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lunes, 29 de marzo de 2010

Semana Santa


Estoy leyendo desde hace unos días el primer tomo de En busca del tiempo perdido titulado En el camino de Swan. Lo leí hace veinte años y ahora lo releo con fruición deleitándome en su ritmo lento al que hay que adaptarse contemplando los detalles mínimos que son descritos con cuidado y sumo detenimiento. He pasado ya el episodio de la magdalena mojada en una taza de tila que despierta inusitadamente la evocación del tiempo pasado. A la vez me he traído a Galicia los dos tomos de los Evangelios Apócrifos que prologó Borges y leo con atención la versión que da de los hechos de la vida sagrada de la Virgen y Cristo. Son dos lecturas distintas pero que en algún sentido se complementan porque acabo de tomarme una galleta María con un café con leche y me ha venido también el recuerdo de aquellos días de mi infancia en que Cristo y la Virgen eran una realidad para mí. No obstante, he de aclarar que lo que me viene en oleadas es un recuerdo ominoso, terrible. En el colegio de las buenas monjas que me acogieron a mis cuatro años había una predilección por la descripción del fin del mundo que me horrorizaba. Hubo tardes de lluvia en que Sor Aurora nos contaba a sesenta niños y niñas de cinco y seis años, que escuchábamos espeluznados, los azares terroríficos que compondrían los Novísimos: la llegada sobre las nubes del Cordero de Dios entre truenos y relámpagos y acompañado por miriadas de ángeles. Los muertos volverían de sus tumbas y empezaría el Juicio Final en que serían condenados a torturas inimaginables de los sentidos los malvados por toda la eternidad, mientras que los justos irían a la derecha de Dios por todos los eones del tiempo. ¡Qué imagen más espantosa y qué crueldad intelectual la de aquellos que idearon la necesidad de premio y castigo en una concepción de que todos éramos pecadores! Yo me sentía pecar continuamente y cuando comulgué por primera vez sentí un íntimo horror y una enorme repugnancia que yo calificaría, pese a mis pocos años -seis-, de resistente.

¡Qué abominación de religión! Luego pasé nueve larguísimos años en un colegio religioso sólo de varones de los Hermanos Maristas. Los hermanos que allí había eran hombres amargados que proyectaban su mutilación y angustia sobre los alumnos que en aquel tiempo no teníamos ninguna defensa ante sus castigos físicos y psicológicos. Aquello era en general, salvo contadas excepciones, un ejercicio de sadismo que luego era interiorizado por los niños y era a su vez dirigido por su parte contra los más débiles o frágiles, que eran aplastados por la filosofía de la religión del amor enseñada por hombres totalmente humanos.

La capilla era oscura y en ella habíamos de confesar, obligados, cada semana nuestros pecados. Yo me evadía y no me confesaba y si lo hacía, mentía como un bellaco pero no quedaba impune porque en mi fuero interno me sentía como un pecador irremediable que cometía nada menos que sacrilegio y cuyo castigo ya me habían explicado aquellas bondadosas monjitas en tardes de lluvia.

A pesar de mi sentimiento de la culpa total, yo intentaba resistir e iniciar caminos personales. Editaba una publicación semanal llamada Revista Local, un título sin duda poco sugerente. La escribía a bolígrafo y sólo había un ejemplar. Pegaba en ella fotos o noticias y redactaba relatos de todo tipo pero entre aquellos había descaradas narraciones eróticas de aquel despertar de la sexualidad en plena época franquista. Aquellos ejemplares manuscritos pasaban de mano en mano por toda la clase. Incluía algún desnudo femenino más imaginado que real. Pero en mi intención eran plenamente lúbricos.

Si uno confesaba y comulgaba los nueve primeros viernes de mes alcanzaba unas indulgencias fabulosas que lo libraban de las penalidades del infierno. ¡Qué religión más abominable! ¡Qué pandilla de canallas idearon aquella tortura cuando la Iglesia era omnipotente! Pecado, culpa, mortificación, infierno, sufrimiento... Y la idea fabulosa de que Cristo había muerto por nosotros para salvarnos del pecado. Veía el torturado rostro del Cristo y lo veía agonizando, a la vez que sentía la atracción hacia muchachas y muchachos que me embriagaban con su aroma (¡ah, los perfumes...!) y con sus ropas y con la textura de su piel... Sentía en mí las mordeduras del deseo en medio de una religión culpabilizadora que inundaba a los seres humanos de sufrimiento y culpa.

Ahora, mucho tiempo después, pienso en aquellos curas -hombres frustrados sin sexualidad permitida- y los veo también como víctimas de una religión enfermiza que condenaba a sus seguidores a una concepción que arrasaba con lo más auténtico y natural que tenían dentro.

El sexo es una necesidad de realización humana. Si se oculta o se reprime, sale por otros lados. Se habla de la pederastia en tantos y tantos religiosos a los que se obligó a aplastar su deseo de amor y de sexualidad. Muchos pederastas potenciales se refugiaron en la iglesia católica y aprovecharon su poder para disponer a su antojo de niños a los que manoseaban y violaban. El celibato es antinatural y si se impone, la tensión de la líbido tiende a salir por cualquier lado: con otros hombres, con mujeres, con niños... Es la historia de una farsa y que no tiene solución de continuidad. La iglesia de Cristo en este sentido está muerta. Nada hay en sus imágenes que la hagan natural y contemporánea frente a los problemas y realidades que tiene el ser humano. En un tiempo la Iglesia dispuso de un poder absoluto que empleó para aplastar y humillar. Pero hoy día ya prácticamente nadie quiere ser cura, casi nadie aspira a una vocación religiosa. El sacerdocio es una cuestión de la tercera edad. El futuro de la iglesia de Cristo me tiene sin cuidado, pero si quiere sobrevivir, tendrá que adaptar su canon a la realidad cambiante del mundo. Pero ¿tendrá algún sentido ya lo que quede? ¿Es capaz de decir ya algo al ser humano más allá de ese discurso gastado y fantástico de que Cristo murió por todos nosotros? ¿Y dónde está ahora? ¿Por qué no se muestra? En los evangelios apócrifos se aparecían con frecuencia los ángeles a los hombres u ocurrían prodigios inexplicables que llevaban a la fe de los que lo contemplaban. ¿Dónde están esos prodigios ahora? ¿Por qué el silencio obstinado de Dios que no responde? Si existiera y quisiera hacerse escuchar tendría mil maneras de hacerlo. Pero Dios está ausente y esta semana Santa -otra más- es la carcasa teatral de creencias que han dejado de tener sentido, pero que tienen su encanto kistch si uno no se las toma demasiado en serio, porque cuando tuvo poder, la iglesia fue cruel y opresiva.

No obstante, recuerdo al hermano franciscano que venía a casa a traernos un poco de sabiduría. En un tiempo terrible del franquismo, sus palabras, sin prepotencia y sin querer imponer ninguna verdad ni amenazar con castigos espantosos, eran realmente consoladoras. Pero qué alejados veo a la cúpula de la iglesia de aquel hombre humilde que venía a acompañarnos y no a condenar. Espero, si existe, que personas como él tengan acomodo en un buen lugar y que su bondad encuentre el paraíso. Pero tengo la impresión de que las buenas personas no piden el paraíso como recompensa.


jueves, 25 de marzo de 2010

Israel y Palestina






Hace algunos años yo era profesor de lengua de primero de bachillerato. Tuve ocasión de abordar algunos temas que creí que podían llevar a un debate interesante como es la comunicación. Les hice leer el libro de Flora Davis, La comunicación no verbal y les propuse un texto extraído de la trilogía de Primo Levi, concretamente del tercer libro, Los hundidos y los salvados, el capitulo titulado precisamente La comunicación. En él se abordaba el proceso de comunicación en el lager, el lenguaje utilizado, la necesidad de entender alemán para intentar sobrevivir, los términos y lenguas utilizadas entre los prisioneros. Era un material magnífico para reflexionar sobre la comunicación en las más extremas circunstancias.

Posteriormente les fotocopié un artículo de David Grossman titulado Carta a un amigo palestino en la que se planteaba la necesidad de comunicación en las más difíciles coordenadas entre la inteligencia de los dos pueblos, el judío y el palestino. Reconocía el sufrimiento del enemigo (el pueblo palestino) y a la vez pedía que se tuvieran en cuenta la lucha por la supervivencia del pueblo judío. Son dos lógicas que llevan a un conflicto envenenado sin solución. El artículo era de 1996 o 1997. Isaac Rabin, el último primer ministro que había intentado la paz con los palestinos, había sido asesinado por un iluminado judío el 4 de noviembre de 1995. La posible paz estalló en pedazos por obra de fanáticos como Ariel Sharon o Benjamín Netanyahu en el lado judío. Se construyeron muros ominosos y se incrementaron los asentamientos en Cisjordania y Jerusalem, los fanáticos palestinos utilizaron los hombres bomba, se lanzaron cohetes sobre Israel, e Israel respondió con campañas terroríficas como la del Líbano o la invasión de Gaza.

Nada parece conducir a la paz.

En aquel 1997, para mi sorpresa, recibí tras haberles entregado el texto de Primo Levi y el de David Grossman (dos intelectuales judíos, ninguno creyente), una nota correctamente redactada de un padre de una alumna en que se me reconvenía por la propaganda sionista que dirigía a mis alumnos. La reiteración de textos de escritores judíos me hacía sospechoso de sionista.

Aquello me dio ocasión para debatir el asunto entre mis compañeros en los que encontré opiniones totalmente dispares. Había quienes condenaban sin paliativos la política de Israel y extendían su opinión negativa sobre el lobby judío, y los judíos en general. Estos eran mayoría. Advertí, sin lugar a dudas, la simpatía que suscitaba la causa palestina, la historia de un pueblo que había sido despojado de su tierra por una conspiración sionista y su influencia en los Estados Unidos. Creí detectar mezclado con este argumento un larvado antisemitismo.

Hubo, en cambio quien me confesó su admiración por el pensamiento judío, por la cultura judía y el estado de Israel inmerso en una lucha agónica por su supervivencia enfrentada a un mar de árabes que desean su aniquilación.

El compañero que me habló admirado de la cultura judía me citó hombres destacados pertenecientes al mundo judío: Marx, Einstein, Freud, Sara Bernhardt, Hannah Arendt, los hermanos Marx, Franz Kafka, Gertrude Stein, George Gershwin, Primo Levi, Woody Allen, y me explicó que el cine de Hollywood en su mayor parte, en sus años dorados, estuvo financiado y dirigido por judíos que tenían proscrita su participación en otros negocios en Estados Unidos. Entre las sociedades fundadas estarían la Paramount Pictures, Metro Goldwyn Mayer, Fox Film Corporation, Warner Bross… todas tienen en su origen a judíos askenazies que emigraron de Europa a los Estados Unidos. Se puede decir que el American Way ol life que conformaron nuestras retinas tiene su origen en la imaginación judía, como buena parte de nuestra forma de entender el mundo y nuestro sentido de la cultura.

Siempre que deseo algo de orientación en este conflicto entre israelíes y palestinos me gusta oír la voz de Amos Oz, de David Grossman, recordar a Hannah Arendt. Me gusta la iniciativa de la orquesta de música compuesta por palestinos y judíos que viaja por todo el mundo llevando un mensaje de convivencia. Me cuesta encontrar intelectuales palestinos que tengan una voz reconocible. Entre ellos destaca la voz de Mahmud Darwish el poeta palestino más destacado y muerto recientemente. Quiero traer su voz a este blog, esperando que este conflicto envenenado y doloroso que condena al horror a los dos pueblos, pueda tener fin. Los israelíes, porque viven fundamentados en el miedo, el miedo y la prepotentecia, pues temen que algún día puedan ser exterminados como pasó en la Shoah y eso determina sus reacciones, su agresión, su forma cerrada de entender el mundo y su relación con los árabes y los palestinos en particular. Y los palestinos, que sobreviven sin tener tierra, sin tener estado, sin tener patria, hacinados en campos de refugiados indignos, y sometidos a los fanáticos y al miedo de Israel.

Para que ambos pueblos puedan reconocerse y entender sus miedos respectivos:

Vengo de allí y tengo recuerdos
Nací como nacen los mortales, tengo una madre
Y una casa con muchas ventanas,
Tengo hermanos, amigos,
Y una celda de prisión con una ventana abierta hacia el frío.
Mía es la ola, acarreada por las gaviotas,
mi visión es el horizonte
con una simple brizna de hierba.


Mía es la luna en los confines de las palabras,
Y la munificencia de los pájaros,
Y el olivo inmortal.
Caminé por esta tierra antes de que las espadas
Convirtieran su vivo cuerpo en una piedra desnuda.

Vengo de allí. Para mi madre, soy el cielo,

Cuando el cielo llora por su madre.
Y lloro para que me escuche

Una nube que regresa.
Aprendí todas las palabras dignas del tribunal de sangre
Para así romper las reglas.

Aprendí todas las palabras y las descompuse
Para componer una sola palabra: Patria.

(Yo soy de allí, Mahmud Darwish, traducción del francés de Ani Granson).

lunes, 22 de marzo de 2010

El primer diario blanco del AZAR rojo será




Leonora Carrington
Este post es la continuación del anterior que quedó interrumpido.

Habíamos dejado el relato hace unos días, como el narrador de El Quijote, con las espadas en alto enfrentándose un grupo de muchachos y su profesor al desconcierto e ira del estamento profesoral ante la sensación de desorden, obscenidad y provocación que se intuía en aquel montaje. El director estaba confuso y desbordado por los hechos, pero el conjunto de alumnos del centro celebraron con entusiasmo esta irrupción inesperada de algo maravilloso en la rutina cotidiana.

El otro día comenté que la creación poética que desplegamos tenía una sólida base teórica. Su realización fue también extraordinariamente coherente dentro de esa apertura a lo que salía del inconsciente que nos llevaba a improvisar según un patrón previamente interiorizado. Voy a detallar el proceso.

Los alumnos debían desarrollar acciones dramáticas individuales durante cinco minutos para luego confluir en acciones teatrales de conjunto (dos, tres o cuatro participantes). El método que utilizamos no fue el stanislavskiano (Constantin Stanislavski) de aprovechar nuestras emociones reales para construir el personaje. Les planteé un método diferente, el brechtiano (Efecto V) de distanciamiento emocional y que soslaya la catarsis aristotélica. Ellos no debían en su actuación representar emocionalmente al personaje sino mostrar actitudes, contar una historia, que obligara a los espectadores a pensar sobre lo que estaba pasando. Además debían aislarse por completo del contexto. Nada de reír o de complicidad con sus compañeros que los estaban viendo. Trabajarían con la cuarta pared. Ellos estaban viviendo una realidad dramática en la que debían aislarse para compartirla únicamente con otros actores. Lo que importaba era que se viviera auténticamente como acción dramática. Y que el público extrajera conclusiones. Que se viera obligado a reflexionar en torno al conflicto dramático planteado entre el mundo rutinario y el mundo que había irrumpido, esencialmente fantástico y maravilloso, pero también entre el poder representado por las instancias del instituto y un acto provocador surgido inesperadamente.

Las acciones de grupo duraban siete minutos. No pude observar todas puesto que yo iba también inmerso en mi personaje. Vi varias. En la cama colocada en un rellano en las escaleras, dos muchachas tumbadas sobre ella representaban una escena amorosa y sensual bajo la mirada atenta y nada expresiva de un cura que se mantenía pasivo ante lo que estaba cuidadosamente observando.

Una muchacha vestida de cocotte años veinte se sentó junto al esqueleto y le pasó la mano por encima del húmero mientras miraban la televisión. La actitud de ella ella era claramente amorosa. El esqueleto fumaba.

Oficiales nazis ordenaban trabajos forzados a prisioneros, policías patrullaban por el recinto, alguna prostituta se puso en actitud receptiva apoyada en la pared, el obispo rezaba por la salvación de las almas por tanta depravación.

Faltaba música. Ese fue un fallo, pero no pudimos solucionarlo.

Siete minutos de acción en grupo para luego confluir todos saliendo lentamente hacia el patio en que el ejercicio desembocaría en un acto colectivo.

La actitud de los alumnos-espectadores fue modélica. Recibieron maravillados aquella sorpresa escénica que no duró demasiado para evitar la saturación y el cansancio. Creo recordar que duró en conjunto 22 minutos desde que sonó el timbre de salida hasta que nos agrupamos todos alborozados en el centro del patio en un montón informe. Luego, tras ese momento de dicha escénica que sólo puede conocer quien ha sido alguna vez actor, nos separamos y levantamos recibiendo un cálido aplauso de los espectadores que no se habían perdido un instante de la actuación.

Vuelta a la realidad.

Yo fui a desmaquillarme al baño y di la clase de lengua de COU sin hacer el más mínimo comentario a mis alumnos que acababan de vernos en la actuación. Nadie hizo preguntas, aunque todos esperaban que dijera algo.

Aquel día todos los estamentos hablaron de las vanguardias artísticas. Hasta los conserjes se habían sumergido en las escenas vividas y comentaban distintos aspectos del surrealismo. Los alumnos llevaron el tema a clase y preguntaron a sus profesores respectivos que contestaron como pudieron. Este fue uno de los aspectos que más me sorprendió y maravilló.

Cuando salí de mi clase de COU a las doce treinta, fui al despacho del director. Los alumnos de tercero habían tenido hora libre. Se habían dedicado, sin ninguna indicación mía, a recoger todo, absolutamente toda la escenografía utilizada. A las doce treinta nada sugería lo que allí había pasado. Todo estaba en su lugar. Los objetos traídos estaban retirados fuera del instituto o llevados a la basura en los contenedores.

El instituto estaba más limpio que cualquier otro día.

Fui a hablar con el director que estaba reunido con la junta del centro.

No se había perdido un minuto de clase, nada se había ensuciado, nada estaba fuera de lugar.

Pero algo sí había pasado en nuestro interior.

- Otra vez creo que tendría derecho a ser informado –me dijo el director con toda la razón del mundo.

- Seguramente sí, pero tu reacción como director formaba parte de la obra. Si hubieras estado avisado, probablemente no lo hubieras autorizado y además estarías ya predispuesto.

- ¿O sea que yo formaba parte de la representación?

- Sí, así era.

Dos días después, volvió a hablar conmigo:

- Muy bien lo del otro día, pero creo que tendríais que pasar por los cursos y explicar a los alumnos, que están totalmente intrigados, el sentido y la explicación de lo que hicisteis.

- Lo nuestro fue un poema, bueno o malo, pero fue un poema. Y los poetas nunca explican el sentido de sus creaciones –le contesté cortésmente y salí del despacho de dirección dejándolo creo que más confuso todavía.

Alguien me calificará de petulante, y tendrá razón. Creo que una de las figuras más tiernas de aquel día fue precisamente el director. Con el tiempo he llegado a comprenderle mejor. Pero en aquel entonces yo era así de repelente, gracias a lo cual, pudimos hacer aquello aquel día. Si hubiera sido más cauteloso, más prudente, no se hubiera llevado a cabo. En fin. Los que si hablamos de lo que habíamos vivido fuimos nosotros los que actuamos. He perdido el contacto con ellos, pero seguro que recordarán aquel día y lo que representa el surrealismo pues lo vivieron como experiencia total. Y el que conoce el surrealismo como proceso de creación poética, ya no vuelve a ser exactamente igual a como era antes.

El título está sacado del Primer Manifiesto surrealista de André Breton.

viernes, 19 de marzo de 2010

Amada imaginación

Mis diarios de 1989 en adelante están demasiado escondidos y no he podido dar con ellos. Están en un armario muy profundo de mi zaquizamí, perdidos entre bolsas, cachivaches, bártulos varios, cajas, cunas, muñecos y trebejos sin fin. He preferido dejarlo estar y procurar utilizar mi memoria afectiva. No habrá gran diferencia.

Corría 1989, el año en que cayó el muro de Berlín, pero unos meses antes, en pleno invierno, murió el mayor farsante y artista surrealista que ha dado este país, ya de por sí surrealista. Sí, el 23 de enero de 1989 moría Salvador Dalí, el ínclito, carismático e insoportable narcisista impotente que nos dejó una obra pictórica magnífica y una Vida Secreta en la que recreaba su extraordinario complejo de inferioridad travistiéndolo de megalomanía desmesurada. Mis alumnos de tercero de BUP del Institut Mediterrània de El Masnou (Barcelona) estaban avisados. Su estado de salud era precario y la noticia esperada –su muerte anunciada- podía llegar en cualquier momento.

Al día siguiente del óbito, compré toda la prensa disponible para recoger el impacto que causó su muerte. Todas las portadas remitían a extensos artículos que reseñaban la importancia de su obra y su vida enigmática. Aquel martes de enero de 1989, suspendimos las clases ordinarias y me dediqué a leerles fragmentos del Primer manifiesto surrealista publicado por André Breton en 1924. Oír las palabras contenidas en este manifiesto que supone una reivindicación de la infancia y su potencia creadora, de nuestra capacidad de ser todos artistas si dejamos fluir nuestro subconsciente que es capaz de aproximar (en los sueños, en la poesía, en juegos de asociación regidos por el azar) realidades lejanas, de erigir la palabra libertad en eje de nuestra vida, oír esto y ser joven y no sentir una llamada clamorosa a la rebelión es impensable. Así se sintieron aquellos treinta alumnos de 16 y 17 años cuando escucharon mi propuesta. Pero era totalmente secreta.

Durante un mes nos dedicaríamos a estudiar el papel de las vanguardias artísticas, centrándonos fundamentalmente en el surrealismo. Abandonábamos el desarrollo normal de la asignatura de literatura y las cuatro horas semanales trabajaríamos en equipos buscando las claves de este movimiento artísticamente revolucionario que pretendía nada menos que cambiar la vida y la liberación de los impulsos reprimidos para acceder a la verdadera vida (vraie vie) que se halla amordazada en lo más hondo de las conciencias. Luego, un día de febrero, el día D, llevaríamos a la práctica en el instituto un experimento a gran escala, una acción poética colectiva, un happening surrealista.

Viviríamos en primera persona, en carne propia, la experiencia surrealista sin límites, dejándose desbordar nuestra imaginación fuera de corsés morales, estéticos o sociales.
Nuestra espontaneidad a la hora de conectar mundos e imágenes era esencial. Nadie fuera del curso había de saber nada. Ni el director, ni los profesores, ni sus padres, ni sus compañeros. Absolutamente nadie. Era nuestro máximo secreto.

Aquellos muchachos llenos de entusiasmo trabajaron duro. Leyeron manifiestos vanguardistas en especial dadaístas y surrealistas, se impregnaron de la teoría del inconsciente (Freud), trajeron cuadros (no había internet, recordadlo), estudiaron la obra de distintos autores, se empaparon del movimiento en sus bases teóricas, leyeron y crearon poemas basados en la escritura automática y el collage, experimentaron el azar de los encuentros imprevistos, reseñaron sus sueños anotándolos cuidadosamente, descubrieron el movimiento OULIPO y vieron conmigo, comentándola y diseccionándola, cuatro veces la película fundadora del surrealismo cinematográfico El perro Andaluz de Luis Buñuel y Salvador Dalí, además de La edad de oro.

El resultado de un happening surrealista (íbamos a mezclar estos dos conceptos) es imprevisible. No puede estar demasiado elaborado. Teníamos un espíritu, una idea global de lo que representaba el surrealismo, podíamos trazar un pequeño guión, pero era fundamental nuestra propia improvisación del momento. Era necesario, imprescindible, la inspiración, dictada por nuestro inconsciente y el azar.

Día D. Lo fijamos. Sería un 23 de febrero, jueves. La noche anterior deberían llevar a las puertas del instituto todos los objetos raros que les dictara su imaginación, los que tuvieran en casa, en los talleres, en los desvanes, los que encontraran por la calle… El conserje, que debía abrir las puertas, estaría en el ajo y a las siete y media de la mañana les dejaría entrar. No deberían temer las consecuencias ante el director, pues yo las asumía completamente.

23 de febrero. Crónica poética. Treinta adolescentes imbuidos de surrealismo dejando aflorar el eros y el ananké (sexo y necesidad) sin contención pueden ser peligrosos, pero yo intuía -no sé si muy acertadamente- que el experimento no se desbordaría.

La noche anterior empezaron a llevar durante horas en grupos a la puerta del instituto: arcones, muñecos, máquinas de coser y de escribir antiguas, tocadiscos, teléfonos viejos, televisiones desechadas, un contenedor, posters, maniquíes, un banco de la vía pública, una cama, un biombo, posters, bolas del mundo, cuadros, herramientas varias, globos, máscaras africanas, cuerdas, cadenas, cuchillos, floreros, jarrones, peceras, alfombras, cajas, sillones, una moto, un orinal, un lavabo, una mesa…

A las siete treinta AM, el conserje abrió la puerta y los alumnos en comandos se distribuyeron por el instituto. Yo llegaba a las ocho y las clases empezaban a las ocho y media. Toda la planificación escenográfica fue suya. Trabajaron según su propio criterio durante una hora. Bajaron las persianas de todas las ventanas y llenaron el instituto de docenas y docenas de velas encendidas. En cada rellano de la escalera había botellas que servían de palmatorias. Todo debería estar en penumbra e iluminado por las velas. Pusieron en la entrada el banco y asaltaron el seminario de ciencias para traer el esqueleto que allí se guardaba. Lo colocaron sentado fumando un cigarro en el banco frente a la entrada.

Una muñeca, a la que llamaron Chessie, y a la que le faltaba un ojo, colgaba por el hueco de la escalera por un hilo de pescar. Le pusieron vello en el pubis.
La cama estaba en un rellano de la escalera junto con el biombo, hincharon centenares de globos de colores que colgaron por todas partes, había por doquier muñecos de todo tipo y poemas surrealistas en las puertas de cada clase creados por ellos y de Paul Eluard, Max Ernst, Aragon, Soupault, Crevel, Picasso, Dalí, Lorca, Vicente Aleixandre, Alberti…El instituto ofrecía una atmósfera realmente inquietante con docenas y docenas de objetos y con la tumba que habían ideado a la entrada y las velas encendidas. Era espectral y maravillosamente fantasmagórico.

A las ocho treinta todos se escabulleron y fueron a clase. Yo estaba escondido. Por mi reputación, nadie dudaría que yo estaba detrás de aquello y no quería aparecer en público. Di mis clases y no acudí cuando recibí una llamada urgente del director para que fuera a su despacho a explicar aquello. Estaba reunido con la junta para tomar medidas. No podíamos pedir permiso.

El surrealismo es una irrupción de la imaginación en la gris rutina cotidiana
Era una rebelión contra el sistema y la llevaríamos hasta el final. La bomba estaba montada, yo no podía detenerme a dar explicaciones.

En la hora anterior al patio, a las diez, tenían clase conmigo los alumnos de aquel tercero. Todos habían llevado en sus mochilas maquillaje, pinturas y ropa para disfrazarse. Yo también. Cada uno debía crear un personaje y sentirse cómodo dentro de él. Yo me disfracé de Quasimodo con la cara deformada, una enorme joroba y una túnica negra que guardaba de mi época teatral. En el grupo había auténtica fiebre creativa. Todos entendían racional e instintivamente lo que íbamos a hacer. Antirreglas: no romper nada; si se manchaba algo, había que limpiarlo; no alterar en absoluto las clases… Llevaríamos adelante primero acciones individuales. Cada muchacho se colocaría disfrazado delante de las puertas de las distintas aulas y llevaría a cabo una acción dramática que le sugiriera su personaje. Habíamos hablado de los ejes de una actuación y sabían que el personaje debía crear una ilusión (para ello tenían que creérselo) y debían saber hacer esperar al público que estaría sorprendido. Al cabo unos minutos de acciones individuales, sería el momento de acciones en grupo. Iban vestidos algunos de monja, de cura, de obispo, de policía, de militares, de nazis, de prostitutas, de detective con gabardina y sombrero, de años veinte, de niña, de enfermos psiquiátricos, de Freddy Kruger… Yo llevaría a cabo mi propia actuación.

Todo se desarrolló según el guión previsto. A las once sonó el timbre de salida al patio. La sorpresa fue mayúscula entre el alumnado que no sabía qué pasaba desde que habían llegado a primera hora y habían visto el decorado montado. El director del centro estaba desesperado -se había tomado varios ansiolíticos- y me volvió a llamar, pero yo iba metido dentro de mi personaje y no podía dejarlo. Seguiríamos adelante en una locomotora desbocada sin saber adónde íbamos. Tendríamos que improvisar sobre nuestra leve línea argumental. Muchos profesores estaban indignados por la obscenidad del montaje y pedían un claustro extraordinario. Algún representante del OPUS DEI amenazó con llevar a inspección el asunto del crucifijo invertido en el lavabo de chicas de la planta primera, el profesor de arte protestaba por un montaje que era totalmente antieducativo y contrario al buen gusto. Todas las balas apuntaban a Joselu, al que se consideraba con certeza promotor de aquella barbaridad antipedagógica. Y tenían razón, era brutalmente antipedagógica.

Pero me estoy extendiendo demasiado y estoy abusando de vuestra paciencia. El próximo día de aquí a tres continúo con el relato que queda interrumpido en este punto.

(Continuará)

martes, 16 de marzo de 2010

Campos de Níjar


Una de las lecturas que me marcó en un tiempo lejano fue el libro de viajes de Juan Goytisolo titulado Campos de Níjar ambientado en estas tierras desnudas de Almería en los años cincuenta. Fue un libro neorrealista que respondía a la literatura social y de compromiso, que implícitamente denunciaba el atraso, el subdesarrollo y la pobreza de aquellos campos de belleza africana, con pitas, henequenes, palmitos, esparto y chumberas. El texto era de una sobriedad documental. En ningún grado el autor se permitía la expresión de sentimientos personales. Todo se mostraba directamente, sin retórica y con total objetividad, pero era a la vez profundamente revelador. Me quedé enamorado de aquel breve libro y de la comarca que recorrí en cuanto tuve ocasión de hacerlo. Fue en la semana santa de 1981, hace la friolera de veintinueve años. Acababa de llegar a Barcelona proveniente de mi Zaragoza natal y mis deseos de descubrir estaban tan intactos como lo están ahora sólo que era treinta años más joven.

Recorrí primero las Alpujarras yendo en autobús desde Granada hasta Órgiva. Dejé a un lado el desvío a Capileira, Pampaneira y Bubión bajo las majestuosas figuras nevadas del Veleta y el Mulhacén en un paisaje bellísimo en que estaban colgados estos pueblecitos blancos de arquitectura bereber. Caminé luego bastantes kilómetros. El día se puso gris y terminó tormentoso, pasé por Torvizcón y llegué hasta Busquístar cruzando el barranco del río Grande de Trevélez y mirando al frente la sierra de la Contraviesa. Desde allí subí hasta Bérchules, un pueblecito de casas encaladas suspendido en el verde de la sierra, en un coche cuyo conductor me invitó a subir. Llovía intensamente, lo que es raro en este contrafuerte sur de Sierra Nevada. En Bérchules, un pueblo que había de ocupar un lugar lleno de sentimiento en mi historia personal, fui acogido en la casa de los hippies que me habían llevado en autoestop. Fue una noche extraña. Juan, Evaristo y Astrid vivían allí no sé muy bien cómo o de qué. La muchacha, que era noruega, era irrealmente guapa y extremadamente delicada mientras que Juan, su novio, era tosco y desagradable. Astrid aguantaba estoicamente los desplantes de Juan con una elegancia que daban medida del enorme estilo que tenía. Evaristo, vivía a la sombra de Juan al que parecía idolatrar mientras que éste parecía despreciarle. Tenían un perrillo al que adoraban y consideraban como de la familia. Me ofrecieron cena, vino y LSD en unos secantes azules. Decían que lo habían traído de Holanda. Yo lo acepté pero a medida que fue haciendo efecto la anfetamina -que era en realidad aquello-, la atmósfera se puso cada vez más espesa y los diálogos entablados eran más desabridos. Astrid se mantuvo en silencio y pronto se fue a dormir. Cuando se fue la mujer de ojos más hermosos que había visto en mi vida sentí angustia y deseo de huir de allí, pero mi estado mental no me permitía orientarme bien. Pasaron horas en que me di cuenta que aquello resultaba asfixiante. Juan machacaba a Evaristo burlándose de él y le retaba a que se fuera a follar con Astrid si tenía lo que hay que tener. A las cinco de la mañana salí de aquella casa bajo la lluvia intensa. Sabía que a las seis salía un autobús que me llevaría hacia Ugíjar y de allí hacia Níjar, el centro de la comarca que quería visitar. Mi estado de ánimo era frágil, sentía frío y cansancio por toda la noche sin dormir, llovía con fuerza y me calé hasta los huesos. Resonaban en mí las conversaciones de aquella noche en que los inconscientes se habían dejado ir. Aquella velada había acabado mal y lamentaba haberles acompañado en aquel viaje. Recordaba los ojos de aquella muchacha de un verde cautivador e intuía el drama que allí se vivía. Me sentía agotado, pero mi visión era extraordinariamente sensitiva. Creo que mi cansancio me hacía ser más receptivo frente al paisaje hermosísimo -entre barrancos y valles- y al que he deseado volver en repetidas ocasiones. Todo estaba húmedo y el cielo, dramático y aborrascado, se me pintaba con matices insospechados. Pasé por Yegen, el pueblo en que vivió en los años veinte el escritor inglés Gerald Brenan y del que hizo una crónica apasionante en su libro Al sur de Granada. Su relación amorosa con Dora Carrington me influyó en aquellos años en que experimentaba emociones parecidas. En aquella atmósfera morisca tuvo lugar la rebelión de las Alpujarras entre 1568 a 1571 frente al ejército imperial. Los moriscos fueron liderados por un caudillo llamado Hernando Válor (del pueblo de Válor) y que tomó el nombre de Abén Humeya. Fueron derrotados y poco tiempo después serían expulsados de España.

Llegué por la tarde a Níjar, había dormido en el autobús. Níjar es un pueblo en pendiente, bellísimo, con sus calles estrechas, sus placetas, sus arcos, sus balcones con rejas y sus casitas encaladas llenas de flores. Me tomé un vino manzanilla y cené magras con tomate, la especialidad de Níjar. Dormí en una pensión que me ofreció cobijo y donde pude descansar de la compleja experiencia de la noche anterior. Antes de dormir, recorrí el pueblecito llegando hasta el final donde acababan las casitas perdiéndose en la montaña. El atardecer era hermoso en la lejanía.

Al día siguiente llegué haciendo autoestop a Carboneras, un pueblo considerado maldito cuyo nombre no se podía decir. Algunos de los habitantes del pueblo sufrían infecciones en los ojos por el viento constante que soplaba y que llevaba arena a los globos oculares. Comí garbanzos tostados en un bar. Como Ignacio Aldecoa -uno de mis maestros narrativos- entiendo que una de las mejores formas de conocer un pueblo es en las tabernas mezclándose con los parroquianos. Recorrí la playa de aquel pueblo entonces muy pobre e hice algunas fotografías a niños que se ofrecieron a mi objetivo. Hoy la foto que ofrezco aquí, tomada en 1981, me lleva a pensar que aquellos niños tendrán hoy unos cuarenta años. Carboneras con el tiempo se ha convertido en un emporio turístico, igual que Mojácar, el siguiente pueblo al que accedí, siempre caminando o en autoestop. Era de una belleza singular aquel pueblo entre el mar y la montaña. Recalé en un pub donde me dedicaba, como habítúo en mis viajes, a escuchar las conversaciones de la gente, mientras a la vez tomaba notas de mis impresiones. Era una forma de estar en el mundo, de viajar en solitario -libremente y a merced de las circunstancias- sin nada prefijado. Mis diarios de viaje enhebran descripciones de paisajes exteriores e interiores, charlas con la gente, historia, botánica, gastronomía, fragmentos oníricos, lecturas, noticias de los periódicos...

Todo lo que conocí allí, en aquel viaje o en otros posteriores a la misma zona, se ha convertido en una costa turística llena de apartamentos y hoteles que le han hecho perder la magia que tenía en otro tiempo. La especulación y la construcción masiva ha urbanizado todo sin dejar nada virgen, salvo el área desértica de cabo de Gata y Las Negras totalmente africano. Subió el nivel de vida, y se perdió aquel ambiente de leyenda oscura y de pobreza intensa que sobrevolaba toda aquella comarca que tuve ocasión de recorrer en mi juventud. Fue un viaje en que se mezclaron sentimientos encontrados, pero siempre fundamentalmente intensos.

Leía en aquel tiempo a Carlos Castaneda, a Tolkien, a Juan Goytisolo, a Severo Sarduy, a Lawrence Durrell, a Aldous Huxley, a Proust, a Guillaume Apollinaire… y la literatura ya embriagaba mi vida y mi imaginación. Jamás luego me abandonaría. Espero que cuando muera siga pensando que mi vida es toda una ficción literaria. Incluida la muerte, sobre todo ella. Y entonces los viajes que he emprendido en mi vida se iluminen con la luz prodigiosa con que los viví. Luego, da igual.

sábado, 13 de marzo de 2010

El dolor


Veraneo en Galicia. Pasó allí unas semanas del mes de agosto en una aldea a la que con dificultad llega internet. Son unos días de cierta desconexión de la realidad, salvo por la lectura de la prensa, cruel ritual al que me entrego diariamente. Allí en la Galicia profunda ya no hay meigas, ni trasgos, ni se cuentan leyendas en el hogar pero sí el mundo se mueve más lentamente, los días son más largos, los niños juegan con más libertad y hay muchas moscas. Me horrorizan las moscas. Ya desde niño las miraba con aprensión y con fascinación. A veces las capturaba y las metía en una cajita transparente en el congelador para intentarlas resucitar con ceniza de cigarrillo; en otras ocasiones las abrasaba con una lupa sintiendo un escalofrío de estremecimiento ante el crepitar achicharrado de su abdomen, sus miembros y sus alas… Pienso que este proceder cruel refleja la amoralidad de la infancia, la tendencia a acercarse al límite, la atracción atávica que se siente por la muerte o el placer oscuro que produce el poder absoluto que representa la tortura. No sé si me hacía preguntas, pero creo que esa crueldad en estado puro es una fuerza real que subyace en nuestro ser. No hay pensamiento malvado que no anide en la mente de un niño, leí que había escrito Faulkner en un libro, titulado Los rateros.

Actualmente tengo experiencias que me recuerdan aquello. Sigo sintiendo repulsión hacia las moscas y me inquietan cuando se posan en los alimentos que voy a comer, me molestan revoloteando en la cocina. En el medio rural hay diversos procedimientos para acabar con ellas: aparatos electrónicos que lanzan insecticida cada cierto tiempo, la clásica pala del matamoscas con la que soy un experto depredador, y el más feroz y espeluznante de los sistemas, algo que sólo mentarlo me produce un sentimiento de íntimo horror… Es una tira adhesiva que se cuelga en la cocina. Está contenida en un cartón cilindrico que se abre y se despliega en una superficie alargada, translúcida y parda, que debe contener alguna sustancia que reclama a las moscas y que las atrae poderosamente, quizás sea alguna hormona que provoque reacciones sexuales de deseo. El caso es que las moscas se sienten atraídas por la tira y se posan en ella. El adhesivo potentísimo es una trampa mortal y se quedan totalmente pegadas por las alas o sus partes blandas o las patitas. Al cabo de pocas horas hay docenas y docenas de moscas atrapadas. Las observo hechizado. Se debaten durante largos minutos, casi una hora, intentando huir pero es imposible. Agitan sus patas negras en una terrible y espantosa agonía que deseo que acabe. Siento una enorme piedad hacia ellas. En algún caso, intento salvar a alguna de ellas pegada a la ristra asesina, la despego y dejo en el suelo, pero el pegamento se ha convertido en parte de su organismo; es como una especie de napalm frío y letal. Ya no pueden alzar el vuelo y mueren igualmente. Paso largos ratos prestando atención a la tira llena de movimientos frenéticos que no tienen ya solución. El observador no avezado no distingue los estertores de muerte en aquel nicho negro en que yacen centenares de moscas en pocos días, pero yo lo observo con cuidado y siempre veo los últimos ejemplares que han caído. No profieren ningún ruido audible, pero imagino que los gritos de pánico y de desesperación tienen que ser terribles en aquel cementerio del horror. Pero los seres humanos no conceden a las moscas ningún derecho. Sospecho que soy un sádico por participar del espectáculo siniestro; quizás yo debería ser como todos, totalmente insensible a la tragedia que allí tiene lugar. Mirar es ser cómplice, es como ser ejecutor, y en cierto sentido no sé si en la muerte violenta de aquellos pacíficos insectos no se desprende la evidencia de que son víctimas indefensas. Mirándolas me interrogo sobre la vida, sobre la muerte, sobre la tortura, sobre los límites, sobre la degradación moral que inflige terribles tormentos a seres inermes… No sé si el espanto que siento debe ser semejante al que tienen los asistentes a una corrida de toros. Yo no es que difrute con el espectáculo, no, siento horror, pero a la vez es catártico, liberador, profundamente filosófico porque me acerca a la reflexión sobre el sentido de las cosas y de la vida. En el silencio pavoroso de la cocina tienen lugar agonías que se prolongan en el tiempo. La vida continúa indiferente, los niños juegan, los abuelos se sientan a la mesa cubierta por un hule de cuadros a calentarse con el calor de la cocina de leña que propaga una agradable temperatura. Entretanto patalean estremecidas de espanto las desgraciadas moscas mientras nosotros reímos y bromeamos.

Creo que el hecho de ser consciente de ello –frente a la inconsciencia e indiferencia general- me hace especialmente culpable. Probablemente el hecho no merezca una reflexión mínimamente seria. El asunto es vano y ya se sabe que los insectos no tienen terminales nerviosas como los mamíferos, y su cerebro es infinitesimal. No pueden tener demasiada conciencia de lo que les está pasando y es además inevitable. No podemos ir perdonando la vida a cualquier insecto pensando que tiene algún tipo de alma aunque sea nimia y gregaria, pero intuyo que sienten dolor. No puedo dejar de pensarlo cuando agitan desesperadas sus patas negras y sus alas transparentes pegadas a la mortífera tira.

Igual que el toro en la plaza participa en un rito cruel al que nunca he querido asistir en directo, un rito que paradójicamente garantiza su supervivencia como especie. Un hombre a caballo le clava en su lomo una puya que hace que se desangre y pierda fuerza, otros hombres le clavan seis palos con vistosos colores y puntiagudos que desgarran sus tendones. Un personaje ataviado con un traje brillante y ajustado le cita con una tela roja. El toro boquea y echa sangre por la boca. Al cabo de unas docenas de pases, está exhausto. Ya apenas tiene fuerza, pero sus patas lo mantienen en pie. Quiere morir. Pide la muerte al hombre que tiene enfrente que lo mira fijamente a los ojos. Se queda quieto esperando, con sobrerrespiración -el corazón le late con fuerza- y por último embiste buscando el estoque que le está esperando en las manos hábiles del matador que se lo clava hasta la bola a la vez que se escucha en el tendido una salva atronadora de aplausos. Mientras, el toro se desploma y muere.

Una espectáculo violento en medio de sones de clarín y la melodía de una orquesta que acompaña la función y los oles que jalean la faena del diestro. Pero me pregunto si en esa muerte cruel –nadie puede negarlo- no hay una cierta humanidad y piedad. Se lo llevan a la plaza a morir delante de la multitud que juzga su bravura, su traza, su nobleza. No muere solo asépticamente, anónimamente. Como esas moscas a las que acompaño en su agonía, siendo consciente del espanto que están viviendo sólo ante mí.

No sé si el problema es la crueldad de la muerte en sí o el hecho de que sea un espectáculo. No sé si este es un debate entre sanguinarios e hipócritas.

Intuyo que en esta polémica sólo los veganos tienen algo de razón pero se mantienen en silencio.

jueves, 11 de marzo de 2010

La extraña alucinación de Joselu G. Pym

Este post quiero dedicarlo con admiración a Miguel Delibes, fallecido hoy.

No es frecuente que nieve en Barcelona. Es más bien insólito y cuando leo que en otros lugares de la geografía española caen copiosas nevadas, me queda una sensación de melancolía parecida a la de cuando veo la alegría que produce en los afortunados el gordo de la lotería de Navidad. Es algo que sucede pero que nunca me pasa.

El ocho de marzo amaneció frío y el cielo cubierto y blanquinoso. No había oído ninguna noticia sobre las previsiones del tiempo. Sobre las once comenzó a caer aguanieve con intensidad. El corazón me latió más deprisa y me invadió algo parecido a la felicidad, pero no quería ilusionarme demasiado por miedo a sentirme luego decepcionado.

Los copos seguían cayendo pero eran muy pequeños y mezclados con agua. No se sabía bien si estaba nevando o lloviendo. Hacía frío. Estábamos a un grado, lo que es raro en esta ciudad de clima templado. Caminaba rápido. Entré en la panadería y pedí una barra de cuarto. Me la dieron calentita. La apreté contra mi pecho y me sentí confortado. Salí de nuevo a la calle bajo el aguanieve…

(…)

Sobre las cinco de la tarde estábamos inmovilizados en el coche en una de las rondas de Barcelona. Mis hijas nos esperaban en el colegio. Imposibilitados de continuar, tal era la tormenta blanca que caía, dejé en el coche a mi mujer en un túnel y salí a la superficie por una rampa ya impracticable para los vehículos que patinaban en ella. Afuera todo estaba cubierto por un manto blanco y mis pies se hundían en la nieve. Había unos quince centímetros de espesor y los coches no podían ya circular. Todo era un caos inesperado. Seguía nevando copos densos y majestuosos. Intentaba llegar al colegio, pero el paisaje me resultaba irreconocible. Todo estaba transfigurado y había cambiado su aspecto. Creo que fue entonces cuando me tomé una dosis imaginaria de LSD en forma de estrellita azul. La realidad era otra. Me costaba avanzar entre la ventisca y la lluvia de moscas blancas. Sentía una sensación próxima al deslumbramiento. El mundo se me aparecía como nuevo, brillando en una gama increíble de blancos luminiscentes. Atravesaba fascinado la avenida y ascendía lentamente por calles totalmente desconocidas. Tenía la impresión de estar viviendo un relato de Edgar Alan Poe, y no me cabía duda cuál. Estaba en la Narración de Arthur Gordon Pym, una de las más misteriosas historias de la literatura. Creí haber nacido también en Nantucket como el protagonista. Miraba los árboles inclinados por el peso de la nieve, los coches inmovilizados como cascarones varados en una playa blanca, las fuentes detenidas por el peso de la cinarra. Los escasos viandantes nos mirábamos sorprendidos y fascinados. Éramos nosotros y no éramos, la realidad era otra en un viaje interior. La literatura se erguía reivindicando su lugar en el mundo cuando parece que se la quiere expulsar de nuestras vidas. Deambulaba por parajes helados entre los neveros. El sol había desaparecido y era una luz lechosa la que nos irradiaba. Mis pies helados caminaban buscando algún punto de orientación. La realidad había cambiado y se había transformado en un mágico resplandor. Sonaban alharaquientos truenos haciendo más espectrales las imágenes de la blancura fantasmal que transrealizaba el mundo. Mi rostro estaba caliente y mi corazón sentía una radiante felicidad. Me agaché y tome en mis manos un montón de nieve virgen. Me admiré de sus cristales hialinos. La froté por mi rostro, y el frío me hizo reaccionar. Estaba en medio de una alucinación. Creía vivir en el interior de una novela. Me pasa en alguna ocasión. Concibo mi vida como un relato, un relato extraño. No sé si le pasa a todo el mundo. Ansío un narrador que dé cuenta del prodigio que es el mundo, de lo enigmático que resulta. Allí yo entre los jardines blancos, el cielo blanco, la realidad múltiple y misteriosa de infinitos tonos del blanco. Sé que los inuit tienen múltiples palabras para designar dicho color mientras que aquí no empleamos más que un solo vocablo: blanco. ¡Qué indescifrable resulta su magma interior! El magma del blanco en una explosión iridiscente de brillos azules en que el ego se disuelve sin necesidad de comprensión.

Llegué al colegio absorto en mis propias visiones de la realidad blanca que me deslumbraba. Mi anorak estaba cubierto por la nieve y mis zapatos empapados. Recogí a mis hijas e intentamos volver sobre mis pasos. Estaban tan maravilladas como yo. Todo era tan extraño y revelador… La nieve caía parsimoniosa y formaba conchestas en donde se acumulaba. Me hubiera gustado hablar a mis hijas de Coleridge, de Poe, de Julio Verne, de Aldous Huxley y de Lovecraft, pero preferí permanecer en silencio percibiendo la magia del hechizo que nos envolvía. ¡Qué sensación sobrenatural la de ese blanco infinito que nos rodeaba! Tomé varias fotos, muchas menos de las que hubiera querido hacer porque me obligaba a mirar por el objetivo de la cámara cuando eran mis ojos los que querían retener tanta luz fruto de la alucinación del instante único que estábamos viviendo. Todo era literatura, y en algún sentido cuando nos orientamos y encontramos el camino hasta donde estaba el coche bajo tierra, en la ronda de Dalt, tuve la sensación de la pérdida de un paraíso, de la huida de un momento estelar, del abandono de un acto poético y taumatúrgico. Era descender de nuevo a la tierra, entre el río de vehículos atrapados durante horas. Los conductores estaban fuera de sus coches y charlaban. Alguien me pasó un dónut de chocolate. Estábamos en el interior de una gruta y afuera el universo permanecía travestido y encantado. Duró sólo unas horas. Pude llegar a casa. Dormí solo -mi familia se aventuró en una travesía hasta la casa de unos amigos donde pasaron la noche- pero antes me fui a un chino a comerme una sopa de wantun calentita. Habían sido unos instantes poéticos de extraordinaria belleza. Me tomé una copa de vino de Marqués de Cáceres esperando soñar con ese mundo lisérgico en que me había quedado extasiado. Recordé a Borges (o tal vez aquella tarde en un hotel de Winnipeg donde te derramaste sobre mí) y pensé que en la piel de aquel tigre estaba cifrado todo el misterio del universo, pero también en aquellos instantes blancos en que la iluminación había tenido lugar. Me dormí maravillado y soñé enigmáticos sueños que me llevaron por un río infinito hasta que llegamos a una catarata entre el vuelo de grandes aves que gritaban "tekeli-li" y caí dulcemente viendo tal vez una amortajada figura blanca que tenía una luz y blancura semejante a la de la nieve. Me mantuve excitado toda la noche.

lunes, 8 de marzo de 2010

Elogio de la LOGSE

Pericles

Es un lugar común entre algunos espíritus nostálgicos y obtusos lanzar vituperios contra la LOGSE, la ley general de educación que trajo la modernidad a nuestro sistema educativo extendiendo la enseñanza obligatoria hasta los 16 años y vertebrando coherentemente sus ciclos, así como aportando su filosofía de lo que es el aprendizaje basada en las corrientes pedagógicas más innovadoras en el mundo occidental.

Esos cipotes zampabollos reprochan a la LOGSE, como argumento más socorrido y zurumbático, que renuncia y no se plantea el conocimiento como objetivo. ¡El conocimiento! Vaya chascarrillo majadero. Ignoran o pretenden ignorar que vivimos en una sociedad dada. Una sociedad democrática no gobernada por el espíritu de las élites sino de los valores sociales de la mayoría, y que es una sociedad liberal vertebrada por el valor del mercado. Nuestra esencia es el mercado, el juego entre oferta y demanda. Nuestros alumnos se preparan para incorporarse eficazmente y entrar en ese juego. No los estamos preparando para la Atenas de Pericles. No estamos formando a pretendientes de intelectuales beocios, ni a miembros de la academia estoica o platónica. No estamos en jardines en que conversamos como peripatéticos tuturutos buscando el conocimiento con Aristóteles como maestro. ¡El conocimiento! ¡Ya ven! Nuestros alumnos deben participar de los valores de la mayoría social, una mayoría que no acepta hace mucho tiempo valores exquisitos ni que sean de la considerada cultura. Ya no existen popes sublimes que tengan autoritas para juzgar qué es culto y qué no lo es. El ciudadano medio aspira a un razonable grado de felicidad y de vulgaridad (no temamos la palabra), de bienestar económico y de capacidad de consumo que le permitan desarrollar su vida con un trabajo y una familia. Y para ello no hace falta convertir a los sujetos del sistema educativo en expertos en filosofía, ni requiere demasiados conocimientos de historia, ni tienen por qué rendirse ante las excelencias de la literatura clásica –por otra lado, tan anacrónica- . La cultura no es un ingrediente imprescindible para convertirse en ciudadano en plenitud de derechos. En muchos sentidos se puede decir que la cultura dificulta la vida moderna. La cultura nos convierte en insatisfechos, en dubitativos, en escépticos. Casi diríamos que en mojigatos. Y no es eso lo que nuestro mundo necesita.

Nuestro mundo participa de la filosofía del mercado. No existe nada fuera del mercado. Alguna corrección y puntualización si acaso. El sistema educativo debe preparar a los jóvenes para incorporarse al mundo productivo, a ser útiles a la sociedad que tiene en el consumo su motor de desarrollo. ¿Hay alguien que ponga en cuestión esto? Es un tópico atacar a la sociedad de consumo entre algunos progres necezuelos partidarios de la economía cubana o iraní, pero el acceso al consumo de las masas ha permitido la creación de las sociedades más prósperas de la historia y ello con sistemas democráticos que garantizan las libertades. Hay que preparar a los jóvenes para que se conviertan en piezas solidarias de esos valores. Y para ello no hay que predisponerlos contra el sistema ni a ser críticos con él atacando sus fundamentos. Es absurdo plantear que no exista la libre competencia, ni que los gobiernos no tengan el poder real que estaría en manos de los bancos, ni que las crisis las pagan siempre los mismos, o que el mundo se base en la explotación de unos por otros. Eso son claroscuros de nuestro sistema, pero que refulge brillante a pesar de los desajustes ocasionales.

Nuestro sistema educativo debe ser eficaz, no generar individuos rebeldes y sí productivos que ansíen el progreso individual que es garantía del progreso general. Deben buscar legítimamente enriquecerse. Ello es una garantía de libertad. No hace falta ni es deseable un sistema de educación en contradicción con nuestra filosofía liberal. El ser humano moderno no necesita de la excelencia –tan sospechosa por otra parte-, ni debe sacralizar el conocimiento en abstracto, tan inútil en cuanto tal, para convertirse en consumidor responsable. Necesitamos ciudadanos flexibles que sepan adaptarse a las necesidades del mercado, a los cambios y transformaciones ideológicos que están sufriendo nuestras dinámicas sociedades para entender la esencia del siglo XXI. Nuestro mundo está en trance de experimentar mutaciones formidables. No hacen falta individuos marcados por el pasado ni por el exceso de la llamada cultura. El sistema educativo debe crear individuos que administren unas competencias básicas, tolerantes, que sean capaces de cooperar, que sepan aprender por sí mismos sin excesiva necesidad de un profesor que crea tener las llaves del saber y tienen que incorporarse al mundo tecnológico sin hacerse demasiadas preguntas que sabemos que no tienen respuesta. El conocimiento añade dolor. Y necesitamos ciudadanos conscientes de sus valores que no sufran demasiado. El consumo satisface y calma nuestras ondas de tristeza, y si esto falla, tenemos la industria química que produce sustancias que nos aligeran de nuestro malestar vital.

El franquismo creó un sistema educativo que algunos todavía añoran. Pero dividía a la sociedad entre los individuos pensantes y los que estaban diseñados para trabajar. Hoy día ya sabemos que lo primero es innecesario y perjudicial. Caminamos hacia un mundo nuevo sin pesar ni cadenas del pasado. Cuando se jubile toda esa generación de nostálgicos y mastuerzos, la LOGSE (o LOE) podrá al final ser una realidad y mostrar toda su dimensión y alcance.

viernes, 5 de marzo de 2010

El alumno como cliente

Hace unos días una lectora de El País escribía desde Estados Unidos una carta en la que reivindicaba para la enseñanza universitaria en España la evaluación de los profesores por parte de los alumnos ya que son los que mejor conocen la calidad de la enseñanza ofrecida. Son sus clientes y no son nada tontos para no reconocer el valor del producto o servicio que están recibiendo. En base a su evaluación secreta se confirmaría o se apartaría a los profesores de la docencia. Dicha evaluación debería llevarse a cabo antes de las notas finales para que no hubiera compraventa de votos.

Pensé en proponer dicha carta a la consideración de los lectores del blog. Quizás alguno ya la haya leído. Luego pensé que la autora se refería a la enseñanza universitaria donde el alumno se supone maduro para juzgar sobre la calidad de la enseñanza impartida. Pero la consideración de la enseñanza como un producto y al alumno como un cliente me llevaba a pensar que lo que estaba habiendo allí era una identificación del buen profesor como el de un eficaz vendedor que trabaja para la satisfacción plena del cliente. Esto implica también la mercadotecnia, el arte de vender y de captar al cliente mediante campañas bien dirigidas. ¿Qué es lo que quiere el cliente? Es la pregunta básica. ¿Cómo darle satisfacción? ¿Cómo corresponder a sus expectativas? ¿Cómo hacerle agradable dicha transacción comercial? Podrá parecer impropio pero pienso que la teoría de la educación en muchos sentidos ha derivado a un planteamiento clientelar siguiendo los esquemas del mundo americano de la empresa.

Me pregunté si esta concepción sería también aplicable a nuestras enseñanzas medias, la ESO y el bachillerato. Una votación secreta de los alumnos serviría de elemento de valoración para evaluar la calidad de la enseñanza del profesorado, y llevaría en caso de reincidencia negativa a una llamada de atención al profesor, y como última opción llegaría la de ser apartado de la docencia a funciones administrativas o auxiliares.

¿Cómo cambiaría nuestra forma de funcionar si se supiera que habríamos de aprobar en la opinión libremente emitida de nuestros clientes o alumnos? ¿Los alumnos saben cuándo están recibiendo una buena o deficiente enseñanza? ¿Por qué no dejar que voten en consecuencia? La regla fundamental del comercio es la de que el cliente siempre tiene razón, y, como en El corte Inglés, tiene derecho a la devolución si no queda satisfecho con el producto. En todo caso queda abierto el camino a la reclamación en el supuesto de sentirse defraudado con el servicio o el producto. Y debería ser un camino fácil y conocido como recurso administrativo.

Luego pensé en algún profesor famoso e inevitablemente me vino a la memoria el personaje apócrifo creado por un profesor de francés que vivió entre finales del siglo XIX y comienzos del XX y que murió en Francia en 1939. Este personaje se llama Juan de Mairena y el autor, Antonio Machado. Imagino aplicables a sus clases el concepto de evaluación del producto y del vendedor. Rebusco en el desván entre todos los libros intentando descubrir ese libro dialéctico e irónico que es Juan de Mairena. Febrilmente reviso todas mis secciones, hasta que lo encuentro. Lo hojeo y con placer lo veo todo subrayado y anotado. Lo cierro y lo abro al azar, es la página 105 de editorial Cátedra. Tengo un fragmento señalado. Lo encabezo con un epígrafe escrito a mano que dice El maestro. Lo transcribo textualmente y lo someto a vuestra consideración. Mairena habla a sus clientes (alumnos) para venderles un producto. Escuchemos cómo lo hacía:

“Pláceme poneros un poco en guardia contra mí mismo. De buena fe os digo cuanto me parece que puede ser más fecundo en vuestras almas, juzgando por aquello que, a mi parecer, fue más fecundo en la mía. Pero ésta es una norma expuesta a múltiples yerros. Si la empleo es por no haber encontrado otra mejor. Yo os pido un poco de amistad y ese mínimo de respeto que hace posible la convivencia entre personas durante algunas horas. Pero no me toméis demasiado en serio. Pensad que no siempre estoy yo seguro de lo que os digo, y que, aunque pretenda educaros, no creo que mi educación esté mucho más avanzada que la vuestra. No es fácil que pueda yo enseñaros a hablar, ni a escribir, ni a pensar correctamente, porque yo soy la incorrección misma, un alma siempre en borrador, llena de tachones, de vacilaciones y de arrepentimientos. Llevo conmigo a un diablo –no el demonio de Sócrates-, sino un diablejo que me tacha a veces lo que escribo, para escribir encima lo contrario de lo tachado; que a veces habla por mí y otras yo por él, cuando no hablamos los dos a la par, para decir en coro cosas distintas.. ¡Un verdadero lío! Para los tiempos que vienen, no soy yo el maestro que debéis elegir, porque de mí sólo aprenderéis lo que tal vez os convenga ignorar toda la vida: a desconfiar de vosotros mismos.”

¿Qué evaluación del servicio harían los clientes de Mairena? Lo dejo a vuestra opinión.

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