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jueves, 30 de septiembre de 2010

El extrañamiento


Cuando he podido en mi historia como profesor, he intentado, como objetivo central de mi pedagogía, enseñar a pensar, estimular la reflexión sobre el ser humano y sobre el mundo. Pienso que la curiosidad es una facultad que nos impulsa a descubrir nuevos horizontes. Enseñar a pensar es aprender a cuestionarse uno mismo, a poner en duda lo sabido, a interpelar sobre lo desconocido, a desafiar nuestros propios estereotipos, ideas esquemáticas que contribuyen a tener una visión simple –o maniquea- del mundo. Este es el desafío intelectual. Para ello, el profesor ha de ponerse él mismo en situación de búsqueda, mostrando claramente que tampoco su mundo está cerrado y que se apasiona en ese indagar en las áreas seminales del conocimiento.

¿Cómo lograr esto? Pues no lo tengo claro. Sé que tengo diez alumnos de literatura española que no son muy propicios en principio ni a la lectura ni al ejercicio del pensamiento. Eso se creen ellos. Tengo una materia seleccionada por la universidad que he de enseñar, pero más importante que eso es potenciar la curiosidad intelectual. No pienso que lo que tenga que hacer es enseñarles a aprobar un examen con recetas pragmáticas. Creo que lo que tengo que hacer es descolocarlos, obligarles a un ejercicio de extrañamiento que les lleve a salir fuera de sí mismos y a contemplar el mundo con ojos nuevos. No hay peor enemigo del pensamiento que creer que uno lo sabe todo, que lo entiende todo.

Llevamos poco tiempo de curso, pero he tenido ocasión de poner a prueba su disposición reflexiva. Estamos en la literatura del Renacimiento y del Barroco. Un tema central es el misticismo, la búsqueda de la unión amorosa entre el hombre y dios, en un éxtasis de plenitud en que todo desaparece y el tiempo cesa. ¿Cómo ilustrar esta unión inefable? Pensé en proyectarles una película francojaponesa llamada El imperio de los sentidos del director Nagisa Oshima que me cautivó cuando la vi en los años posteriores al fin de la dictadura, cuando fue permitida. El imperio de los sentidos –no sé si la habéis visto- es una película durísima, erótica, violenta… Dos personajes, Kichi Sam y Abe Sada (una geisha),  llevan hasta el límite su deseo de posesión sexual. No quiero desvelar más detalles de la película. Baste decir que no es apta para menores y que sabía que les iba a resultar muy difícil puesto que puede herir la sensibilidad del espectador, aunque yo pienso que es una película intensamente poética. La he visto cuatro veces en circunstancias distintas y todas ellas me ha logrado conmocionar. Pero he leído críticas para todos los gustos que llevan a pensar que esta película es pura basura. Para mí es una muestra del intento humano de fusión mística a través del sexo. Algo no muy alejado de lo que proponen los grandes poemas místicos que hemos de estudiar. En todo caso, estaba seguro que la cinta les golpearía y les descolocaría. Asi fue. Les hice plasmar por escrito sus impresiones y estas fueron muy intensas. Desde quien veía en el filme la lucha entre eros y thánathos freudiano, a quien juzgó que era una película realmente asquerosa, pero no se dejaba de reconocer que entre aquellos dos protagonistas había amor, un amor extraño, obsesivo, que no buscaba perpetuarse en el tiempo, ese gran destructor. Su pasión había de tener un final, tras haber llegado al éxtasis y no tendría vuelta atrás. Hubo quien vio un filme pornográfico, y quién entrevió algo de lo poético. Para ello había que ir más allá de lo conocido.

Una alumna escribía: "A la pregunta de cómo es posible que dos seres que se aman anhelen el sufrimiento, opino que es tal la obsesión de los dos por ser uno que ven la forma de conseguirlo en la muerte. A consecuencia, deciden que Abe acabe con la vida de Kichi para así cortarle sus genitales ya que representaba que si ella tenía esa parte de él, serian solo uno. Por ello, después de cumplir la decisión de ambos, la protagonista escribió en el pecho de él con sangre: "Sada y Kichi, ahora uno."La reflexión que me ha llevado la película, es que se trata de un amor tan extremo que la obsesión que tienen el uno del otro le llevan al punto de cruzar las barreras del dolor hasta llegar a sentirse abrazados por la muerte."

Al día siguiente, les proyecté un vídeo de veinte minutos (primera y segunda parte) de una conferencia de una escritora nigeriana  a un público norteamericano en que les planteaba la necesidad de ir más allá de la historia única que contamos acerca de los distintos pueblos. Los africanos son así, los moros son asá, los gitanos son sin duda de esta manera, los españoles son…Ella como africana les hacía reflexionar sobre la complejidad de los seres humanos y las culturas y su imposible reducción a estereotipos. Nada es lineal y simple. Superar esa historia única confiere dignidad a los hombres. Este vídeo me lo envió V. y me fascinó desde el primer momento. Creo que es un material necesario y oportuno  para muchachos de bachillerato. El vídeo está en inglés con subtítulos en castellano. Son veinte minutos de intensa indagación en los estereotipos culturales para mostrar su oquedad, pero a la vez terribles porque llevan a la simplificación de las culturas y al odio entre los diferentes. Muchas veces a la guerra.

Hoy hemos hablado del barroco. Quiero que la clase sea un espacio de elaboración de pensamiento. Que no sea un ámbito cerrado al mundo. Un cañón de proyección en el aula es una ventana extraordinaria a la universalidad de la cultura. Y el profesor ha de convertirse en un provocador, un dialéctico que ejerza –con libertad y audacia- esa tarea necesaria de hacerles sentir placer en adentrarse en un universo complejo a través de la literatura, las imágenes, el cine… A amar el conocimiento. No sólo a soportarlo. 

lunes, 27 de septiembre de 2010

Y todo esto ¿para qué?


Soy profesor, además de la ESO, de segundo de bachillerato. Es una asignatura de modalidad: Literatura española. Tengo diez alumnos, no especialmente motivados por la literatura, pero sí por que el estudio tenga una recompensa social. Saben que si no estudian se quedarán sin nada, y en estos tiempos de crisis eso es un suicidio. No son en general estudiantes entusiastas, ni están acostumbrados a pensar. Se rigen más bien por estereotipos elementales. Mi desafío, como profesor, es intentar hacerles amar el pensamiento, ejercer la crítica, superar su tendencia a lo simple. Esto es con lo que sueño.

Sin embargo, he seguido en el diario El País, una serie de reportajes titulado (Pre)parados, a lo largo de la última semana en el que jóvenes sobradamente preparados, con carrera, con varios másteres, con idiomas, con estudios de especialización en Europa, están en paro y sus currículos ni siquiera reciben acuses de recibo. Están camino de la treintena y creyeron que una buena formación profesional les abriría muchas puertas y que su dedicación a su carrera tendría consecuencias definitivas. No ha sido así. La mayoría están en paro o subempleados cobrando salarios de seiscientos euros. No pueden irse de su casa ni vivir con su pareja. Sobreviven algunos con becas o subvenciones, y muchos han de pedir dinero a sus padres para pagar el transporte.

¿Quién les ha engañado? ¿Cómo les hemos prometido que si uno se esfuerza y estudia consigue sus fines? Algunos se plantean que para repartir pizzas o hacer de teleasistente, es mejor ocultar sus carreras o sus másteres. Es algo que cotiza en contra. Tienen una formación excesiva y eso levanta suspicacias. ¿Quién confiaría en un doctor en ingeniería para un trabajo eventual y de repartidor de pizzas?

No deja de ser significativo que muchos de los ejemplos traídos por El País señalen que profesionales superformados han encontrado trabajo en Europa, en el Reino Unido, en Holanda, en Alemania, en China, en Suecia… Son los nuevos emigrantes que ven que su capacitación les vale mucho más fuera de España que en su país. Y en contra de sus deseos, sintiéndose expatriados y desterrados, han de amoldarse a una vida diferente a la que habían esperado. Algunos guardan un sordo rencor hacia su patria y parecen renunciar a ella. Algunos son de los mejores de sus promociones, y su especialización ha sido apreciada en otros países europeos mientras que en España no reciben siquiera un acuse de recibo de su currículum.

¿Qué he de explicarles a mis alumnos de bachillerato? ¿Qué estudiando se consiguen oportunidades? ¿Qué estudiando uno se forja un futuro profesional? Para ello he de luchar contra la creencia de que lo que en realidad genera expectativas son los amigos que te pueden enchufar y colocar, que los estudios y la dedicación son accesorios. La excelencia no se prima en España. Sé de magníficos estudiantes que, tras acabar la carrera, con buenas notas, están en una crisis mayúscula. Los jóvenes son el segmento de población más castigado por la crisis, además de los mayores de cuarenta años que se quedan en el paro.

Quiero hacerles pensar, pero ¿sobre qué? ¿sobre la relativa utilidad de lo que están haciendo? ¿sobre el escaso aprecio que se tiene en este país hacia la calidad? ¿Pensar para qué? Cuando el futuro de uno está en el alero, las reflexiones son limitadas. Espero que ellos no lean este post. No me suelen leer. Pero quiero plantear esta reflexión a los lectores. Quizás haya otras alternativas como son el autoempleo o el convertirse en empresarios en un país en que es difícil y complejo constituir una empresa y que va en contra de toda la ideología que magnifica la opción de hacerse funcionario sobre todas las demás. Quizás nuestra formación debería empezar por esto, por hacerles ver que el futuro es sumamente incierto, que tal vez tengan que emigrar, que no podrán emanciparse hasta muy entrados los treinta si es que es posible entonces, que el estudio no garantiza un puesto de trabajo y a veces lo dificulta.

Pero mañana he de trabajar para hacerles sujetos críticos y reflexivos. Pero ¿les explicaré esto? ¿Habré de callarme como si no supiera nada? ¿He de dejar que se lo encuentren ellos mismos? ¿O lo sabrán ya? ¿Qué sentido tiene mi clase sobre el neoplatonismo en la poética del Renacimiento?

A veces pienso que tendría que darles dinamita. Pero he de prepararles para selectividad? Otra gran mentira. Este mundo es reflejo de otro, es un espejo, pero ¿de qué? Mañana les he propuesto que sean ellos los que me formulen preguntas que no pienso contestar. Pero formular preguntas supone un ejercicio de primer orden. Y todo esto ¿para qué? –sería una buena cuestión-.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Diarismo

                                                     Los amantes, René Magritte
He tenido algunas ideas que me han acompañado desde siempre. Me ha gustado comunicar y  referir mi propia vida . Desde muy pequeño me hice un lector compulsivo de tebeos hasta que descubrí los libros a los diez u once años. Empecé con libros juveniles que me apasionaban: Julio Verne, Emilio Salgari, Richmal Crompton … Cuando leí La infancia recuperada me di cuenta de que Fernando Savater y yo habíamos tenido una formación lectora (no sé si decir literaria) semejante. Coincidíamos en nuestra pasión por la aventura en el mar y por los personajes anarquistas como Guillermo Brown. Paralelamente a mis lecturas de aventuras, empecé a aficionarme a escribir diarios. Me he pasado toda la vida de alguna manera escribiendo diarios sobre mi existencia cotidiana o sobre mis viajes. Habitualmente ilustraba cada día con un dibujo que resumiera el espíritu de esa jornada. Pasaba un buen rato escribiendo con mi pluma pelikán e intentando encontrar un componente esencial en cada día para que no se limitara a ser un recuento de hechos intrascendentes y triviales.  He perdido mis diarios de adolescencia lo que es una pequeña tragedia. Estaba bastante desorientado y no me atrevía a escribir abiertamente sobre mis conflictos personales (las chicas, la confusión de la sexualidad, mi transformación, las relaciones con mis compañeros y con mi aspecto físico). Hace falta tiempo para  emprender un diario en que se escriba con total libertad. Tiempo y conquista de ese sentimiento de libertad interior. Pero si uno escribe todo lo que se le pasa por la cabeza, puede ser ciertamente peligroso porque uno puede convertirse en transparente para los que algún día -inevitablemente- puedan leer esos diarios y se asomen a tu  mundo interior oculto que para nada es el que es conocido públicamente. Pienso que ofrecemos a los demás sólo una pequeña parte de lo que somos, como un iceberg cuya mole gigantesca está debajo del mar. Los seres humanos somos extraños y muchas veces tenemos recovecos y vueltas insospechadas. Lo sé por mí y por la intensa observación a que me he dedicado durante muchos años de mí mismo y de todo lo que me rodeaba.

Un día me di cuenta de que me atraía mucho más inventarme mi propia vida partiendo de hechos que eran en apariencia reales. Aprendí a transformarme, a ser otro o varios otros, a desdoblarme jugando con la identidad. Me gustaba la suplantación, la hipersensualidad que llegaba a desbordarse en misteriosos encuentros inciertos o fruto del azar. Me atraía pervertir la noción de realidad llenándola de extrañas resonancias, de símbolos, de juego erótico con las palabras. Escribir –aunque sea mal- te da ocasión de crear un mundo imaginativo que se nutre ciertamente de la realidad, pero también de los sueños, de los deseos o de las imágenes que robas a los libros que lees. Fueron años de brújula y anarquía, que me parecen ahora luminosos, aunque más vale que nadie lea aquellos diarios que tengo escondidos.

Luego vino la Gran Depresión, un hundimiento anímico y existencial que me duró varios años. Mis diarios se hicieron negros, obsesivos, autodestructivos, girando en círculos que me recuerdan las imágenes infernales. Nada se mantuvo en pie. Leer lo que yo escribí en esos años revela un hondo dolor personal -viscoso y lleno de adherencias necrófilas-. Preferí dejar de escribir. Contemplarme dando vueltas al eje del sufrimiento no llevaba a ningún sitio. Era escalofriante cómo llegaba a escribir sobre mí mismo. Con qué odio, con que pasión por desaparecer o extinguirme. Sólo algunos hilos invisibles me unían a la vida.

El pleno marasmo vital empecé a escribir en este blog hace cinco años. Inicié otras aventuras blogueras que hice desaparecer, pero, a pesar de mis intensas dudas, continué escribiendo aquí con frecuencia. Me ayudaba a objetivar, a salir de mí mismo, huyendo de esa profunda sima en que estaba sumido. Escribir, comunicarme, elaborar, pensar, tensar mi profesión haciéndola objeto de una intensa búsqueda personal son unos de los objetivos de este blog al que no hay que hacer nunca demasiado caso, puesto que les he advertido a los que me leen que suelo mezclar realidad y ficción. Ese retorno a lo imaginativo pienso que es un signo positivo. Ya no escribo diarios, pero éste pequeño proyecto personal que es Profesor en la Secundaria es una especie de diario fabulado en que casi todo es verdad, salvo unas gotitas de ficción que aderezan la mezcla. Además es público y abierto a todo el mundo. Mi vena de actor también se revela y se excita ante ese momento en que uno le da al icono de "Publicar entrada". Nunca cuando escribía diarios había sospechado que algún día existiría semejante maravilla. 

domingo, 19 de septiembre de 2010

José Antonio Labordeta

A la mierda los homenajes. Me fastidia estar diciendo cosas hermosas de un hombre llano al que le repateaban los homenajes. Lo oí cantar cuando yo tenía dieciocho años en una asociación de vecinos de un barrio de Zaragoza. Todavía no he olvidado la emoción que se generó allí cuando se cantó -enlazadas nuestras manos- el canto a la libertad, y eso que no tengo buena memoria. Era esa persona con la que tomarías unos vinos sin que sintieras que se creía superior a ti. La vanidad no era su defecto. Y eso es lo que lo hace cercano. Me hubiera gustado cenar con él en un restaurante de Zaragoza que se llama Casa Emilio. Y tomar vinos y enhebrar conversación. Era un idealista. Lo que pretendía era imposible, pero qué hermoso era. Dicen que en el Parlamento le llamaban algunos "el paleto". Y sí, es verdad, este catedrático de Historia y profesor durante algunos años era un paleto genial, lleno de compromiso ético. A la mierda los homenajes. Sólo lamento no haber estado con él una noche en que hubiéramos charlado y bebido vino. Me joden los homenajes, ese pasear solemne por la Aljafería de tantos políticos charlatanes que ahora se apuntan al carro cuando antes lo despreciaban. Bah, José Antonio, tu poesía -la tuya y la de tu hermano- es lo mejor de esta tierra que se llama Aragón, pero que no niega a España, y es generosa con sus distintas expresiones. Lo dicho, compañero, lamento no haberte conocido y haberte disfrutado una sola noche.




Canto a la libertad

viernes, 17 de septiembre de 2010

El acto de leer

El acto de leer es una experiencia fascinante. Supone el encuentro de dos universos: el del que lee (o intenta leer) y el del escritor. Cada uno está condicionado por sus circunstancias. El lector tiene un estado de ánimo y una edad. Lee desde su presente, que es ahora. El escritor escribió en otro tiempo que fue presente pero ahora es pasado, y de alguna manera se proyectaba en el futuro cuando sería leído tiempo después. El texto escrito funciona como una especie de espejo en que el lector proyecta su mundo interior buscando alguna seña de identidad, alguna conexión. Necesitamos sentirnos reconocidos en ese mundo escrito y que nos diga algo sobre nosotros mismos. Cuando leemos nos buscamos a nosotros mismos. El diálogo principal no es sólo entre el lector y el escritor sino que plantea un diálogo en que el lector se desdobla y se observa a sí mismo. El lector quiere encontrarse. Para ello es necesaria cierta predisposición, unida a la experiencia de la soledad y al silencio interior, digo interior porque a veces no es imprescindible el silencio físico (yo suelo concentrarme profundamente en los bares, en los autobuses llenos de pasajeros que charlan). El mundo de lector se abre a otro mundo y lo encuentra en el subtexto que le reclama y le comunica deseos, fantasías, sueños, fracasos, angustias, sufrimiento, impotencia, miedo, tal vez felicidad…

El lector ha de estar en una actitud de escucha activa, de apertura al otro, para poderse sumir en el éxtasis que nos sustrae de la realidad donde estamos inmersos. Nos abrimos a lo extraño y en ello tenemos la posibilidad de formarnos y de transformarnos. La lectura nos cambia, es una suerte de iluminación de nuestro mundo interior. Dos extraños se encuentran y siguen siendo extraños pero no del todo. El otro viene a habitarme y yo lo recibo como un invitado que llega a mi casa. Abro mi mundo para que él lo habite, y me reencuentro paradójicamente conmigo mismo.

Para disfrutar de la experiencia-espejo de la lectura es necesaria la atención de modo prioritario. Pero la atención es una capacidad que se desarrolla. El ruido la perturba. Y el ruido son los pensamientos que nos asaltan vertiginosamente impidiendo sumirnos en ese universo mágico que es el texto. Éste debe atraernos poderosamente para que nos sintamos ligados magnéticamente a él. Debe decirnos algo que ya sabemos o intuimos, debemos sentirnos reconocidos. Por eso tantos lectores aman libros que les recuerdan la vida misma. Son tan reales que parecen verdad. O atraen historias que se convierten en símbolos inconscientes de nuestra psike. Así atraen de igual modo narraciones fantásticas de vampiros. El vampiro forma parte de nuestro inconsciente. Los adolescentes se sienten reflejados en esos seres ambiguos, que forman parte de un conjunto de personajes en transición, entre la sombra y la luz.

La literatura con mayúscula –y no meros artefactos de entretenimiento que fomentan la autosatisfacción- requiere de mundos lectores complejos, abiertos a la extrañeza… No quiero decir que sean mejores o peores. No se trata de eso, sino de capacidad de apertura ante el misterio. Como el texto es un espejo, sólo podrán penetrar en él aquellos que hayan participado de paisajes semejantes. Algunos escritores, no obstante, tienen un mundo tan abierto que permite ser habitado por muchos. Pienso en la poesía de Mario Benedetti, en la de Bécquer que proponen mis alumnos, en la de Pablo Neruda. Es un hito alcanzar la transparencia y ser capaz de comunicar poderosamente. Es una labor de genio y de síntesis literaria y existencial. La alcanzan pocos.

Los bestsellers, los libros juveniles que venden las editoriales a los adolescentes, no proponen experiencias complejas. Saben que el mundo imaginativo del lector de la sociedad de masas busca lo fácil, lo conocido, lo tópico… No plantean aventuras que lleven a la extrañeza. Se alimentan de lugares comunes, de fórmulas que aparentemente funcionan o se supone que lo hacen. Pero dicha fórmula es un misterio. Se publican centenares de títulos al año que se sumen en el olvido. Pocos libros superan la prueba de sobrevivir unos años en la lista de lecturas necesarias.

Cada uno buscamos algo diferente en lo que leemos. Depende de nuestro universo íntimo que es el que está buscando algo en que reconocerse y verse reflejado. Cuando esto se consigue, por azar, la luz que entra por la ventana nos ilumina el libro, pero también nuestro rostro resplandece por el encuentro que se ha producido. El libro nos está iluminando y nosotros ensimismados nos sumergimos en la lectura viéndonos allí presentes, dentro y fuera.

martes, 14 de septiembre de 2010

La literatura como aburrimiento

He querido empezar el curso de Literatura Española de segundo de Bachillerato haciendo una prospección entre mis diez alumnos sobre las relaciones entre ellos y la literatura. El tema era, pues, La literatura y yo. Les sugerí un brainstorming inicial y la elaboración de un mapa conceptual para dar cuerpo al ensayo que les estaba solicitando.

Unos días después, aplicados, me han entregado sus composiciones escritas sobre las tortuosas relaciones entre ellos y la literatura.

Podemos decir que en estos jóvenes de diecisiete y dieciocho años existe unanimidad casi absoluta. Se relaciona, sin lugar a dudas, la literatura con el aburrimiento:

Leer es aburrido”. “La literatura y yo no somos buenos amigos”. “Sólo he leído por obligación en el instituto”.” Son aburridos los libros obligatorios: son largos y complicados, hay en ellos demasiadas descripciones”. “¿Quién va a preferir leer un libro cuando puede ver la televisión, jugar a un videojuego o navegar por internet?” “Los libros no suscitan interés, no expresan nada, son pesados, una especie de suplicio”.

Estas son un resumen de las opiniones vertidas y que son reiteradas. Se deplora la falta de interés de los libros, su obligatoriedad, la desigual competencia con las nuevas tecnologías, su complejidad, su letra pequeña, el cansancio que produce la lectura…

A la vez se recuerda con enorme afecto el tiempo en que eran niños y alguien les contaba cuentos. Les dije que ahí comienza nuestra formación literaria: con la narrativa oral. Pero esa ligazón se va desvaneciendo a medida que se va creciendo hasta llegar a la adolescencia en que la lectura se ve como un padecimiento al que se resignan apáticamente, pues saben que es obligatoria en las asignaturas de lenguas.

Hay un alumno que, sin embargo, reconoce que lee novelas policiacas o de cariz psicológico, sobre budismo, criminología o grafología. Es el que más he visto predispuesto a abrirse a la literatura “obligatoria” de este año que incluye: una selección de poemas del siglo de Oro, una antología de El Quijote, El burlador de Sevilla de Tirso de Molina, una antología de la poesía de Rosalía de Castro, Eloísa está debajo de un almendro y Cinco horas con Mario.

Algo hacemos mal. Lo comentaba con Dunia, mi compañera de departamento, promotora de un proyecto de lectura en segundo de ESO que ha tenido un notable éxito. Prescindió de los libros obligatorios y fomentó que los alumnos en la biblioteca eligieran libremente los libros que iban a leer. Tenemos una buena base donde elegir de la llamada literatura juvenil. Los alumnos de tres segundos el año pasado leyeron –con el soporte orientador de Dunia- un promedio de seis o siete libros voluntariamente, y hubo alumnos –conflictivos en otros sentidos- que llegaron a leerse 17 libros durante el curso. No había obligatoriedad, no había examen pero debía presentarse una ficha cumplimentada sobre la lectura. La experiencia demostró que los adolescentes odian lo obligatorio (no sólo ellos) pero si son expuestos a la libertad y hay donde elegir, convenientemente motivados, pueden convertir la lectura en algo que no sea odioso. Hubo incluso quienes leyeron textos más complejos del prototipo medio como Caperucita en Manhattan o La historia interminable.

Para el que firma esto, son datos y elementos de juicio que me llevan a reflexionar. Movido por los más bellos ideales he planteado lecturas obligatorias con textos de densidad literaria y con frecuencia he conseguido rotundos fracasos. Hoy ha venido a verme una exalumna de hace varios años que recordaba cuando les hice leer en cuarto de ESO (16 años) Corazón kikuyu de Stephanie Zweig, La espuma de los días de Boris Vian y La metamorfosis de Kafka. A ella le fascinaron y todavía los relee, pero la gran mayoría de los estudiantes se mantuvieron totalmente alejados de lo que leían y muchos no se los leyeron. Esa fue la realidad.

Muchas veces ha surgido este debate en blogs pedagógicos. ¿Sirve de algo la obligatoriedad de las lecturas? ¿No estamos tirándonos piedras contra nuestro propio tejado? ¿Se puede forzar la lectura? ¿O es insoportable el verbo leer conjugado en imperativo como sostenía Daniel Pennac en Como una novela?

Considero a mis alumnos de segundo de bachillerato y me doy cuenta de que son herederos de una filosofía de la obligatoriedad, combinada ciertamente con otros factores, y que no ha dado resultado. Prácticamente todos detestan leer aunque reconocen que amplía el vocabulario y da cultura, pero ¿leer?, no gracias.

sábado, 11 de septiembre de 2010

De errores y contradicciones

Escribir con libertad interior no es necesariamente fácil. Llevo cinco años publicando y soy consciente de que en mis posts se han deslizado errores de interpretación o bien se han planteado profundas y serias contradicciones entre mi secuencia de ideas. No soy el mismo que comencé a escribir hace un lustro. La blogosfera me ha enriquecido y me ha hecho conocer líneas de pensamiento, experiencias, procesos íntimos de los blogueros… Pienso que no hay que temer equivocarse, ni a entrar en contradicción. Sólo los aquejados de elementalidad son siempre iguales a sí mismos y no incurren en el absurdo. Así pensaba Unamuno cuya vida y obra es para mí un ejemplo estimulante.

¿Se imaginan lo que es escribir sabiendo que te leen o que pueden leerte en el entorno personal y profesional más cercano? Uno puede caer en el temor a caer mal, a temer sus errores, a ir adecuando sus posts para que no resulten molestos, a irlos limando para que sean irreprochables y políticamente correctos para la administración o para las estructuras oficiales.

Mi post Censura digital en las aulas contenía errores que quiero reconocer aquí delante de todos. Sostenía que estaban siendo censuradas alguna aplicaciones por el Departament d'Ensenyament en el programa Educat 1x1. No es así. Salvo Facebook, Tuenti y Messenger, no he detectado que estén bloqueadas otras aplicaciones para los alumnos. No están bloqueados Gmail, Google docs, Youtube, Blogs o Twitter. Lo que yo percibí en una sesión informática fue un problema puntual que posteriormente no se confirmó. Mis disculpas públicas. Siento a la vez un gran alivio porque esto supondrá que estos canales estarán abiertos y serán utilizables. Me alegro de haberme equivocado.

Sin embargo, hacía una valoración del papel de las editoriales elegidas y mi intención de elaborar un programa propio adaptado a mis alumnos con serias dificultades de aprendizaje. Me confirmo en ello. Pienso que será un error convertir el programa 1x1 en un uso exclusivo del Libro digital de cada asignatura. Han sido hechos con mucho apresuramiento y los profesores con que he hablado deploran su deficiente calidad en las distintas materias. Será un error limitarse al uso del libro digital. Este programa nos abre perspectivas diferentes mucho más complejas que hemos de aprender a explorar y a atrevernos a llevar a cabo. Entiendo que muchos profesores asisten a cursos de formación y que esta dedicación ha de ser reconocida, pero también estimo que la revolución digital implica una convicción personal. Uno no puede seguir siendo el mismo profesor –con leves retoques- tras la incorporación a las aulas de las pizarras digitales y los ordenadores personales de los alumnos. Es como ir montado en una nave espacial y pensar que lo que uno conduce es un SIMCA MIL. Los cursos de formación no son suficientes, hay que pensar en digital y eso requiere de una íntima convicción, que estimo que no existe (aunque hay núcleos entusiastas a los que me he adherido tanto en Cataluña como en el resto de España. Entre los partidarios de la web 2.0 se distingue una gran ilusión por la incorporación de las TIC, pero también me anima su espíritu generoso que les lleva a compartir recursos y ponerlos libremente en la red. Me gusta ese ánimo conducente al intercambio, a la puesta en común, a pensarnos miembros de una conciencia e inteligencia colectivas que no tiene líderes y sí infinidad de conexiones que aportan cada una una parte digna de ser considerada.

El profesor medio desconoce esto. Le llega lejanamente. La tecnología es un mal necesario que hay que soportar y hacer algún cursillo de vez en cuando, pero ello no implica la transformación del proceso de pensamiento. Por ello, las editoriales –empresas que se lucran enormemente del mundo educativo- tienen a los profesores como sus más fieles aliados. Yo las he utilizado, siendo consciente de que elaborar es más difícil que seguir un texto. El mundo digital abre un nuevo campo en todas las áreas para adaptarnos al presente. ¿Qué es lo fundamental en lengua –me pregunto-. ¿Qué sepan analizar oraciones? ¿Penetrar en la densidad de las categorías morfológicas? ¿O tal vez que sepan escribir con sentido? ¿Qué entiendan un texto reconociendo sus ideas principales? ¿Que sepan puntuar un texto correctamente? ¿Que se sepan expresar oralmente con un léxico más rico? Alguien podría sugerir que ambas direcciones son compatibles, pero el esfuerzo que dedicamos para que reconozcan los arcanos de la gramática (conozco a un brillante profesor italiano de universidad, doctor en Filología Hispánica, que reconoce no saber nada de verbos transitivos o de complementos directos. En Italia no se le concede ningún valor a este tipo de contenidos), es tan alto que soy consciente de que los alumnos llegan a segundo de bachillerato incapaces de articular un texto con sentido. Eso sí puede que sepan distinguir –o no- una subordinada sustantiva de complemento directo.

En fin, quiero dejar claro a quien corresponda o lea esto, que seguiré escribiendo con libertad interior, me lea quien me lea, o reciba –legítimamente tal vez- los más sonoros rapapolvos institucionales por el contenido de este blog. Sé que me puedo equivocar o cometer errores, pero estos son connaturales a cualquier proceso de pensamiento. Aunque de eso a querer autocensurarme, nada de nada.

martes, 7 de septiembre de 2010

El último tweet de Sócrates

Hace unas semanas recalé en la cripta románica de Santa María de Aínsa. Intenté orar a mi manera –siendo un descreído- , pero no lo encontré como una contradicción insalvable. Stephen Hawking ha publicado un libro en el que argumenta que dios no existe. Ya hace tiempo que la ciencia y la literatura ha razonado y recreado que dios no es necesario para explicar el universo. A esa misma conclusión llegué a mis veinte años tras una profunda crisis de fe. Imagínense, una crisis de fe. ¿Qué es eso? Pero pienso que las crisis de fe son importantes, necesarias, estimulantes. De allí no saqué la idea definitiva de que dios no existía, sino de que no me era necesario para vivir.

En la iglesia románica de Aínsa fui consciente del poder que tuvo en otro momento la iglesia, de su capacidad de seducción (se equivocan los que piensan sesgadamente que la iglesia sólo tuvo poder arbitrario). Es no entender nada si no reconocemos la enorme seducción de lo sagrado, pero visto hoy el más magnífico retablo realizado por el más exquisito artista renacentista, no nos comunica nada necesario a nuestro tiempo. Ello no impide que reconozcamos su belleza y la sutileza que llevó en otros tiempos a los hombres a emocionarse y percibir la trascendencia. Las tallas sagradas son hoy monumentos funerarios salvo en las salvajes y paganas procesiones andaluzas.

¿Qué quiero decir con esto como enseñante que lleva treinta años en el oficio? Que casi nada del pasado nos sirve. Que hemos entrado definitivamente en otra era en que las inquietudes son otras, en que lo que emocionó en el pasado requiere de un esfuerzo suplementario para volver a darle vida si es que se consigue; que la velocidad interior de nuestro tiempo es infinitamente superior a la del siglo XIX e incluso del siglo XX; que no tenemos conciencia muy bien de hacia dónde vamos (si es que vamos a algún sitio, pero en todo caso vamos rápido, muy rápido); que la lentitud es una carga; que el mundo de las palabras se inclina ante el mundo de las imágenes vertiginosas. Que el cambio se desarrolla a una velocidad normal para los nativos, pero alucinante para los emigrados a esta época. No sabemos cómo pararnos. Y es necesario hacerlo, aunque sólo sea para tomar impulso y recapacitar.

Este curso se incorporan los ordenadores personales al proceso educativo. Mis alumnos estarán en clase con un PC conectado a internet, y yo estaré frente a ellos con una PDI, una pizarra digital y mi propio ordenador. ¿Qué significa esto? ¿Volveré a explicar la morfología del sintagma nominal? Es acción lo que requiere la situación, acción y teatralidad. El sintagma nominal pierde densidad que sólo puede recuperar con la praxis, con la experiencia. Se impone la experimentación, los saltos hipertextuales, los enlaces, el pensamiento discontinuo. El saber ya no es una enciclopedia ordenada y codificada, sino una vorágine de impulsos que enlazan unos con otros. Las partes están conectadas con el todo. El profesor pierde aparentemente su capacidad taumatúrgica y se convierte en un explorador que abre el mundo en su dimensión más desconocida a adolescentes que ya no son ingenuos y que creen saberlo todo. La pérdida de la inocencia es el factor más decisivo que he constatado en mis treinta años de profesión. Hubo un tiempo que mis alumnos se quedaban los miércoles por la tarde para ver una película alquilada en vídeo VHS. Era fascinante verlos en masa asistir en horas fuera de clase a ver Alien el octavo pasajero. El adolescente ahora hace el amor a edad más temprana, consume drogas y alcohol cada vez antes, tiene sus redes sociales que le comunican con el mundo. Sabe de la virtualidad y de la discontinuidad de la realidad, la tecnología es su mundo nativo, y la tecnología es extremadamente sexual y alienta la idea de que somos más fuertes que la muerte.

Pero nosotros hemos de incorporarnos a ese mundo haciéndolo nuestro y llevarles a la armonía del clasicismo, al lenguaje de la tradición, al pensamiento filosófico, a la poesía que implica transitoriedad y humanismo.

El profesor que no se incorpore a este mundo virtual y tecnológico no entenderá el universo de sus alumnos -aunque he conocido a magníficos profesores que sólo ansían poderse jubilar-. El tiempo del shock del futuro ha llegado hace décadas. El lenguaje de nuestro tiempo es la tecnología. Las pizarras son digitales, abiertas al mundo, a los lenguajes múltiples, a las conexiones interactivas, a la clase en red, al conocimiento informal, al sistema asistemático pero a la vez coherente en su discontinuidad, porque detrás de cada revolucionario que nos incorporemos a la contemporaneidad digital, ha de haber un hombre del medievo, del clasicismo, del siglo XIX. Hemos de traerles la cultura del pasado con el lenguaje de este tiempo.

Se abre un tiempo fascinante y lleno de perspectivas. Quien no se dé cuenta caerá en la inanidad, en la queja de la canción ya amanerada. Los deseducativos llegarán a desencontrarse con la entraña del presente y quedarán arrinconados, obsoletos, caducos. Definitivamente off. No me cabe duda alguna por qué mundo hubiera apostado Sócrates antes de apurar la cicuta y tras haber redactado su último tweet:

Yo sólo sé que no sé nada.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Censura digital en las aulas

Este año se inicia en Cataluña el proyecto eduCAT1x1, lo que supone que los centros que se han acogido al mismo contarán con ordenadores personales cofinanciados para los alumnos de primero y segundo de la ESO. Se supone que esto implica la incorporación al mundo digital y a la web 2.0. Sin embargo, veo escaso o nulo debate en mi centro, no sé en otros, sobre lo que esto significa en cuanto a nueva filosofía del aprendizaje. Lo único que ha tenido éxito entre mis compañeros ha sido una charla de la editorial TEIDE que ha sido la escogida para suministrar los libros digitales que sustituirán a los físicos.

Sin embargo, yo no asistí a esta reunión. Me negué a secundar el proyecto digital que cambia las cosas sólo en la superficie. Ignoro qué repercusiones va a tener sobre mis alumnos, pero quiero experimentarlas. Soy consciente del escaso aprovechamiento que obtengo por medios tradicionales, de modo que no quiero cerrarme la posibilidad de comprobar si lo que se aprende por la experiencia directa y personal, puede lograr mejores objetivos. No lo tengo claro, pero sí pienso que esto supone un salto cualitativo y un enfoque totalmente diferente a lo hecho hasta ahora. Quiero convertir el aula de segundo de ESO en un aula virtual en que los alumnos no utilicen el papel ni los libros digitales suministrados por las editoriales. La programación será la elaborada conjuntamente por el profesor y los alumnos. Quiero dar relevancia a la expresión oral y escrita, a potenciar su capacidad crítica, a la elaboración de resúmenes, a la realización de fórums poéticos en que los alumnos graben su propia voz recitando poemas, quiero elaborar un libro digital con narraciones o cuentos de distintas latitudes de mis alumnos, en su mayoría inmigrantes. Quiero realizar dictados digitales, trabajos de investigación sencillos, presentación del dossier –tradicional en mi centro- en formato word digital con índice, notas a pie de página, justificación de contenidos de toda la materia elaborada a lo largo del trimestre. Quiero utilizar imaginativamente la pizarra digital. Me he pasado muchas horas experimentando con ella. Curiosamente me he dado cuenta de que soy el único que lo hace. Tiene posibilidades interesantes, pero que hay que conocer. Quiero estar enlazado a internet para proyectar vídeos cuyo contenido quiero que resuman mis alumnos con sus palabras. Tengo la impresión de que este instrumento del 1x1 abre posibilidades inmensas que no están siendo evaluadas, y que son contempladas con abierto desinterés por la mayoría del profesorado que piensa que todo ha de cambiar para que no cambie nada. El comentario más explícito que he oído es el temor a que la webcam de los portátiles sea utilizada malévolamente por los chavales.

Un instrumento básico para que el aula virtual funcione es la conexión a internet a la que han de tener acceso mis alumnos. Sin embargo, la clave digital con que contarán para conectarse al wifi del instituto restringe radicalmente su acceso a la red. Imagino que velando por que no accedan en clase a páginas no adecuadas o de entretenimiento, se limita totalmente su uso del mundo de los blogs y los wikis en los que no pueden dejar comentarios ni intervenir; del mismo modo su acceso a youtube, twitter, facebook está igualmente cerrado. Pero no sólo esto sino que muchos de los enlaces educativos que se pueden obtener a través de Google (Earth, Maps, documentos, grupos de discusión, blogs de redes educativas, correo electrónico de gmail u otros) están severamente restringidos o totalmente inhabilitados porque se justifica que no son "educativos" por parte de la administración pública catalana (Departament d'Educació).

A lo único que parece que puede haber acceso abierto es al libro digital correspondiente de la editorial TEIDE que yo no quiero utilizar. Digo que hay acceso, pero esto no es exacto porque dependerá la capacidad de nuestros servidores, que se presupone será muy limitada cuando haya trescientos ordenadores conectados a la vez.

¿Dónde está la revolución digital? ¿Ha de haber censura para conjurar los miedos que se tiene a la red? No he encontrado en ningún sitio un lugar para el debate sobre ello. Prefiero asumir como profesor los riesgos de un acceso abierto y potencialmente creativo, que encontrar un internet despojado de la inmensa mayor parte de sus posibilidades y que quiero explorar. Hasta ahora la conexión del instituto no tenía limitaciones en cuanto a las webs y contenidos posibles pero desde que se ha instalado el 1x1, la red ha sido amputada en todo aquello que tiene de más fascinante.

¿Es esto lo que queríamos? ¿Seguir siendo esclavos de las editoriales que serán las únicas que podrán servirnos de referencia? ¿Habré de olvidar mi proyecto de aula virtual para utilizar esa bazofia editorial que se ha hecho a toda prisa y que todavía desconocemos en su mayor parte. ¿Hay alguien que comparta estas reflexiones? ¿Hay posibilidad de una acción conjunta para reivindicar una red de libre y total acceso? ¿O quizás se comprende la censura para evitar males potenciales?

Mucho me temo que lo que iba a ser un experimento revolucionario quede convertido en un simulacro despojado de sentido.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

El mito de la lectura

Johann Wolfgang von Goethe

Permítanme que les incomode en algo sobre lo que parece haber un consenso universal de la derecha y la izquierda bienpensante. ¡Algo increíble! Todos tienen entre sus presupuestos básicos que leer es bueno y, animados por ese pensamiento generalizado y aparentemente obvio, quieren fomentar la lectura en los niños y adolescentes, así como en toda la población en general. Todos parecemos estar de acuerdo en que promocionar la lectura estimula un montón de elementos y facultades del ser humano que nos llevan a la imaginación, la amplitud de miras, la buena ortografía, la tolerancia, la curiosidad, la grandeza de ánimo, los valores democráticos…

Y así en la escuela primaria y secundaria es objetivo fundamental introducir a nuestros alumnos en el maravilloso mundo de la lectura que descubre universos diferentes en que se pueden vivir otras vidas y ampliar nuestra cultura. Llevo muchos años en este empeño pero no lo tengo claro. No sé por qué la lectura es una actividad superior o más elevada que jugar al fútbol o ser aficionado a ver películas porno. En mi historia como profesor han pasado muchos alumnos. No tengo claro que los que se hicieron lectores sean mejores personas que los que no leen un libro nunca. Conozco a algunos de estos y no tengo nada que reprocharles. Ni puedo decir que tengan un espíritu más reducido que los que son lectores. No pienso que la lectura abra mundos o perspectivas sino al que previamente estaba preparado para que se las abriera. Conozco a lectores contumaces que son apocados, depresivos, con mala conciencia de sí mismos, que tienen pésima ortografía. Tengo el honor de conocer, en cambio, a excelentes personas, abiertas, llenas de humanismo y sentido del humor que viven en la realidad y que no leen jamás un libro. Su espíritu es abierto y nada sectario. No sé cómo han llegado allí si no han leído libros que estimularan su curiosidad intelectual. Y se hacen preguntas importantes y las resuelven bien. Por el contrario, sé de lectores impenitentes y viajeros que han dado la vuelta al mundo siete veces que tienen un espíritu reducido y limitado. También sé de lectores a los que la lectura ha llevado a ser mejores personas. Pero pienso que hubieran llegado de todas maneras incluso sin leer.

Los profesores hemos de dedicar una energía enorme en defender ese principio intocable de que leer trae consecuencias realmente extraordinarias y hemos de hacer leer a nuestros alumnos obras muchas veces banales para estimular su competencia lectora. Damos por supuesto que leer es un proceso complejo que hay que estimular poco a poco ofreciéndoles menús a su medida. No se llega a Ana Karenina así como así. Hay que empezar con cosas más a su alcance para potenciar su capacidad lectora. Y yo pienso que leer es como cualquier otra afición. Como jugar al ajedrez, al parchís, a los bolos, al fútbol… Tiene una pátina intelectual asociada en nuestra civilización que lo hace ser especial.. Nadie osaría defender que leer o no es indiferente. Yo lo hago. Lee el que tiene ganas, el que le sale, el que lo necesita… y éste no necesitará campañas de promoción de la lectura igual que al que le gusta el fútbol no necesita que le demuestren obligatoriamente que el fútbol es hermoso. No necesitamos leer para ser abiertos o tolerantes. La clave está en otro lado. Nadie tiene que demostrar que el amor es importante. Surge naturalmente. Ni se tiene que evaluar la capacidad de amar de los seres humanos. Leer es para algunos como respirar. No sé por qué. Llegarán a ello de cualquier manera aunque exista la mayor represión por parte del sistema, aunque en su casa no haya libros, aunque en su instituto no haya lecturas obligatorias, ni discursos de políticos que con sonrisas estereotipadas hablen de lo maravillosa que es la lectura.

Hay una industria editorial que necesita vender y como cualquier objeto de consumo promocionan sus productos extendiendo su validez como una necesidad estratégica para sobrevivir la humanidad.

No olvidemos que conspicuos nacionalsocialistas eran devotos lectores de Goethe, Holderlin, Kleist, Novalis… Y que algunos como el famoso doctor Mengele antes de ser conocido por su siniestra fama, hizo retiros espirituales en algún monasterio disfrutando de la meditación y la lectura.

Asistí hace un par de años a unas jornadas de literatura africana, y una escritora de cierta notoriedad nos hacía ver que los africanos no son buenos lectores ni siquiera en la universidad. Son refractarios a los libros y la cultura impresa. No se concentran en ellos, imbuidos como están de la vida en estado puro. Pero la cultura africana durante centenares o miles de años ha sido ágrafa y su literatura se ha transmitido oralmente por medio de leyendas, fábulas, cuentos… Hoy hemos de exportar también a África que leer La montaña mágica o El jugador ampliará su mundo mental, su imaginación, su capacidad de ser buenas personas…

Pero yo no lo tengo claro. Nada claro.



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