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jueves, 28 de abril de 2011

Poética del berberecho


Asistí a aquel entierro pensando en si mis botas estarían limpias. El muerto estaba bien compuesto, pero yo me sentía raro. Uno no puede ir a un velatorio con cualquier cosa, y mis botas estaban poco brillantes. No podía decir que el difunto y yo fuéramos amigos íntimos. Un día me invitó a una ración de berberechos en una tasca en Mojácar. No me gustaban entonces los berberechos así que tuve que comérmelos sin demasiado entusiasmo, el mismo que puse en la conversación. Me hablaba de que la literatura estaba muerta. Yo no sabía qué decirle. Ahora el muerto era él y sentía no haber trenzado con él algún comentario original. Yo siempre callaba. Siempre que me encontraba insistía en invitarme a raciones sin fin de berberechos que al final me terminaron gustando. Los aderezaba con abundante limón y pimienta negra por encima. Un día me habló misteriosamente de su madre. Era una mujer prodigiosa -me susurró al oído-. Se había hecho a sí misma. Él la admiraba por encima de todo. Me lo decía melancólicamente deleitándose con un berberecho atravesado por un afilado palillo. Pensé, cuando lo vi tan muerto y tan desvalido en aquel ataúd de saldo, en los berberechos y en su extraña madre. No sé por qué me vino a la cabeza una canción de Golpes Bajos. Tenía una barba desatendida. Cuando lo conocí, me repelían las perillas, luego me fui aficionando a ellas. La suya, encanecida, tenía un aire solitario que me terminó fascinando. No sé. Las cosas no le habían ido nada bien con las mujeres. Ninguna se parecía a su poderosa madre. Todas le terminaron abandonando. Cuando le conocí tenía cincuenta años recién cumplidos y me temo que no había hecho el amor nunca. No me lo dijo pero no sé por qué me pareció entenderlo así. Los berberechos le daban intensas ganas de follar. Estaba siempre, pues, dispuesto, pero no tenía, fuera de Onán, modo de solucionarlo. Tenían -según él- estos bivalvos forma de corazón. Exponía que las mujeres tienen en sus manos a los hombres, que los dominan  con sus artes maliciosas. Yo no sabía qué decirle pero me hubiera gustado decirle algo que no le pude expresar.  Me resultaba raro pensar que aquel hombre, del que no supe su nombre hasta aquel día en que estuve frente a su cadáver definitivo y me  enteré de que se llamaba Adrián López Enguita, nunca se había acostado de verdad con una mujer. Sólo devoraba compulsivamente berberechos con pimienta y limón. Yo le escuchaba pensando que no tenía demasiado importancia lo que me decía, pero no dejaba de pensar en lo que me explicaba sobre los berberechos de los que había doscientas variedades en el mundo. Una vez me contó que había tenido un mono, un tití. Lo alimentaba con berberechos gallegos. El mono vivió opíparamente diez años y fue su confidente durante aquel tiempo. Le ayudaba a cuidar a su madre, doña Elvira Enguita. Su padre había muerto cuando él era niño. Pero nunca me hablaba de él. Parecía ser un cero a la izquierda en su existencia. La madre fue su consejera, su musa, su educadora… Le daba papillas con caldo de berberechos, le hacía tortillas de berberechos cuando era niño y luego cuando fue mayor se los hacía con ajo y perejil.

Tuvo Adrián pocos amigos.  Yo fui el único que le escuchó. Nunca fue  dado a entretejer relaciones con los demás. Ni siquiera le gustaba el fútbol. Trabajaba en solitario en unos almacenes en la trastienda. Se pasaba los días pasivamente alimentándose exclusivamente de berberechos y leyendo prensa de sucesos. Esta era otra pasión en su vida. Él pensaba que tendría que haber sido detective privado o policía. Le embelesaban los crímenes pasionales. Muchas veces había pensado en estrangular sin dejar pistas a una de esas mujeres que le despreciaban. Ninguna había aceptado su inequívoca pasión bivalva. Seguía pensando en mis botas camperas de tacón grueso y me dieron ganas de pegar un puntapié al velón encendido.  Adrián se me aparecía revestido de una luz muy especial en aquel funeral en que no estábamos ni doce personas y la mitad ni lo conocían.  El resto eran el viejo cura, los empleados de la funeraria y algún vendedor desolado de berberechos. Su féretro era de la clase de madera y diseño más baratos.  Parecía una lata. Pensé en destinarle una oración pero ya no sabía ninguna. ¿Qué podía decirle a estas alturas? ¡Qué vida más extraña! Una vida marcada por las carencias y los berberechos, pero yo tenía que agradecerle que me terminaran gustando de todas las maneras. Incluso con mayonesa o mojados en café con leche. Cuando estoy deprimido me hincho de ellos y me acuerdo de él y su perilla cana. Ahora tenía una lata en mi bolsillo. Era una lata muy cara. La gente no sabe que hay berberechos de las rías que valen una fortuna. Esta lata me costó hace un año más de un mes de sueldo, aunque no puedo presumir de que mi sueldo sea demasiado espléndido. Había pensado en dejarla dentro de su ataúd-lata entre sus manos cruzadas. Creí que es el mejor homenaje que se podía hacer a este hombre gris del que nadie sabía nada y del que sólo me acordaría yo. Ni su madre había venido a la ceremonia. Al final ella lo desdeñó también. Adrián se quedó solo. Sólo tenía a los berberechos para hacerle compañía en su soledad irreversible. Los compraba en todas las cadenas de supermercados: marca El Corte Inglés, Hacendado, Eroski, Caprabo, Día, Lidl… No supe cómo pudo romper con su madre a la que amaba apasionadamente. No me contó cómo había sido.

Sólo había leído y releído dos libros. Decía que la literatura era anacrónica frente a la vida, pero las andanzas de Holden Caulfield le fascinaron. Creía que se hubieran podido entender. Adrián también se hubiera preguntado adónde iban los patos de Central Park en invierno, igual que él no podía entender por qué los berberechos vertebraban su alma, su deseo de totalidad. El otro trataba de un escribano que se sentaba en su mesa y decía, como él, que preferiría no hacerlo.  

Pensaba en mis botas indecorosas.  Nunca podría volver a hablar con él. En parte lo echaría en falta y, aunque parezca mentira, a su perilla. Nuestras pláticas eran baladíes, pero me hacían compañía en medio de la tolvanera de la vida.

Cuando el cura nos despidió me cayeron unas lágrimas y apreté fuertemente la lata de berberechos contra mi pecho. Me los comería a su salud con pimienta y limón. Creo que no aprendí  muchas cosas de él pero lo echaría a faltar. Me despedí de él, acariciándole la perilla, antes de entrar en el túnel del crematorio.  Yo también estaba helado. Sólo vi su ataúd entrando allí, y luego se cerró el portón. 

No somos nada. 

(He escrito esto mientras hacía guardia de castigados por la tarde. Sólo han venido dos y hemos estado como en familia. Se lo dedico a ellos).


ATENCIÓN: EL RELATO ESTÁ CAMBIANDO. HA SUFRIDO SUCESIVAS TRANSFORMACIONES Y SEGUIRÁ HACIÉNDOLO A LO LARGO DE LOS DÍAS DE PUBLICACIÓN. 

lunes, 25 de abril de 2011

Divagaciones en la noche


La escritura de un post es algo que me implica profundamente. Tengo a veces varias ideas que me van rondando en la cabeza. El instituto público donde trabajo es una fuente de inspiración extraordinaria. Mis alumnos me siguen produciendo intensas emociones. No he conseguido hasta ahora (tras más de treinta años de profesión) seguir una rutina, definir un estilo profesional asentado. Siempre tengo la impresión de estar sentado sobre un volcán. Envidio a los que tienen ideas coherentes sobre educación, yo no las tengo. Arrastro un lastre de incoherencia que no he podido resolver: mis alumnos son cada año nuevos, me presentan retos distintos, alegrías dispares, caídas en ocasiones profundas. No puedo hacer una programación de lo que será el curso de antemano. ¿Cómo voy a hacerla si no conozco a mis alumnos? Yo defino mi pedagogía como una pedagogía del encuentro, de la sorpresa, del reconocimiento. Y esto no es fácil. Surgen a veces situaciones imprevistas que implican tensión. Este año tuve una de ellas en las relaciones con mis alumnos de bachillerato. Quien haya seguido el blog será consciente de mis críticas, de mis esperanzas fallidas, de buenos momentos y de alguna sima emocional que me llevó a escribir un correo real a un alumno que había sido agresivo e insultante conmigo. Lo publiqué hace un par de meses. Se titulaba “Con la mano tendida”. Recibió numerosos comentarios que no respondí. Algunos vieron en este post un ejercicio casi pornográfico de mi interioridad, que probablemente no quedó bien parada. Leí atentamente todo lo que escribieron mis lectores y varias de las cuestiones que se plantearon me han sido muy útiles. La inteligencia colectiva no es una elucubración. Entiendo que este blog (y muchos más) son una suerte de mente plural en que se comparte con generosidad. Acepto las críticas que en muchas ocasiones son tan o más valiosas que los elogios.

Quiero decir y resaltar que el signo distintivo de este blog es el de revelar esa interioridad no coherente de un profesor maduro, pero que se siente como un estudiante que está haciendo el CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica). Y este blog recorre sinuosamente meandros de ideas que se van explorando, evaluando, poniendo en práctica, desechando, y, sobre todo, experimentando. No es un proceso cerrado, es un proceso en evolución dinámica en el que se vierten diferentes opiniones (algunas veces contradictorias) y en las que me implico emocionalmente con resultados que parecen un ejercicio de insensatez o de delirio.

Creo que la educación  sirve para algo. Sobre todo, para abrir mentes. Pero para lograr yo abrir las mentes de los demás, la mía ha de estar abierta, ser empática, ser flexible, ser permeable. No es con teorías con las que pretendo fundamentar mi pedagogía. No, es con acciones que yo califico de francotirador. El profesor apunta delicadamente al corazón y a la mente de los alumnos. El profesor se busca a sí mismo (todavía no se ha encontrado definitivamente), y promueve una búsqueda del significado entre sus alumnos. Las materias son instrumentos que llevan a la reflexión. ¿Quién soy yo? ¿Qué hago aquí? ¿Cuáles son mis límites? ¿En qué creo? ¿Qué es el mundo? ¿Cuál es el estado de mi interior y del planeta? Esto implica promover una actitud de contemplarse a sí mismo sin compararse con nadie. Esto es importante. Los seres humanos no deben ser sujetos para la comparación. Todos somos insólitos, irremplazables, y a la vez respondemos a parámetros comunes. Los seres humanos pueden contemplarse a sí mismos. Somos nuestro campo más poderoso de observación. Aprendemos mucho contemplándonos a nosotros mismos sin juicios, sin crítica, desapasionadamente, dándonos cuenta de dónde salen nuestras ideas que no son la mayor parte de las veces demasiado originales. ¿Por qué pienso esto? ¿He sido realmente yo quien lo ha elaborado o me lo han dado hecho y yo lo asumo?

Este ejercicio de autocontemplación de la conciencia puede llegar a ser doloroso para el inexperto. Especialmente si se es alguien demasiado sensible, pero abrir nuestra sensibilidad, exponerla al dolor, es educarla en la compasión porque los demás son igual que nosotros y a la vez profundamente diferentes.

¿Qué es educar? Educar es exponerse, estar en la trinchera en una batalla incierta, de resultado incierto. El objetivo de nuestra búsqueda es el conocimiento, la observación del yo y del mundo en relación a nosotros. Para ello utilizamos la lengua (plástico instrumento de indagación), la literatura (secuencia de modelos que se van inspirando unos en otros y que tienen como eje la belleza). Indagamos, buscamos, no estamos terminados. Vamos recorriendo en zigzag ese edificio en la arena que arrumbará el mar, pero tiene sentido. Somos una pequeña luz en medio de la oscuridad. Si consideramos la maravilla que es la vida, el azar que la contiene, cualquier instante en que los seres humanos pueden encontrarse y trascenderse alcanza un valor extraordinario.

Esto es ser profesor para mí. Pero ¿cómo explicarlo en una programación? Quizás esté equivocado, pero este ha sido el fundamento plástico, estético y existencial de los luminosos momentos en que esta pedagogía ha alcanzado algún resultado. Es incierta la búsqueda pero cuando estalla la luz… 

Son divagaciones en la noche. 

jueves, 21 de abril de 2011

Procesión atea en Madrid

                                                          Voltaire.
Me encantan las procesiones cuando viajo por España, especialmente por Andalucía. Hubo un tiempo en que pasaba las semanas santas por tierras del sur de España: Granada, Sevilla, Guadix, Cádiz, Almonte, Málaga, Ronda, Marbella, Arcos de la Frontera estuvieron en momentos distintos de mi vida sentimental, y la atmósfera de sus procesiones me envolvió. He visto a la Virgen y al Cachorro moviéndose en las estrechas calles de Granada al ritmo de una canción moderna, y he presenciado la salida de la Macarena al grito de decenas de miles de entusiastas llamándole “guapa” y una retahíla de piropos encendidos. Pienso que las procesiones tienen una maravillosa plasticidad que hay que conservar como un alto valor cultural. No pienso que revelen una fe profunda, ni siquiera superficial. Las iglesias están casi vacías y los seminarios están en trance de desaparición por la falta de vocaciones. Sin embargo, seguimos profundamente unidos a ciclos como la Navidad y Semana Santa, fiestas que en otros países laicos apenas tienen relieve, o en todo caso mucho menor.  Pienso que hay un gozoso politeísmo de matiz surreal que lleva, como he dicho en otra ocasión, a entrar en éxtasis ante la salida de la virgen del Rocío o a desollarse las manos golpeando tambores en Calanda, Hijar y otros pueblos del Bajo Aragón cuando llega la ruptura de la hora.

Sin embargo, no entiendo la prohibición de la procesión atea que iba a celebrarse en Madrid convocada por una asociación de librepensadores en el barrio de Lavapiés. Probablemente no hubieran asistido más que una centena de penitentes en defensa de una interpretación atea o al menos laica del mundo. No sé por qué en este país no pueden expresarse libremente convicciones de descreencia, de agnosticismo o de ateísmo como son manifestadas las representativas del catolicismo a cargo de los presupuestos municipales pagados por todos los españoles, sean o no creyentes.

España es un país extraño que no ha entrado plenamente en la modernidad, que deberia deslindar el papel del estado con independencia de las creencias religiosas. No entiendo que se imparta religión católica en los centros públicos de enseñanza. Esto sería inimaginable en cualquier otro país europeo o incluso latinoamericano que tienen sociedades mucho más creyentes. No entiendo que se haya armado la que se ha armado (recogida de más de cien mil firmas) para impedir una modesta y humilde manifestación de ateísmo, con la excusa de que se ofenden los sentimientos íntimos de los católicos. No quiero echar leña al fuego, pero a mí me ofende más la realidad de los abusos sexuales cometidos por religiosos aprovechándose de su posición con niños a lo largo de los últimos cuarenta años (no quiero ni imaginar antes). Esta es una página negra de la iglesia, no la única porque su proximidad a los poderosos y  su ejercicio de la tortura más extrema con los heterodoxos, judíos y homosexuales acusados de los más terribles delitos culminaron en muchos casos con la quema en vivo de los condenados, y ello hizo que esta institución fuera detestada por mucha gente por no ser precisamente representativa del mensaje de su fundador al que probablemente hubieran crucificado de nuevo si les hubiera puesto en evidencia su envilecimiento.

Entiendo que son tiempos de dificultad para la iglesia en una sociedad laicista y alejada de sus valores y ritos, pero la grey católica no debería temer la pobreza ni sentirse a la intemperie. El que fue su inspirador nació en una cuna humilde y murió en un tormento muy doloroso increpado por la multitud. Si creyeran de verdad, no temerían sentirse ofendidos por un rebaño de ovejas perdidas que reclamasen el ateísmo y la crítica a los pecados más espantosos de la iglesia, pecados sobre los que no ha habido la suficiente contrición ni propósito de la enmienda.

Una procesión atea no debería ofender a nadie. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Por atreverse a hacer visible la expresión de una forma de ver el mundo sin dios? ¿Creen que Dios los juzgaría con más acritud que a los curas pederastas? ¿A quién salvaría con más convicción? ¿Al que hubiera utilizado su nombre para violar a un niño o a un ateo que expresa simplemente su convicción de la no necesidad de dios y que ironiza sobre los desmanes hechos en su nombre?

Tengo la impresión de que sólo se ofenden los hipócritas.

Me gustan las procesiones. ¡Todas! Por la libre manifestación de creencias o descreencias. Contra la prohibición de la manifestación de ateísmo que iba a celebrarse en Madrid en fecha como hoy. 

lunes, 18 de abril de 2011

Finlandia en el punto de mira

                                                                Timo Soini, líder de los finlandeses auténticos

Para los docentes, Finlandia es un punto de referencia en el ámbito educativo. Tiene el sistema educativo más avanzado y eficaz del mundo, según los resultados del informe Pisa. Sabemos poco de este país del Norte, pero su éxito nos sorprende y nos estimula a intentar aprender de ellos. Estos días ha vuelto a ser noticia por el resultado de las elecciones legislativas en que un partido populista –Finlandeses auténticos (o verdaderos, o básicos)- ha multiplicado sus votos por más de cuatro, llegando a un 19% y quedando en tercera posición detrás del partido Conservador (Coalición Nacional, 20,4%) y el partido Socialdemócrata (19,1%). En  cuarta posición queda el partido de Centro de la primera ministra Mari Kiviniemi (15,8%).  El sistema electoral finlandés no permite las mayorías absolutas (¡¡¡) de forma que hay que gobernar siempre en coalición. El actual gobierno estaba formado por conservadores, centristas y Verdes, quedando los socialistas en la oposición. La arrolladora máquina del partido de los Finlandeses auténticos, casi empatado con los dos vencedores, hará muy difícil un pacto de gobierno.

Pero ¿qué defiende este partido dirigido por un político populista, Timo Soini? Tiene dos ejes en su discurso: Finlandia para los finlandeses (lo que implica un posicionamiento contrario a admitir a más inmigrantes, que son muy reducidos actualmente -3,5 %- a los que acusa de aprovecharse del sistema social y no adaptarse al estilo de vida finlandés y, por otro lado, son contrarios a participar en el rescate financiero de los países del sur de Europa (Portugal ahora, pero antes Irlanda y Grecia). Timo Soini viene a decir que la laboriosidad nórdica no tiene por qué pagar la vida ociosa bajo los olivos de los inoperantes países del sur. En esta propuesta de rechazo del rescate de Portugal coincide con el partido socialdemócrata en la oposición.  

El 19% que ha votado a Soini es ferozmente antieuropeísta y contrario a las políticas de Bruselas, lo que coincide sobremanera con un estado creciente de opinión en Europa (nosotros no somos una excepción) que ve como parasitarios a los parlamentarios que se dedican a generar una ingente burocracia que no parece tener una aplicación real.

Hay varias cosas que me asombran y que ponen en cuestión mi planteamiento de las cosas: que el sistema pedagógico más exitoso del mundo es gestionado por una coalición conservadora, que la población finesa es mucho más homogénea en términos de origen que la mayoría de los países europeos, que su sistema político está estructurado de tal manera que impide las mayorías absolutas, que consideran con reticencia a los países de sur como vecinos lejanos y ociosos frente a la laboriosidad nórdica de la que se aprovecharían, que Europa como marco político y económico está en una profunda crisis (no es único el caso finlandés), que las políticas de solidaridad y acogida de los inmigrantes genera una enorme resistencia y promueve iniciativas como la citada (auténticos finlandeses)...

Hablando con mis alumnos de bachillerato me comentaban que ellos votarían a un partido que dijera bien claro que no a la inmigración (conocían el partido de Josep Anglada en Cataluña al que se califica en la prensa de extrema derecha). Lo que no saben es que ellos a su vez son considerados casi como parásitos que viven del cuento por los auténticos finlandeses que imaginan que nuestra vida laboral tiene lugar bajo los olivos, trasegando sangría y practicando la siesta y el ocio como forma de vida.

Lo cierto es que el caso finlandés pone de relieve muchos aspectos que van a crecer exponencialmente en Europa: el rechazo a las políticas migratorias (veamos el caso de los inmigrantes tunecinos y libios en el limbo italiano y que no quieren ser acogidos por Francia donde crece y crece el Frente Nacional de Marine Le Pen), el rechazo de los países o regiones más prósperas de subvencionar a los más frágiles (pensemos aquí en España, el argumentario político obsesivo del nacionalismo catalán o vasco o zaragozano si llega el caso): los del sur viven del cuento, del PER, del clientelismo, de los subsidios bajo la sombra de los olivos, mientras los del norte trabajan y sudan para mantenerlos en su ociosidad.

El problema es que uno puede creerse “del norte” y que otros lo consideren “del sur”, que crea que se está dejando la piel en su trabajo y que otros lo piensen bajo las palmeras en una playa cálida y lujuriosa.

Y además lo curioso es que el concepto de democracia surgió en una sociedad ociosa y del sur.

Yo no sé de dónde soy. Me temo lo peor. 

miércoles, 13 de abril de 2011

El mundo desde la dicha


A través de Twitter llegué a una entrevista de Andreu Buenafuente a un joven de 23 años llamado Pau García-Milà, creador de un sistema operativo on line llamado Eye Os, que ya está presente en 67 países y que se codea con Microsoft, GooglePau es de Olesa de Montserrat y su historia ha sido ampliamente publicitada en Cataluña como ejemplo de joven emprendedor, que tiene ideas y que, a pesar de la crisis, es capaz de salir adelante con un discurso que, sin grandilocuencia, tiene muchos elementos positivos para nuestros alumnos.

Enlazo aquí la entrevista para los que queráis verla. No tiene desperdicio y además es divertida. Eye Os es el proyecto tecnológico más audaz creado jamás desde España. Si Pau viviera en California, se codearía con los grandes de Sillicon Valley. Aquí tuvo que lidiar con el fatalismo al que se enfrentan los que tienen ideas y que las considera irrealizables y condenadas al fracaso. Ya se sabe que el que no hace nada, ve con suma hostilidad la acción de los otros que sí están intentando hacer algo, porque pone en evidencia su pasividad y su negatividad. Que alguien como nosotros triunfe en este país se ve con desconfianza y algo peor. Pau además empezó cuando era un pipiolo de diecisiete años. ¿Quién iba a creer en él?

He interrumpido las clases dedicadas a Enrique Jardiel Poncela para pasar a mis alumnos de bachillerato el vídeo de la entrevista arriba citada. Quería transmitirles un mensaje de optimismo en un contexto en que todo parece derivar en desesperanza. Es posible hacer algo si uno tiene ideas y la voluntad de llevarlas adelante. Las ideas valen dinero. No pueden esperar a que el trabajo les salga al encuentro y que las oportunidades les caigan de los árboles. No, –les he dicho- tienen que  luchar intentando saber –conociéndose a sí mismos- que es lo que ellos pueden aportar de original al mundo en que vivimos. Todo está por hacer es el título de un libro de Pau García-Milà en que se expone que estamos en un momento óptimo para crear oportunidades si nos atrevemos a apostar, trabajamos duro y no tememos al fracaso. Y no cedemos tampoco al negativismo de todos los que desde todos los lados nos van a decir con fruición que nos la vamos a pegar, y que esperan ávidamente que se confirmen las expectativas para decirnos: ya te lo dije. Si por el contrario se tuviera fortuna, serían ellos –rabiosos- los que lo achacarían a la suerte o a los enchufes.

Es un gozo tener diecisiete años y tener el mundo por delante. Diez años después uno está condicionado ya por la situación. Este es el momento apropiado, les quería decir, para intentar proyectos que si no salen bien, no pasa nada, ya se intentarán otros.

Este era el mensaje que ha sido recibido en la clase con sumo escepticismo. He percibido ese fatalismo que describía arriba. Estos muchachos parecen no confiar en sí mismos. Han replicado que eso que le había pasado a Pau sólo ocurre una vez en muchos millones de ocasiones, que es como la lotería –en la que parecen confiar mucho más y lo han dicho-, que tampoco era para tanto lo que él había inventado y sobre lo que no habían oído nada. Otro me ha dicho que eso se lo dijera a su padre, al que intuyo pasando una mala situación. No he visto que el mensaje fuera recibido con receptividad y sí con cierta destemplanza porque incomodaba. 

 Yo recordaba además el caso de otro joven catalán llamado Albert Casals, minusválido en silla de ruedas, que se preguntó qué tenía él de especial y llegó a la conclusión de que lo único radicalmente original era precisamente su silla de ruedas, y además le gustaba viajar. Desde los quince años viaja por todo el mundo en solitario con permiso de sus padres. Además lo hace prácticamente sin dinero, y ha logrado salir adelante en todos sus viajes. Ahora que tiene ya la mayoría de edad, está preparando un viaje por África. Ya ha publicado dos libros: El mundo sobre ruedas y Sin fronteras. Uno de sus libros se lo presté a una muchacha que se considera sumamente desgraciada por tener que ir en silla de ruedas y a la que sus padres tratan con excesivo proteccionismo y le han hecho pensar que es una víctima. Se leyó apasionada el libro en pocos días y ahora me está haciendo un trabajo sobre él. Por fin había encontrado a alguien como ella, que había sufrido como ella, que tenía sus mismas limitaciones pero que se consideraba afortunado.

Es cierto que las ideas negativas nos condicionan, y además sacan lo peor de nosotros mismos. Cuando decimos que algo no es posible, escurrimos el bulto, y damos la batalla por perdida. Pero además –y esto es lo peor- nos sentimos obligados a machacar a cualquiera que intente plantear esa batalla y a creer en algo. Las ideas negativas son profundamente destructivas, y no es que este pesimista ciclotímico, al que ya conocéis, esté ahora defendiendo el llamado pensamiento positivo en forma de plantearse el mundo como una serie de Hanna Montana. No. No me gusta el canal Disney, pero es cierto que tenemos que sacar lo mejor de nosotros mismos y ser capaces de defender proyectos que nos ilusionen, y atrevernos a sentirnos pletóricos en su búsqueda. Aprender supone placer. Esto hemos de tener el coraje y la habilidad suficientes de saberlo plantear a nuestros alumnos, y hacer del conocimiento algo útil, que alimente la mente y la curiosidad innata que no sé por qué el sistema educativo va progresivamente ahogando. Sólo si disfrutamos, seremos potenciales transmisores de valores que lleven a la acción. Un pesimista amargado es un enterrador de sueños, aunque se puede ser pesimista ontológico en el fondo como Cioran, del que se cumple el centenario de su nacimiento, pero tener la entereza de disfrutar sin acritud del optimismo ajeno sin condenarlo.

Espero poder transmitir el mundo desde la dicha. Cuando no he sido capaz, he preferido orillarme y esperar. 

domingo, 10 de abril de 2011

¿Juventud sin futuro?


En otras ocasiones hemos abordado el tema de la hipótetica rebelión de los jóvenes y hemos comentado recientemente la aparición del panfleto de Stephane Hessel, Indignaos, dirigido fundamentalmente a los jóvenes a los que se convoca  a ser conscientes del tipo de sociedad en que vivimos, frente a la cual sólo quedan las opciones de someterse a sus reglas dictadas por especuladores y financieros sin escrúpulos que controlan la política y la economía, o buscar vías de resistencia activa frente a un mundo que, inmerso en una aguda crisis sistémica, va camino de involucionar en todos los avances sociales que habían sido logros de la sociedad occidental.

El pasado 7 de abril se convocó en Madrid la manifestación Jóvenes sin futuro para expresar el malestar e indignación de los jóvenes ante la situación de la llamada “Generación olvidada” condenada al desempleo (40% de paro juvenil), o al trabajo precario sin derechos, o a la emigración a otros países donde haya más posibilidades de progreso, o a no disfrutar de la posibilidad de unos planes de pensiones viables, o a la privatización creciente de la educación que divide los sistemas en trenes de alta velocidad y trenes de contención social, o a la permanencia hasta los treinta y tantos años en casa de los padres sin poderse independizar por la casi imposibilidad de acceder a la vivienda propia por la restricción de hipotecas y la falta de trabajo… Los sujetos de esta protesta son jóvenes con preparación universitaria que se ven abocados al desempleo y la dependencia.

La manifestación tuvo una asistencia simbólica. Sólo unos dos mil jóvenes acudieron a esta convocatoria, pero ha sido el elemento de conjunción de un estado de sentimientos de indignación y de estafa ante las perspectivas que esperan a este segmento de edad. Para el próximo 15 de mayo hay otra convocatoria que se espera sea más secundada. En Portugal la manifestación en Lisboa Generacao a rasca (generación en apuros) logró reunir el 13 de marzo a unos 300.000 jóvenes protestando por la falta de perspectivas sociales y económicas y la precariedad absoluta en un contexto de crisis económica.

Me pregunto si tras tantos años de apatía y conformismo juvenil que he percibido en las aulas, ha llegado el momento del despertar amargo a una realidad que dista del sueño de bienestar en que se creyó que se vivía. Sin estudios no hay posibilidad de promoción social, pero con estudios tampoco se vislumbran vías de conseguirlo. Las solicitudes de trabajo en el Mercadona abundan en títulos universitarios acompañados de másteres varios. La universidad ha dejado de ser una vía abierta a la incorporación al mundo del trabajo, y más en especialidades humanísticas a las que se ven como periclitadas en un contexto de creciente mercantilización de los sistemas de estudio. Algunos, cada vez más, optan por emigrar a otros países más competitivos como Alemania, Reino Unido, Francia

Muchos reprochan a estos jóvenes ser la generación del botellón, único acontecimiento que les aunaría masivamente; ser la generación de los privilegios y de vivir entre pañales a costa de los padres que se han esforzado en darles todo; ser una generación que ha vivido sin esfuerzo, hundida en el conformismo y en el deseo de consumismo al que pensaban incorporarse sin ningún tipo de mérito especial. Se les acusa de soñar con convertirse en funcionarios y de no asumir ningún tipo de posturas de riesgo haciéndose empresarios con proyectos.

Sea cual sea la realidad, esas perspectivas se han roto y se ven abocados a vivir en peores condiciones que sus padres cuando se les preparó ideológicamente para disfrutar de un futuro sin especiales complicaciones sumergidos en el bienestar de una sociedad de consumo que parecía funcionar.

Otras consideraciones podrían ser el hundimiento del modelo de desarrollo español basado en el turismo, el ladrillo y los servicios; la terrible desigualdad del mundo que ha fomentado la inmigración que ha llegado masivamente a España en otra época anterior de bienestar y que ahora se enfrenta al paro compitiendo con los muchachos oriundos por los escasos puestos de trabajo; la continuidad de políticas que tienen como eje al mundo especulativo de los mercados, auténticos gobernantes y dictadores de las economías nacionales; la decadencia del occidente frente a otros países emergentes con economías mucho más competitivas; la crisis de los modelos de desarrollo empezando por Estados Unidos que no ha conseguido salir todavía delante de su debacle económica que viene de la última década de desregulación; la realidad de más de dos mil millones de personas en el mundo que viven en la pobreza más extrema sin ningún tipo de esperanza; la realidad del cambio climático que nos lleva a la idea de que cualquier tipo de crecimiento nos conduce al desastre ambiental…

Son algunos de los  hilos que hay que tener en cuenta. Será un error iniciar una lucha sin considerarlos. ¿Es posible un mundo mejor? ¿Cómo debe ser ese mundo? ¿Tienen alguna perspectiva los jóvenes en él fuera de ser mano de obra precaria y explotada?

¿Ha llegado la hora de los jóvenes o seguirán viviendo en su mayor parte (no todos son así) en la placenta cálida de un mundo que pudo ser y que no fue? Me temo que ha llegado el tiempo de hacerse preguntas, esas que fueron esquivadas y orilladas en aras de lo fácil. 

martes, 5 de abril de 2011

La vaca dorada


Esta mañana estaba de guardia y he tenido que cubrir a un compañero que tenía una salida escolar. Me ha dejado faena para los alumnos. Era la hora de música. Eran muchachos de primero de ESO (doce o trece años). Tenía que ponerles la banda sonora de Tiburón varias veces y ellos tenían que escribir un folio con las sensaciones que les producía la audición. La banda sonora duraba un par de minutos. Su primera reacción ha sido la de decir que era un aburrimiento. Lo han repetido varias veces e insistentemente. No puedo juzgar la dinámica de mi compañero. Ignoro sus objetivos y metodología, así que he buscado en Youtube la pieza musical y se la he puesto a todo volumen tres o cuatro veces. La mayoría no tomaban nota y he tenido que estimularles a que bajaran los pies de la silla donde se habían repantigado como si estuvieran en el salón de su casa y a que tomaran algunos apuntes. La sensación que les dominaba era de fastidio por el esfuerzo que tenían que hacer de traducir sus sensaciones a palabras. La pieza expresa tensión, inquietud, amenaza, peligro, dramatismo en un crescendo que conduce a un estallido trágico. Era todo menos relajante, producía un estado nervioso que envolvía a los oyentes. Ellos no conocían la película, para ello les he puesto un tráiler en inglés sobre algunas escenas famosas de Jaws.

Pero quiero reflexionar sobre esa actitud que muestran muchos adolescentes ante las tareas escolares sean cuales sean y es la de considerarlas un aburrimiento. La escuela aburre, y los profesionales más sensibles se plantean la hipótesis de una nueva escuela en que los alumnos sean protagonistas y tengan una educación propia del siglo XXI y a la altura de las circunstancias. El uso adecuado de la tecnología sería esencial en este planteamiento. Sin embargo, yo estaba utilizando la tecnología para que visualizaran mentalmente el estado de tensión de la banda sonora y seguían considerando aquello como aburrido. Me pregunto cómo puede la escuela convertirse en atractiva y las actividades de clase sugerentes y motivadoras. Me pregunto qué perfil debe mostrar el profesor para lograr dotar a sus clases de magnetismo que consiga que aquellos muchachos desmotivados en principio se pongan a trabajar con ahínco. El otro día leía en un blog la teoría de la vaca dorada. Quería expresar que mostrar a los alumnos vacas marrones es aburrido, pero si un día les mostramos una vaca dorada conseguiríamos entusiasmarlos y provocar la motivación para el trabajo del que se sentirían protagonistas y partícipes. Yo me pregunté  cuántas vacas doradas sería yo capaz de sacarme de la chistera, y, en el supuesto caso que cada día lograra sacar una, cuánto tiempo pasaría para que mis alumnos se aburrieran también de las vacas doradas.

¿Podemos convertir las tareas escolares en motivadoras, fascinantes, movilizadoras del ánimo y del espíritu de trabajo? ¿El uso de la tecnología lleva a que los alumnos no sólo se interesen más sino a que aprendan más? ¿Cómo debe ser la escuela del siglo XXI?¿Debe olvidarse el discurso de que el esfuerzo y cierta dosis de mortificación son necesarios y que deben ser el motor del aprendizaje? ¿Debe convertirse el conocimiento en algo ligero, fácilmente digestivo y burbujeante para que no provoque aburrimiento o hastío vital? ¿Cómo hacerlo? ¿Deben olvidarse los exámenes y métodos de clasificación intelectual o del trabajo? ¿Deben formarse cooperativas de conocimiento entre alumnos y profesores en que todos aprendan horizontalmente en un ambiente distendido, agradable y satisfactorio? ¿Conseguiremos así hacerles olvidar esa sensación de dejà vu que les provoca hastío vital, cansancio, apoltronamiento y dejadez? ¿Puede la escuela dejar de ser un campo de lucha de clases (alumnos contra profesores) y convertirse en un espacio de libertad, sin coacciones, sin sanciones? ¿Cómo hacer de la aventura del conocimiento algo atractivo?

Ya sé que son muchas preguntas y que no respondo a ninguna, pero estoy asombrado de constatar que muchas de ellas, para algunos compañeros extraordinariamente motivados y llenos de ilusión por generar la escuela del siglo XXI, las respuestas son obvias bajo la hipótesis de que tenemos actualmente una escuela del siglo XIX con sujetos del siglo XXI y que es necesaria una revolución total para ponernos en la centuria que toca, la era Post Gutenberg, en que el conocimiento ha dejado de ser patrimonio de los supuestos sabios para ser de dominio común y estar a disposición de cualquiera que lo tiene al  alcance de un golpe de clic. Sólo faltaría dinamizar, actualizar y modernizar todo el proceso de enseñanza y aprendizaje para dar lugar a una nueva escuela alejada de las rutinas del pasado en la que surgiría la transfiguración patente de la era del conocimiento.

Para mí las respuesta no son obvias porque constato que la distensión no genera aprendizaje necesariamente. No puede ser la búsqueda de un estado de felicidad utópica la que vertebre a la escuela. Y no es que piense aquello de que la letra con sangre entra, pero creo que es imprescindible una actitud o disposición adecuadas frente al trabajo. Lo cierto es que los buenos alumnos que he tenido a lo largo de mi historia profesional, hubieran sido buenos en cualquier tipo de escuela. Eran luchadores, al margen de su C.I., que no es esencial, tenían algo que les llevaba a superarse. Pienso que este espíritu de superación es el que cabe trabajar desde muy pequeños. No sé cómo, pero no me caben dudas de que para ellos el trabajo es atractivo ya de por sí. Otra cosa es intentar satisfacer a desertores, que parecen haber nacido cansados, haciendo de la escuela un paraíso en el que se convertiría su desgana y aburrimiento en entusiasmo creativo.

Francamente, no sé.

sábado, 2 de abril de 2011

El valor del silencio


Es difícil considerar el valor del silencio en un tiempo en que fundamentalmente hay ruido en todos los órdenes. Si nos trasladáramos por un bucle del tiempo a otras épocas, habría muchas cosas que nos maravillarían, pero no sería la menor de ellas la de encontrar mundos fundamentalmente en silencio o en todo caso sonidos procedentes de animales, instrumentos artesanos, campanas, voces humanas… El conjunto sería un universo en la penumbra del silencio por las noches y en cuanto nos alejáramos del centro de la villa, nos lo encontraríamos dominando por doquier. El silencio era un componente habitual de la vida.

En nuestro tiempo postindustrial esto no es así. Los ruidos estrepitosos dominan la vida cotidiana así como los motores de todo tipo, maquinaria, música estridente, emisoras de radio y televisión aceleradas donde se emite continuamente malestar y griterío que no apela al raciocinio sino  a la visceralidad. Pero el ruido no es sólo una cuestión acústica. Nunca han existido en tal cantidad los mensajes en billones de direcciones continuamente y que abruman la capacidad de equilibrio de los supuestos receptores que no encuentran otro modo de blindarse que la sordera física y psicológica y la indiferencia. ¿Cómo separar en esa brutal algarabía los mensajes importantes de los banales, sobre todo cuando estos son mucho más atractivos visual y auditivamente? El ciudadano medio está saturado de información con el resultado de que opta por cercenar voluntariamente su capacidad receptora y aislarse en su pequeño mundo de diez metros cuadrados intentando volver intuitivamente a un espacio de cierto silencio (relativo) en que no sería asaltado por informaciones no requeridas.

Pienso en mis alumnos de catorce años, con su portátil a cuestas desde el que pueden acceder a la información más relevante y más trivial que existe hoy en el mundo. Pero están, como lo estamos todos, inquietos, alterados… Las clases son ruidosas, les cuesta quince minutos recuperar como mínimo una cierta capacidad de atención, que no es tal porque la sesión es interrumpida continuamente por intervenciones que no suelen venir a cuento. La clase supone desorden mental y el profesor ha de saber encauzar esa energía dispersa y llevarla a algún lado de modo que sea significativa en medio del caos, el azar y el alboroto. No siempre se consigue.

El pasado jueves quise intentar con mis alumnos de segundo de ESO un ejercicio experimental al que di el nombre de “La magia del silencio”. Tenéis un enlace al blog de la clase en que se explicaba el proceso, y la encuesta que se realizó posteriormente. Llevé una vela que puse en una hermosa palmatoria traída de Marruecos y que me regaló una amiga muy querida y ya fallecida. Cerramos las persianas y la ventanita de la puerta de modo que la clase quedó en casi completa oscuridad sólo matizada por la luz de la vela. El ambiente era de entusiasmo generalizado. Pocas veces he visto un interés más real por el resultado de una actividad cuyo objetivo yo tenía claro pero esperaba que ellos me abrieran otras vertientes. Los muchachos se pusieron alrededor de la vela que centraba la escena dotando a la situación de una extraña irrealidad. Se trataba de recuperar unos cinco minutos de silencio en que intentaríamos relajarnos respirando profundamente. Nadie debería molestar a nadie y sólo intentaríamos concentrarnos en la luz de la vela y escuchar el silencio para ver si captábamos el misterio que yo había insinuado. Reitero que era intenso el ambiente de expectación, pero en las dos veces que realizamos el ejercicio no se logró un estado de quietud ni se pudo percibir directamente la citada magia. Siempre hay tres o cuatro alumnos que aprovechan la situación para hacerse los graciosos e intentar provocar la risa, a pesar de que había dicho que aquellos que creyeran que no podrían mantener el silencio podrían salirse de clase durante la realización del ejercicio. No quiso salir nadie. ¿Quién se iba a perder aquello? Me di cuenta de que la mayoría lamentaba no haber podido haber realizado bien el ejercicio y algunos me pedían que hiciera salir de la clase a los “graciosillos”.

La experiencia fue rica en potencialidad. Por una vez la lección dictada no iba a ser recibir información sino vaciarse de la misma para observar un estado poco o nada habitual: el silencio. Ellos se dieron cuenta de que nos enfrentábamos a algo diferente y que les  atraía. En la valoración posterior que se hizo a partir de sus intervenciones orales que suelen llevar a  que una decena de muchachos hablen con sensatez sobre lo vivido o visto, se habló de la dificultad de conseguir el silencio, de su falta de hábito, de que los chicos que habían alterado el experimento eran más inquietos (espíritus saltarines), que les había gustado y que les encantaría repetirlo aunque pensaban que no habían percibido la calificada magia del silencio de que yo había hablado.

Sin embargo, aunque es cierto que no se logró un estado de atención total, sí que es real que la atmósfera misteriosa nos envolvió a todos y que el aula ya tan conocida se convirtió en un lugar diferente en el que más de quince chavales de catorce años pretendían ver y oír algo que no es habitual y que, en alguna manera, se anhela pero no se sabe cómo conseguir sumergidos como estamos en una realidad compleja, contradictoria  y saturada de ruido incesante, en el que nuestras voces como docentes no son más que otra distorsión que sólo algunas veces se convierte en melodía significativa.

Quizás recuerden esta situación toda su vida. Yo al menos así lo haré. Mi enseñanza, mi intento de enseñanza, fue el valor del silencio. 

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