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jueves, 28 de noviembre de 2013

Literatura, una elección afortunada.


Recuerdo que a mis once años descubrí los libros. Conocía los libros de texto, las enciclopedias, pero desconocía que hubiera libros de lectura para niños que recreaban series famosas de televisión o personajes inventados que vivían aventuras extraordinarias. Había leído miles de tebeos, la literatura de los niños en un tiempo ya lejano, pero no había tenido en mis manos un libro. El descubrimiento me llenó de sorpresa y me maravilló. No podía creer que existiera algo tan prodigioso como ese artefacto llamado libro.

Así hasta ahora en que sigo sintiendo cosquillas en el estómago cuando compro un libro –digital o en papel- anticipando el placer que sentiré con su lectura. Mi relación con la lectura ha sido cambiante e incluso he pasado etapas en que he creído que la literatura me había abandonado como una amante despechada, y he dejado de leer no sin remordimiento. Afortunadamente fueron pasajeras y la realidad me ha llevado de nuevo a frecuentar los libros como un refugio ante las inclemencias de la vida. Creo que acumulo pocos méritos en mi existencia pero uno sí me acompaña, el de ser un lector apasionado. No entendería mi modo de estar en el mundo sin la presencia continua, aunque a veces conflictiva, de la literatura, de la buena literatura.

A veces empiezo un libro con muchas expectativas, y cuando llevo leídas unas sesenta páginas me doy cuenta de que hay algo en él que no me atrae, no me siento cómodo leyéndolo, la voz narrativa o el estilo del autor no se identifica con mi estado vital, lo que no quiere decir que en otro momento sí que me hubiera congraciado con él. Es lo que me ha pasado estos días con la magna novela Vida y destino de Vassily Grossman. Sé que es una espléndida novela, pero adentrado en ella no me sentía seducido ni atraído para continuar su lectura. Era un esfuerzo recomponer ese mundo narrativo en que aparecen docenas y docenas de personajes hilvanados por la guerra ruso-alemana. Dejé de leerla y busqué algo que me llevara a permanecer dentro de la narración. Ya no soporto un libro que me haga estar a la fuerza en él. Lo abandono.

Cuando leo quiero sentirme cómodo, me gusta sentirme identificado con la voz narrativa, estar en un paisaje y un territorio amable, que sus reflexiones de una forma u otra estén cerca de mi cosmovisión, que sus personajes me sean entrañables aunque puedan ser odiosos. Hay novelas que me fascinan. He leído mucho los últimos años. He descubierto la voz de José Luis Sampedro cuya novela El río que nos lleva y La sonrisa etrusca me han conmovido, no así la lectura de Octubre, octubre, de la que me sentí lejos y no proseguí con ella. No soporto la voz pretenciosa del narrador de Javier Marías. He leído dos de sus más reconocidas novelas y sé que no me volveré a encontrar con él. No niego su calidad pero si puedo elegir, desde luego no será una de sus narraciones la que escoja. Me ha interesado mucho la novela de Juan Marsé El embrujo de Shanghai. No es nueva aunque llevaba más de veinte años sin leer a este autor catalán. Releí recientemente La lluvia amarilla de Julio Llamazares y me gustó esa existencia solitaria, entre fantasmas,  en un pueblo abandonado, del último habitante de Ainielle, un lugar del Pirineo aragonés. La había leído hace más de veinticinco años, cuando la publicaron, y ahora he vuelto a ella. He leído Intemperie de Jesús Carrasco, una opera prima magnífica. En un año lleva más de quince reediciones y ha sido editada en unos catorce países, lo que demuestra que la calidad también se abre paso a pesar de ser un autor novel. He leído con enorme placer El sueño del celta de Mario Vargas Llosa, narración que recrea la figura de un irlandés, Roger Casement, que luchó por los derechos de los africanos del Congo y los habitantes de la Amazonia ante la depredación criminal de las compañías explotadoras de los recursos naturales de dichas regiones. La novela del premio Nobel muestra que se puede expresar un excelente castellano sin que suponga una dificultad para el lector que se sumerge en sus páginas. Memorias de Leticia Valle de Rosa Chacel me pareció una novela exigente para el lector que ha de transitar por las elipsis narrativas de la narración. Demasiada felicidad de Alice Munro me ha llevado a reconocer la calidad magnífica de esta narradora canadiense que expresa historias complejas con personajes aparentemente normales. Incluso este verano me compré Canción de fuego y hielo (Juego de tronos) de George R.R. Martin teniéndome varios días enganchado a este comienzo de la saga, reconociendo que tiene una calidad y aliento épico formidables en la construcción de un mundo singular y propio.

Leo a golpe de inspiración, a veces recorriendo mi biblioteca en busca de joyas olvidadas. Así descubro maravillas que llevan veinte años cogiendo polvo desde que las compré. Me pasó hace un tiempo con La montaña mágica de Thomas Mann. Ese libro me había estado esperando más de dos décadas para llegarme en un momento cenital de mi vida. Otras veces rastreo Amazon en busca de obras o autores que me inspiren. Ahora estoy leyendo El mapa y el territorio de Michel Houellebecq cuya textura narrativa me está atrayendo poderosamente.

La literatura es alimento para el espíritu. No entendería la vida sin la literatura. Pero necesito sentirme atraído por el mundo narrativo que se me propone. Necesito sentirme atraído por la voz que me cuenta la historia, necesito sentirme aposentado en su mundo narrativo, sentirme próximo al autor, que el territorio de la ficción sea amable aunque luego me dé un puñetazo en el estómago, lo que es también interesante.

A veces cojo un libro de la estantería y solo con unas páginas puedo detectar si su prosa y su voz narrativa me es deseable como compañera durante un tiempo.


¿Qué libros habéis descubierto recientemente que os hayan atraído y que recomendéis? ¿Qué voces de narradores os han seducido cuyos mundos os han resultado cercanos y que queráis poner en común? ¿Hay alguna joya que queráis comentar?  

viernes, 22 de noviembre de 2013

Alma salvaje



Una de las historias que la prensa ha publicado recientemente que más me han conmovido e interesado es la historia de una muchacha nacida en Namibia en 1990, llamada Tippi Benjamin Okanti Degré. Fue una niña hija de dos fotógrafos que vivían en África. Tippi vivió sus primeros nueve años en plena libertad, entre los animales salvajes y las tribus del territorio, los bosquimanos y los himba, que la acogieron como uno más y la enseñaron a cazar, rastrear y comer bayas y raíces para sobrevivir. Tippi no iba a la escuela, vivía con el cielo infinito de África sobre sus ojos y sus pies pisaban la tierra roja de este continente. Fue una infancia única y mágica totalmente diferente de las de otros niños franceses que la viven encerrados entre cuatro paredes y sometidos a las disciplinas escolares y urbanas.

Hoy mientras llevaba a mi hija Lucía al colegio hablábamos de esta muchacha. Le he contado la historia de Tippi que continúa cuando ella tiene casi diez años y sus padres se separan y la llevan a vivir a París. La separación de sus padres y el alejamiento del África producen en la preadolescente una profunda crisis, acentuada por el hecho de empezar a ir a la escuela lo que supone para Tippi un inconcebible encerramiento. Todo le parece pequeño en París, las calles y las casas, acostumbrada al cielo y la naturaleza africanos. Es una niña retraída en la escuela y alejada de sus compañeros recordando su vida en África, sus auténticas raíces que no ha podido olvidar. Fue esta una etapa dolorosa y en sus ojos se distinguía la tristeza de pertenecer a otro lugar.

Tippi se llama Okanti lo que significa “suricata” en la lengua ovambo de Namibia, una pequeña mangosta que llevó al desierto del Kalahari a los padres de Tippi, fotógrafos.

Puedo entender el conflicto de esta muchacha que se siente fuera de lugar en Europa, añorando la inmensidad africana, a la que tarde o temprano volverá. Ahora cursa estudios de cine en la Sorbona, y ha vuelto a África para realizar varios documentales.

Cuando era niño yo, a los cuatro o cinco años, mi vida era libre en mi ciudad. Deambulaba solo por las calles y las plazas yendo de un lado a otro. Recuerdo de esta etapa una sensación de libertad. Luego tuve que recluirme e ingresar en un colegio represivo en que solo había varones. Lo sentí como un encerramiento, en absoluto comparable con lo que vivió Tippi que fue infinitamente más hermoso y libre en compañía de felinos, serpientes, elefantes, mangostas y su relación con las tribus en conexión con la naturaleza. Corría desnuda por las praderas, sin peligro, en permanente estado de felicidad. Allí todo era perfecto bajo el sol africano.


 Es comprensible esta disociación, esta esquizofrenia de una niña que ha dejado su alma en África y ha sido arrastrada por sus padres a la sociedad occidental por motivos que todos podemos comprender. Fue arrojada del paraíso y llevada a una sociedad sin raíces. Probablemente se pueden hacer muchas objeciones a esto, pero la historia me lleva semanas dando vueltas en la cabeza. Los niños en nuestra civilización viven encerrados e hiperprotegidos. Lo más que pueden percibir como libre son los parques en que juegan, vigilados por sus padres, con otros como ellos.  Por lo demás la vida está pautada, arreglada, absolutamente estructurada. Se va a la guardería desde los dos años y todo es un conjunto de normas y estructuras cerradas. Nada hay más inconcebible que la libertad fuera de los ojos de los padres para un niño. Creamos seres encerrados, incapaces de concebir los paisajes abiertos, con una conflictiva relación con la naturaleza, acostumbrados sobre todo a los centros comerciales, a la casa y al colegio donde siempre se está encerrado.

Reprimimos el salvaje que está dentro de cada niño, y esto crea una profunda neurosis que se puede percibir en la adolescencia donde seguimos encerrándolos en centros con verjas y siete llaves. Falta esa mágica relación con la naturaleza y el sentimiento de libertad que debería haberse experimentado en algún momento. Creamos seres programados, que terminan consumiendo grandes dosis de antidepresivos o alcohol para soportar el encerramiento y la claustrofobia de vivir en el seno de la sociedad occidental que cuida el bienestar material pero descuida el alma de las cosas y las personas.

Tippi añora los paisajes de África, añora esa libertad de tener el cielo por encima de ella y hablar con los animales como presencias reales, añora la relación con seres profundos como los bosquimanos (en trance de desaparición) o los himba. Siente una profunda tristeza por haber sido arrojada del paraíso. Tal vez ya la vuelta sea imposible. Ella la vivió en ese tiempo mágico de su infancia en que todo es irrepetible.


Hoy hablaba con Lucía de Tippi y le decía que no sabía si sus padres le habían hecho un favor haciéndole vivir esa niñez o aquello le acompañaría como una condena por la  nostalgia del mundo infinito de África, ese continente terrible y maravilloso que encierra tanta inmensidad y a la vez tanta amargura, tanta belleza y tanto dolor.

martes, 12 de noviembre de 2013

El tifón de Filipinas



Abrumado por las noticias que llegan de Filipinas me siento compelido a escribir unas líneas en el blog. Supongo que todos somos conscientes de la catástrofe climática que ha supuesto la llegada del tifón Haiyat a las costas de Filipinas. Decenas de miles de muertos a la vez que centenares de miles de personas que carecen de alojamiento porque todo ha sido destruido. Falta agua potable, medicamentos, mantas, comida, todo lo imprescindible. La situación es terrorífica. Decenas de miles de personas deambulan en busca de algo que comer o simplemente agua potable.

No quiero añadir nada más. No sé si es caridad o compasión humana ante la desgracia terrible de unos semejantes, pero no puedo evitar sentirme reclamado y conmocionado por esta tragedia provocada, según la Conferencia de ONU celebrada en Varsovia, por el cambio climático.

Dejo aquí en este enlace de MÉDICOS SIN FRONTERA una oportunidad de contribuir a ayudar. Sé que podemos hacer poco, pero gotita a gotita se puede tal vez ayudar a remediar en algo aquel desastre que reclama nuestra solidaridad.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Lampedusa, Níger y las cuchillas de la verja de Melilla


Comienzo este artículo con una desasosegante impresión porque voy a abordar un tema doloroso y complejo. Me refiero a las últimas noticias que nos han llegado sobre inmigrantes muertos en el sueño de llegar a Europa. Hace unas semanas murieron más de trescientos en el mar intentando llegar a la isla de Lampedusa provenientes de Libia. El escándalo fue mayúsculo porque no se había preparado un dispositivo suficientemente serio para poderlos ayudar y su barco se incendió a medio kilómetro de la costa. La imagen de los trescientos féretros con sus restos, más los desaparecidos, golpeó la conciencia europea. Las autoridades comunitarias fueron abucheadas por los habitantes de Lampedusa que llevan más de veinte años conviviendo con la tragedia. Pocos días después llegaron a la isla más de ochocientos africanos en barcazas que huyen del hambre, de la sed, de los conflictos y los desastres que asolan buena parte del continente africano. No tienen nada que perder y estos africanos, hombres, mujeres y niños, se empeñan para pagar un pasaje en una barcaza inestable que anhela llegar a suelo europeo.

Pocos días después apareció otra noticia en la prensa en la que se describía el espectáculo dantesco de 87 africanos, la mayoría mujeres y niños, muertos, muchos abrazados, de hambre y de sed en el desierto de Níger, cerca de Argelia. También querían llegar a Europa y se habían lanzado a un viaje suicida a través del desierto que los llevó a una muerte terrible por consunción.

Otra noticia que es reciente es la decisión de las autoridades de Melilla de poner cuchillas en la verja que separa la población de Marruecos, teniendo en cuenta que dicha verja es frecuentemente asaltada por mareas de desesperados que logran subir los seis metros de altura y lanzarse a territorio español. La cuchillas (concertinas) producen profundos cortes en la manos, en los brazos y en las piernas de los africanos que se lanzan a escalar la valla. Fueron retiradas por el gobierno socialista pero van a ser reintroducidas por el gobierno actual.

Son tres noticias que nos alertan de lo que está sucediendo al otro lado del Mediterráneo, en el continente africano. Si la crisis nos está golpeando duramente a nosotros, no podemos ni siquiera imaginar cómo está afectando a la globalidad de la población africana, especialmente en zonas devastadas por la guerra, la inestabilidad, el cambio climático y las sequías.

Esos hombres, mujeres y niños mueren en el intento de llegar a suelo europeo, la fortaleza europea.

Ayer Bernard Henry Levi en El País publicaba un artículo titulado “Europa comienza en Lampedusa” en el que venía a decir que Europa se niega a sí misma, como patria de lo universal, si se convierte en una fortaleza excluyente, haciéndose eco de la reciente tragedia ocurrida en la isla italiana.

Asimismo, el Papa ha hablado con indignación moral sobre la globalización de la indiferencia haciendo referencia a la catástrofe de Lampedusa. 

El dilema moral terrible que tenemos ante nosotros y que no es fácil es decidir qué debemos hacer ante esta situación sangrante en que decenas de millones de personas provenientes de África y Asia se lanzarían hacia Europa si abriéramos los brazos para acogerles. Podemos poner más medios para remediar la situación de los que intentan llegar, poner barcos de salvamento, recursos marítimos y terrestres para ayudarles. Esto es irrenunciable.

¿Pero deberíamos abrir nuestras fronteras a todos los que quisieran llegar a suelo europeo, a suelo español? ¿Deberíamos quitar la verja de Melilla, las cuchillas, las alambradas y facilitar la entrada en España a través de la frontera o Canarias a todos los que se lanzan desesperados a entrar en la tierra supuestamente prometida en plena crisis y en plena recesión económica? ¿Debería acoger nuestra seguridad social y nuestros hospitales libremente a todos los que quisieran llegar a nuestro país?

Tengo la impresión de que no somos conscientes de lo que está pasando más allá de nuestras fronteras, centrados solamente en nuestra vivencia de la crisis que nos está afectando duramente.

¿Hay espacio para millones más de personas que llegarían si se abrieran las fronteras libremente? Los que están llegando, pese a las dificilísimas condiciones con que tienen que arrostrar su travesía cruzando el desierto o el mar, son solo la punta de lanza de un continente agónico.

¿Es cierto que Europa no debería ser una fortaleza si no quiere negarse a sí misma? ¿Hasta que punto debe llegar nuestra solidaridad en un mundo injusto y desigual?


¿Nuestra solidaridad debe llegar solo poniendo medios para remediar a los que llegan a nuestro país pese a las dificultades? ¿O deberíamos abrir nuestras fronteras para permitir la llegada en condiciones de todos los que quisieran arribar a suelo europeo?

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