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viernes, 22 de noviembre de 2013

Alma salvaje



Una de las historias que la prensa ha publicado recientemente que más me han conmovido e interesado es la historia de una muchacha nacida en Namibia en 1990, llamada Tippi Benjamin Okanti Degré. Fue una niña hija de dos fotógrafos que vivían en África. Tippi vivió sus primeros nueve años en plena libertad, entre los animales salvajes y las tribus del territorio, los bosquimanos y los himba, que la acogieron como uno más y la enseñaron a cazar, rastrear y comer bayas y raíces para sobrevivir. Tippi no iba a la escuela, vivía con el cielo infinito de África sobre sus ojos y sus pies pisaban la tierra roja de este continente. Fue una infancia única y mágica totalmente diferente de las de otros niños franceses que la viven encerrados entre cuatro paredes y sometidos a las disciplinas escolares y urbanas.

Hoy mientras llevaba a mi hija Lucía al colegio hablábamos de esta muchacha. Le he contado la historia de Tippi que continúa cuando ella tiene casi diez años y sus padres se separan y la llevan a vivir a París. La separación de sus padres y el alejamiento del África producen en la preadolescente una profunda crisis, acentuada por el hecho de empezar a ir a la escuela lo que supone para Tippi un inconcebible encerramiento. Todo le parece pequeño en París, las calles y las casas, acostumbrada al cielo y la naturaleza africanos. Es una niña retraída en la escuela y alejada de sus compañeros recordando su vida en África, sus auténticas raíces que no ha podido olvidar. Fue esta una etapa dolorosa y en sus ojos se distinguía la tristeza de pertenecer a otro lugar.

Tippi se llama Okanti lo que significa “suricata” en la lengua ovambo de Namibia, una pequeña mangosta que llevó al desierto del Kalahari a los padres de Tippi, fotógrafos.

Puedo entender el conflicto de esta muchacha que se siente fuera de lugar en Europa, añorando la inmensidad africana, a la que tarde o temprano volverá. Ahora cursa estudios de cine en la Sorbona, y ha vuelto a África para realizar varios documentales.

Cuando era niño yo, a los cuatro o cinco años, mi vida era libre en mi ciudad. Deambulaba solo por las calles y las plazas yendo de un lado a otro. Recuerdo de esta etapa una sensación de libertad. Luego tuve que recluirme e ingresar en un colegio represivo en que solo había varones. Lo sentí como un encerramiento, en absoluto comparable con lo que vivió Tippi que fue infinitamente más hermoso y libre en compañía de felinos, serpientes, elefantes, mangostas y su relación con las tribus en conexión con la naturaleza. Corría desnuda por las praderas, sin peligro, en permanente estado de felicidad. Allí todo era perfecto bajo el sol africano.


 Es comprensible esta disociación, esta esquizofrenia de una niña que ha dejado su alma en África y ha sido arrastrada por sus padres a la sociedad occidental por motivos que todos podemos comprender. Fue arrojada del paraíso y llevada a una sociedad sin raíces. Probablemente se pueden hacer muchas objeciones a esto, pero la historia me lleva semanas dando vueltas en la cabeza. Los niños en nuestra civilización viven encerrados e hiperprotegidos. Lo más que pueden percibir como libre son los parques en que juegan, vigilados por sus padres, con otros como ellos.  Por lo demás la vida está pautada, arreglada, absolutamente estructurada. Se va a la guardería desde los dos años y todo es un conjunto de normas y estructuras cerradas. Nada hay más inconcebible que la libertad fuera de los ojos de los padres para un niño. Creamos seres encerrados, incapaces de concebir los paisajes abiertos, con una conflictiva relación con la naturaleza, acostumbrados sobre todo a los centros comerciales, a la casa y al colegio donde siempre se está encerrado.

Reprimimos el salvaje que está dentro de cada niño, y esto crea una profunda neurosis que se puede percibir en la adolescencia donde seguimos encerrándolos en centros con verjas y siete llaves. Falta esa mágica relación con la naturaleza y el sentimiento de libertad que debería haberse experimentado en algún momento. Creamos seres programados, que terminan consumiendo grandes dosis de antidepresivos o alcohol para soportar el encerramiento y la claustrofobia de vivir en el seno de la sociedad occidental que cuida el bienestar material pero descuida el alma de las cosas y las personas.

Tippi añora los paisajes de África, añora esa libertad de tener el cielo por encima de ella y hablar con los animales como presencias reales, añora la relación con seres profundos como los bosquimanos (en trance de desaparición) o los himba. Siente una profunda tristeza por haber sido arrojada del paraíso. Tal vez ya la vuelta sea imposible. Ella la vivió en ese tiempo mágico de su infancia en que todo es irrepetible.


Hoy hablaba con Lucía de Tippi y le decía que no sabía si sus padres le habían hecho un favor haciéndole vivir esa niñez o aquello le acompañaría como una condena por la  nostalgia del mundo infinito de África, ese continente terrible y maravilloso que encierra tanta inmensidad y a la vez tanta amargura, tanta belleza y tanto dolor.

31 comentarios :

  1. Me ha impactado lo que cuentas.
    Que gran escuela la que tuvo Tippi. Una escuela de vida.
    A veces tengo la sensación de que nosotros los padres "civilizados" castramos la formacion de nuestros hijos con una enseñanza oficial diseñada para que no sean extraños en nuestra sociedad , bastante enferma. ¡Que gran suerte poder crecer viendo el horizonte!,ser consciente de la pequeñez del ser humano en la inmensidad del universo...

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    1. Creo que lo expresas con exactitud. Educamos a nuestros hijos para adaptarlos a nuestra sociedad, una sociedad mercantilista en que el dinero y el ansia de poseer es lo esencial. Se ha perdido la relación con el cielo, con el mar, con la tierra. Vivimos y enseñamos a vivir encerrados sin horizontes. Los centros comerciales son los templos de los tiempos modernos y rebosan de público a pesar de la crisis. Nos falta precisamente, eso: horizonte para ser conscientes de la pequeñez nuestra. África fue una experiencia para Tippi extraordinaria, mágica. No me sorprende que sus ojos y su memoria vuelvan siempre a esos horizontes y a esas personas que conoció que le llevaron tal vez a ser más profunda.

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  2. La anomalía como parque temático. He leído muchas (algunas) cosas en las que toda esta historia era un apunte de revista dominical, una golosina de lo todavía exótico, cuando ya no queda casi nada exótico y todo se gobierna desde equipos creativos en grandes firmas comerciales. Incluso la disidencia se regula en privado, comprobando qué efecto traerá, si es permitible, hasta qué punto es de verdad permitibile. Un abrazo, amigo.

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    1. Creo que la historia de Tippi da para hacer algunas reflexiones interesantes fuera de que sea una noticia de revista dominical en que se trivializa todo. Pienso que haber conocido la cultura bosquimana e himba es una oportunidad única. Ahora esta niña tendrá posibilidad de saber algo de su propia sociedad, la occidental en que está ahora inserta, y lo sabrá porque habrá conocido otras formas de entender el universo y la vida, aunque el recuerdo de ello le venga con intenso dolor porque estaba unida a la vida con sus padres juntos y el contacto con los animales y las tribus que he citado. Probablemente esta noticia sea pasto de ser una golosina en revistas dominicales, pero a mí me conmovió y la he estado rumiando hasta que le he dado forma en este post. Y, sí, es cierto no hay nada que se escape de esos equipos creativos que diseñan incluso la disidencia. Una de la constataciones a lo largo de mi vida es la de que el mundo cada vez es más trivial y menos misterioso, nada hay que escape a esos que diseñan nuestras vidas alimentándose de nuestros deseos y restos de pasiones escondidas.

      Un abrazo, Emilio.

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  3. Es el precio a pagar para tener coches, televisiones, médicos, "interné" y demás cosas necesarias.
    Aparte de sentimiento natural que tenemos hacia culturas que vivían en comunión con la Tierra, lo que esta claro es que hemos avanzado y mucho, y dudo que las culturas arcaicas sean más felices que las nuestras. Dolor y enfermedad ahora son curables y tratables, el avance ha sido inmenso, no obstante creo que es saludable, mirar como se pudiera compaginar nuestra forma de vida con el planeta en que vivimos, que nos demos cuenta que somos parte de el, no sus dueños...

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    1. Es cierto, los africanos querrían venir en masa a Europa a aprovecharse de las ventajas sanitarias y económicas que no hay en sus países de origen. Tenemos que poner cuchillas en las vallas para que no se abalancen para venir. No hay duda de que este mundo es más deseable en términos de bienestar material. África en buena medida es la constatación de un fracaso humano e histórico por causas que no siempre son atribuibles a los africanos.

      No sé si las culturas arcaicas son más felices que las nuestras. Tal vez no. No lo sé. Hay en ellas menos libertad que en nuestro mundo. En ellas todo forma parte de la tradición y no existe progreso. Es un modo estático de entender el mundo, sin cambio. Sin embargo, existe belleza en ellas. El mundo africano era riquísimo hasta que llegaron la cultura europea e islámica a destrozar lazos y ligámenes naturales. El hombre africano es incapaz de percibir la idea de futuro. De ahí su plenitud y su condena.

      De todas maneras nuestro mundo no es un prodigio de sensatez a pesar de que hayamos avanzado mucho en el tratamiento del dolor y la enfermedad. Solo hay que ver las residencias de ancianos en que se pudren los mayores abandonados en buena forma por sus hijos que no pueden tenerlos dado su estilo de vida. Y el consumo de antidepresivos no hace sino aumentar en todo occidente. Parece que hemos avanzado mucho, pero en muchos sentidos hemos perdido nuestra relación con el infinito y la naturaleza y estamos destruyendo el planeta.

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  4. Me llaman la atención dos afirmaciones que haces:

    (...) ha sido arrastrada por sus padres a la sociedad occidental por motivos que todos podemos comprender.

    Y el último párrafo.

    Tal vez el error fue sacarla de allí, y no al contrario. A fin de cuentas tú lo has escrito. Sus padres la arrastraron a Europa.

    ¿La elección fue entre la libertad y la "seguridad"? No sé, no sé...

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    1. Creo que se refería a la ruptura de la pareja, y al trabajo que ejercían como fotógrafos (algo temporal). Si tenemos en cuenta que una pareja comparte una vida en un país que no es el suyo, la ayuda entre ese binomio puede ser imprescindible. O quizá terminaran el trabajo sobre los suricatos.

      Si tenemos en cuenta que los padres están irremediablemente conectados con la sociedad occidental, no creo que fuera algo ilógico elegir su tierra.

      PS: Estoy de acuerdo en que arrebatar a la cría de esa vivencia es algo que no debería haber ocurrido.

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    2. Supongo que sus padres a la edad de la preadolescencia se plantearon qué educación darle a su hija tras una infancia privilegiada, y se dieron cuenta de que solo una formación occidental podía prepararla para el futuro. ¿Qué futuro le hubiera esperado en África sin ir a la escuela? Aquello fue muy hermoso en los años de niñez pero Tippi debía formarse, como así ha hecho: ha estudiado cine y ha vuelto a África para hacer documentales. Ello no impide que ella sintiera ser desgajada y arrastrada por sus padres a una situación netamente diferente de la de su niñez, a un mundo cerrado y falto de luz. Unido a la separación de sus padre y el alejamiento de su padre que era para ella un mito. Pero crecer necesariamente significa sufrir en algún momento. Tippi sufrió para adaptarse a la nueva situación, pero era imprescindible. Su niñez es un regalo maravilloso, tal vez demasiado. De ahí su zozobra y su malestar en los años posteriores.

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  5. El texto que has contado me ha impactado. Está claro que el desgajar a un niño de sus sitio de nacimiento y colocarlo en otro diametralmente distinto puede resultar traumático. Y la niña puede sufrir problemas de adaptación. Pero este caso es particularmente interesante porque la niña viene de un lugar remoto y salvaje.
    Siempre se ha hablado de la existencia de niños asilvestrados que fueron de manera anómala a parar de muy pequeños a la selva. Ya los romanos usaron esto para explicar el nacimiento legendario de su ciudad. Es decir, que se trata de algo que desde siempre ha anidado en la mente romántica del ser humano. Pero el caso que tú cuentas es algo veraz y cercano en el tiempo. Y esto es impactante. Habrá quien piense que la niña nació y pasó sus primeros años de su infancia en el sitio equivocado. Yo pienso que no. Este tiempo lo debe asumir como propio y como natural. Para un niño es igual haber nacido en un ambiente, una sociedad u otra. Lo malo viene después, cuando aún niña se le arranca de su primigenio mundo (el único que conoce) y se le coloca en otro sitio totalmente distinto. Dicen las crónicas que cuentan el devenir de nuestros días que al mundo que ha ido a parar es al primer mundo. El mejor de los posibles. Y que ha dejado atrás justamente todo lo contrario: ambientes tercermundistas. ¿Ha salido pues, ganando la niña? En teoría sí. Yo me pregunto qué habría pasado si hubiera pasado al revés...

    Un fuerte abrazo.

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    1. Al revés quieres decir que se hubiera educado en un mundo occidental y llevada a África en los años de su preadolescencia. Creo que hubiera sufrido también. Los años de la infancia, hasta los nueve años, edad en que ella fue llevada a Francia, son decisivos en cuanto a nuestra formación moral y social. Tippi fue desgajada de su mundo primigenio y arrastrada en contra de su voluntad fuera del paraíso en que transcurrió su niñez. Tal vez era la única opción para darle un futuro y armas para contemplar el mundo. Occidente tiene escuelas, universidades, tecnología, sanidad y muchas otras cosas no tan buenas.

      Un abrazo, amigo.

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  6. Hola, Joselu.

    Me alegro mucho de estar aquí de nuevo, llevo una vida un tanto agitada y no llego a estar y a leer en todos los lugares deseables.

    Sobre la represión en la vida de los niños habitantes de ciudades desarrolladas, creo firmemente que está ligada fuertemente con el gigante aumento de diagnósticos de hiperactividad, déficit de atención, etc., en las escuelas.

    "Condena por la nostalgia": este mal puede horadar el alma, si la hubiera, despiadadamente. Por otra parte, su infancia siempre será un regalo maravilloso en el conjunto de su vida.

    Un tema tangencial a tu escrito y a varios comentarios, la felicidad de los pobres, si añoran y cómo añoran otras formas de vida, por qué han acabado siendo miserables y nosotros nadamos en la abundancia, ..., es tratado con maestría en el libro que ahora me tiene encandilado: Armas, gérmenes y acero. Una obra de arte de Jared Diamond.

    Un fuerte abrazo.

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    1. Yo veo perceptible esa neurosis de los niños cuando llegan al instituto, un lugar de encierro durante muchas horas al día. Muchas de las problemáticas que padecen estos muchachos son achacables a una sociedad neurótica que proyecta sobre la escuela su malestar.

      Tomo nota de libro de Jared Diamond.

      Un abrazo.

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  7. El idílico y rousseauniano mundo del buen salvaje es solo una ilusión, como bien sabes, Joselu. La naturaleza es una gran cabrona, que poco a poco, aunque tarde millones de años, pone a cada uno en su lugar, sin determinismos necios alentados por hombres necios.

    Esta niña abandonó el salvajismo natural para descubrir la barbarie de la civilización. Sin embargo, tan natural es uno como otra. Solo es cuestión de tiempo. Ése que, probablemente, no tenemos.

    Un abrazo

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    1. Tippi tiene la oportunidad de haber conocido algo que no es común en un niño: ese estado de inocencia en la naturaleza en que transcurrieron sus primeros años. El hecho de haberse trasladado a Francia para sumergirse en la barbarie civilizada le hará contemplar aquello bajo otra luz que le servirá para orientar su vida futura. Es posible que África active sus resortes emocionales y vitales y que termine retornado allí. Ella dice que es africana, no francesa. La ruptura con el mundo idílico de la infancia, embellecido por el recuerdo, fue doloroso, pero la comunicación entre dos mundos tan alejados tuvo que ser especialmente estimulante. No sé si es una forma algo estereotipada de verlo, pero la historia de esta muchacha me resultó especialmente emocionante. Supongo que el otro lado es la historia de muchachas africanas que se vienen a estudiar a Europa. Yo he tenido algunas admirables en la ESO. No puedo saber su historia porque la guardan celosamente, pero tal vez también se ven arrastradas a venir a este mundo porque el suyo no ofrece expectativas.

      Un abrazo.

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  8. No cuesta advertir, en la exposición, ese punto de idealización que compensa realidades como las descritas para los jóvenes, pero también para los adultos, sobre todo si parte de la infancia se ha vivido en un pueblo pequeño en régimen casi de libertad absoluta, a espaldas del control de los mayores. Esa idealización lleva, por ejemplo, a otorgarle "profundidad" a los aborígenes sin un mínimo de crítica de qué pueda significar ese descenso que se contempla casi mítico. Si no entiendo mal, y es posible que lo haya malinterpretado, esa prfundidad ha de estar asociada a la imbricación de hombre y naturaleza de manera que el primero se ajuste a los ritmos y las leyes "imperiosas" de la segunda, de modo que se le concede un plus de importancia frente a la obra del hombre que lo aleja de ella y le permite desarrollar aquello que de más humano, y por ende natural, hay en nosotros, el pensamiento. Si no lo entendí mal, éste es el sentido de la expresión "razón vital" usada por Ortega: la razón es parte de la naturaleza. Entiendo que vivir confinado en el instinto y en ciertas supersticiones pueden satisfacer a quien no ha conocido otra cosa, pero la imagen idílica de esa comunión telúrica tiene su reverso en las migraciones de los subsaharianos que van buscando el "paraíso europeo"... Son dos prisiones distintas, acaso.

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    1. No vamos a idealizar el universo africano porque de sobras sabemos que África es un continente abrumado por la desgracia y efectivamente son ciertas esas migraciones de subsaharianos intentando llegar a Lampedusa o saltando las verjas de Melilla y Ceuta. Tippi vivió en un país tranquilo, Namibia, y tuvo ocasión de conocer otros modos de entender las cosas en un tiempo en que se es una esponja, y ello fue, sin duda, un tesoro incomparable. En cuanto a la razón como parte de la naturaleza, seguro que tienes razón, pero también es cierto que los niños actuales en general viven enajenados de la naturaleza. Yo como adulto he vivido algunas experiencias en ella, pero mínimas. No tuve una infancia en plena libertad en contacto con ella. Yo fui plenamente urbano por lo que la naturaleza me es ajena. La fría razón orteguiana es una parte de la historia, pero me gustaría haber visto a Ortega en el desierto de Kalahari pasando una temporada fuera de su despacho y las aulasl académicas. Estoy seguro que si Ortega que sabía mucho de filosofía analítica hubiera estado allí en contacto con los bosquimanos, probablemente nos hubiera ofrecido algunas reflexiones que hubieran revolucionado su mundo conceptual.

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    2. La razón vital de Ortega puede admitir diversos calificativos, menos el de "fría" porque para el era una función biológica, no un mero constructo intelectual, aislado de la pulsión física, corporal. Seguramente, en esa extraña situación de exploración antropológica se le hubiera despertado la pasión por la etología y, acaso, por lo simbólico, pero hemos de entender que su pasión intelectual y vital no tiene menor interés para un espectador de la realidad, como él lo fue, como lo somos, en buena medida todos, que la de los bosquimanos. Si yo mismo me viera en esa situación, estoy seguro de que me fascinaría aprender sus costumbres, como le pasó al inglés de "Un hombre llamado caballo", pero me costaría postergar la lectura por días de persecución de la caza por las praderas, por apasionante que fuera, y a pesar de lo mucho que me gusta la carrera...

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  9. Con mucha frecuencia coincido en el autobús con cinco o seis niños que van camino del colegio pastoreados por una chica de nacionalidad indeterminada. Ya de por sí no pasan desapercibidos pero, entre todos ellos, el que llama la atención es Miguel. ¡¡¡Miguel!!!, para ser precisos, que es la manera habitual de llamarle.

    Tiene seis o siete años y es pura simpatía. Mulato, con el pelo muy corto y rizado, de mirada viva y, en todo momento, con una sonrisa. Va de uniforme y con una mochila que tiene, más o menos, su peso y su tamaño. Se sienta siempre con otro niño, un amigo con gafitas, al que le cuenta historias que no deben de ser del todo ciertas, porque provocan risas, gestos y exclamaciones y demandan la intervención, como árbitro o juez, de la cuidadora. Todo un personaje. Una oportunidad o un suplicio para la maestra o el maestro que conviva con él dentro de un aula.

    Porque cualquier profesor tiene su Miguel, inquieto y curioso, y su alumno con gafitas, pausado y socarrón. Y otro con orejas de soplillo, tímido y observador. Y algunos habitantes de otro mundo, que no terminan de encontrar su sitio en este. Y niñas serenas y firmes desde su infancia. Y multitud de artistas, grandes dibujantes, inagotables contadores de historias o descubridores de ritmos. Todos reunidos en un tiempo y un espacio con un claro cometido: aprender.

    Pero pasan los años y Miguel se aburre o se rebela, hastiado de no moverse, de no tocar, de no jugar y de que su amigo con gafitas ya ni siquiera le responda, mientras que suma mecánicamente una ristra de fracciones. Y cambian el aire, los sonidos y los seres que lo habitan. Y la polifonía tonal se transforma en una nota monocorde, mientras que las musas y daimones de cada cual se marchan o se consumen. O esperan pacientes, hasta que alguien les convoque o vengan tiempos mejores y momentos más propicios.
    http://www.otraspoliticas.com/educacion/miguel

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  10. Un artículo lleno de reflexividad. Creo que voy a proponer a mis alumnas de Educación Infantil que hagan una crítica al mismo. Este fin de semana hemos estado en una granja escuela mi hija de tres años se movía de un lado hacia otro, se quedó sorprendida cuando ordeñé una cabra. Algunos de los presentes me cuestionaban que fuese capaz, pero es que yo también he tenido una infancia rural (en periodos estivales) y no la cambio por nada. La hija empezó a jugar con la tierra y a mancharse y alguien por detrás empezó a decir mira como se están poniendo habría que quitarles de ahí se van a manchar enteros. Somos superfialidad, belleza enmascarada. Cuánto echo de menos aquellos veranos de pastoreo y qué pena me da que mi hija e hijo no lo vivan y tengan que ir a una granja escuela, para encontrarlo artificialmente. Estamos rodeados de artificialidad, de cemento, de belleza impostada...
    Gracias maestro por traernos este debate.

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    1. Mis hijas han crecido lejos de lo que significa la tierra y la naturaleza. Yo crecí en una ciudad y me resulta difícil, si no imposible, encontrar recuerdos que me relacionen con los animales, con los árboles, la tierra. Pienso que todo esto tiene que entrar cuando uno es niño. Tu niñez, próxima al pastoreo, es un recuerdo que te conecta con la naturaleza. Ciertamente es una lástima que los niños de ahora soloo puedan encontrarlo de forma artificial porque ya son seres urbanos y virtuales. Y hay que reconocer que la tecnología nos aleja todavía más de la naturaleza. Pocos chavales salen de excursión a la montaña, cada vez menos, absorbidos por las máquinas.

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  11. Tengo mis dudas sobre el tema, ya que todos somos exiliados de nuestra propia infancia, un mundo que en el recuerdo siempre es mágico y maravilloso. Es cierto que entonces, cuando niños, vivíamos más cosas y los niños de ahora, en cambio, solo saben más cosas. No salen a la calle como hacíamos nosotros y tienen el tiempo programado desde que se levantan hasta que se acuestan.
    El caso de Tippi me parece un caso extremo de esa especie de añoranza de un paraíso perdido ¿pero era un paraíso perdido o solo un sustituto en la memoria de las miserias y rutinas del día a día? Seguro que el relato de esas peripecias infantiles las hizo la propia Tippi desde su conciencia de adulta pero a lo mejor no se acuerda de las ventajas y comodidades que le trajo su llegada a París. Seguramente siendo hija de fotógrafos más o menos acomodados tuvo una estancia en África que no se podían permitir aquellos que no vivían en condiciones más penosas. Evidentemente si yo tuviera que vivir en aquellas tierras preferiría que fuera como Karen Blixen, la escritura de Memorias de África, que como alguno de sus plantadores.
    Saludos

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    1. Muy interesantes tus reflexiones, Dr. Krapp. Tippi vivió una infancia de excepción sin obligaciones escolares. Supongo que sus padres le enseñarían a leer y escribir y rudimentos de cálculo. Vivió en contacto con la naturaleza y con tribus, pero lo que no cabe duda es que lo hizo de una forma amable, arreglada, sin pasar las penalidades que probablemente aquejaban a aquellos hombres y mujeres que la trataban. Probablemente era la ojito derecho de sus padres, como hija única, y tuvo ocasión de participar de las actividades de cacería y de la vida de aquellas tribus. Si la infancia suele ser un territorio de excepción, la presencia del continente africano, que no deja indiferente a nadie, tuvo que ser una oportunidad única para aquellos años de formación de Tippi. Y ella sintió la ruptura con aquel mundo ya en su adolescencia, antes de ser adulta cuando se trasladó a París, lo que, dadas las circunstancias, fue lo mejor que pudieron haber hecho aquellos padres con aquella hija única que había vivido un tiempo de excepción.

      Saludos cordiales.

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  12. Es difícil responder a tus últimas preguntas. Yo, al menos, me siento incapaz de hacerlo. Al menos ella supo lo que era la naturaleza.

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  13. Me ha emocionado la historia y las reflexiones que haces.
    Sobre lo que comentas de los niños en el mundo occidental. Veo que los institutos se han convertido en muchos casos en lugares insoportables para los muchachos y no pocos profesores. ¿Qué esta pasando? No son capaz de responder a esto. Pero creo que tu apuntas algo en tus reflexiones. Saludos.

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    1. Bienvenido al blog, Manuel. La historia de occidente es la de recluirse cada vez más en espacios cerrados y acotados frente a los espacios abiertos, como sintoma de miedo ante la realidad. Los institutos son espacios cerrados en que tenemos encerrados a los alumnos durante muchas horas al día y allí les enseñamos cosas o lo intentamos al menos con conciencia de no saber si se está haciendo bien.

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  14. He leído más de una vez tu reflexión porque estoy investigando sobre la vida de personas que han optado por abandonar la civilización e ir a vivir como ermitaños en el desierto. El ejemplo más conocido con el que doy es el de Charles de Foucauld.
    Parece que cuanto más nos alejamos de eso que consideramos "civilización", más nos encontramos a nosotros mismos y a la idea de lo trascendente que tengamos.
    Foucauld me apasiona por proponer ser contemplativos en medio del mundo. Otros que lo siguieron hablan de "la espiritualidad del desierto" y de la necesidad de "hacer desierto en la ciudad". Me pregunto cómo se logra eso de estar en contacto con lo más íntimo y despojado de uno mismo en medio de la urbe.
    Otra pregunta interesante que cabe preguntar en el caso puntual que analizas es si la neurosis es consecuencia de la enajenación de la naturaleza o su causa primordial. Pero para eso me temo que necesitaríamos de un simposio de psiquiatras y supongo que jamás se pondrían de acuerdo entre ellos.

    Un abrazo.

    Fer

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    1. He leído en la Wikipedia una página muy bien documentada sobre la figura de Charles de Foucauld al que desconocía. Me atrae esa etapa de fe en el desierto en contacto con los touaregs y su implicación en la lucha contra el esclavismo. Es una figura interesante y llena de perfiles sugerentes. Siempre he anhelado viajar por el desierto, especialmente la inmensa área de Tamanrraset donde estuvo él en su cabaña de barro. Ahora es imposible viajar a un occidental por ese territorio. El desierto estimula la espiritualidad por su aridez y desnudez, como si apelara al ser para que se despoje de todo lo innecesario que es casi todo, o todo.

      Un abrazo.

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  15. Joselu, no conocía esta noticia pero me fascina cómo la cuentas, cómo encuentras paralelismo entre esa vida casi novelesca y la realidad de nuestros niños y adolescentes, nosotros mismos, nuestra vida. África es más que un continente, es otra manera (muchas maneras) de concebir la vida. Del Sáhara recuerdo su inmensidad, kilómetros y kilómetros de dunas interminables, playas enormes, cielos inabarcables. Quienes conocen otras zonas hablan de sus colores inimaginables aquí, de sus gentes, tan distintas entre sí y, por supuesto, a años luz de nosotros. África es una tierra machacada por el afán colonizador (más bien saqueador) de una Europa insaciable, egoísta y tremendamente consumista. Los países dominados antaño hoy siguen enzarzados en luchas intestinas sin visos de solución. Sus riquezas no son suficientes para salir adelante porque no les dejamos, les pagamos una miseria por ellas o les robamos descaradamente. Dentro de pocos años necesitaremos a esa gente para que trabajen aquí, si se cumplen las previsiones, pero mientras tanto les ponemos unas cuchillas infernales para impedirles el paso a lo que ellos creen El Dorado. Esa muchacha arrancada de su paraíso africano volverá a su tierra, pero de otra manera. Su adaptación a la vida francesa seguamente nunca fue completa, y eso que París es una ciudad maravillosa. Ah,la libertad... Ahora nacemos predeterminados, destinados a crecer entre cuatro paredes, sin posibilidad de escapatoria. Creemos ser felices en nuestra jaula de oro porque tenemos calefacción, mil objetos de consumo, vehículos veloces, medicinas... Pero dirigen nuestros pensamientos, no podemos vivir fuera del sistema, estamos atrapados por él. Los espacios abiertos están contaminados, y los cerrados ni te cuento. Ni siquiera la infancia es inocente y feliz. Los niños nacen ya estresados y con frecuencia necesitan medicarse para encontrar sosiego. Hemos creado un mundo de locos, profundamente insatisfactorio y muy dañino para nuestra salud, tanto física como mental. No podemos escapar, no conocemos otra cosa. ¿Otro mundo es posible? Los que nos dedicamos a la educación creemos que podemos enseñar a los jóvenes a ser libres, que pueden cambiar el mundo, pero es un espejismo. Repetimos los mismos esquemas generación tras generación, es una rueda sin fin. No sé, colega, me parece un panorama tan deprimente... Un fuerte abrazo.

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    1. Envidio esos años de estancia en el Sahara en tu niñez. Esa presencia tuya en esos paisajes inmensos de dunas, playas y desierto tiene que formar parte de tu retina. Yo siempre he anhelado ir al desierto profundo pero no sé si lo lograré.

      Pienso que efectivamente nuestra sociedad está enferma, hay en ella un agudo malestar, aunque lo ocultamos con mil y un objetos, placeres y sucedáneos. Esta pugna por poseer cosas o bienes de todo tipo encubre zonas de oscuridad.

      Sin duda como profesores tenemos una responsabilidad, la de alumbrar humanamente a nuestros alumnos además de enseñarles materias. Es algo inaprensible pero necesario, vital. Otra cosa es que seamos capaces de hacerlo. Yo tengo mis dudas sobre mí mismo. La escuela es centro de ese malestar que también existe en la sociedad, y los profesores somos piezas de un engranaje complejo. Está bien que compartamos dudas, Yolanda, incertidumbres sobre nuestro mundo, nuestra sociedad y la escuela.

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  16. El desarraigo duele toda la vida aunque te insertes de manera exitosa en una sociedad con mayor esplendor. Siempre hay algo a lo que quisieras volver por muy mal que la hayas pasado en el sitio donde naciste. No me gusta generalizar, también habrá sus excepciones. Sólo dejo entrever una parte de mi propia experiencia.

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