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viernes, 23 de septiembre de 2011

El árbol de la vida



He vuelto a ver por segunda vez El árbol de la vida de Terrence Malick. Esta vez en versión original y he sido de nuevo consciente de la dificultad que presenta esta película para un espectador medio. Sabemos que hay personas que se salen de su proyección indignadas, y otros, que aguantan hasta el final, se sienten estafados y manifiestan un desconcierto mayúsculo. No es una película al uso, podríamos incluso interrogarnos acerca de su género. No es frecuente -y más en estos tiempos- una película que no pretenda satisfacer al espectador que es el dueño y señor de la sala. El cine es un negocio y el espectador es el cliente que exige ser satisfecho, junto a su ración de palomitas, su derecho a pasar un buen rato de entretenimiento.

El árbol de la vida no es fácil y su estructura interna la hace todavía más difícil empezando por el ritmo lento o lentísimo en que es difícil contar los hechos que suceden por lo mínimos que son. El espectador está acostumbrado a un cine de efectos especiales en 3D, de acción trepidante y sin lugar alguno para la reflexión. En cambio, este filme es moroso, manifiestamente lento, y con el trasfondo de una voz en off en susurros que nos habla con versículos del libro de Job, de la necesidad del perdón, del amor, de la angustia de la vida, de la falta de respuestas empezando por la misma existencia de Dios que parece regodearse en echar sal en las heridas que él mismo crea.

Yo destacaría varios niveles interpretativos. Primero que es una película sobre el dolor de la infancia que ocupa buena parte de la cinta. La infancia es un territorio mágico pero en el que anida el dolor. El señor O'Brien (Brad Pitt) es un buen padre, quiere a sus hijos, pero lo hace de un modo destructivo imponiéndoles un mundo de dureza y perfeccionismo que raya en lo tiránico. La madre (Jessica Chastain) es extraordinariamente delicada y frágil y nos fascina con su presencia telegénica en un mundo dominado por la fuerza de su marido. La relación entre los tres hermanos, especialmente entre Jack y Steve está llena de sugerencias. Son como carne y uña y viven intensamente en ese paraíso en el que el río y la confianza mutua juegan papeles fundamentales.

Yo diría que es una película metafísica que se interroga sobre el sentido de la vida humana y de la muerte (de hecho la escena inicial se inicia con la pérdida de uno de los personajes principales que muere como murió el hermano de Terry Malick dejando un hueco que nunca pudo ser llenado). Es por tanto, una cinta autobiográfica en que el director expresó y reflexionó sobre su propia historia en claves enigmáticas.

Es una película cósmica en la que aparecen imágenes de formación del cosmos en conexión con el drama básico que vertebra el filme. Uno se podría preguntar por el papel que juegan estas imágenes que alguna crítica vitriólica las ha rebajado a un sucedáneo de National Geografic, y no encuentro otra respuesta sino que pertenecen a la cosmovisión de Malick en que conecta lo concreto y familiar, como la historia de la familia O'Brien, con los ritmos de la naturaleza, el origen de la tierra e imágenes de los dinosaurios en que se representa la lucha entre el macho dominante y la cría, la misma que aparecerá entre Jack su padre.

Uno podría preguntarse por el sentido de estas imágenes que podrían haber sido descartadas en un planteamiento más convencional de la cinta, y piensa que tal vez la novela Moby Dick también podría haber sido despojada de toda su carga ajena a la historia y persecución de la ballena blanca que es apenas el veinte por ciento de la historia. ¿Para qué esta digresión cosmológica en El árbol de la vida? Pienso que para marcar que estamos ante un ritmo distinto, ante un planteamiento ajeno al cine convencional, que estamos en el marco personal de Terrence Malick y allí no somos simplemente consumidores que reclamamos nuestra dosis de entretenimiento -sin riesgo- y palomitas. Estamos en el centro de su mundo, de su universo. Es una película de autor que puede reventarnos o fascinarnos. Todo es posible y no voy a condenar a nadie que la deplore, pero es cierto que estamos en el centro de la interpretación existencial, cósmica, religiosa y cinematográfica de Malick. Ha tenido la osadía de llevar al cine algo que al ciudadano medio le está vedado: dar forma a su visión particular del universo. ¿Qué tendría dicho ciudadano que decir si le dijeran que podía dar representación a su interpretación de la vida, de la necesidad o no de Dios, de las preguntas sin respuesta, de la relación de lo macro con lo microscópico, de la infancia...? Probablemente no sabría  hacerlo o no tendría mucho que decir. Malick sí, y tiene un universo potente y magnético, que no tiene por qué coincidir con el nuestro, faltaría más, y puede desagradarnos por su tentación trascendente que algunos considerarán "pedante", "pretenciosa" y hasta caracterizada por el sermón moral.

Esto es lo que más me fascina del ejercicio de Terrence Malick: que ha dado forma a su universo íntimo en un terreno (el cine) caracterizado por el carácter de industria y a contracorriente de los gustos mayoritarios y que plantea una película de carácter poemático que será de muy difícil deglución para una buena parte de los espectadores que van simplemente a pasar un buen rato, a olvidarse de la realidad o a ver a Brad Pitt y Sean Penn. Lo tendrán difícil porque la película puede llegar a ser extenuante en todos los sentidos. O entran en el juego o saldrán escaldados, burlados, escarnecidos... O simplemente aburridos por una película cuyo sentido es esquivo y demasiado complejo para resumir en un post de este blog.

¿Es una película perfecta? Yo diría que no. No todas las partes me han atraído por igual. Algunas se me han hecho pesadas y otras me han retenido casi sin respiración en la butaca. Podría decir que la cinta tiene algunos desajustes pero la fuerza de la misma, el poder hipnótico de las imágenes que son auténticos poemas (no aptos para los que son adictos a la prosa), la magia de esa recreación de ese mundo de la infancia, me han hecho asistir a una segunda proyección y no descartar verla de nuevo. No pienso haber agotado ni en una mínima parte el mundo simbólico, psicoanalítico, religioso y existencial de este ejercicio totalmente personal acerca de la pérdida de la inocencia.

No la recomiendo a los que no estén dispuestos a entrar en este juego. 

lunes, 19 de septiembre de 2011

¿La escuela de la felicidad?

                                                        De Chirico

Ser profesor es una sensación extraña, no acabo de acostumbrarme. Desde el tiempo enormemente lejano en que entré como profesor en un colegio de monjas, en el que había solo alumnas y les lancé un alegato anarquista sobre el placer del conocimiento... hasta este último año en que sigo aferrado, a pesar del tiempo pasado, a una concepción libertaria del aprendizaje, creo que voy deambulando en laberintos cuyo sentido no acabo de entender.  No soy un buen profesor según reclaman los tiempos. Hemos de ser organizados, metódicos, buenos hacedores de programaciones y memorias pedagógicas, sistemáticos, esforzados, sacrificados, santos en vida y predispuestos al sacrificio. No soy nada de esto. Lo que hago, lo hago por placer. Creo que esta ese una de las convicciones más profundas que arraigaron en mí desde que pude elegir. Esto no quiere decir que lo que cause placer no suponga esfuerzo. Puede ser lo más costoso y el camino más empinado. Claro que hay muchas cosas que uno las debe hacer porque sí, porque no queda otro remedio, porque hay que hacerlas... y cuestan, pero entonces uno ha de saber aplicar aquella frase que leí en una revista juvenil a mis dieciséis años y que me ha quedado grabada: si no te gusta lo que te toca, aprende a que te guste.

¿Educamos para ser felices? No lo sé. Hoy en Deseducativos, Gregorio Luri en su notable post El pienso felicitario arremete contra cierta concepción pedagógica New Age que pretende hacer de la escuela un espacio de felicidad boba, una especie de parque temático light en que se pretende educar para un estado acomodaticio, sin dimensión, alejado del veneno y la disciplina del conocimiento... No sé si interpreto bien sus palabras, pero creo que en esencia son así.

La escuela que yo conocí en mi niñez no era un espacio agradable.  Las monjitas disfrutaban haciéndonos entrar en shock con la descripción física detallada de los novísimos y la manifestación del Apocalipsis con la venida del Cordero en medio de trompetas terribles y vengativas tocadas por los ángeles. Yo me estremecía y me escapaba subrepticiamente a cobijarme a la parte de la clase en que estaban las chicas pues estábamos separados alumnos de alumnas. Éramos más de cien en clase. Pero guardo un buen recuerdo de aquellas religiosas puesto que, a pesar de sus descripciones apocalípticas, alguna me mostraba afecto y yo lo sentía. Más difícil fueron mis nueves años de estancia en un colegio de los Hermanos Maristas de los que saqué la impresión de que aquella casa no era un lugar de felicidad y sí de terror. Yo lo sentía, y no sólo por los castigos físicos que eran muy duros, sino por la crueldad temible de mis compañeros que desahogaban su agresividad con los más frágiles. Todo ello estimulado por nuestros queridos hermanos de la Asociación de Sádicos fundada por el Beato Marcelino Champagnat. Desde luego, Gregorio Luri no puede distinguir en mi formación esa concepción boba de una escuela encaminada hacia la felicidad, allí nadie se preocupó por hacerme atractivo el conocimiento, idea ingenua allá donde las haya porque aquello no era un banquete temático sino una casa donde todas las ferocidades eran posibles. Yo era demasiado sensible y no me uní al coro general de crueldad, aunque hice mis pinitos, no se crean. A veces me he preguntado qué me aportaron aquellos nueve años en esa disciplina y terror del aula y no he encontrado una respuesta. Sólo me vienen a la memoria algunos de aquellos hermanos que no eran autoritarios con nosotros y nos hablaban con cierta atención y cortesía. 

Nunca me hicieron leer un libro. Y desde luego fue una experiencia adecuada a la idea de que la letra con la sangre entra.

Ahora soy profesor. Me gusta la literatura dura, me atrae el cine de Bergman y el teatro de Samuel Beckett. He visto El árbol de la vida y, tras quedarme desconcertado, fui consciente de un chorro potentísimo de fuerza poética como la de las grandes películas que filmaron otros artistas geniales.

¿Busco la felicidad para mis alumnos? ¿Busco que la escuela sea un espacio bobo de entretenimiento blandengue para preparar buenos y adocenados ciudadanos, adheridos a los valores más convencionales y establecidos de una sociedad que -por contra- se está cayendo a pedazos mientras la pedagogía al uso presenta la nueva versión edulcorada de Alicia en el país de las Maravillas?

A veces siento la tentación de retomar el discurso de aquellas monjitas y hablar del final del mundo para hacer que mis alumnos se estremezcan de terror siendo conscientes del cataclismo económico, político y social que puede estar a punto de caer sobre nosotros, hablar fríamente del futuro incierto que nos espera, de nuestra desprotección ante fuerzas mucho más poderosas que nosotros, de la desigualdad social, de que nunca llegarán a nada... de explicarles con palabras elocuentes esos chistes del Roto que tanto me atraen.

Pero no sé, prefiero hablarles con cortesía, con afecto y hacerles llegar de lo simple a lo complejo progresivamente, no asustándolos, haciendo de la búsqueda del conocimiento un espacio abierto e interesante. No pretendo asustarles ni hacerles sentir pánico a pesar de que yo en mi fuero interno siento que estamos deslizándonos por el filo de la navaja. Vendrán tiempos peores, no me cabe duda, pero quiero que el recuerdo que tengan de mis clases sea de un sitio amable en que éramos capaces de hablar de cualquier cosa con libertad sintiendo satisfacción en aprender, y deseo que haya alguno que sienta esa pasión compartida - y ese veneno- que proporcionan las ideas.  El resto sólo es suyo.

¿Y el futuro? También.  


sábado, 17 de septiembre de 2011

Lengua y pensamiento crítico


Para mí un curso tiene un carácter completamente experimental. No estoy adherido a ningún sistema garantizado, nadie creo que lo esté, pero me gusta además la incertidumbre de encontrarme con un grupo humano e ir reconociendo sus potencialidades. La realidad me está demostrando que hay un amplio margen de actuación para la experimentación. Mis alumnos de tercero de ESO, la mayoría inmigrantes, están dispuestos a la innovación y respetan que haya proyectos que se propongan y que ellos sean los iniciadores de una forma nueva de hacer las cosas.

No tenemos libros de papel. Lo normal será contar con un ordenador Toshiba o HP cada alumno. Utilizo una aplicación (Screencast-O-Matic) en que, utilizando Power Point, interacciono con la presentación y aparece un vídeo con mi imagen explicando el tema. Lo grabé el nueve de julio y lo proyecté ayer. Era consciente de la que sería la nueva situación o contexto. Lo había estado preparando a comienzos de verano y lo proyectaría en septiembre. El tema no podía ser más clásico: la comunicación y factores que intervienen en la comunicación. Pero el formato elegido, la grabación en vídeo, reflexionando sobre la comunicación y el doble contexto en que se producía (lo grabé el nueve de julio pero lo proyectaba en la pizarra digital de clase el catorce de septiembre) hizo que fuéramos más conscientes de este concepto que suele escapárseles. El vídeo duró quince minutos, una duración algo larga para la intensa concentración que suponía. He de reducir la duración de las unidades didácticas que grabe y utilizar más recursos visuales como vídeos de Youtube, presentaciones... Todo lo que esté en la pantalla de mi ordenador es grabado por el programa y proyectado pudiendo utilizar flechas que van señalando lo esencial. Fue un primer intento.

La pregunta esencial era si es posible vivir sin comunicación, si ésta es una necesidad humana, casi tan importante como respirar. Nos planteamos la situación de un prisionero (recordemos el romance del Prisionero encerrado en un torre oscura, sin ningún contacto con el exterior, salvo el avecica que le cantaba al albor). No hay mayor tortura que la incomunicación. Necesitamos comunicar, establecer relaciones, vínculos, emitir y recibir información...Vivimos en la era de la comunicación. Y este fue el tema del debate. Mis alumnos saben que toda clase parte de un formato abierto, experimental, en que es necesaria su participación. Saben que la clase de lengua tiene como subtítulo: pensamiento crítico. No pretendo embutirles de datos. Categóricamente, no. La clase es para pensar activamente, y ellos lo saben y les gusta saber que la clase de lengua castellana es un foro permanente. Veo con satisfacción que las bases puestas el curso pasado, han enraizado, y que les gusta debatir. Hay elementos más activos que otros, pero todos participan con la situación en que se siente activos. Huyo de ser el profesor rígido, cuya única función es explicar y ellos asimilar. Quiero que la clase de lengua sea un laboratorio de pensamiento y que necesitemos aportar ideas. La nota es sencilla. Yo les voy poniendo tareas, progresivamente más exigentes,  y ellos tienen que realizarlas. La nota se construye por su cumplimiento con las unidades que se van marcando. Soy inflexible en cuanto a las fechas y horas de presentación de trabajos. El que lo remite y trabaja bien, puntúa, el que no, no. Ellos se hacen la nota.

Estoy empezando a experimentar el trabajar con los formularios de Google Docs. Podemos hacer exámenes o unidades de reflexión muy exigentes a base de tests que se pueden realizar en niveles de complejidad creciente. El primero que les he formulado es muy sencillo, con cincuenta preguntas sobre el uso del castellano, más para conocer su competencia lingüística.  Ellos marcan las opciones que creen acertadas y un programa que he descubierto -Flubaroo- corrige el test automáticamente en base a las respuestas que yo he dado por correctas. A continuación hace una estimación de los errores y aciertos y asigna una puntuación a las respuestas dadas. Puedo remitirles la corrección y su puntuación a su correo electrónico.

Estoy preparando un test sobre la comunicación en que habrán de investigar conceptos que yo no habré explicado: ruido, redundancia, interferencia... Valoraré la capacidad de llegar a respuestas utilizando su propia iniciativa y disposición a la investigación planteada como un juego.

Quiero que la clase de lengua sea un juego absorbente en que nada sea previsible. Me da exactamente igual que mis alumnos tengan abierto el Messenger o el Youtube. De hecho me gustaría poderlos utilizar, pero las tendencias caracterizadas por el miedo en mi instituto ha impuesto criterios conservadores que llevan a censurar cualquier aplicación interesante en la red. La vertiente preventiva (o autoritaria) se ha extendido.

No puedo plantear una programación de algo que habré de construir y diseñar sobre la propia experiencia, pero advierto que los muchachos cuando se enfrentan a algo realmente nuevo mantienen sus sentidos alerta y gustan de participar en el juego. He preferido dar clase en cursos llamados de ritmo lento porque tengo la impresión de que los muchachos que están allí son más activos e inquietos si se dan cuenta de que se confía en ellos y se cree en sus posibilidades. 

martes, 13 de septiembre de 2011

Cuentos de amor



                 Soy funcionario, una especie que el común de los españoles odia tanto como desea verse dentro de ella. Llegué por incapacidad, por falta de aliento para haber desarrollado mis vocaciones primarias: periodista, actor, viajero y un soterrado y nunca confesado amor a las palabras que nunca fluyeron suaves de mi pluma. El caso es que no puedo decir que sufriera mucho para conseguir mi plaza pública y sí más bien confesar que disfruté de lo lindo durante un año en que me quedé en paro y disponía de todo el tiempo del mundo para dedicárselo a Gracián, a Quevedo, a Goethe, a Valle-Inclán, a Cervantes... Me levantaba temprano y me excitaba ante el panorama que me deparaba el día. No seguí un esquema rígido. Me dejaba llevar por el placer de ir descubriendo sesgos no pensados en aquellos autores y épocas. Recuerdo que incluso sentí un intenso placer estudiando exhaustivamente la gramática histórica (Menéndez Pidal, Rafael Lapesa, Marcos Marín...) ya que uno de los ejercicios fijos en el examen de oposiciones era un texto medieval del que había que comentar su grado de evolución e interpretación de sus características filológicas. Por aquel tiempo no era raro el conseguir algunas anfetaminas que te recetaban los médicos si se lo pedías  o, si había suerte, en la farmacia te las facilitaban sin demasiados problemas. Me tomaba media dexedrina hacia las siete de la tarde tras un día dedicado al estudio reglado. Pero faltaba lo mejor, la prolongación del día en la noche ya que media dexedrina te producía una concentración de diez o doce horas con altísima intensidad. Fumaba por aquel entonces y caía un paquete de Ducados durante la noche, junto a algunos cafés. ¡Qué placer pasar la noche embebido en El arco y la lira de Octavio Paz o leyendo a algún tratado de poesía que abordaba la poética de la modernidad a partir de Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé. No tenía que ver en absoluto con el programa pero me daba igual. En el fondo todo el conocimiento está conectado. Cuando dividimos en compartimentos, cuando clasificamos, cuando ordenamos... hacemos una labor intelectual interesante pero es infinitamente mayor cuando establecemos relaciones, vínculos, conexiones, hilos que unen la trayectoria poética europea con los vedas indios o los aedos griegos. Me gustaban los pensadores que eran capaces de relacionar todo el conjunto de la experiencia poética de la historia de la humanidad. Octavio Paz era mi maestro de ceremonias, como lo fue en otro sentido Julio Cortázar. Me atraía la visión panteística, metafísica y mística que subyace a toda auténtica experiencia poética. Soñaba con viajar por Estados Unidos y probar algunas dosis de mescalina a la luz de la lectura de Las puertas de la percepción de Aldous Huxley y la de Carlos Castaneda y Las enseñanzas de don Juan. Probablemente era algo osado el pretender vivir el fenómeno poético desde dentro, desde la raíz de los grandes poetas. Y todo esto me lo planteaba preparándome un programa de oposiciones que debería haberme hecho sufrir y padecer lo indecible. Pues no fue así. Me lo pasé en grande. Tenía incluso tiempo de salir de copas y realizar fiestas nocturnas. Eso sí cada día incluía jornadas de catorce o quince horas de estudio, pero no lo vi como un padecimiento. No hay mayor placer que estudiar creativamente, realizando esquemas y resúmenes sin ninguna prisa. Lo esencial no era el objetivo sino el camino que me conducía a alguna parte en sitio donde alguien me esperaba, alguien o algo.

Estudiar es una de las experiencias más enriquecedoras, pero uno no lo sabe hasta que las preguntas empiezan a fluir y es entonces cuando algunas mentes privilegiadas entran en la nuestra y nos revelan sus reflexiones que alumbran esa secuencia de modelos literarios y culturales que es la historia de nuestra cultura. Sé que algunos consideran que la literatura y el arte son actividades equivalentes a cualquier ocio o actividad o materia. No discuto. Sólo faltaría. Pero en mi fuero interno me doy cuenta de que esa permanencia de mitos, de modelos, de moldes primigenios, son el eje sobre el que transita todo nuestro universo. Cuando enviemos una sonda espacial tal vez no debamos reflejar sólo la estructura del hidrógeno sino también los modelos culturales y poéticos que nos han conformado. Salvo que el mundo que vivimos actualmente es esencialmente antipoético y está caracterizado por la planitud que no plenitud. La literatura está en trance de desaparición, pero da igual. Tal vez alguna vez surgirá de nuevo algún salvaje en algún tiempo que sienta la necesidad de expresar la soledad y radical indiferencia del cosmos sólo exaltado por las imágenes artísticas que llenan de sentido lo que hemos decidido que no lo tiene. Ahora sólo adquiere espesor cultural la tarjeta de crédito, auténtico icono de nuestro tiempo, y, como templo, la arquitectura resuelta de los centros comerciales.

¿En qué estaría pensando yo mientras estudiaba concentrado durante horas y horas nocturnas y cayendo cigarrillo tras cigarrillo? No hacía otra cosa que establecer conexiones, las que siempre he ansiado que establezcan mis alumnos. Ese es el verdadero núcleo del conocimiento.

¿Por qué cuento esto? Sólo hay una respuesta y se llama libertad.


lunes, 12 de septiembre de 2011

Cuentos de terror

Me ha encantado esta viñeta. Creo que me servirá de inspiración para el crédito de Alternativa a la Religión que estoy preparando y que está basado en un ciclo de películas de terror como comentaba el otro día. Recibí vuestras sugerencias que estoy revisando en un visionado exhaustivo.

El terror sirve para prepararnos para la vida adulta 

Muy bueno, mi admirado El Roto.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Horas de trabajo docente



Son días de preparación de nuestras armas antes de que lleguen los muchachos al instituto. Y son días en que se trasluce una cierta consideración social de que los docentes trabajan muy poco, esas veinte horas sobre las que ha especulado la presidenta de la comunidad de Madrid comparándolas sarcásticamente con las que trabaja cualquier otro trabajador. ¿Cuánto trabaja un docente? Es una pregunta cuya respuesta es difícil de dar, y no me refiero a que sea evidente que trabajamos más horas que las mencionadas en reuniones de todo tipo, corrección de pruebas, preparación de clases... No,  hay algo más que veo en mi propia vida. Los que seguís mi blog os daréis cuenta de que no hay diferenciación entre mi vida profesional y mi vida íntima. Profesor en la secundaria aborda diversidad de temas entre los que hay algunos pedagógicos. Sin embargo, se centra en la figura de un profesor de secundaria cualquiera que deja transparentar el flujo de sus pensamientos que luego se proyectan en sus clases como acciones, a veces con cierto éxito o a veces en forma de descalabro. Otras veces no es lo uno o lo otro. Quiero decir que no sé dónde comienza mi vida personal y dónde empieza mi función de trabajador. Todo lo que yo soy se proyecta en la figura de ese profesor torpe que deambula por los pasillos preguntándose el porqué de muchas cosas.

¿Cuántas horas trabajo a la semana? ¿Las que estoy en clase? ¿O la totalidad del tiempo en que estoy reflexionando cómo hacer mejor mi trabajo navegando por internet en búsqueda de posibilidades interesantes? ¿Es este blog trabajo o es un elemento de ocio? No puedo contestar con exactitud a esta pregunta que me hago delante de vosotros. Aprendí de mi padre que el trabajo y el ocio eran algo muy parecido. Él disfrutaba trabajando. Le llenaba su profesión de la que se sentía enormemente satisfecho. Luego era diletante y se dedicaba al cine, al ajedrez, al mundo de los cafés, a la música, a las mujeres... No trabajaba físicamente muchas horas en su profesión, pero ésta era él. Por alguna razón del destino, en su lápida figura no sé por qué la profesión de arquitecto como si se hubiera quedado adherida para la posteridad a su paso por el mundo.

No sé cuántas horas trabajo, no sé si lo hago bien, pero sí sé que en mi cosmovisión el trabajo está existencializado, forma parte de mi fluir vital y del cúmulo de sensaciones plenas que me desbordan o de los sinsabores que me afligen. No veo una línea clara que distinga cuánto tiempo dedico a mi profesión que se me revela como una práctica artística. Esto no es una forma de inmodestia, sino un modo de explicar que el mostrenco artista que sé que llevo dentro toma su trabajo como una praxis vital y estética en la que  sufre y disfruta a partes iguales. Es como el pintor que dibuja un trazo en un lienzo. ¿Cuánto ha trabajado? ¿Las horas de estancia en el taller? ¿Las horas en que ha estado observando el movimiento y las formas de la realidad en su complejidad? ¿El tiempo en que ha estado haciendo el amor en cualquiera de sus formas? ¿Cuando contemplaba el atardecer y presentía su muerte? ¿Qué lleva implícito ese trazo sobre la tela del cuadro? ¿Cuánta vida lleva encima? Es así como concibo mi relación con mis alumnos. Lo que yo les puedo dar contiene todo el conjunto de mi vida en su diversidad, en su complejidad, en su devenir... Y no les veo únicamente como alumnos a los que he de inocular conocimiento. No, es un encuentro profundamente humano en que por un espacio de tiempo se conjuntan dos perspectivas vitales en momentos distintos de su existencia. Yo enseño lengua, pero para mí no es lo esencial. Creo que mi función, tal como la concibo, va más allá, y no es que se trate de que yo intente formar personitas transmitiéndoles valores. No, lo fascinante de esta historia es la conjunción de dos universos en que ambos se están formando y aprenden el uno del otro. Mi mayor experiencia (mi mayor recorrido vital) me llevará a acercarme a él con delicadeza para intentar comprenderle y hacerle partícipe del placer de aprender. No siempre se consigue. De hecho muchas veces esto se salda con un sonoro fracaso, y en ocasiones se siente dolor y un sabor acre en el paladar. Y se experimenta impotencia, tal vez angustia. Otras veces, el encuentro es pleno y se produce la maravilla y el profesor se siente reconciliado con su profesión.

¿Cuántas horas dedico a esto? No lo sé. Creo que todas. No hago una distinción entre mi vida profesional y mi vida íntima, ambas están conectadas. Por eso cuando una entra en turbulencias, también la otra puede hacerlo, de hecho lo han hecho.

Tengo una gran suerte en trabajar en esto. He querido ser muchas cosas en mi vida desde la primera vocación de periodista que me subyugaba en mi adolescencia. No lo fui, pero creo que algo de ello hay en este blog. Escribo y otros me leen. Quise ser actor y durante un tiempo lo fui, pero lo sigo siendo cuando me presento en clase; quise ser viajero y lo fui, pero con el tiempo me he dado cuenta de que los viajeros lo son aunque no se muevan de su habitación o de su aula. No es más viajero quien más países visita. Esto es un error. No hace falta moverse de casa para ser viajero.

Y el profesor en la secundaria es un poco de todo eso. Sin mayores méritos. Así que no sé cuánto tiempo trabajo. Entiendo que la sociedad se lo pregunte, tiene derecho a hacerlo y a detestarme incluso por mis vacaciones  pero yo no sé qué respuesta darle que sea sencilla. Estas palabras son un intento de explicarme. 

lunes, 5 de septiembre de 2011

Incursión en lo terrorífico


¿A quién no le seduce cuando es niño o adolescente una historia de miedo que haga subir los niveles de adrenalina y provoque una inquietud desasosegante y amenazadora? El miedo es uno de los resortes fundamentales del ser humano. Nos sirve para sobrevivir. Si no tuviéramos miedo, habríamos desaparecido como especie. El miedo es consecuencia de nuestra fragilidad ante peligros reales, pero también imaginarios.  La nómina de terrores es elevada: miedo a lo desconocido, a monstruos que pueblan nuestras pesadillas, a ser poseídos, al bosque, a lo misterioso, a lo anómalo que reside en nuestro inconsciente y que pugna por emerger, a lo extraño o deforme...

Hay un sector de la humanidad al que le gusta experimentar la angustia y la tensión del miedo, artísticamente plasmado en la literatura o en el cine,  para exorcizar las raíces del miedo profundo de la vida real. Antes se contaban historias de terror, de aparecidos, de cementerios, de posesiones, de brujas o de muertos vivientes junto a los fuegos y a esos relatos asistían fascinados los niños que formaban parte de la colectividad también a través de esa comunión con los terrores colectivos.

Llevamos unas décadas de consideración de la infancia como un territorio habitado por  personajes blandos como Teo, Pingu, Las tres bessones o las fantasías tranquilizadoras de Disney o Pixar... Alejamos a nuestros niños de la presencia y realidad de la muerte y los protegemos de peligros potenciales innombrables impidiéndoles jugar en la calle, como se hacía antes, y los saturamos de actividades extraescolares que llenan el ocio de su tiempo libre para evitar que pueblen su mente de criaturas y pensamientos extraños. Nos aflige que comprendan la desprotección y las amenazas de la vida, y tememos que contemplen las raíces del miedo profundo aunque sea como experiencia simulada.

El cine de terror es un clásico que va unido al origen del séptimo arte. Hombres lobo, vampiros, brujas, extraterrestres invasores, ladrones de cuerpos, zombies, monstruos, el mundo de ultratumba, fantasmas, psicópatas... son criaturas que han poblado y pueblan nuestro imaginario colectivo inconsciente.

¿Por qué no dedicar un ciclo de cine de terror a alumnos de primero de la ESO en la alternativa a la religión en ese encuentro de dos horas semanales? Un ciclo en el que puedan ellos elegir su presencia en la elección del crédito. Habrá, claro está, una advertencia a los potenciales electores del crédito: se les avisará de que no es apto para espíritus demasiado sensibles ni para aquellos que tienen miedo a la oscuridad o a quedarse solos por la noche. El ciclo ahondará en las raíces del miedo buceando en filmes míticos en la reciente historia del género de suspense. Luego de cada proyección habrán de presentar una ficha técnica que enlazo, y en la que habrán de exponer su opinión razonada sobre el filme además de consideraciones más especializadas. También habrá un debate, a modo de fórum sobre la película y su eficacia terrorífica.

Estoy considerando varios títulos. El ciclo se compondrá de seis u ocho películas. Estoy trabajando sobre las siguientes:

1.     Alien, el octavo pasajero de Ridley Scott (1979).
2.     El proyecto de la bruja de Blair de Daniel Myrick (1999).
3.     El resplandor de Stanley Kubrick (1980).
4.     Pesadilla en Elm street de Wes Craven (1984).
5.     The ring de Ideo Nakata (1998).
6.     El exorcista de William Friedkin, (1973).
7.     Tiburón de Steven Spielberg (1975).
8.     Carrie de Brian de Palma (1973).

Podéis participar sugiriendo títulos o dando vuestra opinión sobre el género o la actividad. Sé que he dejado de lado clásicos relativos al monstruo de Frankenstein, a la saga de Drácula o Nosferatu el hombre lobo o clásicos como La parada de los monstruos, Los pájaros o Psicosis estas dos últimas de Hitchcock. No lo tengo claro, temo que los títulos demasiado clásicos les parezcan lentos o anticuados. Por otro lado, quiero que vean títulos inteligentes y originales aunque sean perturbadores y angustiosos. Alguien me ha hablado del terror oriental. He incluido The ring de Ideo Nakata, una magnífica y desasosegadora película.

Y otra pregunta, ¿cómo se abordará la clase de matemáticas o lengua tras contemplar uno de estos títulos? ¿Qué opináis? ¿Veíais cine de terror a escondidas cuando erais pequeños? ¿Deseabais hacerlo?

jueves, 1 de septiembre de 2011

El misterio del tiempo: Roman Opalka



Suelo leer la sección de Obituarios de El País. Hay veces que los articulistas escriben auténticos textos creativos evocando la figura del personaje desaparecido. El día 31 de agosto, leí un texto insospechadamente hermoso firmado por Nacho Meneses. Lo enlazo para que tengáis ocasión de apreciarlo. En él se glosa la personalidad y la filosofía de un artista de origen polaco -Roman Opalka- afincado en Francia al que no le gustaba viajar. Dedicó su vida a algo que, cuando lo conocí, me conmovió profundamente. Desde 1965 pintó 233 cuadros siempre del mismo tamaño,  a los cuales llamaba detalles. En ellos escribía una secuencia de números que se iniciaron en el 1 hasta llegar al final de su vida al número 5607249. En cada detalle pintaba unos veinte o treinta mil números con un pincel del número cero, siempre del mismo tamaño. Comenzó con pintura blanca sobre fondo negro, luego pasó al fondo gris, y hacia 1972 empezó a aclarar el lienzo un uno por ciento cada año hasta llegar al blanco sobre blanco. 

Al final de cada sesión se fotografiaba siempre en la misma posición y con la misma iluminación con lo que se ha registrado su envejecimiento a lo largo de 46 años hasta que el 6 de agosto, murió Roman Opalka en Roma. Es la secuencia de autorretratos



Su obra artística es una secuencia orgánica de números y su ejercicio filosófico una densa meditación sobre el infinito, el misterio del tiempo y la muerte. Estamos a punto de no ser mientras somos. En este equilibrio inestable transcurre nuestra vida.

No sé por qué me ha conmovido tanto la aventura existencial y artística de alguien que se limitó -eso sí apasionadamente- a lo largo de casi medio siglo a pintar secuencias de números que por necesidad habrían de tener un final como así ha sido. Opalka, ya muy débil al final de su vida, pintaba incluso por la noche apenas pudiendo sostener el botecito de pintura y el pincel del número cero. Todo está documentado ya que a partir de 1972 empezó a grabarse la voz recitando los números que iba escribiendo, de modo que dejó constancia del cambio de timbre y modulación que en su voz tuvieron lugar  a lo largo de las cinco décadas, hasta cuarenta y seis años, haciendo siempre lo mismo con una obstinación enamorada. Son los mismos Episodios Nacionales que publicó Benito Pérez Galdós, y en el fondo me parecen igualmente tareas titánicas que pueden parecer carentes de sentido. Pero a mí me parece que lo tienen y muy profundo. Cada cuadro es diferente, cada número responde a un instante distinto de su vida, cada color revela un año más hasta llegar al blanco sobre blanco, proximidad quizás del infinito en su mayor cercanía a la muerte. Es una obra de arte equivalente a la vida, es la vida misma contemplada en su devenir, tal vez con una percepción mística en la fusión del ser humano, el tiempo y la infinitud. No sé si Frikosal, entendería esta obra como "espiritual" en el sentido profundo del término, sin necesidad de Dios, abierta a la oscuridad y a la luz o a la totalidad. 

No hay nada como proponerse algo aparentemente absurdo y llevarlo hasta sus últimas consecuencias durante toda una vida. ¿Para qué? ¿Para qué diablos escribía números? ¿Hay algo imaginativo en ello?  ¿Cuántos números podría llegar a escribir? Ese número último era el misterio supremo, lo que toda su vida había anhelado alcanzar y aparece así cargado de densidad y a la vez es absolutamente trivial. Aquello no tenía ningún sentido tal vez, o tal vez sí. No sé. Considero aquello como una hazaña extraordinaria equiparable a los descubrimientos de los grandes viajeros que llegaron al corazón de África o al polo pero sin moverse de su estudio. Odiaba viajar. Me hubiera gustado conocerle en persona y asistir a la elaboración de uno de sus detalles, en silencio, mientras él recitaba dígito a dígito y pintaba a la vez. Tal vez alcanzó el vacío mientras pintaba. No he leído nada sobre él salvo el artículo arriba citado. Es difícil saber qué tipo de artista fue. Otro artista catalán -Joan Brossa- utilizó el alfabeto como elemento de reflexión artística y filosófica. Sus poemas visuales eran letras, especialmente la A. No era pintor, esto siempre quiso dejarlo claro. Opalka tal vez tampoco fue pintor, pero no me cabe duda de que fue un gran artista. No he visto, obviamente ninguno de sus cuadros, pero el solo relato de su epopeya me ha emocionado y no sé muy bien por qué. Si el objeto del arte es provocar una emoción estética o filosófica, Joan Brossa y Roman Opalka, lo han conseguido conmigo.

¿Qué opináis? 

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