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lunes, 31 de mayo de 2010

Allí estábamos

Hace poco más de dos años publiqué un post titulado Lluvia en Macondo. Recomiendo leerlo para entender la dimensión de lo que voy a explicar. En él hablaba de Álex –un alumno de primero de bachillerato- y la profunda crisis que estaba pasando que le llevó durante varios años a vivir un infierno personal en un proceso complejo de readaptación a la realidad.

Vuelvo a ello por una razón. Este fin de semana se celebraba la caminata que va desde mi barrio de la Almeda (en Cornellá de Llobregat) hasta el macizo de Montserrat. Otros años eran 56 kilómetros, pero la vía de éste se había recortado en tres aunque la dificultad era aún mayor si cabe. La travesía es nocturna y por el ritmo que lleva nuestro grupo dura unas catorce horas. Era la octava edición en que participaba. Es una prueba de resistencia física y psicológica de grado medio aunque muy fuerte para un ciudadano común que no sea un atleta.

La mayor dificultad es el ascenso a Montserrat despuntado el día tras haber andado cincuenta kilómetros. Las fuerzas se agotan y uno llega al límite de su resistencia.

Caminaba con mi grupo charlando animadamente al atardecer cuando alguien se puso a mi altura y me saludó. Era Álex, el protagonista del post que he reseñado arriba. Hacía ya bastante tiempo que no lo veía. Lo vi más delgado. La medicación lo había engordado mucho y ahora aparecía esbelto y atlético. Se quitó las gafas oscuras y se unió a nuestra pandilla y el resto de la noche participó de nuestras conversaciones, bromas y desfallecimientos.

Álex está en proceso de recuperación, pero mi impresión fue magnífica en lo relativo a su terreno personal. Está luchando por readaptarse y tiene metas profesionales tras haber descarrilado en el bachillerato, pero lo más interesante es su vocación humanista y solidaria. A sus dieciocho años participa en una ONG de ayuda a un país centroamericano, trabaja también con la cruz Roja, y colabora como voluntario en su ciudad con toda causa justa que lo necesite. Estuvimos hablando durante un buen rato sobre su visión del mundo, sobre la desigualdad, la pobreza, la necesidad de educación para los países subdesarrollados, el calentamiento global, la necesidad de poner límites al crecimiento, la crisis económica, y también hablamos de su proceso evolutivo tras haber estado al borde del abismo. La terapia humanista que está recibiendo está haciéndole verse de otra manera y darse cuenta de que el pasado no tiene por qué condicionar ni el presente ni el futuro. Yo le hice observar que su crisis le había hecho más denso, más profundo, más rico humanamente frente a la frivolidad que se palpa entre los jóvenes de su generación. No había muchos en aquella marcha a Montserrat. Era el grupo de edad menos representado. De hecho había más personas mayores de sesenta años que menores de veinte.

¿Por qué hacer esta marcha demoledora? Yo tenía mis razones y desde luego no eran religiosas. Quizás es un desafío personal que te lleva a prepararte durante el año. Todos los que participamos lo entendemos como una prueba, también intuyo que Álex se lo tomaba así e incluso con una distensión muscular y vendado se puso en camino. Tres jóvenes que iban con él terminaron retirándose a mitad de trayecto, pero él siguió con nosotros charlando, guardando silencio o riéndose a mandíbula batiente con los comentarios archidivertidos de Toni, nuestro compañero más divertido.

La noche fue pasando, atravesamos bosques alumbrados con nuestras linternas, cruzamos urbanizaciones, ascendimos, hicimos descensos vertiginosos por caminos llenos de piedras, subimos tramos durísimos de escaleras y llegamos al último avituallamiento al pie de Montserrat en Collbató. Allí comenzaban dos horas terribles de ascensión hasta el monasterio. Hubo momentos en que lo pasé muy mal al límite de mis fuerzas, Toni sufrió una lipotimia y casi se desmaya, y Álex con su rodilla lesionada tuvo un problema serio con sus abductores que le hizo subir buena parte del ascenso con fortísimos dolores, tanto que tenía que impulsar sus piernas con las manos para poder seguir.

Pero llegamos a eso de las nueve de la mañana y Álex también con una cara –a pesar del dolor- de profunda satisfacción. Lo había conseguido. Esos momentos son únicos. Brindamos con cava fresquito y me comí un bocadillo de salchichón. ¡Qué manjar más exquisito me pareció! Los malos momentos desaparecieron mientras la mañana brillaba con un sol espléndido. Nos dolía todo y olíamos a tigre, pero allí estábamos de nuevo. Y no sería la última vez. ¡Qué hermosa era la vida!

Por ti, Álex.

jueves, 27 de mayo de 2010

Mi biblioteca


Mi biblioteca es extraña. Creo que es una metáfora de mi interioridad: desordenada, caótica, multiforme, incompleta…

No tiene sólo un cuerpo o una localización precisa. La biblioteca abarca toda la casa, casi todas las habitaciones tienen anaqueles en los que se amontonan libros con un orden impreciso o un desorden exacto. Hay secciones, claro que sí, todas preciadas: narrativa española de postguerra (una de mis pasiones), teatro, poesía, novela negra americana, ciencia ficción, horror, novela criminal contemporánea, obras completas de Baroja, el 98 en todas sus vertientes, literatura medieval, literatura renacentista y barroca, siglo XIX (todo Galdós y cinco ediciones de La Regenta), literatura hispanoamericana (que recorrí en los ochenta pero en la que no estoy puesto en las últimas tendencias), literatura africana (una de mis secciones más completas), literatura inglesa, francesa, rusa, portuguesa, norteamericana, narrativa reciente, aventuras…

Pero mis libros apenas mantienen una lógica ni una ordenación. Cuando pienso en un libro que quiero releer u hojear he de trazarme un mapa imaginario sobre dónde puede estar colocado y ello es sumamente vago. Detesto el orden. Creo que el orden en su lógica abrumadora conduce a la muerte como conclusión final. Quiero tal vez que la muerte se embarulle cuando venga a buscarme y no sepa si encontrarme en un género u otro, en una sección u otra, que no sepa dónde está el libro que resume todo. Que no sepa quién he sido: alguien esencialmente sin terminar y que abraza la vida en su vertiente más imperfecta e inconclusa. Quiero perderme en mi biblioteca desordenada. Encontrar libros por azar como maravillosos tesoros. Redescubrir, releer sin temer la desilusión de la vuelta a un territorio de mi juventud.

Los libros me han dejado huellas profundas. Hoy mi hermano me decía que yo vivía en los mundos de Yupi mientras él vivía en la realidad real, en el mundo real. Me ha hecho recapacitar esta opinión porque tiene algo de cierto. Mi mundo es la literatura, mis recuerdos son esencialmente literarios y la construcción imaginaria de mi vida tal como la recuerdo es literaria. Me creo en cierto sentido un personaje de novela. No puedo aceptar que yo pertenezca al mundo de la realidad real. Entiendo perfectamente la literariedad de Valle Inclán que fue un extraordinario personaje literario.

Mi biblioteca habla de la vida, de la percepción de la vida, de reflexiones extraordinarias acerca de la vida (mis escritores preferidos son genios y me apropio de su genialidad), pero todos ellos murieron. Por grande que fuera su alma todos se encontraron con la restricción absoluta de la muerte.

Llega un momento de la vida en que uno no puede tomarse demasiado en serio su sufrimiento. Esto es para los jóvenes. El pesimismo –alguien me decía- es un signo de juventud. Llega un momento en la vida en que uno ya no puede ser pesimista. Está todo tan claro que sólo queda el humor y la literatura. Y el poder elegir el momento. Nietzsche escribió que la esperanza en esa libertad elegida le dio aliento para soportar la vida.

Mi biblioteca me acompaña. Es mi mayor riqueza (además de mi familia, mis amigos, mis recuerdos, mi blog). No entendería la vida sin los libros que me han dado consistencia, densidad… pero quiero que siga siendo desordenada y atípica como yo mismo, también confusa; no quiero apuntar los libros que he leído cada año dejando que se fundan en mi ser en una amalgama extraña… Pensar que mi biblioteca está formada también por los libros que he perdido, por los que regalé, por los que dejé y no me devolvieron, por los que me robaron, por los que desaparecieron misteriosamente… Mi biblioteca soy yo mismo en estado puro, leyendo hoy a Elías Canetti hablando sistemáticamente sobre la muerte, contra la muerte -El libro de los muertos-: es el último habitante que ha llegado a mi biblioteca.

Pensar la muerte, pensar contra la muerte.

viernes, 21 de mayo de 2010

El mundo que viene

Creo que tenemos que empezar a pensar que la crisis que estamos experimentando no es pasajera. Durante unos meses hemos creído, a medida que, no obstante, subía el paro, que esto ya se estaba reconduciendo y que en un año o dos volveríamos a nuestro estilo de vida anterior de crecimiento, endeudamiento y consumo sin límite.

Durante dos décadas (1990-2010) hemos crecido exponencialmente basándonos fundamentalmente en el crédito. Ganábamos 80 y gastábamos 140: viajes, moda, ocio, cultura, hipotecas, coches, segundas viviendas, vacaciones de verano e invierno… Esa dichosa tarjetita rectangular era un talismán mágico y todo lo que nos rodeaba parecía estimular esa espiral de que a mayor consumo, más crecimiento y mayor bienestar de modo indefinido e ilimitado. Los políticos aconsejaban en el inicio de esta crisis que siguiéramos consumiendo, que el consumo era patriótico y generaba puestos de trabajo.

Pero el sistema económico, el capitalismo, ha llegado a un punto en que no hay camino hacia delante. Hemos llegado al límite de endeudamiento. Todo el mundo ha gastado más de lo que podía y hemos erigido la satisfacción del placer en el eje de nuestro sistema de vida, tan diferente del modo de vida de nuestros abuelos que crecieron en la carestía y el hambre, y en el lógico esfuerzo que suponía.

Esto se ha acabado y lo vamos a ver bien pronto. De momento se ha bajado el sueldo a los funcionarios ante la aquiescencia entre todos los que no son funcionarios. Se ha congelado la pensión a los jubilados, y esto ya no ha sido tan celebrado. Pero lo que ha de venir va a ser peor, porque el paro va a ir en aumento y el déficit no va a poder ser controlado. Nuestro sistema productivo (construcción+turismo+automóvil) se ha venido abajo y no tenemos otro que lo reemplace.

Tendremos que acostumbrarnos a vivir con menos, a poder satisfacer menos nuestros deseos y limitarnos a nuestras necesidades. Va a ser duro especialmente para la clase media extraordinariamente endeudada. Los jóvenes lo van a pasar muy mal porque el mercado de trabajo va a estar muy limitado para ellos aunque se formen extraordinariamente. Magníficos currículums no van a garantizar un puesto de trabajo a la altura de sus méritos, si es que garantiza alguno. Los parados mayores de cuarenta años y más, teniendo en cuenta que la edad de jubilación se va a retrasar hasta los 67 o los 70 como recomienda la patronal, van a tener que depender de la solidaridad familiar. Los hijos tardarán aún más en emanciparse y muchas familias tendrán que subsistir con un sueldo. Habrá que medir mucho los gastos. Sólo tendrá trabajo quien genere auténticamente productividad. El sistema de cobertura social se viene abajo. Habrá que pagar por la asistencia sanitaria y probablemente por la educación. El estado no tendrá dinero para garantizar los servicios básicos. Ignoro qué pasará con el sistema de pensiones, pero me temo lo peor.

Habremos de pasar de una mentalidad individualista a una colectiva. Del yo al nosotros, de la euforia inane del consumismo hacia la racionalización y el sentido de grupo, la negociación, los proyectos compartidos… la reflexión sobre nuestro sentido de la vida y sobre la propia supervivencia del planeta.

Conceptos como la solidaridad se harán más necesarios porque habremos de compartir mínimos. Quizás la cultura vuelva a encarnarse como necesidad básica de los ciudadanos.

Habremos de aprender a compartir y entender que el mundo es desigual. A nosotros nos irá mal, pero buena parte de la humanidad lo pasará mucho peor. En estos años de euforia consumista, más de mil millones de personas han empeorado en su nivel de vida viviendo en la más real miseria. Esto es lo paradójico: que habiendo excedentes no hayamos sabido mejorar la vida de esta parte de la humanidad que ha tenido que intentar emigrar para poder sobrevivir.

El peligro real es que el malestar que se va a generar por la debacle del modelo consumista –y la reducción dramática de nuestras expectativas de crecimiento- podrá ser aprovechado por movimientos ultraderechistas que dirijan su odio hacia los inmigrantes y todo lo que ha significado la cultura progresista, incluida la idea de monarquía federal que estamos viviendo. Vemos ya indicios de ellos. España está girando a la derecha, pero no sólo España, también lo vemos en Estados Unidos y el conjunto de Europa, un proyecto que se está anquilosando ante el empuje de naciones emergentes que están creciendo mucho en plena crisis (China, Brasil, India, Sudeste asiático…)

¿Qué pasará con España en una crisis profunda del modelo de crecimiento, ya agotado? ¿Cómo afectará al equilibrio político entre las distintas regiones? ¿Se buscará la independencia de Cataluña y el País Vasco como solución a la debacle económica? ¿Nos mantendremos unidos frente a lo que se nos viene encima o nos dispersaremos en enfrentamientos interregionales?

Se avecina un cambio de modelo, una inflexión profunda en nuestro sistema económico y de vida. ¿Saldremos, pues, de la gilipollez consumista en buena dirección? ¿O triunfará el fascismo buscando enemigos que nos ayuden a tragar la amargura de la ruptura de ese bienestar que hemos vivido durante tanto tiempo?

¿Se legalizará la marihuana como pronostica algún economista?

martes, 18 de mayo de 2010

En perspectiva

Llevo aproximadamente cinco años manteniendo un blog que ha estado a punto de desaparecer en varias ocasioneNegritas. He urdido alternativas en otros blogs que pocos recordarán. Uno fue Zonas oscuras que duró dos meses y medio. Utilizaba el formato breve y publicaba todos los días. Revelaba mi dualidad en la que se enhebran los sentimientos más oscuros y a la vez el ansia de claridad y de luz. Quien me lea no encontrará fácilmente al pesimista que todo lo ve negro, pero tampoco al optimista que encuentra en todo motivos de exaltación.

Profesor en la secundaria ha tenido varias etapas. Años en que ha sido intensamente pedagógico, siempre desde un punto de vista existencial, y años en que se ha alejado de la pedagogía y ha ensayado reflexiones diferentes. He procurado en todas añadir mi experiencia personal como punto de anclaje al post. He evocado momentos de mi historia como profesor, como viajero, como actor, como practicante de zen, como lector, como padre… He hecho de la duda un ejercicio metódico. No tengo muchas certezas y sí muchas dudas, pero lo prefiero así.

A lo largo de estos cinco años he mantenido relaciones blogueras apasionadas que luego se han disuelto en la nada. Los blogs nacen, crecen y mueren y los autores que están detrás desaparecen. He seguido procesos de pensamiento que me han interesado y a los que me he sentido cercano. Pero un día el proceso se interrumpe por razones infinitas y pierdo a esa persona que está detrás. Otras veces sé que lo que he escrito ha interesado en un momento determinado a alguien que lo ha leído con entusiasmo, pero tiempo después ese momento vital ha pasado y se produce el distanciamiento. La blogosfera es un cúmulo de encuentros y desencuentros. Siento profundamente los momentos en que soy consciente de esa distancia que se produce con alguien a quien has admirado. No suele dejar huellas. A veces no hay una despedida formal tras incluso un intercambio epistolar sumamente intenso al margen del blog.

Pienso que cinco años es un tiempo largo en que todos hemos cambiado. Yo no soy el mismo que empecé y entiendo que todo el mundo pasa por experiencias de transformación, de pasión por el mundo bloguero por las perspectivas que abre y de cansancio o desilusión tras un tiempo más o menos dilatado. Es difícil tener siempre algo que decir y de sentimientos no sólo se nutre un blog. Es normal que ímpetu inicial se trastoque en rutina al cabo de un tiempo y uno ya no espere tanto. O se le acabe lo que tenía que decir.

El autor de un blog espera los comentarios que entiendan lo que exactamente ha querido decir, incluso que vayan más allá y le revelen lo que no se atrevió a pensar. He encontrado comentaristas sagaces que me han alumbrado, que han ido más allá de donde yo había osado ir. Es una química extraordinaria la que se produce por medio de los comentarios. A veces dan en el blanco; otras veces, sus dardos caen lejos aunque animados de buena voluntad. Todos son bien recibidos. La lucidez es una cualidad no muy extendida. La mayoría expresamos lo que podemos sin ese plus de inteligencia necesario. No es necesario escribir mucho. Tal vez sólo es una frase, pero precisa y exacta, que entra en diagonal hasta el corazón y surge la emoción profunda. Intento hacer ese comentario que a veces surge inesperadamente y que notas cuando ha llegado con precisión a la otra persona. En otras ocasiones lo que uno escribe es enojoso y pesado y probablemente no coincidirá con lo que el autor ha intentado expresar. No descarto que entre los procesos de pensamiento que se desarrollan en los blogs se produzcan estos acercamientos casi eróticos y luego alejamientos que nadie sabe por qué han tenido lugar.

En otras ocasiones ha habido discrepancias fortísimas y quien había sido importante en un momento se convierte en indiferente o incluso hostil. Otras veces he visto extraordinarios ejercicios de comprensión y humildad ante lo que se consideraba distante respecto a lo que uno había escrito. No siempre la discrepancia es bien entendida, pero tampoco los comentarios que se limitan a elogiar por sistema terminan por ser apreciados. Me gusta personalmente la disensión crítica, aguda pero bienintencionada. Esto se percibe fácilmente. Igual que hay blogs que emanan simpatía y humanidad, capacidad empática.

El mundo de los blogs, tras un recorrido más o menos largo, es como la vida misma. Cercanías, lejanías y a veces mágicamente se perpetúa en el tiempo la amistad, el reconocimiento, el respeto

Entre los que todavía estáis aquí (espero que por mucho tiempo) hay buenos amigos, algunos ocultos (¿hay lectores ocultos del blog?). Os envío un mensaje de calor, de amistad, de cercanía. Todos vosotros sois esenciales en la trayectoria de este blog, y a todos los que han desaparecido, muchos, muchísimos, demasiados, os mando un cálido abrazo aunque sé que ya no me leeréis.

jueves, 13 de mayo de 2010

Desafío


Tengo miedo.

El mundo conocido se viene abajo.

Es el fin de un ciclo.

Me siento como un comediante

en un carromato de El séptimo sello

o en el de Gelsomina y Zampanó

en La Strada.

Esto se viene abajo,

pero quedarán los comediantes

para dar cuenta de los sueños

no realizados.

Empiezo a vislumbrar luces entre las sombras.

Este mundo se estremece entre temblores.

Desnudo camino en el río

y siento el frescor de la mañana.

Todo comienza en cualquier momento.

El mundo se abre a perspectivas nuevas.

Nada del pasado nos vale.

Hemos de idear un nuevo modo de estar aquí.

Maldigamos la nostalgia.

El mundo del pasado ha muerto.

Sólo queda el presente y el futuro que se abre incierto.

Pero hemos de estar a la altura del desafío.

Nuestros espíritus deben ser ágiles

y generosos para entender el enigma.

La historia se conmueve

y yo desde mi lugar privilegiado

me doy cuenta de que hay que cambiar.

Todo ha de cambiar.

No nos sirve el pasado.

Las manos abiertas, el corazón latiendo.

Buscando una nueva era.

lunes, 10 de mayo de 2010

Absolutamente Fellini

Durante las últimas semanas he estado sumergido en el mundo cinematográfico de Federico Fellini. Conocía algunas de sus películas pero nunca me había interesado tanto como para ver de nuevo todo su cine, que redescubrí a partir de una exposición en el Caixaforum de Barcelona sobre su figura y su cinematografía. He asistido maravillado a la evolución de una carrera artística absolutamente imaginativa y transgresora de un cineasta apolítico, católico en buena medida, que leía pocos libros y que presumía de no ver cine ajeno.

Fellini no era un intelectual, pero precisamente por eso su cine rebosa de vida por todos sus poros. De vida, de sorpresa, de intuición, de imaginación... Fellini sostenía que daba igual que una película fuera mala o buena. Lo importante es que hubiera vida en ella. Cada filme suyo es un salto en el vacío. Nunca se repitió, nunca quiso continuar el éxito de una película anterior. Cada nueva propuesta debía ser absolutamente novedosa con el riesgo implícito de equivocarse. De su extraordinaria colección de filmes elijo: El jeque blanco (1951), Los inútiles (1953), La strada (1954), Almas sin conciencia (1955), Las noches de Cabiria (1957), La dolce vita (1960), Ocho y medio (1963), Roma (1972), Amarcord (1973), La ciudad de las mujeres (1980), Ginger y Fred (1986)... El satiricón (1969), Casanova (1976), Giulietta de los espíritus (1965) me parecieron admirables pero no terminaron de cautivarme. Me reservo para verlas una segunda vez y volver a valorarlas. Una que no he citado pero que es absolutamente maravillosa es I clowns, un homenaje al mundo del circo y concretamente a los payasos. Constituye una despedida ¿provisional? de los antiguos payasos que levantó ampollas en el mundo del circo. Ésta la vi con mi hija -era en italiano y francés pero la lengua no era ningún obstáculo para seguirla-. También vi con ella Amarcord (Me acuerdo) y Ginger y Fred. Vivimos por ello en casa una temporada absolutamente felliniana.

¿Y quién entendería el mundo de Fellini sin la música circense, dramática, sentimental y romántica de Nino Rota, aquel genio intuitivo que a los diez años componía oratorios para orquestas sinfónicas? ¿Y quién seguiría la carrera de Fellini sin su relación con las mujeres a las que adoraba, sin su compañera y actriz Giulietta Masina, sin su relación con el mundo del circo, sin la evocación de la niñez, sin su formación católica cuyos ritos y procesiones vertebran varias de sus películas, sin el mar de aquel Rímini donde nació?

Fellini es un genial mentiroso. Es difícil creer en ninguna afirmación que hiciera en su vida. Prácticamente todo es inventado y a la vez es rigurosamente verdadero. No hay que buscar la verosimilitud histórica en sus obras o en sus afirmaciones sino la verdad poética. Lo otro da igual.

En la visión circense de Fellini todos somos payasos. La vida es un circo. Shakespeare también dijo que el mundo es un teatro y los hombres actores. Hay dos tipos de payasos. El payaso blanco y el payaso rojo, también llamado Augusto o Tony en la tradición italiana. El blanco es el amo, el integrado, el ordenado, el lógico, el rico, el cuerdo, el listo, frío, lunar, elegante, artístico, alegre, inteligente, autoritario... Es el más bello de todos los clowns... También se le llama Pierrot. Va maquillado de blanco y su vestuario es brillante, holgado, no lleva peluca y muchas veces un gorrito cónico...

El payaso rojo o “augusto” es el más cómico de todos los payasos, es el siervo, el rebelde, el pobre, el loco, extravagante, travieso, sociable, generoso, alborotador, tonto, recibe todas las bromas del blanco pero termina teniendo el control de la situación aunque siempre depende del blanco para realizar su papel pues es su antítesis. Lleva grandes zapatones, sombrero rojo y la cara pintada, muy exagerada, del color de la piel tendiendo al rojo. Representa la inversión del orden que le encanta subvertir, es desorganizado, despistado, torpe... pero tremendamente intuitivo y se ríe de todo.

Fellini en su visión circense decía que Hitler fue un clown blanco, Mussolini: un augusto. Pio XII: un clown blanco; Juan XXIII, un augusto; Freud: un clown blanco. Jung: un augusto. “El clown blanco es la Madre, el Padre, el Maestro, el Artista, el Bueno, o sea, lo que se debe hacer. Y el augusto, que admiraría ese dechado de perfecciones si no fuera tan severo, se subleva y se declara en perpetua rebelión".

Os planteo un divertido juego. Con algunos de los que me leéis y comentáis tengo alguna idea ya formada sobre qué tipo de payaso seríais. Yo también sé cuál sería yo, pero os planteo esta interesante reflexión para saber cuál es la opinión que tenéis sobre vosotros mismos.

Hay una tercera opción quen es el payaso excéntrico”: solitario, listo, despierto, vence todas las dificultades, se enfrenta a sus dos compañeros -el blanco y el rojo- desconcertándolos y poniéndolos en ridículo, lo imprevisto es su pesadilla, todo cuanto hace es calculado y pensado, no deja nada al azar, no necesita a nadie para actuar, es un augusto inteligente... El augusto -aunque sea genial- necesita siempre de un partenaire para actuar. Toda su ciencia es acumular el mayor número de obstáculos para vencerlos a la vez.

¿Os apetece definiros? ¿Blanco, rojo, excéntrico? ¿Es la vida un circo y nosotros payasos? ¿Quiénes somos? ¿Qué tipo de payaso sería yo?

Hay una encuesta a la derecha arriba, por si no quieres contestar con palabras.

viernes, 7 de mayo de 2010

La rosa de fuego

Nací tierra adentro en una ciudad de procesiones, vírgenes y cadetes que iban del brazo de sus novias cruzando disciplinadamente los pasos de peatones. Nací tierra adentro, pero siempre –no sé por qué- me imaginé que yo sería de Barcelona. Lo decía en el colegio a quien me preguntaba. Yo era de Barcelona. Una ciudad que sólo había visitado una vez a una edad en que no parece haber recuerdos, pero yo creo que sí, a mis cuatro años, recordaba un terrado luminoso –en un largo y caluroso verano- en la calle Conde del Asalto en pleno barrio Chino sobre el que corrían las más fascinantes leyendas y canciones. Allí vivió Jean Genet años sórdidos, poéticos, peligrosos… Barcelona aparecía cargada en mi imaginación y memoria afectiva de un aura azul, de terrados llenos de libertad, de pequeños colmados, de mar, de ríos de gente que paseaban por las Ramblas y por las callejuelas de aquel barrio mítico en que viví una semana.

Mucho tiempo después hube de elegir destino en mi vida y me fui a Barcelona. La elección no era difícil. Lo había estado ansiando siempre y además allí tenía amigos que me esperaban.

Llegué a Barcelona a finales de los años setenta, recién recuperada la libertad. Barcelona era una ciudad viva, abigarrada y colorista a pesar de que sus gentes no se visten de domingo como en la ciudad donde nací yo. Participé de la magia de aquellos años de verbenas y hogueras de san Juan en cada encrucijada de calle, de petardos, de noches llenas de hechizo, de carnavales locos en que casi todo el mundo se disfrazaba. La ciudad parecía arder. Una euforia compartida nos unía a todos los barceloneses. Ahí encontré probablemente mi única identidad, asimilado a una ciudad prodigiosa por la que paseaba encontrando aquellas calles con sus bares –en los que me asombraba que hubiera mujeres sentadas en las barras-, sus pequeños comercios en que percibías un carácter serio pero abierto… Y la música de aquellos años en que sonaba Sisa, El gato Pérez, la orquesta Platería, Lluís Llach, Ovidi Monitor… en aquel mítico Zeleste que conocí fascinado. La ciudad ardía en ilusiones compartidas, en ambiente menestral y libertario… El teatro ensayaba también el ejercicio de la libertad y se representaba Antaviana de Pere Calders por el grupo Dagoll Dagom, triunfaban Els Joglars, Els comediants, El teatre Lliure… Se percibía la pasión cultural por nuevas formas de hacer teatro, música, o de ver el mundo… Vi en uno de aquellos días una película que me conmocionó y no fue otra que Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón de Pedro Almodóvar. Todo era posible. Se vivía en Barcelona y probablemente en toda España la movida que se había experimentado tal vez en Europa en los años sesenta. Nos llegaba tardía pero luminosamente. El mundo parecía ser nuevo y recién horneado. Todo olía a libertad.

Hoy Barcelona es una ciudad planchada, ordenada, normativizada, burocrática, cansada, llena de ordenanzas, de suciedad, de turistas que llegan a decenas de miles cada día y recorren las ramblas (donde se les sablea por doquier). La izquierda gobierna el ayuntamiento y la Generalitat. Supongo que no es su culpa pero todo ha perdido magia. Barcelona está abierta al mar pero quedan escasos márgenes para nada que no sea oficial y subvencionado. El espacio público ha sido ocupado desde ya hace décadas por un nacionalismo –tal vez necesario- pero extraordinariamente envarado y rígido en recuperar unas esencias que tal vez ya no existan más que en la imaginación. No quiero molestar a nadie. Sólo son reflexiones sobre una ciudad que amo y que en mi fantasía veo como bastarda, mestiza, plural, heterogénea, imaginativa. Barcelona fue llamada durante un tiempo como La rosa de fuego y era paradigma de la libertad y de la rebeldía obrera y anarquista. Hoy veo una ciudad domesticada que ya no conspira, que ya no respira emancipación sino un ambiente sofocante y ordenado dirigido por jefes de negociado grises. Es la propia sociedad y ciudadanía las que han perdido empuje, garra, ganas. Y la izquierda ha adormecido cualquier deseo de ir más allá.

En mi ciudad todo ahora es perfecto, organizado, pulcro, oficial… Supongo que no sólo es Barcelona. La rosa de fuego es un símbolo de lo que ha sido la deriva de la sociedad española, tal vez europea… Ya no sentimos el ansia de libertad desde que ésta se ha burocratizado y para ejercerla hay que llenar un montón de papeles.

No obstante, me gusta seguir paseando por Barcelona. Siento todavía el rescoldo de lo que fue en otro tiempo. Sus calles del centro, su Ensanche, sus barrios, sus comercios, sus colmados, sus bares, todavía tienen sabor y ambiente aunque cada vez más son sustituidos por tiendas anodinas de moda, centros comerciales, hamburgueserías, locales de diseño… Supongo que es el progreso y que un mundo nuevo sustituye a uno viejo y anticuado, pero quiero dejar aquí constancia de mi recuerdo infantil y juvenil de una Barcelona llena de fiebre por crear y ser. Y que existió, no me cabe duda.

domingo, 2 de mayo de 2010

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