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sábado, 31 de julio de 2010

Descendiendo el barranco del Formiga.

Hoy ha sido mi bautizo en la bajada de barrancos o cañones. He descendido el río Formiga en Sierra Guara (Huesca). Pedi a la empresa que facilitaba los guías que fuera un cañón de iniciación y no de perfeccionamiento. Creo que no ha podido haber mejor comienzo siendo además un año muy húmedo en que los ríos bajan lujuriosos y torrenciales despeñándose entre las rocas.

Éramos un grupo de ocho más el guía, Pau, catalán afincado en la sierra Guara desde hace diez años. Los demás eran un grupo de siete vascos de Donosti y Zarauz que me han acogido con extraordinario calor y compañerismo. Eran Eva, Nerea, Arantxa, Carlos, Javier, Juanma y el otro no recuerdo su nombre. Han sido unos compañeros geniales que se han preocupado del equipo que formábamos ayudando cuando había dificultades o surgía en algún momento el miedo.

No sé si los que me leen han bajado alguna vez un barranco. Es una experiencia alucinante que desata adrenalina y endorfinas. El río Formiga baja encañonado entre rocas. Para desdender al inicio hay que rapelar (era la primera vez que lo hacía en mi vida) diez o doce metros. Me he agarrado a la cuerda sujeta en mi arnés y me he dejado caer confiando en la experiencia del guía que nos iba orientando. Luego han sido una sucesión de pozas a las que se accedía por entre toboganes entre las rocas, sifones en los que había que sumergirse, chimeneas en las que había que rapelar bajo la potente caída del agua de la cascada. Era un prodigio sumergirse en el agua profunda y clara y fresquita (aunque íbamos protegidos por nuestro traje de neopreno). Lo más emocionante eran los saltos de varios metros a los que había que lanzarse sin pensarlo dos veces. Todos nos ayúdabamos y nos dábamos ánimos. Nadie se quedaba atrás aislado. Cuando había un salto hay un momento de indecisión porque ves el agua abajo a siete metros por debajo y has de apuntar bien en tu caída. Has de impulsarte con fuerza y saltar sin pensar en posición con los brazos cruzados sobre el pecho en el momento de la inmersión. Parecía increíble pero cuando lo veías una vez abajo después de haber llegado bien, te invadía un bienestar maravilloso. Cuando caías te daba tiempo a contar uno y dos y te sumergías con fuerza en el agua. Los compañeros que habían pasado te hacían un gesto de apoyo y los que tenían que seguirte eran orientados por Pau. El agua estaba transparente y he bebido de ella en varias ocasiones. Me parecía deliciosa.

Este descenso ha durando unas dos horas y media. Los hay más largos como el famoso descenso del río Vero que algún día haré. Su principal dificultad es su duración que son unas seis o siete horas que te dejan agotado, pero en cuanto a problemas técnicos es menor que el que hemos hecho hoy.

Cuando hemos acabado nos hemos quedado con ganas de más. Nos hemos quitado los trajes y hemos desandado el camino hasta las furgonetas que nos esperaban en el inicio del camino. Luego una cerveza fresquita nos aguardaba en un pueblecito de esta increíble y onírica sierra de Guara, deshabitada salvo en pequeños pueblecitos en que vive muy poca gente. Es el paraíso de los barranquistas de toda Europa.

Pau nos ha explicado su vida libre e independiente en la sierra Guara. Hemos compartido con él la comida y la cerveza y hemos estado hora y media charlando sobre todo un poco en un camping que invitaba a vivir un verano eterno descendiendo barrancos.

El lunes haré otro, el descenso del Peonera. Ha sido mi bautizo de bajada de cañones, igual que otro día lo hice entrando en una cueva semiprofesional y aluciné con la espeleología, o en otro tiempo practiqué brevemente el submarinismo hasta que descendí a veinticinco metros y me di cuenta de que el mar es tremendamente oscuro a esa profundidad. Me echó para atrás, pero reconozco que el submarinismo es apasionante.

He sido feliz esta mañana. Por la experiencia humana y por el descenso que me hay llevado a dejar el miedo a un lado y lanzarme, confiando en la fortuna, al vacío. Abajo me esperaba una poza honda que me acogía.

Alucinante. El lunes más.

miércoles, 28 de julio de 2010

¿La infancia como paraíso?

Probablemente iniciar este debate a finales de julio sea un error, pero es cuando me surge con fuerza a partir de algunos comentarios en mi anterior post sobre el tiempo de la infancia y el sentido de pertenencia.

Muchos escritores han destacado la infancia como un territorio de excepción, tal vez mágico o sagrado en que nuestras visiones son de una potencia sobrecogedora. Dicen que nuestro único paraíso es la infancia. Josep Fábrega Agea en sus comentarios afirma que la infancia es la patria de todos. Yo le contesté que hay infancias muy diferentes, sugiriendo que hay algunas que son especialmente desoladoras. Josep me contesta que la suya fue triste y pobre, pero que es la única que tiene y que ha necesitado reconciliarse con ella mediante el autoanálisis.

¿Es tan poderosa la infancia en nuestra vida? Si leemos algunas reflexiones de Ana María Matute, es así. La infancia ocupa un lugar singular, único y excepcional en nuestra percepción de la vida. Es como si el niño que éramos nos fuera siguiendo a lo largo de nuestra adolescencia y nuestra madurez. Sin embargo, hay quienes olvidan la infancia y no recuerdan nada de ella o apenas nada. Hay otros que sostienen como Juan Poz en un comentario de hace dos años que :

Lo del universo primigenio de la infancia es, como poco, discutible. La infancia como edad dorada, como tiempo de excepción, no me acaba de convencer. No deja de ser una bonita/bobita figura retórica que encubre siempre la incomodidad con el presente, la inadecuación al aquí y al ahora; además de ponerle sordina a un tiempo de no pocos sufrimientos: causados y recibidos, porque la crueldad infantil no hace distingos. Que haya nostalgia del paraíso, puede, porque, como se describe a la pareja primordial en él, no hay necesidad de trabajar, la gran maldición humana, y se vive en la ignorancia de la comunión con la naturaleza. El hecho de que el trabajo y el acceso al conocimiento vayan ligados es de lo más diabólico que pueda imaginarse”.

Polemicé con mi amigo Poz y le dije:

Juan Poz, bienvenido a la conversación. No tengo otra referencia directa de la infancia que la que viví en primera persona y la que he podido observar en mis hijas. Sin duda, no he dicho que la infancia sea una época fácil, ni que no sea dolorosa y cruel. Por lo que yo sé, puede llegar a ser dramática según en qué circunstancias, pero es una época profundamente filosófica porque se inicia en estado virgen el acceso al conocimiento. Pocas conversaciones tan densas como las que he tenido a los cinco años con mi hija sobre la muerte y sobre dios. El universo infantil es puro, también para la maldad, no está impregnado del utilitarismo y pragmatismo y de la adulteración que nos hace adultos. Es una época de relatos que alcanzan una gran intensidad y no me desdigo de que en ella existe la magia como modo de percibir el mundo. Me puedes decir que todo eso es incierto y que cuando crecemos salimos de los engaños de la infancia. Puede ser, pero no por eso dejan de ser poderosos. Y hay culturas en que no hay tanta distancia entre el mundo de la infancia y el de la adultez en cuanto a cosmovisión. Me estoy refiriendo a las culturas aborígenes o más inocentes como la que describo en mi participación en espectáculos teatrales en Indonesia. Me puedes decir que nuestra facultad más elevada es la razón y que estas sociedades son retrasadas, proclives a las dictaduras y a la ausencia de progreso. Puede ser, pero no deja de ser interesante observarlas y considerarlas. Creo que la infancia es un territorio sagrado y salvaje. Al menos es lo que yo puedo recordar, pero no pienses que yo volvería a ella ni que la tenga idealizada. Fue la etapa más terrible que puedo recordar, pero eso no me impide volver a ella y encontrar en su cosmovisión algo que tiene en común con los pueblos llamados primitivos. Y no idealizo ni la infancia ni a los pueblos primitivos. Simplemente dirijo mi reflexión hacia estos estados del conocimiento en la medida corta de mis facultades. Un cordial saludo.

Esta es la pregunta que os planteo a los supervivientes del verano en un debate íntimo y minoritario: ¿Es la infancia un espacio de excepción? ¿Somos en alguna manera el niño que fuimos y es bueno que sea así? ¿Nos marca el periodo de la infancia? ¿La infancia es un periodo a superar? ¿Es negativa la idealización de la infancia como paraíso? ¿Cómo fue vuestra infancia? ¿Feliz? ¿Dolorosa? ¿Mágica? ¿Terrible?¿Está el niño en la persona que sois ahora? ¿Os sentís niños en algunos momentos? ¿Para qué sirve la infancia? ¿Necesitamos volver a ese estado? ¿Por qué?

Sé que no son preguntas fáciles, pero me encantaría que un pequeño grupo de adultos reflexionáramos en pleno verano sobre este tema.

Iniciaré yo el debate para romper el fuego.

sábado, 24 de julio de 2010

Descubrimientos

Villa de Alquézar

Es difícil condensar en un post las emociones y sentimientos que están avivándose en mis días de estancia en el Altoaragón. Se remueve un sentido de pertenencia a esta tierra que tengo muy olvidado. Hace muchos años que huí hacia otras latitudes, y casi siempre que he vuelto ha sido por circunstancias muy concretas. Soy un aragonés extraño. No participo de los fantasmas de la tribu, como tampoco de ninguna otra tribu, pero me encuentro, tras treinta años fuera de Aragón, que hay personas que detectan mi acento maño simplemente tras decir “buenas tardes” o algo semejante, y me gusta, igual que ayer paseando por las calles de ese maravilloso pueblo medieval que es Alquézar en el corazón del Somontano y de la sierra Guara, junto a los cañones espectaculares del río Vero, que un abuelo que encontré a la fresca en una de las calles jalonadas por arcos de piedra, me dijera que tenía en el habla mis raíces aragonesas. Recorrí junto a mi hija las calles color ocre, magníficamente conservadas, de esta villa coronada por la colegiata de santa María la Mayor en un esplendor de piedras bellísimas que se abren a la profundidad del cañón del río Vero sobre el que sobrevuelan alimoches y águilas calzadas en un vuelo abierto y circular.

Por la mañana habíamos atravesado desde L'Ainsa la onírica sierra Guara, desolada, vacía y misteriosa, atravesada también por cañones profundos que le dan una personalidad única. Nos llegamos a un pueblecito llamado Lecina en el que viven siete habitantes durante el año, todos mayores. Aragón en buena parte está desierto, lo he comprobado en zonas extensas de Huesca y en Teruel. Muchísimos hemos tenido que emigrar por la falta de recursos y la dureza de la tierra. Lecina, como decía, es un lugar singular. Pensé inmediatamente en Frikosal pues tiene que haber una visibilidad del cielo nocturno maravillosa por la escasez de pueblos apenas habitados. Es una comarca telúrica y magnética, así como es un lugar misterioso el paraje en que se alza la encina milenaria de Lecina, muy cerca del pueblecito. Me sentí cautivado por la belleza agreste y dura de estos paisajes que me gustaría recorrer más detenidamente, así como descender algún barranco, tal vez el mítico río Vero que atrae a jóvenes de toda Europa por su atmósfera aventurera.

En alguna manera me siento ligado a estos paisajes que desconocía y los siento un poco míos, pero no quiero que se me note porque tiendo a enfriar las emociones de pertenencia. Siempre he querido sentirme apátrida, periférico, extranjero, en cualquier sitio y por ende también viajero alucinado de cualquier paisaje que recorro de ese país extraño que es España. Sin embargo he viajado por comarcas aragonesas siempre con una encubierto sentimiento de calor y cercanía. Por ejemplo cuando visité Albarracín y la sierra del mismo nombre. Albarracín, junto a Valderrobles y Calaceite en el Matarraña y el citado Alquezar en el Somontano, son pueblos bellísimos, de los más hermosos de España, lo que es decir mucho porque este país cuenta con todavía extraordinarias villas magníficamente conservadas.

Esta mañana he ascendido, como comenté en el anterior post, con mi hija Lucía hasta el ibón de Plan. Han sido tres horas y cuarenta minutos de subida y casi tres horas de descenso, un ejercicio muy fuerte para mi hija que no está habituada a caminar. He disfrutado enormemente de su compañía atravesando bosques de pinos y prados llenos de lirios hasta llegar a ese circo espléndido que rodea al ibón de Plan. Era nuestro primer ibón juntos, pero espero que no sea el último. He sentido en esta pequeña aventura algo próximo a la felicidad cuando, siguiendo el sendero, nos adentrábamos en el silencio del bosque y el sonido de algunos torrentes que hemos tenido que cruzar. Lucía compartía conmigo sus emociones y descubrimientos, y yo, concentrado en la situación, me holgaba y solazaba en su compañía y lo inolvidables que me iban a resultar esos momentos. Me gustaría volver a repetirlo. Espero que a mi hija le guste caminar. Para mí ha sido una vocación desde que pude empezar a hacerlo a los catorce años.

Mañana nos acercaremos a Boltaña, cerca de L'Ainsa a conocer la feria pirenaica de Luthiers que concluye el 25 de julio. Le debo a Amparito la noticia de esta feria. En unos días volveré por estas tierras altoaragonesas y seguiré el festival de títeres de Abizanda y descenderé un barranco cumpliendo un sueño que tengo hace muchos años.

Son casi las once de la noche y hace frío. Por la noche hay que meterse bien en el saco y taparse con mantas. No sé cómo van las temperaturas por otras latitudes, pero esta última noche he pasado bastante frío.

Me quedan pocos días en esta comarca y quiero disfrutarlos. Me ha sorprendido el calor íntimo, que no quiero olvidar, y que he sentido al conocer estos paisajes y paisanajes.

Un saludo a todos.

martes, 20 de julio de 2010

Sueños del Pirineo

Me gusta de vez en cuando aproximarme a las grandes montañas, las del Pirineo de mi juventud que recorrí en interminables travesías durante mi época de estudiante. Hoy no tengo la misma potencia pero disfruto (y sufro) subiendo montañas y collados. Ayer ascendimos desde Saravillo (valle de Chistau) hasta el ibón de Plan también llamado Basa la Mora por los de Saravillo. Fueron tres horas de exigente subida para alguien poco entrenado como yo. Echaba en falta a mi hija pequeña, sobre todo cuando veía grupos de muchachos de su edad que ascendían con esfuerzo entre pinos, abetos, robles y llegaban agotados a los prados de las alturas llenos de lirios bellísimos. Éramos tres los montañeros de secano: Javier y su hijo adolescente Álvaro. Fueron tres horas y cuarto de ascensión hasta llegar al refugio a dos mil metros. Habíamos comenzado a novecientos metros. Desde allí en media hora nos acercamos al ibón que este año brilla con luz propia, rodeado de un circo espectacular de montañas y prados esbeltos que me recordaban a los que aparecen en los Milagros de Nuestra Señora de Berceo. Sentado a la sombrica de unos árboles engullí un bocata de jamón del Somontano que me sentó genial.

A los adolescentes no les gusta caminar por la montaña. En seguida se sienten cansados. Tuvimos ocasión de comprobarlo en diversos grupos de muchachos que subían extenuados y aburridos entre paisajes maravillosos y soberbios. Caminar es un hábito en el que hay que prepararse para sufrir un poco, hay que echarle aguante, y a la vez ser capaz de disfrutar en el recorrido por bosques espléndidos, los regatos de agua y la orografía de la montaña... A veces pienso si la realidad virtual del mundo tecnológico y la televisión han desplazado la capacidad de maravillarse de estos muchachos refractarios al sacrificio. Mañana quiero compartir con mi hija de diez años la subida de nuevo. Iremos los dos solos. Sé que sufrirá pero vivirá una experiencia única que tal vez le deje un recuerdo yendo con su papá. He hecho alguna caminata con ella, pero no tan exigente como esta.

Me gusta el camping y dormir sobre el duro suelo simplemente con una esterilla de goma. El resto de mi familia utiliza colchones hinchables pero yo no los soporto. Quiero sentir el suelo, y además tiene una ventaja añadida. Mi sueño es profundo pero irregular y me despierto cada cierto tiempo y soy muy consciente de mis sueños. Federico Fellini decía que nuestra única realidad son nuestros sueños, y lo disfruto estos días en que duermo intermitentemente. Son sueños extraños, precisos, con una calidad narrativa extraordinaria que me asombra y maravilla. Esta noche han sido especialmente angustiosos. Son tan íntimos que no me atrevo siquiera a sugerirlos o esbozarlos. He vivido toda una secuencia de imágenes coherentes, llenas de dolor que me han henchido de ansiedad y miedo, pero a la vez su fuerza me ha cautivado. Creo que en mi diario más personal haré una reseña de estos sueños. No sé cómo se generan los sueños, pero me intriga la audaz combinación de imágenes e historias que no sería capaz de inventar en mis estados de vigilia. Mi yo soñador es mucho mejor que mi yo despierto. Tendría que tomarlo como inspiración de la narrativa que algún día quisiera iniciar, y que sólo esbozo en este blog. Hay en mí la mentalidad de un artista genial que no tiene correlato con mi capacidad o inteligencia que está muy por debajo de mi potencialidad onírica.

Hoy está nublado y amenaza lluvia. La temperatura es suave. Yo escribo en mi ordenador en la zona wifi del camping y escucho en Spotify a Billy Holliday concretamente A Sailboat in The Moonlight.

Me atraen los espacios de ensoñación. El viento agita los robles, las flores rojas se estremecen, yo escribo. Me he traído varios libros al camping: Grupo de noche de Juan Madrid, Crónica sentimental en rojo de Francisco González Ledesma, al que tengo un apego especial porque yo a mis catorce años empecé a leer novelas del oeste que tenían como protagonista a Silver Kane. Y nunca lo he confesado pero yo era un entusiasta de las noveluchas de tres pesetas de Marcial Lafuente Estefanía. La regla fundamental de estas novelas era la de no aburrir e interesar al lector desde la primera línea. En esta escuela se formó González Ledesma. Además me he traído literatura más selecta como El Danubio de Claudio Magris que empecé a leer en Barcelona y me desbordó por su densidad. Necesito para él, una concentración muy superior a la normal, pero sus primeras páginas me deslumbraron.

En este camping del altoaragón hay una ludoteca, una biblioteca bien surtida y un loro que se llama Paco que de vez en cuando da un silbido reclamando nuestra atención. El restaurante se llama Iglesia de Pepelu, lo que me ha hecho gracia.

Va a llover, leeremos y nos acercaremos por la tarde a Aínsa. Me gusta este ambiente tormentoso y templado, sin hacer calor ni frío. Además escribo y disfruto de esta levedad y maravilla de este tiempo ligero y soñador.

miércoles, 14 de julio de 2010

Eros y thánatos

Hablar de amor y muerte en pleno verano parece extraño. Mi post titulado Rituales recibió comentarios elogiosos hacia la figura de este profesor, pero quiero aclarar que son inmerecidos por completo. El texto del post era pura ficción. En el título lo aclaraba o pretendía aclararlo con esa palabra entre paréntesis. Nunca sucedió lo que firmaba ese personaje apócrifo al que le di el nombre de Sergio Caballero. Nunca llevé a mis alumnos a visitar cementerios, fábricas de ataúdes, institutos anatómico forenses, redes de alcantarillas de Barcelona… Es cierto que una vez en Berga participé en una representación callejera de un grupo internacional que desarrolló la idea de una secta necrófila vindicativa de los ritos de la muerte. Esto es rigurosamente cierto. Fue en agosto de 1987. Y la función en un domingo de verano fue un éxito.

No sé si disculparme porque en el título quería dejarlo claro. Era ficción. La carta la redacté yo, y pensaba que todos los lectores se darían cuenta de que aquello que contaba era imposible. Hubiera sido impensable entonces y ahora plantear un curso que se centrara en la reflexión sobre la muerte. Pero he de reconocer que es una experiencia pedagógica que me he quedado sin llevar a cabo, y me hubiera gustado mucho. La muerte es una de mis reflexiones fundamentales. Yo soy yo porque voy a morir. Todos vamos a morir. No hay ningún lector que lea esto (si hay lectores este verano) que no vaya a tener esa experiencia que yo considero luminosa. La muerte es un tránsito luminoso, tal vez hacia la nada. No sé. Volveré a lo que era antes de nacer. O sea cero. Inexistencia.

Me hubiera entusiasmado interesar a mis alumnos en la idea de la muerte, pero el sistema no lo hubiera permitido. No hay idea más reprimida que la idea de la muerte. No la aceptamos. En otro tiempo se reprimía el sexo de múltiples maneras. El sexo era pecado, suponía la condenación absoluta… El placer era culpabilizado. Sin embargo, la evolución de nuestra sociedad –con la aportación decisiva de la década de los sesenta- ha llevado a desdramatizar y reivindicar el eros… y se puede decir que ha entrado en nuestra sociedad occidental como un compañero de nuestro modo de ver las cosas. Todo nos habla de sexo: la publicidad, el cine, la ficción… El eros en alguna manera es la victoria sobre la muerte, es la ilusión efímera de que somos más fuertes que la muerte. La muerte es, en cambio, ocultada, reprimida, orillada. Sexo, sí; muerte, no. Sin embargo, en la historia han estado unidas, especialmente en la literatura, en nuestras pulsiones existenciales, en nuestra psique… La muerte planea sobre cada instante de nuestra vida. Somos lo que somos porque vamos a morir, y lo sabemos. Los días que me quedan son limitados, tienen un número. Pero no gusta pensarlo. Tenemos en nuestra dialéctica interna múltiples recursos para olvidarlo: no pensar en ello, desarrollar nuestra potencia sexual (hasta que se acaba), consumir, reclamar el placer, alimentar la ilusión de que somos eternos…

Cuando hacemos el amor en sus innumerables formas practicamos el eros, pero también el orgasmo nos aproxima a la muerte, hacia la desaparición de nuestra individualidad, hacia el cero, aunque sólo sea por efímeros instantes… Nos fusionamos con el ser amado y desaparecemos como ego… Instantes, brevísimos microsegundos. Nunca hay mayor proximidad a la muerte que el orgasmo o el sueño, nuestra diaria incursión en la renuncia al ego. Porque vivir es sostener el ego, y la muerte es la aniquilación del ego, su desaparición completa. Nada hay que sobreviva después de nuestra muerte, y ello implica un abismo inconmensurable al que nos gusta aproximarnos porque nos atrae el vacío. No hay voluntad más potente que la tentación de vacío en medio del clímax de nuestra vida, en medio del cenit del verano.

Dejo reposar mi cuerpo sobre la roca frente al mar, es la plenitud del verano, la totalidad del ser, después de un baño prodigioso en que he sido uno, totalmente uno. Sin embargo, hay una pulsión inconsciente de detener ese instante, de hacerlo eterno, de residir en la integridad del ser, y ello nos acerca al éxtasis de la muerte en el momento de mayor expresión de nuestra energía.

No hay sistema educativo que permita hacer una reflexión orgánica sobre la muerte. No lo querrían los alumnos, ni la dirección del centro, ni los padres, ni la administración… Las experiencias del abismo son totalmente reprimidas, pero nuestros alumnos se acercan a ellas mediante el uso de la tecnología que proporciona una ilusión de potencia e inmortalidad, el alcohol, las drogas, el consumismo abrumador que presta otro espejismo de alejamiento de la muerte…

Pero todo es ficción. La muerte planea sobre cada relámpago de nuestra vida. Pero no es de buen gusto recordarlo… Hubo otras épocas en que la muerte era más aceptada y el eros era una forma de combatir lo fugaz de la experiencia. Hoy se la silencia, se la esconde, se la hace desaparecer en nombre del vitalismo, pero no hay vitalismo sin conciencia de muerte. No somos eternos. Es bueno recordarlo, incluso en este verano cenital y que invita a la plenitud. Por ello precisamente, por esa plenitud, es bueno recordarlo.

Y, desde luego, me habría gustado poder reflexionar sobre ello con mis alumnos, pero no hay mayor tabú que la muerte. Un tabú extraño y enfermizo.

Me despido, pasad un buen verano. Dedico este post a María del blog amigo de Ad kalendas graecas que me acompañó en mis reflexiones sobre Rituales sabiendo que eran pura ficción.

jueves, 8 de julio de 2010

Rituales (ficción)


He recibido un correo electrónico que me ha evocado otro tiempo y otro lugar. He cambiado el nombre del remitente y os lo ofrezco a vuestra consideración.

Hola, Joselu:

No sé si se acordará de quien soy. Fui alumno suyo hace veinte años en el antiguo COU. Yo me acuerdo perfectamente de usted y de sus clases. Se podría decir que han marcado mi vida para bien y para mal. Lo que hoy soy se lo debo a usted que me abrió caminos insospechados y poco transitados. Me gano la vida con la palabra como usted nos enseñó a hacer. Escribo elegías fúnebres para funerales civiles y religiosos. Desde sus clases me interesé por el tema de la muerte de la que tanto nos hablaba. Recuerdo las salidas que organizó en el instituto a ver diferentes cementerios, a algún tanatorio, a funerales, a una fábrica de ataúdes ecológicos… Usted decía que éramos fugaces y que pasaríamos mucho más tiempo muertos que vivos. Pensaba en ello en aquella experiencia surreal que supuso la visita al mundo subterráneo de Barcelona, al mundo de las cloacas, alumbrados con linternas. Ese submundo me afectó profundamente. Vi que las cosas tenían varios ángulos y que el lado oscuro no suele ser nunca alumbrado porque la gente le teme. Recuerdo también aquel happening extraordinario en que simulábamos ser una secta necrófila que evocaba la belleza de los rituales de la muerte –perdida totalmente ante el pragmatismo antipoético contemporáneo-. Aparecimos en las calles del pueblo de Berga ataviados de negro, con hachones encendidos y tocando varios de los compañeros tambores con ritmo fúnebre. Llevábamos un ataúd fabricado por nosotros. El ejercicio teatral era conseguir que alguien del público se metiera dentro del ataúd. Entonces vimos el terror que inspira la muerte. Nosotros decíamos a la gente -el texto lo habíamos compuesto entre todos los de la clase- que la muerte era bella. ¡Qué profundo escalofrío lograban nuestras palabras entre los espectadores que ante solo un gesto nuestro salieron corriendo despavoridos por la calle Mayor de Berga!

He de decirle que usted fue genial. Organizamos otra salida, que no fue autorizada por el centro, a un centro anatómico forense de la comarca. Fue la culminación extraordinaria de un año alucinante. No estaba autorizada ni por padres ni por la dirección pero fuimos la mayoría. Todos aquellos muchachos nos sentimos fascinados en aquel curso dedicado a la muerte y la literatura de aquel COU singular. Yo me acostumbré a visitar cementerios a horas sombrías y buscar las tumbas de niños a los que empecé a dedicar reflexiones que redactaba cuidadosamente. Hay todo un arte en las tumbas infantiles. La muerte es un tema magnífico. Durante un tiempo pensé dedicarme a organizar funerales al estilo antiguo, pero observé que la gente estaba demasiado metida en el consumismo para ponerse a pensar en el único acto en que seremos importantes en nuestra vida. Imaginé que me dedicaba al arte sepulcral o al maquillaje de difuntos que en otros países tiene bastantes posibilidades y requiere una enorme imaginación.

He viajado por múltiples países de África, Sudamérica y Asia conociendo rituales funerarios que todavía mantienen su capacidad poética. Aquí hemos olvidado totalmente la maravilla que desarrollan los ritos de la muerte. Hay países en que el funeral dura más de quince días en que la gente come, baila, bebe, habla, ríe… Y el muerto está presente. No se lo tiene por macabro o desagradable. La muerte es un tránsito hacia el enigma como usted nos explicó. En Mexico participé en las fiestas llenas de alegría del día de los muertos. La muerte no tiene por qué ser triste o fea. De ahí la importancia de los rituales de transición. Nada hay más hermoso que un buen funeral en el que no debe faltar el banquete fúnebre con platos afrodisiacos. Nada hay que estimule más el eros que un funeral. Me aficioné a ir a funerales, a visitar los tanatorios y me di cuenta de que la gente necesitaba palabras para expresar su dolor, palabras que no debían ser sólo sentidas sino literarias en las que la retórica es esencial. Escribo en tercetos libres y me adapto a cualquier idiosincrasia y estilo. Lo importante es convertir ese acto del que la gente huye, porque le recuerda tal vez con fastidio su propia muerte, en algo digno, inolvidable, profundamente literario y lleno de emoción. Me empapo de la vida de los fallecidos, hablo con sus deudos y en pocas horas redacto una elegía que no desdice de la que dedicó Jorge Manrique a su padre. Nadie olvida un funeral en que yo sea el escritor del sermón. Me apasiona llevar el consuelo a los familiares y amigos del difunto pero no con los tópicos de rigor. Me inspiro en los surrealistas para tejer un discurso que sale del más profundo inconsciente. Es detestable convertir un acto repleto de potencialidad estética en un bodrio fastidioso. Los que oyen un panegírico fúnebre mío no lo olvidan jamás. Es un arte que llevo en la sangre. Creo que no podría haber sido otra cosa, y todo se lo debo a usted y su espléndida intuición de olvidar el programa oficial de COU y dedicarnos a investigar la muerte en todos los sentidos. Descender a las cavernas extraoficiales y al mundo de las tumbas te proporciona un glamour y una penetración intelectual muy distinta a la de los que se dedicaban a leer libros convencionales recomendados por las editoriales. Sé que es la época del pensamiento correcto y que lo que usted hizo no puede de nuevo llevarse a cabo, pero deberían organizarse más salidas a los cementerios, componer cantos fúnebres, ver un cadáver al menos durante el curso y escribir la impresiones de los alumnos. Pero intuyo que hoy día, desgraciadamente, es más tabú llevarles a disfrutar estas experiencias extraordinarias que repartirles preservativos o llevarles a sex shops. Pero ¿cómo entender el arte del sexo sin haber pensado alguna vez profundamente la muerte?

He descubierto su blog por casualidad, y he visto que no habla de aquel año inolvidable. Quiero hacerle llegar mi afecto y mi recuerdo, por una de las experiencias más motivadoras en las que he participado en mi vida. La nueva pedagogía tendría que reflexionar sobre ello. Pero prefiere vivir en el mundo de Canal Disney.

Sergio Caballero (poeta y artista funerario).

miércoles, 7 de julio de 2010

Matar a Platón



Estoy haciendo pruebas con una nueva herramienta que he conocido a través de Antonio en su blog Repaso de lengua. Pienso que ofrece unas posibilidades extraordinarias, mucho mayores que las que ofrecían los glogs, pero de momento soy muy inexperto. Quede aquí el ejercicio hecho en este inicio de verano. Estoy impaciente por seguir experimentando. Todavía no sé cómo insertar vídeos. Es un recurso altamente interesante y de manejo muy intuitivo.

En la derecha hay una opción de Autoplay en la que, si clicáis, se abrirá el proceso de reproducción. También lo podéis ver en pantalla completa en Fullscreem.

Es sólo un experimento.

Feliz verano.

jueves, 1 de julio de 2010

El general della Rovere

Me atraen los sistemas de pensamiento, los edificios ideológicos que se sustentan en razonamientos lógicos y coherentes con una cosmovisión elaborada, me fascina el crecimiento orgánico de un modo de pensar. Es la historia de la filosofía y el pensamiento en la que pensadores destacados –a veces genios- han desarrollado una estructura de ideas sólidamente establecida.

Me atraen más los pensadores pesimistas que los optimistas, aunque estos no dejan de suscitar mi atención, sobre todo cuando tras una visión luminosa del mundo bien hecho evolucionan hasta pensar que no estaba tan bien hecho. Ese momento de cambio me hechiza. Creo que de los sistemas de pensamiento me interesa más cuando entran en crisis, cuando se convierten en otra cosa, poniendo en cuestión todo lo que eran convicciones firmes. Llega un momento que la exactitud me cansa, me cansa que alguien tenga tan claro todo como para no ponerle comillas a sus convicciones. Suelo leer a Fernando Savater. Lo conocí en persona y lo he admirado desde que leí La infancia recuperada, pero he observado que ha llegado a fatigarme. Me lo sé demasiado, me gustaría que entrara en crisis y que sus argumentos se contradijeran con los anteriores.

Del mismo modo, los que poseen patrias a las que ser fieles no despiertan mi curiosidad, más bien mi hastío, reconociendo, no obstante, sus razones. Me gustaría que algún día se encontraran sin esperanza basada en un trapo o unos colores que les ayudan tanto a resolver la desazón existencial.

Los que poseen sistemas ideológicos firmes suelen hablar con seguridad, con dignidad, con suficiencia, con conciencia de moralidad. Saben dónde está el bien y exactamente dónde está el mal. Me da igual si son a favor de algo o en contra de algo. Lo noto en sus palabras, en su modo de hablar engolado y solemne. Da igual que la realidad sea diferente a lo que ellos juzgan. Ya vendrá la historia –la necesidad histórica- a poner las cosas en su lado moral, limpio, auténtico, puro…

Me interesan las crisis, me gustan las personas en crisis, en eterno proceso de aprender sabiendo que nada es absolutamente firme. No sé si será porque no puedo presumir de pureza racial, ni ideológica, ni nacional… Me siento profundamente impuro y me atrae la impureza, la presencia de la sombra entre las luces. Nunca diré con mucha convicción viva algo, ni me declararé fan de nadie, ni siquiera de mí mismo, de mí menos que de nadie… pero pienso que está bien, no deja de ser un modo de entender las cosas que no se toma demasiado en serio a sí mismo. Son temibles los que se toman demasiado en serio a sí mismos, los que creen en algo con absoluta convicción. No sé en un momento extremo quién me tendería una mano, quién me hundiría hacia el fondo o quién se hundiría conmigo para salvarme, y yo no sé a ciencia cierta qué haría yo. Parto de esa radical falta de convicción en casi cualquier cosa, salvo mi familia, y algunas cosas que sí tengo claras y que se resumen en dos principios que enunció Borges: sé justo y sé feliz. No tengo claro mucho más. Ni falta que hace. ¿Las banderas? ¿Los himnos? ¿Los sistemas filosóficos? ¿Los libros de autoayuda? ¿Las convicciones inconmovibles? Bah. Cuando veo a alguien seguro de sí mismo, me hace gracia, observo su mirada clara, su postura, su posicionamiento moral, sus gestos seguros… Es aleccionador. Supongo que por eso me atrae Dostoievski y todos aquellos escritores que han hecho de la fragilidad humana el eje de su literatura salvando a todos, porque todos tienen de alguna forma sus razones. No hay una Razón, sino infinitas razones, que el observador escéptico mira con ternura y con cierta sonrisa divertida, tampoco irónica y menos sarcástica o burlona. Cada uno vive como puede, adquiere certezas si eso le ayuda a vivir, despliega banderas si eso le proporciona consuelo existencial… pero a mí quien me atrae es el mangante y chorizo que da cuerpo a la película El general della Rovere (1959) dirigida por Roberto Rossellini. Un cabrón que se convierte en héroe y muere con dignidad después de ponerse en la piel del general que la policía nazi le había hecho suplantar para delatar a sus colaboradores en la cárcel.

Me atraen los hombres sin atributos; los que tienen seguridades absolutas me producen miedo, desconfianza y un profundo aburrimiento, aunque los respete y me diga que la naturaleza humana es así. Pero me quedo con los oscuros, los tristes, los ingenuos, los descreídos, los que adquieren la fe tras un proceso de oscuridad, los que pasan a la oscuridad tras poseer una fe.

Y también en los que creen en que puede haber un mundo mejor como el barbero que enseñó a Victorio Emanuel Bertone a saber que se podía esperar en el hombre y el coraje y el valor necesario para serlo en consecuencia.

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