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miércoles, 28 de marzo de 2012

La muerte y el pterodáctilo



Cuando mi padre estaba moribundo -murió una hora y media después de esto- me acerqué a él y le pregunté con suavidad pero con firmeza si quería un sacerdote que le confortara.  Todo estaba llegando a su final, yo sé que lo sabía, y en su interior probablemente se estaba produciendo la batalla más intensa de toda la vida, la que nos espera a todos ante la proximidad de la muerte. No me contestó, oía sus estertores, los de un hombre que había ganado una partida al campeón del mundo de ajedrez Mikhail Alekhine hacía muchos años. Nunca nos habíamos llevado bien. Él nunca aceptó mis ideas de izquierda cuando él era de derechas y franquista ni entendió que estudiara Filología en lugar de Arquitectura o Derecho como él ansiaba para mí. Nuestra relación fue difícil y calamitosa, pero en aquellos últimos días en la residencia de la seguridad social fui tomando nota fiel de nuestras conversaciones y apreciando aquellos momentos.  Yo sabía que iba a morir, y él también. Todo era cuestión de cuándo y cómo. Puse en la cabecera de su cama un pterodáctilo de caucho multicolor que asustaba o desconcertaba a las enfermeras y a las monjas. Le pregunté -como decía- si quería un sacerdote pero él no me contestó. Entonces puse mi mano entre las suyas y le pregunté: papá, queda poco tiempo, si quieres un sacerdote, un cura, házmelo saber. Le repetí la pregunta: ¿quieres un cura? Entonces en uno de los gestos más decididos que recuerdo de su vida, en la antesala de la muerte, levemente se incorporó, apretando mi mano con fuerza,  y exclamó el más sonoro ¡bah! que he percibido nunca. No pude reprimirme y estallé en una sonora carcajada, reí de buena gana, y le dije: ¡Me siento orgulloso de ti! Era la primera vez en todas nuestras relaciones que le decía algo como eso y se lo dije con toda mi alma porque él se había pasado muchos años llevándome a aburridas misas de doce en El Pilar de Zaragoza y explicándome que hasta los mayores ateos en el momento de la muerte piden la confesión. Pero su gesto despectivo al respecto selló nuestra reconciliación en un momento extremo e irremediable. Él también había dicho algo inaudito en los días que precedieron a la agonía. Había dicho que le gustaban mis ideas.

Aquellos días antes de morir fueron pródigos en densidad. Su estado no albergaba esperanzas ya de ninguna especie, pero no se suele hablar claro a un moribundo que intuye que sus instantes se agotan. En los últimos días suele recibir visitas que intentan distraerlo con conversaciones de todo tipo y los que van a morir -y lo saben- tienen que disimular porque saben también que los visitantes no quieren mirar directamente la realidad de la muerte, se sentirían muy incómodos e incluso culpables. Una cosa es ir a visitar a una persona en sus últimos momentos y otra es afrontar de forma explícita el  hecho de que va a morir . Hay que animarle, nos decimos, no hay que pensar eso, vivirás muchos años, le decimos, como si al que presiente su muerte pudiera engañársele y consolársele... pero no está bien visto encarar abiertamente y sin pudor la inminencia de la muerte. Hasta los médicos evitan decir nada que parezca irremediable.

Me pregunto por las tormentas dramáticas que tienen que vivirse en el interior de la conciencia del moribundo. Es la preagonía o la agonía... y tal vez tenga que escuchar que Messi esta semana ha metido no sé cuántos goles, sabida su afición al fútbol... ¿Cómo ayudar al que va a morir? ¿Evitando la mención a la realidad? Mi experiencia con personas que van a morir no es excesiva pero alguien me ha dicho incluso que las personas se ponen hermosas si el encarnizamiento médico no es brutal, si se deja seguir el sendero que conducirá a la muerte de la forma más serena posible. Pienso que estos momentos tienen que ser cruciales en la vida de una persona, tal vez sean los más terribles y físicamente más dolorosos pero a la vez intuyo que han de ser extraordinariamente luminosos. El ser se enfrenta al no ser, al abandono de todo que le ha dado consistencia, de todo lo que ha amado.  Su conciencia llega a un terreno en el que no hay ninguna certeza y se acerca al vacío, a la nada. Dudo que las creencias religiosas puedan evitar la duda agónica en esos momentos. La vida de uno tiene que aparecer como en una película vanguardista entreverada de visiones oníricas inducidas por los sueños parciales y las drogas que probablemente le administrarán. He leído, aunque no puedo precisarlo, que en los instantes que preceden a la muerte, segrega el cerebro drogas alucinógenas únicas de una potencia indescriptible. Pero los familiares y amigos no toleran el sufrimiento y no quieren verlo. Es dolorosísimo asistir a esa agonía que no se acepta, que no se quiere, que no se puede soportar... si esa persona es querida y cercana. Probablemente sean junto a algunos momentos de la niñez los más filosóficos y místicos de la existencia. La barca que parte con destino a ninguna parte -creemos- se está desamarrando de la orilla. Esto nos desconcierta. El final nos desafía. No queremos aceptarlo como acompañantes, deseando ardientemente que pase lo antes posible para que no sufra él y nosotros, sobre todo nosotros que no aceptamos el sufrimiento como algo inevitable y necesario. El tabú innombrable de la muerte se alza como un trámite burocrático sobre el que pensamos que no hay que darle más vueltas. No somos nada, nos decimos. Y evitamos después el duelo, queremos que todo pase rápido para quedarnos a solas con el dolor, con la ausencia.  

Me gustaría que alguien muy cercano estuviera cerca de mí en esos momentos confortándome y con quien pudiera aceptar que voy a morir, que se pudiera hablar de ello, que tomara mis manos entre las suyas y que llorara si es necesario pero que no fuera un tema innombrable. Espero que alguien me diga algo como lo que yo le dije a mi padre cuando tal vez ya no estaba en esta dimensión, pero siempre me he sentido confortado con la idea de que aquello le llegó y le ayudó. Probablemente la muerte es el momento cenital y más misterioso de la vida, la exposición máxima al no ser. Siempre me ha atraído la visión de abismo. Tal vez en esos momentos no quepa otra opción que estar en el filo del precipicio y cruzarlo ya sin miedo. ¿Y entonces? ¡¡Que no me vengan a hablar de Messi!!

30 comentarios :

  1. Su relato me ha hecho recordar con un dulce tristeza los últimos momentos de mi padre. Nunca tuve mucha confianza con él. Muy a su pesar influyó en lo que debería estudiar (presiones de la familia de mi madre).
    En los últimos pocos días que sobrevivió a un infarto recuperamos con creces el tiempo perdido y me pidió perdón por "haberme jodido".
    La noche que murió sentí de madrugada como su respiración se hacía menos frecuente y poco a poco fue muriendo en paz mientras me miraba fijamente. No llame a las enfermeras hasta que murió. Tenía un fracaso renal agudo.
    ¿fue un momento triste? Yo lo recuerdo más como "intenso", inolvidable.
    Gracias por que su texto me lo ha vuelto a traer a la memoria

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    1. Unsui, no me trates de usted, caramba. Una sonrisa.

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  2. Seguramente acudirán a tí algunos que te hablarán de fútbol o del tiempo intentando distraerte cuando más necesitas focalizar en el momento, porque es el último. No dudo que lo hacen porque creen que es lo mejor, pero estoy convencida de que se equivocan.

    Mejor preguntar lo que hace falta, tomarse de las manos, abrazarse o mirarse fijamente a los ojos, o también, por qué no, llorar o echarse a reír a carcajadas. Lo que sea, pero sin disimular, sin hacer como que aquí no pasa nada.

    Justamente estamos atravesando una situación similar en mi familia política, que aunque política no es menos familia, mal que me pese. Y suelen comportarse de modo evasivo y burocrático con el que agoniza. No lo visitan excusándose con que no quieren molestar, cuando en verdad es claro que son ellos quienes se sienten molestos ante la inminencia de la muerte. Se refieren a su cáncer con eufemismos que resultan patéticos, como si eso lo fuese a hacer más leve, y dicen que lo único que desean es que todo pase pronto, que no sufra.

    Nadie desea el dolor físico ni espiritual que conlleva el enfrentarse con la muerte estando lúcido y consciente, pero creo igual que tú que es un momento único en el que se puede resignificar toda una vida, vínculos que no fluyeron, episodios que no cerraron. Creo que si hay tiempo y fuerza para eso, se muere una buena muerte.

    Jamás esperes que te hable de Messi. Prefiero la alegoría del pterodáctilo.

    Un beso.

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  3. A mí, por favor, que me hablan de Messi... Mi padre también murió de modo parecido a del padre de Joselu, o al de unsui. Le recuerdo aterrorizado ante lo que le pudiera ocurrir. Cuando le descubrieron el cáncer ya era una situación terminal, de días. Le ingresaron. El ni se imaginaba su estado. ¿Deberíamos haberle dicho que tenía un cáncer que le mataría en unos días? Me parece de una crueldad gratuita y sin sentido. Diferente es la situación en que un enfermo conoce su enfermedad y se enfrenta a ella, sigue un tratamiento, pasa el tiempo y quizás al final llega una muerte para la que probablemente se haya ido preparando. Pero, ¿alguien puede afrontar con dignidad una sentencia de muerte inminente? Ojalá si algún día me diagnostican un cáncer, pueda afrontar esa noticia y prepararme con tiempo para todo. Pero si no voy a tener tiempo para prepararme mínimamente, por favor, a mí que me hablen de Messi. Aunque no me guste el fútbol.

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  4. Tambien he recordado la muerte de mi madre,tenia 93 años cuando murio, pero su muerte dejó en mi un gran vacio y la tengo en mi mente frecuentemente,sus atenciones sus desvelos hacia sus hijos, una gran madre,pienso que ALLA en donde esté seguirá velando por sus hijos y nietos.Saludiños.Teresa

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  5. Aunque por unas cuantas cosas más, pero ganar una partida la mismísimo Alekhine ya justifica una vida.
    Por lo demás no elegimos nuestra muerte que puede llegar de cualquier forma y no en una cama.

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  6. En cuanto he comenzado a leer tu entrada y he visto que trataba sobre la muerte de tu padre, se me ha encogido el corazón, no tanto por ello, que además lo cuentas sin apenas dramatismo, si no porque si algo ha supuesto un verdadero trauma en mi vida, ha sido la muerte del mío. No tanto por ella en sí, que ya de por sí, ha sido lo más duro que he vivido, si no justamente por eso, porque no me dieron la oportunidad de vivirla.

    Quiero muchísimo a mi madre, pero es algo que no sé si podré perdonarle algún día. Nadie imagina lo que hubiera dado por poder tener sus manos un minuto, sólo un minuto, como tú las de tu padre. Una tarde, me llamaron diciéndome de pronto que estaba muy mal, recorrí como una loca 400km y sólo vi un cadáver que llevaba muerto horas, aun no sé como no me morí en ese instante. Durante casi dos años, no pude ni hablar de ello.

    Fíjate, hace ya 8 años y sieempre, pero siempre que sale esto, lloro como una imbécil, bueno, de hecho lloro siempre que hablo de él, da igual sobre qué. Jamás en mi vida he envidiado nada de nadie, nunca, sólo como cuando ahora te leo a ti que te regalaron ese momento la siento y no sabes cómo me alegro que hayas sido tan afortunado de vivirlo, además parece que ese instante saldo la deuda de toda una vida, aun más valioso. Me alegro infinito por ti, JOSELU. Viviste eso, lo demás no importa.

    La muerte no importa, a mi no me asusta nada, sólo el sufrimiento hasta llegar a ella, sólo eso. Hablaba con mi padre tooodos los días por teléfono, ahora lo sigo haciendo, sólo que sin teléfono, imagino lo que me dice, le pido perdón cuando enciendo un cigarrillo, porque le ponía enfermo que fumara, le pido ayuda cuando tengo miedo, me he inventado que sigue a mi lado y donde esté no me importa. Lo llevo conmigo y lo llevaré siempre.

    Y lo dejo ya, porque no voy a decir más que estupideces, lo siento.

    Un beso muy grande JOSELU

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  7. Joselu, la muerte es un tema tabú para muchos, da miedo sólo mencionarla. A cierta edad ya es normal haber sufrido la pérdida de más de un ser querido. Cada una supone una experienca diferente. La cercanía es determinante: la muerte de un buen amigo duele terriblemente, otras se ven más "naturales", como la de los abuelos o padres llegados a cierta edad. Mi padre murió de repente, yo me enteré por teléfono, por eso recuerdo con total claridad la última vez que le vi. Con mi madre fue diferente, duró cuarenta días tras el fatal diagnóstico pero no sufrió. Yo la vi morir y nunca olvidaré esos momentos y todo lo posterior, su muerte me marcó para siempre. Con el paso del tiempo he aprendido a verla de otra manera,a comprenderla más, sin llegar a justificarla.
    Gran parte de la educación religiosa que recibí se basaba en el terror a los males del infierno, había que ser bueno porque en cualquier momento podías morir y debías estar preparado. Todavía hoy a veces me pregunto antes de dormir si no será mi última noche, pero no me quita el sueño.
    ¿Cómo enfrentarse al final definitivo? No lo sé. Hay quien hace listas de asuntos pendientes, o quien vive lo mejor que puede para aprovechar hasta el último aliento. Hay abundante cine y literatura sobre el tema, desde el estremecedor "Y yo me iré..." de Juan Ramón Jiménez a una canción de Serrat en la misma línea,pasando por la obra teatral "Dos menos", que tanto me gustó, o una película de Jack Nicholson y Morgan Freeman cuyo título no recuerdo en la que dos enfermos terminales elaboran una lista con los deseos que desean ver cumplidos antes de morir. No tuvo buenas críticas pero me gustó. ¿Es buena idea escribir los sueños pendientes? ¿Y por qué no?
    ¿La cercanía de la Semana Santa te ha impulsado a escrbir este post? Vaya... Bastante tenemos con la enésima revisión de "Ben Hur" y similares. Yo prefiero recordar la maravillosa "De dioses y hombres", toda una lección sobre la manera de encarar dignamente la muerte, una muerte estúpida e inútil, como tantas otras. O la de la niña de "Camino", tan dolorosa y manipulada por su propia familia. Y qué decir de tantos muertos ocultos en fosas comunes, en cunetas o en lugares desconocidos.
    ¿Hay que pensar más en la muerte? Quizá, pero no hacerlo no significa ser inconsciente. La Parca puede hacer su aparicón en cualquier momento y no es cuestión de tomar el té con ella...
    Un fuerte abrazo, colega. Aprovecha el parón de los próximos días, necesitamos recobrar fuerzas.

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  8. No he visto de cerca algo como lo que describes. Perdí al hermano de mi padre, al mayor de los hermanos de mi madre, y a mi padre, de repente. Los tres se fueron en cuestión de minutos. Mi abuela si estuvo cuatro días agonizando. Mi madre no me lo cuenta pero intuyo que fue un infierno. Pasó todas las noches con ella, y la mujer del hermano de mi padre estuvo durante los días. Recuerdo que una vez dijo que mi abuela le había dicho: -si pudiese ahora mismo me levantaba y me tiraba por la ventana. Murió ahogada. Toda la vida le oí decir: -el pitjor que pot haber, es morirse aufegat o cremat. Se lo oiría veces, Joselu... A ella, en fin, el corazón le bombeaba menos de lo que debía y los pulmones se le fueron encharcando. Además tenía cáncer de pulmón, por si tenía poco. Recuerdo haber ido a verla un día antes de que faltase y lo que mi padre me dijo mientras caminábamos hacia la habitación por el pasillo del hospital: -ahora vas a ver la cara más amarga de la vida-. No se me olvidará, no. Cuando se murió no pude hacer otra cosa que alegrarme. Por ella, por mí, por todos los que la queríamos y a quienes quería. Fue una verdadera liberación para todos sin excepción.
    Personalmente, no pienso en la muerte en sí como algo traumático. A día de hoy todavía estoy esperando el trauma por la muerte de mi padre. Me alegro que se fuese de repente más todavía, pensando en el futuro que le esperaba. Me alegro incluso de que no tuviese esos momentos de lucidez premortem inminente. Me alegro de que no se enterase de nada. Me alegro igual que en el caso de mis tíos. Aunque sabes, yo creo que mi jefe de algún modo lo intuía. Los días anteriores hizo cosas que me lo hacen pensar. Cosas a las que no acostumbraba. Es extraño. Pero ya te digo, me alegro del visto y no visto, aunque fuese precisamente yo quien lo viese en primera fila, yo y nadie más.
    Supongo que esto cada cual lo entiende, lo vive y lo siente a su modo. Para mí la muerte no es más que el fin del ciclo. Llevo tantos años estudiándolo que lo que siento hacia la muerte es asepsia y poco más. Ya veremos cuando me llegue la hora. De todos modos me parece en cualquier caso una liberación. Es el... ya no importa nada, algo así, y verlo cerca lo mismo en el caso de tu padre tuvo este efecto y se liberó de cadenas y cadenas impuestas y mantenidas durante toda su vida. Consigo mismo, y extendidas de él hacia los demás. Me parece que si fue el caso, no fuiste tú el único que se sintió orgulloso de alguien.

    Un beso, Joselu, para ti, y para su recuerdo de él en ti.

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  9. La muerte de mi padre fue para mí un mazazo bestial para el que me estuve preparando inútilmente los más de 20 años que duró su enfermedad crónica. Al contrario que en tu caso, estaba muy unido a él; aunque nació y vivió su juventud con un jornalero casi analfabeto, el me lo enseñó todo y soy como soy en buena medida gracias a él. Disfruté mucho tiempo en su compañia, todas las tardes paseábamos un ratito en el parque, donde me se sentaba con él y sus colegas jubilados a charlar. El parque estaba cerca de una iglesia, de cuyo cura mi padre se hizo buen amigo. Es un cura de los que ya escasean,persona muy abierta y progresista, muy respetuoso y cercano. Tino, que así se llama, invitaba a mi padre a entrar con frecuencia, pero él siempre le respondía que sólo lo haría con los pies por delante, cuando muriera, como deferencia especial hacia él y, sobre todo, a mi madre, que nunca hubiera entendido una despedida laica, sin misa. Mi padre no era un hombre valiente y tenía mucho miedo a la muerte, pero era profundamente ateo y no hubiera podido creer en dragones ni cuentos míticos aunque la muerte le rondara cerca. Hablamos muchas veces de ese tema, pero cuando la muerte se acercaba, dejó de hacerlo, simplemente tenía miedo, los dos lo sabíamos. Esos últimos días no quería estar solo y estaba especialmente triste. Creo que no fue casualidad, un día antes de morir, la última despedida que tuvimos fue diferente, conforme me alejaba de su casa y lo veía en el balcón, sentado, me despedí con la mano pero no lo hice una sola vez, no sé porqué pero me paré hasta cuatro veces para saludarle con la mano, la última ya ni me vió de lo lejos que estaba; cuando volvía verlo ya estaba insconciente en el hospital. Lo hicimos como nos dijo, sus cenizas se enterraron entre encinas, en una tierra donde mi padre y mi abuelo trabajaron duro muchos años como jornaleros. Tino ofició una bonita misa donde habló de la injusticia de la Iglesia con los pobres, donde le reconoció a mi padre lo que este siempre le dijo, "¿donde estaban los vuestros cuando nosotros pasábamos hambre?, yo te lo digo, estaban con los ricos y poderosos".

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  10. A mi, creo, que me gustaría morirme solo después de haberme despedido de mi familia y después de haber estafado a algún banco. Lo digo en serio.

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  11. Monotonía de lluvia en los cristales
    los alumnos toman su Enciclopedia Álvarez por la lección del día y repiten con tono monocorde:
    "Son seres vivos aquellos que nacen, crecen, se reproducen y mueren"
    Monotonía de lluvia en los cristales.
    Para el profesor es duro, es su último día de trabajo.Mañana se jubila.
    Monotonía de lluvia en los cristales, bendito Machado.Si no fuera por la poesía, me sentiría como un animal más, ante el cántico de la definición de ser vivo.
    Se me ha ocurrido este mini-relato, amigo Joselu. Porque iba a escribir que la vida es una mierda con final anunciado. Pero no sería justo.

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  12. Muchas veces entiendo que contestar uno a uno a los que escriben según el tema abordado puede ser algo impertinente. Quiero decir que no hay cosa que más me irrite que cuando escribo un comentario sobre un post, el autor pretenda convencerme de algo, llevarme a su terreno. En el anterior post sobre la realidad independentista de Catalunya hubo intervenciones muy sabrosas que leí con suma atención, pero no se trataba de puntualizar a nadie lo que eran sus creencias, sus fes, sus pensamientos. Eché en falta que no contestara ningún catalán de origen. Pienso que el post era respetuoso, sumamente respetuoso con la realidad catalana, pero ningún catalán se interesó en el mismo o quiso implicarse en una respuesta que es demasiado compleja para ser expresada en un espacio limitado.

    Hoy el tema es diferente, abordo el tema de la muerte, del ars moriendi sin ningún dramatismo. El pterodáctilo aleja de lo patético el asunto de la muerte. Me ha asombrado la diferencia de planteamiento de la cuestión entre mujeres y hombres que han escrito, aunque sea todavía pronto para extraer consecuencias. No es un tema triste para mí. Era algo que pugnaba por salir y me vino por una entrevista en la Contra de La Vanguardia en que alguien reflexionaba sobre múltiples cosas pero introducía esa necesidad de disimulo que debe adoptar el moribundo para no perturbar a los visitantes a su casa o al hospital. Me pareció sumamente sugerente pensar que uno está en los momentos más intensos de su vida y había de disimular escuchando conversaciones anodinas que evitaban el único tema que existe en estos momentos que es el de "me estoy muriendo". No escribo acerca de esto porque sea proximidad de Semana Santa como supone Yolanda. Ni lo había pensado. La muerte es una reflexión muy común en mi vida como supongo que es en la de todos. Hasta cuando nos reímos estrepitosamente es como si lo hiciéramos en los morros de la muerte. No es para mí triste ni dramático. Es una evidencia, igual que pienso que los momentos pasados junto a un moribundo se inundan de intensidad para quien los vive. No pienso que esta vida sea una mierda con final anunciado. Me fascina tanto cada instante vivido que no dejo de pensar que todos son un regalo aunque sean dramáticos. Y pienso que en las proximidades de la muerte, todos se sucederán en una película al estilo de Fritz Lang trufada de escenas a lo Tim Burton, y entonces, si tenemos suerte en el bien morir, viviremos la secuencia más profunda de nuestra vida. Para ese instante parece que nos vamos preparando cada día, cada segundo. Que nadie vea patetismo en mi propuesta reflexiva. No lo hay. Probablemente hoy, día de huelga general, he vivido instantes que me han acercado a la felicidad, no por la huelga, no, sino por la propia vida "que me empuja como un aullido interminable, interminable". Gracias por vuestras reflexiones sobre un tema que no es nada fácil ni es posible escribir sin compromiso personal. Disfruto de ello. Un fuerte abrazo a todos los que habéis escrito.

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  13. Cuando comencé bachillerato conocí a Raquel. Pronto descubrí que su madre había muerto de cáncer y que su padre estaba con quimioterapia. Solíamos saltarnos las clases de química o las de inglés para hablar de la vida y la muerte sentadas en un banco. A mí me gustaba escucharla porque hablaba de ambas con tranquilidad, como el que habla del color de los tomates. Un día llegamos a clase de lengua sin haber hecho lo que había que hacer. Nunca hacíamos ejercicios porque nos gustaba improvisar y disfrutábamos haciéndolo. Esa semana tocaba leer a Jorge Manrique y teníamos que llevar a clase nuestros comentarios sobre algunas de sus coplas. La vida es caprichosa y justo ese día la profesora le dijo a Raquel que leyese una copla y su comentario. Raquel no había escrito nada sobre la copla pero la leyó y después habló del dolor y de la muerte de una manera sobrecogedora, expresándose de forma exquisita con palabras capaces de conmover a cualquiera que se hubiese acercado al dolor o hubiese mirado de frente a la muerte. La profesora le dijo que lo que había dicho estaba mal y le dio la palabra a la empollona, la cual leyó como un robot un párrafo muy vulgar que no expresaba nada sobre la muerte y que todos tuvimos que copiar. Raquel enterró a su padre meses después. En su casa la muerte no había sido un tabú, habían hablado de ella durante meses y me contaba que su padre le había enseñado a interiorizar que la vida es efímera y que después de todo la propia vida ya es un irse muriendo. Al final resulta que Parménides con su distinción del ser y el no ser tiene mucho que envidiar a Heráclito y a ese fluir constante de un ser y un no ser que andan enredados constantemente. Desde mi puno de vista, el hecho de que la muerte se convirtiese en un tema como otro cualquiera, lejos de ser algo masoquista o negativo para Raquel, se convirtió en una lección magistral que, de una forma u otra, nos acercó a la naturaleza del ser humano. Hay quien piensa que esto es lo más doloroso, pero nada hay tan doloroso como querer ignorar lo que sucede o como utilizar eufemismos que crean una tensión que presiona a todos y que lejos de cicatrizar la herida la hace sangrar con más potencia. Después de la muerte del padre de Raquel, la televisión sonó diciendo palabras que ya no le importaban y el reloj marcó la hora aunque el tiempo le resultase puro artificio prescindible. Mientras tanto, la gente sigue muriéndose y en Occidente las personas siguen quejándose de la lluvia o discuten por nimiedades con el primer imbécil que se encuentran.

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  14. Mi padre murió hace siete años. Era mi mejor amigo. Nunca encontraré a alguien como él. Éramos uña y carne, como suele decirse. Murió sin molestar, en silencio. Se estaba tomando el desayuno en el hospital. Y después de acabárselo, mi madre dijo: "Se ha dormido..." Ya te dije, se fue dulcemente, como fue su vida, sin molestar a nadie. No quiero llorar, pero las lágrimas brotan de los ojos con tristeza. ¡Caramba, Joselu! Tu relato es estremecedor. Has puesto sobre la mesa un tema que casi diría que es intocable. No nos gusta a las personas transitar por estos lugares previos al más allá (¿existe el más allá...?) y corremos siempre un tupido velo sobre estos aconteceres y recuerdos, pero tú has sido audaz y valiente. Me ha gustado tu propuesta. Y la he leído emocionándome. Y en el fondo he disfrutado. Porque echar de vez en cuando un vistazo a ese mundo hostil e indeseable de la muerte tiene también su aquel...

    Un abrazo.

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  15. Ya hace casi un año falleció mi cuñado. Un gran artista y una magnífica persona que incluso en sus momentos finales quería seguir viviendo y parecía disculparse por causarnos dolor... No es natural morir, lo natural es vivir con toda la intensidad que podamos, hasta nuestro último suspiro.

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  16. Me ha gustado mucho el post, a pesar de que esta nos rodea y además forma parte inseparable de la vida, nos resulta muy difícil hablar de la muerte y mucho más asimilarla.
    Nunca he tenido que vivir la muerte de un ser cercano y querido y no sé muy bien como seré capaz de gestionarlo el día que suceda, tampoco lo pienso. La mía no me preocupa, sea mañana o dentro de mucho tiempo, pero como bien dices, que no vengan a hablarme de Messi.
    Hace unos años leí “La muerte: un amanecer” de Elisabeth Kübler-Ross. Esta mujer dedicó más de 25 años a estudiar las experiencias de los enfermos en momentos cercanos a su muerte. El libro recoge las conclusiones extraídas de todas ellas. Habla del acompañamiento durante la muerte, de la vida después de la muerte, todo desde un punto de vista muy espiritual más que científico. Para la autora, cuando morimos solamente abandonamos un cuerpo físico… nuestro yo sigue existiendo. Nuestro cuerpo no es más que una envoltura pasajera y la muerte una transición hacia otra manera de existir. Aunque probablemente esto no lo sabremos hasta el día que tengamos que asistir a la nuestra.

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  17. Comprendí hace un tiempo que la propia muerte es algo que uno enfrenta, aun estando rodeado por los suyos, en cierta soledad interior. Es lo que espero para mí y me parece bien que sea así, pues debe ser el momento de la reconciliación con uno mismo. Aunque no sé si todos la logran alcanzar.

    No creo en paraísos, ni en vidas más allá de la muerte en un sentido espiritual. Y salvo en los casos en que la muerte le arrolla a uno por accidente, creo que todos pasan por un período de aceptación de lo inevitable que desemboca en cierta serenidad, sólo roto por el cese instantáneo de la conexión física.

    A los que quedamos, el trauma nos afecta más o menos profundamente, pero es en este caso, nuestra propia reconciliación con nuestros recuerdos lo que nos libera definitivamente del luto. A mí la idea de honrar la memoria de mis seres queridos, intentando llevar a cabo todos aquellos propósitos que me haga mientras tenga mi propio tiempo, me hace seguir adelante y sentir que una parte de ellos sigue viviendo en mí.

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  18. La muerte es uno de esos asuntos de los que hablamos siempre recurriendo a experiencia ajena o a nuestra libre imaginación. La perplejidad es la emoción más natural. A lo más esperamos que el relato final de nuestra vida acabe como lo hacen las películas maestras. Y la de tu padre, amigo Joselu, te lo aseguro, es de cine. ¡Bah!, ¡qué mejor manera de despedirse de este mundo! Una mezcla de desprecio hacia lo superfluo y abandono a la infinitud.

    Un placer y un privilegio que compartas conmigo tu vida personal.

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  19. Es inevitable asociar ideas y emociones. Mi padre murió con 46 años y sus últimas palabras fueron para decirme que confiaba en que sabría cuidar de mi madre. Estas palabras me agradaron mucho porque mostraban confianza en mí a pesar de ser muy joven. Por mi padre siempre sentí una gran admiración, aunque a veces pienso que de haber vivido más tiempo habríamos tenido discrepancias ideológicas, pero no creo que eso hubiera afectado a nuestro afecto. ¿Quién está en posesión de la verdad?

    Me alegra saber, Joselu, que la despedida de tu padre te dejara un buen recuerdo. ¿O fue el sabor de la victoria...?

    Un abrazo

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    1. No hubo victoria. Hubo reconocimiento mutuo. Ello me ha dejado un buen sabor de boca y un entrañable recuerdo de mi padre, a pesar de las infinitas diferencias que nos enfrentaron. Un abrazo.,

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  20. Muchas felicidades, Joselu, por esta magnífica reflexión sobre la muerte. Subscribo todo lo dicho y te felicito por esta hermosa despedida.
    Mi madre nos dejó hace ocho años y mi padre hace dos. Tuve el privilegio de poder hablar de ello con total normalidad con cada uno de los dos, y puedo deciros que cuando la afrontas así, de cara y sin miedo, la despedida es mucho más plácida y hermosa.
    Recuerdo que cuando murió mi madre una amiga de mi hijo, que por aquel entonces tendría unos 25 años, me escribió una carta explicándome que su padre acababa de fallecer hacía poco, que se había pasado el último año -desde que le diagnosticaron un cáncer incurable- celebrando encuentros y fiestas de despedida con todas las personas que había conocido a lo largo de su trayectoria vital. En su carta me decía: "Lourdes, ha sido un año en el que hemos estado celebrando su vida una y otra vez... Ha sido muy duro, pero nunca me había imaginado que alrededor de la muerte pudiera haber tanta belleza"
    El tema de la muerte es uno de los grandes tabús de nuestra sociedad y tengo por costumbre tratarlo en todos mis cursos. Somos mortales pero vivimos como inmortales... sin pensar en que todo tiene un fin y que hemos de tener nuestras 'cosas' al día por si nos pilla de repente... y al no pensar en este fin, hacemos de nuestra vida un recorrido sin finalidad ni sentido.
    Muy triste, sí, que en estos momentos tan profundos e importantes, alguien pueda venirte a hablar de Messi. No digo que haya que ser solemnes, que no, puede haber mucho humor y alegría... de hecho con mis padres, tanto con el uno como con el otro, fue así: pasaron sus últimas horas rodeados de sus diez hijos, estuvimos cantando para ellos y diciéndoles cosas hermosas para que emprendieran su último viaje con la paz de los que saben que han realizado bien su labor...
    Muchas gracias de nuevo por la oportunidad y la reflexión. En cuanto tenga un ratito te comento, como catalana que soy, alguna cosilla en el post anterior, aunque verás que -también en eso- tenemos muchos puntos de coincidencia.
    Un fuerte abrazo
    Lourdes

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  21. No he tenido ocasión de pasar por un trance tan delicado todavía, pero tus reflexiones han calado hondo. Supongo que verbalizar esas cuestiones y ponerlas en cuestión ayuda a enfrentarse a esos momentos. Curiosamente, hubo un tiempo en el que estuvieron de moda los tratados de "Preparatio ad mortem", que ofrecían una serie de consejos para el buen morir bajo la óptica cristiana generalmente. Será cuestión de reeditarlos con un aire moderno.
    Un saludo.

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  22. Coincido contigo, Joselu, en que la muerte es un momento que no nos debe ser arrebatado, por creencias o por drogas. Recuerdo que tuve una conversación similar con un compañero que había perdido a su padre pocos días antes. Hablábamos de que nadie debería impedir que enfrentáramos, racional y conscientemente,ese momento, ya que del nacimiento, el único momento vital comparable, no tenemos memoria.
    Y también sucedió algo similar: en los últimos días, su padre, que también había sido creyente durante toda su vida, le reconoció su ateísmo. Pero esas historias no se difunden, ¿verdad? Sí nos contaban las contrarias: las del ateo incluso militante que en sus últimos minutos de vida renegaba de su ateísmo y abrazaba una reconfortante fe.

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  23. Acabo de recibir una sacudida interior muy fuerte cuando he leído tu entrada. Hace aproximadamente un año tuve que decidir algo así.
    No sé si tendré lucidez cuando me llegue la hora, pero yo querré que alguien me deje un pterodáctilo y me coja las manos.

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  24. Creo que para la muerte nunca estamos preparados, tal vez resignados, porque sabemos qué es parte de la vida. En México, por ejemplo, celebran el Día de Muertos. Es una tradición que intenta burlarse de la muerte y recordar a quienes ya no están en el mundo real, en el que conocemos. Sin embargo, cuando llega el momento, la mayoría llora al familiar enfermo y le da ánimo, esperanzas. Es algo lógico. No sabemos qué es lo mejor. Algunos preferirán que se les consuele; otros querrán la verdad a rajatablas. Somos distintos hasta el instante en que llega la muerte, depués no sé. En mi caso, aún no pienso en qué quiero que me digan. Mejor me espero.

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  25. Tu texto es muy conmovedor. Hay muchas formas de morir como hay muchas formas de vivir. En el supremo despojamiento todo pierde valor: ideas, propiedades, egos. Tengo la impresión que el moribundo si es consciente de su situación, no quiere trámites, ni certificados, solo dejarse ir y llegar al otro lado de la manera más tranquila posible, rodeado de la gente que quiere y en un rincón familiar. La gente no debería morir en los hospitales a no ser que el fallecimiento sea repentino.

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  26. Te recomiendo el libro "sobre la muerte y los moribundo" de Elisabeth Klüber Ross

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  27. Tus entradas últimas van directamente a las entrañas y eso está bien. Algunos de los comentarios son impactantes, muy, muy humanos y es grato leerlos. Mi padre murio tras una larga y penosa enfermedad, alzheimer. Creo que a mí nunca dejó de conocerme o intuirme. Lo último q me dijo fue "vete que no pasa nada".

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  28. Debemos morir acompañados de nuestros seres queridos, eso creo.
    Imagino que para aquel que no está preparados morir ante un extraño, o morir solo, entubado o demás ha de ser lo más terrible que puede ocurrirle.
    Yo brego hace mucho por eso, acompañar al moribundo hasta el último minuto, que te pueda tomar la mano, ponerse de acuerdo en el adiós final.
    Es un error de los familiares llevarlo a morir a una clínica. Digo, cuando sabemos que es un enfermo terminal, que ya no tiene nada que hacer. Pero mientras haya esperanza es necesario hacer todo lo posible para salvarle la vida.
    Te dejo un abrazo.
    Alicia

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