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lunes, 25 de agosto de 2014

No se pierdan la letra pequeña



Hay un fenómeno emergente que es el de mostrar los viajes que se hacen mediante fotos en Facebook. Así vemos en tiempo real la estancia de A y B en las playas de Brasil, la visita de C a las ciudades de Malaysia, los paseos por Berlín de D, el recorrido de E por Alaska, la estancia de F en Benidorm... Es un modo de relatar los viajes que les restan cualquier magia y muestran demoledoramente lo minúsculo que es el mundo en que vivimos. Da igual adónde se viaje. Las fotos, tal vez los selfies, muestran, sin pretenderlo, la banalidad de viajar a lugares supuestamente remotos en que todo es mostrado y exhibido. El turismo es un desastre que aplasta a ciudades originalmente hermosas como Venecia o Barcelona. Los turistas somos corruptores de culturas con nuestra mirada adocenada, ansiosa de emociones fuertes y paisajes novedosos que han sido ya mostrados en internet mil y una vez. A esto se le ha llamado “la aldea global”, un recinto pequeño en que de modo espasmódico nos movemos, hacemos fotos y las mostramos para recibir comentarios apasionados del tipo: ¡Qué chulo!

Hubo un tiempo en que se viajaba y se enviaban cartas o aerogramas para comunicarse con nuestros amigos y personas queridas. Tardaban semanas en llegar y uno tenía la impresión de que si estaba en Bali, por ejemplo, estaba muy lejos, inmerso en una situación lejana en el tiempo y el espacio. Uno podía respirar y creer que estaba en un lugar que nos permitía una distancia con lo vivido habitualmente. Recuerdo estas situaciones como altamente interesantes que lo sumergían a uno en una vivencia del tipo de una burbuja temporal. Hoy uno pasea por una playa del norte de Bali y asiste a una ceremonia nocturna en un templo cercano en que bailan legong muchachas núbiles a la luz de la luna, hace fotos con toda la intención, las cuelga con su móvil en Facebook y da cuenta de esa experiencia maravillosa, rebajándola a la categoría de anécdota, para recibir unas docenas de likes y comentarios intrascendentes ante las fotos nocturnas que ha hecho. Esta es la nueva antropología del turista que comunica ansiosamente todo, incluidas las comidas de las que hace fotos, para dar a conocer lo bien que se lo está pasando. Sus contactos se hacen eco y desde esa cercanía que no permite ningún distanciamiento, le dicen lo genial que es todo. Hay todo un arte de decir algo sin decir nada, que las redes sociales estimulan y espolean. Es el reino de los lugares comunes, el reino de la banalidad, no por la identidad de los que paseamos por allí, sino por la proyección que hacemos de nuestra vida, de nuestras andanzas, de nuestras experiencias reducidas a mínimos acontecimientos que se van sucediendo con estímulos renovados e igualmente gaseosos.

Una vez paseaba por las calles de un pueblecito aragonés, hacía fotos, y escuchaba los sonidos del pueblo que se mecía en el silencio de la mañana luminosa. Yo me situaba en las sombras. De una ventana, velada por una persiana de las de antes, salía una voz de una anciana que jugaba con su nieta. Le cantaba una canción con voz quebrada pero musical. Le venía a decir a su nietecita que había vivido toda su vida allí, en aquel pueblecito, que no había salido de él, y que quería igualmente morir allí. Aquello me conmovió, a mí, personaje que se las da de viajero y que ansía recorrer paisajes nuevos siempre que puede. La canción alegre de la anciana me llevó también a algún pensamiento de un filósofo que no logro recordar pero que expresaba una idea semejante. Que no es necesario salir de la calle donde vive uno para sentir todo el peso del universo, experimentar la totalidad. Al final de la vida, puede ser tan densa la experiencia de la misma de un gran viajero que la de una mujer que no ha salido de su aldea y siempre ha contemplado el mismo cielo, las montañas, el valle, el río, de su pueblo.

Ha habido escritores viajados muy importantes, pero también los ha habido que han vivido recluidos en la habitación de su casa observando su mundo interior con delicadeza, con agudeza, con penetración. Y uno llega tal vez a la idea de que todo está dentro de nosotros. Si uno no tiene demasiado o es pobre interiormente, da igual lo que contemple fuera por exuberante, por fascinante que pueda ser, por las docenas de fotos que pueda colgar de paisajes y comidas. Lo que comunica uno siempre es su paisaje interior. El exterior solo es el reflejo del mundo que se lleva dentro. A veces es preferible el silencio como una forma mucho más elocuente de mensaje frente a miríadas de instantáneas que reflejan mucho más de lo que se cree la propia mirada más que el objeto fotografiado. Y es que cuando hacemos una fotografía, misteriosamente, nos fotografiamos a nosotros mismos. Y cuando escribimos sin duda hacemos algo parecido. Tendríamos que mejorar el estilo para decir algo en un mundo que raramente permite la expresión individual en esa mimetización que hacemos todos sobre la transparencia de la sociedad de consumo y que revela que, más que nada, somos eso, consumidores de bazofia envasada en latas que pone en letras minúsculas pero elocuentes: mierda.

17 comentarios :

  1. ¿Realmente te parece que sea así?

    ... lo digo pensando en que yo he veraneado decenas de veces en la costa levantina y por ejemplo este año, he descubierto algunas cosas nuevas. Como por ejemplo, una cala sin acceso salvo por mar con un peñón enorme en medio bajo el que había un sifón por el que podía pasarse buceando.
    No hay fotos que te descubran esas cosas. Por mucho que las mires, la sensación de pasar por ahí armado solamente con unos escarpines, unas gafas y un tubo, y ver la luz al otro lado, no te la van a dar. No sé, no sé... Pero me da que tampoco hay que ser un viajero al estilo de Marco Polo para descubrir el mundo. Esto me recuerda un poco a la segunda parte de tu entrada, y a mi padre. Él era como esa señora a la que describes. Y también el único hombre realmente en paz que he conocido. Que tendría sus demonios y sus cosas, supongo, pero no sé ni dónde se los guardaba, porque jamás los vi.

    Un beso, Joselu.

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    1. Es difícil enjuiciar a la sociedad de masas desde los mismos mecanismos de la sociedad de masas que son las redes sociales. Se podría decir incluso que es un contrasentido que puede irritar, pero incido en ello a pesar de poder entrar en contradicción. Sí, pienso que tu padre pertenecía a una generación y él mismo era más sólido que lo es la generación de las redes sociales. En un mundo sin tanta intercomunicación, sin tanto compartir, curiosamente se llegaba a una mayor densidad personal. No todos claro está. Tu padre era uno de ellos, un hombre con plena paz interior. ¡Qué maravilla haber tenido un padre así!

      Mi escrito responde bien a un artículo de blog más que a una nota de Facebook. He corrido el riesgo de publicarlo allí también con resultados interesantes hasta ahora. Pienso que las reflexiones si conllevan un grado de peligro pueden ser más motivadoras para contestar y entablar un debate.

      Paradójico mundo en que uno detesta las redes sociales pero está dentro de ellas.

      Un beso, Vero.

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  2. Como abuela experimentada y muy viajada me agrada tu texto, personalmente me parece que conviene distinguir entre los paisajes interiores, emocionales, y los demás.
    El mejor viaje no trata de husmear sino de vivir a fondo la cultura,o misterio, del nuevo entorno. Resulta la mejor manera de enriquecerse.

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    1. Creo que es todo un arte eso que mencionas, el viajar como experiencia de vida interior. Yo así me lo planteo o intento vivirlo. No se trata de ver muchas cosas. No. Radicalmente no. Se trata de encontrarte con algunas que te aporten una dimensión honda. Se trata de afinar la observación. No es fácil ser algo más que un turista que se mueve entre turistas. Un arte el viajar. Sí.

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  3. Como dijo una afamada filosofa rural del siglo XIX:

    "Manolo, si jodo, no barro...."

    He viajado bastante, la mayoria de las veces solo, algunas veces por trabajo, otras mixta y algunas más por deleite personal. Nunca hacia fotos, me parecia una perdida de tiempo, ya que Fortuna no me dio habilidad fotografica y nunca me preocupe de formarme en tal arte.
    Miraba a la gente sacar fotos prohibidas de la Capilla Sixtina y no enterarse de donde estaban, sacar imagenes divertidas a toda pastilla para sentarse en el autobus e ir a otro sitio a hacer más fotos, lo mismo les daba la Gran Muralla que el Restaurante de Moda de Pekin y esta claro, que ni es lo mismo, ni siquiera parecido, creo que mucha gente estuvo en esos sitios y no se enteró de nada.

    Aparte a mi la gente esta que siempre se "esta divirtiendo y pasandoselo guay", me resulta muy sospechosa, personalmente me considero un tio bastante feliz y no tengo que demostrarselo a todo el mundo.
    En mi pueblo este verano ha sido monstruoso, la gente de vacaciones en el grupo de "guasap" mandando fotos chorras continuamente, no me gusta "tanta felicidad", creo que no se estan enterando de nada...

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    1. Creo que lo expresas bien, con precisión, ese movimiento incesante para mostrar que se está pasando bien y la urgente necesidad de compartirlo en las redes sociales. La palabra es "compartir". Compartir una cena, una fiesta, una borrachera, un viaje, un monumento. No se observa. No. Se fotografía espasmódicamente para luego compartir en el muro y mostrar qué guays son las cosas.

      Es toda una experiencia viajar sin cámara fotográfica. Yo he hecho viajes con ella y sin ella. Viajes largos, de meses. Y, sin embargo, mis recuerdos, son interiores. Las fotos no me ayudan a recuperar aquello. Una foto es un misterio. Me gusta que mis fotos sugieran eso. Misterio. A mí sí que me gusta la fotografía, y quiero en un futuro cercano ponerme estudiar a fondo el arte de la imagen.

      Demasiada felicidad. El mundo es un circo bastante malo. Pero es el único que tenemos.

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  4. Me ha gustado leer una reflexión que comparto, incluso con las contradicciones...

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    1. Releo la reflexión a que da paso mi artículo y me doy cuenta de que ahora no la habría escrito igual. Advierto sus contradicciones y sus puntos opacos. Pero ha dado a una extensa discusión aquí y en FB lo que me hace considerar que no ha sido inútil. El turista muchas veces es un personaje superficial y espasmódico que no ve sino que pasa sin peso en todo aquello que visita. Hay un ansia desaforada de viajar en poco tiempo (el único que tenemos) y eso y nuestro afán desmedido de retener ese tiempo en fotos nos hace seres superficiales que pugnan por publicar sus fotos y alardear de lo bonito que es todo y de lo bien que se lo está pasando uno. Esto me inquieta.

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  5. A mí no me tuvo que convencer Pessoa en su libro del desosiego cuando decía lo de que sólo la debilidad de la imaginación justifica que haya que desplazarse para sentir. Que la vida es lo que hacemos de ella. Que los viajes son los viajeros. Que lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos. Yo ya estaba convencido. Quizás se viaje porque uno aún no ha logrado encontrarse. Pero, claro, si la mujer te dice que hay que ir a Italia sí o sí o a la plaza mayor de Salamanca, ya no hay dilema entre irse o quedarse. Uno no vive solo para uno, aunque por dentro siempre piense que la mejor forma de irse es saber quedarse.

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    1. Iba a escribir algo, pero después de este comentario de Rubén no tengo nada que agregar. Los viajes son los viajeros.

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    2. Rubén, me he sentido viajero. Me gusta ser viajero. Hubo un tiempon en que ansiaba viajar meses y meses, incluso un año seguido, pero, curiosamente, en mis viajes había un fatalismo absoluto. Viajaba pero no quería viajar. Me cansaba el viaje. Me dominaba la tristeza. La melancolía. Estaba en oriente y me sentía desorientado. Seguía viajando porque no podía volver y tenía el billete de retorno para dentro de tres meses. El viaje se agotaba en sí mismo. Y, sin embargo, ahí comenzaba el verdadero viaje que no debía buscar nada ni ver nada excepcional. Todo era excepcional. Del cansancio, del abandono, venían una suerte de luz que iluminaba eso que ya no llamaría un viaje (o sí). Ya no viajaba, vivía. Era un encontrarse con uno mismo en otros paisajes que se convertían en tu nueva casa. Y terminaba llegando a un lugar que encontraba próximo a mí y me quedaba un mes en quietud si era necesario. Era mi casa. Mi nueva casa. Contemplaba atardeceres, paseos por la playa. Me estaba quieto. Se podría decir que me gusta viajar para estarme quieto aunque pueda ser una aparente contradicción. Había llegado a "quedarme" como bien dices. Es ese momento en que la esfera del ser coincide con la quietud del momento en el viaje. Es posible, pero para ello hay que perder toda esperanza y eso implica días y momentos de oscuridad y dolor. Eso es un viaje para mí. Y no es fácil, claro está. Y no es lo que nos ofrecen las ofertas de viaje que te prometen el paraíso en cinco días.

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  6. Decía Ortega y Gasset que "Viajar no es tan sólo moverse en el espacio. Es acomodar el espíritu, predisponer el alma y aprender de nuevo." Mucho me recordó tu acertada reflexión a esta cita que atesoro.
    Personalmente, ya me he despachado sobre lo nocivo que me resulta Facebook. De hecho, tenía una cuenta con unos cuantos "amigos", y le he dado de baja hace tiempo. Y confieso que hasta me empiezo a cansar de Google+ porque muchos la están utilizando para las mismas banalidades de Facebook.

    Un abrazo, profesor viajero.

    Fer

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    1. Maria Paz (Fer), he publicado esta reflexión simultáneamente en el blog y en FB y, para mi sorpresa, allí ha sido compartida varias veces y ha dado lugar a interesantes comentarios y reflexiones incluso por parte de periodistas de viajes que sienten dentro de sí la contradiccion de descubrir paraísos en sus publicaciones para que sean invadidos por turistas que fotografían frenéticamente para publicar en sus muros lo bien que se lo están pasando y lo chulo que es todo. FB es un pozo lleno de banalidad pero hay espacios también (recodos) en que son posibles hondas aportaciones como he tenido ocasión de ver en esta ocasión y en otras.

      Y sí, es verdad, como decía Ortega y tú recoges que viajar no es tan solo moverse en el espacio. Es acomodar el espíritu. El problema es que actuamente viajamos con muy poco tiempo (viajar es carísimo) y queremos ver muchas cosas en una semana. Tu viaje a España por ejemplo en año pasado. Es casi imposible poder acomodar el espíritu y predisponer el alma y aprender de nuevo. Para viajar de verdad es necesaria la quietud, el silencio, entiendo yo. Y desde luego no es lo que podemos hacer en nuestras circunstancias.

      Un abrazo, Fer. Gracias por estar aquí.

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  7. La facilidad para acceder hoy a viajes antaño sólo permitidos a los ricos conlleva rebaja de la calidad de los servicios, invasiones casi nunca pacíficas de auténticos paraísos y pérdida de valores culturales en aras de la economía local. Viajamos sin saber por qué, ignoramos dónde estamos y dejamos nuestra huella indeleble en forma de latas vacías, bolsas y papeles de todo tipo. Hacemos fotos como locos y las difundimos a toda prisa para que otros vean qué bien lo estamos pasando. Del Ártico a la Patagonia, de La Coruña a Almería, todo está invadido por el turismo. No digo yo que volvamos a los tiempos en los que sólo veraneaban los reyes (y la corte detrás, claro) o a los excesos del Titanic, por ejemplo, que encima mira cómo acabaron (y ni siquiera era verano, hay que ver), pero creo que muchos deberían plantearse ( o plantearnos, no voy a excluirme) las razones por las que deseamos poner tierra de por medio, cuanta más mejor, en cuanto disponemos de tiempo para ello. Si a la vuelta de las vacaciones, o de un simple puente, no podemos presumir de haber estado en algún lejano destino nos sentimos inferiores a cuantos alardean de fantásticas experiencias en exóticos paraísos. Unas colegas viajaron a Indonesia hace unos años y el guía, al saber que eran españolas, les preguntó que por qué se iban tan lejos con lo bien que se vive en España. No seré yo quien defienda la inmovilidad, aunque Delibes, por ejemplo, no necesitó situar ninguna de sus maravillosas novelas más allá de nuestras fronteras para profundizar en el ser humano; lo que digo es que no basta con cambiar de lugar para cambiar nuestro interior, como ya explicó el Lazarillo. Viajar debería ser una experiencia no competitiva y casi anónima. Los indígenas del Amazonas no necesitan ser fotografiados por turistas para hacer valer sus derechos. Los collares de flores que cuelgan a los visitantes de Hawai, sea quien sea, ¿tienen sentido? La ceremonia más íntima y profunda pierde todo su valor si se repite una y otra vez sólo como espectáculo. ¿Qué aprendemos en vacaciones? ¿Qué experimentamos? ¿Cómo contribuimos a mejorar la vida en los lugares que visitamos? Las vacaciones son necesarias, sin duda, pero no sé si sabemos sacarle todo el jugo. Es triste ver hordas de turistas que pisotean sin ningún respeto los lugares más bellos. ¿Qué pueden extraer como conclusión de su visita? No sé, ya sé que existen muchos decálogos del buen viajero, pero ¿quién los pone realmente en práctica? Qué pena... Deberíamos viajar como Cela, que plasmó en su "Viaje a La Alcarria" sus experiencias como andarín modesto, curioso y observador. Tú que has viajado tanto solo y en plan casi espiritual creo que sabes lo que quiero decir.
    Apuro mis últimos días aquí. Todo termina y la vuelta es inminente. Un fuerte abrazo, colega. Espero que empieces el curso con fuerza, nos va a hacer mucha falta.

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    1. Este verano he viajado, como sabes, casi en soledad durante diez días por senderos apenas transitados por peregrinos. Me gustaba ese aislamiento, ese silencio del País Vasco, solo interrumpido por la llegada a una ciudad con su movimiento necesario pero que pronto abandonaba para seguir el camino. Me gustan los caminos abandonados, la experiencia de la soledad y de la compañía. Sin embargo, en mi entorno familiar, entienden mi viaje pero no lo harían conmigo. No me molesta la incomodidad, ni el calor, ni el sudor. Temo los viajes que te prometen grandes maravillas. Los huyo. Quiero los paisajes recónditos, solitarios. Existen. Incluso en Venecia en pleno Carnaval pude (pudimos) encontrar barrios y calles sin turistas. La gente se concentra en muy pocos sitios y los abarrota. Barcelona por ejemplo es un caso de asfixia turística en sus calles céntricas. Son las Ramblas y el barrio Gótico. Ahora la Barceloneta. Fuera de allí, la ciudad late con personalidad y sin turistas.

      Es cierto que el moderno viajero no parece encontrar ninguna experiencia en el viaje. No sé. A mí me gusta llevar un diario, grabar mis impresiones, fotografíar con enfoques insólitos. Quietud. Me gusta encontrar la quietud en el viaje.

      Y estoy totalmente de acuerdo con lo que escribes. Es una maravilla tu texto. Es plenamente así. Da gusto leerte. Un texto bien escrito, alegra al alma.

      Faltan pocos días, pero cómo disfruto estos pocos días. Son los mejores del verano. 25, 26, 27 ... hasta así el tremendo día 1 en que vuelven a sonar las trompetas llamando con clamores militares al ejército de profesores para que vayan a concentrarse con entusiasmo y disponerse a la faena de hacer dóciles a las enseñanzas homogéneas a nuestro ejército de insumisos que querrían mejor estar viviendo como los primitivos aborígenes en lugar de estar preparándose para una sociedad asaz estúpida y competitiva en que solo salen turistas que pugnan por hace fotos sin fin para colgarlas en sus muros y decir lo guay que se lo están pasando.

      Un abrazo, Yolanda.

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  8. Los viajes hay que metabolizarlos y re-vivirlos para que tengan sentido.Y te doy toda la razón en lo de que si no se está bien amuelado por dentro lo del exterior es un escenario de cartón piedra, las fotografías no son más que imágenes clónicas de las que han hecho los demás, y más que despertar el apetito de viajar producen algo parecido al hastío.Yo también estoy disfrutando de la cuanta atrás, José Luis. ¡Buen comienzo!

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  9. Sabías palabras sin duda Joselú, estoy totalmente de acuerdo contigo, hoy en día se está viajando y ya se están mandando fotos del viaje por Facebook. Me parece algo realmente increíble. No se hasta que punto el pensar en mandar esa fotos yo creo que hasta te está haciendo disfrutar menos del viaje. Yo soy de los que dijiero las fotos de un viaje poco a poco y siempre después de volver. Eso si, hago muchas fotos durante el viaje. Hasta eso se que me distrae del puro placer de viajar y contemplar sin más. Cuando leo libros de viajes clásicos desde luego me da la sensación de cada vez hay menos gente que realmente sepa viajar (y ojo, que no me incluyo, los viajes en familia que yo hago no son más que turismo del simple). Los únicos viajes que creo que he realizado un mi vida son los que hacía con 20 años cuando hacía rutas de montaña por los Pirineos y Picos de Europa con 25 kilos a la espalda.

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