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lunes, 28 de junio de 2010

Catalunya

Acaba de salir la sentencia sobre el estatut catalán. No la he leído, pero tampoco he leído el estatut. O sea que da igual lo que diga. Yo no lo voté. Me he tomado una copa de cava y a continuación escribo sin pretensión de lo que diga tenga la más mínima importancia. No me hagan caso. Me he tomado una copa de cava y estoy un poco ido. Que nadie me tome demasiado en serio. Quiero pensar en Catalunya. La tierra donde vivo, la tierra donde nacieron mis hijas y mi mujer. A la vez siendo totalmente ajeno porque yo nací en otra tierra de la cual apenas me acuerdo. Pero ya lo he dicho otras veces. No sé de dónde soy. Vivir en Catalunya supone cierta esquizofrenia porque el que ha llegado de afuera nunca acaba de situarse. Puede identificarse con los fantasmas de la tribu o no. Yo no me he identificado. Vivo y dejo vivir, pero nunca en mis treinta y un años en estas tierras me he sentido menospreciado o marginado. Es un espejismo lo que se hacen los que juzgan la realidad desde fuera. La realidad catalana es extraordinariamente compleja. Siempre me he entendido bien con los nacionalistas catalanes sin dejar de ser lo que soy, un español galdosiano, tal vez cervantino. A la vez he aprendido a apreciar a Raimon Llull, a Joanot Martorell, a Ausias March, a Narcis Oller, a Frederic Soler Pitarra, a Foix, a Carner, a Papasseit, a Joan Brossa… Nunca he aguantado el sentimentalismo edulcorado de Martí i Pol. Entre mis lecturas preferidas está el Quadern Gris de Josep Pla, heterodoxo donde los haya y al que nunca se concedió el Premi a las Lletres catalanes por su desviacionismo. Admiro a Boadella, el glosari de Eugeni D’Ors, a Pedrolo, a Pere Calders, a Quim Monzó… todo mezclado y heterorodoxo. No es el nacionalismo el que me guía en mi elección sino la calidad literaria. Creo que la literatura catalana es un valor muy estimable en el conjunto de la literatura de España.

Pero esto no es suficiente. Asisto con temor al desprecio que suscita la realidad catalana en los comentarios que abundan en la prensa digital. Nunca me he identificado con el nacionalismo catalán, pero tampoco con el antinacionalismo radical que abunda a veces disfrazado de racionalismo extremo. Jordi Pujol lo explicó en multitud de ocasiones. Nunca le voté, pueden tenerlo por seguro, pero he de reconocer que fue un estadista formidable y que siempre actuó con responsabilidad en la política española. La forma de ser españoles los catalanes es siendo ellos mismos. O sea que la forma de ser español es ser catalán. Esto no se entiende y leo comentarios que muchas veces son hirientes, muy hirientes. Hace unos días mantuve una polémica en un blog que estimaba, por su sectarismo, por su maniqueísmo, por su anticatalanismo radical que apelaba a la falta de moral de la pedagogía catalana, acompañado de una senyera y argumentos sesgados y faltos de rigor. Me hirió. No porque yo sea un nacionalista, que no lo soy, sino por la falta de sensibilidad que en nombre del racionalismo ofende una forma de sentir nacionalista que es la que predomina aquí y que he aprendido a respetar, aunque no a compartir.

Pero es absurdo que yo defienda esto aquí porque yo soy un antinacionalista y no concuerdo en absoluto con el nacionalismo catalán. Pero sí que entiendo su forma de sentirse herido ante muchos comentarios o formas de juzgar una realidad compleja y plural.

Les confesaré que hace años en un famoso pub gay de Barcelona coincidí con una excompañera de facultad de la especialidad de Filología Hispánica en Zaragoza. Se llamaba Carme. Ella, tras unas cuanta copas, me confesó que militaba en un partido independentista catalán pero ella lo que ansiaba era ser andaluza, sentir como los andaluces. No espero que concedan crédito a lo que escribo ni que entiendan que en un viaje que hice a Andalucía con un compañero nacionalista -herido en su niñez por la prohibición y desprecio del catalán- hace más de veinte años, él me hablara en catalán hasta que salimos de los Països Catalans y luego me torturara con cassettes de himnos de la legión o del cuerpo de infantería y que su sueño era hacer el amor con una muchacha andaluza.

Las palabras hieren más de lo que parecen. Es fácil menospreciar, juzgar o condenar lo que uno no conoce. A veces uno piensa que no se dan cuenta de que los catalanes serán españoles siempre que se les respete ser catalanes, en alguna forma diferentes, eso no implica aquiescencia con la política nacionalista catalana con la que soy muy crítico. Pero no estaría mal pensar que uno de los problemas fundamentales de este conflicto es la sensación –muy confirmada- de aversión a los catalanes que sobre todo ansían ser estimados pero siendo lo que son. Y duele leer muchos comentarios que esquematizan la situación. Los que vivimos en ambas riberas –entendiendo los argumentos de unos y de otros- podemos contribuir a una forma superior de entendimiento alejada de los prejuicios y los lugares comunes. No acepto los nacionalismos provengan de Salamanca o de Vic.

Una vez, hace años, en Alcázar de San Juan, haciendo la ruta cervantina, asistí consternado a la destrucción de un azulejo que reseñaba el nombre de un molino. Era el único que estaba roto. Se llamaba Barcelona. Me hirió sobre todo habiendo leído las palabras de un manchego llamado Miguel de Cervantes, extraordinariamente elogiosas con los barceloneses y los catalanes en general.

Pero estoy en un terreno raro que no será entendido por muchos, porque no soy un modelo de catalán ni de español, de hecho no creo que sea modelo de nada. Pero está bien así.

jueves, 24 de junio de 2010

Fragmentos de interior

Dicen que en España no se prodiga la literatura memorialística, aquella que se dedica a indagar en la memoria explorando el pasado, aquello que tal vez ocurrió o que se nos dibuja con algunos colores especialmente densos en nuestra intrahistoria. También es lugar común que no abunda la literatura intimista, aquella que ahonda en los parajes del alma, en los vericuetos de la intimidad, en esas galerías de las que hablaba Antonio Machado. Quiero pensar que son géneros que no concuerdan demasiado con nuestra forma de ser, o que consideramos que son expresión de paisajes que no deben ser mostrados, entre otras cosas por un pudor que juzga que mostrar lo íntimo es algo pornográfico. Sin embargo, en otras literaturas como la francesa y la inglesa son abundantes los libros de memorias y el desnudamiento del yo más íntimo ofreciendo documentos llenos de interés, puesto que dichos ejercicios, cuando van más allá de lo meramente anecdótico, abren campos inesperados y tal vez nos ayudan a iluminar nuestra propia vida.

Es lo que yo llamaría –sin excesiva originalidad- una literatura de la experiencia. Hablar de nosotros mismos no es necesariamente una muestra de vanidad, de falta de recato, de exhibicionismo. Depende, no toda vida ofrece ángulos interesantes y el mostrar aspectos sin el filtro preciso de lo oportuno, de lo que excede a lo trivial, puede ser enojoso. Puede ser que a nadie importe que un día cuando eras pequeño, a los cuatro años, ibas por una calle que te parecía inmensa de la mano de tu madre. Y en ese exacto momento miraste una pastelería llena de exquisitos dulces. Aquella mirada pareció evadirte por unos instantes del desierto que era tu niñez. Sentiste una dulzura triste -extraña- y tuviste una intuición que por alguna razón comunica con el momento presente y que has revivido en algunas ocasiones. ¿A quién puede interesar lo que sentiste hace tantos años? ¿A quién puede sugerirle algo lo que soñaste cuando eras niño, o la vergüenza que sentías cuando llegó la adolescencia y olías tus pantalones anticuados manchados de orines tras llevarlos semanas enteras? Esa humillación no expresa nada en sí misma, pero es reveladora. No depende exactamente de la épica de nuestra vida, no es necesario haber hecho nada en especial importante en el transcurso de nuestra existencia. Todas la vidas son parecidas, todas pasan por momentos semejantes. La suma de emociones humanas no es tan elevada, ni la variedad de sentimientos posibles es tan extensa. Lo que distingue el interés de lo íntimo es una apelación a la universalidad. No es tan importante que caminaras por una calle y vieras una pastelería. No, eso da igual. Es ese momento en que te dabas cuenta de que estabas atado a una mano que no te ofrecía refugio, era una mano que podía convertirse en un cuchillo algunas noches, y en tu visión de niño conectaba con el alma de la tragedia, con la desolación tan profunda del ser humano que luego leíste con emoción intensísima en los dramas ¿tragedias? de Beckett o Valle. Ese sentimiento de exaltación trágica del yo, de anegamiento y ruptura del núcleo duro de nuestro ser, ofrece perfiles que te irán acompañando durante toda la vida. Es duro ser hombre. Es duro crecer pero es imprescindible dotar de sentido a nuestros actos cuando todo lleva a sospechar que somos un grito en el universo que no adquiere excesiva relevancia.

Por eso pienso que esa inmersión en el yo íntimo a veces produce sutiles resonancias, un juego de espejos en que seres distantes se sienten próximos compartiendo ecos, fragmentos de interior, como los llamó Carmen Martín Gaite.

Profesor en la secundaria, tras cinco años en la red, pienso que consiste precisamente en ese proceso de exploración de la identidad, una especie de diario personal en que se mezcla la memoria, la evocación, el arte, la literatura, la poesía, los viajes… Son fragmentos que leídos aisladamente no tienen mucho sentido. ¿Qué pretende éste profesor vanidoso y exhibicionista? Yo también me lo pregunto. Cuando Anna Jordà rediseñó el formato del blog, yo le sugerí la figura de un equilibrista que caminaba por la cuerda floja sorteando el abismo. Pienso que cada aportación que hago no es relevante especialmente, pero sí que aspira a significar, a dotar de sentido a la experiencia, pese a que rozo inevitablemente el ridículo, la sensiblería, a un nivel de parvulario, como alguien ha calificado este blog. Puede ser. Yo también me lo digo y pienso que tiene razón. Nivel de parvulario a mucha honra tal vez. No hay ningún pensamiento denso, peligroso, exaltante, trágico, deicida, sacrílego, amoroso y erótico, compasivo o intensamente doloroso o anarquista que no pueda anidar en la mente de un niño de parvulario. Al menos así lo recuerdo yo.

Quizás haya seres muy sabios que no cuentan nada de sí mismos porque trascienden el ego, pero otros no lo hacen porque no tienen nada que contar. Su yo íntimo es equivalente a un neumático viejo y deshinchado, roído por las ratas que se carcajean de su suficiencia.

lunes, 21 de junio de 2010

Diecisiete años después

No es muy habitual reencontrarte con exalumnos en una cena una porción significativa de años después, casi veinte años, la duración canónica de un viaje. En este caso eran diecisiete. Los alumnos de aquel tercero de BUP ahora rondan los treinta y cuatro años. La convocatoria había sido a través del facebook y en cuanto me enteré, me apunté con alegría por la posibilidad de saber de ellos, de rastrear su trayectoria, de conocer su modo de encarar la vida, sus circunstancias familiares y profesionales...

No acudimos muchos. Éramos en total unos diez. Diversas vicisitudes habían ido tachando nombres de la lista. Pero allí estábamos: Klaudia, David, Rubén, Mari Carmen, Clara, Lourdes, Eva, Rafa, Ezequiel... y yo. Me gustó porque compartimos unos momentos de alegría y también hubo lugar para hablar de nuestro modo de sentir, de vivir, de reflexionar el mundo presente ahora que la vida ya ha dejado huellas profundas en todos nosotros. Varios tenían hijos y ya podían ver la vida del otro lado. A veces me pregunto sobre la importancia que tienen esos años pasados en el instituto en un momento clave de la vida, qué leve poso pueden dejar las palabras de un profesor, su actitud, su presencia. Además compartimos en 1993 y 1994 un viaje a Tenerife, quizás no un destino muy sofisticado, pero quien llena de densidad los viajes somos nosotros. Aquellos días de convivencia sobre los que hice un reportaje fotográfico, que me llena de satisfacción, fueron fecundos y dichosos. Y, como tuve ocasión de ver, también inolvidables para ellos.

Yo era uno más, tan maravillado como golpeado por la vida. La cena en un restaurante gallego y luego un par de horas que pasamos en un pub fueron momentos para conversar, para intercambiar. Klaudia habló conmigo sobre mi crisis como profesor -ella también es profesora- y me animó a seguir luchando, a seguir apasionándome como me recordaban. Tal vez, me decía, no es el nivel lo fundamental, sino esa profunda relación, ese poder acercarte a la vida de esos muchachos y proyectarles un modo de ver la realidad. Es lo que recordaba de mí, es lo que en sus palabras yo les di. No era tanto la literatura sino una presencia, una reflexión sobre la vida y las cosas, un modo de ser, de estar, de vivir...

Eva se ha convertido en una viajera extraordinaria. Ha viajado por todo el mundo: Etiopía, Namibia, Bostwana, Túnez, Zambia, Zimbabwe, Irian Jaya (Guinea Papúa), Indonesia, Cuba, Estados Unidos, Centroamérica, diversos países de Europa. Es sobre todo una enamorada de África. Quizás el viaje que más le haya impresionado -viajando siempre en plan aventurero y acercándose a las culturas que visita- ha sido el que le llevó durante tres semanas por Etiopía. Compartimos nuestro interés y pasión por África, y lo que más me atrajo fue su frase “África es algo que se inyecta en vena. Siempre me pregunto cuándo podré volver de nuevo”. Pero para ella -y para mí- los africanos no son esos pobrecitos desgraciados a los que hay que llevarles ayuda. Su modo de vida es simplemente diferente, viven con lo esencial, mientras que nosotros nos hemos acostumbrado a vivir en la abundancia y el exceso, tal vez en la banalidad. El mundo africano es profundo y denso, repleto de una extraordinaria riqueza. Tal vez sea el pasado, pero para Eva, ojalá fuera el futuro, por la complejidad y dimensión de su relación con el mundo y los demás. También hablamos de la corrupción que introduce el turismo en África por su desconocimiento de las culturas y la tendencia al complejo de culpa occidental o la lástima que se suele sentir por aquellos a los que se menosprecia.

Lourdes es directora de una escuela infantil y le apasiona su trabajo y su relación con los pequeños. La vi muy ilusionada y llena de creatividad y energía, igual que Mari Carmen que trabaja en el sector turismo; a Clara, que ha trabajado para editoriales, le fascinan las relaciones publicas. Ha cursado la licenciatura de Humanidades y ahora, estudios de Protocolo en la universidad de Elche.

Con David estuve hablando de la crisis económica que, a su juicio, es profunda y va a poner en jaque nuestro sistema de vida por el recorte de derechos sociales que va a suponer. Yo le sugerí que de esta crisis podemos aprender a colaborar y tirar hacia delante o luchar y aplastarnos en una jungla de sálvese el que pueda. David reconocía que su generación no va a salir a la calle, pero presiente que los jóvenes de dieciocho años, que son los más perjudicados, tampoco van a hacerlo. Esta crisis va a transformarnos y ya nada volverá a ser como antes, opiné yo. Los tiempos están cambiando de nuevo.

Con Rubén y Ezequiel, no tuve ocasión de hablar en profundidad, pero me hubiera gustado tener un espacio para hacerlo. Rubén, aparte de su labor profesional, es un imitador espléndido. Imita a más de noventa personajes públicos con una exactitud y gracia alucinantes. Ezequiel compartía conmigo la afición a las marchas y caminatas. Sin saberlo, habíamos coincidido en varias marchas organizadas por la asociación de mi barrio a Montserrat, sólo que él llega cuatro horas antes que yo.

Rafa, en paro, me acompañó hasta casa andando. Él era el único que había cursado ESO en lugar de BUP, y era ocho años más joven que los demás a los que no conocía por ser de generaciones anteriores. Me di cuenta de que esa cena también había sido importante para él precisamente porque no estaba pasando un buen momento.

Conclusión. Pasa la vida. Los que fueron algún día tus alumnos se convierten en compañeros, en maestros, en aventureros, en padres y madres, en luchadores, en seres reflexivos, que también pueden llamarte la atención y te dicen: no te rindas. Nunca te entregues ni te apartes junto al camino, nunca digas no puedo más y aquí me quedo”. Seguimos adelante. Lo que pasó hace diecisiete años tuvo su importancia porque nos confirmó en ser buenas personas, en implicarnos en nuestro mundo, en hacernos lúcidos y consecuentes...

En ser generosos, en no creer que lo sabemos todo, en aprender a conocer y respetar a los diferentes.

A ser críticos y exigentes, rebeldes, inquietos, sanos...

¡Viva Saramago!

viernes, 18 de junio de 2010

Víctor Nubla



Hubo un tiempo en que tuve un cargo en mi instituto. Era Coordinador de Actividades. Un verdadero lujo aquello de organizar jornadas, semanas culturales, festivales, fiestas… Recuerdo que radiografiaba Barcelona rastreando su vida intelectual y cultural e intentaba hacer llegar a un modesto instituto del cinturón industrial lo más vivo, lo más comprometido, lo más revolucionario y actual que se estuviera cociendo en los antros vanguardistas de mi amada Barcelona. Disponía de presupuesto y libertad para proponer apuestas arriesgadas. El espíritu pedagógico todavía no se había adueñado de nuestras instituciones de enseñanza media y podíamos idear y llevar a cabo experimentos que tuvieran relación con el conocimiento, la filosofía, el arte y la cultura en general.

En aquel abril de 1998 decidimos dedicar unas jornadas a la Poesía Visual de origen conceptual. A través del mundo de la magia, entré en contacto con el mejor representante de dicha poesía, el gran poeta catalán Joan Brossa, que nos hizo el honor de visitarnos y recorrer nuestro taller polipoético de poesía Visual organizado por COU y el recién inaugurado Bachillerato Artístico. Supe que el MACBA había organizado unas experiencias sobre poesía visual y conceptual. Propuse que varios participantes –estudiantes de escuelas artísticas- vinieran al instituto para coordinar la producción y creación de poemas visuales. Por otro lado organizamos unos encuentros con artistas visuales que enseñaron a los alumnos las técnicas de la antipoesía, el OULIPO y la Patafísica.

Resumo rápidamente aquella semana que fue un éxito de participación, de imaginación, de creatividad, de espíritu vanguardista… Pero hubo una anécdota que no quiero dejar de contar. Fue lo más cómico de la semana aunque en aquel entonces yo lo viví de modo distinto.

El uno de abril de dicho año, yo había asistido en el Harlem Jazz Club de Barcelona a un recital de uno de los artistas más célebres y difíciles de clasificar en el panorama de la Música abstracta o conceptual. No sé muy bien si estos adjetivos pueden definir la personalidad controvertida, vanguardista, rompedora, de Víctor Nubla. Tomando unos gin tonic a las doce de la noche pude escuchar su concierto de sonidos de saxo y órgano sin melodía y distorsionados por ordenador. No sabría cómo definir aquella música o antimúsica, pero en aquel contexto me pareció una idea genial para llevar a mi instituto. Dicho y hecho, teníamos amigos comunes y no costó demasiado convencerlo para que viniera a actuar el 23 de abril (Sant Jordi), en aquella semana dedicada a la poesía y en especial a la de Joan Brossa y el mundo de la magia. Víctor Nubla me sugirió que en el gimnasio en que tendría lugar la actuación, colgáramos mantas para evitar la reverberación de los sonidos. Allí estarían en la fecha indicada, él y su compañero.

He dicho que aquella semana fue un éxito pero no he dicho toda la verdad. El concierto de Víctor Nubla era esperado con expectación. Había transmitido que su música era revolucionaria y que era lo más avanzado en cuanto a experimentación.

Ocasión de gala a las doce de la mañana en un soleado día de Sant Jordi, tras toda la mañana llena de actividades polipoéticas, improvisaciones teatrales, creación de poemas visuales… El gimnasio estaba lleno con más de cuatrocientos alumnos esperando los primeros acordes. En el escenario había dos músicos con órgano y saxo y un sofisticado distorsionador que conectaba el sonido amplificado a varios miles de vatios por los altavoces del polideportivo convenientemente manteado según su indicación.

Pues bien. Empezó Víctor Nubla a tocar. El sonido era brutal. En mi vida he oído unos sonidos más monstruosos en cuanto a dimensión. El gimnasio parecía estallar y estar a punto de reventar. Tuvimos que casi taparnos los oídos, y desde luego a las doce de la mañana aquel recital de sonidos desestructurados y antimelódicos estuvieron a punto de romper los tímpanos de los asistentes –alumnos y profesores- que salieron en estampida del gimnasio hacia el patio. He dicho que había dentro unos cuatrocientos en total. A los dos minutos, el gimnasio se había quedado vacío salvo media docena entre los que me encontraba yo que miraba desesperado la situación. Para mi sorpresa, los músicos estaban encantados y no parecieron sorprenderse para nada y continuaron con entusiasmo renovado su antirrecital por medio de juegos tonales, contrapuntos de sonidos industriales salidos de alguna producción hipnótica, delirante y esquizofrénica. Era música industrial, desafinada, conceptual y no sabría más que decir porque en medio de mi desesperación me encontré con esa media docena de alumnos –ningún profe- que se sentaron en medio de la amplitud del gimnasio a escuchar aquello que estaba sonando. Fuimos pocos pero los que se quedaron estaban cautivados por la desestructuración de aquellos sonidos.

Al terminar el concierto una hora después, fui a hablar con los músicos que habían continuado impertérritos durante toda la sesión. Víctor Nubla me vio decaído y me dijo con una gran sonrisa: ¿Bien? ¿No? Yo miré la desolación del gimnasio e hice un gesto expresivo pero me dijo Víctor: ¿No te habrá preocupado lo del público? De las audiencias sólo se preocupan las televisiones.

No entendí muy bien la situación, pero yo estaba al borde del llanto o de la carcajada. Afortunadamente, mi amigo Alberto, que había llevado varias mantas, me invitó en su casa a una exquisita tortilla de patata.

Dejo el vídeo para que os hagáis una ligera idea de lo que fue aquello. No es de la ocasión pero sirve como orientación. No deja de tener gracia, pero quizás mejor oírlo por la noche y convenientemente motivado en otro lugar.

(Macromassa es el grupo de Nubla. Él es el que toca el saxo en el centro de la imagen)

martes, 15 de junio de 2010

Oblómov

No soy un buen ejemplo y no voy a alardear de ello. Una vez, hace bastantes años, era profesor de segundo de BUP, y tenía que explicar a mis alumnos por qué iba a estar un trimestre de permiso (sin sueldo, por asuntos propios). Tenía preparada la respuesta. Llevaba un radiocassette y les puse una canción de Los rebeldes: No me gusta trabajar. Sé que mis alumnos se sintieron desconcertados por mi explicación. Entonces no tenía obligaciones familiares y me solía pedir un permiso de tres meses cada cierto tiempo y me iba a realizar algún proyecto vital. En aquella ocasión empaqueté más de cincuenta libros de literatura y de historia y me fui a Las Alpujarras de Granada, a un pueblecito llamado Bérchules y allí me recluí en una pensión con vistas al valle, a las montañas y al río Grande de Los Bérchules. Estuve pasando enero, febrero y marzo, el duro invierno -a más de 1300 metros de altitud- y los inicios de la primavera. Leí, escribí, soñé mucho, hice largas caminatas, hablé con los pastores, aprendí los nombres de las montañas, de las distintas plantas, conocí la historia de la comarca, me identifiqué con Gerald Brenan en su estancia en Yegen, muy cerca de Los Bérchules en los años veinte y treinta del siglo pasado, observé el cielo y el paisaje, contemplé las estrellas por la noche, dibujé, llevé un minucioso diario de lecturas y reflexiones sobre lo que estaba viviendo, escribí cartas, charlé con la señora de la fonda Rafael… y no lamenté haber dado aquella respuesta impertinente a mis alumnos. Era cierto que no consideraba el trabajo como la clave existencial de mi vida. Aquel tiempo de distensión me permitió la observación del mundo y de mi interior en combinación con la buena literatura. No pienso que fuera un tiempo perdido, y sin embargo, luchaban en mí la tendencia a la acción y la abulia. Entiendo los personajes abúlicos barojianos, los contemplativos de Azorín, los desgarrados por las contradicciones de Unamuno… Y sobre todo me identifico con la indolencia oblomoviana. A veces me viene a la mente la tentación de meterme en la cama y no levantarme más como el aristócrata Oblómov, la novela magistral de Iván A. Goncharov. Creo que soy un fiel partidario del oblomovismo. ¿Luchar? ¿Para qué? ¿Para cambiar el mundo? ¿Para conseguir metas personales? ¿Para realizarse? ¿Para ganar más dinero? ¿No es acaso un esfuerzo el solo hecho de levantarse y ponerse las zapatillas? ¿Hay algo que merezca la pena ser conseguido y luchar para ello? Seguro que ante esta pregunta, muchos de vosotros diréis: claro que merece la pena luchar, pero...

... perdonadme estas reflexiones, surgen de lo más hondo de mí. Hoy el sistema productivo capitalista nos ha inoculado que hemos de ser cambiantes, flexibles, adaptables, ambiciosos y, sobre todo, productivos. Hemos de estar toda nuestra vida adaptándonos, reciclándonos, dejando como inservible el pasado… Todo estado contemplativo es entendido como inútil, hay que moverse, producir más por menos salario. Todo el que no logre adaptarse al tiempo, que cada vez se percibe como más frenético, será orillado, aplastado, marginado, triturado… Más tras esta crisis en que el único criterio que va a contar será la productividad. Los conocimientos son considerados circunstanciales por el sistema educativo, no especialmente necesarios. Importa más la velocidad de cambio y de adaptación que la densidad; el enriquecimiento rápido y el consumo frenético que la dimensión del ser. No en vano se percibe en los escritores del pasado una fuerza y un magma infinitamente superior en profundidad que los escritores del presente. Vivimos a velocidad creciente, importa moverse rápido para dar la impresión de que vamos a alguna parte aunque no tengamos ni idea de hacia dónde o intuyamos que sencillamente vamos camino del desastre.

Mi forma de resistencia es negarme a participar en este caos frenético, a reivindicar la indolencia, la pasividad, mi negativa a sentirme productivo. No quiero obtener títulos, no quiero ser catedrático, no quiero adaptarme, no quiero crecer hacia fuera, quiero crecer hacia dentro, hacia la tierra, quiero detenerme y observar el cielo, mis manos, escuchar los latidos de mi corazón, acompasar mi tempo a los de autores que me hablan hace centenares de años como Montaigne y para entenderlos es necesario ser un poco –o un mucho- inútil, perezoso, indolente, pasivo, abúlico, contrario a conseguir metas u objetivos

Sé que el mundo no puede progresar con individuos como yo, pero es que la misma noción de progreso como fuerza ciega e incontestable me produce aversión. Creo que soy un individuo improductivo, sin ambición, nada adaptable, lento, sumergido en ensoñaciones poco prácticas y desde luego nada preparado para la sociedad que estamos viviendo en que todo ha de ser ligero, burbujeante, cambiante cada diez minutos, lleno de imágenes vertiginosas que no aspiran a tener significado y cuyo poso es cercano a cero. Pienso que el llamado progreso produce una saturación brutal de basura que es tomada como fundamental. No me gusta la basura pero progresar implica una producción gigantesca de desechos que se adornan y se consumen como si fueran alimentos nutritivos y hay que exclamar con entusiasmo que son riquísimos y que queremos más, muchos más. Estar toda la vida devorando desechos a ser posible con kepchup.

Pero no.

¿Entienden a Oblómov?

sábado, 12 de junio de 2010

Mi barrio

Escucho a través de spotify The man I love interpretado por Lionel Hampton en su álbum Revisited. Me serena y me anima a escribir un nuevo post que lleva unos días rondando por mi cabeza. Me encanta observar a la gente y a través de sus gestos, fisonomía, aspecto, forma de andar o de sentarse, hacerme una composición de su vida y de su interpretación del mundo. A veces me fijo en alguien e imito su modo de caminar sin que se dé cuenta. Hay multitud de maneras de hacerlo y todas reflejan algo muy nuestro, que tiene que ver con el núcleo de nuestra personalidad.

Hay un camarero de unos treinta años con gafitas, que lleva un largo delantal negro que camina cómicamente. Pasa por las mañanas por mi calle. Yo le sigo y me encanta imitar su forma patosa de andar que parece que va apoyándose en muelles, algo así como el pato Donald. Abre los pies marcadamente hacia fuera, y sus manos se bandean fuertemente hacia delante y hacia atrás. Otras veces me lo encuentro de frente o está parado en la papelería viendo los titulares de los periódicos y le saludo. No nos conocemos de nada salvo que he ido varias veces a su restaurante, pero nunca hemos cruzado palabra. Sin embargo, le saludo: Bon dia. Él se queda desconcertado unas décimas de segundo -tengo la impresión de que es muy despistado- y de pronto, como una flor, se abre en una sonrisa hermosa y unos ojos llenos de brillo y me contesta con una voz modulada y cálida también Bon dia. Es tan expresivo y hay tanta alegría en su saludo que pienso si no será un maestro zen o un samurai porque es difícil de llenar de tanto contenido una fórmula tan trivial como un buenos días.

(...)

El otro día en el consultorio de mi barrio, mientras esperaba para que me hicieran una ecografía abdominal que miraría por dentro mi hígado, mi pancreas y demás vísceras, llegó una pareja ya mayor, cercanos a los setenta años. Caminaban con dificultad, arrastrando los pies, y su gesto estaba lleno de enorme cansancio. El rostro de los dos era feo y triste como reflejando una vida desaprovechada y llena de aburrimiento o de desolación. No podía infundir su fisonomía, ajada y maltrecha, mayor melancolía o amargura. Sin duda allí había una vida enormemente triste y la relación entre ellos estaba marcada por la desilusión, la rutina y un infinito desfallecimiento o grisura. Sentí lástima. Sin embargo, hubo algo que cambió todo. El hombre se puso unas gafas bifocales pequeñitas y sacó un libro que llevaba en el bolso de su mujer. Me lo quedé mirando fijamente intentando atisbar qué estaba leyendo. Soy un curioso impenitente y me fascina lo que lee la gente. La mayor parte son bestsellers que no son nada significativos, pero a veces hay alguna sorpresa. Por ejemplo, en aquel hombre gris cuya vida había juzgado: estuvo leyendo durante diez minutos, hasta que le llamaron, La sonata a Kreutzer de Lev N. Tolstoi. Si recuerdan el argumento de aquella pequeña pero corrosiva novela, trata de la historia de Pózdnyshev, un hombre que se casa enamorado pero pronto descubre el fracaso de su matrimonio ante la rudeza de la vida cotidiana. Es una disección en que se enjuicia el matrimonio como una prostitución legalizada por la iglesia. Es un libro que levantó ampollas y que hirió profundamente a la mujer de Tolstoi. Pózdnyshev termina asesinando a su mujer. Aquel hombre que estaba observando se me iluminó con una nueva luz. ¿Qué sabía en definitiva de él? Estaba leyendo un libro poco común en que se arremetía contra el contrato del matrimonio y acababa dramáticamente. ¿Qué había en la mente de aquel hombre aparentemente gris? Seguía leyendo extraordinariamente concentrado y entonces su mujer le hizo un gesto para indicarle que les llamaban poniendo sus manos en las suyas en un gesto de ternura y compañerismo. Cerró el libro, se puso de pie con dificultad y entraron ambos a la consulta del médico. Me quedé pensando en lo sorprendentes que son las personas.

Hoy, ir más lejos, he ido a la bodega de mi barrio a comprar unas cervezas y un tetrabrik de vino barato para cocinar, Don Simón, el vino español más vendido en el mundo. Me gusta esta bodega porque allí la gente se toma un vasito de vino o una cerveza y pega la hebra con la bodeguera o los paisanos que recalan por allí. Es como un remanso de sosiego y comunicación que me encanta aunque yo no soy muy dado a hablar. Me cuesta enhebrar el hilo. Prefiero, como Galdós, observar maravillado a la gente, escuchar sus historias. Como la de aquel hombre comunicativo y parlanchín que a propósito del vino barato que yo compraba, se ha puesto a recordar cuando tenía dieciocho años y se iba a trabajar a la obra. Su madre le hacía, según ha contado, un bocadillo de barra de medio kilo a la que le quitaba solamente el coscurro. La llenaba de los ingredientes del cocido: ternera, chorizo, morcilla, pollo, y le añadía escalivada… Él paraba a las nueve a almorzar y sacaba su enorme bocadillo, iba al bar donde se pedía una botella de vino fresquito y se sentaba a comer con un placer propio de los dioses que me ha evocado en una imágenes que eran un cuadro precioso de su juventud cuando podía meterse una grandísima barra de pan bien rellena, y que ahora a sus sesenta años y su prominente barriga, le serviría para toda la semana.

Las personas son extrañas. Observarlas es uno de los ejercicios artísticos más extraordinarios que existen. En el fondo tengo una vocación de actor que me llevó en tiempos a interesarme por los gestos y actitudes de las personas con que me cruzaba e intentar penetrar discretamente en su vida para llevarlos a escena. Detrás de cada persona hay un misterio al que se tiene acceso si uno es capaz de observar cuidadosamente. Hay tanto que comunicamos con nuestras miradas, nuestra forma de caminar, con nuestra voz… que entiendo que algunas personas aprendan a neutralizar sus movimientos, sus tonos, sus gestos… para que no los capten, pero hasta eso es revelador. Y a mí me gusta indagar en ese mundo inmenso que es la otredad.

jueves, 3 de junio de 2010

Oh, Israel

No quería escribir sobre este tema, pero algo me impele a ello a pesar de que sé que levanta pasiones encontradas, y que no seré comprendido por la mayoría de lectores de este blog.

Siento simpatía por Israel, no puedo evitarlo. Desde que de niño viví la amenaza de guerra en 1967 en que se difundió públicamente que los árabes querían arrojar a los judíos al mar, tuve conciencia de que era un pueblo pequeño rodeado de centenares de millones de enemigos. Desconocía entonces la dimensión del holocausto y de los siglos de persecución y pogromos que habían vivido a lo largo de la historia. Pero mis sentimientos se unieron a ese estado minúsculo que luchaba por la supervivencia. Ello, sin embargo, no ha evitado mis enfados con su política con los palestinos, y ser consciente de su tremendo espíritu de superioridad –fundamentado en un miedo atávico a su desaparición, que no es una idea retórica sino una constante en la historia que todos conocemos-. Ser judío representa ser odiado, no sé por qué pero así es. En todos los sitios donde han estado han sido en alguna manera los mejores, pero fueron odiados, perseguidos y expulsados. También en España en 1492 como todos sabemos, para nuestra desgracia puesto que perdimos a la élite que podía haber dado soporte al poder financiero de España.

Triste sino el de ser judío, pero que lleva a un profundo sentimiento de unión entre ellos frente siempre a la amenaza exterior. Se les culpa ahora de ser como los nuevos nazis. Todo lo que tiene que ver con ellos levanta una oleada de pasiones muy intensas. Estos días he leído la prensa digital y he sido consciente de la división frontal de opiniones que desencadenan los hechos que todos conocemos. Para algunos ha sido un acto de piratería frente a una flota humanitaria y desarmada que revela el carácter genocida del estado de Israel que mantiene un bloqueo ilegal sobre la franja de Gaza que se ha convertido en una cárcel a cielo abierto. Otros, quizás un tercio de las intervenciones sostenían que si Israel no se defendiera como lo hace, pronto sería exterminado y manifestaban su adhesión al único país democrático en Oriente Medio frente a las tiranías dominantes en la zona.

He leído multitud de artículos y oído tertulias en la radio y en todos los sitios levantaba la misma polarización. No obstante es más fácil en este caso ser propalestino –solidarizándose con el padecimiento de la franja de Gaza y denunciando la brutalidad israelí- que intentar comprender las razones de este pequeño pueblo que le lleva a cometer estúpidos errores como ha sido el violento asalto a esta flota internacional y que le ha llevado al mayor aislamiento de su historia y ha reforzado todavía más a su mayor enemigo que es Irán y que ha proclamado reiteradamente su voluntad de destruir Israel.

¿Cómo sobrevivir en un entorno en que todos te odian? ¿Cómo hacerse respetar? ¿O Israel ha elegido –sabiendo que nunca podrá ser estimado haga lo que haga- ser temido?

Mucho me temo que esta es la verdadera clave. Si te odian, mejor será que te teman también. Tras el padecimiento espantoso del holocausto, algunos reprocharon a los judíos haber sido mansos y haberse dejado llevar sin oponer resistencia a las cámaras de gas. Y digámoslo claro, en Europa existía –y sigue existiendo- un profundo y arraigado sentimiento antijudío o antisemita, como quieran llamarlo. La mayor parte de los países en que se extendió la contienda mundial colaboraron activamente en detener y deportar judíos a los campos de exterminio, y el Vaticano no hizo lo suficiente para defender al pueblo culpable del deicidio. Los judíos saben que no pueden esperar demasiado de Europa. Tienen una buena experiencia de ello. Millones creían ser ciudadanos alemanes, austriacos, franceses, holandeses, húngaros, italianos… pero todos se convirtieron en alimañas judías a exterminar. Siempre se han extendido bulos sobre ellos: que si asaban a niños cristianos para comérselos, que si extendían epidemias con sus conjuros, que eran avaros de nariz ganchuda, que si dominan la banca mundial, que son los verdaderos gobernantes de Estados Unidos, que son malvados, genocidas, peor que los nazis –sus verdaderos maestros-.

He leído a los intelectuales judíos Amos Oz y David Grossman y ambos lamentan el trágico incidente como un crimen y un error innecesario que ha llevado a la muerte de nueve personas, y ambos abogan por hacer la paz con los palestinos -levantando el bloqueo a Gaza- confrontándose a una opinión pública que se siente asediada y amenazada y que está dispuesta a morir matando, pero nunca más a dejarse exterminar mansamente.

No es fácil ser judío. Me dirán también los que leen esto, que tampoco es fácil ser palestino y tendrán razón arguyendo que son los judíos los que poseen una fuerza militar abrumadora y que la ejercen sin piedad. Es cierto, pero los judíos están solos frente al mundo entero (con el paraguas americano, también es verdad) y dependen exclusivamente de su determinación y voluntad para no ser de nuevo expulsados o exterminados. Todo juega en su contra: la demografía, la amenaza nuclear de Irán que pronto se hará realidad, el rearme de Hezbolá en el Líbano, el odio gigantesco acumulado de tantos y tantos palestinos tras décadas de opresión... ¿Cómo retener el gatillo si uno está dominado por el pánico que da la terrorífica experiencia histórica? ¿Cómo aceptar de nuevo con mansedumbre su exterminio? ¿Cómo sobrevivir? ¿Cómo hacer que le amen a uno? ¿No es éste un conflicto psicoanalítico en el fondo?

Hay una encuesta a la derecha que podéis contestar. Se pueden elegir varias respuestas.

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