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jueves, 12 de junio de 2014

Pensamiento crítico



 Ayer salí con mis alumnos a un centro tecnológico de Cornellà en una visita sumamente interesante. Ellos se cansaron pero el profesor fue una esponja y asimiló información que nos iba llegando desde los diferentes monitores. Una de las frases que retuvo mi atención fue la idea de que el Citilab fomenta el pensamiento crítico entre los ciudadanos que van a aportar sus ideas o a recibir cursos e información. Aquello me hizo pensar sobre la naturaleza del pensamiento crítico y su utilidad para la población en general.

Mientras iba visitando el centro me interrogaba sobre eso que se llama pensamiento crítico con el que supongo que la totalidad de los visitantes del blog estarán de entrada de acuerdo en grado máximo. ¿Qué es pues pensamiento crítico? Lo primero que me viene a la mente es un pensamiento que observa la realidad a todos los niveles, desde el más cercano al más abstracto, y la somete a evaluación no quedándose con el primer nivel que es la apariencia inmediata. En efecto, la realidad que recibimos por nuestros ojos y por nuestros oídos está sometida a elaboración ideológica por poderes que desean conformar nuestra mente en torno a valores que ellos han elegido. Así es toda la información que recibimos a través de los medios de comunicación así como los mil y un mensajes que nos llegan a través de tantas y tantas personas que tienen relación con nosotros. La principal actitud ante la información que nos llega desbordándonos es la duda metódica. Nada suele ser lo que parece. Siempre hay algo oculto o muchas cosas ocultas. Intereses políticos o ideológicos. Creemos que somos escasamente importantes como individuos, pero hay poderes muy fuertes a nivel mundial, a nivel nacional y nivel regional que quieren hacernos perfectamente transparentes para ellos de modo que nos puedan moldear en torno a algo que interesa a alguien. Así son los intereses políticos, deportivos, ideológicos, recreativos. Nada es inocente. Todo está vertebrado por un intento de manipulación en mayor o menor medida. A veces nos damos cuenta si la manipulación choca con lo que creemos nuestra forma de ver las cosas, esa que creemos haber elegido. Que creemos haber elegido. Desde pequeños se nos ha conformado desde la familia, la escuela, la televisión, la publicidad, la prensa, el cine. Y la pregunta esencial para mí es ¿por qué pienso lo que pienso? ¿qué factores me han llevado a una visión del mundo? ¿Ha sido mi propio análisis propio y personal de la realidad o simplemente me he ido mimetizando con mis semejantes que me han impregnado de sus creencias? Esto vale para un club de fútbol, para una emoción nacionalista, para una creencia religiosa, para una percepción humanista o una pulsión violenta.

El pensamiento crítico es el que se interroga sobre lo que piensa y sus orígenes, que pone en duda sus convicciones más arraigadas fundamentadas esencialmente en emociones. Sí, las emociones suelen ser la mayor parte de nuestro hábitat mental. Si yo me junto con personas que tienen emociones, si desde pequeño me educan en torno a unas emociones que se exaltan y que se comparten estimulando nuestra faceta más comunista (de comunidad), si yo siento placer en responder a unos símbolos con adhesión sentimental... yo formaré parte de un völk y lo elevaré al plano ideológico, metafísico y político. Además tendré la percepción de que ha sido elegido libremente por mí. Esta convicción de la libertad con que he elegido es el mayor peligro porque nadie elige con libertad completa. Nuestras ideas son sumas de sumas de retazos que andan estructurados para influenciar nuestros cerebros que suelen ser acomodaticios y perezosos. Nos gustan las convicciones. Nos gusta pensar que tenemos convicciones profundas. Que han salido de nosotros por un proceso de análisis racional pero esta racionalidad es posterior a la emoción que está en la base de todo. De hecho racionalizamos las emociones para ser solidarios con nosotros mismos. Cuando creemos ver el mundo diáfano y meridianamente claro es el momento de dudar de esa certeza, sea la que sea. El pensamiento crítico no es ser radical contra el poder, contra la Corona, contra el Estado, contra el capitalismo, contra los bancos. Puede que sí o puede que no. Depende. Hay muchos lugares comunes en el radicalismo así como en el conformismo. Un punky que quema contenedores y revienta las cristaleras de los bancos no es más libre que yo, aunque él juzgue a la masa como borregos institucionalizados. Él por un acto de fe se sitúa fuera de algo que no tiene fuera. Todos estamos dentro, somos un entramado de células vivientes y aparentemente racionales que se creen libres, pero en buena manera estamos condicionados por la biología, por la genética, por la propaganda, por la familia, por nuestra psique que tiende a la búsqueda del placer en determinadas emociones.

No hay nada que me perturbe tanto como cuando descubro a alguien que se siente perfectamente coherente consigo mismo, que tiene sus ideales plenamente enraizados en la comunidad, que se cree sujeto de certezas inconmovibles sean las que sean, que se cree libre y digno. Si a esto se une el que una su libertad a una bandera, a un himno, a un libro, a una historia, a su propia percepción de sí mismo como sujeto crítico... me dan ganas de reír. Nadie es totalmente libre, todos somos hijos de algo, nacemos de algo, nos hemos criado en algo.

El principal valor del pensamiento crítico es dudar de nosotros mismos como capaces de un conocimiento racional y objetivo. Pero esto no es la norma. Suelo encontrar más personas convencidas que dubitativas y que además lo expresen. Supone en muchos casos quedarse solo sin el calor del fuego compartido o del fuego que nos da el sentimiento de convicción profunda.

¿A que no saben a quién estoy leyendo?

A Kafka junto a una biografía absorbente sobre sus años más creativos.

Lo que nos seduce de Kafka es su realidad impotente, su confusión, el sentimiento de extrañeza, el miedo, la duda, la burocracia aplastante que lo rodea, un sentimiento de onirismo que vertebra la visión de las cosas, todo eso junto a un sentido del humor extraño. 


Y ahora, una sonrisa por si nos despertamos algún día convertidos en cucaracha tras haber estado convencidos de algo muy serio. 

7 comentarios :

  1. Las personas somos un cumulo de circunstancias, nos afecta desde el clima hasta el relieve, pasando por la luna, las experiencias y los afectos. Pensar que podemos desligarnos de nuestro entorno es como pensar que un pez puede respirar aire puro. Vivimos en un mundo que criticamos, pero pocas veces ejercemos la auto-critica, esa parte de la critica que es la más importante y como siempre, la más olvidada y no hablo de fustigarnos, sino de aprender a vivir con nostros mismos.

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    1. Bien expuesto y expresado. Ortega sintetizó esa idea en una máxima: "Yo soy yo y mi circunstancia". Esta reflexión llegó a mí cuando yo tenía dieciséis años y estudiaba filosofía en bachillerato en un colegio de curas. Hay personas que se entregan a sus circunstancias sometiéndose a ellas y hay otras que no se dejan aplastar por las mismas. Deslindar y analizar ese yo y esas circunstancias es importante para vernos a nosotros mismos. El pensamiento crítico comienza en ser crítico con el mundo que nos rodea pero también y esencialmente con nosotros mismos como sujetos de conocimiento que impregnamos de subjetividad y emoción la realidad. No rendirse a lo dado es importante. Somos seres que podemos modificar aunque sea microscópicamente algo del entorno, pero la tarea fundamental comienza en la contemplación de nuestro interior.

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  2. Un artículo importante, Joselu. Me suelen gustar todos, pero este de hoy todavía más. Es un artículo buenista completamente..., de Gustavo Bueno, claro, que tuvo unos efímeros meses de gloria mediática hasta que se desprendieron de él por maniático del método y por su adhesión a la lógica, lo que le hacía imposible conversar con unos contertulios que jamás eran capaces de "fijar" los conceptos o de emplearlos con propiedad. Espero que tu texto haya hecho dudar a quienes incluso presumen de ese espíritu crítico cuyas cualidades ambos dudamos de que fueran capaces de enumerar. He leído, desde que centraste el tema, con la esperanza de que apareciera a la vuelta de cualquier línea un concepto que para mí es condición sine qua non del espíritu crítico: la rebeldía. Ya sé que sólo querías iniciar el tema para crecerte en las réplicas, como los buenos oradores políticos, por eso quiero darte pie con esta intervención. Para desnudar las contradicciones del capitalismo y su deshumanización, su crueldad congénita, Marx tuvo que conocer al dedillo una disciplina, la economía, y especialmente la capitalista, cuyo estudio y la reflexión sobre ella, pueden bien bien llevarte una vida, si de lo que se trata es de combatirla con fundamentos sólidos. Supongo que tu concepción del espíritu crítico anda por ahí, ¿no? Porque no se puede calificar de espíritu crítico la actitud (no el pensamiento) antisistema o directamente, como tú bien señalas, la violencia como medio de lucha contra ese sistema. Los jóvenes adolescentes en el franquismo tenían, por así decirlo, el enemigo en casa, y era un enemigo duro de pelar, pero contra el que te habías de enfrentar a cara de perro y con unas repercusiones emocionales añadidas que no tiene enfrentarse a un enemigo casi anónimo y abstracto, "el sistema", cuya encarnación más identificable son, al parecer, las lunas de los escaparates o las oficinas o el mobiliario urbano que es de todos. La rebelión contra el padre -en mi caso incluso con violencia física por medio- no solo era una etapa freudiana, en nuestro caso, sino la única posibilidad de ser libres. Por eso siempre me he sentido tan cerca de los jóvenes europeos, sobre todo los alemanes, de los años 20 y 30, como Hesse, Heinrich y Klaus Mann, para los que la figura del padre y la tensa y conflictiva relación con él era no tanto un tema literario cuanto un ajuste de cuentas biográfico. Como bien señalas, Joselu, rebelarse significa, sobre todo, dolorosas renuncias: a cierta comodidad de la sopa boba, a la seguridad del techo, a la continuidad de unos estudios que no dependan del propio trabajo de uno, en estos tiempos tan difíciles y en el que tan mal remunerado está. Oponerse, pues para conquistar un espíritu crítico, con todos los respetos y sin ánimo de ofender, no está al alcance de cualquiera; pero sin esa decisión rebelde jamás se construirá el espíritu crítico. Es elemental: para ver con claridad el objeto y abarcarlo en su totalidad hay que alejarse prudentemente de él. Desde esa distancia es desde donde se observa nítidamente, por ejemplo, que Trias y los de Can Vies son el anverso y el reverso de la misma moneda; y que se nevesitan mutuamente hasta con desesperación. El espíritu crítico, por cierto, tiene muy serias limitaciones, y quizás la principal sea la de su incompatibilidad con la masa y su levadura demagógica.

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    1. En mi artículo no aparecía el término rebeldía. No lo necesité porque pienso que en él estaba implícita esa actitud rebelde. Ambos hemos leído El hombre rebelde de Camus y me doy por inspirado por esas reflexiones de aquel francés de origen español. No he mencionado la rebeldía porque es un término ambiguo y todos quieren apropiárselo. La rebeldía en un sentido amplio podría ser el no aceptar las reglas impuestas y la actitud de enfrentamiento con el poder establecido. Así son rebeldes los nacionalistas que cuestionan la Constitución y están buscando el choque con el estado para imponer la independencia. No me cabe duda de que se consideran rebeldes. Y también serían rebeldes los antisistema por su crítica feroz al capitalismo. Serían rebeldes los anarquistas que homenajeó Valle en Luces de bohemia con el obrero catalán. Serían rebeldes mis alumnos que se enfrentan al orden, la disciplina, a los profesores. Serían rebeldes los talibanes que se enfrentan a la -para ellos- dolorosa occidentalización... En fin, el término rebeldía se puede utilizar para todo. Yo me refería a una rebeldía metafísica que no tiene que estar traducida en un programa político ni tiene por qué asumir una ideología de ningún tipo. Estos días leíamos en clase Luciérnagas de Ana Maria Matute, una novela escrita sus veintitrés años en 1949. Es un texto que no pasó la censura y, sin embargo, al padre de la protagonistas, Sol, le asesinan los republicanos, y Sol está en la cárcel republicana, igual que su novio al que van a fusilar cuando se escapa. Sorprende en esta novela que la autora no elija bando, que no condene ni a unos o a otros, sino que su dardo va contra la naturaleza humana, contra unos hombres capaces de enfrentarse en un drama trágico como aquel. Y Matute ha rehusado con firmeza siempre opinar sobre política en ningún sentido, y bastante trago tuvo que ser para ella recibir el Cervantes y tener allí a toda la pléyade política a la que debe en su fuero interno detestar. Pero no nos cabe duda de que Matute fue una mujer rebelde desde niña porque fue capaz de construir un mundo propio, radicalmente personal. Esta es la rebeldía que busco, en que creo. Las opciones políticas son aleatorias. Es cierto que el capitalismo es en muchos sentidos atroz y de ese sentimiento se alimentan los movimientos que lo denuncian desde perspectivas necesariamente demagógicas porque en esencia no existe ni en teoría ni estado de embrión una alternativa al sistema capitalista por aciago que sea. Puede haber correcciones al sistema capitalista como la tasa Tobbin, controlar los paraísos fiscales, acentuar los controles anticorrupción, ser conscientes de que el planeta está siendo roto por la sobrexplotación de los recursos. Son rebeldes las ONGs honestas que luchan por los más desfavorecidos, por la libertad de conciencia, la causa ecológica. Pero hoy me refería más bien a esa libertad interior que no sé si es patrimonio de todos los seres humanos porque cada vez soy más escéptico en mi seguridad de conocerlos. Hay seres humanos que no son políticos y no tienen conocimientos de economía o política y son simplemente dignos y generosos. Los hay. Conseguir ese equilibrio personal para ser simplemente justo es un ejercicio tan natural como extraordinario. No es patrimonio de todos los seres humanos. Entre mis alumnos veo como florecen la insolidaridad, la trampa, la deshonestidad, la crueldad y les parecen normales. Ese hombre rebelde al mirarse a si mismo ha de ser consciente de sus parámetros éticos o morales. Borges nos decía que solo había dos preceptos que valieran la pena para nuestra vida: Sé justo y sé feliz. Casi nada.

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  3. Tremenda reflexión, José Luis. Le has sacado muchísimo provecho a esta actividad escolar y te has ido por unos senderos que yo no esperaba cuando empecé a leer la nota. Creo que resumiste muy bien aquí todo el argumento de tu escrito: "Todos estamos dentro, somos un entramado de células vivientes y aparentemente racionales que se creen libres, pero en buena manera estamos condicionados por la biología, por la genética, por la propaganda, por la familia, por nuestra psique que tiende a la búsqueda del placer en determinadas emociones". En otras palabras, la libertad no es lo que parece y desde esta esquina del mundo me parece un concepto muy atractivo para algo que no existe del todo, que tal vez sea una imposibilidad (Algo parecido a esto decía Lola en la última videoconferencia en que te echamos de menos). El debate de ideas que se da a nivel de sociedad me parece necesario e importante, aunque sea para mover en centimetros todo el engranaje social hacia el establecimiento de derechos y la ruptura de normas que condicionan más al ser humano, pero la exploración más interesante del condicionamiento social empieza por sí mismos y por esa gran pregunta filosófica: ¿qué somos?

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    1. Qué somos es importante pero es imposible de contestar porque no podemos saberlo. Somos algo o alguien que percibe la realidad del mundo impregnada de prejuicios, algunos buenos y otros no tanto. Somos simplemente observadores del mundo exterior y de nuestro mundo interior en el que ocurren muchas cosas al fusionarse nuestro microcosmos con el macrocosmos que nos rodea. Es una relación simbiótica y compleja.

      Cuando un estadounidense pone la mano en el pecho y oye el himno nacional y ve la bandera ocurren muchas cosas dentro de él que yo desde mi perspectiva española no puedo entender porque no forma parte de mi experiencia emocional. Me gustaría acercarme pero no puedo. Ahí debe de haber fe, historia, orgullo, unidad, comunidad, la sensación de ser una nación elegida y ungida por el destino. Un sentimiento muy simple y complejo a la vez pero inaccesible para mí. Y así son la mayor parte de las emociones de los demás. Las puedo intuir, pero no compartir.

      Está claro, por otra parte, que no todos tenemos la misma percepción del sentido de la libertad a pesar de parecer un sentimiento universal.

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