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domingo, 20 de julio de 2014

Veinte años después en París



Han pasado veinte años desde mi anterior estancia en París, pero al pasear por sus calles, viajar en su metro, visitar sus parques, recorrer las avenidas, ver sus cafés y boulangeries, vuelvo a sentirme en mi casa. París es una ciudad que siento mía lo que no me pasa con otras ciudades. Forma parte de mi biografía sentimental. Esta vez el viaje ha sido diferente pues hemos viajado la familia. Para mis hijas era la primera ciudad que querían conocer fuera de España, la siguiente es Nueva York. Yo me he adaptado a un viaje familiar con múltiples  perspectivas pero he tenido mis momentos y emociones personales en soledad como cuando bajé en el hermosísimo cementerio de Père Lachaise al columbario situado en una cripta con dos pisos de profundidad. Allí estaban las cenizas de más de un millar de seres entre los cuales se encontraba Isadora Duncan, la bailarina que danzaba con los pies desnudos. Estuve cerca de dos minutos en la oscuridad de la cripta del columbario mientras mi familia me esperaba arriba, pero allí en ese breve lapso de tiempo recibí un shock emocional que todavía me dura. El recinto estaba suavemente iluminado por unas lámparas colgantes indirectas muy tenues. Percibí una energía oscura llena de fuerza. Estaba rodeado por miles de muertos en la quietud de aquella cripta, muchos eran célebres pero no quiero ahora expresar sus nombres. En aquella atmósfera percibí el magnetismo de la muerte, la belleza inenarrable de esa paz que compartía con ellos. Fue una sensación muy extraña y hermosa, pero sabía que me estaban esperando arriba. Yo me hubiera quedado un buen rato en la penumbra del columbario situado en uno de los cementerios más bellos que he visto nunca. ¡Qué ambiente tan puramente romántico en esas avenidas pavimentadas con adoquines y flanqueadas  por árboles umbrosos y panteones y tumbas entre las que están las de Balzac, Eugene Delacroix, Chopin, Oscar Wilde, Maria Callas,  Guillaume Apollinaire, Marcel Proust, Allan Kardec, Jim Morrison, Edith Piaff, Simone Signoret... Salí maravillado y deseoso de pasarme horas y horas deambulando por la ciudad de los muertos. Es significativo que en mi infancia y adolescencia sentía un terror invencible hacia los cementerios. Era verdadero pavor lo que evocaban en mí esas avenidas llenas de nichos típicas de esos macabros cementerios españoles que no tienen nada que ver con el Père Lachaise

Otro espacio que viví en soledad fue mi visita al Museo de Orsay donde está el arte impresionista y postimpresionista que es mi debilidad. Mis hijas no querían saber nada de museos y por más que insistí tuve que ir a verlo solo. Pasé tres horas hasta que me echaron a las cinco y media de la tarde en un estado parecido al arrobo. Pasaron por mi mirada obras populares del impresionismo: Monet, Renoir, Degas, Manet, Pissarro, Sisley, Sorolla. Me detuve en ellas buscando ese mundo en transformación que ellos vieron o comenzaban a ver. No había tenido interés en ver el museo del Louvre por demasiado extenso y porque a mí la pintura que realmente me gusta es la moderna, la que viene del realismo y que llega a las vanguardias y la abstracción. Luego llegué a la sección donde están los cuadros de Gauguin y Van Gogh donde me pasé un buen rato intentando penetrar en esas imagenes que me cautivaban. Llegué a uno que me retuvo un tiempo. Era la noche estrellada de Van Gogh. Me di cuenta de que una de las funciones esenciales del arte es la de retener el tiempo expresando su misterio. Una obra artística de este periodo refleja un instante del fluir temporal y llega hasta nosotros mucho tiempo después. Viendo la pintura de Van Gogh me daba cuenta de que aquella noche que el artista había captado en la que las luces de las casitas brillaban y se reflejaban en la superficie del mar mientras dos personajes estaban allí presentes bajo las estrellas... seguía viva y llegaba su hálito  hasta mí. Yo estaba en aquella noche, estaba presente en aquel instante en que el tiempo seguía vibrando y lo sentía. El misterio del arte es ese. Hacer pervivir el momento en que fue creado por la pintura convirtiéndolo en inmortal. Salí conmocionado, casi temblando. Mi visita había terminado con la pintura de Gauguin ambientada en las islas de la Polinesia donde aparecían niñas desnudas, tal vez las que fueron amantes del artista cuando tenía sífilis, poco antes de morir. 

Otra visita individual en estos días ha sido al otro cementerio célebre de París, el de Montparnasse. Tendría problema en elegir en cuál de los dos querría elegir como morada eterna, si el Père Lachaise o el de Montparnasse. En este último están enterrados infinidad de figuras señeras del arte y la ciencia de los dos últimos siglos. Yo que soy un enfermo de literatura, sin especial arte para la escritura, fui recorriendo las avenidas del cementerio, menos romántico que el de Père Lachaise pero lleno de figuras impresionantes en el campo de la creación. Allí estaban Jean Paul Sarte, junto a Simone de Beavoir, en una tumba sobria llena de besos de sus admiradores. Ninguno de los dos me ha llegado al corazón, pero soy de su tiempo, de ese existencialismo que me ha conformado. "El infierno son los otros" dice un personaje de "A puerta cerrada" de Sartre. Recordé mis lecturas de "El ser y la nada" y "La náusea".  No había leído a Simone de Beavoir. Boris Vian parodia a Sarte en ese espléndido relato que es "La espuma de los días". Seguí mi recorrido por el cementerio y me acerqué a la tumba de Marguerite Duras,  una autora cuya literatura me ha producido siempre un íntimo malestar a la vez que una intensa sensación de potencia narrativa. Había leído "El amante" y la reeleboración de ésta, "El amante de la china del norte", una historia entre una adolescente de quince años y un chino de treinta y tantos en conocimiento de los padres de ella. Luego me llegué a la tumba de esa joven eterna que es Jean Seberg que me cautivó en "A bout de soufle". Recuerdo muy bien esa imagen de la actriz con el pelito corto y rubio que me enamoraba. Murió a los cuarenta y un años. La siguiente parada fue en la tumba de Julio Cortázar tal vez la que más me llamaba en aquel cementerio pues yo había sido un cortazariano convencido, y en tiempos me creí un cronopio cuando el tiempo me ha convertido en fama, lo que yo más detestaba. Su tumba estaba llena de calor, daba gusto estar allí. Había textos escritos en la losa, billetes de metro con mensajes de sus lectores. Uno le daba las gracias por habernos enseñado a subir una escalera. Me reí. La tumba de aquel argentino estaba muy viva. Era uno de los míos. Conocí París gracias a "Rayuela", obra que me leí cinco o seis veces. Estaba enamorado de la Maga y llegaba al Pont des Arts en su búsqueda. ¡Qué intensidad en mi evocación de aquel mundo imaginativo que me formó a mis veinte años hasta que me detuvo la polícia en Berga cuando mis alumnos y yo le hicimos un homenaje en febrero de 1984 cuando muríó. 

Continué y me llegue a una tumba muy diferente, la de Samuel Beckett. Una losa gris vacía sin mensajes, sin labios ni carmín, solitaria. Estaba enterrado con su esposa, pero no parecía haber sido adoptado  por los irlandeses a los que abandonó. La literatura de Beckett habla del sinsentido, del vacío, del silencio, del absurdo. Yo atesoro mi primera lectura de "Esperando a Godot" a mis diecinueve años, probablemente la más apasionante que he hecho en mi vida. Luego cuando he intentado leerlo no he podido aguantarlo y me ha aburrido, pero recuerdo aquella primera vez que lo conocí y todavía siento la fuerza de su mundo y me lo adjudico como uno de los míos en su concepción descarnada del la existencia y en su sentido del humor en la desolación. 

La siguiente parada fue para el poeta peruano César Vallejo, ese indio triste que dejó versos maravillosos en la ciudad que hizo suya, París. Leí "Los heraldos negros", "Trilce" y "España, aparta de mí este cáliz" en mis tiempos de estudiante en Zaragoza. Su tristeza me subyugaba y con él me di cuenta que el tristeza era un estado con el que me sentía reconciliado, mucho más que con la juerga y la broma dicharachera que tanto estiman los españoles. Yo, como él, elegiría París para vivir y ese cementerio, para ser enterrado.

Visité la tumba de Emile Ciorán recordando la luz que me produjo "El aciago demiurgo", esa obra representativa de la ausencia de sentido de la vida y la mayor apología del pesimismo filosófico existencial. Era también uno de los míos. 

Otras que fui a buscar fue la de Eugene Ionesco reinvindicando la literatura del absurdo existencial  y ese humor tan especial que impregna "La cantante calva".

Me llegué a la tumba de Baudelaire, otro de los míos, en la lectura de sus "Paraísos artificiales" que me nutrieron en mi juventud en muchos ratos pasados en dolor de adolescencia frente al mar. Y además sabiendo que dichos paraísos fueron los míos durante más de veinte años. También estaba cercano a mí, igual que Tristan Tzara  -mi siguiente parada- el creador del Dadaísmo, el contraarte más productivo de la historia de las Vanguardias. Cuando yo era profesor de literatura en serio, mis alumnos habían de representar un movimiento de vanguardia plásticamente. Los dadaístas eran los más revolucionarios. los mas rompedores. los que daban la vuelta a la historia del arte negando todo lo anterior. 

Dejo fuera al director de cine Erich Romer y a Man Ray que también visité, pero entiendo que este post ya es demasiado extenso.

Algún dia visitaré la tumba de Kafka y la de Borges, también me gustaría la de Poe y la de Walt Whittman y la de Albert Camus

Han sido cinco días en París en que me he sentido acogido por la ciudad y mi familia también también han terminado enamorados de la urbe y de su maravillosa torre Eiffel, una de las obras de ingeniería más artísticas y prodigiosas jamás creadas. 

En el fondo me gustaría haber nacido en París, una de las ciudades en que la cultura y el arte están por todas partes. Soy parisino en la imaginación. 


16 comentarios :

  1. Una delicia pasear de nuevo por París de tu mano. A mí también me gustó mucho pasear por Père Lachaise. La verdad es que cuando he viajado y he tenido oportunidad me gusta visitar los cementerios de las ciudades. El antiguo cementerio judío de Praga es impresionante; y en las ciudades islámicas a veces cuesta diferenciar el cementerio de los parques urbanos, como pasa en Estambul. En Madrid el paseo por el Cementerio Civil es muy interesante. En fin, todo un mundo. Un abrazo, Joselu. Un placer pasar por aquí.

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    1. Tomo nota de tus sugerencias. Praga es una ciudad que algún día quiero conocer y, sin duda, visitaré su cementerio judío. Imagino que el Cementerio Civil de Madrid está enterrado Galdós ¿no? Uno de los míos.
      Un abrazo, Carlota, en este verano lleno de luces y de sombras.

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  2. Joselu, veo que has disfrutado de este viaje. Veo que te ha alterado (para bien) tus neuronas. Veo que te ha hecho remover tu bien surtida base de datos mental y que has revivido momentos de tu vida. En esto se basa nuestra vida de animales racionales que somos.
    Yo, cuando has descrito "La noche estrellada", he parado la lectura y he entornado mi mente, y me he puesto a buscar entre mis recuerdos. Y es que hay un sueño en mi mente fruto de una vivencia de hace más de cuarenta años. Es la noche estrellada de una noche incipiente de mayo en el Grao de Castellón. Veníamos de pescar en un bote con mi tío Antonio. Se nos hizo de noche y salieron las estrellas... me hubiera gustado atrapar aquel momento. Pero no soy artista.

    Un fuerte abrazo.

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    1. Es sorprendente cómo Van Gogh tenía esa intuición genial para captar lo sencillo en unas pinceladas llenas de fuerza, ingenuidad y temporalidad para reflejar ese momento que existió. Los que no somos artistas podemos, sin embargo, participar del arte, disfrutándolo, contemplándolo, acercándonos a la experiencia estética con que fue creado, Y eso no es poco. Es ser co-creadores. Borges decía que se sentía especialmente orgulloso de los libros que había leído, más que de lo que él había escrito. La cultura nos permite apreciar la belleza del arte. Tú no reflejaste esa noche, pero hoy ha llegado en alguna manera hasta mí.

      Un abrazo desde Cornellà.

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  3. Joselu he disfrutado tú viaje por París. A mi los cementerios no me ha gustado ni muerta, pero el tiempo me ha echo comprender que detrás de aquella tumba o nichos, vivieron gentes como yo, con sangre caliente. Sí he disfrutado como siempre de tú inquietudes, de tú humanidad.... y sobretodo de escritores y escritoras que ha dejado huella en nuestros corazones.

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    1. Sí, eso es una percepción ajustada. Ellos fueron sangre y vida, deseo, zozobra, amor y desesperanza. Algunos siguen vivos en la memoria de la gente. Ese es el prodigio de haber sido artista. Cuando visito la tumba de uno de ellos percibo que sigue vivo, que sus obras siguen conmocionándonos. Es la vida de la Fama que decía Jorge Manrique, que no es tan duradera -según él- que la vida eterna, pero ahí está. Un profunda emoción visitar estos lugares. Para mí, al menos, lo ha sido.

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  4. Qué estupenda crónica vacacional, Joselu... Se nota que has disfrutado mucho de tu breve estancia parisina. Volver a visitar una ciudad ya conocida supone una experiencia apasionante porque por un lado reconocemos los lugares en los que estuvimos y por otro descubrimos aspectos que nos resultan nuevos y excitantes. Yo estuve en París hace muchos años y la recuerdo enorme, luminosa, viva. Me quedé pasmada ante sus enormes avenidas pero no estuve en muchos de los sitios que mencionas. Si volviera ahora iría con otra perspectiva, pero me temo que de momento no es posible. París es un mundo en sí misma, llena de arte, literatura y restos dejados por tanta gente fascinante, los que mencionas y más, supongo. Es cierto lo de los cementerios, los españoles son lugares que no invitan precisamente al paseo. El visitante común pasa horas en el Louvre, Los Inválidos o Versalles, pero tú fuiste mucho más allá. Tu vasta cultura y tu insaciable afán lector te han llevado a sitios y reflexiones nada comunes. Te imagino extasiado ante tanta belleza, nada que ver con los monumentos en sí. Un turista "normal" se hace la foto en la Torre Eiffel, sube hasta lo alto, se toma algo (con suerte, supongo que los precios seguirán siendo casi prohibitivos) y se da por satisfecho con las explicaciones del guía de turno. Tú no te conformas con eso, por fortuna. Celebro que hayas disfrutado en esta escapada. Ahora, a por algo muy diferente, ¿no? Seguro que te aportará nuevas y ricas experiencias.
    Un fuerte abrazo, colega.

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    1. Pero también nos fotografiamos con la torre Eiffel por el día y por la noche, iluminada. MIs hijas y mi mujer estaban fascinadas por ella. Y yo me preguntaba cómo es posible que siga cautivando a la mirada mas de siglo y medio después de haberse construido. Hay verdadera expectación día y noche ante la torre Eiffel. Sin duda es un prodigio. Y fíjate yo he estado en París unas seis veces, pero hasta que no fui con mi mujer no me digné acercarmen a la torre. La miraba con desdén por el flujo turístico que conlleva. Pero ahora la miro con admiración hacia esa obra artística del hierro de hace dos siglos. También visitamos el Barrio Latino, y el Marais, y el Sacre Coeur. No dejamos mucho de lo más popular. Los turistas eran muchedumbre, pero yo tuve, luego, ocasión de irme algunos momentos solo y disfrutar a mi manera, es lo que he contado en el blog. Pero fui un turista más. Y los precios oh, la, la. Son como los conoces.

      Un fuerte abrazo.

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  5. Llevaba dos días con tu entrada guardada para leerla con tiempo, como siempre hago con las tuyas, y que casualidad, ahora entiendo más tu comentario en mi foto. Yo no he estado en París como te comentaba, pero cuando la visite seguro que los cementerios será uno de mis princapales atractivos. Personalmente, no se porque, París no me atrae demasiado como ciudad. Seguro que cuando vaya me enamoraré de ella. Mi nivel cultural no es tan alto como el tuyo ni mucho menos y por eso quizás no la asocio tanto al arte como tu, aunque indudablemente es la cuna de tantas cosas. Cortazar, que grande Cortazar, lo leí de joven y seguro que volverá a sus libros dentro de unos años, cuando los entienda con mayor profundidad de lo que lo hice entonces.

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    1. No me ha importado volver a París, pero fueron mis hijas las que lo eligieron como primer destino europeo. No las hemos llevado al extranjero y tienen hambre de conocer otros países. Yo tardé muchos años en salir fuera de España.

      Los cementerios, especialmente los que he señalado, son lugares sorprendentes. Iba con mi cámara a todos los lados pero no los miré como objetos artísticos, pues iba buscando las tumbas de mis admirados artistas. Otra vez tengo que volver a fotografiarlos como haces tú.

      Y sí, fue un momento especial encontrarme con la tumba de Cortázar. Seguro que algún día irás tú.

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  6. Me ha gustado mucho este paseo literario artístico por los cementerios parisinos. No me ha parecido nada lúgubre sino todo lo contrario. Llamativa esa sensación de comunión que sentías en el columbario. Me recuerda la sensación que yo siento cuando en esos viajes, cansada de patear las calles, entro en una iglesia, percibo el olor a ese lugar, el olor a incienso, me siento en silencio y miro sus muros, esa construcción robusta que me transporta al pasado y me devuelve al presente, al absurdo que relatan algunos de esos libros de literatura que mencionas. Por un momento siento pertenecer a una secuencia interminable de seres que pasaron y pasaràn por el mismo lugar. Ese instante que Van Gogh pintó y que tú intentas desentrañar cuando lo observas
    De todas formas, he de decir que te lo organizas fenomenal, con familia, por un lado, pero con tus ratos íntimos y personales por otro. Qué tendrá París que todos acabamos yendo allí. Y tú, por lo que veo, te quedarías para toda la eternidad.

    Besos.

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    1. Angie, fue un momento misterioso aquellos dos minutos que estuve en la cripta. Pensaba que sería fácil dar con los columbarios de algunos artistas que había allí, pero me fascinó esa infinidad de pequeñas gavetas negras con nombres, geométricas, perfectas, y suavemente iluminadas por lámparas que creaban un ambiente íntimo. Me di cuenta de que estaba rodeado de miles de muertos, mucho más que en el cementerio de la superficie del que había bajado. No sé, fue la atmósfera poderosa que había allí. Oí toser a alguien que no vi. Quería quedarme pero no había tiempo. Había una llamada por otra parte para que saliera a la superficie y no me dejara atrapar por aquello, por la fascinación que me producía aquel instante en medio de la muerte. Subí, pero pensé en volver, pero a la vez había algo que me decía que no. Es una extraña historia. Recordé la estancia de Ulises en la morada de Circe y que esta le dice que ha de bajar al Hades, el reino de los muertos. Algo así sentí yo. Una fascinación luminosa por la muerte tan real en medio de miles de seres, algunos genios, que me rodeaban.

      La inmensa mayor parte del tiempo estuve con mi familia, pero tuve una mañana para ir al cementerio de Montparnasse para mí, y luego la visita al museo de Orsay al que no quisieron acompañarme mis hijas. Sin duda, fueron experiencias estéticas muy intensas. Me alegraría de haberlas transmitido en mis palabras apresuradas. París.

      Un beso. Y gracias por tus palabras.

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  7. A falta de nombres celebres en el cementerio de mi ciudad, mientras mi mujer compra en un almacén de verdura, justo enfrente, me gusta entrar y admirar ciertas esculturas :algunas de una gran belleza romántica y apropiadas para el lugar . Hay un Ángel del dolor que dan ganas de acercarse y pasarle la mano sobre sus cabellos, sobre sus rizos de piedra. Debajo hay alguien que ya nadie recuerda, ni flores de plástico tiene .La fama te saca de la tumba, quizás te salve del olvido .La náusea de la existencia es un vómito de niño si tu obra aguanta el paso del tiempo. Dejar algo importante ¿verdad? .Pero todo se debe a que si no existiera la muerte nadie escribiría. Ah y yo también siento envidia de Francia: ¡Me gustan hasta sus películas!

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    1. Mañana comienzo el Camino del Norte. Dudo si ir por el interior o por la costa. El camino del interior es mucho menos transitado y recorre el interior de Euskadi, una pequeña aventura que quiero realizar. Sin duda, parte del Camino es encontrarse con pequeñas iglesias o no tan pequeñas con imágenes como las que mencionas. Me dejaré llevar por esa lentitud, esa magia, de la penumbra, y meditaré de alguna manera en esa atmósfera. Hay muy pocos cuya vida deje algún poso. Tuve ocasión de visitar la última morada de algunos de ellos, de los más admirados. Pero miraba otras tumbas de algunos que eran desconocidos para mí, y me preguntaba sobre quiénes habrían sido, cómo habría sido su vida. Y pensar que de la mía no quedará nada más que un recuerdo en la memoria de mis hijas... Da vértigo pensar que uno será algún día solamente eso. Nada. Yo ni tumba tendré porque quiero que dejen mis cenizas en una playa de una isla de Lanzarote. Es extraño y es divertido. Y puede ser verdad que sin la muerte, nadie escribiría. Es como si quisiéramos dejar aunque sea un pequeño rastro, algo.

      A mí también me gustan las películas francesas, y la literatura. Mis hijas dicen, en cambio, que sus pelis son muy raras.

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  8. He llegado algo tarde a esta entrada que quería comentarte ayer pero que por otras ocupaciones tuve que dejarlo para hoy.
    Conocí París mucho antes de ir a llí. La culpa de todo la tiene un cachazudo comisario de Quai des Orfevres y amante de las bebidas fuertes la vida que bullía en tan excelsa ciudad barrio a barrio. Después de leer las historias del Comisario Maigret, París se vuelve extremadamente accesible y lo que no aportó Simenon lo aportó Marcel Proust para entender un poco mejor el París de los Grandes Bulevares o de los Campos Eliseos.Tenía un mapa al llegar a París y me fui muy útil para manejrame en tan fastuosa ciudad.
    Yo no sé si el alma de esos parisinos naturales o adoptados reside en los cementerios donde se guardan sus restos. Reconozco que no he pisado el Père Lachaise o el de Montparnasse y me gustaría visitarlos pero pienso que la mejor forma de entenderlos está en los lugares por donde pasaron cuando estaban vivos algo habrán dejado atrás por mucho que el tiempo haya sido inclemente con sus huellas.
    Saludos cordiales.

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    1. No puedo decir que conozca París. He sido un vulgar turista que ha pasado cinco días, no tengo siquiera conocidos en París que me pudieran haber llevado a algo que no aparezca en las guías, ni hablo francés con fluidez. Hace más de treinta años quería encontrar en Saint Germain des Pres o el Quartier Latin algo que me llevara al mayo francés o a aquella izquierda que dio núcleo a las revueltas de aquella década. Pero rápidamente uno advirtió que ya no queda nada o yo no lo vi. Sí que tengo la impresión, no sé si fundada o no, de que se le da un mayor valor a la cultura que en España y que las letras francesas son un punto de orgullo nacional. No sé más de París, salvo saber que me siento a gusto allí, que me agrada el ambiente, que me agradan los franceses, el sonido de su idioma... No he leído apenas apenas a Simenon, ignoro por qué. Tal vez tenga que replanteármelo. Leí Rayuela en buena parte ambientada allí, y, por supuesto, el primer tomo de Proust que he de volver a leer pues hace mucho tiempo que lo hice. Menos mal que existe París. Es una ciudad que estimo.

      Un fuerte abrazo. Y gracias por tus palabras.

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