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jueves, 15 de marzo de 2012

El pensamiento bobo



Profesor en la secundaria es un proyecto en canal. No refleja lo que debería ser, no, expresa lo que es en la mente de un profesor con treinta años de carrera a cuestas en los que hay grandes esperanzas (al estilo Dickens) y profundas decepciones. A veces me avergüenzo de escribir lo que escribo pensando que mi pensamiento debería ser más estimulante o positivo o menos dubitativo. A los hombres (y a las mujeres) se nos piden certezas, puntos de vista coherentes y confortadores acordes con el pensamiento positivo que debe alentar a cualquier miembro de la comunidad educativa. Ser pesimista es la peor de las situaciones. Un pesimista es reo de deserción, de traición, de contradicción con la esencia del acto educativo que debe ser por definición profundamente optimista. Y sí, es cierto, debemos sacar agua de las piedras. Un profesor es un personaje al que se presupone positivo, alentador, optimista, capaz de convertir el plomo en oro. Hay multitud de películas en que se recrea al profesor como elemento transformador de la clase y que lleva el fracaso inicial a un éxito colectivo. Este es el argumento de Rebelión en las aulas protagonizada por Sidney Poitier y El club de los poetas muertos en que actúa Robin Williams y dirige Peter Weir. Estas entre infinidad de películas en que la figura del profesor es decisiva para transformar el mundo mental de sus alumnos.

Pero ¿qué pasa si es el pesimismo el que orienta filosóficamente el pensamiento del profesor? Lo planteo en primera persona y como instrumento de interpretación de la realidad.  Hoy preguntaba a las profesoras de bachillerato sobre la lectura de alumnos de bachillerato de una novela singular de Pío Baroja. Me refiero a El árbol de la ciencia de 1912. Es una novela atravesada por un profundo pesimismo existencial que he explicado y desarrollado en multitud de ocasiones a alumnos del antiguo COU. Era una lectura motivadora y excitante. Su pesimismo profundo era motivador, su revisión de Schopenhauer y Nietzsche era estimulante. Un adolescente sentía como profundamente personal ese pesimismo existencial que nutría la novela. Hoy, en cambio, no es entendido, me decían mis compañeras, ese atroz pesimismo que impregna al protagonista Andrés Hurtado y que orienta sus juicios respecto a la existencia y la sociedad.

Hace tiempo que no quiero impartir clases en bachillerato por considerarlo profundamente frustrante. Es un nivel en que se recibe lo que se ha sembrado en la ESO, y ello no puede ser más decepcionante. Son alumnos no habituados a la exigencia ni al pensamiento libre u original. Pío Baroja les desborda, no entienden su pesimismo en una época en que el pensamiento original debe de ser profundamente positivo, optimista y reivindicador de la autoestima. El pesimismo es, en consecuencia, la peor de las enfermedades, la más terrible de las claudicaciones.

A mí personalmente me atrae el pensamiento pesimista. Me atrae la tristeza de algunos escritores que fundamentan en ella su modo de estar en el mundo. Me parece extraordinariamente estimulante. Baroja y su concepción desolada de la existencia me suponen una inyección de optimismo difícilmente comprensible. Los pensamientos bobos que defienden la positividad de toda experiencia a pesar de los pesares me sumen en el desconcierto y en el desaliento. No hay nada más excitante que un pensador inteligente pesimista. Razonamos mis compañeras y yo sobre el porqué de la incomprensión del pensamiento pesimista entre los adolescentes y no llegamos sino a la conclusión de que los hemos tratado como a infantes sin abrirles perspectivas de lo que es la vida en su sentido profundo. Hace veinticinco años empezó a ponerse de moda el pensamiento positivo en las escuelas de psicología americanas. Hoy no hay organización ni escuela que no estime que este pensamiento positivo debe ser el eje de toda acción social y política, además de personal.

La extraordinaria capacidad transformadora del pensamiento pesimista se ha desechado. Hoy todo debe tener tintes rosas o blancos, todo debe alentar a la idea de que a pesar de todo, las cosas tienen sentido; de que a pesar de todo, merece la pena vivir; de que a pesar de todo, nos mantenemos en pie; de que a pesar de todo, mantenemos la esperanza en el mañana.

Entiendo que no entiendan a Andrés Hurtado en El árbol de la ciencia habituados a las cantinelas optimistas que nos nutren y que consideren como una profunda decepción la realidad de un personaje que no piensa que el mañana será mejor que el hoy, y que estima que la naturaleza humana es decepcionante y que la vida no tiene sentido y que supone una corriente ciega profundamente absurda.

Hay profesores que piensan que hemos tratado a los alumnos como niños incapaces y que son, en consecuencia, inanes, a la hora de entender las profundas corrientes del pensamiento occidental, habituados a Canal Disney o la filosofía "profunda" de los Simpson.

¿Es posible entender a Schopenhauer si los referentes son el canal Disney?

En esas estamos. 

49 comentarios :

  1. Yo creo que sí es posible. A la fuerza ahorcan, ¿no dicen eso?

    (...) todo debe alentar a la idea de que a pesar de todo las cosas tienen sentido (...)

    Ninguno más allá del que cada cual encuentra, o se inventa, según lo mires.

    (...) de que a pesar de todo, merece la pena vivir; (...)

    Es de lo único que estoy convencida, fíjate.

    (...) de que a pesar de todo, nos mantenemos en pie; (...)

    ¿Qué no es así? ¿no estás tú ahí, y yo aquí?

    (...) de que a pesar de todo, mantenemos la esperanza en el mañana. (...)

    Esto es lo más complicado de todo me parece a mí. Pero es que de entrada la esperanza es algo que no, no me convence. No la quiero.


    No todo es blanco ni rosa, pero tampoco todo es negro, Joselu. Eso es lo que yo pienso.

    Y con respecto a tus dudas, fíjate, hace poco me diste las gracias por las que yo voy dejando por ahí. Pensé... ¿tú me las das? Pues eso, que ahí van de vuelta. ¿Quién quiere a personas que no dudan? A mí desde luego, no me interesan lo más mínimo.

    Saludetes, y disculpas por el rollo.

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    1. Me preocupan las dificultades de los adolescentes a la hora de entrar en un pensamiento pesimista, y entiendo que lo pesimista no se identifica con la pasividad ni la aquiescencia. Tal vez dentro del pesimismo hay una ternura, una esperanza dentro de la desesperanza, una apuesta reivindicativa de la condición humana, un espíritu de rebelión aunque sea sin esperar el premio de los dioses. Gracias por estar ahí, alentando las dudas.

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  2. Acabo de subir un post del mal llamado "pensamiemto positivo" estadounidense. Coincide plenamente con la sabiduría popular: "piensa mal y acertarás" ; "quien mal anda mal acaba" "Cuando veas las barbas de tu vecino rapar pon las tuyas a remojar""más vale un por si acaso que un quien pensara"

    Y es que nuestras abuelas no tenían Interné pero que listas eran :)

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  3. Isabel García Alonso15 de marzo de 2012, 21:59

    "...en cuanto educadores no nos queda más remedio que ser optimistas, ¡ay!. Y es que la enseñanza presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse. Quien no quiera mojarse, debe abandonar la natación; quien sienta repugnancia ante el optimismo, que deje la enseñanza y que no pretenda pensar en qué consiste la educación. Porque educar es
    creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que le anima, en que hay cosas que pueden ser sabidas y merecen serlo, en que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento. De todas estas creencias optimistas puede uno muy bien descreer en privado, pero en cuanto intenta educar o entender en qué consiste la educación no queda más remedio que aceptarlas. Con verdadero pesimismo puede escribirse contra la educación, pero el optimismo es imprescindible para estudiarla... y para ejercerla. Los pesimistas pueden ser buenos domadores pero no buenos maestros."
    Fernando Savater.

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    1. Has tomado una parte del post como eje del comentario, pero yo querría tomar el otro lado. ¿Cómo enfrentarnos al pensamiento pesimista que alienta en la literatura en multitud de obras? Pienso en El árbol de la ciencia, pienso en El extranjero de Camus, pienso en La espuma de los días de Boris Vian, pienso en La náusea de Sartre. Me dirás, Isabel, que no son obras adecuadas para adolescentes, igual que tampoco lo deben de ser En las orillas del Sar de Rosalía de Castro, colección de poemas que se debaten entre la desolación y la tristeza más profunda. ¿Por qué no son entendidos hoy por los jóvenes estos estados de ánimo, cuando yo he dado clase durante más de treinta años, y no hace mucho que estos autores pesimistas eran considerados como sumamente estimulantes en un periodo como la adolescencia? Esto era lo que abordaba el post. El pensamiento pesimista puede ser sumamente alentador, pero la cultura de época lo ha considerado la peor de las traiciones. Decimos de alguien que es pesimista y lo entendemos como alguien inepto para el acto de educar. Y no estoy de acuerdo, Isabel. El Quijote es un libro divertido y a la vez profundamente triste, uno de los libros más demoledores y tristes que existen. La incapacidad de entrar en la tristeza no deja de ser un factor de época vertebrada por toda una parafernalia de libros, consejos y series que nos venden continuamente el pensamiento positivo. Y es que entre los autores reos de tristeza también hay mucho espíritu de superación, pero a la vez hay una disección de galerías del ser humano cuya exploración ilumina especialmente nuestra naturaleza entre el barro y las estrellas.

      Fernando Savater, al que conocí personalmente, no es un autor que me motive especialmente en mis tareas educativas. Su pensamiento se ha anquilosado y esclerotizado. Hace tiempo que Savater no aporta nada nuevo y lo siento porque he apreciado y leído sus obras. Y estuve al principio de su carrera como filósofo en alguna de sus conferencias, en un tiempo en que prometía como pensador original y radical. Hace tiempo que Savater se ha hundido en el conservadurismo. Su pensamiento ya no es fresco, y ¿sabes cuál es la clave de su estancamiento? A mi juicio, su optimismo innato que no le permite ver el otro lado de las cosas. Siempre he pensado que a Savater le vendría muy bien pasar una accesis dolorosa como una depresión profunda para renovar su pensamiento hoy por hoy totalmente marginal. Solo si Savater se sumerge en las simas del alma, podría renovar su lenguaje y su modo de contemplar el mundo, hoy por hoy carente de originalidad y capacidad de renovación. Hay un librito extraordinario titulado Esa visible oscuridad de Willian Styron en que se describe la experiencia de la depresión profunda. El que entra allí, no sale igual. A Savater su excesiva claridad conservadora le impide ver más allá. Y sí, pienso que un pesimista puede ser un excelente educador.

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  4. Hola, Joselu.

    Si alguien se encuentra escaso, yo podría aportarle una buena cantidad de pesimismo existencial. No encuentro forma de mirar de otra forma. Al revés, todo facilidades.

    Me permito un cortaypega. El fragmento de Labordeta:
    “cuando me asomo a la ventana y miro hacia fuera, todo me parece absurdo. Y el absurdo de la vida es algo demasiado demoledor (...) Las actitudes fundamentales de quien se enfrenta a la vida de un modo racional son: o pegarte un tiro (que es la actitud más consciente y más heroica), o colaborar en todo tipo de iniciativas de un modo activo (o sea, meterte en una especie de vorágine, de actividad continua), o retirarte (al desierto, a donde sea, y prepararte para una supuesta vida futura)” (ROLDE, 1983)

    ¿Cómo será lo de mirar alrededor y comprobar que todo encaja y gira armónicamente?

    Aprovecho para compartir con vosotros un hallazgo: en los Ensayos Impopulares de B. Russell he descubierto uno dedicado a Las Funciones del Maestro. Aún no lo he leído, pero el vistazo a la primera página me ha encandilado y me ha parecido que Russell hablaba de los problemas que tenemos en la escuela este mismo curso, o esta misma semana. En cuanto lo lea, os cuento.

    Un saludo.

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    1. Gracias por tus palabras que sé llenas de compromiso humano y vital. Espero tus opiniones sobre el texto de Rusell que intentaré conseguir por mi cuenta. ¿Se llama así? ¿Las funciones del maestro? Tu pesimismo me resulta de lo más motivador y lleno de luz.

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  5. Isabel, discrepo profundísimamente del texto de Fernando Savater. Con cada una de las ideas presentadas.

    Como buenamente puedo, vivo del oficio de maestro y lo compagino con el mayor pesimismo vital. Creo que esté posicionamiento puede representar una mirada profunda ante las cuestiones del vivir. No entiendo por qué ha de desecharse en la escuela, como si fuera una opción incorrecta.

    Un saludo.

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  6. Si de verdad te escribiera el comentario que me sugiere esta entrada, no me volverías a dirigir la palabra. Así que... como no quiero que eso ocurra, por una vez y sin que sirva de precedente:-)

    Sólo un beso grande JOSLEU.

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    1. Nos quedaremos sin conocer tu opinión, lo que es una pena. Ayer leía un reportaje sobre la escritora barcelonesa Olga Merino. Hablaba sobre su última novela Perros que ladran en el sótano y ella misma comentaba sobre la profunda tristeza que vertebra sus novelas e intentaba reflexionar sobre ello. Aquello me pareció sumamente interesante y me dieron ganas de leerla. Los pensadores tristes me producen una extraordinaria vitalidad. No sé cómo explicarlo. En cambio, los nuevos pedagogos estilo a Alex Rovira y su La buena suerte o esa obra que arrasó hace unos años ¿Quién se ha llevado mi queso? u otras semejantes que llenan los anaqueles de los supermercados del optimismo, me producen una sensación de dejà vu que me resulta deprimente. Sé que no coincide con tu modo de ver las cosas. Un pensador pesimista inteligente (y a ser posible con gracia) me lleva a producir endorfinas y alimenta mi cerebro y mi alma. Y me dan ganas de salir a correr y llenar mis pulmones de oxígeno. Esta faceta del pesimismo ha sido desterrada entre las nuevas generaciones que no pueden entender el compromiso ético y humano de Andrés Hurtado atravesado por ese atroz pesimismo que lo arrastra. Y sí, ciertamente, me preocupa que esta obra clásica y muchas otras no puedan ser entendidas ya por los jóvenes que parecen necesitar clases de autoestima continuamente para no hundirse en el desánimo y no entienden, en consecuencia, lo nutritivo del pensamiento pesimista.

      Besos.

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    2. Verás JOSELU, pienso que tan malo es no apreciar el pensamiento inteligente de un pesimista , como suponer que todo pensamiento optimista es superficial, simplón y sin fondo. Por ahí iba iba a ir mi crítica a tu postura.

      No todos son libros de autoayuda, no todo son engendros como el canal Disney, eso, mi querido JOSELU, es alpiste para los pollos y en eso estamos todos de acuerdo.

      Creo que una persona medianamente inteligente debe beber de todo lo que le aporte algo e intentar comprenderlo. Con unos conectarás más, con otros menos, eso va en gustos y según como sea cada persona.

      Despreciar a Baroja por pesimista, es como despreciar a Chagall por soñador y colorista. Creo que lo malo de esta vida, son los perjuicios a la hora de abordar cualquier obra o emitir cualquier juicio sobre lo que sea.

      Vuestra tarea es complicada, ardua y muchas veces desagradecida. Efectivamente es muy humano y entendible el pesimismo y el desánimo en ocasiones, pero anclarse, recrearse y hundirse en él, no creo que ayude para nada a vuestra labor.

      Es más fácil escuchar buenas noticias que malas, más cómodo leer o ver algo agradable que desagradable, pero en todo lo bueno hay encanto... la decadencia puede tener tanta belleza o más, que la más brillante y alegre de las imágenes, pero para apreciarla, se necesita más tiempo y esfuerzo... sólo eso.

      Todos tenemos dudas, miedos, sentimos la frustración de intentar algo sin lograrlo o sin ver el resultado a corto plazo... en el medio / largo plazo... creo que es donde se ve lo que habéis sembrado vosotros... y aunque a veces, no sea reconfortante, me parece que es lo que deberíais intentar para no hundiros en la miseria, más en los tiempos que corren.

      La enseñanza, como muchas otras labores, son carreras de fondo, resistir con ilusión ( buscándola donde sea y como sea) es lo que hace que se llegue a la meta y en eso, estamos todos o deberíamos intentar estar todos...

      Un besito y buen día.


      PD
      Me gusta lo que dice Isabel García Alonso... aunque no comulgue con Savater :-)

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  7. Isabel García Alonso16 de marzo de 2012, 0:25

    Entiendo que el optimismo de que habla Savater puede referirse a la esperanza. La esperanza de que nuestras palabras y actitudes sirvan para que al menos alguno de esos chiquillos que cada día nos observan, perciban alternativas: la dignidad frente a la vileza, la seriedad frente a la frivolidad y hasta la ilusión frente al desengaño. Y aunque nada encaje en el mundo, tal vez uno pueda hacer que su vida merezca la pena, porque se sienta bien viviéndola. Si en el caso del maestro no fuera así, tal vez debería cambiar de profesión, y es que nada de lo que se les transmite es inocuo.
    Lo cual en mi opinión no tiene que ver con no ser pesimista, por realista.

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  8. A mí más que "pensamiento pesimista", creo que lo que se está perdiendo es el "pensamiento negativo", no en el sentido de verlo siempre todo negro, no. Me refiero al pensamiento dialéctico, que abre grietas en el sentir aceptado a priori. Ese es el tipo de pensamiento que intento en mis clases de Filosofía inculcar a mis alumnos. Hacerles ver pros y contras, niveles de interpretación, argumentos sólidos, ideas frescas,... Están tan acostumbrados a transcribir lo que pone en el libro, a memorizar el día antes del examen.

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    1. Yo haría hincapié en el nivel de inquietudes personales que percibo entre mis alumnos, y no soy muy optimista pues encontrarlas es increíble. Vivimos un tiempo propenso a las preguntas acerca de la sociedad, el mundo, la trascendencia, la justicia, la igualdad… pero no observo ningún nivel de reflexión propia entre los alumnos que deberían ser protagonistas de la misma. Y desde luego El árbol de la ciencia les desborda, no acostumbrados a un joven que sí que posee inquietudes e incertezas, y lo juzgan muy pesimista, muy negro. Santa inocencia porque su futuro es más oscuro todavía que el que imagina Andrés Hurtado.

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    2. Joselu, el optimismo y el pesimismo es un termómetro oscilante, y sobrevalorados. Confiemos, pongamos voluntad al azar.

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  9. Tal cual:

    Las Funciones de un Maestro. En Ensayos Impopulares, Ed. Edhasa (2003)

    En la primera página parece referirse a la contradicción entre la burocracia estéril, las imposiciones administrativas, y la importancia de la formación y la vocación por enseñar del maestro. Hace ya cincuenta años...

    Un saludo.

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  10. Después de la cantera de EGB, se nos han ido de la mano.Totalmente de acuerdo contigo, yo tambien me niego a dar Bachillerato y en mí caso de "Artes" que aun es más de lo mísmo elevado a potencia, es desesperante.Hoy en día me dedico a las "aulas enclave", es otro mund, por supuesto, y decirte que no echo de menos mí anterior etapa...

    -Mi modesta opinión el sistema no funciona, todo tiene un proceso de madurez.De poco a poco, no se puede inflar el globo de sueños y de golpe porrazo pincharlo, la realidad es otra muy distinta!.Son de la ley del mínimo esfuerzo, lo quieren todo masticado y eso de pensar tiene su fondo...

    Abrazos:)

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    1. Gracias, Bertha, cada vez es más radical la diferencia entre los muchachos que han recibido una enseñanza "comprensiva", adaptada a los mínimos y aquellos que reciben una enseñanza exigente y selectiva. Queremos que nadie se quede fuera, lo que es meritorio, pero ello supone pactar con la ley del mínimo esfuerzo, con la mediocridad… Es desolador lo que veo día a día en las aulas, y el bachillerato en un centro como el mío donde también hay modalidad de artes, es especialmente desolador. Sin duda, prefiero acercarme a las dificultades básicas de la lengua en grupos de adaptación curricular.

      En cuanto a "pensar", en mi experiencia docente he ido observando que cada vez tiene menos prestigio poner las neuronas a funcionar. No encuentro inquietudes personales, sociales o existenciales en una etapa que en otros tiempos era terreno abonado para las mismas.

      Abrazos.

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  11. A lo mejor es que te estás volviendo viejo y "la juventud de antes siempre fue mejor".
    Tengo 33 años y ya oigo a amigos despotricar de los adolescentes de ahora de la misma manera que en su momento lo hacían de nosotros.
    Estoy de acuerdo contigo respecto al enorme auge del positivismo estúpido y además mentiroso(luego vienen los choques con la más pura realidad), pero no con tachar a los jóvenes de hoy como descerebrados frente a generaciones anteriores (si, ésas que han construido este presente tan negro, que tanto libro de autoayuda compran, que crearon la factoría disney y crían a estos jovenzuelos..)
    El pensamiento bobo y la superficialidad la ha habido antes, ahora y siempre.
    Generalizar a toda una generación de jóvenes tu experiencia concreta en un centro con sus particularidades no me parece precisamente muy inteligente.

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    1. Anónimo, bienvenida sea la discrepancia argumentada. Tal vez no he sabido expresarme. No quiero generalizar a toda una juventud, pero sí que creo que tengo derecho a utilizar mi atalaya personal para establecer coordenadas de lo que he visto y lo que estoy viendo entre los jóvenes. Imparto clases en un centro de un barrio en que predominan las clases populares y la inmigración. No puedo juzgar lo que pasa en otros lugares más interclasistas o en centros más selectivos, que los hay. Solo puedo juzgar lo que veo, en esto me concederás la oportunidad de establecer relaciones, conexiones o juicios de lo que he visto antes y lo que veo ahora. Uno, mal que le pese, es un testigo de un tiempo que ha vivido y que está viviendo, y en ello residen mucha de su riqueza y de los errores de perspectiva sobre lo que juzga. Probablemente si yo hubiera vivido lo que tú has vivido cambiaría mi perspectiva, y de igual modo, si tú hubieras vivido lo que yo he vivido. Y no sé si es muy inteligente tu comentario, pero sí poco elegante al no atreverse a dar la cara y escudarse tras un anónimo.

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  12. Quien se para frente a un grupo de alumnos a impartir conocimientos enseña mejor que ninguna otra cosa una manera de pararse frente al mundo, de abordarlo, de mirarlo. Confiesas en principio tus treinta años de experiencia en esto con esperanzas y decepciones. A nuestra generación le daba esperanza aprender, cultivarse, veíamos en eso una posibilidad de un futuro mejor. Si aprendías y leías más, te iría mejor. De algún modo, así funcionaba.

    Esta generación de jóvenes, y le aviso al anónimo que te trata de viejo que voy a generalizar sobre lo que conozco yo también, recibe una dosis de pesimismo intravenoso muy fuerte, lo maman desde la realidad que nos ven vivir a quienes estamos desencantados con el presente, sus padres y profesores, desde las noticias, desde el panorama incierto que se les pinta sobre el futuro del planeta y sobre su propio futuro. Es posible que no puedan tomar más de eso de los libros. Necesitan un antídoto. Por eso les fascinan las historias de vampiros, de Harry Potter con su capa de invisibilidad y las series norteamericanas.

    Sólo así comprendo la necesidad de consumir pensamiento bobo a granel, sólo así se entiende que inclusive gente que debería pensar adultamente compre los paquetes del positivismo y se los crea. Son como un antídoto contra el veneno que destila la mediocridad y el fracaso que nos rodea, aunque sólo se trate de un placebo.

    Yo no creo que se deba ser positivo para ser buen profesor, sino realista y honesto. Más allá de tu visión del mundo y tu inclinación por el pensamiento pesimista y el lado trágico de la vida, es claro que buscas sentido en lo que haces, que intentas hacerlo bien, que analizas la realidad de tu alumnado acertadamente e intentas acompañar como mejor puedes.

    Tú mencionas al emblemático personaje del profesor Keating de La sociedad de los poetas muertos, pero fíjate que con su mensaje adrenalínico y positivista de vivir el momento y de exprimir la vida ("to suck the marrow out of life") contribuye indirectamente a que un alumno que no consigue hacerlo se suicide. Porque finalmente, la ilusión de que todo es posible y alcanzable con tan sólo proponérnoslo choca contra la dura realidad de que lamentablemente eso sucede nada más que en los cuentos de hadas.

    Por años leí a Louise Hay y creí que el poder estaba dentro de mí, hasta que me hice adulta, y comprendí que hay poder dentro mío, pero que mis logros están acotados por un sinfín de factores que van más allá de mi poder de control.

    Leí la aclamada fábula de ¿Quién se ha llevado mi queso?, la compré junto con el queso en el supermercado, y jamás sospeché escasez antes de que vinieran las patadas de los lugares de trabajo que se cerraron por falta de queso. Me despojaron del queso que tenía guardado en el banco en una crisis, de la que aún no salimos y dudo que lo hagamos alguna vez, que acaeció en la Argentina en el 2001. Por experiencia propia aprendí que por más que te mantengas alerta, el cambio te puede tomar desprevenido y dejarte maltrecho. Eso no es ser pesimista sino realista. La desolación se aprende viviendo, no leyendo. Y a cada generación le tocará aprenderla a su debido tiempo y a su manera.

    Un beso.

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    1. Hermoso y denso comentario que mejora considerablemente el post que le ha dado origen. Sigo tu cadena de razonamientos para poder conversar contigo. Sugieres que nosotros como adultos y como representantes de una sociedad proyectamos una visión tan pesimista acerca del futuro que los jóvenes lo interiorizan y buscan antídotos en el pensamiento bobo para poder sobrellevar la carga desoladora de lo que se intuye. Lo considero un buen razonamiento. Entonces, la renuncia al pesimismo filosófico y su sustitución por un mundo ficticio de irrealidad multicolor es una suerte de evasión casi necesaria ante la negrura del panorama. La sustitución del pensamiento denso, entre las clases medias que han accedido a una cierta ilustración, por la proliferación de parques temáticos sentimentales revela un propósito de supervivencia.

      Hace unos años me encontré con alumnos de bachillerato de literatura que llevaron a clase un muñeco de Mickey Mouse al que se dedicaban a cuidar entre todos por turnos. Me enfadé. No entendía que alumnos de bachillerato tuvieran una actitud tan impropia como la de cuidar un peluche durante horas de clase. No se ha vuelto a repetir, pero sí que es revelador -creo yo- de un cierto panorama intelectual de muchos jóvenes que no encuentran en la filosofía o la literatura clásica un asidero para su angustia (que tiene que existir), y buscan en el imaginario Disney y semejantes resortes que les permitan la supervivencia en un mundo oscuro. No es Nietzsche, no, el que orienta en medio de la vorágine de la existencia. No, son Poco Yo, son Mickey Mouse, son Bob Esponja, son Harry Potter los nuevos héroes existenciales en esta interpretación del mundo. Hace unos años, un psicólogo que vino a dar una charla a padres de mi instituto reivindicó el poseer como adultos peluches e incluso dormir con ellos.

      Probablemente hace unas décadas los adolescentes se hubiera avergonzado de parecer infantiles y hubieran deseado hacerse adultos y crecer buscando modelos intelectuales con consistencia y densidad. Camus, Sartre, Kierkegaard, Bertrand Russell, Walt Whitman, Baroja… Ciertamente ahora el panorama es otro y los referentes se buscan en otros lados para paliar la angustia de vivir. Otra cuestión es preguntarnos qué significa esto en la deriva intelectual de la humanidad. Hace tiempo que me doy cuenta de que ni la literatura ni la filosofía son modelos atractivos para los adolescentes que yo conozco. Mi experiencia es que los mundos que proponen los escritores clásicos son carentes de atractivo. Pensaba que era mi poca habilidad en acercarles a Petrarca, Garcilaso, Quevedo, Gongora, Cervantes… lo que motivaba su desinterés, pero me doy cuenta de que es algo mucho más profundo. He conocido un tiempo como profesor en que la literatura clásica resultaba potente y atractiva y mis alumnos disfrutaban leyendo (con habilidad) a Hita, a Jorge Manrique, a Quevedo, a Shakespeare, a Dostoievski… pero he de reconocer que esto ya no es así.


      Gracias por tus palabras, llenas de sentido.

      Besos.

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  13. Pesimismo, alumnos de bachillerato... A mí me gusta enseñar a alumnos de bachillerato, pero desde hace unos años vengo observando una clara diferencia entre los grupos de humanidades y de ciencias. Los de ciencias son menos numerosos y en general están formados por alumnos que todavía mantienen algún interés por saber, tienen unas metas más claras y sobre todo están dispuestos a estudiar, al menos en cierta medida.

    En los grupos de humanidades se concentra el alumnado que busca seguir en el centro porque no tiene trabajo y no se va a quedar en casa, piensa que no podrá con las materias de ciencias o sencillamente busca la vía fácil. Yo les llamo la Diversificación de Bachillerato. El hecho de que no quieren estudiar se junta con problemas de disciplina y falta de respeto, de mostrar abiertamente que quien manda son ellos y no el profesor. Muchos no traen ni libro y lo de escribir en el cuaderno o tomar algún apunte para ellos queda descartado.

    A veces enseñar es muy complicado, nos puede el pesimismo, pero yo lo entiendo como algo puntual, porque siempre existe un porcentaje de ellos que merecen la pena, y como ellos tiran para adelante yo voy con ellos, con días mejores y peores. Y ellos siempre tienen entre 12 y 18 y nosotros vamos cumpliendo y a medida que cumplimos se nos van agotando las fuerzas por el camino.

    Un saludo, profe.

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    1. Mi situación como profesor de literatura española se restringe únicamente a alumnos del bachillerato humanístico y social. Coincido contigo en el perfil de muchachos que abundan en él. Y se ha llegado a tanto que es una hazaña que dichos alumnos tengan las obras prescriptivas para la selectividad que se niegan a comprar sea por problemas económicos o por elecciones que priorizan antes el mantenimiento del móvil antes que la cultura. El clima es de tal desidia ante las tareas intelectuales de un estudiante (tomar apuntes que no sean dictados con puntos y comas, formular alguna pregunta, leer las obras, estudiar, tener algún tipo de inquietud que la literatura pueda ayudar a alimentar…) que el profesor ciertamente se desconcierta y en mi caso me lleva a evitar dar bachillerato y centrarme en grupos en que predominen los inmigrantes que me resultan más motivadores. Me alegro que en tu descripción del panorama haya tantos elementos que me resulten conocidos. Digo que me alegro, pero no es así. Lo lamento profundamente pero me alivia compartir contigo, Angie, una cierta constatación de la realidad que solo puedo compartir con mis compañeros que imparten bachillerato y no son ciertamente optimistas por más vitalistas que puedan ser a nivel personal. Un saludo, y gracias por tus palabras.

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  14. "El árbol de la ciencia" fue la primera lectura obligatoria que tuve que realizar para la signatura de Literatura en aquel denostado C.O.U., allá por los ochenta. Lejos de sumergirme en un pesimismo paralizante, esta lectura, junto a otras muchas de las "oficiales", fue todo un estímulo para enfrentarme, a mis diecisiete años, a una realidad que tiene tintes rosa y blancos y, sobre todo, negros. Su lectura me llevó a Schopenhauer, de ahí a Nietzsche, de ahí a Sartre, de ahí a Camus, y a Kafka, y a Kierkegaard, y a Hölderlin y a Leopardi... Este último decía: "El género humano no creerá nunca no saber nada, no ser nada, no poder llegar a alcanzar nada. Ningún filósofo que enseñase una de estas tres cosas haría fortuna ni formaría secta, especialmente entre el pueblo, porque, fuera de que todas estas tres cosas son poco a propósito para quien quiera vivir, las dos primeras ofenden la soberbia de los hombres y la tercera, aunque después de las otras, requiere coraje y fortaleza de ánimo para ser creída".

    Tienes toda la razón: desde la escuela hemos colaborado activamente en la infantilización de la sociedad, ofreciendo "productos" culturales que no auténtica cultura, siempre transformadora. No hay referentes, y sin referentes tampoco hay sentido. Yo el pesimismo lo experimento ahora, no cuando mis profesores me descubrieron a Baroja, Valle-Inclán, Sastre, García Márquez, Borges, Sábato..., y esto sin mencionar los mundos que me abrieron los profesores de Latín o de Filosofía. De esto último soy yo profesor: si la literatura es hoy un plato difícil de degustar, imagínate la filosofía. Y hablamos alumnos de Humanidades, no de Sociales. Leer "El banquete" es para muchos la mayor extravagancia que van a realizar en sus vidas. En esas estamos.

    Un saludo y gracias por seguir con el blog: yo he sucumbido al pesimismo de Andrés Hurtado... y de Ciorán. Una última cita, esta vez del "ilustrado" Lichtenberg: "Ni un maestro de escuela ni un profesor pueden educar individuos; apenas educan especies".

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    1. José Ángel Castaño, tu comentario me ha llegado profundamente porque comparte conmigo un estado de ánimo que no sé si tiene que ver con mi edad cronológica que juega en mi contra o con una cierta realidad que está universalmente extendida en el mundo que hemos construido los adultos, un mundo puerilizado e inmaduro, en que se han perdido los referentes densos y profundos como los que citas y se han sustituido por otras realidades más acordes. No es El banquete ni La naúsea (que entusiasmaba a ciertos alumnos de hace veinticinco años) ni Así habló Zaratustra, ni Los demonios las propuestas que movilizan intelectualmente a las nuevas generaciones que yo conozco salvo muy honrosas excepciones. Ha sido toda la sociedad la que se ha puerilizado sea por la invasión de las nuevas tecnologías, sea por el avance del mundo multicolor y animado que sustituye a los viejos filósofos y los recluye en el desván de los recuerdos. El pesimismo filosófico de los escritores que has citado y que te motivaron en su momento era altamente motivador, y, a pesar de su oscuridad o tal vez por ella, nos desafiaban y proponían retos intelectuales que nos cautivaban.

      Es un placer poder debatir con contertulios como tú que me acompañan en mi soledad. Gracias.

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  15. El pesimismo es compañero de un cierto grado de frustración. En nuestras generaciones, el pesimismo acompañaba al titánico esfuerzo por emanciparnos y por cubrir nuestras cabezas de los desengaños. En los últimos años, los jóvenes han estado hiperprotegidos (todos conocemos adolescentes que nunca han escuchado un "no", jóvenes de 30 años que siguen en casa de los padres -incluso cohabitando con la novia-, jóvenes cuyo mayor drama es quedarse sin saldo en el móvil...). No digo que todos hayan sido así, pero la mayoría de los que vemos en el aula lo son, incluso entre las clases más marginales. Quizá ahora que empiezan los jóvenes a experimentar el fracaso de sus aspiraciones, el pesimismo cobre auge como tendencia de pensamiento. No es fácil vivir como Patricio y Bob Esponja cuando están en juego tu vida y tu futuro.

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    1. En un comentario que he respondido anteriormente reflexionaba sobre si la angustia ante la realidad de los nuevos tiempos que se vaticinan harto oscuros se exorciza con otros modelos que los que a nosotros nos movilizaron (Sartre, Camus, Dostoievski, Kafka, Baroja, Hesse, Tolkien…). Tal vez sea ahora precisamente Bob Esponja y el mundo Disney el que expresa la nueva situación existencial en que estamos. Pienso que los referentes intelectuales se han desvanecido por otra cosa en todos los ámbitos. No sé si volverá a ser Nietzsche un pensador revulsivo de las inquietudes, me temo que no. El pesimismo atroz de Schopenhauer que vértebra El árbol de la ciencia ya no es motivador, por lo que observo desde mi atalaya de profesor. La angustia ante la muerte, la angustia ante el futuro, la angustia ante la realidad… adopta otras formas más pueriles y multicolores que sustituyen el temblor existencial por pulsiones de pantalla tridimensional. No sé si el pensamiento en el sentido que lo conocimos nosotros y nos alimentó está ya definitivamente periclitado. Me gustaría pensar que alguna vez volverá a ser necesario. Yo no lo veo, pero quién sabe.

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  16. El pesimismo es la tierra dispuesta para arar,
    aunque no sea la semilla para sembrar,
    el optimismo es el aire necesario para respirar.

    Había leído comentarios tuyos en el blog de María y siempre me parecieron interesantes. También tu blog lo es.
    Yo también creo que un pesimista -yo lo soy bastante-puede ser un gran educador. Lo veo en mis hijos y no es sólo presunción.

    Saludos desde esta tierra navarra.

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    1. Gracias, Izara, por tus palabras que comparten la sensación de que también el pesimismo filosófico puede ser un buen acompañante de la educación en la que no se renuncia al estímulo intelectual ni a la cordialidad motivadora… pero reconoce que efectivamente no estamos en el mejor de los mundos posibles y que no todo depende de nuestra actitud ante la realidad como podemos ver diariamente en la terca actualidad que pugna por mostrarnos que somos simplemente marionetas de poderes que intentan hacernos creer que somos libres e independientes. Saludos desde Barcelona.

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  17. El pesimismo de la Generación del 98 se refleja muy bien en Baroja en "El árbol de la Ciencia". Lo leí a los 45 años cuando estudiaba el Acceso a la Universidad y me sirvió para sacar una nota brillante en el exámen de comentario se texto, que por casualidad, versó sobre ese libro. Estaba yo pasando una de las peores épocas de mi vida y el tono de mis pensamientos estaba muy acorde con el de Andrés Hurtado.
    Estamos pasando una época parecida o peor que la del final del siglo 19 en España y no puedo entender que los chicos de hoy no puedan comprender ese estado de ánimo. Pienso que es posible que la juventud de hoy esté superprotegida en su casa y no se den cuenta en realidad del futuro que tienen por delante.
    De todas formas , Joselu, yo prefiero ese pensamiento bobo del que hablas, prefiero tener esperanza y además lo pienso de verdad porque la experiencia me ha hecho ver que siempre después de la tempestad, viene la calma. Un abrazo

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    1. Hace un par de décadas este libro, Lola, era altamente motivador para los alumnos de diecisiete años que veían en su pesimismo filosófico un estado sentimental en una época (la adolescencia) de incertezas y angustias. Lejos de ser deprimente su lectura, era motivo de reflexiones motivadoras. Encontrar a alguien que expresa tus mismos temores ante la existencia te hace sentir menos solo y resulta alentador. No sé ciertamente qué ha pasado pero Andrés Hurtado ya no resulta un referente ni se entiende su pesimismo existencial. Un abrazo.

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  18. ¡Cuesta tanto acceder al pensamiento y a la expresión del mismo! La banalización del antiguo esfuerzo por comprender conceptos abstractos nos ha abocado a la trivialidad y vulgaridad que todo se lo come. La lucha de mi vida es la lucha por entender lo que leo, y sigo en ella, cada día, atento a mis debilidades y despreciando logros que siempre son minucias respecto de lo que me espera. No hay más que considerar el "trago" amargo que les supone a los estudiantes de bachillerato la asignatura de filosofía, y cómo casi ninguno de ellos está dispuesto a "recorrer" el discurso del pensamiento, habituados como están a los eslóganes, sean políticos o publicitarios, y perdón por la redundancia. La idea de que alguien puede formarse culturalmente sin horas y horas de soledad enfrentado a textos que constituyen auténticos retos, cae del lado de la trivialidad que nos rodea. Sólo hay que considerar el auge de los best-sellers y la dificultad del pensamiento crítico para vencer la pereza del famoso "pensamiento débil". Siempre me ha parecido que la dedicación a la lectura "no da", cinematográficamente, la imagen de una mente en ebullición y de un espíritu zarandeado por las pasiones mientras lee jamás ha sido plasmado en imágenes poderosas y proselitistas. En cualquier caso, sigo pensando que la aventura de la creación individual ha de nacer "desde" el individuo que "escoge" entre lo que le rodea. Los bienintencionados intentos de favorecer ese "impulso" chocan con la "necesidad" de que este se produzca en el orden en que sugiero.

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    1. Juan Poz, concuerdo contigo en apreciar la deriva hacia lo fácil, hacia lo digerible sin esfuerzo, hacia lo simplificado, hacia el eslogan, alejándose de la complejidad del pensamiento que se rehúye como alma que lleva el diablo. He sido testigo en mi vida de dicho proceso, y tengo la impresión, no sé si dictada por mi cronología, de que caminamos hacia una sociedad entontecida sin darnos cuenta. Cada vez observo menos deseo de pensar, tenido esto como la más indeseable de las dedicaciones. Hubo un tiempo, que recuerdo, en que un joven tenía como apetecible inquirir, cuestionar, delimitar… algo que es inimaginable hoy día y no solo entre los jóvenes que, al fin y al cabo, se nutren de la ideología dominante en una sociedad que escoge la puerilidad. Cualquier texto del pasado y pongo por ejemplo a Bertrand Rusell o Camus ofrecen una increíble complejidad respecto a lo que es habitual en la actualidad. Pero temo que todas estas apreciaciones no sean sino la evidencia de que estamos envejeciendo. No sé.

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  19. Tener fe en la labor docente no garantiza éxitos, pero los facilita.
    Me encanta impartir clases en Bachillerato. Lástima que sea tan corto. Los alumnos suelen estar más motivados...
    "El árbol de la ciencia" es una grandísima obra que gusta a todos entendidos sean pesimistas o no.

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  20. Épocas nuevas, licuado eterno... la era del posmodernismo y consumismo, queramos o no, ha sodomizado a la civilización Western.


    Saludos y letras.

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    1. Tu comentario me resulta sugerente pero no acabo de entender la calificación de la civilización western. Pienso en Solo ante el peligro o Dos cabalgan juntos o La muerte tenía un precio y me las imagina sonorizadas por la civilización consumista postmoderna. ¿Acaso te refieres a los valores morales que implicaba el western frente a la liquidez de la época contemporánea en que lo moral se ha convertido en eslogan desfasado? Gracias por tus palabras.

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  21. La sociedad se ha convertido en un alivio sintomático, antídoto al instante contra el pálpito constante y doloroso que puede suponer una vida. Tirita al canto si es leve, esparadrapo y Betadine si sale sangre y un ibuprefeno si la cabeza explota. ¡Que no duela, que no duela! ¿Quién quiere dolor? Metafóricamente hablando, hoy sólo tenemos colas en las farmacias, hospitales repletos y morfina por doquier. La sociedad sólo abre taquillas que venden tickets contra el dolor. Si te venden la pócima que te quita el dolor te impiden tener la posibilidad de luchar contra él: ningún ser humano puede luchar contra algo que es incapaz de sentir. ¿Quién puede entender la lucha por la vida si nunca ha luchado por ella?


    Vivimos en la época de la estimulación constante: es nuestra pócima ante dolor. Es muy difícil estimular a alguien con unas simples palabras: con un libro. Mi generación es la generación de “los sintiempo”, “la generación estimulada”. Está acostumbrada a efectos especiales o escenas impactantes, a ir de compras para comprar por comprar. El cine, los videojuegos, la plataforma virtual en general se lleva el papel principal. Cuando no estás pensando en qué pantalones ponerte, estás cargando la Blackberry o cotilleando por el Facebook. Cuando no estás escuchando música por el iPod, estás delante de un power point o viendo una película en el cine con gafas para 3D. Tienen nuestra atención en escaparates y aparatos tecnológicos. “Toma, toma más estimulación, toma más entretenimiento. Olvídate del dolor. Olvídate de pensar. Olvídate de sufrir. Olvídate de todo. Pero paga: danos dinero.”Un mundo feliz a lo Huxley. “Compre la felicidad”
    Primero nos envenenan con una “sobreestimulación” del copón, y cuando estamos bien anestesiados vienen y nos preguntan “¿por qué no te fascina esto? ¿por qué no te estimula eso? ¿por qué no te rebelas contra tal?” Pero, ¿a alguien le extraña?


    En el curso pasado, en 2º de Bachillerato, disfruté con 17 años y en pleno siglo XXI de Andrés Hurtado, de su vida y de las conversaciones con su tío (aunque estas son más breves de lo que a mí me hubiera gustado). La mayoría de mis compañeros ni siquiera saben si Pío Baroja es capaz de fascinarles porque todo cuanto hicieron fue leer resúmenes en Internet. Después alardearon de haber sacado buena nota sin haberlo leído. Ninguna de esas personas entendió que esa nota no sólo era un fracaso en sus vidas, también era un fracaso para su sociedad. Una sociedad que cuenta con una juventud que no quiere perder el tiempo leyendo pero tiene tiempo para comprarse el último aparato de turno o para poner comentarios indescifrables en el Tuenti, es un sociedad echada a perder. Un mundo feliz, claro que sí. Todo rosa, todos muy amigos, qué genial es todo, qué bien vivimos y qué bien que me lo paso. Pero, sin lugar a dudas, es una sociedad feliz porque es una sociedad anestesiada.

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    1. Tu comentario, Rash, colma de sentido lo que yo escribí el otro día. Me emociona que una joven de dieciocho años dé cuenta de su sentimiento ante la vida, la cultura y la sociedad, y su interpretación sea lúcida y profundamente pesimista, no porque yo alabe el pesimismo en sí sino por la profunda interpretación que supone acerca de un estado de cosas que estamos viviendo y que tomamos por normal. Nos aproximamos efectivamente al mundo feliz, asumimos todos (o casi todos) la falacia de que pensar solo produce sinsabores y nos sumimos en la banalidad con fruición. Los jóvenes que he conocido en mi carrera docente han sido muy variados. Los hubo en generaciones que estimaron el pensamiento crítico y la disección radical de la sociedad, pero en los últimos años es raro el joven (al que yo tenga acceso) que tenga algo que decir, que sepa decir algo o que ocupe el tiempo en algo más que en esa sobresaturación que defines tan bien. Ofrecí hace cinco años la posibilidad a mis alumnos de abrir blogs para expresar su concepción del mundo y de la vida. Pronto se evidenció que la inmensa mayoría no tenían nada que decir y que de paso no sabían hacerlo. Y además no lo necesitaban. Esto no quiere decir que sean muy diferentes de los adultos, no. El nivel de embobecimiento es universal y transversal a edades y condiciones.

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  22. El pensamiento es pensamiento. Vamos, que sólo es algo que no se sabe donde está escrito en el cerebro, pero la mayoría se empeña en creer que si. Si yo pienso en una determinada dirección, por decirlo de algún modo, alguien le va a poner la etiqueta, consabida etiqueta, que conoce. Y esto, para mi, es lo que llamo pensamiento bobo :), el título de esta entrada.
    El pensamiento positivo tal y como yo lo entiendo, es el que nace de la lucidez, de la ausencia de clichés y la toma de conciencia de lo absurdo de creerse los pensamientos que pasan como una corriente de aire...
    Estoy de acuerdo en cuanto a la desgana que tienen algunas personas a la hora de enseñar, en la falta de criterio que algunos alumnos padecen, pero también sé de como se les lava el cerebro para que no piensen por si mismos. Al menos, en la facultad en la que estuve, pero no sólo.
    Un buen profesor, para mi, es aquel que no impone a los demás sus ideas, el que respeta la opinión de los demás y consigue crear un debate enriquecedor desde esa diversidad. El que ansía tan sólo aprobados o matriculas, niega la creatividad, puesto que fomenta más la memoria. Y si, se puede tener muy buena memoria, pero ser incapaz de resolver un problema nuevo. Y resolver un problema nuevo requiere de estrategias nuevas. Algo que no da la memoria. Y, la mayoría se basa en su memoria para resolver problemas. Tanto personales como sociales. Y es la misma memoria la que nos empuja a criticar a los demás sin percatarnos de si estamos siendo justos o no. Yo propongo que miremos hacia adentro cada vez que vemos en los demás algo que no nos gusta. Poquísimas personas hacen esto. Tan pocas que yo en vez de tener más comentarios cada vez tengo menos :) Curioso ¿verdad?
    A uno le gusta siempre que le halaguen los oídos, y en cuanto encontramos a alguien que comulga con las mismas ideas, ahí que vamos disparados. ¿Y los que no piensan como nosotros? ¿Qué hacemos con ellos? Les ponemos moderación de comentarios o literalmente los dejamos de lado, o buscamos el modo de que se vayan y no molesten. Para mi esto es pensamiento bobo. Y el pesimismo es también una etiqueta. Y nos sentimos importantes porque lo utilizaron personajes famosos... Shopenhauer era rico. y NIetzsche acabó loco...
    ¡Cuánto nos cuesta realizar el cambio :)!
    Sería interesante plantearse la permanencia de las plazas de funcionarios... a ver si así se acababa con la seguridad que da tener un asiento en el que sentarse de por vida... Si, a ver como se podría entonces fomentar el pensamiento positivo desde esa nueva circunstancia... :) Cuando el suelo se nos va de debajo de los pies... ¿qué queda? Nada. Y eso es lo que son los pensamientos: nada. Es entonces cuando comienza una nueva vida. Mientras se aferra uno a los mismos hábitos sigue muerto.
    Mira que cantidad de pensamiento positivo he escrito :) ¿O no?
    Lo dicho: nada... :)

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    1. Ya ves que no he censurado tu comentario ni lo he dejado de lado. No solo eso sino que le he dado una gran relevancia. El problema es que abordas demasiadas cuestiones simultáneamente. Desde el carácter vitalicio de los funcionarios, al papel de la memoria en el aprendizaje, el valor de los pensamientos en la conformación de nuestra experiencia, la verdadera creatividad, el pensamiento positivo como lucidez, el mirar hacia dentro… Todo muy respetable ciertamente pero que me supone una mezcla difícil de enfrentar. Probablemente tengas razón, pero no me gusta la música con que lo expresas. Es confusa.

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    2. Elegir o preferir... Te resulta confusa, dices. ¿Puedes decirme que es lo que te resulta confuso exactamente?

      Cuando se rompen los hábitos de pensamiento ocurre que uno se siente confuso, por esto motivo cuesta tanto deshacerse de ellos.

      ¿Por qué te resulta difícil de enfrentar en éste momento? En el párrafo anterior he hablado de hábitos... ¿Puedes reconocer que te resulta difícil por que hay hábitos te condicionan?

      Gracias :)

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  23. Joselu, a los maestros se nos exige ser positivos, animados, activos, dinamizadores, optimistas... o, para muchos, animadores de calle, payasos o actores cómicos. Lo que es seguro es que sin una buena salud no podemos desempeñar bien nuestra labor. Somos propensos a contraer enfermedades respiratorias, óseas, musculares, mentales... Nadie, salvo otro docente, entiende las circunstancias que nos llevan a estas dolencias. Parece fácil escribir en una pizarra, explicar conceptos ya masticados por el libro, corregir pruebas... Pero todo es mucho más complicado. Nos atacan desde muchos frentes, casi nadie nos apoya, nos cuestionan continuamente. ¿Y tenemos que seguir siendo optimistas? ¡Ja! Los alumnos cada vez son más difíciles ya desde Infantil. Y por lo que contáis otros, los de Bachillerato no hacen sino coronar una pendiente lamentable, salvo excepciones. ¿Quién ve algo positivo en todo esto? No se trata de lo que contó tan bien Baroja, es algo muy diferente. Es cierto lo de la pérdida del valor del esfuerzo, de la falta de horizontes, del lamentable panorama cultural, pero no es sólo eso. No hay ganas de luchar, afán de superación, conciencia de las propias limitaciones. ¿Hemos criado unas generaciones bobaliconas, blandengues, egoístas? Eso creemos la mayoría. ¿Ha sido el sistema educativo, la sociedad de consumo, la televisión, el cine, los videojuegos, la permisividad de los padres? Todo eso y más. No sé, colega, me cuesta mucho plantearme cada día por qué, para qué y cómo enseño. Ya no tengo certezas, asideros firmes. Deseo hacerlo bien, pero no sé cómo. Demasiadas preguntas para una tarde festiva.
    Un fuerte abrazo, colega.

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    1. No me cabe duda de que en tus incertezas está el ánimo de una excelente profesora fuera de fórmulas estereotipadas. No es fácil ser profesor, saber qué es exactamente lo que nuestros alumnos necesitan y lo que nos pide la sociedad a la que nos debemos. Pero esto nadie que esté fuera del gremio de la tiza podrá entenderlo, saber de nuestras angustias, nuestras contradicciones, nuestras dudas, nuestras caídas ante muchachos que se merecen lo mejor, sin duda, pero que están expuestos a una sociedad narcisista y egocéntrica que evita el pensar como la peste y que están acostumbrados a satisfacer la inmensa mayoría de sus deseos sin limitaciones. La labor más meritoria que puede hacer un padre o una madre es decir que no, limitar, definir, reconducir, a ser posible con diplomacia y amabilidad, o si no, sin ella. Creamos monstruos que aspiran a satisfacer cualquier anhelo o tontería, y no soportan la frustración. Como padres hemos de educar para enfrentar la frustración, y como profesores también. Y eso es duro en un contexto en que nadie quiere frustrarse.

      Un abrazo, colega.

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  24. A raíz de tu comentario me he acorado de una discusión que tuve hace unos días sobre el porqué no me gustaba Albert Espinosa. Forma parte de esa corriente de optimismo vital, de que hay que disfrutar y ser positivos y qué bello es vivir. Lo detesto bastante, aunque por otro lado es una buena herramienta comercial. Tal y como están las cosas…qué mejor que vender ‘pensamiento bobo’. Así es la literatura más vendida o la TV…

    Si analizo más o menos mi adolescencia o pre-adolescencia (en realidad toda mi corta vida hasta hoy…) la recuerdo llena de dudas, de preguntas, de reflexiones, de autoconocimiento y a la vez de conocimiento del mundo que me rodea. Épocas de angustia existencial que me han llevado irremediable al pesimismo, a la tristeza, a percibir el sinsentido de la vida. Y a veces llegados a este punto, como apuntaban por allí arriba, o te metes un tiro, o sales corriendo o sigues como buenamente puedes. Yo me quedo con el ‘Sin esperanza, con convencimiento’ de Ángel González. Puedo comprenderlo tan bien…

    Siempre he tendido a pensar que ciertos procesos vitales y tormentos eran iguales o parecidos en todos los seres humanos. Que en parte, el éxito de la literatura viene de ahí. Del hecho de que, en la soledad e intimidad que te acompaña al leer, puedes sentirte comprendido o simplemente darte cuenta de que no estás loca, de que hace mucho tiempo, otros, ya sentían como tú.

    Me pregunto si esto ha cambiado. ¿Qué les pasa por la cabeza a los jóvenes de ahora? ¿Cómo ven la vida, cómo la sienten? ¿No tiene momentos de angustia o de pesimismo vital y por eso no pueden comprender estos estados? Quizá la literatura ha dejado de tener vigencia para ellos porque no sienten así, quizá la gran mayoría no ha indagado tan profundo en sus adentros. No sé...

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  25. Tener lectores de tu edad y de tu vocación literaria me congratula con esta tarea que me impongo que es escribir sin ataduras y sin fórmulas preestablecidas. "Sin esperanza, con convencimiento" escribes recogiendo los versos de Ángel González. Esta reflexión refleja con exactitud lo que sentimos muchos que no tenemos la voluntad o la ingenuidad de ser penetrados por ese pensamiento positivo que se difunde a través de mil y un canales institucionales y de propaganda editorial. Estos días en el instituto de mi mujer están realizando un taller de diez horas sobre pensamiento positivo en que los profesores deben generar en sus reflexiones actitudes asertivas. Me imagino que hay muchas personas que han sabido vender esta supuesta filosofía y viven de ello, y la administración ha decidido generar en nosotros esa ideología al margen de los recortes, las bajadas de sueldo, el empeoramiento de la realidad educativa y las dificultades crecientes en ella. Jodidos pero contentos, con extraordinaria actitud positiva. Pero como tú, Mari Carmen, me quedo con los versos de Ángel González: "Sin esperanza, con convencimiento".

    En cuanto a los jóvenes, pienso que hay una sociedad que prima el divertimento por encima de la reflexión, la distracción y el entontecimiento sobre el compromiso vital y existencial, la banalidad sobre la densidad filosófica y literaria. Hace tiempo que conversé con una antigua novia sobre qué era preferible: ser tonto pero feliz o ser lúcido y estar expuesto a la infelicidad. No me cabe duda sobre qué se prefiere socialmente. Es una fórmula comercial aderezada con el pensamiento de oriente que hace referencia continuamente al vivir el presente y no pensar el pasado como irremediable y el futuro por irreal. Lo que es una idea correcta y con la que estoy de acuerdo, se convierte en una fórmula sumamente conformista y banalizadora de la realidad profunda. Y no, no interesa a la inmensa mayoría adentrarse en la mismidad, en los vericuetos del alma porque eso expone a la desolación y a la tristeza y nadie quiere sufrir. Gracias, Mari Carmen, por estar ahí.

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  26. Joselu:
    Yo, profesora de lengua y literatura también - aunque sólo desde hace 20 años - y lectora asidua de Baroja, acabo de sentirme profundamente confortada al leerte; me ha llegado muy hondo tu reflexión - que comparto totalmente - y la sensibilidad e inteligencia que revela lo que escribes.
    Rara vez me puedo identificar con las superficialidades y los topicazos que dicen mis compañeros y cuyo pensamiento está cortado por el patrón de lo políticamente correcto y de lo que "debe ser".
    Entrar aquí, leer tu artículo y leer parte de los comentarios y tus respuestas - ahora no tengo tiempo para más - ha sido para mí recalar en un inesperado "remanso de paz" lleno de inteligencia, sensibilidad y búsqueda de la verdad. Enhorabuena por el artículo y por el nivel de los comentarios.
    Este sitio es un lugar al que volveré pronto, sin duda. He encontrado una perla entre tanta vulgaridad reinante, así que no puedo dejarlo pasar.
    Hasta pronto. Un saludo y muchas gracias por tu reflexión.

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    1. Gracias, Asun, he leído con satisfacción tu comentario, no tanto por lo que pudiera de haber de aprobación de lo que había escrito sino por presentir la coincidencia de ánimo, de puntos de vista y de perspectivas desde la que contemplamos la enseñanza de la literatura. Para mí absolutamente frustrante especialmente en bachillerato. Me encantará volverte a ver por este blog que no busca certezas y que camina por la cuerda floja en un ejercicio que presumo arriesgado, abierto a coincidencias pero también a rechazos radicales. Un cordial saludo, y gracias por tu lectura y presencia.

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