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miércoles, 10 de junio de 2015

Vomitad sobre los viejos maestros


Soy profesor, he sido profesor durante muchos años, pero no me identifico con “ser un profesor”. Considero que es algo accidental, casuístico. Yo quería ser periodista como ya he explicado alguna vez, pero no pudo ser. Tengo este blog para dar salida a mi magma interno, a mis degluciones atípicas. He sido profesor y he visto pasar promociones y promociones de alumnos por el aula. Y no he sentido la más mínima emoción cuando dejaban el instituto, y no se ha apoderado de mí la melancolía, esa punta que nos puede invadir por su marcha a otros derroteros como la universidad. Soy de lo más insensible. Y si me los encuentro luego, no pretendo que  recuerden especialmente nada de lo que aprendieron conmigo. Si acaso, a ser ellos mismos. Y si alguno recuerda con especial reverencia lo que fueron las clases, apelo a Thomas Bernhard para recordarles que los maestros solo valen para ser asesinados, como el padre. Y añado para mí que esa devoción por los antiguos maestros si soy yo el recipiendario, me parece abominable. No quiero ser maestro de nadie.  Detesto esa función, así que esas efusiones sentimentales no van conmigo. Mi posición no será comprensible si no explico que lo que quiero es encontrarme con ellos en pie de igualdad, tanto como cuando soy profesor como después cuando me los encuentro por la calle. No pretendo tratar a mis alumnos como inmaduros e incompletos. No, si puedo quiero establecer un diálogo fructífero en el que no estoy arriba, salvo porque tengo algunos datos más. Pocos más. O muchos más. Da igual. Quiero alumnos que tengan su propia visión de las cosas y que me recuerden especialmente como uno más, críticamente, desapasionadamente, con desapego. El único apego que aprecio es el que se tiene uno a sí mismo y aun este es cuestionable.

¿Mis clases? Aciertos y fracasos. Grandes descubrimientos y errores a mansalva. Es como una escritura inarmónica, en la que existe un qué pero falla el cómo en multitud de ocasiones. Borrones, a veces apoteosis y otras simas. No tengo una caligrafía bien formada. Me gusta esa disarmonía, ese íntimo desasirse de lo habitual, ese buscar lo imposible en lo dado. Nunca caminos trillados y seguros. Siempre acciones en descampado, sin protección, bajo el sol o la luna grande. Eso supone grandes posibilidades de equivocarse al elegir el camino que lleva a la colina. Con esa búsqueda me gustaría que se quedaran los chavales a que he dado clase. Han de conquistar su colina, cada uno la suya, y enviar al capitán que fue un día su profesor al pozo de las cosas inservibles para encontrarse con él como un amigo, sin melancolía del pasado fuera el que fuera. Y si alguno lo recuerda está el vómito. ¡Vomiten sobre los profesores del pasado! Ese vómito será la mejor prueba de que se está en camino correcto. El vómito es proteico, vitamínico, fertilizante. Lo realmente estéril es la admiración, el más banal de los sentimientos. Les aconsejo no admirar a nadie. La admiración es peligrosa porque supone comparar tu vida con otra, y eso es abyecto. Sé que con esto algunos disentiréis y hablaréis de la admiración sana, el reconocimiento de lo que otros han hecho. Puede que algunos hombres sean especialmente interesantes, dejémoslo allí. Pero ese colocarlos en un pedestal no es lo mío. La inteligencia es azarosa. Se tiene o no se tiene. El CI es inmotivado. Y la capacidad para el esfuerzo probablemente sea totalmente genética. Si unimos inteligencia y tenacidad, tendremos siempre frutos interesantes. Y el ser un genio es algo que es un don que algunos tienen porque sí, no porque lo hayan merecido. Ya me hubiera gustado ser un Shakespeare o Thomas Bernhard para vomitar a gusto con mi escritura. Claro que los valoro. Sería necio no considerarlos como muy valiosos. Pero si alguna vez hablara con ellos me gustaría hacerlo en plenitud de mi valor, de mi pequeña o gran aventura. Cada uno tiene su aventura. Cada uno tiene su colina que conquistar. Homero, si es que existiótuvo la suya y yo tengo la mía. Y esos seres que son o fueron mis alumnos tienen la suya. Quiero que me cuenten cómo es ese viaje por el río en la oscuridad, esa tensión creativa que es su formación como héroes. Porque creo o quiero creer que todo ser humano es un héroe en potencia. Solo tiene que descubrirlo.

Vomiten sobre los viejos maestros, no se dejen apoderar por la reverencia debida, por el agradecimiento que sienten por lo que les enseñaron. Todo lo llevaban ya dentro. Aquellos maestros tal vez hicieron algo bien que es mostrar el camino hacia la introspección. Así concibo mi labor. Como explosiva, como brutal, como de viejo anarquista al que le gusta todavía poner bombas aunque sea un funcionario burgués que no hace nada especial salvo escribir sobre lo que siente o piensa. Y es que la colina que hay que conquistar está dentro, no fuera. Si conquistamos la colina interior, el paisaje exterior es casi indiferente.

Ayer acabé mi crédito de cine en tercero de ESO. Un muchacho vino y me dio la mano y me dijo que había sido un placer asistir al mismo. Me gustó ese darme la mano en pie de igualdad. No es habitual. Claro que me gusta que recuerde ese ciclo de películas que han visto. Yo apenas he hablado para nada. Pero su mirada se ha posado en obras señeras del cine. Yo he sido un catalizador para educar su mirada. Nada me debe. Pero nos hemos encontrado a gusto. En ese dar la mano hay todo un símbolo que me atrae.



20 comentarios :

  1. Ser profesor significa estar bastante expuesto y es inevitable influir de una manera u otra en tus alumnos. Algunos quizá terminen admirándote.
    Yo recuerdo que en el instituto observaba mucho a mis profesores. Mientras explicaban observaba sus gestos, su ropa, su manera de hablar y trataba de descubrir qué tipo de personas eran. No sé hasta qué punto lo hacía para entretenerme.
    Me quedo con el final. Todo o casi todo lo llevábamos dentro ya. Para mí los buenos maestros fueron una suerte y agradezco haberlos encontrado. Me permitieron crecer, ampliar horizontes, crear debates conmigo misma y con ellos y en definitiva aprender. Probablemente lo que permitió esto fue precisamente lo que dices, me trataron como a una igual, nunca me hablaron como si lo hicieran desde un lugar más elevado. Claro que también hubo algunos que nunca tuvieron en cuenta ni mis argumentos, ni lo que decía y nunca dieron opción al debate simplemente por ser una alumna, por ser menor o quién sabe. Y eso también te enseña.
    La admiración ciega y presupone que el admirado es algo así como perfecto. Me gusta tener referentes, pero también advertir en ellos contradicciones, vicios, miedos, y en definitiva esas cosas mundanas que nos hace humanos e imperfectos.

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    1. Hubo un tiempo en que me dominó la vanidad. Lo reconozco. Me creía superlativo. Cometí graves errores pero también tuve grandes aciertos. Preferiría ahora poder no haber cometido errores, pero estos son inevitables, tal vez estaba programados o eran el contrafuerte de la inseguridad, el miedo. Solo a un miedoso se le ocurre sentirse superior. ¿Superior a qué? Ahora lo veo... En la enseñanza solo me gusta hallar equivalencia entre profesor y alumno. Lo que pasa es que no siempre es posible. Ellos están en plena marea emocional de la adolescencia y eso perturba la visión. Ya pasará. Si alguno se atreve a mirarme en equidad no por ser agresivo o irrespetuoso, sino como compañero de aventuras, entonces la conjunción es preciosa.

      No sabes la alegría que me da leerte.

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  2. El ser humano es un alumno por naturaleza. Estamos hechos para aprender. Mi padre (un pescador amante de la filosofía) me decía muchas veces que el hombre es el único ser sobre la tierra que aprende y evoluciona. Y me ponía el ejemplo de las abejas: Las abejas hacen perfectamente su panal desde que son abejas. No han aprendido ni evolucionado absolutamente nada en toda su historia. En cambio el ser humano, como decía antes, ha venido a este mundo para aprender. Y lo hace toda su vida. Tiene capacidad para ello y morirá aprendiendo.
    Cervantes dejó escrito que hasta de los malos libros se puede aprender. Y yo le doy la razón. El día que un ser humano no quiera aprender, empezará a morirse un poco.
    Otra cosa es focalizar el acto de aprender aquí o allá. No importa. La Naturaleza enseña. Y el hombre aprende casi sin querer. Y poco a poco subimos a la colina que tenemos en nuestro interior. Los hay más diestros, y los hay menos diestros, pero todos, como tú muy bien dices, tenemos nuestra colina. Y cada paso que damos nos produce una gran felicidad.Yo no reniego de nada de lo que he subido. Otra cosa es que pueda mirar hacia atrás con nostalgia, ira, satisfacción o con orgullo.
    Acabo de dar las notas. He regalado un ejemplar de uno de mis libros a cada alumno que ha sacado sobresaliente. Y me he sentido bien. Muy bien, Joselu. Me he sentido cómplice. De verdad. La enseñanza es cosa de dos. Y saber que cada alumno se va a su casa con algo de mí, me produce una felicidad que es muy difícil de explicar...

    Un fuerte abrazo.

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    1. ¿Se puede comprar tu libro en Amazon? ¿Cómo lo has firmado que lo miraré? Miguel... ¿Qué título tiene? Habías hablado de que estabas elaborando un libro pero no te he leído que lo hubieras ya publicado y que se pudiera conseguir.

      A mí lo que he hecho no me produce ya orgullo. Lo veo con distancia. Todo es muy relativo. He podido ser un buen profesor en algún sentido y malo en otro. Cada vez que me he envanecido, he caído abajo. Cada vez que he mirado el pasado con nostalgia, me he sentido atravesado por la flecha de la melancolía. El año que viene es el último. Punto final. Me gusta encontrarme con los alumnos para hablar de lo que son, no de lo que fue. Las clases son una ficción, una ilusión, como todo. Para bien y para mal. Tal vez algo en ellas dé claves o tal vez no. No lo puedo saber. Si ha sido así, que hemos dado algo en la diana, no ha sido mérito nuestro. Ha sido azar. Cada uno tiene una colina que subir. Y un mundo que conquistar. Puedo entender tu felicidad. Ya me gustaría algo semejante: pero soy incapaz de ponerme a redactar en serio. Quizás algo a base de fragmentos.

      Un fuerte abrazo, Miguel y dime algo sobre el libro. Título, tu nombre con apellido.

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    2. La trilogía que he escrito se llama "Memorias del Grao de Castellón" Son tres tomos. El primero está publicado por la Diputación de Castellón. Y los otros los editó la editorial de mi hija ACEN. Son memorias de mi padre que yo escribí según sus enseñanzas. Habla de la intrahistoria del Grao de Castellón del siglo XX.
      Se puede conseguir poniendo el título o poniendo mi nombre: Miguel Senent.
      El nuevo libro que estoy ya casi terminando no tiene nada que ver con el tema. El nuevo libro está dedicado o inspirado en mis alumnos. Y son historias de la Historia que yo les cuento a ellos. Mitología, leyendas de la antigua Grecia y de Roma, historia de los grandes descubrimientos del ser humano hasta la Edad Antigua....(este libro lo estoy escribiendo en valenciano) y cuando esté terminado haré una reseña.
      Un fuerte abrazo compañero.

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  3. Me han gustado mucho tus pensamientos en esta entrada.
    Personalmente no me gusta la palabra maestro. Se utiliza muchas veces con bastante prepotencia. El maestro es alguien que está muy por encima de los seres normales y tiene algo que ellos no tienen...¡Bah! En el zen, que de alguna forma se aprende o (se intenta) a desidentificarse con el ego me he ecncontrado gente que se autodenomina "Maestro zen", pero que luego, a nada que escarbas tiene las mismas carencias egoicas que los demás.
    Cuando volaba, la gente que de verdad sabía (y enseñaba) no hacían ostentación de sus conocimientos, pero había otros que volaban como las piedras vestidos con monos de vuelo, cazadoras e insignias, que daban ganas de cuadrarse.
    Un abrazo
    j

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    1. Lo peor de la palabra maestro, a mi juicio, es que a quien se dedica este apelativo ya se le da por amortizado realzando antiguas virtudes. Cuando se dice de alguien que es un "maestro" o es zen o hindú o es un enterramiento en vida. Me desagrada la reverencia que supone.

      Mi paso por el zen fue también una contradicción. Me encontré con personajes harto desagradables, que se enfurecían fácilmente, que eran incapaces de empatía. Entiendo que el zen es solitario pero no tiene por qué ser antipático. Es decir egoicos hasta extremos sorprendentes.

      Los maestros de verdad son abiertos y no presumen de su nivel espiritual.

      Un abrazo, JJ.

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  4. A mi también me han gustado tus reflexiones aunque disiento con alguna de tus opiniones.Acabo de terminar el libro "Somos nuestro cerebro" y he llegado a la conclusión de que si estamos predestinados a ser lo que somos desde que estamos en el útero de nuestra madre y el libre albedrío es de verdad que no existe no vale la pena calentarnos demasiado la cabeza en esta vida. Estoy aprendiendo cosas ahora, a la "bellea", que me hubiera gustado conocer hace muchos años aunque no creo que hubiera podido cambiar mi destino. ¡Ay la vida, la vida...!

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    1. Jajajajaja, es un viejo debate el que tenemos tú y yo sobre esto en el que me encanta hablar contigo. Conozco y entiendo tus razones. En cuanto al cerebro y la especie de predestinación que supone es un asunto complejo al que se pueden poner muchos peros filosóficos y existenciales, porque esta deducción que hace sobre nuestro destino no deja de ser algo más que científica. Es una teoría sobre la humanidad. Si el ser humano no es libre, si está determinado genéticamente, tal vez la humanidad que es la suma de individuos tampoco es libre y está predestinada a lo que es. Tal vez seamos una suma de predestinaciones en las que a lo sumo nos toca averiguar para qué estamos programados, cuál es nuestro destino. Supongo que se puede hacer bien y hacer mal. En el fondo no me inquieta la idea de programación: coincide con algo que parece concomitante, el karma, el destino, algo que es básico en las religiones orientales. Si yo he nacido para algo, hay que descubrirlo. No necesariamente es fácil. ¡Ay, sí, la vida, la vida! ¡Qué placer la vida en estado contemplativo! El trabajo es una parte pequeña de ella. Pero lo mejor comienza después.

      Un beso.

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  5. Quizás no me recuerdes, soy un antiguo lector tuyo, tuve el placer de intercambiar ideas en la red varias veces contigo en tu blog o en el mío (ya cerrado). Estoy muy apartado de este mundo, pero algunas veces entro en tu blog y sigo leyéndote, merece la pena. Ya no me apetece hacer comentarios pero hoy no me he podido resistir. Magnífica entrada la tuya: A LA MIERDA CON LOS VIEJOS MAESTROS digo yo también. Nunca me he sentido maestro de nada, yo llego allí y hago lo que puedo, les cuento cosas, hacemos cosas, interactuamos, ellos aprenden algo en ocasiones, yo siempre. Mientras, van pasando los años y me voy cansando en la pelea diaria en el aula, me voy agotando en ese contacto humano permanente con adolescentes que te transmiten energía y te la quitan a partes iguales. Intento que ellos no se den cuenta, sigo contando cosas con la mayor pasión posible y vamos tirando. A veces, al final de una clase, un chaval con la mirada encedida, contento, se acerca a mí y me dice que el día de hoy le ha gustado mucho o me comenta algo de su vida diaria relacionado con lo que hemos hablado en el aula, quiere compartir como un igual lo que siente, lo veo contento mientras lo hace, yo lo atiendo y lo hago sentirse importante dando el mayor valor posible a lo que me cuenta. Los dos salimos satisfechos de clase. Lo más bonito que me ha dicho un alumno es "eres buena gente", para mí eso es mucho más que me digan que soy "un gran profesor que enseña mucho y bien". Un abrazo, aunque no escriba comentarios, te sigo leyendo. Salud.

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    1. Claro que me acuerdo, Juan Carlos, de nuestro intercambio. Es una pena que muchos os hayáis retirado del ejercicio bloguero. Guardo en mi corazón y memoria a todos aquellos con los que he compartido un trozo de vida, de reflexiones o ideas. En este momento de mi vida, estoy contigo. Sé que no soy un gran profesor, no puedo pretenderlo. Por otro lado no me atrae esta caracterización como a ti. Lo cierto es que hacemos lo que podemos, lo has dicho bien. Nos vamos cansando y perdiendo el fuego inicial, pero hay veces en que alguien nos hace un comentario amable como el que te hicieron a ti: eres buena gente. ¿Para qué más? Nosotros pasaremos probablemente sin dejar demasiada huella, pero ¿quién la quiere dejar? No hay nada tan ominoso como ese reconocimiento hacia un viejo maestro. Puede parecer muy bonito pero a mí me parece enterrar a alguien en vida. ¡Ah, los homenajes! ¡Qué Alá nos libre de ellos y de las palabras de reconocimiento! A la mierda los viejos maestros. Gracias por leerme cuando puedes o te apetece. Yo no sé qué haría sin este trozo de lugar de libre expresión. Salud.

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  6. Un texto precioso. Uno conquista colinas o rocas, islas o penínsulas enteras. cada uno su afán. Nunca he pensado que un alumno me haya de recordar, pero compartimos parte de la vida con ellos y yo sí los añoro porque, a veces me sorprenden, a veces me enseñan; yo, a veces, aprendo de ellos y eso me gusta

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    1. Es curioso porque hay alumnos que dejan una huella profunda en nosotros aunque hayan pasado veinte o treinta años. Evidentemente no recuerdo a todos, pero hay a veces que me encuentro tras muchísimos años a uno por la calle y recuerdo su nombre y en un flash me viene su historia en relación a mí. Me agrada encontrar a exalumnos y tener con ellos una relación de igual a igual, sin esa reverencia que se debe a un maestro. Sin condescendencia. Yo me he llegado a encontrar en cenas tras veinte años a alguna alumna que me ha puesto a caldo por parecer que me rindo a lo dado cuando ella sigue combativa precisamente por las clases que le di yo. El cazador cazado. Donde las dan las toman. Me gusta mucho la relación de equivalencia con los alumnos. Es la única que me interesa. Soy a veces capaz de comunicar a un alumno de primero de ESO un pensamiento íntimo, que nadie sabe. Y eso hace que nuestra comunicación sea a partir de entonces personal. No los veo nunca en una dimensión diferente a la mía. Esto tiene un precio y no siempre es fácil.

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  7. Vale, Joselu, te acepto la réplica y entono un mea culpa ante mi post altamente sentimental. Es cierto que las promociones vienen y van y al final se confunden en un magma impreciso de caras y nombres. Es cierto que un profesor no debería aspirar a ser recordado por haber estado situado alguna vez en un nivel académico superior. Es cierto que el viejo maestro solo sirve para evocar un tiempo que se fue, igual que la abuela o el gramófono. Sin embargo, creo que el papel de los nuevos maestros, al menos yo lo siento así, ha cambiado hasta tal punto que no es ya ese señor que "todo lo llevaba dentro". No me siento así, no me he colocado nunca -creo- en un nivel de autoridad por lo que he sabido más que ellos -aun cuando lo haya sido- ni por lo que podría representar de modelo para ellos. He tratado de que encuentren su camino y he procurado no contaminarlos con mis aciertos ni con mis torpezas. En ese sentido, creo que quienes me recuerden algún día no será por lo que haya podido decirles, sino más bien por todo lo que me he callado. En fin, que acepto tu réplica y procuraré no destilar más almíbar hasta que confluyan, como en esta ocasión, demasiados elementos sentimentales.

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    1. Me gusta tu réplica. Me recuerda otro tiempo en que los blogs bullían en el intercambio de ideas. Me gusta polemizar contigo, aunque no siempre lo hago. Me resisto a decirte: qué maravilla, qué buen profesor y qué grandes alumnos tienes que te dejarán siempre una huella en el corazón, igual que tú dejarás otra en el suyo. Me resisto. Es un comentario de cumplimiento. El mío era deliberadamente promiscuo y turbio. Contra el sentimentalismo. Sí, es cierto, pero no es que yo no recuerde a mis alumnos y que me sean indiferentes, sino que aspiro a encontrármelos un día y hablar de tú a tú. Me ha pasado muchas veces y creo que puede que lo provoque. Encontrarme a un exalumno que ya no es tal sino que es Esteve o Carles y estar durante dos horas compartiendo experiencias vitales, intimidades, confesiones hondas, sin esa aureola de ser el profesor, el viejo profesor. Me gusta que me den caña, y a veces termino hundido en ese juego. Tengo bastantes exalumnos que son ahora amigos míos. Con uno de ellos salgo a caminar y espero que no me miré nunca con reverencia ni condescendencia o con gratitud sino con dialéctica, humor afilado y tal. Me gusta ser amigo de ellos. Pero no soy sentimental. Soy muy poco, lo suficiente para no desentonar con los que sí lo son.

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  8. Hay maestros. Pero la mayoría nos tenemos que contentar -¡y es mucho!- a poner delante algo que a algunos les motive a aprender más. Ya por sí solos. El maestro es sobre todo eso: el que pone el primer y más humilde peldaño.

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    1. Y tan humilde... a tenor de lo que sucede en la ESO que yo conozco. Pero es nuestra función: poner ese peldaño o mostrar la colina que se ha de conquistar. Para que el maestro pueda hacerlo hace falta un alumno que esté dispuesto a aprenderlo, y eso no es tan sencillo.

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  9. Yo tengo un agudo sentimiento de culpa por lo mal que se lo hice pasar a muchos maestros que tuvieron la desgracia de tenerme como alumno, es decir, el tonto que mira el dedo cuando señala la luna... y muchos otros me parecieron auténticos dómines Cabra a los que les deseé entonces lo peor y hoy lo peor, biológicamente, ya les habrá sucedido... En mi extraña relación con la docencia, porque quien fue expulsado del sistema de niño y estuvo en un tris de ni acabar el bachillerato, acabó dentro de él como profesor, atrapado en una situación que no quiso romper para poder sobrevenir a otras necesidades, jamás me planteé nada relacionado con el modo como había de entenderse mi función. Aspiré siempre a ser "un profesional" que diera a sus alumnos lo que mejor pudiera servirles para su formación desde mi especialidad, y a eso reduje mi labor constante. Lo que no me ha pasado desapercibido nunca es lo mucho que valoran los alumnos el talante de los profesores y cómo esa "buena gente" o ser "un tío cojonudo" o "un tío legal" vale mucho más que ser poco menos que un "setciències". Es posible que los de ciencias deslumbren más y mejor a sus alumnos; pero los de letras, que tenemos que lidiar con sus incapacidades expresivas, acabamos acercándonos a ellos desde una perspectiva diferente, y en la que el carácter individual, la idiosincrasia, juega un papel determinante. Es extraño ser un "coco" que al tiempo sea casi una cocotte que les deslumbre y seduzca con saberes poco menos que miríficos, pero a poco que eso salga con naturalidad, no es difícil dejar un buen recuerdo de sí... Alumno mio ha habido que, a cuarenta años vista, ha recordado una agudeza dicha sin ningún énfasis, mientra que otro ha recordado la insistencia en leer a diario el periódco, y con alguno aún mantengo una amistad de tú a tú forjada en el amor al cine... Maestro se es a pesar de uno mismo, al estilo de la magnífica película de Edward Dmytryk "El hombre que no quería ser santo". No estoy en contra de su existencia, como tampoco me gusta la devoción. Y maestros los hay de muchas clases y a muchos niveles. Lo importante es reconocerlos y aprender de ellos, y conservar lo aprendido. Quien está corroído por las dudas, ahogado en las lagunas de la ignorancia y limitado por la inseguridad raramente puede considerarse maestro de nada ni de nadie, como es mi caso, pero eso no me ha impedido reconocer la existencia de algunos con los que me siento en deuda intelectual, que no tiende a manifestarse, como todos saben, de forma babosa, salvo que se quiera hacer carrera en la universidad, claro está, donde dicha babosería y lameculería es de obligado cumplimiento. Pondré un ejemplo de a lo que me refiero: José Manuel Blecua. Y no digo más.

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    1. Yo no he tenido el placer de conocer a José Manuel Blecua. He oído de su buen hacer y sus conocimientos filológicos pero no he tenido ocasión de saberlo. En la Autónoma coincidí alguna vez con Francisco Rico pero su talante no era el más adecuado para sentirme cerca de él.

      No respondo a tu comentario porque él es suficientemente expresivo para no requerir ninguna puntualización o lo que sea.

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  10. No entiendo tu obsesión por mantenerte a igual nivel que los grandes creadores de la historia. Como si se les pudiera hablar de tú a tú. Como si no merecieran un pedestal.
    Por cierto, en esto eres muy actual, A los nuevos "esculturizados" se los coloca a la altura del turista, para que pueda hacerse la foto dándole una colleja a Pessoa o Gaudí o a quién sea. Para hacernos creer que es uno más, no vaya a ser que nos ofendamos si lo colocan por encima de nosotros.

    "Nadie es más que nadie... si no hace más que nadie" se dice en el Quijote.

    Unas personas tienen más mérito y otras menos. Y nosotros no parece que vayamos a pasar a la historia de nada. ¿POr qué no manifestar admiración por aquellos que sí? ¿Por qué no decir que estaban realmente hechos de otra pasta? O mejor dicho... ¿por qué no reconocer que aún hecho de la misma pasta que tú y que yo consiguieron resultados muchísimo mejores?

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