios y profundos. La vulgaridad ha estado presente en la historia del arte. Las novelas de folletín son el contexto necesario de la gran literatura del XIX que bebe de ellas. Hoy solo recordamos a Flaubert, Stendhal, Dostoievski, Dickens, Galdós, Eça de Queiroz, pero hubo en ellos una suerte de acercamiento a los sentimientos más populares y se nutrieron de historias sórdidas, apasionadas, sangrientas, lujuriosas, sacrílegas, vulgares. Otra cosa es lo que hicieron luego con ellas, llevándolas, desde esa alfaguara elemental, a los más altos sentimientos.

Y nuestro tiempo se ha acercado a la vulgar de forma clarísima. El que vive en una urna de cristal separado de la vulgaridad de la realidad lo puede hacer legítimamente, claro está, pero no podrá acercarse al íntimo latir de este tiempo repleto de grandeza y podredumbre, de exquisitez y vulgaridad, de redes sociales que son patios de vecindad donde encontramos toda suerte de banalidades al lado de grandes pensamientos de los artistas y pensadores más elevados.


Tal vez Dunia pertenezca a ambos mundos y eso sea lo que le permite acercarse con tanta eficacia a sus alumnos salidos de la calle, de pisos agobiantes, de familias desnortadas y contrahechas, de sentimientos arrebatados y desgarrados, de penurias económicas, de huidas, de emigraciones, de bailes agarrados, de palabras norteñas cargadas, como hoy me decía una alumna refiriéndose a Don Juan, de promiscuidad.

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