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viernes, 26 de diciembre de 2014

La isla misteriosa


Yo no era bueno con el balón y preferí los libros. Fue una opción entre dos visiones de la vida algo distintas. No sé si hubieran podido ser compatibles. El que soy es producto del libro y no del balón. Tal vez fue mi torpeza física, mi mente torturada ya desde niño, los que me llevaron a la letra impresa como intento de comprender mi realidad. Mis compañeros se lo pasaban genial a la hora del patio jugando, driblando, tirando a puerta y yo los veía con envidia. No me atraía, me sabía lento y torpe, y me quedaba aislado esperando que acabara el recreo buscando más la compañía de las niñas cuyas conversaciones me atraían más sin ser una de ellas. Mi padre tampoco me llevó nunca a un campo de fútbol ni tenía colores así que no fui ni del Zaragoza, ni del Barça ni del Madrid. Me sumergí en juegos solitarios y no de grupo, dedicaba todo mi empeño en la lectura de tebeos que eran los libros de los niños de aquel entonces cuando aún nevaba y hacía frío. No recuerdo muy bien qué encontraba en aquellas historietas de personajes estrambóticos, pero me atraían. No tuve libros de niño. En mi casa no había libros. Yo no sabía que existían los libros. Puede parecer extraño pero a mí no me regalaron un libro de goma para el baño, ni libros troquelados de páginas gruesas. No. Yo ignoré qué era un libro hasta los once años. Es algo que me sorprende. Sí que conocía la enciclopedia con que estudiábamos en la escuela infantil y los libros de texto del colegio de curas sórdido y gris en que estudiaba, pero no sabía que había otros libros más acogedores. Yo leía, como digo, tebeos, y veía la televisión. En ella aparecían personajes que yo amaba y se me hicieron míos. Así que cuando una mañana de invierno en una papelería alguien me mostró –o tal vez lo descubrí yo, no recuerdo- que había unos artefactos gruesos con ilustraciones y texto con los personajes de mis series televisivas aquello me produjo un impacto que no puedo calificar sino de extraordinario. No podía creer que fuera posible, que alguien hubiera inventado algo llamado libro cuya existencia me era desconocida y que albergara historias como las que a mí me fascinaban en la televisión. Así empezó mi historia con los libros. Ello me hizo fanático de ellos y a la vez me expuso a la crueldad de mi madre. Cuando ella quería hacerme daño, lo que era frecuente, me los tiraba por el balcón o los regalaba. El dolor que sentía era difícil de expresar. Era lo que yo más amaba, lo que me hacía vivible un universo cuyo color era aciago y sórdido. Por algún azar del destino llegué a descubrir una colección en que se mezclaban imágenes y texto, y se me apareció un autor al que quiero rendir homenaje en este post: Julio Verne. De alguna manera llegó hasta mí, no sé como me informé porque nadie me orientaba y en el colegio menos que en ninguna parte, La isla misteriosa. Si yo tuviera que elegir el libro de toda mi vida que he leído con más fascinación sería este. Su propio nombre ya es suficientemente expresivo: La isla misteriosa. Yo no había estado nunca en una isla, pero desde entonces supe que yo viviría en una isla misteriosa y que me cautivarían las islas, hasta tal punto que haya expresado que querría que mis cenizas fueran llevadas hasta una playa de una isla en el Atlántico, La Graciosa, y enterradas allí, junto al mar infinito. La lectura de aquella novela durante el verano de un año de los sesenta me llevó a sumergirme una y otra vez en las aventuras de aquellos náufragos que llegaron a una isla en globo y que construyeron allí su campamento y organizaron su vida levantando un pequeño mundo. Leí esta novela unas veinte veces durante aquel estío. Cuando terminaba su lectura con desolación, volvía a empezarla, una y otra vez. Ignoro por qué las novelas de islas me han fascinado y que ellas mismas me reclamen por completo. Y desconozco por qué la mejor metáfora del ser humano que conozco sea precisamente esa: ser una isla misteriosa. Así me considero yo, me hallo yo, en una suerte de isla que se sitúa en algún lado del océano, y en ella, con materiales precarios, construyo mi espejo de la civilización, en soledad o en escasa compañía. Nunca he sido una persona popular. A mi funeral irán como máximo una docena de personas si excluimos lo que es familia de mi mujer que supongo que irán. No he sido un hombre comunicativo, cordial, expansivo, campechano, de esos que reúnen por todos lados a montones de amigos. No. Siempre las amistades me han parecido excesivamente promiscuas y en algún sentido peligrosas. Tengo pocos amigos y tal vez no los trate muy bien. Me siento bien en mi isla misteriosa a la que he llegado en globo y no hay muchos habitantes, solo aquellos con los que puedo convivir sin excesivo peligro. Otros me reclaman desde la distancia y compartimos el afecto del conocimiento compartido. Del placer de la comunicación desde lejos. Entiendo que los seres humanos son peligrosos, ambiguos, amenazadores, inciertos. Puedo comprender por qué tantos seres humanos prefieren la compañía de perros que nunca los traicionarán. Es una experiencia que me falta. El caso es que aprendí a sumergirme en los libros a modo de islas misteriosas y en ellos he vivido más que en la realidad. En ellos he podido encontrar las experiencias más vivas y profundas. Puedo comprender que haya personas que estas las encuentren en el balón. Hay muchos que tienen como personajes vivos y fundamentales a los futbolistas, los equipos de la liga, la competición y esto les ayuda a mantenerse vivos incluso participando en peleas arregladas en que llegan a matarse como ha sucedido recientemente con un hincha del Depor. Yo tuve que decantarme por los libros. Ignoro por qué. Nada había en el ambiente que llevara a ellos en aquella época tan diferente de la actual en que se difunden campañas ominosas para atraer a los jóvenes a los libros. Prefiero la crueldad que se expresa en páginas escritas que la que existe en la realidad real. Es como un doble de la vida, es un refugio ante las inclemencias, es un parauniverso misterioso especialmente cuando se es adolescente. Nunca se vuelve a leer del mismo modo que cuando lo eres. Y es una tragedia el efecto de la tecnología, que aleja mentalmente a los jóvenes de los libros. El tipo de atención que requieren es diferente a la que necesita el móvil. Yo me siento contento de haber descubierto La isla misteriosa a los doce años en  un tiempo en que no había tecnología aunque esta encierra a las personas también en islas no precisamente misteriosas.

12 comentarios :

  1. Me cuesta imaginar una infancia sin libros... Mis "cuentos de antes de dormir" eran las historias de Don Quijote y del Lazarillo de Tormes contadas por mi madre (profe de Lengua enamorada de la literatura). Increíble que hasta los 11 años no conocieras los libros. ¡No me extraña que fuera el gran descubrimiento!

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    1. Pero era otro tiempo. Los libros no estaban en el ambiente. Los niños no leían, en el colegio no se estimulaba la lectura. Cada uno lo descubría si lo necesitaba como fue mi caso. Los tebeos, algo que se ha perdido, eran la literatura de la época. Tenían una gran difusión. Los recuerdo con enorme cariño. Hace años fui a Indonesia y vi que los tebeos ocupaban un lugar popular entre los niños de aquel país. Me refiero a un tiempo anterior a la irrupción de la tecnología. Los niños iban a ciertos lugares en que había tebeos -o historietas- y los devoraban. Supongo que responde a una cultura de la precariedad y a la vez de una cierta inocencia que es la que terminamos por perder ahora mucho antes que hace un tiempo. Los niños y los adolescentes ven en internet ya sin control todo lo que se pueda imaginar.

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  2. Mientras lo vivas bien, estupendo.
    Lo cierto es que mi segundo hogar fueron las bibliotecas y mi vocación oculta es la de bibliotecaria, pero la vida me llevó por otros derroteros y hube de adaptarme y optimizar en el territorio impuesto.
    Ahora me siento felizmente invisible, con todo lo que ello conlleva.
    Eso sí, físicamente hablando, me refiero a juegos de infancia y deporte, de sobresaliente y disfrutados. Ahora no, no me puedo quejar, una pitiminí aún muy bruta.

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    1. Afortunadamente vivo inserto en una familia por parte de mi mujer que me ofrece toda la socialización del mundo y ello contrapesa mi talante solitario y escéptico. Mi deporte, descubierto en la adolescencia, fueron las caminatas y las excursiones en grupo. Luego he aprendido a hacerlas solo. Sí, lo llevo bien. Es un conjunto de equilibrios, pero sí.

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  3. Hay paralelismos entre tu infancia y la mía, en la afición por los tebeos y en la desafección por el fútbol alentada desde el escepticismo paterno. Yo sí que leí bastantes libros juveniles, tal vez porque frecuentaba por las tardes la biblioteca del pueblo, donde me llevaba a Los Cinco, a los Hollister o a Los Tres Investigadores. Pese a mi devoción por la lectura, los clásicos fueron llegando con cuentagotas y por ello no comprendo la sacralización de muchos intelectuales y docentes por iniciar a los jóvenes en esa literatura con mayúsculas. Solo pondré un ejemplo muy ilustrativo: leí de adolescente la mayoría de novelas de Dickens en los clásicos ilustrados de Bruguera, en la versión tebeo; más de 30 años después, estoy disfrutando de Dickens en su versión completa. Seguro que si me hubiesen obligado entonces, me habrían alejado definitivamente de ese pequeño placer. Feliz fin de año.

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    1. Yo leí de todo a partir de aquel momento: relatos de Enid Blyton, Verne, Salgari, Best sellers, libros de guerra (mi padre tenía sobre la segunda guerra mundial que a mí me apasionaban a pesar de sus mil páginas), novelas del oeste, tebeos del capitán Trueno y El Jabato (tenía toda la colección), revistas de coches, selecciones del Reader Digest... Y a los quince años tal vez, un médico militar amigo de la familia me regaló números de unos tomos titulados La hora XXV donde había relatos ya serios de Stevenson, London, Eça de Queiroz... Me aficioné a los cómic de Marvel y luego leía libros del Círculo de Lectores no especialmente buenos aunque leí Cuerpos y almas, Lo que el viento se llevó, Los cipreses creen en Dios... Me entusiasmó el humor de Álvaro de la Iglesia... Pero no había leído ningún clásico propiamente dicho de la literatura española. Sí, creo que la formación de lector es promiscua... pero realmente, Toni, leer hoy día es muy complicado. Lo veo por mis hijas que solo leen lo que es obligatorio en el colegio. No tienen tiempo de más y además el mundo tecnológico es tan atractivo... Me pasa a mí, que ahora leo menos absorbido por la tecnología... ¿Qué les pasará a ellos? Feliz fin de año, Toni.

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  4. Cuántos no aceptábamos la vida a nuestro alrededor. Integrarnos era imposible .Sin ese refugio de lo escrito en un libro, de la metáfora de un poeta, no nos hubiéramos agarrado a esa otra vida, la que vivíamos entre las palabras pero en soledad, por dentro . La otra, giraba en una órbita distinta. Hasta que el tiempo, el roce, te lleva a ese mundo de casi todos. Sabes que eres distinto. Pero ya no sufres .Ya nadie nota que aún disimulas.

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    1. Pero hasta eso son años difíciles, fue un tiempo duro y terrible en que iba perdido y no sabía. Ahora sé algo más, hay que disimular, como bien dices, pero hemos aprendido a estar aquí sin llamar demasiado la atención, creo.

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  5. Mi pereza para la letra impresa, sin el auxilio de la ilustración, me duró más, Joselu. Hasta los 15 años. Me leí muchos clásicos infantiles y juveniles en la Colección Historias, donde se alternaba el infierno de las páginas llenas de letras con la ágil narración del tebeo que resumía hasta lo indecible el argumento. El tebeo Pulgarcito fue mi biblioteca personal hasta entonces. Eso sí, yo no tuve que escoger entre la letra impresa y el fútbol. Para mí el fútbol -no se me daba mal- era el no va más. Y soñaba las jugadas (visualizarlas, se dice ahora...) que haría al día siguiente en el patio. Y hasta me hacía expulsar en la clase anterior al patio para ir corriendo a buscar el balón con el que dar tres botes en el punto central del campo grande y tomar posesión de él. No están reñidos el deporte y la lectura, como lo supe después y lo sé ahora. Y es posible que la capacidad imaginativa se me haya desarrollado por la cantidad de años que me pasé, como nadador, con la cabeza bajo el agua... En cualquier caso, como es obvio, la genealogía de cada escritor es un pozo de sorpresas.

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    1. Desconocía esa faceta tuya de jugador hábil de fútbol lo que desmonta en cierta manera mi dilema inicial. En mi caso fue como lo conté. No era hábil, me faltaba agilidad, centrado siempre en mis pensamientos. Es posible que fútbol y cultura no estén metafísicamente reñidos pero lo cierto es que los astros del fútbol y sus practicantes en todos los niveles y categorías no son precisamente lectores ni hombres de letras, al menos por lo que está a mi alcance. Y los alumnos futboleros que tengo no piensan más que en ser nuevos Messis y no destacan en ningún caso por su aprecio del sistema educativo. Reconozco, eso sí, que en tu caso salió un futbolero y deportista ilustrado, tardío, por lo que dices, pero ilustrado.

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  6. Ya de mayor, en los partidos de profes contra alumnos, mi especialidad era ir al remate de cabeza quitándome unos segundos antes de iniciar el salto para cabecear, las gafas sin las que no veo ni las rayas de una cebra, lo cual desconcertaba mucho a los defensas...y epataba a los colegas, por supuesto...

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